"Un día haré algo que cambiará todo el sistema y entonces todos conocerán mi nombre y lo recordarán".
Andreas Lubitz a su novia
Andreas Lubitz nació en 1987 en Montabaur, en el estado federado de Renania-Palatinado (Alemania). Su padre era ingeniero y su madre tocaba el órgano en una iglesia. Los Lubitz pasaron varios veranos en el camping del aeródromo de Sisteron entre 1996 y 2003, apenas a 35 kilómetros del lugar donde Andreas encontraría, años después, su fatal destino.
El padre de Lubitz
Lubitz nutrió su pasión por el vuelo desde que era un niño. En el campamento daba rienda suelta a su afición por el vuelo sin motor. Andreas era un niño y no podía montar en los planeadores, pero algunos habituales del aeródromo lo recordarían siempre mirando al cielo, siguiendo con los ojos fijos los silenciosos planeos de las gráciles avionetas. No existe ningún registro de su paso por la escuela de pilotaje que hay en el aeródromo, pero los archivos comenzaron hasta 2003.
La casa de los Lubitz
Era un apasionado de los vuelos, casi un obseso. También amaba sus estancias en los Alpes. El aeródromo de Sisteron era el nexo de unión entre ambas pasiones. "Hay gente que lo recuerda", afirmaría Jean-Pierre Revolat, un piloto del Ejército del Aire jubilado que trabajaba como instructor en Sisteron. "Formaba parte del grupo de niños que venían a ver los vuelos". En los últimos años, Andreas ya tenía edad para montar en los aparatos.
El poblado de Sisteron
"Si siguió una instrucción aquí, es muy probable que sobrevolara el lugar al que llegaría en el futuro. Lo que es seguro es que, a diez mil metros de altura, todo piloto sabe cuándo sobrevuela los Alpes. Es el trayecto habitual, lo que llamamos ‘el camino del soldado', por su dificultad, pero también por su belleza. Volar en los Alpes era su pasión", relataría Revolat, mostrando orgulloso los aparatos que usan para enseñar esa disciplina.
Andreas Lubitz
Sus padres tenían una casa con jardín en un barrio tranquilo del sur de la ciudad. Lubitz vivió siempre con ellos. Cuando llegó a la edad adulta, alquiló un departamento en Düsseldorf. Sus problemas conductuales comenzaron poco después. Lubitz se sometió a psicoterapia durante varios años antes de ser piloto. Presentaba fuertes tendencias suicidas. En 2008 comenzó a prepararse como piloto en la escuela de vuelo de Lufthansa, matriz de Germanwings, en la ciudad de Bremen. Durante unos meses interrumpió la formación, debido a una fuerte depresión. Aun así, después superó todos los exámenes para poder volar. No tenía antecedentes penales, ni historial de haber participado en actividades extremistas. Finalmente, consiguió una plaza como piloto de Germanwings en 2013. Llegó a contar con 630 horas de experiencia de vuelo y una capacidad fuera de dudas. “Era 100% apto para volar. Sin peros ni matices”, señalaría el director ejecutivo de Lufthansa, Carsten Spohr.
Lubitz en el Golden Gate
Quienes lo conocieron lo describieron como educado, alegre y amable. “Estaba contento, tenía el empleo con Germanwings y le iba bien”, comentó un miembro del club de planeadores, Peter Ruecker, que lo había visto aprender a pilotar. “Daba buenas sensaciones”. Lubitz superó por última vez las pruebas de aptitud para volar en enero de 2015. Al igual que en los dos exámenes anteriores, en 2008 y 2010, sin mostrar el menor indicio de anomalías. Lubitz llevaba un estilo de vida activo. Corrió media maratón con un buen tiempo, y mostraba interés en la música pop y los clubes nocturnos, según su página de Facebook, en la que destacaba una foto de Lubitz en el puente Golden Gate de San Francisco.
Lubitz corriendo en el maratón
Era aficionado a la música tecno y seguidor de David Guetta y de Paul Kalkbrenner. Sus hobbies eran los Beechcraft Bonanza, monoplanos utilitarios fabricados en Estados Unidos e introducidos en 1947 por la compañía The Beech Aircraft Corporation. El Bonanza 35 fue el primer, verdadero y moderno avión de alto rendimiento utilitario. Era un monoplano de ala baja muy rápido, construido en un momento en el que la mayoría de los aviones ligeros seguían siendo de madera y tela. “Tenía muchos amigos, no era solitario. Estaba integrado en el grupo. Nuestro club lo forma principalmente gente joven que aprende cómo volar planeadores y luego obtiene una licencia, y posteriormente quizás, como en su caso, da el salto a la aviación comercial”, comentaría sobre él un miembro de un club de pilotos. Tenía las paredes de su cuarto empapeladas con recortes de aviones y lemas de la compañía en la que volaba, Lufthansa. Lubitz no tenía ninguna relación conocida con grupos terroristas.
Pero no todo estaba bien. En su interior, Lubitz ocultaba un furia terrible y un profundo dolor, que estaban a punto de estallar. Tenía una novia, María, una azafata de la misma línea aérea donde trabajaba. Ella tenía 26 años y había comenzado su relación con Lubitz en 2014. Para entonces, él se desempeñaba como copiloto. Ella sabía que su novio había estado sometido a tratamiento psiquiátrico, pero la compañía aérea ignoraba este hecho. Según la joven, Lubitz era tierno y cariñoso en la intimidad, pero cuando hablaban de asuntos laborales se enardecía. "Siempre hablábamos mucho de trabajo y entonces se convertía en otra persona, se alteraba por las condiciones en las que tenemos que trabajar: poco dinero, miedo por el contrato, demasiada presión", relataría.
Lubitz como piloto
“Me separé de él porque me di cuenta de que tenía problemas. Solía perder los estribos y me gritaba. Yo tenía miedo. Una vez incluso se encerró durante un buen rato en el baño. Sabía ocultar muy bien ante los demás lo que le pasaba realmente y de su enfermedad nunca habló mucho, sólo que estaba en tratamiento psiquiátrico". La chica señaló que el presunto autor de la tragedia de Germanwings soñaba con ser capitán de Lufthansa, pero reconocía que debido a su enfermedad eso no sería posible. "Un día haré algo que cambiará todo el sistema y entonces todos conocerán mi nombre y lo recordarán", le dijo Lubitz a su ex novia en repetidas ocasiones.
Lubitz con su novia
Los vecinos de su localidad natal de Montabaur lo describirían como “un tipo normal” y “un joven amable”. “Era un tipo completamente normal”, aseguraría Klaus Radke, jefe del club de vuelo local donde Lubitz recibió su primera licencia. En el otoño de 2014, Lubitz regresó a la academia para un curso de actualización con Radke. “Lo llegué a conocer como un joven amable, divertido y educado”, dijo. Poco después, Lubitz tuvo una nueva novia, que trabajaba como profesora en Krefeld, una localidad de Renania del Norte-Westfalia. El camino plagado de esfuerzos que Andreas Lubitz había emprendido en los últimos años estaba dando sus frutos. A sus 27 años, todo parecía sonreírle. Tenía un buen trabajo, una novia con la que vivía en su departamento de 120 metros cuadrados de un elegante barrio de Düsseldorf. A principios de 2015 había encargado dos Audis. Uno sería para él y otro para su novia, con la que tenía previsto casarse en 2016. Deportista, joven y con amigos, parecía la imagen del éxito. Pero él era consciente de que todo esto era tan sólo una fachada.
Lubitz en las montañas
En una ocasión, un piloto de Germanwings dejó a Lubitz solo en la cabina, durante un vuelo de la aerolínea alemana. Era Frank Woiton, de 48 años de edad. “Lo recuerdo bien. Cuando volé con él, abandoné mi lugar durante un breve momento para ir al baño”, declararía tiempo después. No había nada que le llamara especialmente la atención sobre aquel joven copiloto. Cuando compartieron cabina, Lubitz le habló de su formación, "de lo feliz que era" y “dijo que pronto volaría largas distancias y que quería convertirse en capitán. Dominaba muy bien el avión, lo tenía todo controlado. Por eso lo dejé sólo en la cabina para ir al baño”.
Frank Woiton
Lubitz tenía en realidad muchos problemas, pero todos se podían resumir en uno: cada vez tenía más claro que no podría cumplir su sueño de llegar a ser capitán en Lufthansa. Su salud se interponía en su camino. Para una persona como él, tan obsesionado con la aviación como para llenar su habitación de fotos de aviones, eso era más de lo que podía soportar. Desde los catorce años, cuando comenzó a frecuentar el club aéreo de la localidad alemana de Montabaur, volar era para él lo más importante. “Era un friki de los aviones. Si perdiera la licencia, su vida ya no tendría ningún valor”, afirmaba siempre un amigo suyo. Y esa perspectiva parecía cada vez más cercana.
Selfie de Lubitz
Las severas depresiones que padecía Lubitz lo habían obligado a estar bajo tratamiento por un periodo total de un año y medio, lo que en ocasiones le había hecho interrumpir su formación como piloto y volver a empezar en un nivel inferior al que le correspondía. La autoridad médica responsable de dictaminar la idoneidad de los pilotos para trabajar (la Aeromedical Center) ya había detectado a Lubitz una depresión, motivo por el que le había retirado de forma temporal el permiso para volar. Más tarde, el facultativo apreció una mejoría en su estado, por lo que le volvió a dar el permiso. Esta capacitación era otorgada por los médicos, que no comunicaban a la compañía el motivo de su decisión, para respetar la privacidad de los pacientes. La situación era cada vez más complicada para el joven copiloto. Su salud empeoraba de forma palpable y los plazos se le echaban encima: entre junio y julio de 2015 debía renovar su permiso médico.
Perfil de Lubitz en Facebook
Incapaz de aceptar la evidencia, pidió la opinión de varios médicos, entre ellos un psiquiatra y un neurólogo. Los dos le dieron la baja por un periodo que cubría del 16 al 29 de marzo de 2015. Lubitz no estaba capacitado para volar, pero él no lo comunicó a su empresa. Llegando a su casa, rompió en pedazos el documento con la baja y lo tiró al cesto de la basura. Para ese momento, tomaba además varios medicamentos psiquiátricos. El rumor de que habría recortes en la aerolínea afectó al piloto. Una versión aseguraba que Lubitz supo que iba a ser despedido de la compañía. Temía además perder su licencia de vuelo por el deterioro de su visión, ya que al parecer sufría un desprendimiento de retina.Entre el 16 y el 23 de marzo de 2015, buscó en Internet información sobre diferentes formas de cometer suicidio. Un rato después, se informó sobre los mecanismos de seguridad de las puertas de las cabinas de los aviones. El 23 de marzo de 2015, Lubitz y su novia tuvieron un problema, discutieron y rompieron. Esto deprimió al joven profundamente. Ella estaba embarazada y se lo había hecho saber a sus alumnos días atrás.
Germanwings
Fue así como tomó la decisión y se preparó para su último vuelo. Lo designaron como copiloto en el avión A320 de Germanwings, para el vuelo 4U-9525 del martes 24 de marzo de 2015, entre Barcelona (España) y Düsseldorf (Alemania). El capitán a bordo era Patrick Sondenheimer, un hombre de 34 años de edad, quien tenía dos hijos de 3 y 6 años, y había trabajado para la aerolínea Condor y para Lufthansa, matriz de Germanwings. Comenzó a volar en la aerolínea de bajo coste en mayo de 2014 y tenía diez años de experiencia, así como más de 6,000 horas de vuelo, la mayor parte de ellas en aparatos Airbus. En el vuelo viajarían 150 personas, incluidos varios niños de una escuela alemana, que habían viajado a España como parte de un intercambio.
El avión de Germanwings
A las 10:01 horas, el avión despegó del aeropuerto de El Prat de Barcelona, capital de Cataluña (España). Tras despegar con retraso, el capitán Sondenheimer le comentó a Lubitz que no había tenido tiempo de ir al baño, por lo que este le ofreció asumir el mando del aparato en cualquier momento. A las 10:27 horas, cuando estaban a 11,600 metros de altura, le pidió al copiloto que fuera preparando el aterrizaje a Düsseldorf y este le respondió, entre otras palabras, con un "ojalá" y un "vamos a ver".
La cabina del avión
Dos minutos más tarde, Sondenheimer le dijo: “Puedes asumir el mando”. El piloto se levantó y salió de la cabina para ir al sanitario. La caja negra registró el diálogo, además del sonido de una silla y una puerta cerrándose. Eran las 10:29 horas. Lubitz aseguró la puerta para impedir que pudiese abrirse desde el exterior. En ese instante, el radar registró un primer descenso del aparato.
El atentado
A las 10:32 horas, los controladores aéreos franceses trataban de contactar con el avión que comenzaba a bajar. Pero nadie respondía. Lubitz había accionado el sistema de descenso. En ese momento, la grabadora de la caja negra registró la señal de alarma automática por pérdida de altura. Después hubo un fuerte golpe: alguien intentaba abrir de una patada la puerta de la cabina, y la voz del capitán Patrick Sondenheimer gritó: “¡Por el amor de Dios, abre la puerta!”
Pero Lubitz no la abrió. Estaba tranquilo, respiraba pausadamente. Contemplaba los Alpes ante él. Era un hermoso espectáculo: blancos, llenos de nieve. Había volado en esa zona en docenas de ocasiones. Sabía que esta era la última vez y deseaba saborear el momento, llenarse los ojos con aquella envolvente blancura. Para ese momento, se escuchaban los gritos de los aterrados pasajeros. A las 10:35 horas, cuando el avión aún se encontraba a 7,000 metros de altura, la grabación registró ruidos metálicos fuertes contra la puerta de la cabina: el capitán Sondenheimer intentaba inútilmente derribar la puerta con un hacha.
Esquema del desastre (click en la imagen para ampliar)
Noventa segundos más tarde, a 5,000 metros de altura, se activó una nueva alarma y el piloto gritó de nuevo, aterrado: "¡Abre la maldita puerta!" A las 10:38 horas, todavía a unos 4,000 metros de altura, la caja negra grabó la respiración del copiloto, que seguía sin decir algo, abstraído en saborear el final.
La ruta del avión
A las 10:40 horas, el aparato tocó con el ala derecha la montaña y de nuevo se escucharon los alaridos de terror de los pasajeros; serían los últimos sonidos que registraría la caja negra.
El lugar de la caída
La aeronave cayó hasta estrellarse en los Alpes franceses. En él viajaban 144 pasajeros (dos de ellos bebés) y seis miembros de la tripulación. Todos sus ocupantes murieron.
Los restos del avión
Horas después de la catástrofe, los helicópteros que sobrevolaron la zona localizaron restos del fuselaje y algunos cuerpos de las víctimas. Los equipos de rescate enviados tuvieron que alcanzar una zona inaccesible por carretera, cerca del municipio de Prads-Haute-Bléone, en el departamento de Alpes de Haute Provence.
Era una zona escarpada y despoblada, cubierta por la nieve, a la que sólo se podía acceder a pie. La Gendarmería francesa tardó varios días en recuperar los cadáveres de las víctimas. Había además una docena de restos grandes del avión; lo demás estaba muy disperso en una zona de más de una hectárea. 2,850 fragmentos humanos serían recuperados de entre los restos del avión de Germanwings, dispersos a través de una amplia área de los Alpes franceses.
Los cadáveres
“Estoy sin palabras. No tengo ninguna explicación para esto. Conociendo a Andreas, esto es inconcebible para mí”, aseguraría Peter Rücker, miembro desde hace tiempo del club del vuelo donde era miembro Lubitz. Cerca de la pequeña casa blanca en la que Lubitz vivía y donde la policía rápidamente comenzó a hacer guardia, un vecino llamado Hans-Jürgen Krause dijo estar “muy conmocionado” por las noticias.
El lugar de la caída y el aeropuerto de Barcelona se convirtieron en un centro de peregrinación de familiares, que dejaban ramos de flores, fotos o recuerdos y, en silencio, rendían homenaje a sus seres queridos.
Los homenajes
Los investigadores del desastre aéreo encontraron los restos del cadáver de Andreas Lubitz el sábado 28 de marzo. Pudieron ser identificados gracias a los análisis de ADN con las muestras obtenidas de sus familiares. La policía alemana registró los dos domicilios de Andreas Lubitz: la casa de sus padres y el departamento que compartía con su novia en Düsseldorf. Confiscaron su computadora. Su cuenta en Facebook fue cerrada poco después de ser identificado.
Los agentes encontraron la baja médica, rota y arrojada a la papelera. También rastrearon las páginas de Internet a las que había entrado durante varios días. Su ex novia María, la azafata, aseguraría sobre los motivos que llevaron a Lubitz a estrellar el Airbus A320: “Lo hizo porque se dio cuenta de que sus problemas de salud impedirían su gran sueño, que era ser capitán de vuelos de larga distancia en Lufthansa”. La personalidad obsesiva de Lubitz dejó tras de sí docenas de cadáveres y muchas familias destrozadas, entre ellas la suya.
Los titulares
Después de la tragedia, muchos españoles comenzaron a postear mensajes racistas en Facebook y Twitter. Iban dirigidos contra las víctimas del avión de Germanwings. En los comentarios, algunos usuarios celebraban y se regodeaban ante la probabilidad de que las víctimas con nombres hispanos procedieran de la región de Cataluña o de países sudamericanos.
Los noticiarios
El gobierno español condenó los mensajes de forma rotunda y ordenó abrir una investigación para deslindar responsabilidades. En Cataluña, el gobierno regional denunció ante la Fiscalía los mensajes ofensivos.
Los comentarios racistas
Frank Woiton, el primer piloto que dejó volar solo a Lubitz para ir al baño, diría después de la tragedia: “El inconcebible acto de este hombre ha destruido la confianza en los pilotos, que ahora debe ser reconstruida paso a paso”.
Obituario de Lubitz
Un día después de la tragedia, Woiton, quien estaba de descanso, se presentó voluntariamente al trabajo, porque muchos de sus colegas de Germanwings no se veían en condiciones de volar. El jueves cubrió la ruta Düsseldorf-Barcelona-Düsseldorf, la misma en la que Lubitz cometió aquel asesinato en masa al estrellar el avión de manera deliberada.
La policía en casa de Lubitz
En ese vuelo se repitió lo que Woiton ya había hecho el miércoles, un día después de la tragedia, en la ruta Hamburgo-Colonia. “Reinaba un ambiente de extrema aflicción entre la tripulación y entre los pasajeros. Se les podía ver en la cara”.
El piloto se presentó en la cabina de pasajeros antes de despegar y le estrechó la mano a cada una de las personas, en un intento de tranquilizar al pasaje. “Quería que los pasajeros vieran que adelante, en la cabina, también hay una persona”, explicaría.
Los familiares de las víctimas
El capitán se colocó en el pasillo y, micrófono en mano, pronunció un discurso muy emotivo: “Los llevaré sanos y salvos de Düsseldorf a Barcelona. Pueden confiar en ello, porque yo también quiero sentarme esta noche con mi familia a la mesa para cenar”.
El memorial en el lugar de la tragedia
Tras un primer momento de silencio, el pasaje aplaudió al capitán. Una pasajera llamada Britta Englisch, diría en su cuenta de Facebook: “Quiero darle las gracias a este comandante, por entender lo que todos pensaban y por lograr que al menos yo me sintiera bien durante el vuelo”.
Infografías (click sobre las imágenes para ampliar)
El gobierno alemán anunció la creación de un grupo de expertos, destinados a revisar los sistemas de cierre de las cabinas de vuelo, así como los exámenes médicos y psicológicos de los pilotos. A esta comisión se le encargó analizar los mecanismos de cierre de las cabinas, implementados tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos para impedir el acceso de intrusos en ese espacio.
VIDEOGRAFÍA:
Videos sobre la tragedia
BIBLIOGRAFÍA:






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