
“Cuántos jilgueros y cenzontles veo pasar,
pero qué tristes lloran esas avecillas.
Van a Chihuahua a llorar sobre Parral,
donde descansa el general Francisco Villa”.
“La Tumba de Villa”
José Doroteo Arango Arámbula, mejor conocido como Francisco Villa o Pancho Villa, nació el 5 de junio de 1878 en San Juan del Río o en Río Grande, Durango (México).
Francisco “Pancho” Villa
.jpg)
Villa fue idealizado por los apologistas de la Revolución Mexicana. Hombres de nula instrucción, pero de afilada inteligencia, era un estratega notable y su personalidad motivaba a sus hombres a seguirlo. Pero a lo largo de los años, su poder fue decreciendo y sus enemigos terminaron por derrotarlo.
.jpg)
Pancho Villa era temeroso. Cuando iba ser fusilado por Victoriano Huerta, Francisco Villa lloró y suplicó por su vida, cayó de rodillas y gritó pidiendo que no lo mataran, ante los soldados del paredón. Salvó la vida gracias a la intervención de Francisco I. Madero.
Pancho Villa ante el pelotón de fusilamiento

Cuando, años después, alguien le preguntó sobre aquel bochornoso hecho, Villa respondió: "Yo nunca había tenido miedo de morirme, pero en aquella ocasión vi tan cerca mi fin, que me pasó como un relámpago por el pensamiento la idea de que todo el navegar de mi vida había sido para nada".
.jpg)
Pancho Villa era ególatra. Tras firmar un jugoso contrato con la Mutual Film, una compañía cinematográfica estadounidense que deseaba documentar las campañas del caudillo, Villa se comprometió a no realizar ningún ataque por la noche, debido a que las cámaras cinematográficas de entonces no podían filmar sin la luz del día.

También aceptó repetir algunas escenas si así lo exigía el director. Les obsequió además con un aspecto inesperado: fusiló a los soldados prisioneros para que los cineastas pudieran captar las muertes reales de aquellos soldados. A Villa, la vida humana no le importaba.
.jpg)
Pancho Villa era cruel. El 12 de diciembre de 1916, “Los Dorados”, soldados leales a Villa, arrebataron a los carrancistas la estación de ferrocarril de Santa Rosalía, Camargo, en el Estado de Chihuahua. Sesenta soldaderas con sus hijos fueron hechas prisioneras. Un disparo salió del grupo de mujeres y alcanzó el sombrero de Villa. Un escritor recuerda:
.jpg)
“Su voz fue como un rugido:
-Mujeres, ¿quién tiró?
Nadie respondió. Entonces ordenó:
-Fusílenlas una por una hasta que digan quién fue.
Nadie se movió. Prefirieron morir a delatarse. El grupo de mujeres se apretó todavía más. Villa sacó su pistola y la levantó en vilo sobre su cabeza.
-Mujeres, ¿quién tiró?
Una anciana, picada de viruelas, levantó el brazo y gritó:
-Todas ... ¡Todas quisiéramos matarte!
El cabecilla retrocedió.
-¿Todas? Pues todas morirán antes que yo.
.jpg)
"Los soldados las amarraron, en grupos de cuatro, cinco o seis. Apretaban bien las cuerdas. En poco tiempo, las sesenta mujeres quedaron amarradas en doces atados humanos, unas de pie, otras tiradas en el suelo como bultos. Villa ordenó que las quemaran vivas. 'Los Dorados' obedecieron. Como la leña estaba seca y soplaba el viento, la pira humana ardió rápidamente. Primero se incendiaron las enaguas de las mujeres, luego sus cabellos y pronto olió a carne quemada. Sin embargo, las soldaderas no dejaron de insultar a Villa.
.jpg)
“Y en el momento en que las cubrían las llamaradas, Villa todavía escuchó una voz ronca que gritaba desde la pira:
-¡Perro, hijo de perra, habrás de morir como perro!
Uno de ‘Los Dorados’ le disparó y se derrumbó sobre la leña ardiendo.
‘Los Dorados’ regresaron a la población en silencio hasta que Villa habló:
-¡Qué diantres de mujeres tan habladoras! ¡Cómo me insultaron! Ya me comenzaba a dar coraje”.
.jpg)
El coronel José María Jaurrieta, fiel secretario de Villa, escribió en su diario que esta masacre le hizo pensar en el infierno de Dante y el horror de aquellas mujeres masacradas por los villistas lo marcó para siempre. El historiador Friedrich Katz menciona: "La masacre de estas soldaderas y la violación de las mujeres de Namiquipa fueron las mayores atrocidades que cometió Villa contra la población civil durante sus años como revolucionario. Constituyeron un cambio fundamental en la conducta que había seguido antes de su derrota de 1915; hasta ese momento, prácticamente todos los observadores habían quedado impresionados por la disciplina que Villa mantenía y por sus esfuerzos por proteger a los civiles y en especial a los miembros de las clases más bajas".
.jpg)
Sobre su terrible carácter y después de que las fuerzas villistas invadieron la población estadounidense de Columbus, los periodistas de la época dirían: "¡Es el más terrible de los asesinos! ¡Es la vergüenza de México, el azote del norte, el asco del mundo! ¡Roba, asesina, asalta, destruye, incendia, arrasa! ¡Reta al extranjero, pone al país al borde de la guerra internacional, arruina a la patria, y donde pisa, la huella de su pie se llena de sangre!"
.jpg)
Después del asalto de Columbus, Villa toma la dirección del distrito de Guerrero, en Chihuahua, y en un encuentro con la columna del general Bertam es herido en la pierna derecha, casi a la altura de la rodilla. Cae desangrándose bajo el peso de su caballo, pero este incidente no lo advierte siquiera el enemigo. Por cerca de tres meses Villa se pierde en absoluto. Muchos lo creen muerto. El mismo Venustiano Carranza, intrigado por esa posibilidad, consiente, indirectamente, que vaya una comisión encabezada por el pintor Gerardo Murillo “El doctor Atl”, para que localice la supuesta tumba del guerrillero, de la cual tiene "datos precisos". Se llega al lugar que señalan los guías, pero sólo se encuentran algunos huesos de animal recientemente sacrificado. Alguien dice que Villa es, efectivamente, un animal salvaje.
.jpg)
A Villa le dolió profundamente el juicio de Felipe Ángeles, uno de los generales más probos de la Revolución Mexicana, compañero de Francisco I. Madero durante sus días finales, en la llamada “Decena Trágica”. Felipe Ángeles fue capturado por las fuerzas del Ejército Federal, y siguiendo instrucciones directas de Venustiano Carranza, fue juzgado por rebelión junto con Enciso de Arce y Antonio Trillo, dos villistas célebres. Su juicio duró solamente unas horas y es uno de los capítulos más vergonzosos en la historia de la Revolución Mexicana.
.jpg)
La captura de Ángeles atrajo la atención de todo el país y de buena parte de la opinión pública en Estados Unidos. La sociedad mostraba su apoyo al general y esperaba que el gobierno carrancista respetara su vida. El general prisionero llegó a Chihuahua el 22 de noviembre y fue conducido al cuartel del 21 regimiento de caballería junto a la penitenciaría del estado. Desde que se notificó su detención, periódicos nacionales y extranjeros abogaron por él; decenas de cartas fueron enviadas a la capital pidiendo por su vida, exigiendo un juicio justo. Damas de sociedad y amigos movían sus influencias ante los cercanos colaboradores de Carranza para evitar el crimen político.
Felipe Ángeles
.jpg)
Felipe Ángeles estaba tranquilo. Había alcanzado la paz espiritual. Su celda contaba con una cama de hierro, una mesa y dos sillas, el lavabo, una pequeña tina de lámina y una lámpara de aceite. Por la mañana tomaba un baño y luego dedicaba largas horas a la lectura y a escribir su correspondencia. Tres días antes del juicio, comenzaba a despedirse de sus amigos. Llevaba tiempo sin recibir noticias de su esposa y de sus hijos. "No sé la dirección de mi familia en Nueva York. Recuerdo sólo que vivíamos en la calle de Wyoming, en una casita que ocupa toda la manzana, pero no puedo precisar si mi esposa y mis hijos viven aún en esa casa, pues hace más de un año que salí de allá". El 25 de noviembre de 1919, fue conducido al Teatro de los Héroes en Chihuahua. Frente al jurado militar que lo juzgaba en el Teatro de los Héroes, en Chihuahua, Ángeles habló de sus ideales. Más que defenderse, parecía predicar. Los medios estaban presentes y atestiguaron la farsa que significaba aquel juicio militar. Carranza detestaba a Villa y necesitaba deshacerse de él y de su gente. Las cinco mil personas que abarrotaban el teatro y asistían a aquella representación, se conmovieron ante la entereza del general. El proceso duró dieciséis horas. En sus declaraciones, afirmó: “No he dicho nada contra la Constitución; he predicado la fraternidad; he predicado una doctrina de conciliación y de amor. La gente muy poco entiende eso. Por desgracia, nuestro pueblo no está aún en la época en que deba hablársele de otra cosa que de lo contrario a todo lo que sea odio y venganza; por eso su infelicidad, por eso se preocupa muy poco por analizar el espíritu de las leyes que nos rigen, para comprender, cuando menos, los deberes y los derechos que le asisten. La democracia consiste en que cada uno se baste a sí mismo para que, en unión de los demás, pueda ser libre y, por tanto, disponer de libertad en su gobierno, en sus hechos, en su vida propia. Sé que me van a matar, pero también que mi muerte hará más por la causa democrática que todas las gestiones de mi vida, porque la sangre de los mártires fecundiza las grandes causas".
El juicio de Ángeles
.jpg)
Alejandro Rosas narra así los hechos siguientes: “A la medianoche del 25 de noviembre, tras varias horas deliberando, el Consejo condenó a muerte a Felipe Ángeles. Al escuchar el fallo, el general no se inmutó. Un silencio tenso cayó sobre los asistentes al Teatro de los Héroes. Ángeles fue llevado de vuelta a la prisión, donde ya le esperaba su última cena preparada en un restaurante de la ciudad. También se encontró con un flamante traje negro enviado por varias damas de sociedad. Mediaban algunas horas antes de su muerte y las pasó conversando. Cuando el sacerdote le preguntó si quería confesarse, Ángeles manifestó que no, ‘mejor que un confesor, debería estar aquí un filósofo que estudiara, en provecho de la humanidad, los últimos momentos de un hombre que teniendo amor a la vida no teme perderla’. Como última voluntad pidió papel y pluma. A unas horas de su ejecución los últimos pensamientos de su mente fueron para su compañera de toda la vida. Con calma tomó el banquillo de madera, se apoyó sobre la mesa que le había servido de escritorio los últimos días y escribió unas breves líneas donde entregaba su corazón antes de morir: ‘Adorada Clarita: Estoy acostado descansando dulcemente. Oigo murmurar la voz piadosa de algunos amigos que me acompañan en mis últimas horas. Mi espíritu se encuentra en sí mismo y pienso con afecto intensísimo en ti. Hago votos fervientes porque conserves tu salud. Tengo la más firme esperanza de que mis hijos serán amantísimos para ti y para su patria. Diles que los últimos instantes de mi vida los dedicaré al recuerdo de ustedes y les enviaré un ardientísimo beso’.
El cadáver de Felipe Ángeles
.jpg)
“El general colocó la nota en un sobre y la entregó a uno de sus amigos para la entregara a su esposa. El destino lo impidió. Ángeles nunca supo que en los últimos meses la salud de su esposa se había deteriorado considerablemente. Consciente de su agonía, Clarita pidió papel y pluma para escribir una última carta a su marido. Sus últimos pensamientos serían para él. Moriría bajo la fe de Cristo y lamentaba dejar a un hombre viudo y a sus hijos huérfanos. Esperaba reencontrarse con su amor en un futuro lejano, en un lugar donde no existía el tiempo. Terminó de escribir, entregó la carta y pidió que se la hicieran llegar al general Ángeles a cualquier lugar donde se encontrara. El 8 de diciembre falleció sin saber que sus líneas jamás fueron leídas por su amado Felipe (…) Ángeles dedicó los últimos instantes de vida a su pasión por la lectura. Releyó algunos pasajes de La vida de Jesús, de Renán. Minutos antes de las 6 de la mañana del 26 de noviembre, le comunicaron que había llegado la hora. Se despidió de sus amigos, salió de su celda y con el ‘espíritu en sí mismo’ caminó con tranquilidad hasta el lugar de la ejecución. Soplaba una ventisca helada que recorría la ciudad de Chihuahua. El general se colocó de frente al pelotón y recibió la descarga cayendo al suelo sobre su costado izquierdo. En medio del silencio sepulcral, se escuchaban los estertores de Ángeles por lo que fue necesario darle el tiro de gracia. El cuerpo fue recogido por los camilleros y de inmediato fue llevado al hospital para dar fe de su muerte. La Revolución había devorado a uno de sus mejores hijos”.
El sepelio de Ángeles
.jpg)
Los motivos políticos para asesinar a Villa estaban a la orden del día en 1923. Obregón y Calles –presidente de la república y el futuro sucesor- sabían que mientras el caudillo viviese, era un peligro potencial. Su carisma y popularidad no habían menguado y parecían suficientes para levantar, en poco tiempo, a varios miles de hombres en contra del gobierno. Los sonorenses lo dejaron en paz en los años que siguieron a su rendición en 1920, pero se mantuvieron informados acerca de sus actividades.
.jpg)
Pero Villa no buscaba el poder. Alentado por su orgullo y vanidad, lo único que buscaba era medir fuerzas con los sonorenses. A pesar de su retiro, la prensa nacional e internacional seguía sus pasos con interés. Villa no perdía oportunidad alguna para hacerse notar y cada vez que declaraba a la prensa, sus palabras llegaban hasta la ciudad de México.
En 1922, cruzó el punto sin retorno. Frente a un reportero del periódico El Universal, declaró que al terminar el cuatrienio de Obregón, volvería a la vida pública y se pronunció abiertamente por Adolfo de la Huerta como posible candidato para suceder a Obregón, siendo que este apoyaba a Plutarco Elías Calles. Los sonorenses leyeron las declaraciones de Villa de la única forma en que podían hacerlo: vaticinando una futura rebelión donde Villa se convertiría en el brazo armado de Adolfo de la Huerta. Y respondieron de la única forma en que sabían hacerlo: contemplando la posibilidad de eliminar a su enemigo.
.jpg)
Pero si los motivos políticos para exterminarlo eran suficientes, las razones personales, de la anónima población civil, no lo eran menos. Desde los años de la revolución, Villa logró hacerse amar por unos y odiar por otros. El otrora jefe de la División del Norte estaba consciente de los excesos cometidos a lo largo de su vida y desde antes de su rendición, vivía con el temor de caer asesinado. Lo obsesionaba la muerte y la Hacienda de Canutillo se convirtió en su refugio. Evitaba salir de su hacienda y cuando los negocios lo obligaban, se hacía acompañar de su escolta de “Dorados”, conformada por cincuenta hombres perfectamente armados. No permitía que nadie caminara a sus espaldas, al sentarse a la mesa buscaba el lugar que tuviera como respaldo la pared; cotidianamente cambiaba de lugar para dormir, sin que nadie se percatara, y temía incluso que sus propios hombres fueran a traicionarlo.
.jpg)
Jesús Herrera tenía sobrados motivos para eliminar a Villa. Años atrás, el Centauro había matado a varios de sus familiares con lujo de violencia. Dos eran conocidos, Maclovio y Luis, ambos antiguos compañeros de armas de Villa en la División del Norte. A partir de entonces la venganza se volvió una obsesión. En más de una ocasión contrató matones para que acabaran con el caudillo pero nunca lo consiguió. Villa conocía las intenciones de su enemigo y también intentó acabar con él, sin éxito. La obsesión de Jesús Herrera fue compartida por Gabriel Chávez, amigo suyo, comerciante y ganadero de Parral, Chihuahua quien se encargó de entrar en contacto con Melitón Lozoya –a quien Villa había amenazado recientemente- y a Jesús Salas Barraza, diputado en el congreso local de Durango. Este último se convirtió en el cerebro tras el asesinato del caudillo y en el hombre que le daría el tiro de gracia al revolucionario. Cada uno guardaba sus propios odios contra Villa, pero los tres estaban decididos a materializar su venganza. En las semanas siguientes lograron reunir a siete hombres más para asestar un golpe definitivo y mortal.
Jesús Salas Barraza

Al comenzar el mes de julio de 1923, el grupo estaba completo y era conformado por Melitón Lozoya, Jesús Salas Barraza, José Barraza, Juan López Sáenz Pardo, José Sáenz Pardo, Librado Martínez, Román y José Guerra, y Ruperto Vera. Recibían recursos económicos, apoyo material y pertrechos militares a través de Gabriel Chávez y esperaban el momento oportuno para actuar. El complot tenía carácter local y personal, sin embargo, el plan fue conocido en la Ciudad de México por el presidente Álvaro Obregón y por el futuro candidato presidencial, Plutarco Elías Calles. Con autorización de Obregón, Calles llamó al coronel Félix C. Lara, jefe de la guarnición de Hidalgo del Parral -población cercana a Canutillo- para garantizar la impunidad de los futuros asesinos.
El automóvil donde viajaba Villa

Los asesinos eligieron Parral para llevar a cabo la emboscada. Villa solía visitar el viejo pueblo minero, ubicado en Chihuahua, por razones amorosas –una más de sus mujeres, Manuela Casas, vivía en él- y para atender negocios particulares. La traza del pueblo era en sí misma una trampa. Para atravesarlo de extremo a extremo no había más alternativa que circular por la Plaza Juárez, era la única ruta posible y la que comúnmente seguía Villa al salir de su casa, ubicada a unas cuadras de la plaza. La suerte sonrió a los asesinos. En los primeros días de julio rentaron dos cuartos, el número 7 y el número 9 de la calle Gabino Barreda que hacía esquina con la calle Juárez, exactamente en la plaza principal. Desde las ventanas de ambas habitaciones podía observarse cualquier vehículo circulando de frente. Sólo era cuestión de esperar el momento oportuno.
El asesinato de Francisco Villa
.jpg)
Por distintos motivos, entre ellos asistir a un bautizo y dictar su testamento, Villa viajó a Hidalgo del Parral unos días y dispuso su regreso a Canutillo la mañana del 20 de julio de 1923. Hasta la puerta de la casa ubicada en la calle de Zaragoza, llegó Miguel Trillo, secretario y amigo de Villa, a bordo de su automóvil Dodge Brothers. Uno de los nueve hombres, un vendedor de dulces, se colocó sobre la calle Juárez. Al divisar el vehículo de Villa, tenía como encomienda quitarse el sombrero con la mano derecha o con la izquierda, con el fin de indicar a sus compañeros qué lugar ocupaba Villa dentro del automóvil.
.jpg)
En las habitaciones 7 y 9 de la calle Gabino Barreda aguardaban los asesinos. En cada uno de los cuartos se apostaron cuatro tiradores, habían derribado parte de la pared que los dividía para tener mejor comunicación. En la parte posterior del inmueble aguardaban los caballos preparados para la huida. A las 08:06 horas, los asesinos vieron la señal de su compañero. Es la hora en que los niños pasan a las escuelas, pero la ciudad tiene un aire extrañamente misterioso; no hay policía de resguardo y los soldados de la guarnición han salido a revista a las afueras de la ciudad, no obstante estar todavía lejos el último del mes, en que ésta se realiza, por reglamento. Pero a pesar de este detalle, nada impresiona a Villa de aquel conjunto de circunstancias.
.jpg)
Villa conducía el vehículo, así que todos debían hacer la primera descarga sobre el asiento del conductor; luego, fuego a discreción. El automóvil avanzaba lentamente por la Calle Juárez, casi para llegar a la Calle Gabino Barreda, tuvo que frenar para pasar una zanja. Había llegado la hora. Los proyectiles deshicieron el parabrisas y fueron a impactarse sobre los cuerpos de Villa y de su lugarteniente y amigo, Antonio Trillo.
.jpg)
Al sentir los primeros disparos, Villa soltó el volante y el auto se impactó contra un fresno. El cadáver de Trillo quedó colgando de cabeza en la portezuela derecha, el cuerpo del centauro recargado sobre el respaldo de su asiento. El auto recibió 150 disparos. Los asesinos dejaron las habitaciones, cortaron cartucho y frente al automóvil dieron el tiro de gracia a Villa y a sus compañeros. Su mano derecha quedó en actitud de sacar la pistola. Tenía las dos manos heridas, el cráneo y la cara perforados. Luego, los ejecutores tomaron sus monturas y salieron huyendo.
El cadáver de Villa
La gente del pueblo se reunió súbitamente en torno al automóvil. Nadie daba crédito a lo que había sucedido. El vehículo mostraba tremendos boquetes en diferentes partes de la carrocería, rastros de la masacre.
Los cadáveres de Villa, Trillo y el resto de sus acompañantes fueron llevados al Hotel Hidalgo, propiedad del Centauro, ahí fueron fotografiados, preparados y arreglados para el sepelio. En la autopsia difícilmente se le reconoció el corazón, por haber quedado como papilla, a causa del efecto destructor de las balas expansivas empleadas en el asalto.
En poco tiempo, Jesús Salas Barraza, uno de los victimarios, fue detenido, juzgado y condenado a setenta años de prisión, junto con Melitón Lozoya. Sin embargo, un año después, en 1924, fue indultado. El magnicida incluso llegó a ser gobernador interino de Durango por algunos días en 1929.
Durante los siguientes días, la prensa llenó sus páginas con distintas versiones de lo sucedido. Obregón y Calles se dijeron sorprendidos por lo ocurrido. El presidente ordenó una “exhaustiva investigación”, tan exhaustiva como la ordenada cuando asesinaron a Venustiano Carranza tres años antes, en Tlaxcalantongo (Puebla).
Pancho Villa había dispuesto que lo enterraran en un mausoleo, en la ciudad de Chihuahua, pero terminó en el cementerio de Parral, donde tres años después su tumba fue profanada y su cabeza robada. La historia es truculenta: Álvaro Obregón le pide a Francisco Durazo que le entregue la cabeza del cadáver. La encomienda es macabra: ir al cementerio, cavar la tumba y cortarle la cabeza a Pancho Villa. Elpidio Garcilazo, sobre el que recae semejante tarea, en Parral, se arma de valor con una tropa de aterrorizados zapadores que llevan una botella de alcohol para desinfectarse. Tienen tanto miedo que, a la mitad de la excavación, ya se están tomando la botella. Otras versiones afirman que en realidad, Garcilazo vio un letrero donde se ofrecía una cuantiosa recompensa por la cabeza de Villa, y lo había tomado literalmente.
Máscara mortuoria de Pancho Villa
A la hora de cortarle la cabeza uno termina por herir a otro. Luego, en la fuga, otro más se machuca la mano con la puerta del automóvil. Entregan la cabeza de Villa envuelta en una camisa sucia, y así la recibe Garcilazo, que la esconde debajo de su cama. En una de las versiones de este hecho se dice que Emil Holmdahl, un estadounidense que había combatido con Villa y luego contra él, tras su invasión al territorio estadounidense en Columbus, estaba en Parral para pagar $50,000.00 dólares por la cabeza.
Los titulares sobre el asesinato
.jpg)
¿Por qué alguien querría la cabeza de Villa? Las maquinaciones son legión: para que el Instituto Smithsoniano la estudiara; para un millonario que le tenía especial rencor al personaje; para el gobierno estadounidense como una forma simbólica de resarcir las humillaciones por las que Villa hizo pasar al general Pershing. No se sabe. El caso es que Holmdahl no llevaba más que una parte del dinero y la compra no se consuma. Él mismo y el primo de la viuda de Villa son detenidos como sospechosos, pero los dejan ir.
El sepelio de Villa

Aquí hay dos versiones diferentes. En una, Garcilazo anda borracho por el desierto de Parral con la cabeza envuelta bajo el brazo. Tuvo que pasar por el susto de incordiar al cuerpo de uno de los más afortunados militares de la Revolución, y ahora ya ni Durazo la quiere. Menos Obregón, que poco después enfrentará su propio destino sangriento.
La supuesta calavera de Villa
.jpg)
Así que, una noche, la entierra en un cerro cerca de Salaices, donde ahora se erige una secundaria cuyo nombre es, por supuesto, Francisco Villa. Durazo muere poco después, alucinando que el cuerpo de Villa llega a reclamarle su cabeza. Sus gritos de agonía son de pánico mientras pide perdón y ruega que alejen al fantasma.
.jpg)
En la otra versión, la compra sí llega a efectuarse. Homdahl fue liberado y según los rumores acabó vendiendo la calavera a un estudiante de Yale llamado Prescott Bush: el padre de George Bush y abuelo de George W. Bush, ambos presidentes estadounidenses. Todos ellos pertenecieron a la fraternidad “Skull and Bones” de la Universidad de Yale, que celebraba reuniones secretas, presididas por las calaveras de Pancho Villa y el indio Gerónimo.
La fraternidad “Skull and Bones”, con la calavera de Pancho Villa
.jpg)
La tumba de Pancho Villa sufre otra profanación en 1926, esta vez para protegerlo de más molestias: Pedro Alvarado y Austreberta Renteria sacan lo que queda del cadáver, en la fosa sin cruces ni señas número 632, y la pasan a 120 metros de ahí.
La tumba de Villa en Parral
.jpg)
Entre ese año y 1966, cuando el Congreso del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz manda poner su nombre en letras de oro (no sin un debate sobre si es un bandido o un héroe), nadie sabe que su tumba no es tal.
.jpg)
En 1976, el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez ordena exhumar los restos de Pancho Villa y llevarlos desde Parral al Monumento a la Revolución. Lo entierra junto al enemigo del villismo, Plutarco Elías Calles.
El Monumento a la Revolución
En 1976 las autoridades lo exhumaron y llevaron sus restos a la Ciudad de México, colocándolos en el Monumento a la Revolución. Pero el historiador Rubén Beltrán sostiene que el cuerpo que se llevaron es el de una hija de Pancho Villa. Se basa en las declaraciones de Soledad Seáñez, una de las numerosas viudas del revolucionario mexicano. Ésta le explicó que tras la profanación del cadáver enterraron a Villa en una tumba en forma de “L”. Cuando una de sus hijas murió fue enterrada en la misma tumba, de manera que al exhumar el cadáver las autoridades mexicanas se confundieron y se llevaron a la descendiente. En este caso, Villa seguiría en la pata de la “L” del cementerio de Parral y la hija en el Monumento a la Revolución, en la Ciudad de México.
La urna de Villa en el Monumento a la Revolución
.jpg)
Otra información dice que en los archivos del cementerio de Parral consta un traslado del cuerpo de Villa desde la fosa 632 a la 10. La responsable de este cambio sería otra de sus viudas, Austreberta Rentería. La fosa 632 quedó libre hasta que fue ocupada por una ciudadana anónima estadounidense, que bajó del tren que la llevaba a Estados Unidos porque se sentía mal. La mujer falleció de cáncer en el hospital y fue enterrada en la tumba anteriormente ocupada por Villa. Según esta versión, en el Monumento a la Revolución estaría una mujer estadounidense y Villa seguiría en el cementerio de Parral, fosa número 10. O quizás no. Porque, según la primera versión, en la tumba de la mujer estadounidense se enterraría a la hija de Villa, que a su vez terminaría en el Monumento a la Revolución y la mujer anónima seguiría en la pata de la “L”…
.jpg)
Pero la cabeza de Villa tiene una existencia independiente de su propio desenlace. De pronto, el caudillo revolucionario se vuelve policéfalo: su cabeza vaga por diversas partes simultáneamente. Se le exhibe en el circo Ringling Brothers. Se le guarda en el Museo Americano de Historia Natural en Nueva York. Se subasta en Sotheby's, junto con las pistolas de Villa. O se usa en las ceremonias de la fraternidad estudiantil de Yale, “Skull and Bones”. Todas son, supuestamente, las auténticas cabezas de Villa, que se multiplican como en una historia de terror.
Placa en memoria de Pancho Villa

El cadáver de Villa tiene una existencia cinematográfica. Los surrealistas André Breton, Max Ernst y Wilfredo Lam, entre otros, diseñan las cartas del llamado Tarot de Marsella en 1941. Pintan esta baraja y, entre Freud (los sueños) y Hegel (el conocimiento) deciden poner a Pancho Villa. Es el "Mago de la Revolución". Pero no eligen una forma humana para representarlo, sino un híbrido: un águila con manos que sostiene una serpiente y que lleva un sombrero en la cabeza. El dibujo es dinámico: Villa se mueve con ondulaciones. Entre tantos mártires puros de mente y corazón, inamovibles en sus convicciones, como los cadáveres necios de los que han muerto por la Independencia y la Revolución Mexicanas, Pancho Villa es una carta en un juego de adivinación: azaroso y mutante.
Pancho Villa como carta del Tarot

VIDEOGRAFÍA:
Biografía de Pancho Villa
“La tumba de Villa” – Dueto Las Lupes
BIBLIOGRAFÍA:
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
FILMOGRAFÍA:
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
