Escrito con Sangre

Peter Sutcliffe: "El Destripador de Yorkshire"



“Todas están en mi cerebro, recordándome la clase de bestia que soy. Cuando pienso en ellas me doy cuenta del monstruo que hay dentro de mí”.
Peter Sutcliffe


Peter William Sutcliffe nació el 2 de junio de 1946 en Bringley, Yorkshire del Oeste (Inglaterra). El peso de Peter al nacer fue de dos kilos y medio. Era un bebé pequeño y débil. John Sutcliffe tenía 24 años y su esposa Kathleen 26 cuando nació Peter. Los dos eran de Bringley y la preciosa novia fue considerada como un buen partido para el impulsivo John. Tuvieron otros cinco hijos después de Peter: Anne, Mick, Maureen, Jane y Carl. Mick terna fama de ser el duro del barrio y mostraba muchas similitudes con la actitud que su padre tenía hacia la vida. Carl, como su hermano mayor, era más bien tímido, consciente y asustadizo, características que no encajaban fácilmente en el ambiente duro de una ciudad industrial norteña.



Peter Sutcliffe cuando era un bebé


El mayor de los hijos de John y Kathleen Sutcliffe, Peter, incluso antes de hacerse adulto, se preguntaba frecuentemente en broma si John era su verdadero padre. Al fin y al cabo su progenitor era un conocido homosexual, un destacado futbolista local, jugador de cricket y actor, “un hombre todo terreno”, como lo definían sus hijos.



El niño Peter Sutcliffe


En 1949, Peter fue enviado a la escuela Sunday, donde hizo pocos amigos y solía sentarse solo. A la edad de siete años, Peter se seguía escondiendo bajo las faldas de su madre. A diferencia de los otros Sutcliffe, Peter nunca se acostumbró a la vida diaria en el municipio de Bingley, la austera localidad a seis millas de Bradford, cercana al valle de Aire. Desde el principio fue un niño enfermizo, destinado a permanecer cerca de su madre por muchos años. De hecho era Kathleen, la madre, tranquila y de sólidas convicciones católicas, quien aseguraba su estabilidad emocional las 24 horas del día, siete días a la semana.



Incluso después de empezar a ir al colegio (faltó durante dos semanas enteras porque los otros chicos se metían con él), estaba pegado a las faldas de su madre. La seguía a todas partes en la casa y por la calle. Peter, el niño inteligente de la familia, a pesar de todo no aprobó los exámenes. En 1957 fue a parar a Cottingley Manor, un lugar que odiaba porque los demás chicos siempre se metían con él.



Cuando abandonó la escuela, a los quince años, normalmente el momento en que se inicia la conversión hacia la edad adulta, Peter continuó asombrando a su familia. Seguía siendo meticuloso, muy metódico y molesto. Pasaba horas arreglándose en el baño (a pesar de no mostrar el más mínimo interés por las chicas después de tanto esfuerzo). Su capacidad para aguantar sentado en el inodoro, de tres a cuatro horas, se convirtió en una broma familiar.



El colegio Cottingley Manor


Los hermanos más jóvenes (especialmente Mick, tres años más joven que él) parecían haber heredado del padre su gusto por la vida y por el sexo. Pero la capacidad de pasar buena parte del día consumiendo grandes cantidades de cerveza y licores no llamaba la atención de Peter.



La familia Sutcliffe


Igual ocurrió con uno de sus primeros trabajos: enterrador en el cementerio de Bingley. Cuando se permitía hacer alguna broma, siempre decía que “tenía a miles de personas por debajo de él en el sitio donde estaba trabajando”. Su aguda y salvaje risa cogía siempre por sorpresa a quienes la oían por primera vez. Nadie se la esperaba proveniente de un joven tan serio. Peter trabajó como enterrador en el cementerio de Bingley casi tres años. Durante este tiempo continuó con su macabro sentido del humor, en buena medida para ser capaz de soportar el desagradable trabajo que realizaba.



En una ocasión se hizo pasar por un cadáver, echándose sobre una tumba y cubriéndose con una mortaja, gimiendo lastimosamente cuando aparecieron sus compañeros de trabajo. Sus colegas siempre lo consideraron inescrutable; su barba negra y cuidada le valió el sobrenombre de “Jesucristo”. Solía alardear ante sus amigos de que había cogido las joyas y el oro que encontró en algunos cuerpos. Fue la falta de puntualidad de Sutcliffe lo que le valió el despido del cementerio. Su jefe, Douglas McTavish, lo recordaría: “Era un buen trabajador. Pero tuve que echarle porque nunca llegaba a su hora al trabajo”.



Trevor Birdsall, amigo cercano de Peter Sutcliffe


Sutcliffe también declaró haber oído la voz de Dios durante el tiempo que trabajó en el cementerio. Mientras cavaba una tumba oyó la voz desde lo alto de una loma. Siguió el eco hasta llegar ante una lápida en forma de cruz. Entonces la voz le ordenó ir a las calles y matar prostitutas. Pero, tal y como se demostró posteriormente, no todas las víctimas resultaron ser prostitutas.



La tumba parlante



Después, comenzó a trabajar como conductor de trailers. Su faceta como camionero le ofreció más estabilidad. Laboraba en la compañía Clark e inclusive posó para un anuncio publicitario, sentado en la cabina de su camión.



Sutcliffe en el anuncio publicitario


En su casa, en su trabajo, e incluso en el pub de la localidad, se sentaba muy recto, con las rodillas juntas, moviendo sólo los ojos cuando alguien le hablaba y sin girar apenas la cabeza. Conforme creció se dedicó al físicoculturismo. Hizo un curso de alimentación para culturistas y se pasaba alrededor de una hora cada tarde haciendo ejercicios en su banco de pesas.



Texto escrito por Sutcliffe


A pesar de sus esfuerzos culturistas, era evidente para todos los que le conocían que era diferente. Sin duda era el más inteligente de la familia y de buena presencia física. Pero ninguna de las amigas de su hermana se sintió atraída por él.



Poema escrito por Sutcliffe


En 1947, los padres de Sonia Szurma, quien se convertiría en la esposa de Peter Sutcliffe, abandonaron Checoslovaquia y llegaron a Bradford, en donde el padre encontró trabajo como revisor de hilados. Sonia, la segunda hija, nació el 10 de agosto de 1950. A la edad de dieciséis años, justo cuando conoció a Peter Sutcliffe, su padre la describía como una chica muy bonita y bien educada.



Sonia y Peter durante su noviazgo


La familia describió a su primera novia como introvertida y ensimismada. Sonia era la primera chica que había llevado a casa para presentársela a su madre. Se encontró por primera vez con ella en Royal Standard, su madriguera habitual. La chica, de dieciséis años, era de carácter enigmático, tranquila y con acento centroeuropeo. Su padre se habría enfurecido si hubiese sabido que bebía sin tener la edad con sus amigas de la escuela. Ella poseía la misma introversión y altivez que otros ya habían detectado en él.



Muy pronto, Sonia consiguió apartarle de sus compañeros de trabajo del “rincón de los enterradores”. Los domingos la pareja se perdía en largas conversaciones en el salón de la casa. Sonia, decía la familia, sólo hablaba con las otras personas si era absolutamente inevitable. Ellos creían que ella los despreciaba, especialmente al padre y a su hermano Mick, los dos bebedores de la familia, para quiénes la noche del sábado y el mediodía del domingo eran sagrados.



Peter Sutcliffe el día de su boda


Sonia había sufrido una crisis nerviosa mientras hacía un curso de profesorado en Greenwich. Por entonces le dijo a un psiquiatra que había escuchado la voz de Dios, algo que a Sutcliffe le impresionó vivamente. Pensando en aquellos tiempos, Sonia le dijo a su suegro después del arresto de Peter: “El me ayudó a pasar el trance entonces. Ahora le ayudaré yo”. En muchos aspectos era ella el elemento dominante de la pareja. Carl Sutcliffe decía que Sonia se irritaba frecuentemente con él a causa de la televisión. Durante toda su vida en común, Sonia no tuvo la más ligera idea de las actividades criminales de su marido.



Se casaron ocho años más tarde, el 10 de agosto de 1974. Después de vivir los tres primeros años de matrimonio con los padres de Peter, fueron los primeros Sutcliffe en tres generaciones que se mudaron fuera de Bingley a un chalet en Heathon, Bradford. La familia declararía que nunca se sintieron del todo a gusto durante el tiempo de las cada vez más escasas visitas que efectuaron a Heathon. Mick y Sonia, desde luego, no procuraron en ningún momento ocultar su recíproca aversión.



Peter siempre había estado del lado de su madre, compartiendo las innumerables penas que, suponía, le había causado su padre. Pero antes de abandonar la casa paterna, en Bingley, su fe en la pureza católica sufrió un rudo golpe. Su padre descubrió que su mujer se entendía con uno de los vecinos, un policía. John Sutcliffe arregló las cosas para tener una confrontación con su mujer delante de sus hijos, incluyendo a Peter y a su futura esposa, en un hotel de Bingley. Kathleen llegó al bar creyendo que se encontraría con su amante y allí se topó con su marido, que la puso en evidencia ante toda la familia señalando el nuevo vestido de noche que se había comprado para esa ocasión. Peter quedó destrozado. Pero, habiendo descubierto que Sonia había tenido, antes que él, otro novio con el que acostaba, le hizo a su padre una señal con la cabeza. Le comprendía.



Ese mismo año, 1969, Peter Sutcliffe inició su carrera criminal. Realizó un primer asalto. Golpeó en la cabeza a una prostituta llamada Anna Rogulsky, con una piedra metida en un calcetín después de haber discutido con ella por un billete de diez libras. Fue en Bradford.



Anna Rogulsky


Durante el juicio, John Sutcliffe afirmó su creencia en que fue el golpe moral que recibió el chico lo que desató en él su instinto asesino. “Le dio de lleno. Él veneraba a su madre y lo que yo hice creo que fue lo que le volvió así”, afirmó.



La escena del ataque a Anna Rogulsky


Uno de los psicólogos que intervinieron en el caso estuvo de acuerdo con lo manifestado por el padre de Peter. Consideraba que la experiencia pudo predisponerle para un estado de psicosis aguda.



La casa de Sonia y Peter



Pasarían varios años más. La mañana del 30 de octubre de 1975, en la que el frío calaba hasta los huesos, el repartidor de leche hacía su ronda habitual. Mientras buscaba el camino entre la niebla, a través de un desierto jardín cercano a Harrogate Road, vio un bulto informe amontonado en medio de la hierba invernal. Pensó que sería un muñeco representando a Guy Fawkes, un antiguo criminal inglés cuya muerte se conmemoraba cada octubre encendiendo su efigie. Pero algo le hizo acercarse e investigar.



Wilma MacCann


El cadáver de una mujer estaba tendido boca arriba, el pelo oscurecido por la sangre y el cuerpo a la vista. La chaqueta y la blusa estaban abiertas y el brassier desabrochado. Sus pantalones habían sido bajados hasta debajo de las rodillas, aunque tenía las medias en su sitio. El pecho y el estómago presentaban catorce puñaladas.



El cadaver de Wilma MacCann


Más tarde, el informe del forense revelaría que había sido atacada por detrás, mediante dos fuertes golpes en la cabeza con un objeto pesado y contundente, quizás un martillo. Uno de los golpes le había fracturado el cráneo. Las heridas de navaja le fueron infligidas después de muerta.



La escena del crimen de Wilma MacCann


Su nombre era Wilma McCann. Habitualmente hacía auto-stop después de pasar la noche en la ciudad. Había muerto a cien metros de su hogar, una casa municipal en Scott Hall Avenue. Siempre le gustaba socializar y tomar algunas copas. El análisis de sangre post mortem evidenció que, la noche de su muerte, había tomado entre doce y catorce copas. Aquella noche, Wilma llevaba puesta su ropa favorita, una blusa rosa y chaqueta de estilo torero, color azul oscuro. A las 19:30 abandonó su casa, diciéndole a su hija mayor, Sonje, que acostara a los tres niños pequeños y cerrara con llave la puerta de la casa. Sonje cumplió diligentemente las instrucciones, hasta que a la mañana siguiente el temor de los pequeños y su propia ansiedad respecto a lo que podría haberle sucedido a su madre, la impulsaron a la acción. Con los ojos agotados por el cansancio, cogió en brazos a su hermano Richard, de siete años, y fue a buscar ayuda. Fueron localizados temblando de frío en la parada del autobús local, abrazándose el uno al otro para darse calor y sensación de seguridad.



Los hijos de Wilma MacCann


La primera víctima no tenía más que 28 años. Parecía no haber motivación sexual alguna en el asesinato. El monedero, que llevaba inscrita, por Sonje, la palabra “mumiy”, faltaba. En ausencia de otro motivo, la policía consideró el asesinato como la consecuencia de un robo. Se investigó, pero no se llegó a ninguna conclusión. De hecho, era el primero de una serie de asesinatos que iban a sembrar el terror en los corazones de las mujeres que vivían y trabajaban en la zona de Chapeltown, el barrio chino de Leeds.



La primera investigación


Por entonces, no había cambiado hacía años, y la demanda y la oferta se equilibraban muy bien. No todas las mujeres que trabajaban allí eran prostitutas profesionales. Algunas eran amas de casa que se ganaban así un dinero extra para completar el sueldo; otras eran mujeres aburridas de su vida hogareña, y otras, a su vez, no eran más que amateurs que lo hacían para divertirse. Una de estas mujeres era Emily Jackson, de cuarenta y dos años, que vivía con su marido y tres niños pequeños en la respetable zona residencial de Churchwell, cinco millas al oeste de Chapeltown.



Emily Jackson


El 20 de enero de 1976, Emily y su marido llegaron a Gaiety a primera hora de la tarde. El lugar, situado en Roundhay Road, era un conocido establecimiento por donde se dejaban caer los irregulares de Chapeltown y su presumible clientela. A los pocos minutos de llegar, Emily abandonó a su marido en el salón y se fue a buscar trabajo. Menos de una hora después, alguien la vio subiendo a una Land Rover en el estacionamiento. Fue la última vez que se le vio con vida. Llegada la hora de cerrar, el señor Jackson, aún solo, se terminó su copa y volvió a casa en taxi. Quizá supuso que su mujer había encontrado un cliente para pasar la noche.



La escena del crimen de Emily Jackson


Todavía estaba oscuro a la mañana siguiente, cuando un obrero del primer turno percibió una forma abultada y oscura en el suelo. Estaba cubierta con un abrigo. Debajo se encontraba el cuerpo de Emily Jackson. Al igual que Wilma McCann, estaba tirada en la tierra, con la ropa quitada y las medias puestas; como a la primera víctima, le habían dado dos fuertes golpes en la cabeza con un gran martillo. El cuello, pecho y estómago estaban llenos de puñaladas. Pero esta vez, el asesino había clavado el puñal más de cincuenta veces en el cuerpo, ensañándose después en la espalda y perforándola con un destornillador.



Los titulares sobre el asesinato de Emily Jackson


Uno de los inspectores más veteranos declaró que la vista del ataque lo había horrorizado. Los policías encontraron además la huella de una bota tipo Wellington, que el asesino había dejado en el muslo derecho de la mujer, al pararse sobre su pierna para someterla. El examen post-mortem indicó que había habido actividad sexual, pero antes de que Emily Jackson fuera asesinada, por lo tanto no era seguro que hubiese sido con el asesino. De nuevo parecía no haber motivo. Oficialmente, la policía admitió la relación de las dos muertes y que estaban buscando a un doble asesino. En privado, aceptaban que tenían que vérselas con un asesino muy notable, quien hasta el momento no había dejado más que una pista: su número de zapatos era el siete.



El barrio de Chappeltown tras los primeros asesinatos


Pasó más de un año antes de que el asesino atacase de nuevo. Las muertes de Wilma y Emily sólo eran ya un recuerdo borroso para las alegres chicas de Chapeltown. Como Emily Jackson, Irene Richardson era una amateur de media jornada. Se prostituía para llegar a fin de mes y vivía una existencia triste y precaria en una miserable pensión de la Cowper Street de Chapeltown.



Irene Richardson


En la noche del 5 de febrero de 1977 salió de su habitación a las 23:30 horas, para ir a bailar un rato. A la mañana siguiente una persona que hacía footing por Soldier's Field vio un cuerpo tirado en el suelo tras el polideportivo, justo donde estaban los sanitarios, y se paró para ver de qué se trataba. El parque deportivo estaba a unos minutos en coche desde Chapeltown.



Los sanitarios


La escena era trágicamente familiar. La víctima estaba boca abajo. Tres terribles golpes de martillo habían destrozado el cráneo. La blusa había sido arrancada, pero el abrigo estaba cuidadosamente colocado tapándole las nalgas. Debajo de éste, se apreciaban las botas, cuidadosamente colocadas al lado de las piernas. En contraste con este pulcro orden, su torso y cuello estaban salvajemente apuñalados.



El cadáver de Irene Richardson


El examen del forense estableció que no se había producido relación sexual alguna. Murió media hora después de abandonar su habitación de camino hacia el último baile de su vida. Tenía veintiocho años. Ya no se podía negar que un asesino múltiple andaba suelto.



La escena del crimen de Irene Richardson


Cuando se conocieron los detalles de la muerte de Irene Richardson, los periódicos de Yorkshire no tardaron mucho en establecer un paralelismo entre estos asesinatos y aquellos que llenaron innumerables informes policiales años atrás: los de “Jack el Destripador”, quien se especializó en el asesinato de prostitutas, mutilándolas y eviscerándolas en las callejas neblinosas del East End londinense. El desconocido asesino de las tres víctimas tenía ahora un nombre: “El Destripador de Yorkshire”.



Los titulares


Aquello fue demasiado para muchas de las prostitutas, que se mudaron por docenas a otras áreas, principalmente Manchester, Londres y Glasgow. Las que no deseaban o no podían desplazarse cambiaron de zona de operaciones. Eligieron el cercano Bradford, Allí, en el triángulo Manningham Lane-Oak Lane-Lumb Lane, existía también un próspero barrio chino.



Patricia (Tina) Atkinson era una chica de Bradford que vivía justo a la vuelta de la esquina de Oak Lane. Tenía suerte, pues ya no tenía que dedicarse al, cada vez más, peligroso sistema de las citas en coches. De su matrimonio con un asiático había tenido tres hijos, pero no sobrevivió el desfase cultural. En 1976, Tina vivía sola y se ocupaba de ofrecer sus servicios sexuales. Era atractiva, esbelta y de pelo negro. Nunca le faltaban clientes. El recuerdo de los asesinatos de Leeds latía bajo la superficie, en la mente de casi todas las mujeres, pero habían pasado dos meses desde que se encontró el cuerpo de Irene Richardson.



Patricia Atkinson


En un agradable atardecer de abril, Tina se disponía a irse a su pub habitual, el Carlisle, vestida con su cazadora de cuero favorita, de color negro, jeans y una camiseta azul, donde planeaba pasar una divertida tarde tomando cervezas con sus amigos. Estuvo allí, charlando y bebiendo hasta la hora de cerrar. Luego se fue a The Royal Standard, la misma discoteque donde Sonia y Sutcliffe se habían conocido. Nadie la vio durante todo el día siguiente. La gente pensó que estaba durmiendo la siesta.



La discoteque The Royal Standard


La noche siguiente, unos amigos pasaron por su casa y se encontraron la puerta del departamento abierta. Al entrar vieron un bulto informe envuelto en las sábanas de la cama. Tina había sido asaltada en el recibidor: cuatro golpes de martillo le habían destrozado la cabeza por detrás. Después de ser lanzada sobre la cama, le habían quitado la ropa. Tenía siete cuchilladas en el estómago y la parte izquierda del cuerpo rajada.



La casa de Patricia Atkinson


Cualquier duda sobre el asesino o la sospecha de que pudiera tratarse de un imitador, fueron eliminadas al descubrirse una huella de bota Wellington en la sábana de abajo. Del número siete. Era la misma que se encontró en el cuerpo de Emily Jackson. La policía casi nunca se ocupa de los sobrenombres que los medios de comunicación dan a los asesinos, pero a finales de abril estaban preocupados porque “El Destripador de Yorkshire” estaba haciéndose muy famoso a costa de la publicidad.



Reporte policíaco sobre la muerte de Patricia Atkinson (click en la imagen para ampliar)


El sábado 25 de junio de 1977, Peter Sutcliffe llevó a su esposa Sonia a la clínica Sherrington, donde ella hacía el turno de noche. Después se fue a tomar unas cervezas con sus vecinos y compañeros habituales de pub, Ronnie y Peter Barker. El trío pasó las primeras horas de la noche en tres pubs en los alrededores de Bradford. Terminaron en el Dog in the Pound, donde la máxima atracción era un marinero que atendía la barra disfrazado de mujer. A la hora de cerrar, y ya de camino hacia casa, todavía se detuvieron a comer algo. Cuando dejó a los hermanos Barker ante la puerta de su casa, la medianoche había pasado hacía un buen rato. Pero Peter Sutcliffe volvió a la carretera principal.



Hacia las 02:00 horas vio a una chica sola entre las luces de Chapelton Road, en Leeds. Vio cómo pasaba por delante del pub Hayfield y se dirigía a la izquierda por Reginald Terrace, una de las tres calles principales que dan a la carretera general. Aparcó su Ford Corsair blanco y empezó a seguirla. Se llamaba Jayne MacDonald.



Jayne MacDonald


El cuerpo de Jayne MacDonald fue encontrado apoyado en una pared a las 09:45 horas, cuando el primer grupo de niños se encaminaba al parque infantil de Reginald Terrace. Había recibido un golpe en la cabeza, después fue arrastrada veinte metros y golpeada dos veces más. Entonces fue acuchillada repetidamente en el pecho y una vez en la espalda. La policía supo inmediatamente de quién se trataba, la firma era inconfundible. Pero existía una alarmante diferencia: Jayne MacDonald acababa de cumplir dieciséis años, trabajaba en el departamento de zapatería de un supermercado cercano y tenía recién terminado su período escolar. La noche de su muerte había estado con unos amigos en Leeds y fue asaltada al volver a casa de sus padres, unos cientos de metros más allá de donde se encontró su cuerpo.



Los MacDonald eran una familia típica de Chapeltown. Una familia feliz, que trabajaba duro. Jean no era una prostituta. Su única relación con el duro mundo del barrio chino era que vivía allí. Cuando se hizo patente que el asesino estaba matando a adolescentes que acababan de abandonar el colegio, el efecto sobre la investigación fue fulminante.



La escena del crimen de Jayne MacDonald


En el momento de iniciarse la investigación sobre Jane, la policía ya disponía, en septiembre, de setecientas entrevistas hechas a residentes de veintiún calles de la vecindad y de tres mil quinientas declaraciones, muchas de prostitutas. Aumentaba la presión para que la policía presentase resultados. Dos semanas después el asesino atacó brutalmente a Maureen Long en un erial desierto cerca de su casa en Bradford.



Maureen Long


Por algún extraño milagro sobrevivió, pero la descripción de su asaltante ayudó poco a la encuesta policial: más de 1.80 de estatura, de aproximadamente treinta y seis años de edad, con el cabello rubio.



La escena del ataque a Maureen Long


En esa época, el ministro del Interior, Merlyn Rees, visitó el llamado “Cuartel General de 'El Destripador de Yorkshire'”, en Leeds. Se le informó que 304 policías trabajaban en el asunto, que habían entrevistado a más de 175,000 personas, reunido 12,500 declaraciones y comprobado 10,000 vehículos.



El Ministro del Interior


Si la policía hubiera sabido el tipo de hombre que estaban buscando, poco hubiese importado. Había que buscarlo en una casa inmaculadamente cuidada en la zona de clase media de Bradford. Peter y Sonia Sutcliffe se acababan de mudar a Garden Lane nº 6, su nueva casa en Heaton, en agosto. Por primera vez vivían de forma totalmente independiente.



A los treinta y un años, Sutcliffe pasaba por ser un vecino educado y de buenos modales, un empleado que trabajaba duro y en quien se podía depositar la confianza. Un buen hijo y un marido fiel. Era el tipo de hombre al que le encantaba estar arreglando su coche los fines de semana. Nada en él llamaba especialmente la atención y, desde luego, nadie se hubiera atrevido a decir que encajaba con la imagen de un asesino múltiple.



El sábado 1 de octubre, Jean Bernadette Jordan subía al coche nuevo del asesino, un Ford Corsair rojo, en Moss Side, Manchester. Aceptó cinco libras como adelanto y lo guió hasta una zona a tres kilómetros de distancia, cerca del Southern Cemetery, un lugar muy frecuentado por prostitutas. A unos pocos metros del coche, Sutcliffe golpeó el cráneo de la chica con un martillo, con todas sus fuerzas, una y otra vez, en once ocasiones. Luego llevó el cuerpo hasta unos arbustos, pero le sorprendió la llegada de otro coche y prefirió escapar.



Jane Jordan


Al volver a casa aquella noche era perfectamente consciente de que había dejado una pista esencial junto al cuerpo de la víctima. El billete de cinco libras que le había dado, estaba recién salido de la Casa de la Moneda; lo tomó de la paga que había recibido sólo dos días antes.



La casa de Jean Jordan


Peter Sutcliffe esperó ocho largos días. El cuerpo no había sido descubierto, y se arriesgó a volver para coger el billete. A pesar de buscar desesperadamente no fue capaz de encontrar el bolso, ni el billete. En una reacción de frustración se cebó en el cuerpo de la víctima con un trozo de espejo roto. Incluso intentó cortarle la cabeza, pensando que eso evitaría que la identificaran a través de los golpes de martillo. Al final se dio por vencido, no sin antes darle varios puntapiés al cuerpo putrefacto. Seguidamente volvió a casa.



Esquema del asesinato de Jean Jordan


Un día después el dueño de una de las parcelas del terreno en donde se cometió el crimen, encontró el cadáver desnudo. Llamó a la estación de policía de Chorlton-curn-Hardy; pero la cabeza estaba irreconocible y no se encontró nada que pudiese identificar a la víctima entre las cosas que la rodeaban. Su identificación fue posible gracias a una huella dactilar que dejó en una botella de limonada antes de salir de su casa por última vez.



Reporte policíaco sobre el asesinato de Jean Jordan (click en la imagen para ampliar)


Jean Jordan tenía veintiún años y había sido arrestada en dos ocasiones por practicar la prostitución. Vivía con un hombre que conoció al llegar a Manchester y tenían dos hijos. Cuando la joven no regresó a su domicilio aquel fin de semana, su marido no le dio mayor importancia. El resultado fue que su nombre no apareció en la lista de personas desaparecidas durante más de diez días.



El billete de cinco libras


La policía encontró el billete en un bolsillo secreto del bolso de Jean. En cuestión de horas, el Banco de Inglaterra comprobó que se trataba de un billete remitido, incluido en un envío, a las sucursales de Shipley y Bingley de la Midland Bank. El número de serie era el AW51 121565. Los empleados del banco confeccionaron una lista de 5,493 personas que podían haber recibido el billete como parte de sus salarios. Un mes después de la muerte de Jean Jordan, dos policías llamaron de nuevo a la puerta de Sutcliffe. Volvieron seis días más tarde, pero, al igual que la primera vez, la coartada del asesino parecía cierta. En 1980 se volvió sobre esta pista porque las empresas que podían haber incluido el billete en sus nóminas se redujeron de treinta a tres. Pero Sutcliffe volvió a pasar con éxito la prueba.



El descubrimiento del billete de cinco libras supuso una dramática aceleración de las pesquisas. Pero tres meses después, un aire de consternación se apoderó de nuevo de la investigación. Uno de los 5,000 hombres con quien se había hablado era el asesino. Se comportó cortésmente y estuvo dispuesto a ayudar en lo que fuera necesario. No despertó sospechas. Después de abandonar su casa, los inspectores hicieron un informe de cinco hojas que le eximia de toda culpa.



La casa de Peter Sutcliffe era el tipo de casa con que siempre había soñado Helen Rytka, una despampanante muchacha de dieciocho años. El 31 de enero de 1978, compartía con su hermana Rita un cuartucho miserable cerca de la autopista a su paso por Huddersfield. Trabajaban en pareja en el deprimido y poco llamativo barrio chino de la zona de la calle Great Northem. Los arcos del puente de la vía férrea de Leeds a Manchester hacían las veces de lupanar; pero Helen y Rita estaban un escalón más arriba en el negocio: se dedicaban a los clientes que llegaban en automóviles. A causa del asesino habían ingeniado un sistema por el cual los clientes las recogían por separado, pero al mismo tiempo, a la entrada de unos lavabos públicos. Le daban a cada cliente veinte minutos de tiempo, y volvían a encontrarse después en los servicios. Incluso apuntaban el número de matrícula del coche de la otra antes de irse con el siguiente.



Helen Rytka


Pero todo salió terriblemente mal aquella noche del martes 31 de enero de 1978. Nevaba. Helen llegó a su punto de cita con cinco minutos de adelanto. Eran las 21:00 horas. El hombre barbudo del Ford Corsair rojo le ofreció ganarse rápidamente otras cinco libras. Probablemente antes de que volviera Rita. Las hermanas no se volvieron a ver nunca más. Helen llevó al desconocido a un depósito cercano de madera de construcción, el de Garrard's. Era poco habitual en él, pero Peter Sutcliffe tuvo, esta vez, relaciones sexuales con Helen. Más que nada, porque la presencia de dos hombres en aquel patio le obligó a retrasar su ataque con el martillo. Golpeó a la chica cuando intentaba volver al asiento delantero, desde el trasero, seguramente ansiosa por reunirse con su hermana. Falló el primer golpe y le dio a la puerta del coche. El segundo le acertó en la cabeza; después la golpeó cinco veces más. Los golpes se realizaron a pocos pies de la cabaña del capataz del patio maderero. Las paredes quedaron manchadas de sangre.



Reporte policíaco sobre el asesinato de Jean Jordan (click en la imagen para ampliar)


El cadáver de Helen fue llevado a una pila de maderas y escondido; sus ropas, desperdigadas. Los calcetines estaban puestos. Las pantimedias negras las encontró un poco antes un conductor de camiones y las echó cerca de una puerta de las cabañas. El cuerpo presentaba horribles mutilaciones, tres cuchilladas en el pecho, y las señales de haber sido apuñalada repetidamente en las mismas heridas. También había arañazos en el cuello. Rita volvió al lavabo público. Estaba muy preocupada, pero el temor que le tenía a la policía aún era mayor. Hasta el tercer día no denunció la desaparición. Tres días antes de que un perro-policía olfatease el cadáver. La policía se sentía optimista. La última víctima había desaparecido al empezar a caer la noche y en una calle muy concurrida.



Se consiguió localizar a más de cien peatones y a todos los vehículos, menos tres. George Oldfield, quien estaba a cargo de la investigación sobre los asesinatos, participó en el show radiofónico de Jimmy Young y sugirió que algún ama de casa, novia o madre, debía tener ya serias sospechas respecto a la identidad de “El Destripador de Yorkshire”. Pero no fue así, el asesino era demasiado precavido.



Los investigadores


Algunas semanas más tarde, el 26 de marzo de 1978, un paseante se fijó en que de debajo de un sofá vuelto boca abajo asomaba un brazo, en Lumb Lane, parte del barrio chino de Bradford. El olor a podrido de lo que él creyó era un trozo de maniquí lo impulsó a ir corriendo a llamar por teléfono. Yvonne Pearson, de 22 años, era una prostituta profesional en toda regla, que había trabajado con hombres ricos de negocios en la mayoría de las ciudades de Gran Bretaña. A pesar de ser una chica de Leeds, su diario contenía direcciones de clientes de todo el país.



Yvonne Pearson


La habían matado dos meses antes, diez días antes que a Helen Rytka, con un instrumento romo muy pesado. El asesino había modernizado su instrumental. La víctima recibió los golpes en la cabeza y en el pecho. Tenía pelo del relleno del sofá metido en la boca. Incluso daba la impresión de que el asesino había vuelto al lugar del crimen para hacer más visible el cuerpo, tal como se suponía había hecho con el cuerpo de Jean Jordan, cuatro meses antes, en Manchester. Debajo de uno de sus brazos puso una copia del periódico Daily Mirror, con fecha de cuatro semanas después de producirse la muerte.



La escena del crimen de Yvonne Pearson


Yvonne Pearson sabía muy bien los riesgos que entrañaba su profesión, y le había hablado a un vecino sobre la preocupación que le producía “El Destripador de Yorkshire”. La noche de su muerte dejó a sus dos hijas pequeñas, Colette y Lorraine, con una vecina de dieciséis años.



Después se fue al pub Flying Dutchman. Lo abandonó a las 21:30 horas, y a los pocos minutos montaba en el coche de un hombre con barba y ojos negros, penetrantes. Aparcaron en un descampado cerca de la calle Arthington. Peter Sutcliffe la mató con el martillo, la arrastró hasta un sofá abandonado y saltó encima de ella hasta romperle las costillas.



Los titulares sobre el asesinato de Yvonne Pearson



Dos meses después de descubrir el cadáver de Yvonne Pearson, Vera Millward, frágil, enferma y con un aspecto mucho mayor que sus cuarenta y un años reales, murió en una parte bien iluminada de los terrenos de la Royal Infirmary, en Manchester. Sutcliffe le dio tres golpes en la cabeza y después le abrió el estómago de una cuchillada.



Vera Milward


De origen español y madre de siete hijos, la víctima llegó a Gran Bretaña después de la guerra trabajando como sirvienta. Posteriormente vivió con un jamaicano, y pronto hubo de recurrir a la prostitución para mantener a su familia.



El cadáver de Vera Milward


En la noche del martes 16 de mayo, su amante pensó que había salido del piso que tenían en la Avenida Greenham para comprar cigarrillos y algún calmante para sus dolores crónicos de estómago. Un jardinero la descubrió a la mañana siguiente, a las 08:10 horas; estaba sobre un montón de basura en una esquina del estacionamiento. En un primer momento pensó que se trataba de algún tipo de muñeca. Se encontraba tendida sobre el lado derecho, la cara boca abajo, los brazos doblados al lado de su cuerpo y las piernas estiradas. Los zapatos estaban apoyados cuidadosamente contra una verja al lado del cuerpo. La recubría parcialmente un abrigo verde, y el asesino puso un trozo de periódico tapando su cabeza, horriblemente desfigurada.



La escena del crimen de Vera Milward


La recompensa por alguna información que condujese a la detención de “El Destripador de Yorkshire” era por entonces de $15,000.00 libras. Nadie del equipo de George Oldfield dudaba, a esas alturas, de que el hombre que buscaban vivía en West Yorkshire, probablemente justo delante de sus narices, en Leeds o Bradford.



George Oldfield en la escena de uno de los asesinatos


Al terminar 1978, los inspectores de policía habían estado cuatro veces cara a cara con el asesino. Y lo habían visitado dos veces en relación con la pista del billete de cinco libras. Tres meses después del asesinato de Vera Millward volvieron a hacerle una visita debido a que el número de registro de su coche había aparecido repetidamente al hilo de comprobaciones especiales sobre las zonas de Leeds y Bradford. Otra mujer, Marcella Claxton, sufrió un ataque, pero cuando dijo que había sido víctima de “El Destripador de Yorkshire”, no le creyeron. Tiempo después se confirmaría que había sido verdad.



Marcella Claxton


La policía estaba buscando pisadas que pudieran coincidir con las huellas tomadas, 21 meses antes, en la escena del crimen de Irene Richardson. Como siempre, el criminal se comportó de forma acomodaticia y serena. Sin traicionar su condición de asesino. Los inspectores nunca fueron encargados de verificar el grupo sanguíneo o la talla del pie demasiado pequeña para un hombre, dos de los factores bien conocidos del asesino.



Los titulares sobre el ataque a Marcella Claxton


Otra de sus víctimas fue Carole Wilkinson, una joven que también sobrevivió de milagro. Entre junio de 1977 y mayo de 1978, Peter Sutcliffe atacó a entre siete y diez mujeres. Cinco murieron y cinco sufrieron graves heridas. Pero con la misma rapidez con la que su ansia asesina se había acelerado, de pronto cesó. Durante los siguientes once meses, “El Destripador de Yorkshire” estuvo, simplemente, fuera de la circulación.



Carole Wilkinson


Olive Smelt fue otra de sus víctimas. Pero a ella tampoco le creyeron. La policía no daba crédito a que el asesino atacara a tantas mujeres. Empezaron a propagarse hipótesis sobre lo que podría haberle ocurrido. Una posibilidad era que se hubiese suicidado. Si se hubiera llevado su identidad a la tumba, las similitudes con “Jack el Destripador”, su homólogo victoriano, hubieran sido completas.



Olive Smelt


En la noche del miércoles 4 de abril de 1979, Sutcliffe condujo desde Bingley hasta Halifax. Justo antes de la medianoche se bajó del coche y se tropezó con Josephine Whitaker, de diecinueve años. La muchacha estaba paseando por los campos de recreo de Savile Park. Habló brevemente con ella, y cuando salieron del haz de luz de las farolas, la golpeó en la cabeza y la arrastró hacia las sombras.



Josephine Whitaker


El cuerpo fue encontrado a la mañana siguiente. Al igual que Jayne MacDonald, había vivido siempre con su familia como una chica respetable. Trabajaba de recepcionista en la central de Halifax Building Society.



El cadáver de Josephine Whitaker


Con este asesinato, el asesino estaba mandando un mensaje claro a las mujeres: al matarla no la había confundido con una prostituta. Atacaría a cualquier mujer que tuviese agallas para pasear después de anochecer. De un día para otro todas las mujeres de North England perdieron su libertad.



Durante todo este tiempo, Sutcliffe había estado engañando sorprendentemente a su familia y amigos. Iba a buscar a Sonia al trabajo para “protegerla del Destripador”, y llegó a decirle a sus amigos: “Quien quiera que esté cometiendo esos asesinatos, tendrá que responsabilizarse de un buen montón de cosas”. En una ocasión, sus compañeros conductores hicieron una apuesta: él debía ser el criminal. Pero Sutcliffe se echó a reír. No dijo nada más.



Los titulares sobre el asesinato de Josephine Whitaker


La furia del asesino duraba ya cuatro años. Diez mujeres habían muerto. Sin embargo, la policía no se le había acercado ni un ápice. De hecho se estaba hundiendo en el cenagal de la información contradictoria, las suposiciones y el mito. Algunos detalles espantosos de los asesinatos se publicaron en la prensa, pero esto no paró la ola de rumores.



Punto de información policíaca sobre “El Destripador de Yorkshire”


Este fue el momento elegido por el ex policía John Samuel Humble, un bromista resentido de Sunderland que odiaba a George Oldfield, para hacer su trágica aparición. Por su causa, morirían tres mujeres más. Y terminaría de confundir a la policía.



John Samuel Humble “El Destripador Minero”


Entre marzo de 1978 y junio de 1979, tres cartas anónimas y una cinta de cassette llegaron a la mesa de despacho de George Oldfield. Indicaban que “El Destripador de Yorkshire” era un minero. Ese fue un aspecto de la investigación que contenía todos los elementos de una tragedia. Los actores fueron George Oldfield, el jefe de Policía Ronald Gregory y el bromista anónimo que al final fue bautizado como “El Destripador Minero”.



La policía estaba tan desesperada por capturar al asesino verdadero y limpiar su reputación, y también por calmar el miedo del público, que se sintieron dispuestos a suspender la objetividad de sus razonamientos con tal de detener a su hombre.



La broma empezó muy modestamente en marzo de 1978. Dos cartas anónimas llegaron a Yorkshire desde el noreste de Inglaterra. Las habían echado al correo en Sunderland, con cinco días de diferencia. Una iba dirigida a George Oldfield y la otra al redactor jefe del periódico Daily Mirror, de Manchester. No se tomaron en consideración porque fueron escritas después de la desaparición de Yvonne Pearson y antes de que su cadáver fuera descubierto, y el anónimo había estimado equivocadamente el número de víctimas. Las cartas desaparecieron en los inescrutables recovecos de un informe archivado.



La primera carta




Exactamente un año más tarde llegó una tercera carta. Fue echada al correo para que entrase dentro de la recogida de las 13:45 horas, en Suderland, el 23 de marzo de 1979. Grafólogos expertos confirmaron que la misma persona había escrito las tres cartas. La tercera era la más interesante para la policía, pues en ella se decía que Vera Millward, la última víctima, había estado en el hospital. Creyeron que esta información sólo podía provenir de la propia Vera. Esto llevó fatalmente a la conclusión de que el remitente anónimo era “El Destripador de Yorkshire”.



La segunda carta




La tercera carta también dejaba claro que la siguiente víctima habría que buscarla en Manningharn, Bradford, pero en ningún caso en la zona de Chapeltown. Las cosas, según mencionaba, “estaban demasiado calientes por allí a causa de los malditos polis”. El extraño lenguaje del escritor anónimo coincidía con la actitud del asesino. Esto hizo sonar campanas en la mente de los policías. Pero fueron abruptamente silenciadas por la necesidad de encontrar una clave que desvelase el secreto.



La tercera carta



Dos semanas después de la llegada de la tercera carta, Josephine Whitaker fue asesinada en Halifax. Era la segunda mujer no prostituta que moría a manos de “El Destripador de Yorkshire”. La presión sobre George Oldfield aumentaba. La única pista creíble que tenía eran las tres cartas de Sunderland. El policía convocó una rueda de prensa e hizo pública la teoría de Sunderland. Para reforzarla resultó que se habían encontrado rastros de aceite de engrasar en una de las tres cartas. Era el mismo aceite que se encontró en el cuerpo de la última víctima. Se pidió al público que contribuyese con cualquier tipo de información relevante sobre los días en que fueron echadas al correo las cartas en Sunderland. La respuesta popular fue tremenda, pero ayudó poco a la investigación.



El sobre con la cinta



La mañana del 18 de junio de 1978, un sobre de color amarillento aterrizó en la mesa de George Oldfield. La dirección estaba escrita por el hombre de Sunderland y contenía una cinta de casette barata, negra. Aquí estaba la clave para dar solidez a la hipótesis de Oldfield. Metió la cinta en un aparato reproductor y pulsó el botón. Del altavoz surgió una voz gruesa con acento de minero. El mensaje constaba de 257 palabras. Si era auténtico, constituía una de las más fantásticas pistas en la historia de la policía.



George Oldfield escuchando la cinta


“Soy Jack. Veo que no tienen suerte para atraparme. Me parece que tus chicos te están fallando. George, no son buenos, ¿eh? Les avisé que volvería a golpear en marzo, siento mucho que no fuera en Bradford. No estoy seguro de cuándo volveré a la acción, pero puede ser en este año, en algún momento. Quizás en septiembre, en octubre. Si tengo una buena oportunidad, incluso antes. Aún no sé dónde, quizá Manchester. Me gusta Manchester. Hay un montón de prostitutas pululando por allí. No aprenderán nunca, ¿eh, George? Bueno ha sido muy agradable hablar contigo. Tuyo: 'Jack el Destripador'”.



Al final de la cinta sonó chillonamente la canción de A. Gold, “Gracias por estar aquí”. El mensaje para el público era que el asesino procedía del noreste. Empezó la búsqueda del criminal con acento de tipo minero. Peter Sutcliffe había escapado así nuevamente de las sospechas de la policía. George Oldfie1d estaba convencido de la autenticidad de la cinta, pero quería mantenerla en secreto durante un tiempo. Por otro lado, el jefe de Policía Ronald Gregory pensaba que una voz tan especial podría ser fácilmente reconocida por el público.



A los dos días, nadie supo cómo, se filtró la noticia a la prensa. Se convocó rápidamente una rueda de prensa a la que acudieron todos los cazadores de historias y llenaron a rebosar la pequeña sala de prensa de la Escuela de Entrenamiento Policial de Wakefield. Los medios de comunicación estaban a punto de hundir a Oldfield. Pero hicieron una última concesión a la objetividad: sólo en una ocasión se publicó que podría ser una elaborada trampa. La carrera y la reputación de Oldfield y de todo su equipo estaban en juego. Parecía considerar que las atrocidades cometidas por el asesino eran un desafío personal. Estaba desesperadamente determinado a vencer a su oponente. Se organizó una amplísima campaña publicitaria. El público en general podía llamar por teléfono y escuchar la cinta de “El Destripador Minero”. A los pocos días de la conferencia de prensa, se habían recibido ya 50,000 llamadas.



Retratos robot (click en la imagen para ampliar)


Entre tanto, George Oldfield consultó a peritos en cuestiones lingüísticas de la Universidad de Leeds: Stanley Ellis, uno de los expertos del país en materia de dialectos, y Jack Windsor Lewis, un profesor del Departamento de Lingüística y Fonética. Rápidamente localizaron el acento: era de Wearside, pueblo de Castletown, un pequeño barrio suburbial de Sunderland. La policía de West Yorkshire se trasladó al lugar. Once inspectores, cien agentes. La información en los medios de comunicación alcanzó el nivel de saturación. En teoría, era sólo cuestión de tiempo encontrar al supuesto asesino. La policía se movía en un área limitada (en Castletown no vivían más de 4,000 personas) y con un tamiz muy fino. Pero hombres menos desesperados que OIdfield empezaron a admitir que “El Destripador Minero” sólo era una broma cruel.



Prostitución (click en la imagen para ampliar)


El bromista sabía que no iba a ser descubierto porque tenía una coartada a prueba de bomba. La policía de Northumbrian nunca estuvo plenamente convencida. Finalmente hizo públicas sus dudas. Las luces también se encendieron en la mente de los expertos grafólogos. Trataron de comunicar en vano a la policía sus temores. Incluso intentaron que se lanzase una campaña paralela, sin eliminar a sospechosos de otras comarcas. Pero la policía de West y Yorkshire insistió en eliminar a los sospechosos que no eran mineros. Oldfield y Gregory planearon otra campaña aún más grandiosa: un millón de libras de presupuesto. Pocos días antes de que fuera lanzada, Ellis y Lewis les escribieron manifestando su desconfianza en el método. Fueron desoídos.



La tenaz insistencia de que el hombre buscado era un minero significó la eliminación de la investigación del sujeto del billete de cinco libras, entrevistado en cuatro ocasiones por la policía. La campaña continuó perdiendo el fuelle y la credibilidad en 1980. No se consiguió nada más que sobrecargar con más información inútil a la policía. Aparte de las pistas perdidas, de las entrevistas fracasadas y de haber escogido el camino equivocado, otra pequeña ironía del destino se produciría en materia de grupos sanguíneos. Los análisis forenses establecieron que quien quiera que hubiera enviado las cartas tenía el rarísimo grupo sanguíneo de tipo B, compartido escasamente por el seis por ciento de la población.



En ese momento la policía creía que el asesino era responsable de la muerte de Joan Harrisson en Preston, Lancashire. Se produjo tres semanas después de la de su primera víctima, Wilma McCann. El semen encontrado en el cuerpo de Joan Harrison indicaba que el asesino tenía el grupo sanguíneo tipo B. El grupo de Peter Sutcliffe era el B positivo. Pero ni había estado en Preston ni su acento encajaba con la hipótesis de Sunderland. Ninguna sospecha recayó sobre él. Aprovechó para atacar a otra joven, Tracy Brown.



Tracy Browne


Ella inclusive dio a la policía una descripción del hombre que la había agredido. Nuevamente, los agntes no hicieron caso. Jamás se podrá saber si se hubieran podido evitar las muertes de Josephine Whitaker, Barbara Leach, Marguerite Walls y Jacqueline Hill si se hubiera capturado antes a Sutcliffe, de no incurrir la policía en el error de la pista falsa de “El Destripador Minero”. En ese momento, sólo había una persona que sabía quién era ese bromista. Esa persona era John Samuel Humble y era tan culpable de las últimas muertes como el propio asesino.



El retrato robot del sospechoso


Peter Sutcliffe dejó que la policía siguiese esta pista falsa durante todo el verano de 1979. En julio le hizo una visita el inspector-jefe Laptew en relación con su coche. Había sido visto en el área de Lumb Lane, de Bradford, en treinta y seis ocasiones. Laptew se olió algo sospechoso, pero sus observaciones sobre Sutcliffe, debido a que la atención se centraba en la zona noreste, pasaron inadvertidas. El asesino volvió a Bradford un mes más tarde para castigar a su undécima víctima.



El sábado 1 de septiembre, Sutcliffe cruzaba las calles de Little Hartan, un área residencial para estudiantes. A la 01:00 reparó en Barbara Leach, estudiante de segundo año de Ciencias Sociales, quien se despedía de un grupo de amigos en Great Hartan Road.



Barbara Leach


La atacó en Ash Grove, a unos 150 metros del pub "Mannville Arms", y después la arrastró al patio trasero de un vecino del lugar. Allí la apuñaló ocho veces antes de meter su cuerpo en un cubo de basura y cubrirlo con un viejo pedazo de cartón. El cadáver permaneció sin ser hallado hasta bien entrada la tarde del día siguiente.



Dos agentes de Scotland Yard fueron enviados a Yorkshire como consejeros. Volvieron a Londres al cabo de un mes sin haber hecho contribución alguna a la investigación. Unos cuantos hombres de la policía de Manchester volvieron a Bradford para reinvestigar la pista del billete de cinco libras. Redujeron el número de sospechosos a 270, pero no consiguieron nada más.



La escena del crimen de Barbara Leach



Transcurrió otro año y no se hizo ningún progreso. Después del verano de 1980, el público había olvidado a medias a “El Destripador de Yorkshire”. En Garden Lane, el matrimonio Sutcliffe seguía llevando la misma vida discreta. Se relacionaban poco con la gente. Preferían su propia intimidad.




El asesino seguía acompañando a sus amigos al pub y haciendo sus viajes de trabajo. Esto complicaba la labor de la policía. Hacía más difícil su localización en una noche determinada. El viernes 18 de agosto, viajó a Farsley, en Leeds, y asesinó por duodécima ocasión.



La casa de Barbara Leach


Marguerite Walls era funcionaria; trabajaba en el departamento de Educación y Ciencia. Había estado trabajando hasta tarde para dejar bien atados algunos cabos sueltos antes de tomarse unas vacaciones de diez días. Abandonó su oficina a las 22:00 horas. El trecho hasta su casa era de aproximadamente un kilómetro.



Marguerite Walls


Dos días más tarde, su cuerpo fue encontrado enterrado bajo unos recortes de césped en terreno boscoso perteneciente al jardín de la casa de un juez. Marguerite había sido apaleada y estrangulada. Pero no mutilada. Este hecho impidió que la policía lo considerase obra de “El Destripador de Yorkshire”.



Escena del crimen de Marguerite Walls


Pero tres meses más tarde se puso de manifiesto el error. Jacqueline Hill, una estudiante de idiomas en la Universidad de Leeds, se bajó del autobús en Otley Road, justo enfrente de un restaurante Kentucky Fried Chicken. Podía divisar Lupton Flats, la residencia donde se alojaba.



Jacqueline Hill



Pero los dedos aún manchados de grasa de Peter Sutcliffe, quien había estado comiendo pollo frito en el Kentucky Fried Chicken, hicieron su trabajo.



La escena del crimen de Jacqueline Hill




Arrastró el cuerpo a un erial cercano y se lanzó sobre él frenéticamente. La muerte sorprendió hasta tal punto a Jacqueline que uno de sus ojos permaneció abierto. El asesino se cebó en él repetidamente.



Los titulares sobre el asesinato de Jacqueline Hill




Al cabo de cinco años las mujeres se armaron de valor y salieron a protestar a las calles. El miedo, la frustración y el enojo del público se superponían a la incapacidad de la policía. Cada día se amontonaba más y más información, y nadie sabía qué hacer con ella.



Las protestas de las mujeres


Dos días antes del asesinato de Jacqueline Hill, el Ministerio del Interior había salido de su letargo. Se creó un supuesto “Súper Equipo de ‘El Destripador de Yorkshire’”. Seis semanas más tarde, este grupo policial llegó a la misma conclusión que los agentes de Yorkshire: no tenían la mínima idea de cómo resolver el enigma de los brutales asesinatos. El 2 de enero de 1981, el sargento Robert “Bob” Ring y el agente Robert Hydes empezaban su turno de noche. Pasaban por Melborne Avenue en Sheffield, un conocido reducto de prostitutas y de clientes, cuando vieron a Olivia Reivers subir a un Rover V8 3.500. Fue una pura casualidad que se decidieran a investigar si se trataba de un caso de prostitución. Decidieron acercarse.



Robert “Bob” Ring y Robert Hydes


El conductor se identificó como Peter William y dijo que el coche era de su propiedad. El pequeño hombre barbudo no quería meterse en líos. Salió del coche e inmediatamente pidió permiso para alejarse unos pasos, necesitaba ir a orinar. Bob Ring lo autorizó con cierta exasperación, y el hombre se metió entre los arbustos que delimitaban la avenida.



Olivia Reivers


Con la ayuda de la oscuridad reinante cogió un martillo y un afilado cuchillo de un hueco disimulado en la guantera de su coche y los escondió en la maleza. Olivia Reivers, entre tanto, mantuvo entretenidos a los agentes increpándoles. No sabía que le acababan de salvar la vida.



Cuando el hombre volvió al coche, la policía había descubierto que la matrícula era falsa. Prostituta y cliente fueron llevados a la comisaría de Hammerton Road para continuar el interrogatorio. El nombre completo del sujeto era Peter William Sutcliffe. En la comisaría, la preocupación principal del sospechoso era que no le contasen nada a su mujer. Aparte de esto, estaba tranquilo y dispuesto a contestar a todo, después de haber ido al servicio y haber escondido un segundo cuchillo en la cisterna de la taza del inodoro.



El arresto de Peter Sutcliffe


Admitió sin discusión que robó las placas de la matrícula de un depósito de chatarra en Dewsbury West Yorkshire. Toda la policía del país tenía órdenes de informar a West Yorkshire si se arrestaba a algún hombre en compañía de una prostituta. Por lo tanto, se encerró al detenido en una celda hasta la mañana siguiente, en que fue trasladado a la comisaría de Dewsbury. Tampoco entonces protestó una sola vez. Durante el interrogatorio, Sutcliffe se mostró parlanchín y bien dispuesto. Le contó a los agentes de Dewsbury que era conductor de camiones de larga distancia, y que regularmente viajaba hacia el noreste. De pasada les dijo también que le había hecho preguntas el “Súper Equipo del ‘Destripador de Yorkshire’”, en relación con el billete de cinco libras. Asimismo, declaró que habitualmente iba al barrio chino de Bradford.



La policía de Dewsbury llamó al cabo de una hora al Súper Equipo en Millgarth, en Leeds. El sargento Des O'Boyle no tardó en descubrir que el nombre de Sutcliffe aparecía repetidamente en los ficheros. Inmediatamente se puso en marcha hacia Dewsbury. A las 18:00 horas, O'Boyle estaba ya lo suficientemente intrigado como para llamar a su superior, el inspector John Boyle, en Leeds. Cuando éste descubrió que el grupo sanguíneo del sujeto era B positivo, se desplazó rápidamente a Dewsbury. Sutcliffe pasó una segunda noche en la celda.



Entre tanto, Bob Ring se había enterado de que estaban interrogando al hombre que detuvieron en relación con el caso de “El Destripador de Yorkshire”. Ring sintió un escalofrío y un presentimiento lo asaltó. Volvió rápidamente a Melbourne Avenue. Después de buscar frenéticamente durante algunos minutos, encontró lo que buscaba.



La llamada de Sheffield a Dewsbury sonó como música celestial en los oídos de los inspectores del Súper Equipo. Ring había descubierto un martillo y un cuchillo. Boyle y el sargento se miraron asombrados sin pronunciar palabra. No se lo podían creer. Durante toda esa noche de frenética actividad policíaca, Peter Sutcliffe durmió en su celda profundamente.



El sargento inspector Peter Smith, el más veterano en el caso, fue llamado para interrogar, junto con Boyle, al detenido. Entre tanto, en un cuarto vecino se interrogaba a su mujer, Sonia, y un grupo de inspectores registraba el pulcro hogar de los Sutcliffe en Carden Lane, Heaton. Durante toda la mañana discutieron de un montón de cosas con Sutcliffe, menos de los asesinatos.



Las víctimas (click en la imagen para ampliar)


En las primeras horas de la tarde del domingo, Boyle mencionó el cuchillo y el martillo encontrados en Sheffield. Sutcliffe, el testigo parlanchín, permaneció callado. Boyle lo intentó por las buenas: “Creo que está usted metido en un lío, un lío muy serio”. Boyle estaba sereno, intentando controlar su creciente nerviosismo. Sutcliffe, finalmente, habló: “Creo que están ustedes sobre la pista de ‘El Destripador de Yorkshire’”. “¿Bueno, y qué es lo que hay sobre él?” “Pues que ése soy yo”, respondió Sutcliffe.



Mapa de los crímenes (click en la imagen para ampliar)


La cacería había terminado. El fracaso policial al buscarlo se había visto beneficiado por una causalidad. Sutcliffe admitió haber matado a once mujeres, pero negó estar involucrado en la muerte de Joan Harrison y en el asunto de la cinta del “Destripador Minero”. Boyle no podía dar crédito a sus oídos. La investigación estaba cerrada. Pareció un alivio tan grande para el propio detenido como para la policía. “Cuando pienso en todas ellas, me doy cuenta del monstruo que soy”, confesó. No deseó que estuviera presente ningún abogado mientras recitaba la larga lista de muertes, ni mencionó una sola vez que la voz de Dios le hubiera encargado una misión divina.



El siguiente día y medio, Boyle y Smith le estuvieron tomando declaración. Les llevó diecisiete horas en total. Al preguntarle por qué había hecho lo que hizo, contestó que empezó a matar prostitutas después de que una de ellas lo estafara al darle el cambio de un billete de diez libras, en 1969. En esa época estaba enfermo de celos y buscó la compañía de una prostituta. Pero fue un fracaso. No sólo no hizo nada con ella, sino que además lo engañó deliberadamente en el cambio: “Me sentí estafado, humillado, molesto. Sentí odio”.



Al terminar la maratoniana sesión de declaraciones, el detenido firmó e identificó el martillo y el cuchillo como suyos. Se le puso bajo custodia en la cárcel de ArmIey, en Leeds. La detención se hizo pública. Un ambiente de fiesta invadió todos los lugares en que había actuado “El Destripador de Yorkshire”. Los inspectores de policía no podían disimular su satisfacción durante la conferencia de prensa organizada después de la confesión. Sin embargo, la opinión pública no compartía su entusiasmo: habían dejado ir al asesino en doce ocasiones por la ineptitud de su "Súper Equipo".



Dieciséis semanas más tarde, fue juzgado en la sala primera de Old Bailey. Si se le llegó a juzgar fue gracias al magistrado Boreham. Incluso antes de haber sido acusado, la Acusación de la Corona, el abogado de la Defensa y el Fiscal General, Sir Michael Havers, habían llegado a un acuerdo: el acusado estaba mentalmente desequilibrado. Sufría esquizofrenia paranoide.



Esquizofrenia (click en la imagen para ampliar)


Después de haber aterrorizado a las mujeres de North England durante cinco años, parecía que “El Destripador de Yorkshire” se iba a librar por las buenas. Pero el magistrado Boreham no quiso saber nada del asunto. Disimulando precariamente su irritación con los abogados, rechazó su sugerencia, ordenó la reanudación de las sesiones para dentro de cinco días y dejó bien claro que sería el jurado quien dictaminaría, en razón de las pruebas, si Peter era un loco o un asesino.



Al reconocerse culpable de homicidio, estaba tranquilo y seguro. No vaciló prácticamente nunca mientras con su voz aguda y fuerte acento de Bradford recitó, con la ayuda de su abogado, todos los crímenes cometidos. Incluso llegó a reírse cuando contó su entrevista con el policía que tenía la foto de las huellas de sus botas. El agente no se había dado cuenta de que las llevaba puestas.



El abogado defensor


En el caso de Sutcliffe, el fiscal general, Sir Michael Havers, estaba dispuesto a no presentar cargos por asesinato si éste se declaraba culpable de homicidio. El asesino estaba representado por James Chadwin. Según las leyes inglesas, si se le condena por asesinato, un acusado habrá de sufrir en todo caso la pena de prisión perpetua. Si el juez del proceso no hace ninguna recomendación especial sobre el tiempo mínimo que ha de cumplir, un condenado suele estar en la cárcel entre ocho diez años. Si Sutcliffe se declaraba culpable de homicidio, también podían haber condenado a cadena perpetua.



El Fiscal


Asimismo, hubiese significado que los familiares de las víctimas se hubieran ahorrado tener que escuchar las horribles descripciones de los asaltos cometidos por él; de igual manera, se hubiera ahorrado mucho tiempo y dinero en el juicio. Pero el magistrado Boreham no accedió a que se negociara la pena y Sutcliffe fue juzgado por asesinato.



El Juez


El equipo encargado de la defensa había intentado persuadirle de que no hiciese ninguna declaración bajo juramento. El se negó. Poco después de que declaró ante la policía, mantuvo la tesis de que estaba cumpliendo un encargo divino. Admitió que en 1971, cuando supuestamente escuchó por primera vez la voz de Dios, había planeado el asesinato de una prostituta de la zona de Manningharn, en Bradford. En su primer intento de “limpiar las calles” fue detenido y acusado de llevar instrumentos que podían utilizarse en un robo: su martillo y un destornillador.



Las armas del asesino


Peter Sutcliffe utilizó una gran variedad de herramientas del hogar como armas. En el juicio, más de treinta objetos se presentaron como pruebas sobre una larga mesa de madera, limpiamente identificados por etiquetas amarillas. Había desde diversos tipos de martillos hasta una sierra para metales.



También constituyeron prueba ocho destornilladores y varios cuchillos de trinchar. Con ellos el asesino cometió sus atrocidades. Un destornillador Phillips había sido limado hasta obtener una fina punta para después clavarIo en el ojo de Josephine Whitaker. También se pudo ver el trozo de cuerda que utilizó para estrangular a algunas de sus víctimas y el cuchillo de zapatero con que las acuchilló.



El juicio de Peter Sutcliffe


La cuestión clave durante el juicio fue si Sutcliffe estaba enajenado en el momento de cometer los ataques. ¿Estaba mentalmente enfermo; sufría de esquizofrenia paranoica? ¿O era más bien un sádico de mente lúcida, perfectamente al tanto de lo que hacía? ¿Estaba loco o era culpable de asesinato? La defensa de Peter Sutcliffe, llevada por James Chadwin, mantuvo que sufría de esquizofrenia. El diagnóstico se basó en los dictámenes de tres psiquiatras forenses muy conocidos: el Dr. Hugo Milne, de Bradford; el Dr. Malcom McCulloch, de Liverpool; y el Dr. Terene Kay, de Leeds; cada uno de ellos se había entrevistado con Sutcliffe.



Consideraron crucial el hecho de que creyera estar cumpliendo una misión divina desde los veinte años. La primera vez que supuestamente oyó la voz de Dios venía de una tumba en el cementerio de Bingley, donde había trabajado como enterrador. La voz le dijo que su misión en la vida era limpiar las calles de prostitutas. Dios incluso lo había ayudado al evitar que la policía lo capturase. Admitió que había estado planeando realizar la “Obra del Señor” en la persona de Olivia Reivers cuando le detuvo la policía.



Protestas ciudadanas durante el juicio de Sutcliffe


La acusación de la Corona, representada por el Fiscal General, Sir Michael Harvers, adujo que toda la historia era una pura mentira, que era “un asesino muy listo y despiadado que estaba inventándose deliberadamente un cuento para escaparse de su condena por asesinato”. En primer lugar, se contaba con el testimonio de un agente de la prisión de Armley, que había oído cómo Sutcliffe le decía a su esposa que pensaba engañar a los doctores sobre su estado mental. Dijo que si conseguía convencer a la gente de que estaba loco, sólo lo meterían diez años en el manicomio. Esto lo reforzaba el hecho de que durante el primer interrogatorio policial jamás mencionó nada sobre su misión divina.



Sonia Sutcliffe durante el juicio


A los psiquiatras no les pasó por la cabeza que Sutcliffe pudiera estar simulando esquizofrenia. Su habilidad en el engaño tuvo la valiosa ayuda de una experiencia personal con esta enfermedad: fue en 1972, cuando su mujer sufrió un colapso nervioso mientras estudiaba en Londres. Entonces habló de ser el segundo Cristo, y dijo presentar las señales del tormento de la Cruz en sus manos. Estos hechos dificultaron la teoría de que el sujeto en cuestión era un verdadero esquizofrénico que sufría profundos delirios. La desconfianza del jurado se reafirmó cuando el Dr. McCulloch admitió haber llegado a su diagnóstico después de hablar sólo media hora con el acusado. También admitió no haber visto las declaraciones de Peter Sutcliffe hasta el día antes del juicio.



La Acusación de la Corona era sabedora de que al menos en seis ataques existían pruebas de asalto sexual y había un punto en que los tres psiquiatras coincidían con la acusación. Si ellos estaban equivocados en cuanto a la esquizofrenia, sólo cabía otra posible explicación más: la de la acusación. Se encontró además otro cadáver: el de Marilyn Moore.



Marilyn Moore


Para la opinión pública, Peter Sutcliffe era un sádico, un hombre que simplemente disfrutaba matando mujeres. Era un asesino a sangre fría. Malvado más que loco. Después de que los peritos hubieron hablado, la decisión reposaba en el jurado.



La escena del crimen de Marilyn Moore


Para el jurado la cosa estaba clara: ¿estaba Sutcliffe mentalmente enfermo tal como pretendía la defensa o era un sádico sexual? En la tarde del 22 de mayo, el acusado se puso de pie para oír el veredicto. Fue considerado culpable de trece asesinatos y siete intentos de asesinato. El magistrado Boreham lo sentenció a cadena perpetua con la recomendación expresa de que cumpliera al menos treinta años.



Olive Smelt durante el juicio


Jane Sutcliffe fue atormentada constantemente por pesadillas y sueños delirantes. Durante meses soñó que visitaba a su hermano en la prisión para sacarlo: “Está esposado a mí y me lo llevo a tomar café. Le ato al brazo metálico de la cama cuando me voy a dormir, y cuando me despierto se viene conmigo de compras”.



El traslado de Peter Sutcliffe tras el veredicto


El asalto sufrido por Anna Rogulsky no fue considerado en un primer momento entre los realizados por el asesino. Fueron necesarios dos años hasta que se admitió. Ella intentó suicidarse en varias ocasiones; las $15,000.00 libras de indemnización que obtuvo del Tribunal de Injurias Criminales y el tiempo no consiguieron devolverle la tranquilidad perdida.



Anna Rogulsky escoltada, al salir del Tribunal


Doreen Hill, la madre de Jacqueline Hill, luchó denodadamente para impedir que se aprovechara de un asesinato todo aquel que tuviera tal pretensión. Su carta a la reina de Inglaterra produjo una sensación de aversión. También creía que la muerte de su hija, justo a punto de casarse, aceleró la muerte de su esposo, gravemente enfermo por aquella época. Doreen Hill evitaba leer periódicos y también ver las noticias de la televisión. Su opinión sobre el veredicto fue: “El simple encarcelamiento es demasiado poco para quien la mató así, de paso, sin darle importancia”.



Carta a la reina de Inglaterra de la madre de Jacqueline Hill


Ronald Gregory, el jefe de la Policía de West Yorkshire, vendió su relato al Mail On Sunday. Se retiró del cuerpo en 1983. George Oldfield, jefe de policía adjunto, murió en 1985. En 1983 el Consejo de Prensa publicó un informe sobre la conducta de los medios en el Caso Sutcliffe. Establecieron que las quejas por practicar un periodismo sensacionalista se dirigieron contra cuatro periódicos especialmente. Durante el juicio, algunos testigos admitieron haber recibido pagos o promesas de pagos de algunos periódicos. Todos defendieron firmemente sus actuaciones, aunque el Consejo concluyó que los conocidos de Sutcliffe fueron sometidos a una presión insoportable por parte de la prensa.



Ronald Gregory (click en la imagen para ampliar)


Muchos investigadores afirmaron que Sutcliffe no había sido el autor de todos los crímenes, y que otro asesino en serie, Billy Tracey, había cometido algunos de los asesinatos. Tracey se parecía mucho a uno de los retratos robot.



Billy Tracey



Después de la condena, Sutcliffe comenzó a usar el apellido de soltera de su madre y se hizo llamar “Peter William Coonan”. Sutcliffe permaneció internado en el Hospital para Enfermos Mentales de Broadmoor. Fue atacado por otros internos en varias ocasiones. Sutcliffe comenzó su sentencia en la prisión de Parkhurst, en la Isla de Wight, el 22 de mayo de 1981. Durante su estancia allí fue agredido por primera vez. El ataque fue cometido por James Costello, un criminal con varias condenas por violencia. El 10 de enero de 1983, siguió a Sutcliffe hasta la enfermería de la prisión. Le hundió una taza rota en el lado izquierdo de la cara, en dos ocasiones. Requirió un total de 30 puntos.



James Costello


En marzo de 1984, Sutcliffe fue enviado finalmente al Hospital Broadmoor para enfermos mentales. Pese a ello, recibía cada semana más de treinta cartas de admiradoras. Su esposa Sonia obtuvo una separación de él en 1982 y el divorcio en abril de 1994. Su lucha contra la falsa imagen publicada por los medios de comunicación culminó en mayo de 1989 con una demanda por difamación que solicitaba una compensación de $600,000.00 libras contra la revista Private Eye.



Peter Sutcliffe tras ser atacado por James Costello


El segundo ataque en contra de Sutcliffe ocurrió el 23 de febrero de 1996, en su habitación privada del Hospital Broadmoor. Paul Wilson, un ladrón convicto, le pidió prestado un video antes de intentar estrangularlo con el cable de un par de audífonos. Otros dos asesinos convictos, Kenneth Erskine y Jamie Devitt, intervinieron al escuchar los gritos de Sutcliffe y lo salvaron.



El Hospital Broadmoor


Otro prisionero, Ian Kay, atacó a Sutcliffe el 10 de marzo de 1997, utilizando una pluma. Sutcliffe perdido la visión del ojo izquierdo y su ojo derecho sufrió graves daños. Kay admitió que había intentado matar a Sutcliffe, y se ordenó su detención en un hospital de seguridad mental. Los rumores sugerían que Sutcliffe recibió cerca de 200,000 libras en compensación por el ataque, pero el Hospital Broadmoor emitió una declaración el 18 de enero de 1998, afirmando que no había pagado ninguna indemnización en relación con este incidente. Los familiares de Sutcliffe intentaron moverlo de Broadmoor por razones de seguridad, pero no lo consiguieron.



Ian Kay


Pero Sutcliffe se entretenía pintando en prisión. Hizo varios cuadros y vendió algunos. En uno de ellos, sobre la Revolución Francesa, pintó su propio cadáver encima de un montón de muertos.



Las pinturas de Peter Sutcliffe


El 17 de octubre de 2003, la policía cerró el caso de “El Destripador Minero”. Habían invertido veinticuatro años en tratar de identificar al bromista que con sus cartas y la cinta de audio, entorpeció la investigación y permitió que Peter Sutcliffe siguiera matando.



En 2005, una Comisión decidió realizar nuevas pruebas de laboratorio para tratar de identificar al anónimo bromista. Gracias a la base de datos computarizada, consiguieron detectar que el ADN de los sobres de las cartas correspondía al ex policía John Samuel Humble, arrestado en 2000 por iniciar una pelea cuando estaba borracho.



Fue arrestado el 20 de octubre de 2005, acusado de entorpecer la justicia, al ser responsabilizado por enviar las cartas y la cinta asegurando ser “El Destripador de Yorkshire”. Durante el juicio, intentó suicidarse en varias ocasiones. El 21 de marzo de 2006, fue sentenciado a ocho años de prisión. Apeló la sentencia.



John Samuel Humble en prisión


El padre de Sutcliffe murió en 2004 y fue incinerado. El 17 de enero de 2005, a Sutcliffe se le permitió visitar el lugar donde las cenizas habían sido esparcidas. La decisión de permitir la liberación temporal fue iniciada por David Blunkett y luego ratificado por Charles Clarke, cuando asumió el papel de Ministro del Interior. Sutcliffe fue acompañado por cuatro miembros del personal del hospital. A pesar de que habían transcurrido 25 años desde los crímenes de “El Destripador de Yorkshire”, la visita de Sutcliffe seguía siendo la nota principal de los tabloides.



El 22 de diciembre de 2007, Peter Sutcliffe fue atacado de nuevo. Otro preso, Patrick Sureda, se abalanzó sobre él con un cuchillo de metal. Sutcliffe se echó hacia atrás y la hoja se clavó en su mejilla. Para entonces, “El Destripador de Yorkshire” se había quedado ciego del ojo izquierdo, estaba prematuramente envejecido, obeso y sufría de innumerables enfermedades, entre ellas diabetes.



El 17 de febrero de 2009, se informó que Sutcliffe estaba "en condiciones de salir de Broadmoor". El 23 de marzo de 2010, el Secretario de Estado de Justicia, Jack Straw, respondió que el asunto de la liberación de Sutcliffe era un asunto de la Junta de Libertad Condicional, pero que "toda la evidencia que he visto en este caso, y es mucha, me hace pensar que no hay circunstancias para que este hombre sea dejado en libertad". Ese mismo año, el juez Mitting negó la petición y determinó que Sutcliffe jamás fuera puesto en libertad.





VIDEOGRAFÍA:

La cinta del “Destripador Minero” (grabación original completa)



Red riding (trailer)




HEMEROGRAFÍA:

Recortes de prensa sobre “El Destripador de Yorkshire” (55 páginas) (doble click sobre la imagen para ampliar y ver todos)


Reportes policíacos sobre los asesinatos (14 páginas) (doble click sobre la imagen para ampliar y ver todos)


Transcripción del juicio de Peter Sutcliffe (en inglés) (109 páginas) (doble click sobre la imagen para ampliar y ver todos)



BIBLIOGRAFÍA:

























FILMOGRAFÍA:



















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