Franz Müller: “El Asesino del Tren”


“Me atrevo a pensar que pocas veces se ha presentado ante un jurado una acusación compuesta de pruebas circunstanciales tan firme como ésta”.
Sir Robert Collier. Fiscal General


Franz Müller nació el 31 de octubre de 1840 en Alemania. Muy joven emigró con su familia a Inglaterra y se estableció en Londres. Había aprendido el oficio de armero en su país natal; pero al llegar a Inglaterra, en 1862, no logró encontrar un empleo en su profesión y se dedicó a la sastrería.



Franz Müller en su juventud

Los primeros asesinatos en un tren se registraron en Francia en 1860, con escasos meses de diferencia entre uno y otro. En un tren que recorría Alsacia, un médico del ejército ruso fue víctima de robo y asesinato. El principal sospechoso, un espía prusiano llamado Judd, fue arrestado, pero logró escapar; y poco más tarde, aquel mismo año, volvió a repetir un golpe parecido en iguales circunstancias. En el compartimento anegado en sangre de un tren que hacía el recorrido entre Troyes y París, hallaron el cadáver del juez Poinset, muerto de un disparo y de una horrible paliza. La cadena y el reloj, la cartera, su manta de viaje y el maletín habían desaparecido. Se sospechó que Judd logró escapar cuando el tren redujo la velocidad para recoger varias pacas de correo en NoisyleSec, justo en las afueras de París: nunca lograron capturarlo.


En Inglaterra, durante la época victoriana, los trenes iban a menudo abarrotados de gente. En el número de noviembre de 1862 del Cornhill Magazine, el célebre periodista y escritor William Makepeace Thackeray escribía lo siguiente: “¿Han entrado ustedes alguna vez en un vagón de primera clase, donde un caballero ya mayor descabeza tranquilamente una dulce siesta; lo han asesinado con todo cuidado, le han robado la billetera y, por último, se han apeado en la estación siguiente?" Con estas palabras incluidas en un cuento, Thackeray no hacía sino predecir, con increíble precisión, el primer asesinato cometido en los ferrocarriles británicos. En efecto, pasarían ni dos años cuando un anciano caballero sería víctima de un robo y un asesinato cometidos prácticamente con los mismos métodos descritos por el novelista.



Franz Müller

A pesar de tener sesenta y nueve años, Thomas Briggs aún continuaba trabajando como oficinista jefe de los banqueros Roberts and Co., de Lombard Street, en la City de Londres. Tanto sus empleados como el amplio círculo de amistades con que contaba, tenían de él una excelente opinión. Vivía con su hijo, tranquilamente, pero rodeado de comodidades, en Victoria Park, Hackney, y solía tomar el tren con frecuencia en Fenchurch Street.



Thomas Briggs

La noche del sábado 9 de julio de 1864, Thomas Briggs tomó el tren, sin saber que su destino lo esperaba a bordo. Cuando el tren llegó a la estación de Bow a las 20:01, varias personas vieron al señor Briggs con vida. Poco antes de las 22:00 horas, dos jóvenes empleados de la ciudad subían a un tren de la vía férrea del norte de Londres en la estación de Hackney. El tren había salido a las 21:50 de Fenchurch Street y ahora hacía sus habituales paradas en Bow y Hackney (conocido también como Victoria Park).



Los dos jóvenes encontraron vacío uno de los compartimentos de primera y se sentaron tranquilamente; en aquel momento, uno de ellos notó algo pegajoso en una mano. El vagón estaba alumbrado únicamente por el tenue parpadeo de unas luces de gas, aunque eran suficientes para comprobar con certeza que se trataba de sangre. Antes de que el tren remprendiera la marcha, ambos jóvenes se apresuraron a avisar al vigilante, quien acudió provisto de una linterna. La claridad de la luz les dejó ver cómo todo el compartimento, incluidas las ventanillas, se hallaba salpicado de sangre. De tan sólo una ojeada los hombres descubrieron un maletín negro, un bastón y un sombrero. Este último objeto sería el que iba a proporcionar una de las pistas fundamentales para la identificación del asesino.


Poco después encontraron a la víctima, que yacía inconsciente y golpeada en medio de la vía que enlazaba las estaciones de Bow y Hackney Wick. A la noche siguiente, el hombre fallecía sin haber recuperado la consciencia. Se trataba de Thomas Briggs, de sesenta y nueve años, y la casualidad quiso que fuera uno de los jefes de la misma firma bancaria de la ciudad donde trabajaban los dos jóvenes empleados que viajaban en el tren. El señor Briggs había pasado la velada cenando en Peckham con algunos familiares y regresaba a su casa, en Hackney, cuando fue víctima del ataque: después de robarle la cadena y el reloj de oro, lo arrojaron por la ventanilla del tren en marcha. El estado en que hallaron el compartimento sugería la existencia de una lucha encarnizada. Evidentemente, el anciano señor Briggs había peleado para salvar su vida. Durante el ataque, tanto él como el asaltante perdieron los sombreros. Y, con las prisas por bajarse del tren en Hackney Wick, el asesino confundió su propio sombrero con el de la víctima. En efecto: mientras que el del señor Briggs había desaparecido, en la escena del crimen encontraron un sombrero negro de piel de castor, propiedad del asaltante, que tenía un inconfundible forro de seda a rayas.


El original escenario escogido para el crimen un solitario vagón de tren despertó un enorme interés por parte de la prensa y del público en general. A pesar de los presagios de Thackeray, en Gran Bretaña jamás había sucedido nada semejante. El gobierno ofreció una recompensa de cien libras para quien descubriera al primer asesino de los ferrocarriles nacionales. Iniciativa rápidamente seguida por el banco del señor Briggs y por la compañía ferroviaria.


Dos días después del brutal asesinato, un hombre entraba en una tienda del número 55 de Cheapside propiedad de un joyero cuyo nombre era John Death: éste prefería que lo llamaran “Deeth” (“Death” en inglés quiere decir “Muerte”): pero el hecho de que el joyero tuviera un apellido tan llamativo y extravagante iba a resultar bastante significativo. El hombre exhibió ante el señor Death una cadena de reloj de oro, alegando que deseaba cambiarla por otra. Tras algún que otro regateo, acabaron cerrando el trato: John Death valoró la cadena en 3 libras y 15 chelines, y le entregó a cambio otra cadena de oro, de 3 libras y 10 chelines, y un anillo de 5 chelines.







Mientras tanto, la policía se dedicaba a recorrer pacientemente una joyería tras otra, con la esperanza de que el reloj y/o la cadena acabarían apareciendo. Y finalmente el señor Death les proporcionó una exacta descripción del tipo que le entregara la cadena, la cual fue identificada como propiedad del señor Briggs: se trataba de un hombre de “tez cetrina y rostro enjuto, de más de treinta años de edad, que parecía alemán, aunque hablaba inglés”.


Como broche de la transacción realizada, John Death metió la cadena y el anillo, entregados a cambio, en una cajita de cartón con su nombre y dirección en la tapa. A los pocos días un taxista londinense, Jonathan Matthews, puso en conocimiento de la policía que alguien le había regalado la cajita a su hija de diez años. Al taxista le chocó el extravagante nombre de Death, el cual había oído repetir en relación con el asesinato del tren. Matthews sabía además quién le había dado la cajita a la niña: se trataba de Franz Müller, un joven sastre alemán que había estado comprometido con su hija mayor.


Para más dicha, y probablemente teniendo en mente las trescientas libras de recompensa, Matthews también identificó el sombrero hallado en el compartimento del tren como propiedad de Müller. El taxista declaró ante la policía que él mismo le había comprado el sombrero a Müller en la tienda de un tal señor Walker, en Marylebone. Y le entregó al inspector William Tanner, el oficial a cargo de la investigación, una fotografía de Müller que éste le regaló a la hija de Matthews durante su noviazgo. John Death reconoció al hombre de la fotografía como el mismo que acudiera a su joyería con la cadena del reloj. El siempre servicial Jonathan Matthews proporcionó al inspector Tanner una decisiva información más: la dirección de Müller, quien se alojaba en casa de ciertos señores Blyth, de Park Terrace, en Bow. Seguramente fue al volver a casa de su trabajo en una sastrería del centro de la ciudad cuando tomó el tren de Fenchurch Street: la misma línea utilizada por el señor Briggs. La policía tenía, pues, la dirección de Müller, pero no al asesino.


El viernes 15 de julio, seis días después del crimen, éste salió de Inglaterra en el buque “Victoria” con destino a Estados Unidos. Franz Müller no había mantenido en secreto su proyecto de emigrar al Nuevo Mundo. Incluso llegó a comentar con los Blyth su deseo de iniciar una nueva vida tan sólo unas dos semanas antes del asesinato, concretando hasta el nombre del barco en el que pensaba viajar. La señora Blyth le mostró al inspector Tanner una breve carta escrita por Müller poco después de embarcar. No parecía la carta de un violento criminal capaz de golpear a un anciano con un bastón, sino la del joven e inofensivo extranjero de buenas costumbres que la señora Blyth le describió a la policía. “He tenido un montón de ocasiones de juzgar su carácter, puesto que solía comer con nosotros a menudo”, dijo. Su esposo, por su parte, señaló: “Era un hombre amable y muy humano. Nunca oí que se hubiera metido en líos o que se dedicara a asaltar a la gente”.



El “Victoria”

A pesar de la buena impresión que le causara al matrimonio, la policía estaba convencida de que Müller era su hombre. Este había vendido la cadena de un reloj propiedad del asesinado Thomas Briggs; el sombrero hallado en el vagón del tren pertenecía, evidentemente, a Müller Jonathan Matthews lo identificó como el que él mismo le comprara al novio de su hija; y se sabía que Müller solía utilizar normalmente la línea entre Fenchurch Street y Bow. Para entonces, el sospechoso llevaba varios días fuera de Inglaterra a bordo del “Victoria”. El inspector Tanner decidió que no había tiempo que perder, y el miércoles 20 de julio, él y el sargento George Clarke se embarcaron en Liverpool en el buque de vapor “City of Manchester”, un barco mucho más rápido, que se dirigía a Nueva York. Se llevaron con ellos al joyero Death y al taxista Matthews, junto con una orden de arresto para el presunto asesino. Esta cacería a través del Atlántico se adelantó a la del Caso Crippen, que ocurriría cuarenta y seis años más tarde. El “City of Manchester” disfrutó de una buena travesía y llegó a su destino veinte días antes que el “Victoria”, lo que dejaba a detectives y testigos un plazo de espera de unas tres semanas.



El “City of Manchester”

La prensa estadounidense se enteró del asunto y publicó historias sensacionalistas acerca de Müller. Esto excitó de tal modo los sentimientos del público que cuando el “Victoria” asomó en el horizonte, algunos neoyorquinos alquilaron un barco para recibir a gritos al recién llegado: “Müller, asesino, ¿qué tal estás?”, vociferaban. Müller fue arrestado tan pronto como los agentes pudieron abordar el “Victoria” en un pequeño bote y, después de obtener su extradición, regresó a Inglaterra bajo custodia a bordo del barco “Etna”, donde pasó la travesía leyendo dos novelas: Los papeles póstumo del Club Pickwick y David Copperfield. Entre el equipaje del sospechoso, el sargento Clarke encontró cosido a un trozo de cuero, un reloj de oro, que más tarde sería identificado como propiedad del señor Briggs.



El arresto y los descubrimientos

En el camarote hallaron también un sombrero, que había pertenecido al hombre asesinado; pero Müller había aplicado en él todos sus conocimientos de sastre con el fin de transformar su apariencia. Los sombreros de copa que estaban de moda en la década de 1860 eran considerablemente más altos que los contemporáneos, y se les conocía con el nombre de “sombreros chimenea”. Al parecer, estos sombreros tan altos no eran del gusto de Franz Müller, quien, en lugar de arriesgarse a que algún profesional se lo arreglara, intentó hacerlo él mismo, cortando parte de la copa y volviéndolo a coser lo mejor que pudo. Sin embargo, una vez de regreso en Londres, Daniel Dignance, el sombrerero encargado de proveer al señor Briggs durante años, lo identificó sin vacilar un momento. De hecho, era otro fabricante llamado Thom, a quien Dignance solía encargar algunos trabajos, quien lo había confeccionado; y Thom reconoció la inscripción que el sombrero llevaba en el interior como escrita de su propia mano. Pese a ello, el sombrero con la copa cortada de Franz Müller fue responsable del comienzo de una nueva moda en la Inglaterra victoriana.



El sombrero de copa

El 26 de septiembre, Müller asistió a la investigación del Juez de Instrucción sobre la muerte de Thomas Briggs y oyó al jurado pronunciar el veredicto de asesinato premeditado. Entonces lo trasladaron del Ayuntamiento de Hackney en Bow Street, donde fue juzgado sin ningún testimonio a su favor. Cuando le preguntaron si tenía algo que decir, el acusado fijó en el juez los ojos: unos ojos que un periodista estadounidense describió como “grises e inexpresivos”. “No, señor. No tengo nada que declarar”, contestó tranquilamente.



Documentos del juicio

El juicio contra Müller se inició en el Old Bailey el jueves 27 de octubre de 1864. Aunque las pruebas eran puramente circunstanciales, la acusación parecía sólidamente irrefutable. El Fiscal General, sir Robert Collier, abrió el caso en nombre de la Corona con un enérgico resumen de los hechos, sugiriendo que el señor Briggs había sido atacado, mientras dormitaba en una esquina del compartimento, con su propio bastón: “un arma contundente, grande, pesada y con puño en uno de sus extremos”. Müller, continuó, se vio asaltado por el repentino deseo de apoderarse de la cadena y del reloj de oro que asomaban bajo el chaleco de la víctima. Sir Robert insistió una y otra vez en el sombrero hallado en el compartimento y dijo al jurado: “Si son ustedes capaces de descubrir con absoluta certeza a la persona que llevaba ese sombrero aquella noche, habrán dado con el asesino; y la acusación se habrá probado casi con la misma evidencia que si alguien le hubiera visto hacerlo”.







Cronología (click en la imagen para ampliar)

El Fiscal General subrayó los distintos tanteos efectuados por Müller con varios prestamistas y joyeros, incluido John Death, por los que el acusado acabó obteniendo cuatro libras y cinco chelines para comprar su pasaje hacia Estados Unidos. Por último, existía también la prueba del sombrero aparecido entre el equipaje de Müller. "El señor Briggs fue víctima de robo y asesinato en un vagón de tren”, concluyó sir Robert. “El asesino le quita su reloj y su cadena, además del sombrero. Todos estos objetos han sido hallados en poder del acusado, quien miente acerca de cómo los consiguió, y es propietario del sombrero abandonado en el tren. Si los testigos consiguen probar los hechos, me atrevo a pensar que pocas veces se ha presentado ante un Jurado una acusación compuesta de pruebas circunstanciales tan firme como ésta”.



El fiscal Robert Collier

La señora Elizabeth Repsch, esposa de un sastre alemán que trabajaba con Müller, proporcionó un testimonio de vital importancia. Dos días después del asesinato, Müller le mostró la cadena que el joyero le entregara a cambio de la de Briggs contándole que “la había comprado en los muelles”. La señora Repsch también se dio cuenta de que Müller llevaba un sombrero distinto al que solía usar. Dijo que le había costado catorce chelines y seis peniques, e hizo notar al señor Repsch que más bien parecía un sombrero de una guinea. El antiguo sombrero de Müller negro y de piel de castor era el hallado en el vagón del tren. Ella recordaba perfectamente el inconfundible forro a rayas. También existían pruebas acerca de la situación económica del presunto asesino antes y después del asesinato. John Death describió el intercambio de cadenas, y alguien testificó que luego Müller empeñó la cadena más barata por una libra y diez chelines, importe que utilizó para recuperar un reloj empeñado en junio.



El juicio

El abogado de Müller era el Sargento (título concedido antiguamente a algunos abogados distinguidos) John Humffreys Parry. Este presentó un testigo que juró haber visto en la estación de Bow a dos o tres hombres en el compartimento de Briggs, uno de los cuales con toda seguridad no era Müller. Pero el jurado no pareció demasiado convencido. Y se mantuvo igualmente escéptico ante el intento de Parry de presentar la coartada de que Müller había pasado la noche del crimen intentando encontrar a su novia, Mary Ann Eldred. La joven pertenecía a lo que los victorianos llamaban “la clase poco afortunada” y vivía en un burdel de Camberwell. La dueña del local, la señora Elizabeth Jones, juró que Müller llegó en busca de Mary Ann a las 21:30 horas, lo que hacía imposible que sólo veinte minutos más tarde tomara un tren a Fenchurch Street. Pero la acusación trató mordazmente a la señora Jones, quien a su juicio “basaba su peligrosa y poco convincente coartada en la exactitud del reloj de un burdel”.



El abogado John Humffreys Parry

Müller mantuvo su inocencia durante todo el juicio de tres días en el Old Bailey. El juez pronunció sus conclusiones en contra del acusado y el jurado no tardó más que quince minutos en declararlo culpable. El juez era Baron Martin, quien se colocó sobre la cabeza un bonete negro para dictar sentencia de muerte contra el acusado. Pero la satisfacción con que los habituales usuarios de tren británicos acogieron el veredicto, chocó de frente con la consternación de los alemanes, que se sintieron ultrajados.



El juez pronuncia la sentencia de muerte

Algunos periódicos germanos acusaron a los perversos británicos de haber amañado las pruebas en contra de Müller, calificando su ejecución como una venganza por parte del Gobierno a causa de la anexión de Schleswig Holstein llevada a cabo por Prusia. La Sociedad Alemana presentó una solicitud ante el Ministerio del Interior. El rey Guillermo I de Prusia (y posteriormente el Kaiser de Alemania), enviaron mensajes personales a la Reina Victoria. Pero todo fue en vano. En un duro editorial, The Times recogió el resentimiento de toda la nación ante los intentos de injerencia de una potencia extranjera en el asunto: “La conducta del Rey de Prusia al solicitar para Franz Müller la suspensión de la sentencia, basándose en que las pruebas de la defensa no han sido escuchadas, es una muestra de la más ofensiva e insolente presunción”.



Los titulares

La ejecución del reo se realizó el 14 de noviembre de 1864, y atrajo a una inmensa multitud. Las desagradables escenas que se contemplaron en los alrededores de Newgate fueron ampliamente descritas por The Times y otros periódicos. Se dijo que finalmente Müller acabó confesando en el cadalso, pero los motivos del asesinato siguen siendo un misterio. ¿Por qué arriesgó su vida a cambio de un insignificante reloj y una cadena de oro? Quizás el juez estaba en lo cierto al sugerir que a Müller le preocupaba cómo reunir el dinero suficiente para viajar a Nueva York y que lo dominó la ambición al descubrir la cadena y el reloj de Thomas Briggs. Si fue así, el negocio no resultó precisamente un éxito. Los beneficios obtenidos por Müller con su delito ascendían tan sólo a treinta chelines que invirtió en su pasaje para el “Victoria”, que costaba cuatro libras. En el cadáver del señor Briggs la policía encontró cuatro soberanos de oro, una tabaquera de plata y un valioso anillo de diamantes. Todos estos objetos juntos sobrepasaban en mucho el valor de la cadena y el reloj de oro. Con este botín, Franz Müller podría haberse financiado el viaje. Antes de la ejecución Müller disfrutó de la celda para condenados a muerte de la prisión de Newgate. Un ministro luterano, el doctor Cappel, fue quien le asistió en su última noche.



La celda para condenados a muerte

Antes de que fueran abolidas las ejecuciones en público, las compañías de ferrocarriles más emprendedoras solían organizar excursiones en tren para contemplar las muertes de reos condenados, que se preveía atraerían a grandes masas. En 1849, por ejemplo, Gleeson Wilson fue ahorcado en Liverpool acusado del asesinato de los cuatro miembros de una misma familia; la policía calculó que al menos una quinta parte de las cien mil personas que asistieron a la ejecución llegaron en tren a la ciudad. Aquel mismo año, un grupo de jóvenes contrató un tren que les llevara desde Londres a Norwich para presenciar la ejecución de James Rush, un arrendatario que asesinó al propietario de su terreno. La policía local, sin embargo, obligó al tren a regresar a su lugar de origen para prevenir posibles disturbios. Franz Müller, el primer asesino que cometió un delito en un tren británico, fue ahorcado públicamente en Newgate durante la mañana del 14 de noviembre de 1864. El acontecimiento ofrecía todo el aspecto de una auténtica orgía romana, con las calles cercanas abarrotadas de gente dedicada a beber, fumar, reír y cantar, mientras se abría paso a empujones. Un reportero de The Times describió la escena, explicando cómo varios grupos de jóvenes merodeaban entre la multitud, molestando a los observadores más atildados, calándoles los sombreros hasta los ojos, atacándoles y robándoles: “Había veces en que las víctimas se defendían desesperadamente, pero en tan sólo unos minutos se encontraban rodeados por una violenta muchedumbre que se agitaba de aquí para allá en medio de un terrible alboroto”. La gente empezó a acudir al lugar por la noche y a las 08:00 horas, de acuerdo con los cálculos de la policía, eran unas 50,000 personas las que llenaban la zona que rodeaba el cadalso, mientras que varios millares más se apiñaban en las calles vecinas. “Dondequiera que se dirigiera la vista”, escribía el reportero de The Times, “siempre se veía la misma turbia monotonía de rostros, pálidos pero sucios, que parecían tambalearse a medida que aumentaba el caudal de aquella peligrosa muchedumbre”.



La ejecución

Otro testigo del acontecimiento, el periodista Frederick Wicks, lo describía así en una carta dirigida al The Sporting Times: “Tan lejos como se podía abarcar con la vista, hasta Ludgate Hill por un lado y por el otro hasta Holborn, toda la zona, a pesar de la amplitud, ofrecía una masa ininterrumpida de rostros humanos; un océano en ebullición de monstruosa brutalidad que se había ido formando a lo largo de toda la noche y que ahora la expectación había conseguido tranquilizar casi del todo. Las bocas de aquellos rostros, pálidos y mugrientos, se hallaban abiertas, y miles de ojos se volvían hacia donde yo me encontraba, con una atención aún más espantosa que los metódicos movimientos de Calcraft el verdugo, y la tranquila actitud de Müller”.







William Calcraft, el verdugo de Müller, ejerció dicha profesión desde 1829 hasta 1874. A pesar de los años de experiencia, no era precisamente un artista con la soga. Muchas de las víctimas sufrieron violentas convulsiones durante varios segundos después de ser ahorcadas. Al parecer, Franz Müller tuvo un final más rápido y misericordioso, lo cual probablemente desilusionó a la descontrolada multitud.


El contraste era increíble. El verdugo se afanaba primorosamente en su trabajo. Rodeó las piernas del reo con una correa y luego la abrochó; después le puso la soga alrededor del cuello e hizo un nudo corredizo justo debajo de la oreja izquierda; luego, un nudo en el otro extremo de la soga sobre un gancho de hierro que colgaba de una viga transversal del cadalso. Por último, cubrió la cabeza de la víctima hasta la altura de la barbilla con una especie de saco sucio y amarillento.



El verdugo William Calcraft

Cuando finalmente se apartó a un lado, comenzó la conversación, que tanta controversia levantó, entre el doctor Cappel y Müller: “El ministro permanecía junto al reo con los pies en el borde mismo de la trampilla. Yo estaba justo detrás de él, pero fuera del cadalso. La conversación discurría atropelladamente. Por parte del doctor Cappel era agitada y llena de ardor, pero Müller conservaba la misma expresión impasible que le caracterizara en todo momento. Calcraft, según pude darme cuenta, desapareció de la escena tan pronto como ambos empezaron a hablar; y recuerdo perfectamente a Cappel, inclinado hacia adelante y con las manos extendidas, como intentando sacar de Müller a la fuerza algunas palabras en el mismo instante en que la trampilla cedía y la víctima desaparecía. EI verdugo había cumplido con su trabajo a la perfección. Una fuerte convulsión y todo había acabado. Pero el doctor Cappel ya no estaba allí para verlo.



Los titulares sobre la ejecución


“Tan pronto como se recuperó de la sorpresa y el susto causados por la inesperada caída de la trampilla, se precipitó escaleras abajo con los brazos en alto y gritando: ‘¡Ha confesado; gracias a Dios ha confesado!’ Después de echar una ojeada a la multitud, convertida en un horrible tumulto que se agitaba de un lado para otro, salí detrás de Cappel y los periodistas nos apiñamos en torno a él en la sala del capellán mientras nos relataba la historia de las últimas palabras del reo”. El doctor Cappel contó que hasta los últimos segundos Franz Müller continuó declarándose inocente, pero que entonces dijo: “Ich habe es gethan” (“Yo lo hice”). Cappel fue el único que oyó aquellas palabras, y por eso se sugirió que, o bien no le entendió correctamente, o bien que a Müller no le dio tiempo a acabar la frase. Esta declaración dio lugar a una protesta pública a gran escala, pues el capellán se había excedido en su autoridad al romper el secreto de confesión.



Máscara funeraria de Müller

Franz Müller fue ahorcado junto a la cárcel de Newgate, demolida en 1902. Su sitio lo ocupa ahora el Tribunal Central Criminal, el Old Bailey. Las deplorables escenas protagonizadas por la muchedumbre durante la ejecución proporcionaron aún más argumentos en favor de la abolición de las ejecuciones públicas. El feniano (revolucionario irlandés) Michael Barrett fue la última víctima de una ejecución pública en Gran Bretaña cuando, el 26 de mayo de 1868, lo ahorcaron en Newgate. Aquel mismo año se aprobó la Ley de Enmienda de la Pena Capital, y desde entonces las ejecuciones se llevaron a cabo en privado, con la sola presencia de los funcionarios de la Corona y los periodistas autorizados al efecto.



La cárcel de Newgate

El asesinato de Thomas Briggs, cometido por Franz Müller en 1864, trajo consigo una inmediata disposición legal. Briggs había sido asesinado en un compartimiento cerrado que no tenía ningún corredor; cuando el tren comenzaba a andar, no había manera de salir hasta la próxima estación. La reacción del público resultó en el establecimiento del cable de comunicación en los trenes, que permitieron a los pasajeros ponerse en contacto con los miembros de la tripulación, requerido por el Reglamento de la Ley de Ferrocarriles de 1868. También dio lugar a la creación de vagones de ferrocarril que tenían corredores. Los nuevos diseños del carro tenían pasillos laterales que permitían a los pasajeros salir de sus compartimentos, mientras el tren estaba en movimiento. Los viejos compartimentos fueron modificados por algunas empresas para incluir mirillas circulares en las particiones; éstos fueron conocidos como "Luces de Müller", en honor al primer “Asesino del Tren” inglés.



HEMEROGRAFÍA:

Documentos del juicio (282 páginas)




BIBLIOGRAFÍA:






5 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente entrada y muy completa. Histórica también, de esas que reestructuran los sistemas. Gracias! Saludos! Francesca de Rimini (Argentina)

Kurupi Incubo dijo...

Muy interesante, un crimen histórico que nos hace ver como se toman medidas de seguridad tratando de proteger la vida de la gente.

Anónimo dijo...

Wow que cosas el morbo desde cuando vende jaja pobre aleman a lo mejor tenia doble personalidad, nunca sabremos sus verdaderos motivos a lo mejor y el banquero se le insinuo o le insulto y este se enardecio y de desquite se llevo el reloj. Excelente Escrito con Sangre, por cierto me gustan mucho los dibujos-fotografias. Saludos

Ampersand dijo...

Un caso que nos muestra como ejemplo las características de la época y sus repercusiones en los aspectos posteriores: desde las circunstancias del asesinato que dieron origen a nuevas medidas de seguridad, hasta el tema de las ejecuciones, que se hicieron en forma privada para evitar aglomeraciones y los respectivos inconvenientes.

Un asesino que fue ejecutado por una bicoca, pero siendo la ley imperante en la época, lo pasaron a formarle juicio y directo al cadalso para que nadie más lo intentase .... pero eso lejos de inhibir sólo es un sueño guajiro, hay quienes pierden la vida o son asesinados por mucho menos que tres libras ... Saludos !!!

Anónimo dijo...

Como siempre un interesante caso, histórico pero interesante, esperare ansiosa el siguiente, saludos