William Heirens: “El Asesino del Lápiz Labial”


“Por Dios, atrápenme antes que vuelva a matar. No puedo controlarme”.
Mensaje escrito por Heirens en una escena del crimen


William George Heirens nació el 15 de noviembre de 1928 en Chicago, Illinois (Estados Unidos). Sus padres fueron Margaret y George Heirens. Los Heirens procedían de Luxemburgo, pero los padres de Bill se criaron en Rogers Park, Chicago. Se casaron en 1927, cuando George tenía veintitrés años y Margaret veinte. George era un hombre alto y corpulento, muy educado y sensible. Su padre y su abuelo habían sido floristas, y a él también le encantaban las flores. Siempre fue muy trabajador, y desde 1943 alternó el trabajo como guardia de seguridad en una fábrica de acero durante el día con el de policía por la noche.



Margaret y George Heirens

Margaret era la mayor de ocho hermanos. Con un carácter mucho más fuerte que el de su marido, era siempre la que luchaba por el bienestar de su familia. A pesar de sus frecuentes enfermedades nerviosas, también trabajaba mucho en el negocio familiar y como dependienta en una tienda. Margaret tuvo problemas en su primer embarazo. A los dos meses estuvo a punto de abortar y también presentó complicaciones en el parto. Su primer hijo, William, nació tras sesenta y dos horas de dolor, con ayuda de fórceps.


También tuvo problemas para criarlo. Empezó a darle biberones al mes de su nacimiento, pero el bebé se pasó los dos meses siguientes vomitando y perdiendo peso, hasta que encontraron la fórmula más adecuada para alimentarlo. Desde ese momento empezó a crecer normalmente, a pesar de una serie de accidentes que sufrió, como cuando a los siete meses se cayó por unas escaleras.



William Heirens cuando era bebé

El primer hogar de Heirens fue un estrecho departamento de un solo dormitorio que se hallaba detrás de la florería que tenía su padre, George. El bebé durmió en el cuarto de sus padres hasta que nació su hermano Jere en 1932. En 1934, su madre tuvo un aborto, lo que le provocó una depresión nerviosa. Al año siguiente, el negocio de George Heirens, que había marchado bien durante los años de la Gran Depresión, se hundió por completo. La familia se cambió de barrio y el padre comenzó a trabajar como encargado de un vivero.



William Heirens y su hermano Jere

Bill Heirens creció en un ambiente de incertidumbre económica y estuvo trabajando desde los seis años en la tienda de sus padres en Lincolnwood, un suburbio de Chicago. Era un chico tranquilo y soñador al que le gustaba ir a pescar con su papá y hacer manualidades. Tenía muchos compañeros de juegos, pero ningún amigo. Cuando tenía nueve años se rompió un brazo. Ignorando el dolor que sentía, pasó media hora intentando poner el hueso en su sitio, porque sabía que era caro que se lo enyesaran y tampoco quería suscitar la ira de su madre. No se quejó ni lloró en aquel momento y finalmente se volvió absolutamente insensible al dolor.



El cuarto de Heirens

Sus padres sufrieron un verdadero choque cuando el 13 de junio de 1942, Bill fue arrestado al salir de un edificio con una pistola en la mano. El chico alegó que había sentido el impulso de cometer un robo, pero la policía lo relacionó con un botín de cosas robadas, entre las que había varias pistolas y ropa de mujer, que habían encontrado en el tejado de un edificio vecino. Al ser interrogado sobre ella, el chico explicó que la usaba para cubrir las armas. La policía le preguntó sobre cincuenta casos de robo, algunos con incendio premeditado, de los que Bill confesó haber cometido once. La única explicación que dio fue que lo encontraba muy excitante.



El primer arresto de Heirens

El oficial que visitó a los Heirens para hablar del historial criminal de su hijo se quedó muy sorprendido por lo que a él le pareció una familia afectuosa y un perfecto hogar. El psiquiatra del Tribunal llegó a la conclusión de que “los actos delictivos de Heirens entran en la categoría de los delitos de un neurótico”, y recomendó que lo trataran; pero el chico nunca recibió ayuda de ningún tipo. El juez consideró la posibilidad de enviar a Bill a la institución para jóvenes del Estado, pero después de escuchar las súplicas de su madre, lo dejó en libertad condicional. El 27 de agosto de 1942 lo mandaron a Gibault, una especie de correccional católico en Indiana; a pesar de las dificultades económicas, sus padres pagaban sesenta dólares mensuales. Gibault, llamado así en honor a su fundador, era un colegio católico para jóvenes delincuentes que se encontraba en el campo, cerca de Terre Haute, en Indiana, a unos 120 kilómetros de Chicago. Lo dirigían los Hermanos Cristianos gracias a la caridad de grupos católicos como los Caballeros de Colón. Los padres también contribuían con dinero si se lo podían permitir. En Gibault, Heirens conoció a otros jóvenes ladrones, y pasaba mucho tiempo libre ideando planes para futuros robos, actividad que encontraba casi tan estimulante como llevarlos a cabo.


Durante el año que pasó en Gibault, el comportamiento de Bill fue excelente y también terminó bien los estudios. Aprovechando su ausencia, sus padres se cambiaron de casa a fin de evitar que su hijo volviera a sentir la tentación de robar en el viejo barrio cuando volviera a pasar las vacaciones de verano. Pero este plan no funcionó. El 8 de agosto de 1943 fue arrestado tras haberle visto merodear por el hotel Rogers Park. Tenía en los bolsillos las llaves de nueve departamentos diferentes, todos ellos robados varias semanas antes. No confesó hasta que llamaron a su madre y ésta habló con él; Bill les dijo dónde podrían encontrar las cosas robadas. Esta vez se presentó ante otro juez, que aceptó la propuesta de la señora Heirens de dejar a su hijo en libertad condicional para que asistiera al internado católico de St. Bede, en Perú, Indiana, que aunque no era una correccional, gozaba de muy buena reputación. El ladronzuelo se portó bien en el nuevo colegio. Las notas fueron buenas y era un deportista entusiasta al que le gustaba el boxeo y la lucha libre. La libertad condicional finalizó en enero de 1945, la incógnita era si se había reformado.



William Heirens

Durante la Segunda Guerra Mundial, la asistencia a la Universidad descendió alarmantemente en Estados Unidos. Aunque a los estudiantes se les concedía la exención del servicio militar, muchos jóvenes preferían ir a la guerra. A consecuencia de esto, se hicieron programas experimentales para estudiantes más jóvenes. Para estudiar en Chicago en 1945, un alumno sólo tenía que haber completado dos años de los cuatro que normalmente se pasaban en el instituto de segunda enseñanza y pasar un examen. Como Heirens iba adelantado un año en el colegio, entró en la Universidad a los dieciséis años, en lugar de a los dieciocho o diecinueve. Heirens se benefició de un programa experimental que permitía a los menores de edad la entrada en la Universidad a fin de tener la posibilidad de acceder, tras un examen previo, a un curso de cuatro años en la Universidad de Chicago. En septiembre aún no había recibido ninguna respuesta, así que, convencido de que había reprobado el examen, volvió al internado de St. Bede. No llevaba allí una semana cuando su padre le telefoneó para decirle que había conseguido una plaza en la Universidad. Bill regresó entusiasmado a Chicago. Sin embargo, su inmadurez emocional no le ayudó mucho; se saltaba muchas clases y sus notas eran bajas.


Durante los fines de semana y las vacaciones se quedaba en la casa que sus padres tenían en el 4175 de Tuohy Avenue, donde compartía un dormitorio en el ático con su hermano pequeño, Jere. Entre semana vivía en la residencia del campus. Le gustaba la vida universitaria. Aprendió a bailar, se hizo socio del University Pistol and Rifle Club y pasaba dos o tres tardes a la semana en el club social Calvert. Una de sus compañeras en la Universidad de Chicago, Riva Berkovitz, aseguraría que Heirens era bastante popular en la clase de baile de salón que tenían juntos: “Recuerdo que era el chico más popular de mi clase, guapo, inteligente y un buen bailarín. Todas queríamos bailar con él foxtrot, tango o un vals No importaba realmente". Una ventaja de no vivir en casa de sus padres era que le resultaba mucho más fácil hacer alguna escapada nocturna para visitar los lugares que solía robar en el norte de la ciudad.



La casa de los padres de Heirens

Algunas veces intentaba resistirse a la tentación, pero entonces le empezaba a doler tanto la cabeza que se daba por vencido y entraba a robar en donde fuera. Una o dos veces guardó toda su ropa en un armario, lo cerró con llave y escondió ésta en los servicios, a fin de evitar caer en la tentación. Pero el plan no funcionó. Salía de todas maneras en bata y zapatillas a recorrer silenciosamente las calles nevadas. No sentía frío. Había aprendido a no expresar sus emociones hasta el punto de que parecía incapaz de sentir nada físico.


Durante el primer trimestre en la Universidad empezó a hacer cada vez más escapadas nocturnas. Y, aún peor, sus actividades delictivas no se limitaron al hurto, sino que pronto tomaron un nuevo giro. Con tan sólo dieciséis años, Bill Heirens estaba dominado por la necesidad de robar, y este acto le proporcionaba también un perverso placer. Bill trató de superar la repulsión que sentía por las mujeres. Se citó con una chica llamada Joan Slama, pero no quiso mantener relaciones sexuales con ella, pese a que la chica se lo propuso.



Joan Slama

A Heirens le fascinaban las pistolas. El hecho de que fuera miembro del University Pistol and Rifle Club lo confirma. Iba a disparar con su padre a los bosques de Wisconsin, y pronto se aficionó a robar armas una vez que comenzó su carrera como ladrón. Nada más utilizar una pistola se deshacía de ella. Por esos días tuvo otra novia, con la que salía y pasaba tiempo, pero tampoco logró relacionarse sexualmente con ella y pronto terminaron su relación.



Heirens con su novia

Chicago, el telón de fondo de los crímenes de Heirens, era una ciudad de obreros, la mayoría de los cuales trabaja para las tres industrias principales de la ciudad: el ferrocarril, el acero y el matadero. Los días de verano en Chicago resultan largos y calurosos, y la mañana del 5 de junio de 1945, cuando Heirens salió de su casa camino del trabajo, prometía ser uno de esos días. Bill había aceptado un trabajo aprovechando las vacaciones de verano en el instituto. Tomó el metro para ir al centro de la ciudad, pero no había recorrido aún mucho camino cuando sintió la sensación que ya le era familiar: la urgente necesidad de cometer un robo. Había estado robando casas desde los nueve años. Al principio robaba en los sótanos del vecindario. No buscaba dinero, sino prendas de vestir. Por entonces no sabía nada sobre el sexo, sólo conocía el placer que la ropa de mujer le proporcionaba. Heirens bajó en la primera parada y empezó a buscar un lugar en el que poder entrar. No le atraía tanto la idea de robar ropa interior, como la acción misma de entrar a robar. Incluso, a veces tenía que robar en tres o cuatro sitios diferentes hasta tranquilizarse. En este día de junio eligió su presa al azar. Primero probó en dos sitios en los que no pudo entrar.



La ciudad de Chicago

Eran cerca de las 09:30 horas cuando entró en el portal de un bloque de departamentos de ocho pisos en el 4108 de Kenmore Avenue, a una o dos manzanas de la estación. Cruzó el vestíbulo sin que nadie lo viera, entró en el ascensor y pulsó un botón. En el último piso no encontró ninguna puerta abierta, así que bajó al siguiente. A medida que descendía de piso en piso, su excitación iba en aumento, hasta que encontró lo que estaba buscando: la puerta del departamento 510 del quinto piso estaba entreabierta.


Asomó la cabeza. No parecía haber nadie en el interior del departamento. Entró en el salón y de ahí pasó a uno de los dormitorios. Una mujer dormía en la cama. A los pies de ésta había un perro, que ladró al ver entrar a Heirens en la habitación. La mujer se despertó con los ladridos y gritó al verle. El ladrón sacó del bolsillo el cuchillo que usaba para forzar las cerraduras de las ventanas. A las 13:00 horas, Jacqueline Ross, que trabajaba en una tienda de la zona, volvió a comer al departamento que compartía con su madre, Josephine, y con su hermana mayor. Nada más entrar advirtió que algo raro pasaba, al ver que el bull terrier de la familia, en lugar de ir correteando, como siempre, a su encuentro, se escondía, gimoteando, bajo el sofá del salón. Además, la habitación estaba desordenada.



Josephine Ross

Jacqueline encontró el cadáver de su madre, completamente desnudo, sobre la cama. Le habían atado una falda roja y una media alrededor del cuello. Tenía fuertes golpes en la cabeza y se había desangrado hasta morir por las puñaladas que le habían asestado en el cuello y en la garganta. Se había defendido con todas sus fuerzas, ya que tenía cortes en las manos, y en los puños cerrados, entre los dedos, se encontraron mechones de cabello oscuro. El cadáver estaba limpio, pero la cama se encontraba empapada de sangre; el asesino había hecho una cosa muy extraña: había llevado el cadáver al cuarto de baño para lavarlo, luego lo había vuelto a dejar sobre la cama y le había puesto esparadrapo sobre algunos cortes.







El crimen

La hora de la muerte de Josephine Ross se fijó a las 10:30 horas. Aunque habían encontrado el cadáver desnudo y el asesinato podía inducir a sospechar que se trataba de un crimen sexual, el juez de Instrucción no encontró ninguna señal de violación. Llamaron a expertos en huellas dactilares, pero no pudieron encontrar nada, ya que el intruso había barrido y limpiado el departamento. Incluso se había tomado la molestia de limpiar el marco de la puerta y los zócalos. Cuando los investigadores descubrieron que faltaban del departamento dos anillos de diamantes, algunas pieles, tres papeletas de empeño y doce dólares, la policía llegó a la conclusión de que la señora Ross había sido asesinada simplemente por haberse encontrado cara a cara con el ladrón.



Josephine Ross con su hija Jacqueline

El 1 de octubre, Verónica Hudzinski, de diecinueve años, se hallaba escribiendo una carta cuando le pareció oír que alguien intentaba entrar en la casa por la ventana, un cuarto piso en North Winthrop Avenue. Cuando se asomó a ver qué pasaba, Heirens sacó una pistola y le disparó dos veces a través de la ventana, hiriéndola en el hombro. Luego tiró el arma y huyó. Cuatro días más tarde entró en un ático que se hallaba cerca del campus de la Universidad, donde se encontró con una mujer que dormía en la cama: una enfermera del ejército ya retirada, la lugarteniente Evelyn Peterson. La golpeó en la cabeza con una barra de metal y esto le produjo una gran satisfacción sexual. Poco después abandonó el departamento.


Cuando la lugarteniente Peterson volvió en sí, se encontró atada de pies y manos con un cable eléctrico. Se desató y descubrió que le habían robado 150 dólares del monedero. Antes de que tuviera tiempo de llamar a la policía, alguien llamó a la puerta. Abrió y se encontró con un joven de pelo negro a quien nunca antes había visto, pero que inmediatamente se preocupó por su estado de salud al ver que tenía sangre en la cara. Era Bill Heirens. Le dijo que iba a llamar a un médico, salió al pasillo, informó al encargado de los departamentos de que la enfermera no se sentía bien y abandonó el edificio. Cuando la policía llegó, descubrieron que el intruso había borrado todas sus huellas del departamento después de haber cometido el robo.


La noche del 10 de diciembre de 1945, Heirens subió por la escalera de incendios de Pine Crest, un hotel residencial de Pine Grove Avenue. Buscaba una entrada y en el sexto piso encontró una ventana entreabierta. Desde la escalera de incendios echó una ojeada al interior del departamento. La luz estaba encendida y la cama destendida, pero no había nadie.



La escalera de incendios

De un salto pasó de la escalera al alféizar de la ventana. Eso no era nada para él, que se movía con la agilidad de un gato y que además no le temía a las alturas. Empujó la ventana y entró. La radio estaba encendida. Se puso a registrar los cajones cuando de repente se abrió la puerta del cuarto de baño y la huésped, Frances Brown, apareció en pijama, en medio de la habitación.



Frances Brown

La mujer gritó y Heirens la golpeó en la cabeza con una pistola. Ella siguió gritando y entonces él la golpeó tres veces más con la culata. Luego le disparó dos veces y la víctima cayó sobre la cama. La camarera del hotel encontró el cadáver a la mañana siguiente, y bajó corriendo y gritando los seis tramos de escaleras hasta llegar al vestíbulo. El cuerpo desnudo de la señorita Brown estaba en el cuarto de baño con la cabeza metida en un cubo de agua y la chaqueta del pijama atada alrededor del cuello. La policía descubrió que la habían apuñalado en el cuello justo debajo de la oreja izquierda, con un cuchillo de cortar pan. Y lo habían hecho con tanta fuerza que el cuchillo la había atravesado de oreja a oreja. También presentaba cortes en las manos, entre el pulgar y el índice, como si la víctima hubiera intentado agarrar el cuchillo, y heridas de bala en la cabeza y en un brazo. Frances Brown tenía treinta años cuando murió. Acababa de regresar de Chicago tras pasar tres años en las fuerzas militares como WAVE (mujer aceptada como voluntaria en el Servicio de Emergencia). Había vuelto a su antiguo trabajo como secretaria y tenía alquilada una habitación en el hotel Pine Crest hasta que pudiera conseguir un departamento. La pistola calibre.38 que Heirens empleó para matar a Frances Brown la tiró por un canal de desagüe, no muy lejos del hotel.



La escena del crimen

Existían muchas similitudes entre este asesinato y el de Josephine Ross. Los dos cadáveres estaban desangrados y en el suelo había varias toallas manchadas de sangre. Tampoco esta vez encontraron ninguna señal de violación. Habían limpiado cuidadosamente el departamento, pero al asesino se le olvidó borrar una huella: la de su índice derecho en la jamba de la puerta del baño. También había arañazos en el alféizar de la ventana del dormitorio que, aunque estaba cerrada, se podía abrir desde afuera. Estaba claro que el ladrón había saltado hacia el interior desde la escalera de incendios. Lo único que diferenciaba este crimen del Caso Ross era que el asesino había cogido un lápiz de labios rojo del bolso de la víctima, con el que había escrito con letras mayúsculas un mensaje en la pared. Este decía: "Por amor de Dios, atrápenme antes de que vuelva a matar. No puedo controlarme”. Era una supuesta llamada de auxilio para que fueran en su ayuda, pero el propósito sería frustrado, ya que era anónimo y el criminal siguió siendo un desconocido.



El mensaje en la pared (click en la imagen para ampliar)

Heirens pasó la tarde del 6 de enero de 1946 bebiendo whisky con Joe Costello, su vecino en Snell Hall. No estaba acostumbrado a beber y se sentía mareado cuando regresó a su habitación alrededor de la medianoche. Estaba a punto de acostarse cuando sintió la necesidad de salir. Ni siquiera intentó vencer la tentación; se lanzó a la calle en medio de una noche helada y tomó el metro hacia el norte. Se durmió durante el trayecto y se despertó en Thorndale, la zona residencial más elegante, muy cerca del lago Michigan. Se bajó y comenzó a merodear por las calles desiertas en busca de un lugar en el que poder entrar.


En un garaje vio una pequeña escalera con un peldaño roto y la cogió. Pero ni con la escalera consiguió llegar a las ventanas del primer edificio al que intento trepar. Siguió andando hasta llegar al 5943 de Kenmore Avenue, un edificio de tres pisos. Tenía una terraza desde la que se veía el lago, escalones de piedra y un gran jardín que llegaba hasta la calle. Heirens dio la vuelta al edificio sigilosamente en busca de una ventana en la que no hubiera luz. El edificio albergaba dos viviendas, y el actual propietario, el abogado Louis Flynn, ocupaba los dos pisos superiores junto a su familia. El piso de la planta baja, que contaba con siete habitaciones, lo tenía alquilado un funcionario, James Degnan, que se había trasladado a Chicago en el mes de septiembre junto con su mujer y sus dos hijas, Suzanne, de seis años, y Elizabeth, de diez, cuando consiguió un trabajo en la oficina de la Price Administration.



James Degnan

Bill Heirens encontró una ventana entreabierta a unos dos metros del suelo. Normalmente trepaba hasta el alféizar y entraba sin la menor dificultad, pero todavía estaba un poco bebido y subió con la escalera. Abrió la ventana con facilidad y entró. Estaba en el dormitorio de Suzanne Degnan y al acercarse a la cama, la pequeña se despertó y comenzó a hablar con voz somnolienta. Heirens encendió la linterna y vio la cara regordeta, y los ojos azules y asustados de la niña. No la dio tiempo a gritar. La sacó de la cama asiéndola por la garganta y apretó hasta que la pequeña dejó de moverse. Luego Heirens le colocó un pañuelo en la boca, por si volvía en sí, la cogió en brazos, salió por la ventana y bajó por la escalera a la calle.



Suzanne Degnan

Dejó a la pequeña en el suelo y se fue en busca de una vivienda próxima que tuviera una ventana abierta en el sótano. Encontró una justo en la esquina de Winthrop Avenue; volvió a recoger el cadáver de la niña, lo metió dentro del sótano y lo dejó en la carbonera mientras se iba a inspeccionar. En el sótano había cuatro tinas de lavar la ropa. Arrastró el pequeño cadáver hasta uno de los barreños y le quitó el pijama. Sacó su cuchillo de caza y comenzó a descuartizarlo.


Primero, le quitó la cabeza; luego, los brazos, las piernas y el tronco en dos; lavó cuidadosamente las partes. Cuando terminó, lavó y limpió el cuchillo y lo utilizó para forzar un armario, en el que encontró algunas bolsas y ropa. Envolvió los trozos del cadáver y los metió en las bolsas; después salió del sótano.



El sótano donde descuartizó a Suzanne Degan

Anduvo de un lado a otro buscando bocas de alcantarilla. Cada vez que encontraba una, levantaba la tapa y tiraba una parte del cadáver, una en cada alcantarilla que encontraba, hasta que se deshizo de todas. No fue un trabajo fácil: la noche era muy fría y las tapas de las alcantarillas estaban heladas. De vuelta en el sótano pasó media hora fregando la tina de lavar la ropa, así como la carbonera, a fin de borrar todo rastro de sangre. En el bolsillo del abrigo encontró un trozo de papel arrugado y un lápiz. Apoyando el papel contra la puerta del armario que había forzado, escribió una nota a la luz de la linterna: “Consiga 20,000 dólares en billetes de cinco y diez y espere noticias. No llame a la policía ni al FBI. Queme esto si no quiere que le pase nada a la niña”.



La nota de rescate


Preocupado por si había dejado sus huellas dactilares sobre la puerta del armario al escribir la nota del rescate, echó gasolina encima. Volvió a casa de los Degnan, donde todavía estaba la escalera apoyada bajo la ventana abierta. Dobló el papel y lo lanzó dentro; luego cargó con la escalera y la abandonó en una callejuela. Se deshizo del cuchillo tirándolo a la vía del metro más cercana; luego se dio cuenta de que tenía una mancha de sangre en uno de los puños del abrigo, así que de vuelta en la calle, lo tiró al suelo y le prendió fuego. Vestido únicamente con un jersey en medio de una madrugada helada, fue a un viejo café nocturno que conocía en Granville Avenue, en donde pidió café y devoró varias donas. Ya más reanimado, tomó el tren de vuelta a la Universidad, en cuya cafetería tomó otro desayuno más energético. A las 10:00 horas asistió a la conferencia sobre Derechos Humanos que se celebraba en su clase.



El sitio donde Heirens tomó café con donas

El lunes 7 de enero a las 07:30 horas, James Degnan entró a despertar a su hija Suzanne. Era el primer día del nuevo trimestre escolar en el Sacred Heart Convent School. Encontró la puerta del dormitorio cerrada y no entreabierta, tal y como él la había dejado, ya que a la pequeña no le gustaba que la cerraran del todo. Entró y se encontró con que la ventana estaba abierta, la cama vacía y las sábanas cuidadosamente dobladas, cosa que Suzanne no hacía nunca. Le embargó un cierto temor que pronto se convirtió en pánico al comprobar que su hija no estaba ni debajo de la cama, ni en los armarios, ni en el cuarto de baño. Levantó a su mujer y a su hija Elizabeth, y los tres buscaron por toda la casa antes de llamar a la policía.



La casa de los Degnan


El detective Otto Kreuzer, de la comisaría de policía de Summerdale, llegó a la casa y encontró en el suelo la nota del rescate. Un análisis científico reveló impresiones de palabras que habían sido escritas en hojas de papel sobre las que se había apoyado para escribir la nota de rescate. El equipo forense que acudió poco tiempo después no encontró nada de interés. La policía interrogó a la sirvienta de los Flynn, que dormía en la habitación que se hallaba justo encima de la de Suzanne, y ésta recordó que había oído un ruido en el piso de abajo, justo después de las 00:30 horas.



La escena del crimen

La señora Degnan recordó haber oído la voz de su hija y también a los perros del vecino de arriba ladrando poco después de meterse en la cama, pero al no oír nada más se había quedado dormida. James Degnan grabó varios mensajes que se leyeron en la radio, en los que pedía a los secuestradores que cuidaran de su hijita y que la abrigaran bien. Prometía que iba a intentar reunir el dinero, aunque no poseía una gran fortuna. Los basureros de Chicago escarbaron en la hojarasca de la parte trasera de la casa de los Degnan en busca de alguna pista que pudiera ayudarles a dar con el secuestrador.



Los basureros en el jardín de los Degnan

Cerca de cien policías, bajo el mando de Walter Storms, el jefe de detectives de Chicago, rastrearon toda la zona, desde la casa de los Degnan hasta las calles adyacentes, en busca de alguna pista. Storms tenía el presentimiento de que Suzanne estaba muerta y pensaba que probablemente se habían deshecho del cadáver dejándolo por los alrededores.


A las 17:00 horas ya había oscurecido, cuando los detectives Lee O'Rourke y Harry Benoit advirtieron que la tapa de la alcantarilla de una calle diagonal al 5943 de Kenmore Avenue había sido levantada. Tiraron de la tapa e iluminaron el interior con las linternas. Una cabeza rubia cercenada, con los cabellos aún sujetos con el mismo lazo azul que llevaba en la cama, se agitaba en la viscosa oscuridad. Al mismo tiempo que sacaban la cabeza cortada de Suzanne, se podía oír en la radio de un coche aparcado cerca de allí la voz implorante de su padre pidiendo a los secuestradores que cuidaran de su hijita.



El hallazgo de la cabeza

La policía centró la búsqueda en las alcantarillas y a las 09:45 horas encontraron la pierna izquierda. A las 10:20 desenterraron una bolsa en la que se hallaba la pierna derecha, cuidadosamente envuelta. Poco después encontraron las dos partes del torso de la niña. Pasarían seis semanas para que hallaran los brazos.



El hallazgo de los trozos





El análisis del estómago reveló que la pequeña había muerto alrededor de la 01:00. Los detalles del crimen sacudieron a toda la ciudad, acostumbrada a la violencia y en la que el asesinato era algo que estaba a la orden del día. Los padres reaccionaron poniendo barricadas en sus casas, y las perreras se quedaron vacías al lanzarse la gente a comprar perros con el fin de proteger a sus hijos y sus hogares. Los periódicos y el Ayuntamiento ofrecieron recompensas de 41.000 dólares por la captura del asesino de la pequeña Suzanne Degnan.



Mapa del trayecto de Heirens

El alcalde de la ciudad, Edward Kelly, puso a trabajar a mil policías más en el cuerpo; y se encargó a setenta y cinco detectives la tarea exclusiva de trabajar en el caso. La policía llegó a la conclusión de que era alguien del lugar, ya que conocía las alcantarillas, y que se trataba de un trabajador, tras examinar la nota del rescate. Las partículas de carbón que encontraron en el cabello de la niña los llevó a registrar los sótanos de los alrededores.



El funeral de Suzanne Degnan

El 8 de enero, un detective encontró rastros de sangre en una de las tinas del 5901 de Winthrop Avenue. En el tubo de desagüe había restos de carne humana y cabello rubio. También hallaron pequeñas manchas de sangre en un armario forzado y, al retirar las veinte toneladas de carbón que se habían entregado esa misma mañana, encontraron manchas de sangre en el fondo de la carbonera.



La policía en la lavandería donde Suzanne fue descuartizada

La policía interrogó a los inquilinos del edificio. Varios de ellos habían oído correr el agua y otro tipo de ruidos entre las 02:30 y las 03:30 horas del día en que había tenido lugar el asesinato. El portero del edificio, Héctor Verburgh, de sesenta y cinco años, fue arrestado. Lo soltaron poco después, pero lo habían sometido a un interrogatorio tan severo que, tras acusar a la policía de arresto ilegal y brutalidad, se le indemnizó con 20.000 dólares.



El arresto de Héctor Verburgh

Los periódicos no hacían más que especular con la identidad del asesino. Incluso uno de ellos parecía convencido de que James Degnan había descuartizado a su propia hija, pero la policía continuaba buscando pruebas más sólidas. Enviaron la nota del rescate a los laboratorios del FBI de Washington y allí encontraron la huella de un meñique izquierdo y parte de la huella de la palma de una mano. Pero no correspondían con ninguna de las huellas que tenían en sus archivos criminales; Heirens había sufrido condena siendo menor de edad, así que no le habían tomado las huellas.



Las huellas digitales

El tiempo pasaba y las investigaciones no avanzaban. En marzo, la reunión diaria que sostenían los oficiales para discutir el avance de las investigaciones se vio reducida a dos veces por semana y luego a una. Habían interrogado a ochocientas personas, comparado la escritura de siete mil sospechosos con la de la nota del rescate, investigado cuatro confesiones que luego resultaron ser falsas y habían recibido cinco mil cartas relativas al caso, tres mil de las cuales les animaban a seguir con las investigaciones. Mientras los detectives seguían trabajando intensamente en el caso, Heirens solía llevar siempre una pistola consigo, incluso en el campus universitario; fue arrestado el 30 de abril de 1946 por llevar un arma no registrada escondida, una pistola del calibre.22. Lo pusieron en libertad cuando explicó que regresaba a casa tranquilamente después de realizar unas prácticas de tiro, y mintió diciendo que nunca había tenido ningún problema con la policía. Nadie lo relacionó con el asesinato; creyeron en las explicaciones que dio y lo soltaron.


Hacia finales del mes de junio de 1946, todavía había treinta detectives trabajando exclusivamente en el caso Degnan. La investigación ya había costado 150.000 dólares, y sin embargo, no parecía conducir a ninguna parte. Todas las víctimas de Heirens eran mujeres, pero no había ninguna otra semejanza entre ellas: no se sabe si alguna vez algún hombre lo sorprendió robando y entonces se limitó a huir, o si asesinó a las tres víctimas porque ellas hicieron ruido y dio la casualidad de que las tres eran mujeres.


Los métodos que empleó en cada asesinato fueron distintos: a Josephine Ross la apuñaló hasta morir, a Frances Brown la disparó y a Suzanne Degnan la estranguló y descuartizó. Está claro que Heirens no se proponía asesinar, y las distintas formas de matar parecen sugerir que no había planeado ninguno de los crímenes.


El 25 de junio de 1946, un ex presidiario llamado Richard Russell Thomas confesó haber asesinado a Suzanne. En ese momento se hallaba en su ciudad natal, Phoenix, Arizona, a la espera de que se celebrara el juicio. Cuando los detectives de Chicago fueron a interrogarlo, llegaron a la conclusión de que la confesión era falsa. Thomas lo había hecho con la esperanza de que le llevaran a Illinois, donde podría luego retractarse y ser puesto en libertad. De esta forma habría evitado los cargos que pendían en su contra en Arizona, cargos por los que más tarde fue sentenciado a diecisiete años de prisión.



Richard Russell Thomas

Mientras la investigación sobre el asesinato de Suzanne Degnan seguía su curso, Heirens continuó robando allí donde podía y siempre que se sentía impulsado a ello, aunque no volvió a cometer más crímenes. En mayo, Bill Heirens y Joe Costello su amigo y vecino en Snell Hall, se trasladaron a una habitación mucho más grande en Gates Hall. Sin embargo, el hecho de compartir la habitación no le impidió a Heirens seguir robando. Justo antes de las 18:00 horas del 26 de junio de 1946, cuando comenzaba a atardecer, entró en los departamentos Wayne Manor, un bloque de viviendas que se hallaba en su zona favorita, al norte de Chicago. Recorrió los pasillos buscando una puerta abierta y encontró una en el tercer piso, donde la señora Pera se hallaba cocinando. Acababa de regresar de la calle con su bebé después de haber pasado el día en el lago, y se le había olvidado cerrar la puerta al entrar. El vecino de enfrente, Richard O'Gorman, vio a un extraño rondando por el piso. Su mujer salió a comprobar si todo iba bien, y se dio de bruces con Heirens cuando éste salía. La señora O'Gorman gritó pidiendo socorro y el extraño empezó a correr hacia las escaleras. Su marido salió detrás de él mientras ella llamaba al vestíbulo para hablar con el encargado de los departamentos, el señor Dick, quien a su vez llamó a la policía y envió al portero, Francis Hanley, a investigar qué ocurría.



La habitación de Heirens en Gates Hall

Cuando éste abrió la puerta que daba acceso al vestíbulo, se dio de bruces con un joven de aspecto salvaje que bajaba corriendo las escaleras. Heirens sacó una pistola del bolsillo trasero del pantalón y apuntó con ella al portero, mientras le gritaba: “¡Déjame salir o te meto una bala en los intestinos, te lo juro!” Hanley se hizo a un lado prudentemente, y luego, junto a O'Gorman, salió detrás del ladrón cuando éste atravesaba corriendo el vestíbulo hacia la puerta de salida. Un policía, Abner Cunningham, que se dirigía a su casa después de disfrutar de un día libre en el lago con su familia, los vio salir. Vestido únicamente con un bañador y una camiseta, alcanzó a Hanley, quien le dijo que estaban persiguiendo a un hombre armado. Cunningham se pasaba la mayor parte del tiempo vigilando el tráfico en el centro de la ciudad. Era un hombre hogareño que vivía justo a una manzana de los departamentos Wayne Manar, en la zona del Rogers Park, con su mujer y dos niños pequeños, Abner y Martha. Tenía treinta y siete años y era grueso y de baja estatura; no parecía el típico hombre de acción que demostró ser. Heirens había cruzado corriendo la calle, luego giró en la esquina y se metió en una callejuela estrecha entre dos casas. Allí saltó una valla y se introdujo en el jardín trasero del número 1320 de Farwell Avenue; subió las escaleras de piedra que conducían a la puerta trasera del departamento del primer piso y llamó insistentemente a la puerta.







Abner Cunningham

Frances Willett, la esposa de un policía, salió a abrirle. El joven, sofocado y jadeante, le pidió un vaso de agua, diciéndole que se encontraba enfermo y que quería descansar un momento. La señora Willett le pidió que esperara afuera, en el balcón, y volvió dentro, cerrando la puerta con cuidado tras de sí. Abrió el grifo y dejó correr el agua mientras llamaba a la comisaría de policía. El sargento que atendió la llamada le dijo que intentara retener al hombre todo lo que pudiera hasta que llegara la patrulla. Llenó un vaso de agua y se lo tendió a Heirens, que se sentó temblando en una silla de mimbre. Frances Willett le dejó descansando y entró en la casa. Mientras, el policía Cunningham registraba los sótanos de Farwell Avenue en compañía de Hanley, y O'Gorman vigilaba la entrada al callejón por el que creían que había escapado el joven. Dos detectives, Tiffin P. Constant y William Owens, fueron los primeros en llegar en respuesta a la llamada de la señora Willett e inmediatamente se separaron para registrar el edificio. Constant oyó el grito de una mujer: “¡Está aquí arriba, en el porche trasero!”, y empezó a subir las escaleras. Heirens se levantó de su escondite detrás del balcón y apuntó con la pistola al detective, que se hallaba a pocos pasos de él. Apretó el gatillo dos veces, pero el arma no disparó. El policía, cogido por sorpresa, disparó tres tiros que fueron a parar al balcón. Heirens lanzó la pistola contra la cabeza de Constant, pero falló; entonces se tiró encima de él, haciéndolo rodar por el suelo. Al detective se le cayó su pistola y los dos hombres lucharon por hacerse con ella.



Abner Cunningham, Bill Owens y Tiffin Constant


Abner Cunningham oyó los tiros e inmediatamente pensó que los había disparado el joven al que perseguían. Así que subió corriendo las escaleras y se encontró a Constant forcejeando con el joven. Al subir había cogido un jarrón lleno de geranios marchitos con el que golpeó a Heirens en la cabeza tres veces, rompiendo el tiesto en pedazos. El detective gritó: “¡Ya basta!”, al ver al joven tendido en el suelo. Se lo llevaron, todavía inconsciente, al hospital Edgewater para que le curaran las heridas. Luego lo trasladaron al hospital de la cárcel, donde lo ataron a la cama.



El arresto de Heirens


En los bolsillos del detenido la policía encontró una cartera en la que guardaba el carnet de la Universidad y la dirección de la casa de sus padres, un billete de un dólar robado en el departamento de los Pera, dos cheques por 500 dólares y una carta mecanografiada firmada por “George M.”, que parecía sugerir que formaba parte de una banda de ladrones. Llevaron todas sus pertenencias a la comisaría de Rogers Park, en donde se le registró.



El capitán, Michael Ahem, recordaba el nombre de Heirens; él mismo se había encargado del caso, tres años antes, cuando el joven fue arrestado en el hotel Rogers Park. En la comisaría examinaron la pistola del detenido. No la habían usado desde hacía años, y al joven le habían fallado dos balas. Sin embargo, había otra bala en la recámara. Si Heirens hubiera apretado el gatillo por tercera vez, hubiera matado a Constant. Aunque no tenían ninguna orden, la policía registró la habitación que Heirens ocupaba en Gates Hall, donde encontraron dos maletas llenas de joyas y relojes, varias pistolas y 1.800 dólares en bonos de guerra. El valor total de todas las cosas robadas que había en la habitación ascendía a 80.000 dólares.



El hallazgo



Interrogaron a Joe Costello, pero la policía en seguida se dio cuenta de que no sabía nada en absoluto sobre las actividades de su amigo. Mientras tanto, en el hospital, Bill Heirens había recobrado el conocimiento una vez que le hubieron suturado las heridas, pero no parecía darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Mantenía los ojos cerrados o se quedaba mirando al vacío. No hablaba una palabra con nadie.



El arresto de Joe Costello

No quiso decirle nada ni a su padre, que había acudido junto a él tras ser informado en la fábrica de acero en la que trabajaba, ni a ninguno de los oficiales. Los doctores temían que se hubiera fracturado la cabeza y que su cerebro estuviera dañado, pero cuando le quisieron llevar a la sala de rayos X, se puso tan violento, dando golpes a diestro y siniestro y rasgando las sábanas de la cama, que se necesitó la ayuda de nueve celadores para dominarle.



Heirens con sus padres en el hospital

Heirens estaba bastante tranquilo cuando le tomaron las huellas, ya que había tenido mucho cuidado; incluso había lavado los restos desmembrados de su víctima. Pero, aun así, dejó la huella de la palma de la mano izquierda y de un dedo en la nota de rescate. Como una cuestión de rutina, le enviaron las huellas dactilares al sargento Thomas Laffey de la Oficina de Identificación de la policía.



Toma de huellas dactilares de Heirens

Laffey había pasado cinco o seis meses comparando la huella dactilar encontrada en la nota de rescate de Suzanne Degnan con más de siete mil huellas de los archivos, de modo que tenía el dibujo de esa huella perfectamente grabado en la memoria, y nada más verla reconoció la del dedo meñique izquierdo que le acababan de enviar. Lo comprobó varias veces, y a las 18:00 horas del 27 de junio llamó al jefe Storms para comunicarle lo que había encontrado. El joven que se hallaba bajo vigilancia policial en el hospital Bridewell saltó a las primeras páginas de todos los periódicos.



Thomas Laffey

La carta que encontraron en el bolsillo de Bill Heirens tenía la fecha del 17 de mayo. En un estilo vulgar, “George M.” escribió: “Siento que estés en la cárcel; menos mal que la policía no registró tu escondite. Si lo hubieran hecho probablemente yo también estaría tras las rejas”. También hablaba de otras personas que supuestamente tenían relación con el joven: “Howey, Johnny y Carl pronto saldrán del ejército con nuevas ideas. Si esto no sale, la banda podría disolverse”. La policía no se tomó esta carta en serio. Estaba claro que era producto de su fantasía. Si el pretendido “estilo de ladrones” no había sido suficiente para clasificar la carta de falsa, el hecho de que Heirens la hubiera llevado consigo durante más de cinco semanas lo vino a confirmar. Heirens formó parte de una rueda de reconocimiento a fin de determinar si se trataba de la misma persona que un testigo había visto en una de las escenas del crimen.



Heirens en la rueda de reconocimiento



La participación de Abner Cunningham en la persecución y captura de Heirens le hizo ganar la considerable recompensa que se ofrecía por el asesino de Suzanne Degnan. Quizá fue mejor para Heirens que el policía no conociera su verdadera identidad, porque de lo contrario tal vez la persecución hubiera tomado un giro más violento. Más tarde, Cunningham trabajó como fiscal y como agente de Bolsa. Por su parte, Tiffin Constant conocía muy bien lo que era el peligro. Trabajó durante mucho tiempo como detective en Chicago, y estando en la Marina durante la guerra recibió una mención honorífica por su valentía cuando persiguió a un prisionero que se había fugado; a pesar de que resultó malherido, logró atrapar al fugitivo. Por el valeroso acto obtuvo un ascenso y se alabó el gran dominio de sí mismo de que había hecho gala. Las semejanzas entre este hecho y la captura de Heirens se acentuaron cuando, tras la pelea que mantuvieron, se le volvieron a abrir las viejas heridas. Lo compensaron con una participación del dinero de la recompensa. Mientras tanto, un telegrama puso punto final a la búsqueda, al confirmar que Heirens era el asesino.



El telegrama

A petición del fiscal del Estado, William Tuohy, Bill Heirens fue trasladado a una habitación individual del hospital y puesto bajo vigilancia policial. Tuohy se había hecho cargo del Caso Degnan desde el día de la desaparición de la niña, cuando la señora Flynn lo llamó. Heirens accedió finalmente a que le hicieran varias placas de rayos X, que demostraron que no tenía ninguna fractura en la cabeza. Dos neurólogos, William Haines y Frances Gerty, lo examinaron y llegaron a la conclusión de que su insensibilidad era fingida. Para demostrarlo, Gerty le sugirió al fiscal que se le administrara al paciente pentotal sódico, “el suero de la verdad”. Tuohy sabía que lo que Heirens dijera bajo la influencia de la droga no podría ser utilizado en un tribunal, pero estuvo de acuerdo en que se llevara a cabo el experimento a fin de descubrir si el detenido estaba fingiendo.



William Tuohy

El 29 de junio, a las 18:00 horas, el doctor Haines y el doctor Roy Grinker, un experto en la utilización del pentotal sódico, pusieron una inyección a Heirens, mientras que Tuohy y Storms contemplaban la escena tras una pantalla. El doctor Grinker empezó a hacerle preguntas y al ver que Heirens le contestaba de forma coherente, cosa que no había hecho desde el arresto, le preguntó directamente: “¿Mataste a Suzanne Degnan?” Heirens respondió: “George la descuartizó”. Los psiquiatras necesitaban saber si Heirens tenía una personalidad escindida; es decir, si era un esquizofrénico. Un diagnóstico de este tipo podía modificar sustancialmente la naturaleza legal de las acciones.



Heirens bajo interrogatorio



Heirens unas veces decía que había conocido a “George M.” en Gibault, y otras, que los presentaron después de ver su película favorita, Doctor JekyIl y Mr. Hyde. Era una manera de hacer a otro responsable de las cosas que él mismo había hecho, y con cuyo recuerdo no podía vivir. A lo largo de todo el interrogatorio Heirens mantuvo que “George”, el supuesto autor de la carta que encontraron en su bolsillo cuando lo arrestaron, era el responsable de la muerte de Suzanne. También dijo que había intentado reformarle: “George es un mal tipo. Yo intenté cambiarle y que fuera una buena persona. Quería que fuera a la iglesia”. Contó que había vuelto a verle tras regresar a Chicago.




Describió a George como a un chico de veintidós años, más alto y delgado que él, y con el pelo liso. “George” se hizo real para William Heirens: “No puedo señalar con el dedo ni quién es ni dónde está, pero para mí es tan real como si estuviera aquí mismo”. No podía hablar de sus sentimientos con nadie más que no fuera George, con el que solía discutir a menudo; podía escuchar su voz como un eco en la cabeza. Le escribía notas e incluso George le contestaba.


A pesar de las reiteradas veces que declaró que “el otro” había cometido los crímenes, Heirens no era, en términos médicos, un esquizofrénico. Los policías veían a “George” como una estratagema que el acusado empleaba para intentar desviar la atención hacia otro lado. Para ese instante, los medios ya lo habían bautizado como “El Asesino del Lápiz Labial” (“The Lipstick Killer”).



Los titulares

Al día siguiente, Heirens dejó de fingir que se hallaba semiinconsciente y aceptó someterse a un detector de mentiras. Pero una vez que lo ataron a la máquina se negó a contestar a ninguna pregunta. Ese mismo día preguntó por el capitán Ahern, y dijo que a él se lo contaría todo, ya que se había portado muy bien con él cuando lo arrestaron siendo aún menor de edad. Ahern se reunió con William Tuohy, con el ayudante de éste, William Crowley, y con una taquígrafa, y Bill Heirens habló con ellos durante cinco horas. Comenzó contándoles dónde podrían encontrar una bolsa con 7.335 dólares en bonos robados, luego siguió diciendo que no había querido hablar para no descubrir a George (cuyo apellido dijo que era Murman), ya que éste había dejado las cosas robadas en su cuarto. Insistió en que él no tenía nada que ver con el secuestro de Suzanne Degnan; y cuando le dijeron que habían encontrado sus huellas dactilares en la nota del rescate, lo explicó diciendo que George le había cogido papel de una de las agendas que tenía en su cuarto. George tenía la culpa de todo. Los medios de comunicación aseguraron que “Murman” significaba "Murder Man", “Asesino”.


Antes de marcharse, le entregaron papel y lápiz, y le pidieron que escribiera la nota del rescate, dictándosela de memoria dos veces, y luego palabra por palabra, una vez que consiguieron una copia de la oficina del fiscal. Las tres veces Heirens escribió: “Waite” y “safty”, en vez de “wait” y “safety”, como en la nota original. Cuando le señalaron esta coincidencia, Heirens, enfadado, dijo que estaban intentando confundirle. A pesar de que no creían que George existiera fuera de la imaginación de Heirens, lo cierto es que la policía tuvo que tomarse en serio la posibilidad de que fuera un sujeto real. Pero tras hacer varias investigaciones, se confirmó que tal persona no existía. Mientras tanto, las pruebas contra Heirens se iban amontonando. Las huellas encontradas en la jamba de la puerta del departamento de Frances Brown eran las suyas. Le tomaron las huellas de las palmas de las manos y eran las mismas que habían encontrado en la nota del rescate. Expertos en balística relacionaron la pistola que encontraron en su habitación con el asesinato de Marion Galdwell, un caso aún no resuelto, mientras que un testigo lo identificó como al hombre que había visto llevando una bolsa de la compra la noche en que murió Suzanne Degnan. Un experto en grafología, Herbert Walter, examinó la nota del rescate, el mensaje escrito con barra de labios en la pared del departamento de Frances Brown, y la fecha y firma de la carta de “George”, y llegó a la conclusión de que todas tenían la misma letra: la de Heirens.


Heirens aprendió a controlar sus emociones, pero no sus desordenadas pasiones. Los psiquiatras que examinaron a William Heirens creían que estaba en su sano juicio, pero que sufría de histeria; es decir, de un grave e intenso conflicto emocional que sólo podría expresarse a través de la violencia. Al principio sólo quería robar. El informe psiquiátrico que se le hizo después del arresto decía que robaba “porque lo encontraba divertido y excitante”, y aunque luego no le sacaba mucho partido a las cosas que sustraía, ya que las guardaba o las tiraba directamente, le seguía pareciendo muy excitante. Más tarde no le bastó con entrar a robar en las casas. Aunque, según el propio Heirens, cada asesinato que cometía respondía al hecho de evitar ser descubierto, lo cierto es que el que llevara armas y cuchillos consigo sugiere que la violencia había entrado a formar parte del juego. Refiriéndose a los tres asesinatos, contó que sentía una sensación de “despertarse” después de lo ocurrido, de darse cuenta de que había cometido un asesinato sin poder recordar los detalles de cómo lo había llevado a cabo. Cuando le preguntaron qué le parecía más repugnante, si el sexo, el robo o el asesinato, contestó que “el sexo y el asesinato”, luego le volvieron a preguntar si el sexo era peor que el asesinato, contestó que no, aunque asintió con la cabeza. Parecía bastante significativo el hecho de que las experiencias sexuales que había tenido sólo lo habían hecho llorar y sentirse mal, mientras que, por el contrario, tras descuartizar a Suzanne Degnan, sintió grandes deseos de comer.


El informe psiquiátrico señalaba que “el joven es increíblemente egocéntrico. A pesar de sus continuos fracasos por autocontrolar su conducta criminal, no siente miedo ni falta de confianza en sí mismo”. Leía a filósofos como Nietzsche, Schopenhauer y Spinoza, y en su habitación tenía fotos de Adolf Hitler, Hermann Goering, Josef Goebbels y otros líderes nazis. Declaró que de niño nunca lo habían maltratado, aunque su madre le pegaba con un cepillo. Su padre, un hombre de carácter débil, nunca lo golpeaba, y era su madre la que gobernaba la casa. A ella le obsesionaban la limpieza y el orden, y no le gustaban las manifestaciones de tipo afectivo. Continuó diciendo que en su casa sentía claustrofobia (la mayoría de los hogares donde había vivido eran pequeños), y con respecto a las necesidades que sentía se expresaba en los mismos términos: “Me sentía mareado y necesitaba salir. Me sentía como si las paredes me presionaran. Nunca me gustó quedarme en casa”. La represión que sentía en su hogar no le dejaba dar salida al miedo y la ira. Este autocontrol era una respuesta simbólica a la represión del miedo y la ira que venía impuesta por un profundo sentimiento de hallarse solo y de no ser amado. Se hallaba atrapado en un círculo familiar vicioso; sentía que si dejaba expresar su ira, o incluso alguna otra emoción, perdería el amor de sus padres, lo que le haría sentirse culpable. La culpabilidad se convertiría luego en resentimiento, y ese resentimiento se expresaría en una ira aún mayor, que por consiguiente tenía que reprimir. Era una bomba a punto de estallar.



Heirens tras las rejas


Cuando le preguntaron por qué robaba ropa interior femenina, contestó simplemente que le gustaban mucho esas prendas. La policía encontró en el ático de la casa de su abuela una caja que contenía más de cuarenta pares de medias de seda que él había escondido allí hacía muchos años. Aunque Heirens era incapaz de explicar sus deseos sexuales a los psiquiatras, parecía que hacía un esfuerzo por entenderlo y analizarlo él mismo. Uno de los libros que encontraron en su habitación de la Universidad después del arresto era el libro de Richard von Krafft-Ebing, Psychopathia Sexualis. Cuando los psiquiatras que lo examinaban le preguntaron acerca de este libro, les dijo que sentía un gran interés por estudiar el tema del sexo en general, y por el sadomasoquismo, la flagelación y el fetichismo en particular. En el libro que Lucy Freeman escribió sobre Heirens, Antes de que vuelva a matar, la autora sugiere que el origen de la obsesión adolescente de Bill puede hallarse en el complejo de Edipo; tal vez el muchacho había asociado con la ropa sus deseos incestuosos hacia su madre, o quizá se la ponía para atenuar su propia masculinidad. Su obsesión se fue haciendo cada vez más extrema, a medida que se iba haciendo mayor e intentaba mitigar sus frustrados deseos sexuales. El caso de Bill Heirens, que robaba para satisfacer su obsesión por la ropa interior femenina, no es inusual. Krafft-Ebing enumera varios casos similares. Lo que diferencia a Heirens es que al final, el mero hecho de entrar en las casas le proporcionaba un gran placer sexual.



En los tres asesinatos que cometió, el detonante fue el mismo. Una mujer en camisón lo sorprendía en un estado de excitación sexual, aunque Heirens dijo que “era el ruido que ellas hacían lo que verdaderamente me excitaba. Debía estar en un estado de tensión tal que el más pequeño ruido me hubiera exaltado”. El hecho de que sus víctimas fueran mujeres sugería que era su madre la que le inspiraba esa gran tensión y ese conflicto emocional. Él anhelaba su amor y odiaba la forma que ella tenía de negárselo. Se sentía culpable por querer llamar su atención y por desear su amor, y al mismo tiempo odiaba que ella lo hiciera sentirse culpable por ello. Esta tensión emocional también tenía un carácter sexual; los asesinatos comenzaron cuando fisiológicamente estuvo desarrollado y tras haber pasado un año en un colegio de chicos. Además, sentía la urgente necesidad de hacer algo por sí mismo, de ser independiente y de lograr destacar por sus notas en el colegio, como un modo de justificarse a sí mismo. Cuando una mujer le impedía aliviar la tensión que le embargaba, mediante el robo, la asesinaba.



El 9 de julio, Heirens fue acusado de veintidós robos, cuatro asaltos con intento de asesinato y tres asesinatos, y se fijó el juicio para comienzos de septiembre. La fianza se estimó en 270.000 dólares y Heirens permaneció en prisión. A pesar de que Bill decía ser inocente, su familia no le creía y ayudaron a persuadir a su hijo de que confesara los crímenes, con la esperanza de que de este modo le conmutaran la pena de muerte por una sentencia a cadena perpetua. John Coghlan era uno de los abogados defensores. Incluso los hombres de leyes más avezados encontraban macabros algunos detalles del caso. Los abogados de su familia, Roland Towle y Alvin Hansen, se pusieron en contacto con tres abogados criminalistas, bajo la dirección de John Coghlan. En un primer encuentro, Heirens le confesó a éste que tenía algo que ver con el asesinato de Degnan, pero no le dijo nada más. Sin embargo, pocos días después, Heirens le confesó a John Coghlan voluntariamente que él era el autor de los tres asesinatos. El abogado le aconsejó que repitiera esta confesión ante sus padres, y Heirens así lo hizo.



Coghlan tenía que verse antes del juicio con el abogado de la acusación, William Crowley, y descubrió que éste estaba plenamente convencido de la culpabilidad de su defendido y que además tenía pruebas más que suficientes para demostrarlo. Los psiquiatras a los que consultó la defensa dijeron que Heirens, aunque era un joven evidentemente anormal, no podía ser tachado de loco. Así que no le quedó más remedio que decirles a los padres que la única manera de salvarle la vida a su hijo era persuadirle de que colaborara con la acusación y de que se declarara culpable. Heirens hizo una confesión en la que admitía todos los cargos que se le imputaban, y en la que intentó recordar todos los detalles de cómo había llevado a cabo los crímenes, así como el móvil sexual que lo incitaba a robar.


John Coghlan preparó una declaración a partir de esta confesión, y el 26 de julio Heirens y sus padres la firmaron. Con esta confesión, Coghlan intentó llegar a un acuerdo con el fiscal Tuohy; si Heirens se confesaba culpable recibiría tres condenas a cadena perpetua en lugar de enviarle a la silla eléctrica. Acordaron que el acusado haría una confesión formal en la oficina del fiscal el 30 de julio. Se invitó a la prensa, así como a las figuras más destacadas que tuvieron relación con el caso. Sin embargo, cuando Heirens entró en la oficina, contestó: “No me acuerdo” a todas las preguntas que le hicieron. A pesar de que había mantenido una larga conversación con sus padres y sus abogados, se negó a cooperar y lo llevaron de vuelta a la cárcel.



Los padres de Heirens durante el juicio


Por lo que respecta a Tuohy, creía que Heirens encontraba “un sádico deleite en desconcertar a los oficiales encargados de hacer cumplir la ley”, y afirmó que ya no habría más tratos. Ese mismo día, poco más tarde, un trabajador del metro entregó el cuchillo que el asesino había utilizado para descuartizar a Suzanne Degnan. Lo había encontrado en la vía al día siguiente del crimen, pero fue más tarde cuando se dio cuenta de la importancia que tenía. El cuchillo lo había robado Heirens junto con dos pistolas que encontraron en su habitación. Con esto, las acusaciones en contra suya se hicieron aún más firmes. De nuevo Coghlan intentó llegar a un acuerdo para salvar la vida de su cliente. El único trato que el fiscal estaba dispuesto a discutir era el de que Heirens recibiera tres condenas a cadena perpetua, una por cada asesinato. Esto garantizaba que, a pesar del buen comportamiento que pudiera tener en prisión, el condenado permanecería en la cárcel para el resto de su vida. Coghlan aceptó.



Heirens y su padre

El 6 de agosto, Heirens hizo una confesión formal a la policía. Varios oficiales lo acompañaron a cada uno de los escenarios de los crímenes, donde, ante las miradas de cientos de curiosos y de enfurecidos ciudadanos que se congregaban, Heirens recordó los crímenes, explicando cómo había logrado entrar y cómo habían cambiado esos departamentos desde que estuviera allí. También los condujo a un sótano en el que había escondido otras nueve maletas con objetos robados, aunque continuó insistiendo en que había sido George, y no él, el que lo había hecho. Sin embargo, finalmente aceptó los hechos. Incluso los detectives más duros se quedaron estupefactos cuando Heirens admitió que había escrito la nota del rescate después de haber matado a Suzanne Degnan. Explicó su frialdad diciendo que no había tenido intención de secuestrar a nadie; y una vez que se dio cuenta de que había matado a la niña, sólo le preocupó ocultar lo que había hecho. Y escribió la nota. Matizó que no quería el dinero, lo había pedido para que pareciera que la nota del rescate era auténtica. Según él, sólo pretendía ocultar a la familia que Suzanne estaba muerta. Deseaba que mantuvieran las esperanzas, una amabilidad sin duda muy perversa.



Heirens en la escena del crimen, durante la reconstrucción de hechos



Bill Heirens se acostumbró a la idea de pasar el resto de su vida en prisión; mientras speraba el inicio de su proceso, comía bien, seguía los deportes por la radio y leía cómics, la Biblia y la revista National Geographic. Otros tres psiquiatras se entrevistaron con él durante tres semanas, y aunque llegaron a la conclusión de que no estaba loco, dijeron que era “inestable, imprevisible y con tendencia a la violencia”. También remarcaron su insensibilidad al dolor. El juicio comenzó el 4 de septiembre en el Tribunal de lo Criminal del Condado de Cook, en South California Avenue, presidido por el juez Harold Ward, del Tribunal de lo Criminal de Chicago. Heirens admitió su culpabilidad por los cargos de robo y asesinato. Esa noche, trató de colgarse en su celda, coincidiendo con un cambio de turno de los guardias de la prisión. Fue descubierto antes de morir. Más tarde dijo que la desesperación lo llevó a intentar el suicidio: “Todo el mundo creía que yo era culpable. Si yo no estuviera con vida, sentí que podía evitar ser juzgado culpable por la ley y por lo tanto obtener alguna victoria. Pero no tuve éxito, ni siquiera en eso. Yo ni siquiera tuve un juicio”.



El juez Harold Ward

En dos días se presentaron todas las acusaciones, las huellas dactilares y las pruebas grafológicas, y se leyeron las confesiones. El acusado se declaró culpable de todos los cargos. Cuando el juez Ward le preguntó si tenía algo que decir antes de ser sentenciado, Bill Heirens contestó: “Siento mucho lo que he hecho. Todavía estoy desconcertado por todo lo que ha pasado, pero parece que al final todo ha salido bien”. Heirens recibió cuatro condenas a cadena perpetua y fue enviado a la penitenciaría del Estado de Illinois, en Joliet. La sentencia pareció aliviarle; todavía creía que lo iban a ejecutar, a pesar del trato al que había llegado su abogado.







El juicio



Heirens dijo más tarde: "Yo confesé para salvar mi vida". Los padres de Heirens se separaron poco después de que su hijo fuera a prisión. A pesar de ello se mantuvieron unidos para ayudar a William, aunque sus problemas maritales eran anteriores a lo sucedido con su hijo mayor. Ambos cambiaron de nombre y se volvieron a casar con otras personas.



William Heirens permaneció desde 1975 en una prisión de mínima seguridad. Continuó diciendo que era inocente de los cargos de asesinato y que sus confesiones fueron falsas, ya que las idearon a partir de las noticias que los periódicos habían publicado sobre el caso y que las preguntas estaban amañadas para hacerlo parecer culpable. Aseveraba que la prensa lo condenó antes de que lo juzgaran.



Según Heirens, la policía lo había llevado al Hospital Bridewell, que estaba al lado de la cárcel del condado de Cook. Afirmó que había sido interrogado durante todo el tiempo durante seis días consecutivos, golpeado por la policía y que no se le permitió comer o beber, ni ver a sus padres durante cuatro días.  También, según su versión, se le negó la oportunidad para hablar con un abogado durante seis días.


Intentó que le concedieran la libertad condicional en veintinueve ocasiones, y también se creó un comité con este fin. Sus partidarios hacían hincapié en su conducta ejemplar en prisión y en el hecho de que en 1972 se graduó en la Universidad, lo que según ellos era una prueba de que era un hombre nuevo y que ya no se le podía considerar como a un peligroso criminal, como si el estudio y la delincuencia se excluyeran mutuamente.



Heirens el día de su graduación

La hermana de Suzanne Degnan, Betty Finn, y su hermano James, que nacieron después de la muerte de la pequeña, nunca creyeron que Heirens se hubiera reformado y ambos lideraron un grupo de oposición a que se le concediera la libertad. Mientras tanto, el criminal fue profesor ayudante de los prisioneros de Statesville. Aprendió varios oficios, incluyendo electrónica y reparación de radios y televisiones, y en un momento tenía su propio taller de reparación.



Heirens como profesor en la prisión

A Heirens se le concedió libertad condicional por el asesinato de Suzanne Degnan en 1965, y en 1966 fue dado de alta en ese caso para comenzar a cumplir su segunda condena a cadena perpetua. Aunque no fue liberado, las políticas de libertad condicional hicieron que se le considerase rehabilitado por las autoridades de la prisión; el caso Degnan ya no podía legalmente ser presentado como una razón para negarle la libertad condicional.



Heirens como pintor

Sobre la base de los reglamentos de 1946, Heirens debería haber sido absuelto del asesinato de Brown en 1975 y de todos los cargos restantes en 1983. Pero, obviamente, no sucedió así. En 1975 fue trasladado al Vienna Correctional Center en Viena, Illinois, y luego en 1998 a la prisión de mínima seguridad Dixon Correctional Center en Dixon, Illinois.


Residió en la sala del hospital. Sufría de diabetes, tenía siempre hinchadas las piernas y fue perdiendo la vista, por lo que tenía que utilizar una silla de ruedas. En 2002, Lawrence C. Marshall presentó una petición en nombre de Heirens buscando clemencia. La apelación fue denegada.


El ex agente del FBI, Robert K. Ressler, se entrevistó con Heirens en prisión. Ressler describió así el encuentro: “Antes de que llegaran los fondos para el Proyecto de Investigación de la Personalidad Criminal, pero después de saber que todo iba a ser aprobado y financiado, decidí visitar a William Heirens, el asesino que me había interesado tanto cuando tenía nueve años. Como de costumbre, un colega mío y yo estábamos de viaje, impartiendo clases itinerantes en Saint Louis, y fuimos a verle a una cárcel en el sur de Illinois. Heirens llevaba más de treinta años encarcelado y ya tenía casi cincuenta años de edad. Le expliqué que sus crímenes me habían intrigado desde mi infancia y que, en cierto sentido, nos habíamos criado juntos en Chicago. Él tenía 17 años cuando yo tenía 9 y los ocho años que nos separaban parecían todavía menos ahora que antes. En el tiempo transcurrido entre los años cuarenta y los setenta había aprendido mucho sobre Heirens, el contenido sexual de sus asesinatos, la serie de robos fetiche que cometió antes, los numerosos intentos de asesinato y agresiones que le habían sido atribuidos con ciertas reservas, y su capacidad para mantener sus crímenes ocultos a su familia y amigos. Su primera línea de defensa había sido tan extraordinaria como sus crímenes: dijo que el culpable era otra persona, George Murman, con quien había convivido. Era mentira, porque había llevado a los investigadores a los lugares de los crímenes e hizo una reconstrucción de sus actos durante los asesinatos. Sólo cuando se le interrogó duramente acabó admitiendo que George Murman era una creación mental suya.



"Heirens no tenía realmente una personalidad múltiple, aunque sus problemas se habían iniciado y manifestado desde muy joven, volviéndose plenamente visibles en la adolescencia. Tenía fantasías sexuales y, cuando estaba solo en su habitación, pegaba fotos de líderes nazis en un álbum de recortes y las miraba mientras se ponía ropa interior femenina. Las fotos fueron descubiertas, así como todo un arsenal de pistolas y rifles, y este hecho, unido a su confesión de varios robos con allanamiento e incendios, hizo que le enviaran a un internado católico como alternativa al encarcelamiento. Allí terminó sus estudios en pocos años y mostró una conducta lo bastante buena como para ser readmitido en la sociedad, especialmente porque tenía tan buenas notas académicas que se podía saltar la mayoría de las asignaturas del primer curso en la Universidad de Chicago y hacer algunos estudios avanzados.



"Empezó a matar poco después de salir del internado y, mirando atrás, los asesinatos eran la continuación de los allanamientos y otros crímenes que había cometido al principio de su adolescencia. De hecho, también cometió muchos más robos con allanamiento entre un asesinato y otro. En realidad, Heirens no había sido juzgado nunca. Durante los preliminares, los psiquiatras dijeron a su abogado defensor que, aunque Heirens alegara que a veces se convertía en George Murman (¿Murderman?) y que no era responsable de sus actos, ningún jurado lo comprendería o creería y, si lo intentaba, sería condenado a muerte sin lugar a dudas.




Heirens tras años en la cárcel



"Las pruebas en su contra (huellas dactilares, escritos y su confesión) eran abrumadoras. La opción alternativa era declararse culpable y que los psiquiatras recomendaran una pena de prisión y tratamiento. Heirens aceptó el trato, se declaró culpable y fue sentenciado a cadena perpetua. Después de la condena, los padres de Heirens se divorciaron, cambiaron de nombre y empezaron a acusarse mutuamente de haber sido responsables de los crímenes de su hijo. En cuanto a Heirens mismo, fue un preso modelo. De hecho, fue el primer recluso del estado en obtener una licenciatura mientras estaba en la cárcel e incluso trabajó en un postgrado”.



Fechas clave (click en la imagen para ampliar)

“Yo estaba realmente preparado para la entrevista con el hombre cuya vida había seguido desde mi infancia, pero no salió tan bien como esperaba. Aunque Heirens respondió cuando vio que yo sabía mucho sobre él, ya no estaba dispuesto a admitir que había cometido los crímenes de los que antes se había declarado culpable.



"Había decidido que era la víctima de un montaje, por lo que ya no quería reconocer, como había hecho en los cuarenta tras su detención, que había asesinado a dos mujeres adultas que lo habían sorprendido durante un robo con allanamiento, o que había estrangulado y descuartizado a una niña de seis años. Yo recordaba especialmente que Heirens había reducido a Suzanne Degnan en su cama. Sólo entonces mató a la pequeña, la envolvió en una sábana, la bajó al sótano para descuartizarla y después, tranquilamente, se deshizo del cuerpo y volvió a su propio cuarto en el colegio mayor.




"El hombre era un monstruo y ahora negaba su culpabilidad. Heirens sí reconoció, no obstante, haber tenido algunos problemas sexuales y haber cometido los robos con allanamiento, de los que ahora se arrepentía como si fueran bromas de adolescente. Dijo que nunca había sido un peligro para la sociedad y que, en vista de los muchos años que había sido un preso modelo, tenía derecho a pasar el resto de su vida fuera de la cárcel. Aquella entrevista me decepcionó.




"No obstante, el tema en general, es decir, el intento de entrevistar a asesinos en serie convictos con el fin de obtener información útil para la policía, iba por buen camino y formaba ya parte de un programa establecido dentro del FBI y el Departamento de Justicia. Con el tiempo, llegaría a entrevistar personalmente a más de cien de los criminales violentos más peligrosos recluidos en las cárceles estadounidenses, formaría a otros investigadores para continuar la tarea y, con la información recogida, ampliaría significativamente los conocimientos sobre las pautas seguidas por los asesinos y sobre técnicas de detención de aquellas personas cuya mente produce dichas pautas.






"En su juventud, Bill Heirens había escrito con pintalabios en una pared: ‘Por Dios, atrápenme antes que vuelva a matar. No puedo controlarme’. Yo me dedicaría a entrevistar a asesinos en serie en un intento de hacer eso mismo”.


El 5 de marzo de 2012, William Heirens “El Asesino del Lápiz Labial” fue encontrado muerto en su celda del centro correccional de Dixon, siendo trasladado al Centro Médico de la Universidad de Illinois, donde se le declaró muerto oficialmente a las 20:45 horas, a la edad de 83 años.



La noticia de su muerte

Posiblemente, fue la persona que más tiempo estuvo privada de su libertad, tras haber pasado 65 años en prisión.




BIBLIOGRAFÍA:












FILMOGRAFÍA:



19 comentarios:

ladypunk17 dijo...

Los felicito!! Excelente como siempre!!
Saludos desde Argentina!!

Anónimo dijo...

Genial. Me encanta tu estilo de redacción, sabes resaltar cada detalle y documentas oportunamente las historias. LMVJ.

Anónimo dijo...

Hola, Escrito!
Recuerdo haber conocido este caso por el programa Índice de Maldad. Ahí trataban el asunto de manera diferente. Básicamente decía que Heirens fue condenado por una mezcla de amarillismo de los medios, brutalidad policial, la mala reputación que cargaba con sus robos anteriores, y la falta de otros sospechosos más acordes en la investigación. Hacían hincapié en la investigación paralela de Steve Hodel, un agente retirado, que había acusado... ¡a su propio padre!, el Sr. George Hodel, por los crímenes del Asesino del Lápiz Labial y nada más y nada menos que por la Dalia Negra. Me acuerdo que las pruebas que presentaba (deberían haber más, seguro, pero bueno, era un programa de 30 minutos), me resultaron bastaaaaaaaante convincentes, o al menos, merecedoras de repasarlas un tanto. Cierto es que, después de leer tu informe, tampoco se puede dudar mucho de la culpabilidad de Heirens... pero quizás es la imagen que me quedó del caso, la primera que conocí, la que me instaló la duda. Aún se me hace que hay más tela que cortar.
En fin, mi comentario venía a eso: que, si te parece relevante, en algún momento se podría agregar este matiz de la investigación.
Te felicito por la cantidad, calidad y dedicación que le metés a este blog. Nos veremos el próximo domingo, y gracias por el espacio.
Corina

Anónimo dijo...

Pobre me da lastima ya al ultimo era un viejo que queria sentir libertad pero por tonterias de su juventud se fue al carajo, creo que al momento de ser sorprendido y matar su excitacion era tan fuerte que se creia otro, yo se que se siente robar de chiquillo, es emocionante el peligro de que te llevas algo y mas si la otra persona se da cuenta que le falta algo, a mi se me quito cuando fui sorprendido con cosas que no eran mias por mis padres una severa regañada y me hicieron sentir tan culpable que fui a regresar las cosas, pero para colmo me acusaron peor las "victimas" alguien descubrio que traia las cosas robadas (y no sabian que las iba a regresar)y me fue como en feria fue muy traumante la verdad, le falto algo asi a este muchacho tal vez no hubiera llegado tan lejos. Aun espero que hagas una novela de este tipo autor de escritoconsangre seria genial. Saludos.

Anónimo dijo...

No me di a entender, una novela de crimen quise decir. Saludos. Excelente entrada.

Anónimo dijo...

Excelente como siempre escrito. Un placer leerte cada semana

Anónimo dijo...

Muy buen articulo

Alberto Ochoa

el gato dijo...

Un caso mas que escribes de una exelente forma ya que te atrapa y cautiva a seguir leyendo hasta el final. Estoy de acuerdo con el comentario anonimo que tal vez no hubiera sucedido nada de esto si los padres se hubieran dado cuenta de su comportamiento erratico , delictivo y trataran de corregirlo a tiempo.

el gato dijo...

Un caso mas que escribes de una exelente forma ya que te atrapa y cautiva a seguir leyendo hasta el final. Estoy de acuerdo con el comentario anonimo que tal vez no hubiera sucedido nada de esto si los padres se hubieran dado cuenta de su comportamiento erratico , delictivo y trataran de corregirlo a tiempo.

Anónimo dijo...

Como que el tipo se parecía a Liam Hemsworth ¿no?, me gustó mucho el caso.

Cristal Rivera dijo...

Anónimo: Tienes razón, si se parecía a Liam Hemsworth haciendo el papel de Gale en The Hunger Games jajaja.

Excelente caso como siempre

Anónimo dijo...

Que guapo!!!! maldita sea ¿por que hay mucho hombre guapo que son malos? :C me enamore jaja.

Anónimo dijo...

Hola llevo meses tratando de conseguir el libro, alguien me puede decir como comprarlo? Voy a la pagina donde se supone lo venden pero a la hora de confirmar la compra la pag no responde. Existe otra pagina para comprarlo? Espero alguien me conteste, muero por tener el libro..muchas gracias de antemano

paty

Escrito con Sangre dijo...

Hola, Paty.

Si estás en México, puedes comprar el libro impreso en las Librerías Educal, que hay en todo el país.

Si estás en la Ciudad de México, también lo venden en las librerías del Fondo de Cultura Económica (FCE).

O lo puedes adquirir por Internet en estos tres sitios:

https://www.kichink.com/buy/217472/editorial-instituto-literario-de-veracruz-s-c/monstruos-entre-nosotros-historia-y-tipologia-de-los-asesinos-carlos-manuel-cruz-meza#.U7hKLpR5OSp

http://www.educal.com.mx/0800-literatura/454344-monstruos-entre-nosotros-historia-y-tipologia-de-los-asesinos.html

http://www.fondodeculturaeconomica.com/Librerias/Catalogo.aspx?buscar=monstruos+entre+nosotros&cat=ofefep

¡Saludos!

Ampersand dijo...

Impresionante reseña que describe datos de un caso que sinceramente no conocía, pero leyendo con detenimiento me doy cuenta que este "amigo" era todo un reverendo desorden, que comenzó como una cleptomanía acelerada hasta que cruzó la línea sin retorno para terminar sus días desde adolescente hasta que murió sin ver o disfrutar de nuevo la libertad.
Coincido con varios de los comentarios que hubiera sido de muchísima ayuda que sus padres pusieran más atención a su comportamiento, habría sido rehabilitado o tratado adecuadamente, quien sabe ... un auténtico misterio la mente humana, casos como éste hacen reflexionar en ese tema .... Saludos !!!!!

Anónimo dijo...

Muchisimas gracias por las paginas ahora mismo realizare mi compra. vivo en huatusco veracruz, espero tener ya en mis manos el libro. Gracias de nuevo

paty

Anónimo dijo...

De verdad no sé que pensar, desde que leí tu blog sobre William Heirens he tenído una obsesión con el y me he sentido muy identificada, odio admitirlo anónimante tengo una fuerte necesidad por robar y siempre involucro a mis amistades, actualmente tengo 15 años y e intentado platicar con los demás de esto pero temo que me juzguen NECESITO AYUDA!

Daniel Cordero dijo...

Fue inocente de los homicidios que le imputaron, lo voy a probar !!!

Anónimo dijo...

Daniel Cordero,,, espero ver la inestigacion desde esa otra perspectiva...realmente es intrigante como una persona puede llegar a tal punto....