Louisa Merrifield: “La Envenenadora de Blackpool”


“Tengo que amortajar a la anciana. Solamente está enferma, pero por poco tiempo”.
Louisa Merrifield sobre su patrona


Louisa May Highway nació en 1906 en Wigan, Gran Manchester (Inglaterra). Fue una de las cinco hijas de un minero llamado Job Highway. Recibió una estricta educación metodista, pero al cumplir los quince años se unió al Ejército de Salvación. Su instrucción fue bastante pobre y siempre trabajó en empleos poco cualificados. En 1931, Louisa Highway se casó con un herrero, Joseph Ellison, y se establecieron en una casa próxima a Wigan, donde la pareja tuvo cuatro hijos: dos varones y dos niñas.



Wigan

Las duras restricciones del período de guerra no supusieron ningún sacrificio especial en la vida de Louisa. El desmoronamiento de las rutinarias costumbres sociales le proporcionó la oportunidad de abandonar sus responsabilidades. Su afición al alcohol y a las diversiones, y la consiguiente negligencia con respecto a sus hijos, provocaron que en 1945 las cuatro criaturas fueran arrancadas de su lado y trasladadas a un hogar municipal por las autoridades de la localidad. En 1946, Louisa Allison pasó ochenta y cuatro días en la cárcel, por estar en posesión de siete cartillas de racionamiento falsas.


Más tarde se le permitiría volver a hacerse cargo de la custodia de sus hijos, pero su sentido de la responsabilidad no parecía haber aumentado y en 1949, las dos niñas y el hijo más pequeño pasaron de nuevo a depender de las autoridades municipales. Al hijo mayor se le consideró lo suficientemente crecido como para enfrentarse al mundo por sus propios medios. No se sabe a ciencia cierta el papel desempeñado por el marido en todos estos dramas familiares, pero al parecer él no llegó a abandonarla nunca. En el invierno de 1949, Joseph Ellison falleció víctima de una enfermedad hepática. Durante sus visitas al hospital, Louisa trabó amistad con otro paciente, Alfred Edward Merrifield.



Alfred Merrifield

No guardó luto demasiado tiempo, porque en enero de 1950 se casó con uno de sus huéspedes, Richard Weston, un ex minero jubilado. En este caso, la ambición de Louisa Merrifield no parece desmedida: tan sólo quería sentirse a salvo y Weston le proporcionaba la seguridad de una pensión, “Un hombre tan guapo y encima con tanto dinero”, comentaría Louisa. A las diez semanas de la boda, el marido fallecía de un ataque al corazón y la pensión le fue inmediatamente retirada a la viuda. Esta se encontraba una vez más completamente desvalida; y de nuevo buscó refugio en un hombre mayor que ella, Alfred Merrifield, el viudo con diez hijos que había conocido en el hospital. Se casaron el 19 de agosto de 1950.



Louisa Merrifield

En tan sólo un año Louisa estuvo casada con tres hombres distintos, pero, como ella misma señalaba, no había tenido suerte. Alfred contaba con una pensión y cierta ayuda del Ministerio de Asuntos Sociales, pero esto difícilmente podía hacerlo un hombre rico. La pareja se vio obligada a trabajar para aumentar tan raquíticos ingresos. Se trasladaron de un sitio a otro, empleándose durante breves períodos como porteros o en el servicio doméstico.



Louisa trabajando como sirvienta


El matrimonio formado por Louisa, mujer charlatana de cuarenta y seis años, y Alfred, de setenta, pasaba tiempos muy difíciles. Después de establecerse en Blackpool, una de las poblaciones más ricas de la costa, vivieron en veinte sitios distintos; de todas las casas eran expulsados al poco tiempo a causa del temperamento y la estulticia de Louisa.







Blackpool

A principios de marzo de 1953, la señora Sarah Ricketts, una viuda solitaria de setenta y nueve años que vivía en Blackpool, puso un anuncio solicitando ayuda doméstica y ofreciendo a cambio, a quien le conviniera, alojamiento gratis en su propia casa. La señora Ricketts acabó contratando a los Merrifield.



Alfred y Louisa Merrifield

La pareja no perdió ni un solo minuto y el 12 de marzo se trasladó a vivir al pequeño chalet de tres habitaciones situado en Devonshire Road, en la Costa Norte. Tan sólo dos semanas después, el 24 de marzo, la señora Merrifield acudió al despacho del procurador de la localidad, quien, siguiendo instrucciones de la señora Ricketts, redactó un testamento por el que ésta dejaba sus bienes a la nueva ama de llaves. A partir de esta visita, Louisa comenzó a vivir en un mundo de mitomanía. No había hecho más que salir del despacho del procurador cuando se puso a comentar en público su buena suerte. Iba y venía por el barrio hablándole a todo el mundo de una muerte que aún no se había producido y del legado que recibiría en tal caso. “En la casa donde he estado viviendo, ha fallecido la anciana y me ha dejado su chalet, valorado en 3,000 libras”, le dijo a una amiga; y le contó sus planes de hipotecar la vivienda para comprar una clínica.


La realidad era que la señora Ricketts aún continuaba con vida y que no había firmado testamento alguno. Al parecer, quería hacer algunas modificaciones, porque la señora Merrifield volvió al despacho del procurador con nuevas instrucciones: ahora no era ella la única beneficiaria de las posesiones de Sarah Ricketts, sino que en el testamento se incluía también, y de forma conjunta, a su esposo, Alfred. La viuda firmó el documento el 31 de marzo y aquel mismo día, Louisa escribió a una señora con la que había trabajado antes para decirle que una anciana “le había dejado un pequeño y precioso chalet, y daba gracias a Dios por ello”. Luego comentó con otras dos personas que su señora había muerto y que ella heredaría la vivienda: una pequeña fortuna para alguien de su posición.



El chalet de Sarah Ricketts

Louisa estaba abrumada por su buena suerte y se lo contaba a todo el mundo. Y era tal su excitación que se imaginaba a la anciana muerta y a ella como feliz propietaria de la casa. Quizá fue incapaz de resistirse a la tentación de deslizar un veneno en la bebida de la señora Ricketts. Era anciana y no le quedaba mucho tiempo de vida. Además, ¿quién echaría de menos a aquella viuda solitaria? Aunque probablemente, Louisa Merrifield era tan necia que ni siquiera llegó a formularse tales razonamientos. Simplemente se le metió en la cabeza la idea del veneno y, sin pensarlo más, se lo puso en la bebida. Y probablemente Alfred Merrifield fue quien lavó el vaso con la esperanza de proteger a su pobre y tonta mujer.



Louisa en los días previos al asesinato

El 9 de abril, la señora Merrifield visitó al doctor Burton Yule, de Warbeck Hill Road, y le explicó que Sarah Ricketts podía morir de un infarto en cualquier momento. Le pidió que examinara a su señora, a quien él no conocía, con el fin de certificar que estaba en posesión de plenas facultades mentales cuando firmó el testamento: Louisa no quería tener “ningún problema con la familia” a causa de la herencia. Sin embargo, a la señora Ricketts le sorprendió mucho la visita del médico y le dijo que no quería que nadie la examinara. Cuando el 13 de abril el ama de llaves llamó al doctor para pagarle sus honorarios, éste la despachó con enojo y se negó a certificar nada, ni bueno ni malo, sobre la salud mental de su señora. A Louisa Merrifield, que era presa por entonces de una incontrolable excitación nerviosa, aquello no pareció preocuparle demasiado. Se paraba a hablar con extraños en las paradas de autobús; a otros los abordaba por la calle; y visitaba constantemente a sus amigos. A todos sin excepción les contaba lo mismo: que había heredado el chalet de Sarah Ricketts. El 12 de abril, la señora Merrifield le comentó a una amiga, Veronica King, que “tenía que amortajar a la anciana”. Esta se apresuró a preguntarle si su señora había muerto. “No, solamente está enferma, pero por poco tiempo”, fue la extraña respuesta.


El 13 de abril visitó al doctor Albert Wood, quien había atendido a Sarah Ricketts hacía tres años, para decirle que su señora “llevaba algún tiempo” gravemente enferma, y el médico prometió visitarla al día siguiente. “¿Y qué pasa si muere esta noche?”, preguntó la señora Merrifield. El doctor Wood cambió de planes y visitó a la paciente aquella misma noche, la encontró en perfecto estado de salud y regañó al ama de llaves por hacerle perder el tiempo. A las 14:00 horas del día siguiente, 14 de abril, el médico volvió a recibir una llamada urgente de Louisa Merrifield. Sarah Ricketts había muerto, pero el doctor se negó a firmar un certificado de defunción. Entonces Louisa llamó al doctor Yule, quien también se negó a ello y además avisó a la policía.







El matrimonio tomó posesión del chalet y Louisa no sintió ningún escrúpulo en comentar con la gente la suerte que había tenido. El ama de llaves visitó a una amiga y le dijo que en el chalet iba a haber más de un problema. Le pidió que le guardara un bolso con una serie de pólizas de seguro que no quería que viera su marido. Varios oficiales de policía se presentaron en la vivienda de la fallecida para trasladar el cadáver y someterlo a un examen post mortem. La señora Ricketts había muerto envenenada con fosfatos, un compuesto químico muy común en los raticidas. La policía empleó detectores de metales y cavó el jardín de la casa de la señora Ricketts para ver si encontraban algún bote de raticida. Cuando el ama de llaves les ofrecía amablemente una taza de té, ellos tenían la prudencia de rechazarla. Louisa aprovechaba para contarles lo feliz que se sentía por heredar el chalet.



Las investigaciones

El inspector Colin McDougal y el detective Nick Carler se ocuparon del Caso Ricketts y se enteraron de que Louisa había comentado sobre la muerte de su señora mucho antes de que ésta se produjera. Inmediatamente se detuvo e interrogó a los Merrifield. Louisa declaró ante el detective Colin McDougal que su señora era una empedernida bebedora de coñac. “Solía tomar huevos y brandy unas tres veces al día”, puntualizó. Alfred Merrifield comentó que, cuatro días antes de la muerte de Sarah Ricketts, su esposa le había dicho: “La señora no se encuentra bien. Creo que la debería ver un médico. No quisiera tener problemas si algo le pasa de repente, así que ve a avisarle a alguno”.



Colin McDougal y Nick Carter

Varios periodistas se acercaron a ella para hacerle preguntas. “¡Con qué atención me escuchan! Me encanta”, dijo. Tímidamente declaró al News of the World: “Creo que la señora Ricketts hizo testamento unos días antes, y nos dijo que podríamos seguir viviendo aquí”. Los detectives, mientras tanto, recogían otra serie de informaciones al enterarse de que la señora Louisa Merrifield había hablado del fallecimiento de Sarah Ricketts varias semanas antes de que la anciana muriera. La policía supo también que, el día antes de su muerte, la señora Ricketts comentó con George Forjan, un repartidor: “No sé qué están haciendo los Merrifield con mi dinero. Creo que deberían irse”. También le dijo que quería cambiar el testamento firmado en favor del matrimonio.



El arresto de Louisa Merrifield

Los detectives registraron el bolso del ama de llaves que, entre otras cosas, contenía una cuchara sucia e inmediatamente la mandaron analizar. La policía creía contar con pruebas suficientes para acusar a la charlatana empleada. El 30 de abril, Louisa Merrifield fue arrestada y acusada de asesinato. Al principio mantuvieron a su marido separado de ella, pero el 14 de mayo, en el transcurso de una audiencia, se le permitió visitarla en la celda del juzgado de Blackpool. Una vez dentro, él también fue arrestado y acusado de asesinato.



El arresto de Alfred Merrifield

El juicio contra los Merrifield se inició el lunes 20 de julio de 1953 en el juzgado de Manchester. Lo presidía el juez Glyn Jones. La señora Merrifield estaba convencida de salir absuelta; de hecho, nunca confesó el crimen. “Ya no volveré por aquí”, les dijo alegremente a sus compañeras de prisión. Su abogado, Jack Nahum, le aconsejó que no se mostrara arrogante ni desdeñosa al prestar declaración y le explicó que al jurado de un juicio por asesinato no le gustaba que se dirigieran a él “como si fuera el borracho de un bar”.



Glyn Jones

Durante varios días, una serie de testigos se dedicaron a describir sus conversaciones con la acusada y cómo ésta les había hablado de la muerte de Sarah Ricketts cuando la anciana aún estaba con vida. El jurado se formó la imagen de una mujer cuya avaricia era mayor que su inteligencia. Los testimonios de los médicos no hicieron más que fortalecer su opinión. Louisa Merrifield sólo los había llamado para asegurarse de que la víctima se hallaba en su sano juicio cuando firmó el testamento en favor del matrimonio. Era un dato más que significativo el que no avisara a un doctor la última noche antes del fallecimiento. La acusación recordó al tribunal que, poco después de manifestar su intención de modificar el testamento, Sarah Ricketts se puso enferma sin previo aviso y murió de forma repentina. Luego presentó las pruebas forenses. En la cuchara aparecida en el bolso del ama de llaves no se encontraron restos de fosfatos. Pero en el caso de que la cuchara se hubiera empleado para suministrar el veneno, tampoco quedaría resto alguno porque los fosfatos se evaporan al contacto con el aire.



Dos testigos de la acusación

Las pruebas acerca de que el veneno fuera efectivamente la causa de la muerte de Sarah Ricketts parecían contradictorias. El fiscal general, sir Lionel Heald, presentó un argumento bastante sinuoso. En la casa no habían encontrado ni un solo resto de fosfatos ni ninguna cuchara o envase que los hubiera contenido. “Si el veneno se hubiera ingerido accidentalmente o con intención de suicidarse, ¿qué interés tendrían los señores Merrifield en hacer desaparecer las pruebas? Sólo su culpabilidad podía inducirlos a no dejar ningún rastro”, puntualizó ante el jurado.



Louisa Merrifield durante el juicio

El doctor George Manning, autor de la autopsia, declaró que en su opinión la víctima había muerto a causa de una dosis de fosfatos administrada durante la tarde o la noche del 13 de abril. Por la defensa, el profesor J. M. Webster, director del laboratorio del Ministerio del Interior de Birmingham y profesor de Medicina forense y de Toxicología en la Universidad de Birmingham, declaró que la señora Ricketts falleció de muerte natural como consecuencia de una necrosis hepática. “¿Significa eso que, por una coincidencia, la anciana murió justo después de ingerir los fosfatos y que éstos no tuvieron tiempo de hacer efecto?”, preguntó el juez. “Efectivamente”, contestó el profesor. “¡Y también pudo haberla fulminado un rayo!”, respondió el fiscal general. La mayoría de los acusados de asesinato, al subir al estrado se encuentran en una situación desesperada; pero Louisa Merrifield parecía resuelta a demostrar que era tan avara, estúpida e hipócrita como pensaban los testigos. Desoyendo los consejos de su abogado, declaró que la acusación se basaba simplemente en un malicioso rumor. “Creo que no es más que envidia”, dijo ante el tribunal. “Están todos hasta el cuello de hipotecas”. La presunta asesina explicó lo de la cuchara escondida diciendo que, cuando iba de casa en casa, solía llevar la cubertería en el bolso. Sus comentarios acerca de su última señora resultaron bastante inexactos y llenos de sentimentalismo. “Creo que la señora Ricketts era completamente inmoral...  pero yo la quería mucho”.


Louisa no era consciente de la gravedad de la situación y, durante el traslado al juzgado, presumió de llevar puesta una blusa regalo de la víctima. Dos de los testigos de la acusación sospechaban que el ama de llaves se dedicaba a falsificar cheques con la supuesta firma de su patrona. La señora Merrifield declaró que la última noche de su grave enfermedad, fue ella quien la estuvo cuidando. Pero su relato comprendía todos los síntomas conocidos del envenenamiento por fosfatos: intensos dolores, sed e inconsciencia. “¿Tenía sed?”, preguntó el fiscal. “Sí, señor” “¿Y de dónde sacó el coñac?” “Estaba siempre mezclado encima de la mesa”. “¿Mezclado con qué?” “No lo sé”, contestó la acusada. “¿Y por qué dice usted que estaba mezclado?” “La señora Ricketts preparaba siempre la mesa antes de acostarse”, fue la respuesta. El interés tanto de Louisa como de Alfred por la enfermedad de su señora parecía bastante falso. Cuando se les preguntó por qué no avisaron a un médico, ella contestó que no le gustaba salir a la calle a tan altas horas de la noche; y él respondió que estaba demasiado cojo para andar tanto. Pero luego declaró que era capaz de llegar hasta la parada del autobús, aunque mediaba una distancia bastante más larga que la que le separaba de la casa del médico. Una vez en el estrado, Merrifield, que llevaba un aparato para sordos, no paró de bromear hasta que el juez le reprendió. El esposo de Louisa describió a la víctima como “una bebedora empedernida”.


A las 15:53 horas del viernes 31 de julio, undécimo día del juicio, el jurado, compuesto por doce miembros, se retiró a deliberar. A las 21:36 horas estaba de vuelta: les preguntaron si se habían puesto de acuerdo en cuanto al veredicto. “Lo estamos en parte”, contestó el portavoz. Los Merrifield se agarraron a la barandilla del banquillo de los acusados. El jurado encargado del Caso Merrifield no encontró concluyentes las pruebas presentadas por el forense en contra de la acusada; pero decidió que la ambición la había impulsado a matar a Sarah Ricketts y pronunció el veredicto. El jurado declaró a Louisa Merrifield culpable de asesinato, pero manifestó no haber logrado un consenso en cuanto a la inocencia o culpabilidad de su esposo. Alfred Merrifield sonreía abiertamente cuando sus guardianes lo bajaron del banquillo. Por unos momentos su mujer pareció derrumbarse, pero luego observó impávida cómo el juez se colocaba en la cabeza el birrete negro. “Ha sido usted condenada después de ser probado con absoluta evidencia el asesinato más cruel y despiadado que nunca he tenido entre manos”, declaró el juez. “Soy inocente, señor”, replicó ella. Luego se dictó la sentencia de muerte.







Louisa trasladada tras el veredicto

A Alfred se le permitió visitarla en la cárcel de Strangeways, pero él se negó a hablar con la prensa mientras la apelación de su esposa continuara pendiente. Louisa Merrifield era la clase de asesina que no podía esperar el perdón. El jueves 3 de septiembre su apelación fue desestimada y trece días después, en la celda de los condenados a muerte de la cárcel de Strangeways, le comunicaron que le habían negado el indulto.



La prisión de Strangeways

Louisa Merrifield contó con algunos simpatizantes. Renée Huggett y Paul Berry, autores del libro Las hijas de Caín, opinaban que se la debía haber acusado solamente de intento de asesinato; y que tenía derecho al indulto porque las causas del fallecimiento de la señora Ricketts no habían quedado suficientemente claras. Se rumoraba que existía una regla no escrita en el Ministerio del Interior, que estipulaba que los envenenadores siempre deberían ser colgados.



El patíbulo en el que se ejecutó a Louisa Merrifield

Louisa Merrifield fue atendida en sus últimas horas de vida por Lesley Gale, miembro del Ejército de Salvación. Pero cuando subió al cadalso, nadie había recibido de sus labios el consuelo de una confesión. Unas cuatrocientas personas se agolpaban frente a la prisión. Algunos hacían muestra de sus creencias y portaban pancartas avisando de las consecuencias del pecado; otros eran los habituales curiosos atraídos por el macabro momento.



La gente esperando la ejecución

La mañana del viernes 18 de septiembre de 1953 a las 09:00 horas, fue ahorcada por el célebre verdugo Albert Pierrepoint, asistido por Robert Stewart. Pierrepoint declararía que el ahorcamiento "estuvo muy bien. Mucho mejor de lo que imaginaba. Ella hasta se despidió de los oficiales que cuidan la celda de la muerte”.



El verdugo Albert Pierrepoint

Cientos de personas se congregaron frente a las puertas de la prisión para ver los avisos oficiales anunciando la muerte de la asesina. El fiscal general, sir Lionel Heald, decidió no ordenar una revisión del juicio contra Alfred Merrifield. Lo cual no supuso una absolución, de modo que la acusación de asesinato continuó archivada.



La gente leyendo el anuncio de la ejecución

Alfred Merrifield se estableció en el chalet donde murió la señora Ricketts y entabló una batalla legal con las hijas de ésta acerca del testamento. Según un acuerdo firmado en junio de 1956, recibió la sexta parte del valor de la vivienda a cambio de abandonar la propiedad. Falleció el 24 de junio de 1962.



BIBLIOGRAFÍA:



11 comentarios:

ladypunk17... dijo...

Me acordé de Yiya Murano.
Excelente, como siempre.
Saludos desde Argentina...

Lili J. dijo...

Según lo que he leído, por lo general los envenenadores son cínicos, descarados y sostienen su presunta inocencia hasta el final. :) :) Saludos. Lili.

Anónimo dijo...

Definitivamente a esta envenenadora, la avaricia le nublo hasta la inteligencia, escalofriante.

ladypunk17... dijo...

Yo no leí mucho de envenenadores, pero creo que es asi como dijeron en un comentario.
El otro día, veía la serie Mujeres Asesinas, (en la versión original, Argentina), justamente el capítulo que trata de los envenenamientos de Yiya Murano, y es así, hasta último momento sostuvo su inocencia, es más, al final del capítulo se puede ver a la verdadera Yiya Murano hablando de su supuesta inocencia.
Saludos desde Argentina...

Anónimo dijo...

Metete en su mente, te sientes invensible nadie te vio que le hechaste el veneno y aunque las pruebas digan que efectivamente la victima fue envenenada te sigues sintiendo como si nada, pero esta mujer estaba desquiciada le valia poco las consecuencias, abandono de sus hijos que le costaron 9 meses en sus entrañas poco le importo.

Anónimo dijo...

Me parece mucho la pena de muerte por un simple envenenamiento. hay personas que asesinan y ni siquiera van a la carcel...

Ampersand dijo...

Demasiado ambiciosa para matar, demasiado torpe para salirse con la suya .... no creo que sea demasiado que haya sido colgada para enmendar su error, pero el blog está repleto de asesinos que "colgaron los tenis anticipadamente" por tonterías, hay que darle una buena vuelta a los casos para ver que hay de todo: desde simples personas como la que ahora ECS nos relata hasta los pesos pesados: Dahmer, Gacy, Bundy, Kemper, Berdella, Chikatilo, etc.

Breve relato que ejemplifica los procedimientos de ejecución en el Reino Unido en la época de posguerra, una ejecución más a manos de Albert Pierrepoint, uno de los más celebres verdugos .... el trabajo es sucio, pero alguien tenía que hacerlo ..... Saludos !!!!

Anónimo dijo...

Ampersand creo te amooo xD!

Anónimo dijo...

Nunca pudieron demostrar que ella efectivamente la envenenó. Culpable de su propia avaricia! y de su boca floja. Y las hijas de la señora? como en muchos casos en nuestro país y en el mundo, los hijos abandonan a los padres, pero bien que reclamaron la herencia. Si las hijas hubiesen cuidado de su madre, otra historia hubiese sido. Saludos!

Cygnus dijo...

Creo que si hubiera sido un poco más lista, y con algo de suerte, se pudiera haber salvado de ser hallada culpable.

Anónimo dijo...

Vieja avara y ambiciosa ademas desnaturalizada nunca le importaron sus hijos pero bueno menos mal que fue capturada antes de que siguiera matando mas gente