Escrito con Sangre: secuestro
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Secuestradores



Extraído del libro Monstruos entre nosotros. Historia y tipología de los asesinos, de Carlos Manuel Cruz Meza.


El secuestro es la privación ilegal de la libertad de un individuo o grupo, generalmente con fines delictivos y casi siempre en contra de su voluntad, durante un tiempo determinado. A quien comete este acto se le denomina secuestrador. Quienes lo practican, buscan obtener una retribución económica (rescate); la atención de la opinión pública o de los medios; la difusión de un mensaje religioso, político o social; la consecución de una venganza; o satisfacer una necesidad emocional, sexual o afectiva.



Cualquier persona es susceptible de ser secuestrada. Los motivos pueden ser muy diversos, aunque los más comunes son obtener dinero o lanzar una proclama. Existen grupos delictivos o bandas dedicadas a secuestrar para cobrar rescates de diferentes montos; estos grupos tienen integrantes variados, con actividades especializadas que realizan durante el ilícito, agrupadas en las denominadas células: hay personas encargadas de planear el operativo; otros consiguen armas o aportan dinero para financiarlo; unas más estudian los movimientos de la víctima y consiguen información sobre ella; hay encargados de cometer el delito, matando a los acompañantes masculinos de la víctima y secuestrando también a los niños y mujeres que se trasladen en el mismo vehículo; también hay responsables de vigilar y atender a los secuestrados, proveyéndoles de comida, medicamentos y lo que puedan requerir mientras dure el cautiverio; otros son negociadores, con la función de comunicarse con la familia para fijar el monto del rescate, la fecha y entrega del dinero, y la liberación del cautivo; finalmente, los liberadores dejan a la víctima amarrada en un sitio despoblado, para que pueda ser hallada, o en su caso, la ejecutan y tiran su cadáver.



Un secuestrador estudia los movimientos de su víctima durante varios días o semanas, para familiarizarse con su rutina. El secuestro se realiza casi siempre cuando el objetivo viaja a bordo de un vehículo, al entrar o salir de su domicilio o de su trabajo, e inclusive mientras camina por la calle; un número menor se concreta en el interior del domicilio de la víctima.



A los lugares donde los secuestrados permanecen bajo custodia y vigilancia, se les denomina casas de seguridad, y por lo general van variando a medida que la víctima es cambiada de sitio para no ser encontrada. Cuando un secuestrador envía a la familia de la víctima o a las autoridades la muestra de que el secuestrado aún vive, se le llama prueba de vida; que puede consistir en una fotografía de la víctima con un periódico del día, una llamada telefónica personal o un video. La duración del cautiverio es variable, y puede ir desde unas horas hasta varios años.



Aunque siempre se ejerce violencia psicológica contra la víctima, cuando se aplica violencia física se denomina secuestro agravado. Esta puede darse mediante golpes, privación de alimento o sueño, abuso sexual o violación. Muchos secuestradores mutilan a sus víctimas, cortándoles dedos u orejas, para enviar estos pedazos a sus familias, como medida de presión psicológica. Si es necesario, la víctima es ejecutada. En muchos países, el secuestro es un delito grave, que puede ser castigado con prisión perpetua o la pena de muerte.



Una variante es cuando, como parte de un asalto, o de un atentado guerrillero o terrorista, los perpetradores retienen a un número indeterminado de personas dentro de una casa, departamento, comercio, oficina, edificio o vehículo terrestre, marítimo o aéreo. En estos casos, los secuestradores pueden permanecer durante horas o días, comunicándose con las autoridades policíacas establecidas, generalmente agentes especialmente entrenados para negociar con ellos. A las personas retenidas se les denomina rehenes y al evento, situación de rehenes. La mayor parte de las veces, los secuestradores liberan a ciertas personas del grupo (mujeres, niños, ancianos o personas enfermas), piden vehículos para escapar y exigen un monto económico o la liberación de personas encarceladas por diferentes delitos. Casi siempre, las situaciones de rehenes terminan con el arresto o muerte de los secuestradores, aunque muchas veces también mueren algunas de las personas retenidas o agentes policíacos.



Existen otras modalidades. El secuestro express es el acto de retener forzadamente a una persona desconocida, para que entregue el monto de sus tarjetas de crédito o débito, disponiendo de efectivo en los cajeros automáticos; casi siempre es liberada pocas tiempo después. También se aplica al acto de retener a una persona durante varias horas, para que su familia reúna una determinada cantidad de dinero y la entregue enseguida. Esta clase de secuestros rápidos y sin planeación, frecuentemente son obra de familias dedicadas a cometer delitos como robo de automóviles, a casas habitación, o asaltos. Una variante es el paseo millonario, en el cual la víctima toma un taxi y el conductor recoge, más adelante, a otros miembros de la banda delictiva, quienes asaltan al pasajero. Por lo general, el chofer finge ser asaltado también.



El secuestro virtual o extorsión telefónica es una modalidad de fraude en la cual, mediante llamadas telefónicas, se intimida a una persona haciéndole creer que un familiar ha sido secuestrado y exigiéndole que entregue de inmediato una cantidad de dinero en efectivo; también se le puede engañar, diciéndole que una persona cercana a ellos ha sufrido un accidente o necesita dinero para realizar un trámite. Otros aseguran que el interlocutor ha obtenido un premio y debe hacer un depósito para poder reclamarlo; o darle al delincuente los números de varias tarjetas telefónicas de prepago. Hay delincuentes que aseguran ser empleados de bancos, de instituciones públicas o privadas, y le solicitan a sus víctimas sus claves bancarias, números de tarjetas de crédito, o información confidencial, familiar, laboral y personal. A veces, se indica a las víctimas que deben depositar el dinero en cuentas bancarias indicadas por los delincuentes, o enviar el dinero a través de giros telegráficos o money orders. Las bandas o individuos dedicados a esto, pueden realizar miles de llamadas al mes. Muchos de ellos inclusive se encuentran presos y utilizan para esto teléfonos (satelitales, móviles o celulares) y radios. Por lo general, estos grupos nunca llegan a agredir físicamente a sus víctimas y en muchos casos, ni siquiera tienen contacto personal con ellas.



El secuestro parental es aquel en el cual uno de los padres se lleva a su hijo, sin el consentimiento del otro progenitor, a un lugar diferente a aquel en el que vive y privándolo del contacto familiar.



No debe confundirse el secuestro con el rapto, delito en el cual un menor de edad es sustraído o retenido, muchas veces contra su voluntad, con fines eminentemente sexuales; si la víctima está de acuerdo, se denomina rapto impropio o rapto consentido. Los raptores casi siempre conocen a la víctima y buscan un acercamiento erótico lícito (a través de un matrimonio forzado, sobre todo cuando los padres de un miembro de la pareja se oponen por ser menor de edad) o ilícito (para cometer abuso sexual o violación); la consumación de una actividad sexual puede darse o no en un caso de rapto.



Dentro de esta modalidad se encuentran los arrebatadores, quienes secuestran a los niños que encuentran caminando solos en carreteras, caminos vecinales o calles solitarias. Su modus operandi es obligar al menor a subir a su vehículo para llevárselo a un lugar apartado, violarlo, matarlo y deshacerse del cadáver tirándolo en un lugar solitario. La mayoría de los niños arrebatados mueren dentro de las siguientes horas y muchos nunca son encontrados.



En ocasiones, se utiliza erróneamente la palabra plagio como sinónimo de secuestro, o se llama plagiarios a los secuestradores; sin embargo, un plagio es el robo o la copia sin autorización de una obra de creación, para atribuirse su autoría; el plagio constituye una violación de la propiedad intelectual y nada tiene que ver con el secuestro.



Muchas personas desarrollan el llamado “síndrome de Estocolmo”, en el cual las víctimas de un secuestro se identifican con sus captores y establecen lazos afectivos con ellos, llegando a defenderlos ante las autoridades, negándose a declarar en su contra, manteniendo relaciones sexuales con ellos o uniéndose a sus grupos delictivos o causas políticas.



CASOS EMBLEMÁTICOS:

Bruno Richard Hauptmann

1932, Flemington, Nueva Jersey (Estados Unidos): Bruno Richard Hauptmann, un carpintero alemán, secuestra al hijo del aviador Charles Lindbergh, de 20 meses de edad, a quien saca de su dormitorio en la casa de campo de sus padres. Hauptmann pide un rescate, que es entregado tras una tortuosa negociación. El cadáver del niño es encontrado poco después en el bosque, semienterrado, en avanzado estado de putrefacción. Tras años de pesquisas, la policía arresta a Hauptmann, quien es juzgado y sentenciado a muerte, al ser encontrado el dinero del rescate en su casa. Siempre asegura ser inocente. Se le ejecuta en la silla eléctrica en 1936.





Arthur y Nizamodeen Hosein

1969, Londres (Inglaterra): Arthur y Nizamodeen Hosein, dos hermanos musulmanes nacidos en Trinidad, secuestran a Muriel McKay, esposa de un ejecutivo australiano ligado al ámbito periodístico, al confundirla con Anna Murdoch, la esposa de un multimillonario inglés dueño de los periódicos The Times, Sun y Sunday Times. Exigen un rescate que es pagado; pero matan a su víctima y se deshacen del cadáver, que nunca es encontrado. Tras ser arrestados y juzgados, se les sentencia a prisión perpetua.





Patricia Hearst “Tania la Guerrillera”

1974, San Francisco, California (Estados Unidos): Patricia Hearst “Tania la Guerrillera”, hija del editor millonario Randolph Hearst, es secuestrada por miembros del Ejército Simbiótico de Liberación, quienes exigen 6 millones de dólares en alimentos para los países del Tercer Mundo. Retenida durante semanas, violada y maltratada, la heredera reaparece durante el asalto a un banco en San Francisco. Es arrestada y declara que se ha unido a sus captores, tomando el nombre de “Tania la Guerrillera” en honor de Tamara Bunke, guerrillera boliviana que ayudó a Ernesto “Ché” Guevara. Hearst es juzgada y sentenciada por el asalto bancario.



Daniel Arizmendi “El Mochaorejas”

1995-1998, Ciudad de México (México): Daniel Arizmendi “El Mochaorejas” comanda una banda de secuestradores, integrada por varios cómplices y miembros de su familia. Secuestra, tortura y asesina a 21 personas, a quienes les corta las orejas y los dedos para enviárselos a sus familiares y presionarlos para pagar rescate. Ese capturado y sentenciado a 393 años de prisión en una cárcel de máxima seguridad.





Michael Devlin

2002-2007 (Estados Unidos): Michael Devlin secuestra a Shawn Hornbeck, un niño de 11 años de edad que juega en la calle, a quien mantiene prisionero en su domicilio para violarlo constantemente durante 5 años. Luego rapta a William Benjamin "Ben" Ownby, de 13 años de edad, a quien lleva también a su casa y viola durante semanas. Colecciona además pornografía infantil. Es descubierto y detenido por la policía. Tras ser juzgado, es sentenciado a prisión perpetua.



BIBLIOGRAFÍA:

Bruno Hauptmann: el caso del Secuestro Lindbergh



"Hombrecitos, pedacitos de madera, pedacitos de papel..."
Bruno Hauptmann


Bruno Richard Hauptmann nació en Kamenz, Alemania, en 1899. De joven, luchó en la Primera Guerra Mundial. En 1918 regresó a su pueblo, sólo para encontrar que su país estaba sumido en la miseria. Por ello, y a consecuencia de la crisis que se abatió sobre la nación germana tras la firma del Tratado de Versalles, Hauptmann cometió algunos delitos: robó la casa de un respetable ciudadano de su pueblo, y después asaltó a dos mujeres, que llevaban sus raciones de alimentos en cochecitos de niño. Lo detuvieron y condenaron a cuatro años de prisión.



Salió en 1923, sólo para delinquir otra vez. A los dos días se escapó de la cárcel y dejó su uniforme de prisionero con una nota que decía: "Que sean ustedes muy felices, señores de la policía".



Tras intentarlo fallidamente en dos ocasiones, finalmente Hauptmann logró viajar con un pasaporte robado a bordo del vapor "George Washington", con rumbo a Nueva York. Era noviembre de 1923, y su llegada a Estados Unidos no fue idílica. Trabajó primero como lavaplatos y después como carpintero, prosperando poco a poco. En 1924 conoció a Ana Schoeffler, inmigrante como él, con quien se casó poco después y con la que tendría un hijo.



Bruno Hauptmann con su esposa, Ana Schoeffler


Se mudaron al Bronx y allí vivieron desahogadamente, hasta que Hauptmann perdió su empleo y comenzó a endeudarse.



Hauptmann con su hijo


Pero en 1931 concibió un plan para obtener dinero. Durante un año, se dedicó a vigilar al Coronel Charles August Lindbergh, el célebre aviador.



Charles Lindbergh en traje de aviador



Lindbergh era famoso en todo el mundo a causa de haber protagonizado, en 1927, el primer vuelo trasatlántico a bordo de un avioncito, el "Espíritu de San Luis".



Lindbergh era además un reconocido inventor que vivía con su esposa Anne Morrow, una rica heredera estadounidense, quien estaba embarazada por segunda ocasión. Ambos tenían un bebé, y pasaban los fines de semana en su casa de Hopewell, en Nueva Jersey.



Charles Lindbergh y su esposa, Anne Morrow


La noche del martes 1 de marzo de 1932, hacia las 20:30 horas, Hauptmann utilizó una escalera construida por él mismo para trepar a la ventana del segundo piso donde dormía en su cuna Charles Lindbergh hijo, de un año y ocho meses.



El hijo de Lindbergh



Hauptmann dejó una nota sobre el radiador pidiendo $50.000 dólares de rescate; estaba firmada con dos círculos azules que formaban uno rojo y eran traspasados por tres puntos en las intersecciones. Luego salió con el niño en brazos.



La nota de rescate


Pero al bajar por la escalera, el peso de ambos rompió un peldaño y Hauptmann perdió el equilibrio por un momento. El bebé se golpeó fuertemente la cabeza y se desnucó. Hauptmann quitó la escalera y la tiró cerca de allí. Luego se fue en su auto y enterró al niño en un bosquecillo cercano. Regresó a su casa en el Bronx. El secuestro se descubrió hasta las 22:00 horas; Charles Lindbergh llamó a la policía.



La escalera


Comenzó entonces la respuesta de los medios de comunicación. El New York Times dedicó sus encabezados al secuestro, y cientos de curiosos se dirigieron a la casa del matrimonio.



Los titulares sobre el secuestro


Poco a poco, las negociaciones con el secuestrador se fueron enrareciendo. Un anciano médico llamado John F. Condon, que admiraba a Lindbergh, se ofreció para ser intermediario, y Hauptmann comenzó a entablar contacto con él a través de anuncios clasificados en los periódicos. Fue el doctor Condon, quien usaba el pseudónimo de "Jafsie", quien le hizo llegar a Hauptmann una caja con el dinero del rescate, durante una extraña cita nocturna el 12 de marzo, en el Cementerio Woodlawn. El número de serie de los billetes había sido registrado por la policía con el fin de rastrearlos. Tras cobrar rescate por un niño muerto Hauptmann desapareció, y no volvió a tener contacto con Lindbergh ni con "Jafsie".



El médico John F. Condon


Luego, el caso se enrareció. El célebre gangster Al Capone, encarcelado por evasión de impuestos, ofreció diez mil dólares de recompensa por datos sobre el niño y ofreció localizarlo gracias a su red de informantes, si lo dejaban en libertad. Surgieron varios personajes que afirmaban tener contacto con los secuestradores, lo que hizo a los investigadores seguir muchas pistas falsas. Todos querían notoriedad a costa del caso.



Cartel ofreciendo recompensa por el niño


Lindbergh veía transcurrir las semanas sin tener noticias de su hijo. Un hombre llamado John Hughes Curtis, amigo de Lindbergh, buscando fama lo mantuvo engañado inventando que él veía a los secuestradores. Al ser descubierto, Curtis confesó: "Yo inventé la fábula completa". Fue encarcelado.



El 12 de mayo la búsqueda terminó. Un camionero negro llamado William Allen se bajó a orinar en el bosque a orillas de la carretera, en Southland, y se encontró con el cadáver putrefacto del pequeño, semienterrado.



El cadáver del hijo de Lindbergh


Los policías tendieron un cerco alrededor del sitio, que en pocas horas se vio inundado de curiosos y vendedores de escaleritas de madera. Al otro día, en una funeraria de Trenton rodeada por docenas de periodistas, Lindbergh reconocía el cuerpo de su hijo. Menos de veinticuatro horas después, el cadáver del niño fue incinerado.



El sitio del hallazgo del cadáver


La policía intensificó la búsqueda del asesino, pero fue inútil. El 22 de junio se promulgó la Ley Lindbergh, que convertía el secuestro en delito federal. En agosto nació Jon, el segundo hijo del matrimonio, quienes donaron su casa en Hopewell para construir un orfanato. Pasarían dos años en los que, poco a poco, la policía iría estrechando el cerco, gracias sobre todo al constante flujo de billetes marcados, que iban siendo detectados en la zona del Bronx.



La casa de Hauptmann en el Bronx


Finalmente, gracias a un billete pagado en una gasolinera, el 19 de septiembre de 1934, a las nueve de la mañana, la policía detuvo a Bruno Hauptmann a bordo de su automóvil. Interrogado, Hauptmann siempre negó su culpabilidad. Pese a que la policía encontró en su garaje el dinero del rescate, así como las tablas originales utilizadas para hacer la escalera, él siempre afirmó que el dinero se lo había dado a guardar un amigo suyo llamado Isidoro Fisch, quien había muerto en Leipzig seis meses antes.



El dinero del rescate


Hauptmann fue arrestado el 21 de septiembre de 1934 y acusado de homicidio en primer grado.



Bruno Hauptmann bajo arresto




El 19 de octubre de 1934 comenzó en Flemington, Nueva Jersey, el llamado "Juicio del Siglo". El joven fiscal David Wilentz hizo un espectacular trabajo y consiguió inculpar a Hauptmann, pese a la magistral defensa que Edward Reilly, uno de los criminalistas más respetados de Nueva York, llevó a cabo. Reilly intentó desviar la responsabilidad hacia la niñera del bebé, Betty Gow, y hacia el sospechoso doctor Condon alias "Jafsie", pero no lo consiguió. El proceso duró solamente 32 días y captó la atención mundial. Entre los que testificaron estuvieron Charles Lindbergh, su esposa Anne Morrow, el doctor John F. Condon "Jafsie" y el mismo Hauptmann. Condon identificó al alemán como el hombre al que había entregado el rescate, y esto terminó por hundir a Hauptmann. El 13 de febrero de 1935, tras una serie de dimes y diretes legales, finalmente el Jurado se pronunció.



Diez mil personas esperaban afuera del Palacio de Justicia de Flemington, pidiendo a gritos la cabeza de Hauptmann. Permanecieron allí hasta muy entrada la noche para escuchar el veredicto.



A las 22:35 se leyó la sentencia: Hauptmann fue hallado culpable de secuestro y asesinato en primer grado, pese a que el deceso del niño había sido accidental. Lo condenaron a muerte. Hauptmann lloró esa noche en su celda mientras repetía que era inocente.



Hauptmann tras el veredicto


El 27 de febrero, Anna Hauptmann, su esposa, fue al Teatro de Yorkville, en la comunidad alemana, para hablar ante 2,500 personas y pedir donativos con el fin de pagar los gastos de apelación. Recaudó más de 2.000 dólares. Habló además en Nueva Jersey y en el Bronx. Pese a todo, en junio de 1935 la Corte de Apelaciones de Nueva Jersey rechazó la petición. Los abogados de Hauptmann apelaron entonces a la Corte Suprema, que el 9 de diciembre rechazó la solicitud.



Ana Schoeffler, esposa de Hauptmann, tras la condena a muerte de su marido


Comenzaron entonces a recibirse cientos de cartas repletas de amenazas de muerte contra el pequeño Jon Lindbergh. Finalmente, el 21 de diciembre, Charles Lindbergh y su esposa partieron a Inglaterra con su pequeño hijo. Se quedarían en Liverpool, exiliados voluntariamente, durante varios años.



La partida de los Lindbergh



Jon Lindbergh


El viernes 3 de abril de 1936, a las 20:35, Bruno Hauptmann fue conducido a la cámara de ejecuciones. Cincuenta personas asistieron al evento.



Hauptmann antes de su ejecución


Los guardias le colocaron una capucha, lo amarraron a la silla eléctrica y después lo ejecutaron. Dos mil voltios terminaron con su vida y dejaron su cadáver totalmente rígido. A las 20:47 fue declarado muerto. Los periódicos de todo el mundo dieron la noticia.



La silla eléctrica donde se ejecutó a Hauptmann


Con los años, muchos dudaron de su culpabilidad. Afirmaban que el profundo antisemitismo de Lindbergh, que se manifestaría años después al apoyar el nazismo en Estados Unidos, había influido en su deseo de que Hauptmann, un alemán de ascendencia judía, fuera ejecutado.



El cadáver de Hauptmann es trasladado


Sin embargo, en la memoria pública siempre persistió la certeza de que Bruno Hauptmann había sido el verdadero autor del secuestro infantil más famoso de la historia. Medio siglo después, la viuda de Hauptmann pidió a Bill Bass, célebre antropólogo forense, que examinara unos huesecillos que habían sido hallados en el sityio donde se encontró el cadáver del niño; pretendía probar que su esposo había sido inocente. En su libro La granja de cadáveres, el científico relata la experiencia: “Una docena de huesos minúsculos que me cabían en la palma de la mano: eso era prácticamente lo único que quedaba, además de recortes amarillentos de prensa, imágenes viejas de noticiarios y recuerdos dolorosos, de lo que se llamó el ‘Juicio del Siglo’. Aunque ésta sea una etiqueta muy empleada, en este caso es posible que sea cierta (…) Medio siglo antes del escándalo de O.J. Simpson, Estados Unidos permaneció en vilo por una investigación criminal que fue noticia en todo el mundo. Me tocó a mí decidir si se había hecho justicia o si se había ejecutado injustamente a un hombre inocente. El caso fue el secuestro y asesinato de un niño llamado Charles Lindbergh hijo, conocido por todos como ‘el bebé Lindbergh’ (…) Cuando el heredero y tocayo de Charles Lindbergh fue secuestrado, se desató una conmoción mediática: el caso atrajo a más periodistas que la Primera Guerra Mundial. Las notas de rescate, que primero exigían cincuenta mil dólares y después subieron a setenta mil, encabezaron las primeras planas y los noticiarios; también las declaraciones, procedentes de todo el país, de que el bebé de los Lindbergh había aparecido sano y salvo. Pero todas esas declaraciones, así como toda esperanza, se desvanecieron dos meses después del secuestro, cuando apareció el cadáver de un niño pequeño a pocos kilómetros de la mansión de los Lindbergh. El cuerpo estaba muy descompuesto; le faltaba la parte inferior de la pierna izquierda, por debajo de la rodilla, así como la mano izquierda y el brazo derecho, al parecer arrancados a mordiscos por animales. A partir del tamaño del cuerpo, la ropa y una deformación característica en el único pie que le quedaba -tres dedos superpuestos-, en seguida se identificaron los restos como pertenecientes al bebé Lindbergh. Al día siguiente los incineraron, y Charles Lindbergh, desolado, sobrevoló el Atlántico, en solitario una vez más, para esparcir las cenizas de su hijo (…) Al cabo de un tiempo, la policía detuvo a un inmigrante alemán llamado Bruno Hauptmann, un carpintero de cuyo garaje procedían las vigas con que se construyó la escalera de mano empleada para acceder a la habitación del niño en la segunda planta de la casa. Al rastrear el dinero del rescate, la policía llegó hasta Hauptmann y lo detuvo. Fue acusado de secuestro y asesinato: el bebé tenía una fractura de cráneo, aunque en realidad es posible que la lesión se hubiera producido en una caída, ya que la escalera se rompió en pleno secuestro. Pese a que algunas de las pruebas presentadas contra él fueron consideradas sospechosas o inventadas, Hauptmann fue condenado. Murió en la silla eléctrica en 1936.



Presentación de pruebas: la escalera asesina


“Cincuenta años después del crimen, en junio de 1982, un abogado que representaba a la viuda de Bruno Hauptmann, Anna, se puso en contacto conmigo. Pese al tiempo transcurrido desde la ejecución, la señora Hauptmann seguía intentando limpiar el nombre de su marido. Su única baza era una docena de pequeños huesos. Hallados en la escena del crimen después de la incineración del cuerpo, la policía estatal de Nueva Jersey los conservaba desde entonces celosamente. A petición del abogado de la señora Hauptmann, fui en coche a Trenton a ver si ese puñado de huesos sueltos podían demostrar que se habían equivocado al identificar el cadáver: que con las prisas por emitir un dictamen se podría haber cometido un terrible error judicial. Seguramente la mujer rezaba para que fueran los huesos de un niño más pequeño, de un niño mayor, de una niña de cualquier edad. Todo menos los huesos de Charles Lindbergh, hijo. Yo era su última esperanza: un científico pueblerino retenido por el tráfico en el peaje mientras preguntaba dónde estaban las oficinas de la policía estatal de Nueva Jersey (…) El fiscal general de Nueva Jersey le había pedido a Wilton Krogman que analizara los huesos cinco años antes, en 1977. Debido a las dudas que persistían en torno al caso Lindbergh, el estado se había planteado reabrir la investigación. Pero a raíz de las conclusiones de Krogman, decidió no hacerlo. Y ahora yo tenía que volver a examinar el mismo caso en nombre de la viuda del asesino convicto. Para entonces yo había adquirido cierto prestigio profesional. Dirigía un floreciente departamento de Antropología de la Universidad de Tennessee en Knoxville, y había creado lo que se llamaría la ‘Granja de Cadáveres’, el único centro forense del mundo donde se investigaba la descomposición humana. Me habían nombrado miembro de la junta rectora de la Academia Americana de Ciencias Forenses (…) Había examinado miles de esqueletos y participado en más de cien casos forenses. Y a pesar de todo eso, me sentía nervioso e insignificante: un pigmeo tras los pasos de un gigante. Sería el segundo antropólogo autorizado a examinar los famosos huesos de Lindbergh.



Charles Lindbergh durante el juicio




Anne Morrow tras el asesinato


“Me llevaron a una sala en un sótano del edificio. Pocos minutos después un administrativo me trajo una caja de cartón, de las empleadas para guardar pruebas, que contenía cinco frascos de cristal. Uno de ellos tenía una raja; la habían pegado con cinta adhesiva. Esos frascos se empleaban originariamente para conservar cigarros caros. Ahora, cerrados con tapones de corcho, evitaban que una docena de pequeños huesos se perdieran o rompieran, huesos que representaban la muerte prematura de la inocencia y la última esperanza de una viuda anciana. Dos de los huesos eran sin lugar a dudas de origen animal: un trozo de costilla de cinco centímetros de un ave de tamaño considerable, tal vez un urogallo o una codorniz, y un pequeño arco vertebral, probablemente de la misma ave. Ambos tenían señales de dientes, tal vez del mismo perro o los mismos perros que se habían llevado las manos del niño muerto en el bosque. De los diez huesos humanos, el de mayor tamaño -el calcáneo, el talón, del pie izquierdo- medía alrededor de tres centímetros de diámetro; un ojo inexperto habría podido confundirlo con un guijarro. Cuatro de los huesos eran del pie izquierdo, dos de la mano izquierda, y cuatro de la derecha. A pesar de que había transcurrido medio siglo, todavía llevaban adheridos tejido descompuesto, suciedad e incluso unos cuantos pelos. Intactos y en perfecto estado, los huesos no presentaban la menor señal de traumatismos, ni indicio alguno de la causa de la muerte. La única prueba esquelética que habría dado alguna pista (el pequeño cráneo fracturado) se había incinerado pocas horas después de que Charles Lindbergh identificara el cadáver de su hijo. Lo que yo sostenía (esos diez pequeños trozos de manos y de pie) se había encontrado tras tamizar diez cestos de hojas y ramas rastrilladas en el suelo del bosque en los días posteriores al hallazgo del cadáver. La policía había albergado la esperanza de encontrar respuestas (el arma del asesinato, huellas dactilares, algo que apuntara al autor del secuestro y explicara lo sucedido), pero ese puñado de huesecillos arrojaba muy poca luz. Cincuenta años después siguen revelando muy poco. En la infancia, los esqueletos son andróginos: es imposible determinar su sexo; lo único que se puede hacer es medir y comparar los huesos que uno examina con el tamaño y el desarrollo de otras muestras conocidas (…) Según las mediciones de estos estudios, el tamaño de los huesos de las manos y los pies contenidos en los frascos de cristal era un poco mayor que los de un varón de dieciocho meses y un poco más pequeño que los de un varón de veinticuatro meses. En menos de una hora llegué a la misma conclusión que la de mi mentor, el doctor Krogman, cinco años antes: no había ningún indicio en los propios huesos que refutara la idea de que eso era lo único que quedaba de un niño caucásico de veinte meses. De un niño caucásico de veinte meses llamado Charles Lindbergh.



Bruno Hauptmann durante el juicio



"Cuando volví a meter los huesos en los frascos de cristal y puse los tapones de corcho, me llamó lo atención lo poco que quedaba: el exiguo testimonio de la pérdida de esa resplandeciente promesa, el brillante futuro, que habría podido representar Charles Lindbergh, hijo; la relación que habría podido forjar con su famoso padre; el orgullo que habría podido sentir el padre al ver crecer a su hijo y tal vez extender sus propias alas, pilotando aviones, reactores o incluso naves espaciales. Sentado en el sótano del edificio de la policía estatal de Nueva Jersey ese día de 1982, no encontré nada en esos cinco frascos de cigarros, nada en esos diez pequeños huesos, que me revelara algo sobre el bebé Lindbergh que yo no supiera ya. No encontré nada que refutara las pruebas presentadas en el juicio por asesinato de Bruno Hauptmann. No encontré nada que justificara ese medio siglo de esperanza en el corazón de su viuda. Anna Hauptmann -como los Lindbergh, como yo- había perdido también a un ser querido. Su amado marido, y asesino convicto, seguiría eludiéndola hasta el día en que también ella se escapó de las manos de los que la rodeaban y se reunió por fin con el hombre con quien había vivido y a quien había amado. Tal vez ese día por fin lo entendió realmente”.





VIDEOGRAFÍA:

Bruno Hauptmann en Crímenes del siglo XX (en español)



El juicio de Bruno Hauptmann (escenas reales)




BIBLIOGRAFÍA:



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