Escrito con Sangre: conchita
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Ricardo Barreda "Conchita": "El Dentista Asesino"


Somos una familia enferma”.
Ricardo Barreda antes de los crímenes


Ricardo Alberto Barreda nació el 16 de junio de 1936 en La Plata, Buenos Aires (Argentina). Desde joven tuvo un carácter explosivo, que mediante un gran esfuerzo de voluntad consiguió controlar. Estudió Odontología y ejerció con éxito en su ciudad natal. Era un hombre respetado. Muchos miembros de la sociedad acomodada de La Plata, eran sus pacientes. Contrajo matrimonio con Gladys McDonald.



Ricardo Barreda

Era un hombre al que le apasionaba el football, sabía mucho de cine e inclusive había llorado al ver la cinta Tiempos modernos de Charles Chaplin. Vivía con su esposa en la Calle 48, entre 11 y 12.


Con ellos moraban también su suegra, Elena Arreche, una anciana de 83 años y sus dos hijas; Adriana, de 24 años (quien era odontóloga también) y Cecilia, de 26 años (quien era abogada).



Adriana Barreda


En 1992, la situación familiar de Barreda no era lo que había esperado. Su matrimonio estaba totalmente roto. Entre su esposa y él existía un distanciamiento total y sus hijas resentían esta situación, tomando partido siempre en contra de su padre. Desde hacía algún tiempo, Barreda tenía una amante, Hilda Bono. Con ella pasaba todos los momentos que podía.



Cecilia Barreda

Las discusiones eran cotidianas y hasta su suegra se encargaba de humillarlo siempre que podía. Para ese momento, el odontólogo sólo podía utilizar su consultorio y un pequeño departamento, con salida independiente, tal como lo había acordado con su mujer tras su separación. Esa casa la habían comprado años antes, luego de vender la primera vivienda, y recibir la ayuda financiera de su suegra.



Elena Arreche y Gladys McDonald

El 15 de noviembre de 1992, Barreda despertó y le dijo a su esposa que iba a limpiar las telarañas del techo, porque estaban llenas de insectos y ofrecían muy mal aspecto. Ella le respondió, despectivamente: "Mejor que vayas a hacer eso. Andá a limpiar, que los trabajos de conchita son los que mejor te quedan. Es lo que mejor hacés".


Esta frase despectiva aludía a que Barreda no era un hombre, sino una mujer (en Argentina, “concha” es un término peyorativo para referirse a la vagina).


Estas respuestas eran habituales no sólo en boca de su mujer, sino también de sus hijas y su suegra, quienes lo maltrataban continuamente con esta y otras frases que lo humillaban continuamente como hombre y como persona. Estaban en la cocina, en presencia de su hija Adriana, quien disimuló apenas una risita burlona ante el comentario.


Tiempo después aseguraría: “No era la primera vez que me lo decía y me molestó sobremanera. El asunto viene a que yo me atendía mi ropa, si se me despegaba un botón yo me cosía el botón. Es decir, yo me atendía personalmente en todo lo referente a mi indumentaria. Al contestarme ella así, sentí como una especie de rebeldía y entonces le digo: ‘el conchita no va a limpiar nada la entrada. El conchita va a atar la parra’”.


Barreda se enojó y por esta razón cambió de idea: dejaría las telarañas para otro momento y cortaría los brotes de la parra que crecía en el jardín. El dentista fue al pequeño almacén para buscar las tijeras para podar. En ese momento vio la escopeta calibre .16 que su suegra le había comprado en Europa, como regalo de un cumpleaños. Tomó el arma, la cargó y se llevó varios cartuchos adicionales en los bolsillos.


Luego diría: “Para podar la parra había que sacar una escalera del garaje. Fui a buscar un casco que estaba debajo de la escalera, porque tuve dos conocidos que haciendo cosas similares se vinieron abajo y tuvieron lesiones serias en la cabeza. Entonces yo me había comprado un casco de esos de obreros de la construcción, y voy a buscar el casco y encuentro que afuera del bajo escalera, entre una biblioteca y la puerta, estaba la escopeta parada. Los cartuchos estaban al lado, en el suelo, en una caja, y así habían estado desde hacía mucho tiempo. Y ahí, bueno, fue extraño. Sentí como una fuerza que me impulsaba a tomarla. La tomo, voy hasta la cocina, donde estaba Adriana, y ahí disparo. En aquel momento hubo una alteración profunda de mi parte afectiva que me llevó a actuar de esa manera”.



El arma

En la cocina de la casa se encontraban su mujer y su hija Adriana. Lleno de furia por el insulto recibido, Barreda alzó la escopeta, apuntó y le disparó a su esposa Gladys. A pesar del estruendo del tiro, escuchó a su hija Adriana que gritaba: “¡Mamá, está loco!” Luego hizo lo mismo con ella, quien había comenzado a gritar llena de horror. Las dos quedaron heridas y se quejaban en medio de charcos de sangre.


Parsimoniosamente, Barreda volvió a cargar y les dio el tiro de gracia a cada una. Ahí tuvo tiempo de cargar nuevamente dos cartuchos. Se dirigió a otra parte de la casa. Por las escaleras bajaba su suegra, a la que también le disparó, experimentando una profunda satisfacción, pues la consideraba el motivo de todos sus males.



La escena del crimen


Cecilia iba bajando detrás. Al presenciar el crimen, saltó sobre el cadáver de su abuela y le gritó: "¿Qué hiciste, hijo de puta?" Para el final dejó a su hija preferida, la única que tenía un buen trato hacia él. Se dio la vuelta para tratar de huir, pero fue alcanzada de lleno por los disparos del arma de su padre. Las dos quedaron muertas sobre los escalones. También recargó para darles el tiro de gracia.


Barreda entonces se sentó en un sillón y abrazó con fuerza la escopeta. Permaneció allí sentado un buen rato, en aquella casa que ahora dominaba el silencio. Barreda pensó mucho qué hacer antes de salir de la casa.


Juntó prolijamente cada uno de los ocho cartuchos que había utilizado para masacrar a su familia y los guardó en la cajuela de su automóvil Ford Falcon, donde también escondió la escopeta, para luego desordenar algunos cajones, tirar muebles y papeles y romper algunas cosas, para simular un supuesto robo.


Salió de la casona, fue a dar un paseo por el zoológico, llevó unas flores a la tumba de sus padres, tiró los proyectiles usados en una alcantarilla, arrojó el arma en un arroyo cerca de Punta Lara y pasó a buscar a Hilda, su amante. Para entonces eran las 16:30 horas.


Estuvo con ella en un motel teniendo sexo, para luego comer una pizza y tomar una cerveza en un conocido bar platense. A las 19:00 horas la dejó. Vagó varias horas por la ciudad y a la medianoche regresó a la escena del crimen.


Cuando llegó, abrió el pesado portón del garaje, guardó el Falcon y encendió las luces. Hizo un breve recorrido y luego llamó a un servicio de emergencias médicas. "Vengan, entraron ladrones y lastimaron a mi familia", dijo Barreda.



Los cadáveres

La noticia corrió como reguero de pólvora: en un extraño asalto habían matado a toda la familia de uno de los odontólogos más conocidos de la capital de la Provincia de Buenos Aires. De todas maneras, a los investigadores todo lo que contaba el dentista les resultaba sospechoso.


Fue tan sospechoso el relato que el entonces titular de la Comisaría Primera, un comisario llamado Ángel Petti, invitó a Barreda a tomar un café en su despacho.


Cuentan que el jefe policial lo miró y, sin rodeos, le dijo: "Lea, doctor", mientras le pasaba un Código Penal, abierto en la página donde aparece el artículo 34, que establece la inimputabilidad en el caso de aquellos que no distinguen la realidad o no saben lo que hacen, por locura u otras causas.



Las víctimas

Barreda no habló. Se colocó los lentes y leyó muy despacio, una y otra vez. Al parecer se sintió seguro con este dato. Barreda se confió y cayó en la red del tramposo policía; le contó con su característico tono monocorde los detalles de la masacre. "Yo las maté", declaró.



El policía Ángel Petti

Fue arrestado y acusado del cuadruple homicidio. El juicio de Barreda fue televisado y se convirtió en uno de los programas de mayor audiencia de la historia de las comunicaciones argentinas. En 1995, en el juicio oral que fue televisado en directo, sin quebrarse en ningún momento y utilizando frases que quedaron en la memoria de la sociedad, contó cómo llevó a cabo la matanza.



El arresto


Declaró los días 7 y 14 de agosto de 1995. Con mucha serenidad, contó cada detalle del crimen a los jueces Carlos Hortel, Pedro Soria y María Clelia Rosentock, que integraban la Sala 1 de la Cámara Penal.



Barreda declaró dos veces. La primera vez, aseguró que la última persona a quien había matado era a su suegra pero en el juicio cambió su declaración, diciendo que al final había asesinado a su hija mayor.



Los titulares

Los jueces, al detectar esa abrupta variante, sospecharon de una maniobra vinculada con la herencia de los bienes familiares. De todas maneras, nada dijo acerca del por qué había participado meses antes de un curso para abogados sobre homicidios, ni por qué cambió la secuencia de los crímenes.



Nota manuscrita de Barreda

Durante el juicio se escucharon todas las voces; las declaraciones de los abogados que trataban de defender la inimputabilidad; los testigos que contaban como era la familia y los maltratos que se prodigaban; los peritos que aseguraban que se trataba de un gran simulador que podría volver a cometer otro crimen; y la del propio acusado a quien era escalofriante oír hablar, por la frialdad con la que contaba los hechos.



El juicio


Durante el proceso aseguró: "Mis hijas fueron cambiando. En casa había una especie de matriarcado. Y la orquestadora de todo era la madre de mi mujer. Una persona de carácter fuerte, entrometida. Muchas veces propuse: ‘Somos una familia enferma y creo que sería conveniente ver a alguien que nos ayude’. Pero la respuesta era: ‘No, andá vos, que sos el loco’.




"Con un poco de comprensión, con un poco de apoyo de parte de ellas, la tragedia se hubiese evitado. Lo volvería a hacer porque vivía en un infierno y me tenían loco. Eran ellas o yo. Si no las mataba, ellas me hubieran matado a mí".



La discusión se centró en determinar si era imputable o estaba loco. Bartolomé Capurro, un perito, declaró que Barreda padecía de "psicosis delirante". Esta hipótesis sólo fue aceptada por uno de los tres jueces, María Clelia Rosentock, quien dijo en el fallo: "Era un fanático de la unión familiar que sucumbió cuando la vio desintegrarse".



En prisión

Barreda fue condenado a reclusión perpetua, por triple homicidio calificado y homicidio simple. El fallo, que fue dividido, se determinó por una mayoría que comprendió la criminalidad de sus actos. Barreda pasó varios años en la Unidad Penal 9 de La Plata, donde llegó a rendir algunas materias de la carrera de Derecho.


Cuando rendía los exámenes en la Universidad de Buenos Aires, los estudiantes le aplaudían y lo felicitaban por su “proeza”, reflejo fiel de los deseos que todos ellos acariciaban. En contraste, en la prisión, los otros presos le preguntaban: "Conchita, ¿cómo está la familia?"


En declaraciones posteriores, manifestó estar "tremendamente arrepentido" por lo sucedido y sentir "una angustia y un dolor muy hondo. Estoy tremendamente arrepentido. Es una cosa que uno lleva adentro. Me siento muy mal. Ojalá pudiera volver el tiempo atrás y que nunca hubiera pasado nada. Tengo un recuerdo muy vívido de todo. Creo que tuve un desdoblamiento de la personalidad, en alguna de las dos circunstancias no era yo. Era medio como Dr. Jekyll y Mr. Hyde. ¡Cómo pude haberlas matado! ¡Por qué lo hice! ¡Yo era un buen tipo! ¡Soy un desgraciado! ¡No puedo vivir así!", aseguraría.


También comenzó una relación amorosa con una mujer que conoció por carta. A principios de 2008, las autoridades le concedieron el beneficio del arresto domiciliario, por su buena conducta y por ser mayor de 70 años.


Las autoridades le otorgaron a Ricardo Barreda la prisión domiciliaria, ya que según el propio preso argumentó: “Si saliera libre, lo primero que haría sería llevarles flores a mis dos hijas al cementerio.



"Soy consciente de lo que pasó pero en ese momento yo no era yo. Apelo a los corazones y buen entendimiento de los miembros del Tribunal para que valoren esto y el deseo que tengo de poder reinsertarme en la sociedad, de la que nunca salí pese a estar preso. Con suerte podré formar una buena familia. Siempre quise eso, desgraciadamente todas las cosas me salieron al revés. Y cuando mejor quise hacerlas, peor me salieron".



Barreda al salir de prisión

Salió de la cárcel de Gorina. Para entonces, el odontólogo tenía ya 77 años y vivía con su nueva mujer, Berta Pochi André, en un departamento del porteño barrio de Belgrano.



Berta ofreció su casa para que el odontólogo cumpliera con la prisión domiciliaria, pero los vecinos se habían opuesto porque no querían convivir con un asesino de esas características.



Barreda con su nueva mujer, Berta Pochi André


Este beneficio le fue revocado por violarlo: Barreda salió a la calle junto con su mujer y fue fotografiado por la prensa. Cuando lo interrogaron, dio la excusa de que necesitaba ir con urgencia a una farmacia para tomarse la presión, pues se sentía muy enfermo.



Noticiarios sobre su retorno a prisión

El 11 de febrero de 2011, el beneficio de prisión domiciliaria le fue devuelto. Por segunda ocasión, violó el arresto domiciliario en marzo. Barreda volvió a la prisión, pero el 29 de marzo le fue otorgada la libertad condicional, por considerar que el cómputo de tiempo transcurrido en prisión excedía el de la condena impuesta.



Barreda, acosado por los medios


“Ahora voy a poder salir a la calle para caminar, ya que el arresto domiciliario me limitaba mucho”, dijo Barreda tras conocer la noticia en los tribunales platenses junto con su abogado defensor, Eduardo Gutiérrez. Barreda diría que siempre iba a cuidar a su nueva pareja, porque no le gustaría que la molestaran: "De la misma forma que no me gusta que me molesten a mí, no me gusta que la molesten a ella. Porque yo no molesto a nadie, nunca molesté a nadie".



Barreda en libertad



Barreda se convirtió en un ídolo extraño desde que cometió los crímenes. Hombres y mujeres lo admiraron por igual. Para muchos, era un loco feminicida, un misógino que no había dudado en exterminar a su esposa, su suegra y sus hijas por alguna clase de odio de género.





Para otros, era un hombre sensible que había llegado al límite de su paciencia a causa de las humillaciones que contra él cometían aquellas cuatro mujeres. Matar a la suegra y a veces a la esposa, era un deseo de casi todos los hombres con pareja.



Caricaturas sobre Barreda




En noviembre de 2012, Barreda participó en una manifestación contra el gobierno. Su mujer lo acompañó. Los fotógrafos lo descubrieron golpeando una cacerola y de inmediato se transformó en el centro de la noticia.



Barreda en la manifestación

Barreda intentó de todas las maneras posibles recuperar su antigua casa, pero el gobierno, a causa de las demandas de muchos grupos feministas, la expropió para construir allí un Centro contra la Violencia de Género.



La casa del crimen



Su desprecio por las mujeres siempre siguió presente y se manifestaba también con su nueva pareja. Un periodista les preguntó alguna vez: "¿Irán al cine? Ahora hay una película de Woody Allen, Desde Roma con amor". Bertha respondió, entusiasmada: "¡Ay, qué bueno sería ir!" Y Barreda añadió, con amarga ironía: “Esta tonta no la va a entender”.



Barreda y su mujer, de vacaciones



"Hay momentos en que siento felicidad, ganas de reírme, y hay momentos en que me acuerdo de lo que hice y se me dibuja una máscara", diría.



Programa de televisión sobre su caso

Mucha gente lo felicitaba cuando lo encontraba por las calles, pero a él eso lo incomodaba: le hubiera gustado ser anónimo. Le hubiera gustado poder olvidar y ser olvidado. Pero eso era imposible.



Tatuaje de “San Barreda”



VIDEOGRAFÍA:

Entrevista con Ricardo Barreda


“Barreda's way” - Attaque 77


“La argentinidad al palo” - Bersuit Vergarabat


“Milonga para Barreda” - Horacio Fontova


“La cumbia del odontólogo” - Sometidos por Morgan



BIBLIOGRAFÍA:




FILMOGRAFÍA:



DISCOGRAFÍA:

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