La Marquesa de Brinvilliers: “La Envenenadora de París”


"Tenía en una botella algo con lo que vengarse de sus enemigos y afirmaba que en aquella botella cabían bastantes herencias y sucesiones".
Declaraciones en el juicio de la Marquesa


En la Edad Moderna europea, que se extiende aproximadamente de 1450 a 1750, más de 200,000 personas, la mayoría mujeres, fueron juzgadas por el delito de brujería. Alrededor de la mitad fueron ejecutadas, generalmente en la hoguera, tras ser juzgadas por crímenes que no cometieron o por delitos que se exageraban. Se trataba de una cruzada contra la herejía sólo en parte, pues abundaban las denuncias civiles que tenían como consecuencia ejecuciones y procesos públicos en masa. En el imaginario colectivo, aquellas personas participaban de extrañas y sangrientas ceremonias, y lujuriosos aquelarres.



Aquelarre

A menudo se trataba de simples rumores dados como verdad, y muchas confesiones falsas se obtenían después de aplicar algún método de tortura. A los acusados se les atribuía un pacto con el diablo, gracias al cual adquirían ciertas capacidades, como el poder de lanzar diversos maleficios y la habilidad para volar y transformarse en animales.



Quema de brujas

Este tipo de combate a la brujería se difundió por toda Europa mediante una serie de tratados de demonología y manuales para inquisidores. Entre los primeros que aparecieron destaca el Malleus Maleficarum o Martillo de Brujas (1486), escrito por dos inquisidores dominicos. La Caza de Brujas fue la mayor matanza realizada fuera de un conflicto bélico, y sólo concluyó cuando dejaron de predominar las condiciones sociales, económicas y religiosas que contribuyeron a crear un ánimo propicio para este tipo de persecuciones.


En 1670, se desarrolló en Normandía una cacería de brujos y brujas que amenazó con exceder en magnitud a todas las anteriores que habían tenido lugar en Francia. Las delirantes acusaciones de seis hombres y tres mujeres llevaron hasta los tribunales a más de quinientas personas, a las que los consabidos métodos de la autoridad judicial no tardaron en arrancar toda clase de confesiones. Pero antes de que se llevaran a cabo las ejecuciones, los familiares de los condenados de Ruán imploraron la clemencia de Luis XIV, el poderoso Rey Sol.



Luis XIV

El monarca prestó oídos al grito de socorro de sus súbditos, anuló el veredicto del Parlamento de Normandía y ordenó que se devolviera su patrimonio a los acusados y que, por su propia seguridad, fueran desterrados de la provincia. El caso sirvió de precedente para las autoridades de los demás parlamentos, y se pudo suponer que desde aquel momento, el año 1672, quedarían definitivamente suprimidos los procesos por brujería en Francia, al igual que había sucedido en Inglaterra poco antes. No obstante, poco después, el Rey Sol se vio obligado a iniciar un extraño proceso colectivo en la propia capital del reino. Este proceso no tenía nada que ver con los anteriores, basados en infundadas acusaciones, pues las denuncias tenían su origen en prácticas concretas. La hechicería ya no se limitaba a los filtros compuestos por pintorescos ingredientes destinados a provocar mágicamente la muerte de alguna persona, sino que fueron enriquecidos con poderosos venenos, mucho más efectivos, como el arsénico y el vitriolo. Las hechicerías amorosas, a su vez, cobraron un carácter inmoral y blasfemo, y acarrearon incluso el asesinato de niños.


Una mujer iniciaría lo que en Francia llegaría a conocerse como “El Asunto de los Venenos”, una serie de envenenamientos cometidos por extraños personajes a lo largo de varios años y que conmocionarían al país, a causa del involucramiento de personas de todas las clases sociales. Esa mujer era Marie Madeleine d’Aubray, Marquesa de Brinvillier-La-Motte, quien nació el 22 de julio de 1630 en París (Francia). Era la mayor de los cinco hijos que tuvo Antoine Dreux d’Aubray, señor de Offémont y de Villiers, Consejero de Estado, Preboste y Vizconde de París, y Teniente Civil de París. Marie Madeleine recibió una buena educación literaria, pero poco o nada religiosa y moral. Cuando tenía siete años fue violada por uno de los servidores de la familia, y, según su propio testimonio, tres años más tarde inició una relación incestuosa con uno de sus hermanos. Tenía una naturaleza ardiente y apasionada. Amable, fogosa y bella, intrépida, de espíritu vivo, de gran sangre fría, imperturbable ante los imprevistos. “Era intrépida por naturaleza, y muy valiente. Parecía haber nacido con inclinación hacia el bien, con un aire de completa indiferencia, intelecto agudo y penetrante que se forma opiniones claras sobre las cosas y es capaz de expresarlas con pocas palabras y precisas; maravillosamente hábil para salir de situaciones difíciles y rápida en decidir sobre las cuestiones más embarazosas; resuelta a sufrir y a morir si fuese necesario; frívola, cambiante e inconstante, se impacientaba si se hablaba con frecuencia del mismo tema. Tenía una hermosa mata de cabello castaño, con facciones bonitas y bien delineadas; los ojos azules, dulces y de una perfecta belleza, su piel extraordinariamente blanca, la nariz bien formada. Nada en su rostro resultaba desagradable. Su figura era muy pequeña y menuda”. Así la describirían los que la conocieron. En 1651, a los 21 años, se casó con Antoine Cobelin de Brinvilliers, barón de Nocerar. La familia del marqués procedía de Reims, donde se habían asentado hacía tiempo desde su Flandes de origen. En un principio habían sido tintoreros, pero tuvieron tanto éxito que pronto amasaron una enorme fortuna, con la que compraron tierras y honores, y pudieron abandonar el negocio. Durante la infancia del marqués se había esperado de él que se convirtiera en un hombre de toga, pero al no mostrar la menor aptitud para el estudio, no se encontró opción mejor que hacerle ingresar en el ejército siendo aún muy joven. El ejército de la época no era precisamente una escuela de virtudes. Fruto de aquellos tiempos era el proverbio que decía que “el honor sin dinero es una enfermedad”. El marqués de Brinvilliers no aprendió a llevar una vida ejemplar. Se había habituado al lujo. Le gustaba jugar grandes sumas, y el matrimonio no supuso el fin de estas costumbres. Su prometida aportó una dote importante de 200,000 francos, y como él también disfrutaba de una posición desahogada, el matrimonio dispuso de una gran fortuna.



La Marquesa de Brinvilliers

El marqués de Brinvilliers tenía amistad íntima con un capitán de caballería llamado Godin de Sainte Croix, bastardo de una buena familia de Gascuña. Pronto fue el amante de Marie Madeleine, lo que al parecer consentía el marido, que a su vez tenía otras amantes. Pero el padre de Marie Madeleine, que lo supo, se enfureció y consiguió que Sainte Croix fuese detenido y encerrado en La Bastilla el 19 de marzo de 1663. Fue al parecer en La Bastilla donde Sainte Croix aprendió todo lo relativo a la preparación de venenos con un tal Exili o Eggidi o Gilles, gentil hombre italiano que estuvo al servicio de la reina Cristina de Suecia.



Godin de Sainte Croix

Cuando logró salir libre de la prisión, enseñó a su vez aquellos conocimientos a su amante. Poco tiempo después Exili fue deportado, pero de alguna manera se escapó o regresó a París, alojándose preciosamente en la propia casa de Sainte Croix. Exili había aprendido a su vez la química de los venenos de un conocido químico de la época, el suizo Christophe Glaser, establecido en París, autor de un célebre Tratado de Química, boticario del rey y descubridor del sulfato de potasa que llevó su nombre.







Christophe Glaser

Este famoso Glaser era quien al parecer proveía de sustancias químicas a Sainte Croix y a Exili. La Marquesa de Brinvilliers volvió con su amante apenas salido de la cárcel y se despertó en ella un profundo odio contra su padre, responsable de la prisión de Sainte Croix. Tal fue su odio que decidió fríamente vengarse acabando con su vida y a la vez apropiarse así de la fortuna paterna. Comenzó a visitar a los pobres y desvalidos de los hospitales a los que llevaba dulces, vino, galletas y otros regalos, y pronto aquellos que atendía con tanto cariño aparente, morían. Hizo una diversión y un ensayo con el envenenamiento de los enfermos de los hospitales, observando el efecto de las sustancias que les administraba. Según las investigaciones de la época, envenenó también a varios criados para ensayar. Una vez que probó lo que llamaba "la receta de Glaser", comprobando la impotencia de los médicos para descubrir las trazas del veneno en el cadáver, decidió el envenenamiento de su padre.



La Marquesa de Brinvilliers preparando los venenos

El 13 de junio de 1666, Antoine Dreux d’Aubray, que hacía varios meses sufría extrañas molestias, decidió marchar a sus tierras de Offrémont, a escasas leguas de Compiêgne, rogando a su hija que le acompañase y pasara con él y sus nietos dos o tres semanas. Desde la llegada de la Marquesa de Brinvilliers junto a su padre, el mal de éste empeoró, presentándose grandes vómitos cada vez más violentos, teniendo que ser trasladado a París para ser atendido por otros médicos. Su hija le acompañó. Marie Madeleine confesaría más tarde que había administrado veneno a su padre entre 28 y 30 veces, con sus propias manos, y a veces por medio de un lacayo llamado Gascon, que Sainte Croix le había enviado como hombre de toda su confianza. Al parecer, usaba arsénico mezclado con otras sustancias. El envenenamiento duró ocho meses, al cabo de los cuales Antoine Dreux d’Aubray murió en París el 10 de septiembre de 1666, a los 66 años de edad. Según los médicos, la muerte fue por "causas naturales". Sin embargo, corrió el rumor de que había sido envenenado. Le sucedió en el cargo de Teniente Civil de París, su hijo mayor del mismo nombre, Antoine Dreux d’Aubray, conde de Offémont, Consejero del Parlamento e Intendente de Orleans.



Antoine Dreux d’Aubray

Una vez que se libró de su padre, que era el crítico de su conducta licenciosa, Marie Madeleine ya no puso freno a sus pasiones y tuvo varios amantes a la vez, entre ellos un primo suyo de quien tuvo un hijo, además de los que tenía de su marido y dos que engendró de su amante Sainte Croix. Luego se enamoró del preceptor de sus hijos, un joven llamado Briancourt, bachiller en teología. Sus devaneos no le impedían sentir celos de su primer amante, Sainte Croix, que gozaba con otras mujeres, y de su propio marido, que tampoco perdía el tiempo, especialmente con una joven, la señorita Dufay, a quien la Marquesa de Brinvilliers pensó apuñalar. Mientras tanto, de la herencia paterna le correspondió una parte que pronto dilapidó. A sus hermanos les había quedado la mayor parte de la herencia. No vaciló en enviar a dos sujetos que le recomendó su amante, para que asesinaran a su hermano mayor cuando viajaba en coche a Orleans, pero fracasaron en su intento. Como le urgía el dinero, se decidió a ensayar de nuevo el veneno. Para ello, en 1669, consiguió hacer entrar como lacayo a un sujeto llamado La Chaussée en casa de su hermano Antoine, que vivía con el segundo hermano, que era Consejero de la Corte. El lacayo usó una dosis tan fuerte de veneno, que el Teniente Civil se dio cuenta increpándole. Pero La Chaussée hábilmente se excusó diciendo que serían restos de una medicina que tomaba y rápidamente tiró el líquido al fuego. Hubo un segundo intento el 6 de abril de 1670, por medio de un pastel del que comieron algunos miembros de la familia, sintiéndose enfermos. Antoine fue quien más sufrió. La Chaussée le atendía solícito y en cada bebida que tomaba le ponía más veneno. Los sufrimientos de Antoine eran cada vez mayores.



La Marquesa de Brinvilliers envenenando a sus parientes

La Marquesa de Brinvilliers mientras tanto confesó al preceptor de sus hijos y amante de turno, Briancourt, que estaba tratando de envenenar a su hermano. El martirio de Antoine duró tres meses, vomitando continuamente, adelgazando, secándose poco a poco y muriendo por fin el 17 de junio de 1670. El otro hermano murió tres meses después y en la autopsia realizada por los cirujanos Duvaux y Duprès y el boticario Gavart, se pudo comprobar que había sido envenenado. No sólo no pareció nadie sospechar de La Chaussée, sino que su difunto amo le dejó en su testamento "cien escudos por sus leales servicios". Mientras tanto, la Marquesa de Brinvilliers como se sabría más tarde, intentó envenenar a su propia hija mayor porque "le parecía tonta", aunque luego se arrepintió y le dio leche como contraveneno. Pero sus cómplices le exigían cada vez más dinero, teniendo que someterse a sus chantajes. Sainte Croix tenía guardados en una arqueta unos frascos de veneno, y treinta y cuatro cartas de Marie Madeleine que la comprometían en los crímenes de sus familiares. Ella, al ver que su amante retenía las cartas comprometedoras, pensó en suicidarse usando sus propios venenos. Pero fue el propio Sainte Croix quien administró a Marie Madeleine un tósigo, de lo que ésta se dio cuenta enseguida, bebiendo gran cantidad de leche para neutralizarlo lo que la salvó, aunque quedó convaleciente durante varios meses, recuperándose poco a poco.







La Marquesa de Brinvilliers con su amante

Como se envanecía de sus hazañas y no podía callarlas, una vez le dijo a uno de sus criados que "tenía en una botella algo con lo qué vengarse de sus enemigos y afirmaba que en aquella botella cabían bastantes herencias y sucesiones". Cuando fue sometida a proceso por sus crímenes, aquellas palabras se harían famosas y a los venenos se les llamaría “polvos de herencia” o "polvos de sucesión". En 1673, cansada al parecer de su señora de compañía, Mademoiselle de Villeray, la envenenó también. En sus confidencias a Briancourt, fue revelándole todos sus crímenes y le contó cómo había despreciado a sus hermanos, a los que había envenenado. Quedaban aún vivas su hermana Therèse d’Aubray y su cuñada Marie-Therèse Mangot, la viuda de Antoine, que le reprochaban su conducta licenciosa. Briancourt escribió a ambas avisándoles que tuvieran cuidado, pues se pretendía envenenarlas.



Marie-Therèse Mangot

La Brinvilliers preparó una trampa a Briancourt, a quien primero dio un veneno, que no le produjo al parecer el efecto deseado, y luego encargó a Sainte Croix que le mandase apuñalar, cosa que también fracasó. Un tercer intento también fracasó, pues Briancourt contaría que un día alguien a quien no pudo ver le disparó dos tiros que no dieron en el blanco. Mientras tanto, el marido de la Marquesa de Brinvilliers fue también objeto de las atenciones de su mujer y en varias ocasiones recibió varias dosis de veneno de su mano. Pero arrepentida, luego lo cuidaba y le administraba un contraveneno. Briancourt por su parte logró escapar de aquel enrarecido ambiente, retirándose a dar lecciones en la casa de los padres del Oratorio. Pero un acontecimiento imprevisto iba a tener lugar, el que serviría para descubrir los crímenes: la muerte de Sainte Croix en su misterioso laboratorio de la Plaza Maubert, donde practicaba la alquimia tratando de hallar la piedra filosofal. Al parecer, algunas emanaciones de las sustancias tóxicas que manipulaba y que respiró al romperse la máscara de vidrio que utilizaba, fueron las causantes de su final.



La Piedra Filosofal

Cuando Madame de Brinvilliers se enteró, su primer pensamiento fue: "¡La arqueta en la que están guardadas mis cartas comprometedoras!" y trató por diversos medios de obtenerlas sin conseguirlo. Sainte Croix había dejado un papel escrito al que puso por título Mi confesión. El comisario Picard se hizo cargo de las investigaciones el 8 de agosto de 1672 junto con el sargento Creuillebois. Éstos, en el registro realizado, hallaron el arcón con las cartas comprometedoras, de las que deducirían toda la horrible historia de los crímenes, a pesar de que Sainte Croix en su confesión rogaba que la arqueta sellada se devolviese a la Marquesa de Brinvilliers, por no contener nada de particular interés. Pero desobedeciendo aquel deseo, el comisario leyó las cartas y un documento por el que la Marquesa se comprometía a pagar a Sainte Croix 30,000 francos y las botellas conteniendo los venenos. El 22 de agosto, el Teniente Civil citó a la Marquesa de Brinvilliers para examinar los escritos hallados, pero ésta envió a su procurador y huyó a Inglaterra. La Chaussée fue detenido. La viuda de Antoine presentó una denuncia contra los dos por el envenenamiento de su marido. La Chaussée, sometido a tortura, confesó todo y fue condenado a muerte el 24 de mayo de 1673. Fue descoyuntado en la rueda hasta que murió.



La ejecución de La Chaussée

Mientras tanto, la Marquesa vivía miserablemente en Londres. Luis XIV personalmente, dada la calidad de la acusada, se tomó un gran interés en el proceso. Quiso que la investigación se llevase adelante hasta sus últimas consecuencias y que todos los cómplices, por alto que estuviesen, fuesen descubiertos y condenados. Se solicitó la extradición de la Marquesa de Brinvilliers desde Inglaterra y el rey de aquel país la concedió, pero ella había ya huido a los Países Bajos. Mientras tanto su marido, el desconcertante Marqués de Brinvilliers, se había instalado tranquilamente con sus hijos en la finca y castillo de su suegro, del que Luis XIV le ordenó salir, para dejar a la viuda del hermano mayor asesinado que tomase posesión de aquellos bienes.



La Marquesa en el exilio

El 25 de marzo de 1676, la Marquesa de Brinvilliers fue por fin detenida en Lieja, en el convento en que se había refugiado. La detención fue un episodio rocambolesco. El capitán Degrez, disfrazado de abate, consiguió interesar a la Marquesa de Brinvilliers en una cita amorosa, y ésta, cuando esperaba una aventura galante más, se encontró con un oficial de policía, M. Degrez y con dos arqueros que la detuvieron momentos antes de que las tropas españolas entrasen en Lieja. Por alguna extraña razón, la Marquesa llevaba consigo, en el momento de ser detenida, una confesión escrita de todos sus crímenes, que sería más tarde publicada por Armand Fouquier en su obra sobre las causas judiciales célebres, pero el tono de la misma era tan fuerte que el propio editor no se atrevió a publicar aquello, quitando algunos párrafos y traduciendo otros al latín.



El arresto

Conducida a Maestricht, fue encerrada el 29 de mayo en la prisión de la ciudad. Intentó suicidarse tomando fragmentos de vidrio molido de un vaso que había roto, y además tragó alfileres, pero todo en vano. No murió en aquellos intentos. Un tercer conato de suicidio fue más horrible todavía, introduciéndose un bastón por la vagina para tratar de perforarse la matriz. Curada de todos aquellos daños, trató de comprar a uno de sus guardias para escapar de la prisión; luego quiso matar al policía Degrez, al que odiaba, y al criado que la atendía; también intentó robar la caja donde Degrez guardaba su confesión escrita, e inclusive coger un caballo y huir. Todo fue en vano. Fue trasladada a París y encerrada en la Conciergeríe el 26 de abril. Desde allí escribió cartas a sus amistades que uno de los guardianes prometía entregar, cuando en realidad eran entregadas a los magistrados.



La Marquesa de Brinvilliers durante el juicio

Comenzó el proceso contra esta increíble mujer el 29 de abril de 1676. Ella negó con obstinación todos los cargos y evidencias, incluso sus propias confesiones. Se le acusó de asesinatos, de sodomía y de incesto. Briancourt compareció ante el Tribunal, haciendo un detallado relato de la vida de su ex amante. La Marquesa estaba perdida. Briancourt, entre sollozos, se dirigió a ella en el curso del último careo exclamando: "Os advertí muchas veces, señora, de vuestros desórdenes, de vuestra crueldad y que vuestros crímenes os perderían" a lo que ella respondió: "Siempre habéis sido un cobarde, Briancourt, y ahora tampoco tenéis valor. Lloráis".



La Marquesa en sus últimos días

Durante todo el proceso no se descompuso el rostro de la asesina. Siguió negando todo. Conservó siempre su mente clara y una mirada dura en sus ojos azules. Los esfuerzos extraordinarios del abogado defensor M. Mivelle fueron inútiles. El Presidente del Tribunal anunció que le enviaría una persona de gran virtud que la consolaría en sus últimos momentos y trataría de salvar su alma, el abate Edmond Pirot, teólogo y profesor de la Sorbona, conocido en toda Europa por sus discusiones con el filósofo y matemático Gottfried Leibniz. El abate Pirot narró el último día de la Marquesa de Brinvilliers minuto a minuto, en dos volúmenes que constituyen un verdadero monumento literario. Consiguió con su bondad y su habilidad ablandar aquel duro corazón. Ella le contó todos los pormenores de su vida, con una sangre fría que dejó asombrado al abate. Escribió una carta a su marido desde la prisión, pidiéndole perdón por toda la ignominia que había hecho caer sobre la familia y especialmente sobre él y sus hijos, y lloró amargamente ante las palabras que le dirigió el sacerdote, para estimular su arrepentimiento. Le habló de sus hijos, a los que decía amar tiernamente, y que no había querido verlos para que no les quedase una imagen amarga de su madre.


El 16 de julio de 1676 se leyó la sentencia: "La Corte ha declarado a la dicha d’Aubray de Brinvilliers culpable de haber envenenado a su padre M. Dreux d’Aubray y haber hecho envenenar a sus dos hermanos y atentado contra la vida de su hermana. Por ello se la condena a presentarse en la puerta principal de la iglesia de Notre Dame de París, con los pies desnudos, la cuerda al cuello, manteniendo en sus manos una antorcha ardiente de dos libras de peso y allí de rodillas declarar que por venganza y para apoderarse de sus bienes envenenó a su padre, a sus dos hermanos y atentó contra la vida de su hermana, de todo lo cual se arrepiente y pide perdón a Dios, al Rey y a la Justicia. Y en la plaza de la Grève de esta villa le cortarán la cabeza en el cadalso levantado en la dicha plaza. Luego su cuerpo será quemado y las cenizas dispersadas..."



La sentencia

Después de la lectura de la sentencia, la llevaron a la sala de torturas. Al entrar dijo: "Señores, es inútil eso. Yo diré todo sin olvidar un detalle. Negué todo durante el juicio porque así creía defenderme y no creí estar obligada a confesar nada. Se me ha convencido de lo contrario y os aseguro que si hubiese hablado hace tres semanas con la persona que me habéis enviado hace veinticuatro horas, haría tres semanas que sabríais toda la verdad". Después, levantando la voz, hizo una declaración de todos sus crímenes. En cuanto a la composición de los venenos que usaba, sólo sabía que llevaban arsénico, vitriolo y veneno de sapo. El único antídoto que ella conocía era la leche. Como cómplices sólo mencionó a Sainte Croix y los lacayos. Los jueces consideraron que había hablado sinceramente, pero la tortura era exigida por el reglamento y así se le sometió a la tortura del agua, la más cruel que se aplicaba por entonces en París. La hicieron beber seis litros de agua, lo que produjo una gran dilatación de su estómago e intestinos y con ello, horribles dolores y una insoportable sensación de ahogamiento. Pirot, con sus palabras, había doblegado aquel carácter de hierro y entregado a los jueces a la condenada sumisa y resignada. La tortura cambió su actitud, que se transformó de nuevo en odio a todo y a todos. Pero pasado el tormento, Pirot, con su voz amable y bondadosa, la hizo volver a su anterior estado de paz interna.






La tortura de la Marquesa

El 17 de julio de 1676, día de su ejecución, permaneció unos instantes de rodillas ante el altar de la capilla para marchar luego al suplicio, descalza, con la camisa de los condenados, en una mano el cirio de los penitentes y en la otra un crucifijo. Al salir de la Conciergeríe fue subida a un volquete o carreta muy estrecha, donde apenas podían permanecer la condenada, el verdugo y el padre Pirot. La carreta avanzaba hacia la plaza de la Grève. Las calles estaban llenas de gente curiosa que iba a presenciar el ajusticiamiento. Un dibujante, Charles Le Brun, hizo un dibujo con lápiz rojo y negro que hoy se expone en el Museo del Louvre, considerado como una obra de arte. Se ve en él la silueta del abate Pirot frente a la condenada.



La Marquesa rumbo al cadalso

La gente la insultaba al paso, aunque otros la compadecían. Subió al cadalso con entereza y le dijo al sacerdote: "No os vayáis antes de que mi cabeza haya caído. Me lo habéis prometido. Os ruego me perdonéis el tiempo que os he quitado. Os ruego que digáis un De Profundis en el momento de mi muerte y mañana una misa. Rogad a Dios por mí". A lo que contestó Pirot: "Haré lo que me pedís".


Y cuenta en su estremecedora obra el abate Pirot: "Se arrodilló seguidamente sobre el cadalso con la cara vuelta hacia el Sena. No estaba asustada. Sufrió pacientemente cuanto le hizo el verdugo para prepararla, cortándole los cabellos, haciéndola mover la cabeza en distintas formas, a veces con rudeza. Ella se sometió a esta vergüenza pública con paciencia. Se dejó atar las manos como si le hubiesen puesto brazaletes de oro y se dejó poner la cuerda al cuello como si hubiese sido un collar de perlas. Luego dijo: ‘Quisiera que me quemaran viva, para hacer mi sacrificio más meritorio’".


El abate Pirot cantó la Salve y el pueblo le acompañó. Entonces dijo a la condenada que le iba a dar la absolución: "Renovad vuestra contrición". Y pronunció las palabras sacramentales porque el tiempo apremiaba. La cara de la Marquesa de Brinvilliers irradiaba esperanza y alegría, serenidad y la ternura del arrepentimiento. La bruma de la tarde caía sobre París. El crepúsculo rodeaba la catedral de Notre Dame. El verdugo Guillaume vendó los ojos de la condenada, mientras ella repetía con el confesor las últimas oraciones. Sonó un golpe sordo. La cuchilla hizo su trabajo tan limpiamente que por un instante la cabeza parecía que no quería separarse del cuerpo. El abate describiría aquel momento: “La condenada tenía la cabeza muy erguida, el verdugo se la seccionó de un solo golpe, que cortó con tanta limpieza que siguió durante un momento sobre el tronco, sin caer. Pasé inclusive un momento de dolor creyendo que había fallado el golpe y que debería intentarlo por segunda vez. ‘Señor’, me dijo el verdugo, ‘¿No os parece que ha sido un bello golpe? Yo me encomiendo siempre a Dios en estas ocasiones. Le haré decir seis misas a esta señora’".



La ejecución

El cuerpo fue llevado a la pira, donde las llamas pronto la consumieron. Después las cenizas fueron dispersadas en el aire, pero el pueblo, siempre imprevisible, se acercó al lugar para llevarse los restos óseos calcinados. Así terminaba su último día la que en vida se llamó Marie Madeleine d’Aubray, Marquesa de Brinvilliers. Una de las damas más notables de la corte de Versalles, Marie de Rabutin-Chantal, Marquesa de Sévigné, dejó constancia en su magnífica colección de cartas dirigidas a su hija Françoise, que residía en la lejana Provenza con su marido, de la profunda convulsión que había originado el Caso Brinvilliers. En principio, todo pareció zanjarse cuando la criminal fue finalmente ejecutada. Sus cenizas flotaron por los aires y, como declararía en un alarde de ingenio Madame de Sévigné: "así ahora la respiramos todos". Sin embargo, “El Asunto de los Venenos” apenas comenzaba.


Se sugiere leer a continuación la entrada sobre Catherine Deshayes: "La Voisin" en este link.



BIBLIOGRAFÍA:













FILMOGRAFÍA:

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Oh wow super genial, sin palabras me encanta como escribe usted autor de ECS.

La mujer odiaba a todos tal vez porque abusaron de ella de pequeña, al final se arrepintio cosa que los psicopatas no hacen.

Eso de compartir recetas de venenos con mentes dañadas es peligroso jeje.

Eran muy promiscuos!! capaz que alguien tenia una enfermedad y todos contagiandose.

""El asunto de los venenos" apenas comenzaba" quiero saber mas jaja!! wow

Genial! Hasta el otro domingooo SALUDOS.

Anónimo dijo...

Excelente recopilación, un gusto leerla!!!
Jorge desde Córdoba, Argentina

Karuna dijo...

Ha sido un gusto leer una entrada tan especial que estuve esperando por mucho tiempo.

¡El preludio del "Escándalo de los Venenos"!

Aunque debo reconocer que el contexto histórico conexionado con la vida de la Marquesa de Brinvilliers es lo más atractivo que tiene este capítulo tan especial en "Escrito con Sangre".

Sin olvidar que la narrativa de las crónicas de la ejecución de Brinvilliers son de película.

Gracias por regalarnos una anécdota histórica interesante para los aficionados de la Historia, espero no perderme las demás historias relacionadas con "El Escándalo de los Venenos".

Saludos Karuna ^^

Anónimo dijo...

ECS la narracion me envolvio, me hizo volar e ir a esa epoca y momento pero de forma poetica, muy buen relato.

ANN

Anónimo dijo...

¿Por que siempre pasa que de las personas hermosas no se sospecha?
Que horrenda la sociedad francesa promiscua desde siempre con razon son asi, mmm creo que quiero ir a francia jajaja.

Anónimo dijo...

Una pelicula sobre esto estaria mejor que la misma basura hollywoodense.

Ampersand dijo...

Una verdadera maraña muy intrincada fué la vida de la marquesa de Brinvilliers, que al leer el relato, se deduce que su metodología difiere completamente de las prácticas supersticiosas relacionadas con las artes oscuras. Ella empleó el conocimiento existente de los efectos de diversas sustancias que, si bien al ser la primera vez que se estudiaban todavía su uso era propiamente empírico, pero la intención y abuso en su manejo eran notablemente intencionales, como métodos muy efectivos en la eliminación de personas.

En cuanto más conocimiento se adquirió en la época, la moral "rigurosa" que precedía de la Edad Media se fue disipando, situación en la que recayó la Marquesa, pero la causal de su comportamiento y posterior juicio fue como siempre, la ambición y el despecho, eligiendo para su venganza lo más avanzado en su tiempo para quitarse a quienes le estorbaban; me imagino que su caída se debió al avance de la medicina, que fue capaz de establecer nuevos métodos de detección de venenos: de no ser así, habría seguido envenenando a cuantos le llegaran a ser de su desagrado .... Saludos !!!!

Anónimo dijo...

^^^^^^ wow anonimo me gusto mucho su comentario.

Anónimo dijo...

Interesante tema,leí algo sobre el tema de Francia de los venenos..
Gracias ECS y
Saludos

Anónimo dijo...

Completamente loca solo alguien asi puede ser capaz de matar a sangre fria a su propia familia,intento hasta matar a su hija que pena que nadie la detuvo antes se pudieron evitar esas muertes. Y que horribles metodos de tortura y ejecucion en esas epocas creo qe ningun ser humano merece eso,minimo que dieran cadenas perpetuas. Saludos