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Los Verdugos: Historia de los Ejecutores



“Nunca enterrador alguno conoció tan alto honor:
dar sepultura a quien era sepulturero mayor”
.
Joaquín Sabina


Los verdugos son ejecutores al servicio del Estado o de un dirigente político, religioso o social. Su trabajo consiste en aplicar las penas dictadas en contra de ciertos prisioneros. Estas son corporales y pueden incluir la tortura, la mutilación o la muerte.



También se les llama ajusticiadores. Los países que aún aplican las penas corporales y las sentencias de muerte, todavía utilizan verdugos.



Casi todas las culturas han requerido los servicios de un verdugo. Su figura se institucionalizó en Europa, donde inclusive se diseñó un atuendo destinado a proteger su identidad, consistente en trajes rojos o negros, capuchas, guantes y botas. El trabajo de verdugo generalmente era hereditario y hubo familias que durante varias generaciones ejercieron este oficio, cobrando sueldos fijos o recibiendo pagos según el número de ejecuciones. Los matrimonios a veces se celebraban entre familias de verdugos.



En la antigüedad clásica, los esclavos eran obligados a realizar las ejecuciones de los verdugos; y en las colonias romanas los legionarios eran los encargados de ajustar cuentas a los delincuentes que eran crucificados en su mayoría. En el Imperio romano los hombres responsables de los ajusticiamientos eran parte de gremios considerados deshonrosos.



A veces eran los familiares de la víctima o los testigos presenciales del crimen, si es que existía; pero también podían ser personas escogidas de forma arbitraria o por castigo. En ocasiones un criminal condenado a muerte tenía la tarea de matar a los que hasta ese momento habían sido sus compañeros de infortunio.



Los verdugos gozaban de privilegios: buenas pagas, un lugar destacado en la corte, un sitio reservado en los cementerios y la garantía de no ser castigados por delito alguno. En algunos países, los verdugos eran admirados y temidos; en otros, no podían convivir con las demás personas o tocar los alimentos en un mercado, teniendo que señalarlos con una vara.



Ocupaban el último lugar al entrar a una iglesia y debían pedir permiso para comer en un sitio público, el cual muchas veces era denegado por el dueño o los clientes; si alguien se negaba tenía que ir a otro lado, siempre llevando su propia jarra de cerveza, de la que nadie compartía ni una sola gota. Al recibir el dinero de un verdugo, las personas se santiguaban en tres ocasiones.



En las antiguas monarquías asiáticas, ejercía el oficio de verdugo uno de los principales dignatarios de la corte, dignificado con el título de “Gran Sacrificador”. Entre los israelitas, la sentencia de muerte se ejecutaba por todo el pueblo, por los acusadores y por los parientes del interfecto y aun a veces por los mismos jueces.



En algunos países de Alemania, la sentencia de muerte se ejecutaba por el más joven de la comunidad. En Hedien, por el último avecindado en la ciudad. En Franconia, por el último que se había casado. En otros sitios, eran designados como “Ejecutores de Altas Obras” los taberneros y carniceros.



En algunos lugares, los verdugos debían vivir fuera de las ciudades, además de que estaban desamparados por las leyes. Solamente podía entrar en la ciudad con un permiso especial y debían caminar tocando una campana para avisar a las personas sobre su presencia. De manera distinta al soldado, que es un asesino autorizado en tiempos de guerra, el verdugo por lo general es un asesino autorizado en tiempos de paz.



Los métodos de ejecución han sido muy diversos: la guillotina, el hacha, la cruz, el garrote vil, la horca, el fusilamiento, la silla eléctrica, la inyección letal, la cámara de gas y la lapidación han sido los más utilizados.



En la antigüedad, la espada del verdugo pertenecía a la comunidad y entre uso y uso, la espada se colgaba en algún edificio público como medida disuasoria. Y es que no sólo por su imponente aspecto amedrentaba, sino también por lo que en su afilada hoja advertía.



Algunos verdugos no soportaban una vida dedicada a la muerte, por lo que se refugiaban en el alcohol, sufrían depresiones o se suicidaban. Muchos de los hombres que los despreciaban públicamente, llegaban en secreto a los hogares de los verdugos para comprar toda clase de brebajes, polvos y remedios para el mal de amores.



Muchos recogían las gotas de semen al pie del patíbulo donde habían ahorcado a un reo; también buscaban allí raíces de mandrágora, una planta con supuestos poderes mágicos y raíz con forma de hombre.



Otras personas creían que la sangre de los decapitados tenía un poder sanador. Así que una gran cantidad de espectadores hacían todo lo posible por encontrarse en primera fila en los momentos de una ejecución, con la finalidad de ser salpicados aunque fuera un poco con la curativa sangre. Era tal la demanda que en algunos casos, después de la ejecución, se vendían cuencos llenos de sangre.



Había unos que deseaban obtener el pulgar del ladrón, pues creían que su hueso evitaba que el dinero se agotara, Para la misma finalidad servía un trozo de cuerda de ahorcado o una astilla del patíbulo. Incluso se creía que la espada de ejecución era de buena suerte.



En el siglo XVIII los verdugos ingleses vendían los cadáveres de sus víctimas a los médicos o estudiantes de medicina que querían hacer sus experiencias, cuando no eran los propios reos los que antes de morir negociaban sus despojos con los laboratorios anatómicos.



Una ley inglesa de 1752 concedía a la Compañía de Cirujanos el derecho de disponer de cuatro cadáveres de los ejecutados cada año. Los dientes y las muelas arrancados a los cadáveres colgantes de los ahorcados eran utilizados para hacer ungüentos milagrosos.



La lapidación es un medio de ejecución muy antiguo y es uno de los pocos ejemplos de ejecuciones colectivas legales. Consiste en que los asistentes lancen piedras contra el reo hasta matarlo.



Como una persona puede soportar golpes fuertes sin perder el conocimiento, la lapidación puede producir una muerte muy lenta. Esto provoca un mayor sufrimiento en el condenado, y por ese motivo es una forma de ejecución que se abandonó progresivamente a medida que se iban reconociendo los Derechos Humanos.



Actualmente, este procedimiento está localizado principalmente en países de África, Asia u Oriente Medio, donde se castiga a las personas que mantienen relaciones sexuales ilegales.



La ejecución por lapidación suele llevarse a cabo estando el reo tapado por completo con una tela (para no ver los efectos), enterrado hasta el cuello o atado de algún modo, mientras una multitud le tira piedras. Está extendido especialmente en países musulmanes de corte social fanático-radical de aplicación de la sharia, también denominado fundamentalismo islámico.



La crucifixión es otro método antiguo de ejecución, donde el condenado era atado o clavado en una cruz de madera o entre árboles o en una pared, y dejado allí hasta su muerte. Esta forma de ejecución fue ampliamente utilizada en la Roma Antigua y en culturas vecinas del mediterráneo; métodos similares fueron inventados por el Imperio persa. Antes de la crucifixión, los romanos acostumbraban a flagelar al reo.



Durante el trayecto hasta el lugar de ejecución, el condenado era obligado a cargar el travesaño en sus propios hombros (lo cual seguramente agravaba las heridas que ya habrían sufrido por la flagelación a que había sido sometido). El historiador romano Tácito documenta que la ciudad de Roma tenía un lugar específico para llevar a cabo las ejecuciones, un área especialmente destinada para la crucifixión, situado afuera de la puerta de Esquilino.



Una cruz completa pesa alrededor de 135 kilogramos, pero la viga transversal tenía un peso de entre 35 y 50 kilogramos. La persona muchas veces era atada al patíbulo por medio de cuerdas, pero el uso de clavos se documenta por varias fuentes, como en el caso de Flavio Josefo, quien sostiene que en la Gran Revuelta Judía en el año 70 “los soldados, enfurecidos, clavaban a los que eran capturados, uno tras otro, a las cruces”.



Algunos objetos, como los clavos que se utilizaban en las ejecuciones, eran vistos como amuletos. También las astillas de madera. En ocasiones al reo se le fijaba tan sólo a una estaca vertical, llamada en latín cruz simplex o palus. Esta era la construcción disponible más sencilla para torturar y matar a los criminales. Sin embargo, frecuentemente se utilizaban travesaños de madera atados en la parte superior del poste o estaca formando una T (crux commissa) o justo debajo de la parte superior, como la forma más familiar entre los cristianos (crux immissa).



Otras formas comunes eran en forma de X o de Y. Los escritos más antiguos describen la forma de la cruz en forma de la letra T (la letra griega tau) o compuesta de un poste (stipes o palus), con un travesaño (patibulum) sujetado por medio de una clavija en la parte superior. El tiempo necesario para alcanzar la muerte iba desde horas hasta varios días, dependiendo exactamente del método empleado, el estado de salud de la persona crucificada y circunstancias ambientales.



Una hipótesis establece que la causa de la muerte es la asfixia. Cuando todo el peso del cuerpo es soportado por los brazos estirados, el condenado tendría severos problemas para inhalar, debido a la hiperexpansión de los pulmones. El condenado tendría entonces que empujarse hacia los brazos para facilitar la respiración. En efecto, los verdugos encargados de la ejecución podían romper las piernas de los condenados, después de que estos estuvieran algún tiempo en la cruz, para agilizar la muerte. Una vez desprovistos del soporte de las piernas e imposibilitados a levantar su cuerpo, los condenados morían en cuestión de minutos.



Si la muerte no venía por hipoxia, podría venir por múltiples razones, como shock físico causado por los azotes que precedían la crucifixión, el mismo enclavamiento, deshidratación, cansancio extremo, etc. La crucifixión fue utilizada por los romanos hasta el año 337, después de que la religión cristiana fuera legalizada en el Imperio Romano en el 313, favorecida por el emperador Constantino, pero antes de que se convirtiera en la religión oficial del imperio.



El aplastamiento por elefante fue un método de ejecución común para aquellos que eran condenados a muerte en el Sur y Sudeste asiático, especialmente en La India, durante casi cuatro mil años. Los elefantes se utilizaban en este caso para aplastar, desmembrar o torturar a los cautivos en ejecuciones públicas. Se les llamaba “Elefantes Verdugos”. Esta utilización de los elefantes a menudo atrajo el interés de los viajeros europeos, que se horrorizaban con las escenas, y se recogió en numerosos diarios contemporáneos y relatos de viajes a Asia. La práctica fue suprimida por los imperios europeos que colonizaron la región en los siglos XVIII y XIX. Los romanos y los cartagineses también usaron este método en ocasiones, sobre todo para ejecuciones en masa, contra amotinados o ejércitos vencidos. En La Biblia se menciona (en el "Deuteronomio"), en la historia de José y en el "Libro de los Macabeos" al hablar acerca de los egipcios. En cambio en Oriente, el uso de los elefantes como verdugos estaba unido a su utilización como símbolo del poder real. A través del elefante se representaba el poder del rey, de forma que la ejecución por esta vía también era una forma de hacer saber al pueblo que el poder real se encargaba de dispensar la vida y la muerte. La inteligencia, domesticación y versatilidad de los paquidermos les daba ventajas considerables respecto a otros animales salvajes como leones y osos, también usados como medio de ejecución.



Lo más importante es que además estaban bajo el control constante de su conductor, lo que permitía garantizar un perdón de último minuto en el caso de querer mostrar piedad. Los elefantes podían entrenarse para matar rápidamente a la víctima simplemente aplastándole la cabeza o ejecutar a los prisioneros de muy variadas formas, prolongando la agonía hasta una muerte lenta mediante torturas. Los elefantes, guiados por su conductor, sabían dislocar miembros o romper huesos sin hacer lesiones mortales, por ello en ocasiones se les usaba para realizar ordalías, una especie de “Juicio de Dios”, donde el elefante jugaba con el reo, en ocasiones durante horas, y si este sobrevivía, era perdonado. La forma más común de ejecución era el aplastamiento del cuerpo o de la cabeza, pero también clavando los colmillos o poniéndoles cuchillas en los mismos. Otras veces sujetaba al reo con una pata al suelo y con la trompa le arrancaba los miembros uno a uno. También se ataba al condenado a una pata del animal y era arrastrado.



Una antigua historia describe una ejecución de este tipo: “El hombre era un esclavo y dos días antes había asesinado a su dueño, hermano de un jefe nativo llamado Ameer Sahib. Alrededor de las once fue traído el elefante, con sólo el conductor en su espalda, rodeado de nativos con bambúes en sus manos. El criminal fue colocado tres yardas detrás, en el suelo, sus piernas atadas por tres cuerdas, que a su vez estaban atadas a un anillo en la pata trasera derecha del animal. A cada paso que daba el animal le arrastraba hacia delante, y cada ocho o diez pasos le dislocaba algún miembro, que cuando el elefante había avanzado unas quinientas yardas estaban ya todos sueltos y rotos. El hombre, aunque cubierto de lodo, mostraba todos los signos de vida, y parecía estar pasando por el peor de los tormentos. Tras haber sido torturado de esta forma alrededor de una hora, se le llevó fuera de la ciudad, en donde el elefante, que está entrenado para este propósito, avanzó marcha atrás y puso su pata encima de la cabeza del criminal.



“Durante la dinastía nativa era una práctica habitual entrenar elefantes para dar muerte a los criminales aplastándoles, habiendo sido enseñadas estas criaturas a prolongar la agonía de los cautivos aplastándoles los miembros y evitando las partes más vitales de su cuerpo. Con el último rey tirano de Kandy, éste era el método de ejecución favorito, y dado que durante nuestro viaje uno de los elefantes ejecutores se encontraba en la antigua capital, estábamos ansiosos de probar la sagacidad y memoria del animal. El animal era moteado y de un tamaño enorme, y se encontraba de pie y silencioso con su cuidador sentado sobre su cuello. El noble que nos acompañaba pidió al hombre desmontara y que se pusiera de pie a su lado. El jefe entonces dio una orden a la criatura: ‘¡matar al miserable!’ El elefante levantó su trompa y la giró, como si estuviera agarrando a un humano; entonces empezó a hacer movimientos como si depositase al hombre delante de él, levantó despacio su pata delantera, colocándola alternativamente en los lugares en las que los miembros del condenado habrían estado. El elefante continuó haciéndolo durante unos minutos; luego, como si estuviese ya satisfecho de que los huesos estuvieran rotos, el elefante levantó su trompa sobre su cabeza y se quedó quieto; el jefe entonces le ordenó ‘terminar el trabajo’, y la criatura inmediatamente colocó un pie en donde habría estado el abdomen de la víctima y el otro sobre su cabeza, aparentemente usando todas su fuerza para aplastar y terminar con la miseria del condenado”.








Como caso curioso, un verdugo fue encargado de ejecutar a un elefante: el 11 de septiembre de 1916, en Kingsport, Tenessee (Estados Unidos), una elefanta del circo Sparks World Famous Shows llamada “Mary”, mató a Red Eldridge, empleado del circo en su primer día de trabajo, quien, borracho, se dedicó a maltratarla. Como venganza, la elefanta fue rebautizada como “Murderous Mary” (“Mary la Asesina”) y se le ejecutó el 13 de septiembre, ahorcándola con ayuda de una enorme grua. 2,500 personas asistieron al evento; se vendieron dulces y refrescos como si se tratase de una función. En el primer intento, la cadena se rompió y la elefanta cayó al suelo, aún viva. Cientos de niños que asistían a la ejecución comenzaron a gritar de terror. Varios hombres consiguieron domarla, volvieron a encadenarla del cuello y la colgaron por segunda ocasión. Mary tardó un largo rato en morir, mientras la cadena crujía y la grua amenazaba con volcarse. Las fotografías aparecieron en todos los periódicos del estado y el caso dio inicio a una larga polémica acerca del abuso contra los animales.



La ejecución de “Murderous Mary”


La hoguera es un método de ejecución muy viejo, que consiste en quemar vivo al condenado, con la ayuda de madera, paja o cualquier material combustible.



Dado el tiempo que tarda el condenado en morir, la hoguera se convierte en un método muy doloroso. Produce quemaduras de tercer grado y destruye los tejidos, calcinando en ocasiones hasta el hueso.



Esta forma está muy relacionada con ejecuciones por motivos religiosos, dada la idea de purificación que se le ha otorgado históricamente al fuego.



Los celtas utilizaban el fuego para hacer sacrificios humanos, así como muchos pueblos indígenas.



También la Santa Inquisición utilizó el fuego como forma de condenar la brujería o la herejía. Una de las ejecutadas por esta vía fue Juana de Arco.



No obstante, en numerosas ocasiones el reo o víctima de la hoguera no moría por las quemaduras, sino por la asfixia causada por el intenso humo producido por el fuego en la pira, al ser respirado continuamente.



La horca ha sido el instrumento de ejecución más usado en el mundo. El investigador Daniel Sueiro afirmó que "la facilidad elemental de su aplicación y su carácter siniestramente exhibicionista, favorecieron su extensión y práctica”. En sus comienzos, el ahorcamiento significaba estrangulación. En este sentido lo usaban los hebreos. Era el método más común, pero se aplicaba a los idólatras y a los blasfemos.



También fue uno de los procedimientos vigentes en la antigua Roma. En Grecia se aplicó un rudo procedimiento de ahorcamiento. Los germanos estrangulaban a sus desertores y traidores; fueron ellos quienes propagaron la horca por toda Europa, para hacerla símbolo común de la justicia de muchos países durante la Edad Media. Inglaterra fue el país de la horca por excelencia: este país eligió oficialmente la horca para extenderla por todo el mundo y para hacerla perdurar.



La pretensión de la horca de ser una técnica casi perfecta falló muchas veces, como así también los demás métodos. En el siglo XVIII, Davis Evans, siendo condenado a la horca, reclamó su libertad cuando la cuerda se rompió. El público gritaba: "¡Déjenlo! ¡Déjenlo!", mientras Evans le decía al verdugo: "Tú ya me has colgado y no tienes poder ni autoridad para colgarme de nuevo". Pero el verdugo le respondió: "Yo tengo la orden de colgarte por el cuello hasta que mueras, y eso es lo que haré". Y lo hizo.



En el año 1835 tuvo lugar el último ahorcamiento público en Nueva York y desde esa fecha todos los demás estados llevaron las ejecuciones oficiales al interior de las prisiones. En Inglaterra se ahorcó por última vez en público el 26 de mayo de 1868. La Comisión Real Inglesa que investigó las ventajas y los inconvenientes de la horca en relación con los demás sistemas de ejecución, concluyó que ese procedimiento era el mejor, "el método más seguro, no doloroso, simple y eficaz, no encontrándose otro mejor que pueda practicarse".



Según las prácticas inglesas, cuando una persona era sentenciada a muerte por ahorcamiento, el procedimiento era el siguiente: se fijaba la fecha de ejecución, siendo ésta estipulada durante las tres semanas siguientes. En caso de que el acusado apelara su sentencia, la fecha se posponía para quince días después de este acto. Durante ese tiempo, el acusado permanecía en una celda apartada de los demás prisioneros, exclusivamente destinada a los condenados a muerte. Era vigilado día y noche; sólo mantenía contacto con el director de la cárcel y el médico, que lo visitaban regularmente, y con el capellán, quien podía verlo cuantas veces lo requiriera el reo. Un poco antes del momento de ejecución, el verdugo, los oficiales y el director se reunían y se dirigen a la celda. Al momento de entrar el verdugo, el reo debía estar de espaldas a la puerta; junto a él estaba el capellán, mientras así lo deseara el condenado. El tiempo transcurrido desde que el verdugo entra a la celda, en busca del reo, hasta la ejecución, se fue reduciendo hasta llegar a unos diez segundos. Luego se izaba una bandera negra, mientras sonaba una campana, lo que significaba que todo se había consumado.



En España se utilizó hasta 1822, cuando fue reemplazada por el garrote; aunque después de esas fechas se siguió ahorcando en ambos países. Desde 1813 se aplicó en los Países Bajos, aunque el juez tenía desde el principio la facultad de elegir entre este sistema y la decapitación por medio de la espada. De 1824 a 1870, fecha de la abolición de la pena de muerte en los Países Bajos, la horca fue el único medio de ejecución legal. En Alemania, donde siempre se aplicó la decapitación, fue introducida la horca en virtud de la llamada Ley Lubre, el 20 de marzo de 1933, como método para los casos considerados por el Estado Nazi como graves atentados contra la seguridad del Estado.



En 1930 se aplicaba la horca en diecisiete estados de Estados Unidos. Actualmente se aplica en sólo seis estados: Idaho, Kansas, Montana, New Hampshire, Utah (donde el condenado podía decidir entre la horca y el fusilamiento, como lo hizo el asesino múltiple Gary Gilmore) y Washington. Yugoslavia renunció a la horca en 1950 para aplicar el fusilameinto (1975).



En Sudáfrica se ejecuta la mitad de todas las penas de muerte que se imponen hoy en el mundo y cada tres días se cuelga a un hombre, casi siempre de raza negra. En el año 1968 fueron ahorcadas en la república sudafricana ciento dieciocho personas.



La decapitación es uno de los más antiguos sistemas de ejecución. De la pérdida de la cabeza como última pena le viene precisamente al género el nombre de “pena capital”. Su función única era la eliminación de la víctima.



Generalmente los métodos de ejecución incluían, antes de darle la muerte al reo, un doloroso tormento; pero cabe destacar que no es cierto que los decapitados no fueran sometidos anteriormente a torturas, y que, por otro lado, como en el caso de la guillotina, una cabeza decapitada con un corte rápido y certero, conserva la conciencia un par de segundos mientras rueda en el suelo o cae al cesto.



La decapitación con la espada fue una distracción pública en la Europa Central y Nórdica y se realizaba con un corte horizontal; en cambio, el hacha era más común en la Europa Mediterránea.



También se aplicó en Inglaterra, casi como un símbolo (antes de implantarse la horca), lo mismo en Suecia y Dinamarca; mientras que la espada se utilizó en Alemania, Francia, Holanda y sobre todo en China, Persia y Japón.



Era importante el aprendizaje y la práctica de los verdugos, ya que la decapitación podía ser un medio rápido y limpio de acabar con la vida del condenado o bien por el contrario, este acto, podía convertirse en una carnicería desastrosa: esto dependía exclusivamente de la maestría del verdugo.



Los verdugos se mantenían en forma entrenándose en los mataderos, con animales. La decapitación, pena suave si se realizaba con habilidad, estaba reservada para los condenados nobles y personas importantes.



Había además métodos de ejecución poco ortodoxos. George Plantagenet, duque de Clarence, miembro de la familia real británica pasó a la historia como personaje de la obra Ricardo III de William Shakespeare. Según documentos de la época, para ejecutarlo fue ahogado en un barril de vino, en 1478. Se dice que podría haber sido una broma de los verdugos, que conocían su fama de bebedor.



George Plantagenet


Una de las ejecuciones por decapitación más famosas de la historia fue la de Ana Bolena, en 1536. La segunda esposa del rey Enrique VIII cayó de su gracia tras los rumores que la señalaban como adúltera; fue detenida, juzgada y sentenciada a muerte. El matrimonio Kingston, encargado de la Torre de Londres, donde la reina estaba presa, relataron que Ana parecía muy feliz, y dispuesta a seguir su rutina.



La Torre de Londres


Se dice que, cuando lord Kingston le dio la noticias de que el rey había conmutado su sentencia de incineración por la de decapitación, y había contratado a un verdugo de Calais para la ejecución con una espada de doble filo, en lugar de degollar a una reina con el hacha común, Ana Bolena le dijo: “No tendrá mucho problema, ya que tengo un cuello pequeño. ¡Seré conocida como La Reine sans tête (La reina sin cabeza)!”



La mañana del 19 de mayo la llevaron a la Torre Verde, una sección donde se realizaban ejecuciones privadas. El gobernador de la Torre escribió al respecto: “Esta mañana me hizo llamar, a ver si yo podría estar con ella mientras comulgaba, con la intención de que la oyese y así dejar clara su inocencia. Y en la escritura de esto ella me llamó a mí, y a mi llegada dijo, ‘Sr. Kingston, oigo que no moriré antes del mediodía, y siento mucho por ello, ya que pensé estar muerta para esas horas y por delante de mi sufrimiento’. Le dije que esto no debería ser ningún sufrimiento, que sería muy breve. Y luego ella dijo: ‘Oí que dicen que el verdugo es muy bueno, y tengo un cuello pequeño’, y luego puso sus manos en el cuello, riendo cordialmente. He visto a muchos hombres y mujeres ejecutados, y que han estado en gran pena, y para mi conocimiento esta dama tiene mucha alegría en la muerte. Llevaba puesta una enagua roja bajo un vestido gris oscuro de damasco, adornado con pieles”.



Enrique VIII


Su cabello oscuro estaba recogido y llevaba su acostumbrado tocado francés. Ya en el cadalso, dio un breve discurso: “Buena gente cristiana, he venido aquí para morir, de acuerdo a la ley, y según la ley se juzga que yo muera, y por lo tanto no diré nada contra ello. He venido aquí no para acusar a ningún hombre, ni a decir nada de eso, de que yo soy acusada y condenada a morir, sino que rezo a Dios para que salve al rey y le dé mucho tiempo para reinar sobre ustedes, para el más generoso príncipe misericordioso que hubo nunca: y para mí él fue siempre bueno, un señor gentil y soberano. Y si alguna persona se entremete en mi causa, requiero que ellos juzguen lo mejor. Y así tomo mi partida del mundo y de todos ustedes, y cordialmente les pido que recen por mí. Oh Señor ten misericordia de mí, a Dios encomiendo mi alma”.



Ana Bolena


Entonces se arrodilló en posición vertical (en las ejecuciones al estilo francés, con una espada, no había ningún bloque para apoyar la cabeza). Su oración final consistió en repetir: “A Jesucristo encomiendo mi alma; el Señor Jesús recibe mi alma”. Sus damas le quitaron el tocado y ataron una venda sobre sus ojos. La ejecución fue rápida, consistente en un solo golpe: según la leyenda, el verdugo (o esgrimidor) fue tan considerado con Ana que dijo: “¿Dónde está mi espada?” o “Mozo, trae mi espada” y luego la decapitó de un golpe, para que ella pensara que tenía todavía unos momentos más para vivir y no supiera que la espada estaba en camino.



El gobierno no aprobó proporcionar un ataúd apropiado para Ana. Así, su cuerpo y cabeza fueron depositados en un arca alargada y sepultados en una tumba sin marcar en la capilla de St. Peter ad Vincula. Su hija, la reina Elizabeth I, tras su llegada al trono, nunca se preocupó de rehabilitar su memoria y buscar un lugar más digno para descansar sus restos; su cuerpo fue identificado en unas reformas de la capilla bajo el reinado de la reina Victoria y de esta manera la tumba de Ana Bolena está marcado ahora en el suelo de mármol.



Muñeca representando a Ana Bolena


La quinta esposa de Enrique VIII, Catherine Howard, quien era prima de Ana Bolena por el lado paterno, también fue ejecutada por la misma razón. La reina fue encerrada en la abadía de Middlesex en el invierno de 1541. Dos de sus amntes, Thomas Culpeper y Francis Dereham, fueron ejecutados el 8 de diciembre de 1541. La viuda de su primo, lady Jane Rochford (cuñada de la reina Ana Bolena) fue ejecutada por haber encubierto las relaciones de la reina con Thomas Culpeper. El caso de la reina llegó al parlamento en enero. Fue llevada a la Torre de Londres el 10 de febrero de 1542. La noche anterior a su ejecución, Catherine pasó horas practicando como colocar su cabeza para la decapitación. Fue ejecutada el 13 de febrero de 1542. Llegó al cadalso con dignidad, aunque se le veía pálida y aterrorizada. Antes de morir, pidió perdón a su familia y rezó por la salvación de su alma. Su muerte fue rápida. Catherine fue enterrada en la capilla de St. Peter ad Vincula, junto a su prima Ana Bolena.



Catherine Howard


Thomas Cromwell había apoyado a Enrique VIII para que se desposase con Ana Bolena, y luego a que reemplazase a ésta con Jean Seymour. Durante sus años como Canciller, Cromwell se había ganado muchos enemigos poderosos, especialmente debido a la desmesurada generosidad que se demostró a sí mismo cuando dividió los objetos provenientes de la Disolución de los monasterios. Su caída fue causada por la prisa con la que había impulsado a Enrique VIII para que contrajera nupcias después de la muerte prematura de Jane. El matrimonio con Ana de Cleves era una alianza política que Cromwell confiaba serviría para reavivar la Reforma. Sin embargo fue un desastre, que dio a los oponentes de Cromwell, entre ellos Thomas Howard, III duque de Norfolk, la oportunidad necesaria para acelerar su caída. Durante una reunión del Consejo el 10 de junio de 1540, Cromwell fue arrestado y encarcelado en la Torre de Londres, sometido al Decreto de proscripción, y se le mantuvo con vida hasta que Enrique VIII pudiera anular su matrimonio con Ana.



Thomas Cromwell


El 28 de julio de 1540 fue ejecutado en privado en la Torre de Londres. Los rumores aseguraban que Enrique VIII eligió a un verdugo inexperto; otros decían que en realidad, el verdugo se había emborrachado la noche anterior con los enemigos de Cromwell, y había llegado aún ebrio a ejercer su trabajo. Según crónicas de la época, “el adolescente realizó tres intentos para decapitar a Cromwell hasta que lo logró". Después de la ejecución, la cabeza fue hervida y luego colocada en el Puente de Londres, con la mirada dirigida en dirección contraria a Londres. Edward Hall, un cronista de la época, escribió que Cromwell hizo un discurso en el patíbulo en el que manifestaba, entre otras cosas, “Yo muero en la fe tradicional”, tras lo cual “sufrió pacientemente el golpe del hacha de un verdugo andrajoso que realizó el oficio pésimamente”.



Margarita Pole, condesa de Salisbuty, de setenta años, fue decapitada por orden del mismo Enrique VIII para vengarse del cardenal Pole, su hermano. Como se resistió, fue perseguida por el verdugo por todo el patíbulo y fueron necesarios varios golpes de hacha para terminar con su vida, en lo que se convirtió en un verdadero suplicio. La última decapitación que tuvo lugar en Inglaterra fue la de Lord Lovat, en 1747.



Margarita Pole


El garrote vil fue el instrumento más usado por los verdugos en España. Aparece primeramente en su sentido de tormento y fue con éste fin con el que lo empleó la Inquisición Española.



Una de las primeras apariciones célebres del garrote en las plazas hispanas se registró en Toledo, durante un gran Auto de Fe celebrado hacia el año 1600. Fernando VII decidió aplicar en España el garrote. Los comentaristas nacionales del Código Penal español de 1884 aseguraban que "es la forma menos repugnante, puesto que evita la efusión de la sangre a cuya vista no debe acostumbrarse el paisano".



Existen dos versiones del garrote: la española, en la cual el tornillo hace retroceder un collar de hierro, matando a la víctima por asfixia. Y la catalana, en la cual un punzón de hierro penetra y rompe las vértebras cervicales al mismo tiempo que empuja todo el cuello hacia adelante, aplastando la tráquea contra el collar fijo, con lo cual el reo perece tanto por asfixia como por la lenta destrucción de la médula espinal.



El garrote español fue empleado en España hasta la muerte de Francisco Franco, en 1975. Después se abolió la pena capital. La última ejecución tuvo lugar ese año: la víctima fue Salvador Puig Antich, un estudiante de veintitrés años perteneciente al Movimiento Ibérico de Liberación, hallado inocente en una revisión del proceso en 1979.



El garrote catalán fue empleado hasta principios del siglo XX en Cataluña y en algunos países de Hispanoamérica. En las colonias españolas transoceánicas, pero sobre todo en Cuba, fieles gobernadores utilizaron el garrote para ejecutar enemigos y delincuentes durante todo el siglo XIX.



Souflikar Bostanci “El Jardinero” fue un célebre verdugo al servicio del sultán Mehmed IV, que gobernó el imperio otomano entre 1648 y 1687. Se dice que Souflikar llegó a ajusticiar a más de 5,000 condenados en cinco años, estrangulándolos con sus propias manos: mataba un promedio de tres personas cada día.



Souflikar Bostanci


El fusilamiento consiste en matar a una persona mediante una descarga de fusilería. Paradójicamente, se fusilaba mucho antes de haber sido creado el fusil. Antes de fusilar, en efecto, se arcabuceaba. El arcabuz era un arma de fuego, compuesta por un cañón de hierro y caja de madera semejante al fusil, y que se disparaba prendiendo la pólvora del tiro mediante una mecha móvil colocada en la misma arma.



Sustituyó a la culebrina, antigua pieza de artillería larga y de poco calibre, entre los siglos XIV y XVI, y fue a su vez sustituido por el mosquete, arma de fuego mucho más larga y de mayor calibre que el fusil, la cual se disparaba apoyándola sobre una horquilla. Con la culebrina, el arcabuz y el mosquete se "pasó por las armas" a mucha gente. Tal vez la principal diferencia que iba marcando el progreso, el paso de un instrumento a otro, fuera que cada vez se destrozaba menos el cuerpo de las personas, al tiempo que se les mataba con mayor certeza y más técnica.



La víctima podía ser sentada en una silla y atada a ella. También la forma de sentarse en esa silla podía variar; hubo casos de fusilamiento en que el reo se sentaba normalmente, apoyándose hacia atrás en el respaldo. Si la persona que debía morir bajo los cañones de los fusiles no podía mantenerse en pie o sentarse, por estar enferma o herida, entonces el pelotón apuntaba hacia la camilla o hacia el suelo. Así fue fusilado en 1826, en España, el liberal Juan Fernández Bazan.



La mayoría morían fusilados de pie, contra un muro denominado “paredón”. Otros fueron fusilados montados sobre su caballo. A los traidores se les fusilaba de espaldas. Algunas más morían hincados. La venda en los ojos era muy común. Con ella se trataba de no angustiar excesivamente a los condenados. Muchos ejecutados acostumbraban darles monedas a los miembros del pelotón para que apuntaran directamente al corazón. A mediados del siglo XIX se fusiló mucho en España.



El fusilamiento del líder obrero John Hill a principios del siglo XX en Estados Unidos, aportó una novedad de procedimiento al método: en la mañana del 19 de noviembre de 1915, llevaron a Hill al patio de la prisión. Tenía los ojos vendados y lo ataron a una silla. El médico asistente prendió con un alfiler un corazón de papel blanco sobre el lado izquierdo del pecho. Los cinco tiradores se colocaron en posición: había cuatro balas cargadas y una en blanco, de modo que cada uno de los tiradores podía consolarse a sí mismos, en el futuro, con la secreta idea de que quizá él había tirado con el fusil que contenía la bala de fogueo.



En 1776, Nathan Hale, considerado el primer espía estadounidense, fue ejecutado. De acuerdo a la época, los espías estaban considerados como combatientes ilegales, por lo que eran ahorcados. En la mañana del 22 de septiembre, Hale fue conducido hasta el parque de Artillería, cercano a un pub llamado Dove Tavern, donde fue ahorcado. Tenía veintiún años de edad. Los británicos le ofrecieron decir sus últimas palabras, que fueron las siguientes: “Solo lamento tener una única vida que perder por mi país”. Sin embargo, otros historiadores apuntan a que esas palabras son una revisión de: “Estoy tan satisfecho con la causa en la que me he enrolado, que solo lamento no tener más vidas que ofrecer al mismo”.






Nathan Hale


Europa también posee una larga tradición de ejecutores. El verdugo más representativo de Francia tal vez sea Charles Henri Sanson “El Verdugo de la Revolución Francesa”. Sanson había nacido en el seno de una familia de verdugos.



Charles Henri Sanson


Su padre quedó paralítico en 1754, así que se vio obligado a tomar la estafeta a los quince años de edad, como asistente de su tío, para poder mantener a la familia.



En 1778, un año antes de la Revolución Francesa, sustituía a su tío como verdugo oficial de París o “Monsieur de París”, tal y como se denominaba coloquialmente al puesto.



Al año siguiente estallaba la Revolución y poco después, una junta decidía adoptar la guillotina como método único de ejecución, a sugerencia del Dr. Joseph Ignace Guillotin, que aunque no era su inventor, acabó transmitiéndole el nombre. Él argumentaba que la víctima "no sufriría más que un pequeño frescor en el cuello".



Joseph Ignace Guillotin


Esta modalidad de ejecución se inventó con el fin de conceder una muerte rápida e indolora a los condenados. Ello significó la igualación en la muerte de los hombres, sin importar su condición social. Bajo su cuchilla murieron presos comunes, plebeyos y nobles.



Con ella la muerte dejó de ser privilegio de los aristócratas. Así, la guillotina era un símbolo de la igualdad buscada por la Revolución Francesa. El decreto del 20 de Marzo de 1792 instauró el uso de la famosa máquina. En Suecia se decapitó con guillotina hasta 1929. En Alemania de 1870 a 1949. En Rusia hasta 1917 y en Grecia hasta 1929. La primera víctima de la guillotina fue Nicolas Jacques Pelletier, un delincuente común decapitado el 25 de abril de 1792.



La ejecución de Nicolas Jacques Pelletier


Durante la revolución francesa, Charles Henri Sanson ejecutó a 2,918 condenados, casi todos ellos al principio de la revuelta, incluyendo al rey Luis XVI en 1793, al que en un primer momento se negó a ajusticiar. Por negarse, una turba irrumpió en su casa matando a su mujer, Marie-Anne.



Tras el incidente, Sanson se retiró y cedió el puesto a su hijo. Pero cuando empezaron a caer los primeros ideólogos de la Revolución, Georges Danton, Camille Desmoulins, Maximilian de Robespierre o Antoine de Saint-Just, a los que culpaba de la muerte de su esposa, volvió a ponerse gustosamente al frente de la cuchilla, cortándoles la cabeza a todos ellos.



En 1793, los verdugos franceses se negaron a usar la guillotina. Durante la monarquía, el cargo de verdugo era un puesto retribuido que se heredaba de padres a hijos. Cada capital de cantón pagaba uno de estos cargos y cada ciudad, por poca importancia que tuviera, ostentaba el orgullo de disponer de un ejecutor de la justicia.



Sin embargo, estos cargos no se ejercían casi nunca y los verdugos vivían apaciblemente, puesto que en muy pocas ocasiones actuaban. Pero el 23 de junio de 1793, la Convención ordenó a los verdugos de Francia que se repartieran por todo el territorio de la República, uno por departamento, y aprendieran a servirse de la guillotina. Los verdugos se escandalizaron, presos de un verdadero pánico.



En los Archivos Nacionales de Francia existe una enorme carpeta llena de cartas de verdugos que jamás habían ejecutado a nadie y que se rehusaban “por causa de inexperiencia e incapacidad”. Incluso existe la carta de un verdugo de Sens en que dimite categóricamente de su cargo, pues aunque reconoce su oficio, “jamás ha ejercido sus funciones él, ni lo hizo en vida su padre”.



Ante este estado de cosas y con la firme resolución de la mayoría de los verdugos contra la pena de muerte, Sansón y sus hijos se tuvieron que multiplicar por todo el territorio francés. También hubo bastantes aficionados que se ofrecieron a ser guillotinadores, aunque sus nombres no fueron registrados.



Cuenta la leyenda que un día, paseando por París, Sanson se encontró con Napoleón y éste le preguntó si podía dormir por las noches después de haber matado a 3,000 personas. Su respuesta fue: “Si los emperadores, reyes y dictadores pueden, ¿por qué un verdugo no?”



Tumba de Charles Henri Sanson


El italiano Giovanni Battista Bugatti fue el verdugo de los Estados Papales entre 1796 y 1865, lo que hoy se conoce como Vaticano, además de ser uno de los ejecutores que más tiempo han estado en activo: sesenta y nueve años en total, hasta que fue retirado por el papa Pio IX cuando tenía ochenta y cinco años de edad. Apodado “Mastro Titta”, un diminutivo popular de “Maestro di Giustizia” o “Maestro de Justicia”, Battista era todo un personaje que se refería a los condenados como “sus pacientes” y a las ejecuciones como “tratamientos”. Mató a 596 personas empleando casi todos los métodos de ejecución que los verdugos aplicaban en su tiempo: mazo, decapitación con hacha, ahorcamientos y desde 1810, la guillotina que tan de moda había puesto la Revolución Francesa.



Giovanni Battista Bugatti


Battista, muy conocido por sus vecinos, en sus ratos libres se dedicaba a pintar sombrillas para los turistas junto a su mujer, en una tienda que tenía cerca de su casa al lado del Vaticano, al otro lado del rio Tiber, en el Trastevere. Rara vez abandonaba el barrio por seguridad y porque en cuanto la gente lo veía cruzar el puente, se corría la voz por toda Roma de que se iba a celebrar una ejecución, congregando a cientos de personas en la Plaza del Pueblo para ver el acto. Battista recibía la cantidad de tres centavos de lira por cada uno de sus “pacientes”, pero a cambio tenía numerosas concesiones papales. En una libreta, llevaba un detallado registro de todas sus ejecuciones: nombre del ajusticiado, motivo, método, incidencias. El escritor inglés Charles Dickens asistió a uno de estos oficios, relatando en su obra Imágenes de Italia que Battista no era especialmente cuidadoso al cortar y que al acercarse al patíbulo, pudo comprobar que una cabeza había recibido el tajo de la guillotina justo por debajo de las orejas, partiendo la parte inferior de la mandíbula.



William Marwood era un zapatero de Horncastle en Lincolnshire, Inglaterra que a los cincuenta y cuatro años de edad, decidió que quería dedicarse a colgar gente. En 1872 persuadió al gobernador de Lincoln Castle para que le permitiera llevar a cabo una ejecución como verdugo.



William Marwood


Marwood se tomó los ahorcamientos como un arte y mediante cálculos matemáticos desarrolló una técnica llamada “long drop” o “caída larga”, con la que estimaba los metros de cuerda necesarios para que un ahorcado se partiese el cuello al caer según su peso y así evitar que quedase colgado, asfixiándose lentamente.



Por ejemplo, según sus cálculos, una persona de 50 kilos de peso, requería tres metros y medio de cuerda. Marwood recibía diez libras por ejecución, las ropas del reo y un plus fijo de veinte libras anuales. Antes de la ejecución se arrodillaba junto al condenado, para orar pidiendo “que todo saliese bien”. Viajó convertido en una celebridad por Inglaterra e Irlanda durante los nueve años que practicó el oficio, llegando a ejecutar a 176 condenados, hasta que murió en 1883.



Otro famoso verdugo francés fue Anatole François Joseph Deibler, que bajo el título de “Ejecutor en Jefe de los Criminales”, realizó 395 ejecuciones entre 1889 y 1939, 299 de ellas con guillotina.



Anatole François Joseph Deibler


Deibler procedía de una casta de verdugos: tanto su padre como su abuelo habían ejercido la misma profesión. No solo trabajó en Francia, sino que solía desplazarse a otros países como Bélgica, viajando junto al aparato. En uno de estos desplazamientos, murió repentinamente antes de realizar la ejecución número 396.



La silla eléctrica considerada como un mejoramiento técnico de la silla del interrogatorio, hace su entrada en la historia de las ejecuciones en el año 1890, en la ciudad de Aurburn, Buffalo, Nueva York (Estados Unidos).



El gobernador encomendó la construcción de la primera silla eléctrica a George Westinghouse, precursor de lo que es hoy el sistema eléctrico y partidario de la corriente alterna. El modelo fueron las antiguas sillas de tortura medioevales.



George Westinghouse


La primera ejecución sobre la silla eléctrica se efectuó o pretendió efectuarse en la persona de Ernest Chapeleau. Lo que ocurrió fue que la víctima salió de allí con quemaduras de tercer grado, pero vivo. Después de los fracasos inaugurados por el caso Chapeleau, un hombre que fue electrocutado revivió cuando le hicieron la respiración artificial.



Ejecución de Ernest Chapeleau


Otro, al recibir la corriente, se encogió con tanta fuerza que rompió las fuertes ligaduras que lo sujetaban a la silla y cuando cortaron la corriente, volvió a respirar. Un tal Jim Williams, condenado en Florida por homicidio, resistió durante veinte minutos en la silla, sin morir; y finalmente fue indultado. A Rosie Judo le perdonaron la vida después de que una descarga de 1500 voltios pasó a través de su cuerpo sin dañarla.



Este último caso decidió al diputado Cellier llevar adelante una ley (la Ley 4092), por la que ningún ciudadano de Estados Unidos puede ser llevado dos veces a la silla eléctrica. William Kemmler fue el segundo ejecutado. Era un verdulero alemán sentenciado por matar a hachazos a su novia Matilda Tille Ziegler, por, según él, celos. Kemmler apeló alegando que la electrocución en la silla era inconstitucional por tratarse de un método cruel e inusual.



William Kemmler


En 1890 la Corte quería estar a la altura de los avances tecnológicos y rechazó la apelación. A Kemmler se le informó que sería ejecutado a las 06:00 horas del 6 de agosto de 1890 en Aurburg. Al despertar se vistió con un traje que habían escogido para él y caminó lentamente hacia la muerte. Cuando le preguntaron si tenía algo que decir dijo lo siguiente: “Bien, caballeros, les deseo a todos buena suerte en este mundo. Pienso que voy a un buen lugar y recuerden que los papeles han estado diciendo muchas cosas que no han sido ciertas”. En otro cuarto, el generador Westinghouse aumentaba el voltaje. Edwin Davis accionó el interruptor que permitió a la corriente fluir directamente hacia la silla. La electricidad corrió por el cuerpo de William Kemmler por diecisiete segundos. Se retorció contra las correas y su rostro se volvió de un rojo muy brillante.



La ejecución de William Kemmler


Cuando el médico fue a examinar al verdulero, este gritó: “¡Esta vivo! ¡La corriente, pronto!” El generador estaba apagado y pasó algún tiempo hasta alcanzar el voltaje otra vez. Mientras tanto, Kemmler gemía y se lamentaba. Los testigos estaban horrorizados. Cuándo el generador alcanzó 1030 voltios la corriente se conectó otra vez a la silla. Esta vez se mantuvo algo más de un minuto. El humo y un fuerte olor inundaron toda la sala. Cuando la corriente fue retirada, Kemmler estaba ya sin vida. Westinghouse, más enfadado que nunca porque ya se empezaba a decir que los electrocutados eran en realidad “westinghauseados”, comentó: “Lo podrían haber hecho mejor con un hacha”.



El médico Amos O. Squirre fue médico en la prisión de Sing-Sing y estuvo presente en no menos de 138 electrocuciones. Siempre declaró que esta modalidad era "la más humana y menos dolorosa, la menos horrible de presenciar". Un verdugo norteamericano llamado Elliot ejecutó a 387 personas y escribió un libro titulado Agente de muerte. Insistió siempre en que la muerte mediante electrocución "no es dolorosa", y dice que "médicos expertos declaran que produce la inconsciencia en menos de una décima de segundo. Es tan humana como sea posible".



En España, los verdugos siempre fueron parte del mosaico social. Entre los verdugos españoles del siglo XIX había médicos, carpinteros, ayudantes de otros verdugos, antiguos soldados, abogados. En Barcelona, para cubrir una vacante, llegaron a presentarse doscientas solicitudes. Pero normalmente entraban por influencias. A veces, incluso, los padres enseñaban a sus hijos, como ocurrió con González Irigoyen, el verdugo de Zaragoza, que recordaba haber ayudado a su padre en algunas labores desde los nueve años de edad. Cada Audiencia Territorial tenía su verdugo, así que eran doce, más los de Cuba y Barcelona. Y entre ellos se repartían el territorio español: el de Barcelona, por ejemplo, también asistía a los reos de Palma; y el de Sevilla tenía que ir a Canarias. En ocasiones en las que se ejecutaba a cuatro o cinco reos simultáneamente, era frecuente que participaran verdugos de varias Audiencias. Cobraban poco pero tenían sueldo fijo y dietas. Odiaban los indultos porque, si llegaban en el último momento, tenían que regresar a casa sin cobrar el desplazamiento.



Tres verdugos españoles


Las ejecuciones solían tener un patrón fijo: generalmente, el preso se trasladaba en carro o mula al lugar donde había cometido el delito por el que se le condenaba. Se le encarcelaba durante veinticuatro horas, a lo que se denominaba “estar en capilla” y, en ese tiempo, el verdugo debía estar lo más cerca posible de él, a menudo en una celda contigua. Tenía que ir a vestirle la hopa, una túnica negra, y pedirle perdón. Se le daba a elegir la última comida, y luego se iba en procesión hasta el patíbulo, con sacerdotes, cofradías encapuchadas, a veces hasta banda militar. Generalmente se ejecutaba a las 07:00 u 08:00 horas, con el primer canto de los pájaros. Si, una vez en el patíbulo, el preso pedía hablar, se le concedía esa gracia. Pero no era lo habitual, porque lo normal es que el preso llegara muerto de miedo. Se conoce el caso de una mujer a la que el pelo se le volvió blanco durante su última noche, y el de un reo que estaba tan inmovilizado por el terror que hubo que trasladarlo al patíbulo en la silla en que estaba sentado. Luego se dejaba el cadáver del reo en el patíbulo durante siete u ocho horas, hasta que el verdugo lo entregaba a una cofradía y lo llevaban a enterrar. También había quien intentaba beber sangre del ejecutado porque, se creía, aliviaba la tuberculosis.



A finales del siglo XIX, el verdugo de Zaragoza era un anciano con algún que otro achaque, y las crónicas cuentan que incluso tenía muchos problemas para subir al patíbulo. Así, había días en que al reo le fallaban las piernas y al verdugo también, aunque por distintos motivos. José González Irigoyen mataba mal y si había algo imperdonable para sus compañeros de profesión era tardar más de lo necesario en mandar al otro mundo a un reo. A mediados de julio de 1896 la mayoría de los periódicos españoles publicó en portada una noticia breve: "En Zaragoza ha fallecido el ejecutor de sentencias de aquella Audiencia, José González Irigoyen, de ochenta y cuatro años de edad, casado y con dos hijos. Llevaba de servicio cincuenta y seis años y había ejecutado a 192 reos. Era hijo, primo y hermano de verdugos (Ramón González Irigoyen, ejecutor de Valladolid y Severo González Irigoyen, verdugo de Barcelona)". El verdugo de Zaragoza fue muy famoso en España, y competía con los de Barcelona y Madrid por ver quién era el mejor en su profesión. Se creía superior a ellos: "Los demás son camamilas" (flores de manzanilla), sentenciaba, y con eso quería despreciarlos. Pero la realidad era muy distinta.



En aquella España que se juntaba para ver una ejecución con el mismo entusiasmo con que se iba a los toros, los verdugos eran muy perfeccionistas: algunos hasta introducían mejoras en el garrote para intentar evitar que el reo muriera con la lengua fuera porque lo consideraban poco estético. A principios del siglo XX, al verdugo de Barcelona le ocurrió una anécdota muy famosa: tenía una hija de veinte años cuyo novio estudiaba Medicina. Cuando este se enteró de la profesión de su futuro suegro, abandonó a la chica y esta, desesperada, se suicidó. El verdugo, atravesado por el dolor, también intentó quitarse la vida, pero se lo impidieron y acabó continuando con su profesión.



Thomas Pierrepoint fue el segundo verdugo más prolífico de Gran Bretaña; lo superaría únicamente su hijo Albert. Empezó a ejercer casi al final de la era victoriana en 1906 y estuvo en activo durante treinta y siete años, hasta 1946, momento en el que concluyó su carrera a los setenta y seis años de edad.



Thomas Pierrepoint


Para entonces, trabajaba con el ejército estadounidense en ejecuciones de sus propios soldados, acusados de deserción u otros delitos durante la Segunda Guerra Mundial. Durante este tiempo, llegó a ajusticiar a unos 300 condenados en Inglaterra y en la Irlanda independiente.



El ruso Vasili Blokhin (1895-1955) ha pasado a la historia como uno de los verdugos más sanguinarios. Tras participar en la Primera Guerra Mundial y alistarse en 1921 en la Cheka (la primera policía secreta rusa), fue seleccionado por Josef Stalin para convertirse en jefe ejecutor del NKVD en 1926. El NKVD era otra organización de corte similar, precursora de la famosa KGB, que se dedicaba a oscuros asuntos como el espionaje, la supresión de disidentes, la organización de los Gulags, las deportaciones y ejecuciones en masa o el control de fronteras.



Vasili Blokhin


Como jefe ejecutor, Blokhin participó personalmente en los ajusticiamientos de condenados importantes, como la muerte de sus anteriores jefes en el NKVD, Yagoda en 1938 y Yezhov en 1940, tras las tres purgas que sufrió esta organización. No obstante, Blokhin debe su fama a la masacre de Katyn, que tuvo lugar en abril de 1940, tras la invasión de Polonia por parte del Ejército Rojo.






La masacre de Katyn


Stalin emitió la orden nº 0048 al NKVD, en la que se mandaba ejecutar a los 22,000 polacos que habían sido hechos prisioneros tras la ocupación. 8,000 de estos prisioneros eran oficiales del Ejército Polaco y el resto, personas relevantes en la sociedad polaca, contrarios al ideal comunista: políticos, terratenientes, dueños de factorías, profesores, abogados, médicos…



Blokhin decidió encargarse personalmente de los oficiales. Con una pequeña Walther PPK alemana ejecutó a unos 6,000 de ellos, disparándoles en la nuca, a una media de 250 prisioneros por noche. El informe enviado a Stalin decía que “la media hace uno cada menos de tres minutos, durante diez horas, todas las noches, veintiocho días seguidos”.



Para ello, había llevado su propio instrumental de trabajo: un gran delantal de carnicero hecho de cuero, con sombrero y mangas hasta los hombros para no salpicar su uniforme, y un maletín con varias Walters alemanas, ya que las pistolas reglamentarias rusas de entonces, las Soviet TT-30, tendían a fallar y causar daño al poco tiempo de uso. Las pistolas alemanas eran mejores.



En los sótanos del cuartel del NKVD en Kalinin, en medio de la noche, se iba llamando a los prisioneros “para identificación”. Tras una breve confirmación de identidad y sin ser informado del destino que le aguardaba, el prisionero era atado por la espalda con una cuerda e inmediatamente conducido a la llamada “habitación leninista”, una estancia pintada en rojo e insonorizada para que el resto de los detenidos no pudieran oír los disparos.



En la “habitación leninista” se encontraban con Blokhin vestido con su uniforme de trabajo, que sin mediar palabra los ponía de cara a la pared y les descerrajaba un tiro en la nuca. Después un camión pasaba dos veces por noche a recoger los cuerpos por otra puerta, para deshacerse de ellos.



Mientras Stalin vivió, Blokhin recibió los mayores honores y condecoraciones soviéticas pero en cuanto murió en 1953, fue apartado del servicio y dos años después, durante el proceso de desestalinización iniciado por Nikita Khrushchev, le fue retirado el rango. Sintiéndose traicionado por el estado, murió en 1955, para entonces víctima del alcoholismo.



Blokhin tuvo numerosos homólogos dentro del NKVD. Uno de ellos, el comandante Nadaraya, jefe de la prisión de Tbilisi, ostenta el record de ejecuciones realizadas por una sola persona en un solo día, al dispararle a un total de 500 víctimas en una sola jornada durante 1937.



El comandante Nadaraya


La Alemania Nazi contó con verdugos que ejecutaron el Holocausto en los diferentes campos de exterminio, durante la Segunda Guerra Mundial. Las cámaras de gas eran recintos subterráneos o barracones, generalmente disfrazados o simulados como duchas colectivas. Estaban completamente aisladas y contaban con un sistema que al principio introducía monóxido de carbono, pero luego se usó el Zyklon B.



Zyklon B


La capacidad variaba en estas instalaciones, pero cabían entre 1000 y 2500 personas por vez. Desde el techo se introducía Zyklon B, un cianurido que debido al contacto con la intensa humedad que emanaban los internos hacinados, liberaba grandes cantidades de ácido cianhídrico. El procedimiento podía eliminar en un día de 5000 a 10,000 reclusos. La frecuencia de uso dependía del abasto que diera el crematorio o serie de hornos de tipo fundición aledaños, donde se incineraban los cadáveres y en ocasiones se arrojaba a personas aún vivas. La muerte total de la multitud expuesta sobrevenía después de veinticinco minutos.



Como el gas actúa inhibiendo el ciclo respiratorio, las víctimas perecían por asfixia, mientras sufrían espasmos y convulsiones. Una vez muertos, la cámara era ventilada y los Sonderkommando (prisioneros empleados como mano de obra en trabajos forzados), entraban y lavaban los cuerpos con mangueras para retirar la sangre, orina y heces, y así facilitar la búsqueda de objetos valiosos en orificios corporales, antes de proceder a cremarlos. Las paredes estaban aisladas acústicamente y el operador miraba el desarrollo del proceso por una mirilla de vidrio muy grueso.



Cámara de gas en Dachau


En su apogeo, muchos ejecutores destacaron por su eficiencia o su crueldad. Uno fue el SS-Unterscharführer Willi Mentz, conocido como “Frankestein” entre los internos del campo de Treblinka. Mentz se paseaba con una bata blanca por el campo y disparaba a diario a los prisioneros inválidos o enfermos que no podían moverse por sí mismos, incapaces de caminar hasta las cámaras de gas. Estos eran trasladados a una sección de la enfermería llamada “Lazarett” donde, oculta por árboles, había una zanja ardiendo. A las víctimas se las colocaba en el borde de la zanja y se les disparaba. Un testigo presencial, el prisionero Richard Glazar, relató que Mentz no se molestaba ni en rematar a sus víctimas cuando caían aun vivas a las llamas y que disparaba durante todo el día, probablemente acercándose al record de Blokhin, ya que estuvo en el campo entre julio de 1942 y noviembre de 1943.



Willi Mentz


Otro fue Petar Brzica, un guardia croata perteneciente al campo de exterminio de Jasenovac, en Croacia, estado satélite del Tercer Reich. Este campo, donde se practicaron todo tipo de atrocidades y superado únicamente por Auschwitz, estremecía hasta a los propios representantes nazis que lo visitaron. El chofer de una de estas delegaciones, Arthur Hefner, dijo que solo era comparable al infierno de Dante. En él, antes que usar gas, los guardias preferían degollar personalmente a sus víctimas con una pequeña cuchilla llamada srbosjek, diseñada para realizar este trabajo de forma rápida. Brzica se alzó con la victoria en un concurso celebrado entre los guardias, tras matar mediante este método a 1,360 prisioneros recién llegados. Por ello fue declarado “El Rey del Cortagargantas”. Tras la guerra, Brzica nunca fue juzgado por sus crímenes, ya que el Mosad perdió su pista en Estados Unidos durante los años setenta.



Petar Brzica


El más prolífico de los verdugos del Reich fue Johann Reichhart, con un total de 3,165 ejecuciones en su haber, la mayoría de ellas producidas entre 1939 y 1945. A diferencia de los anteriores, Reichhart no era militar, sino que pertenecía una larga casta de verdugos y había comenzado a trabajar mucho antes del nazismo, en 1924, durante la República de Weimar. Reichhart tenía la mentalidad germana aplicada a un ejecutor: vestía la ropa tradicional de los verdugos alemanes, era muy meticuloso en todo el proceso, llevaba registros detallados de sus trabajos y empleaba principalmente el fallbeil, una especie de guillotina alemana, que llevaba consigo a través de numerosos países ocupados, en los que era requerido durante la guerra. Con este aparato había desarrollado una técnica por la cual podía decapitar a un reo en tres o cuatro segundos, desde que hacía acto de presencia. Reichhart, que se había afiliado al partido nazi, primero ejecutó para el Reich y cuando la guerra terminó, se vio ajusticiando nazis porque tras ser detenido por las fuerzas aliadas, lo emplearon como asistente de verdugo hasta mayo de 1946, participando en las ejecuciones de 157 criminales de guerra.



Johann Reichhart


El resultado de la búsqueda del mejoramiento de técnicas para una muerte más rápida e indolora motivó el surgimiento de la cámara de gas. Desde 1924, en que empezó a sustituir a la vieja horca y a la silla eléctrica como método "más humano, más suave y más privado", llegó a ocupar nada menos que doce Estados norteamericanos. Nevada fue el primero, pero California era el propietario de la más tristemente célebre cámara de gas: la de la prisión de San Quintín, que abandonó la horca para adoptar este sistema en 1937. La ejecución por medio de este sistema tiene lugar en una cámara herméticamente cerrada, para evitar que el gas se filtre y haga fuera estragos que debe hacer exclusivamente adentro. En Estados Unidos fue mucho más económico este sistema, ya que se podían colocar dos sillas juntas dentro de la misma cámara. Las ejecuciones con este método nuca fueron fáciles y casi siempre presentaron problemas. Existieron muchos casos de muertes dificultosas y desastrosas. Muchas de las opiniones que están en contra de la cámara de gas provienen del juicio que obligan a formarse de este método, las expresiones atroces que quedan en los rostros de los condenados, cuya característica principal es una terrible agonía anterior a la muerte. La última ejecución en cámara de gas se llevó a cabo en Arizona en 1999.



El condenado era amarrado a una silla dentro de una cámara hermética; se le ataba al pecho un estetoscopio, conectado a unos auriculares en la vecina sala de testigos, para que un médico pudiera controlar el desarrollo de la ejecución. Se liberaba gas cianuro en la cámara, envenenando al preso cuando éste respiraba. La muerte se producía por la asfixia debida a la inhibición por el cianuro de las enzimas que transfieren el oxígeno desde la sangre a las demás células del organismo. Aunque podía producirse la inconsciencia rápidamente, el procedimiento tardaba más si el preso intentaba prolongar su vida, reteniendo la respiración o respirando lentamente. Como en otros métodos de ejecución, los órganos vitales podían seguir funcionando durante algún tiempo, estuviera o no inconsciente el condenado.



Otra técnica era colocar un dispositivo para la producción del gas letal, En un pequeño armario, una caja de estaño contenía ácido sulfúrico y otra, cianuro potásico. El encargado de la ejecución llenaba un recipiente con 86 onzas del ácido sulfúrico y tomaba 17 onzas de cianuro en pastillas o bolas de forma ovalada, que envolvía cuidadosamente en una bolsa de tela. El ácido sulfúrico discurría por unos tubos situados bajo la silla. Desde fuera de la cámara, por medio de unos brazos mecánicos similares a los empleados en los laboratorios donde se manejan substancias radioactivas, se coloca el cianuro sobre el ácido, bajo la silla. El reo penetraba en la cámara con su escolta. Se le sujetaba a una silla y se le cubría la cabeza y la cara con una especie de máscara, preparada para que aspirara los gases letales directamente. De diez a veinte segundos después, el gas adquiría su máxima concentración. Tras unas breves convulsiones, el reo perdía el conocimiento y se producía la muerte.



André Obrecht fue otro verdugo francés, que se negó a ejercer durante el gobierno de Vichy, mientras que Eugène Weidmann, con un total de 350 ejecuciones en su haber, fue el último verdugo en realizar la última ejecución pública en Versalles, el 17 de junio de 1939.



André Obrecht


En Francia, la guillotina estuvo en activo hasta 1977. Marcel Chevalier fue el último guillotinador activo en Francia, entre 1976 y 1981. Chevalier llevaba ejerciendo su profesión desde 1958 y hasta que fue nombrado “Monsieur de Paris” en 1976, había ejecutado a 40 personas. Después solo realizó dos gillotinamientos más. Al final de sus tiempos, la guillotina se había convertido en un ritual bastante pragmático en comparación con el espectáculo público de sus inicios.



El aparato, bastante más pequeño de cómo lo pinta tradicionalmente la imaginería popular, estaba en un callejón de la prisión. Se colocaba un cofre por el lado más corto de la cuchilla y un cesto debajo de la cabeza. Al reo se le ataba boca abajo en una especie de tabla-camilla y todo sucedía con una rapidez inusitada. Una vez amarrado, se colocaba la camilla en posición, se atrapaba la cabeza por el cuello con un cepo y antes incluso de terminar, caía la cuchilla. Los mismos asistentes que habían montado la camilla, aprovechaban la fuerza del filo en ángulo al golpear, para empujar el cuerpo al cofre. El verdugo cogía la cabeza del cesto, la depositaba junto al cuerpo y cerraba el arcón. Todo el proceso sucedía en cuestión de segundos. La última ejecución por éste método se llevó a cabo el 10 de septiembre de 1977, en plena democracia y siendo miembro de la entonces Comunidad Europea. Cuatro años después, el presidente François Mitterrand abolía la pena de muerte.



Marcel Chevalier


El verdugo inglés más prolífico fue Albert Pierrepoint, con 608 víctimas en su haber, incluidos más de 200 criminales de guerra nazis. Su padre era el fundador de una larga casta de verdugos, pero había sido retirado del servicio en 1910 por sus excesos con el alcohol durante el trabajo. Pierrepoint estuvo en activo veinticuatro años entre 1932 y 1956. Ejerció además su oficio en países como Egipto, Austria o Alemania. Tras la Segunda Guerra Mundial, ajustició a más de 200 nazis condenados por crímenes de guerra, lo que motivó que a su retorno a Inglaterra, fuera considerado una celebridad y su rostro apareciera en varios periódicos. Abrió un bar donde la gente acudía para tomarse tragos con él y escuchar las historias de sus ejecuciones. Algunas de sus víctimas más famosas fueron Ruth Ellis, Timothy Evans y John Reginald Christie. Sin embargo, una corriente opositora a la pena de muerte comenzó un movimiento contra él, y terminó recibiendo insultos y vituperios por la calle.



Albert Pierrepoint


Extremadamente eficiente, Pierrepoint ostenta el record del ahorcamiento más rápido del que se tenga constancia: tardó solo siete segundos en colgar a un reo en 1951. En 1956 renunció, con el orgullo herido, cuando le fue ofrecida una sola libra por realizar una ejecución, mientras que su tarifa en ese momento era de quince. El diario Empire News and Sunday Chronicle se hizo eco de la noticia y desveló que en sus momentos más álgidos, Pierrepoint había estado cobrando grandes cantidades por sus servicios. Pierrepoint escribió sus memorias y se rodó una película basada en su historia.



Pierrepoint se jactaba de la eficiencia en sus ahorcamientos, tanta que rozaba la exageración al final de su carrera, llegando a recibir acusaciones por falta de tacto durante el procedimiento, tanto para con los reos como para con los asistentes que trabajan con él, quienes tenían que salir corriendo de debajo de la trampilla. Pierrepoint realizaba la ejecución en cuestión de segundos y sin miramientos una vez que el preso había llegado al patíbulo, arriesgándose a que el cuerpo cayese sobre las cabezas de sus ayudantes. La comisión que investigó el caso concluyó preguntándose con flema inglesa: “¿Es necesario tener tacto durante una ejecución?”



Antonio López Guerra fue el último verdugo español. Representaba el escalón menor de la administración de justicia en los años del franquismo. Un oscuro funcionario para que ejecutara la muerte legalmente administrada. Era un hombre pequeño, temeroso, de pocas palabras, desaliñado y oscuro. Vivía en una pequeña portería del barrio de Malasaña, en un habitáculo interior, sin ventanas, en compañía de su mujer, un canario y unos cuantos pobres muebles. Muy pocas personas del barrio conocían su oficio. Después de participar en la película Queridísimos verdugos, de Basilio Martín Patino, una obra maestra sobre la España negra, se tuvo que cambiar de casa.



Antonio López Guerra


Era un hombre solitario, un bebedor silencioso, un paseante nocturno. De origen extremeño, con algunos pequeños delitos en su oscura existencia, trabajos precarios, pasado carcelario y perdedor en la Guerra Civil Española. Sobrevivía vendiendo caramelos. Malvivía con su mujer y dos hijos. Para salir de su situación, alguien le propuso ser verdugo. Atrapado en su propia miseria, aceptó el trabajo. Pensaba que tendría poco trabajo. Fue su secreto oficio durante más de treinta años. Ejecutó a más de veinte personas. Conoció su oficio, cuidaba la “máquina”: así le llamaba al garrote. Cuando llegaba la hora, una pareja de la Guardia Civil, o un policía en los últimos años, acompañaban a este ejecutor de sentencias a que realizara su siniestro trabajo. Pilar Prades fue la última mujer ejecutada. Condenada por envenenar a las mujeres para las que trabajaba, el verdugo tuvo que ser llevado a rastras para cumplir el macabro ritual, el cual llevó a efecto en 1959.




Las últimas ejecuciones en España se llevaron a cabo el 17 septiembre de 1975. Fueron fusilados dos militantes de ETA, Jon Paredes y Anjel Otaegi y tres del FRAP, José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz y Humberto Baena, sin que esto menguara los atentados terroristas. El 2 de marzo de 1975 habían sido ejecutados en el garrote Salvador Puig Antich en Barcelona y Heinz Chez en Tarragona. Sus verdugos fueron Antonio López Guerra, de Badajoz, y José Monero Renomo, de Sevilla, los cuáles se habían presentado a las plazas de "ejecutores de sentencias" publicadas en el BOE del 7 de octubre de 1948.



José Monero Renomo


Por la necesidad de satisfacer los requisitos de humanidad y eficiencia de los métodos de ejecución, la Comisión Real propuso en Inglaterra el uso de la denominada “inyección letal”. Pero esta modalidad de ejecución requiere conocimientos técnicos más sofisticados que las demás, ya que para que actúe en forma rápida e indolora, la inyección debe ser intravenosa. Si la dosis de droga es elevada, el ejecutado no siente nada, salvo la picadura de la aguja. Pero a este método se le hicieron graves objeciones: las principales surgen de la necesidad de técnicas relacionadas con la medicina, ya que la mayoría de los profesionales no estarían dispuestos a prestarse para fungir como verdugos.



En el Estado de Oklahoma se promulgó la primera ley, en octubre de 1977, que establecía, como método de ejecución la inyección mortal. Fue Charles Brooks, un negro de cuarenta años, quien inauguró, el 7 de diciembre de 1982, la iniciativa de la Comisión Real; había sido acusado de asesinato seis años antes: "La madrugada del día de la ejecución, Brooks fue tendido sobre una camilla, a la cual se le ató, en la prisión tejana de Huntsville. Un asistente médico insertó una aguja en una de sus venas e inyectó una dosis de triopental sódico. El director médico del Departamento Correccional de Texas, aunque no administró personalmente la inyección, proporcionó la droga y supervisó la actividad del auxiliar en medicina que puso la inyección; además, previamente había examinado las venas de Brooks para asegurarse de que eran adecuadas para la forma de ejecución elegida".



Charles Brooks


El Colegio Médico Americano y el Colegio Médico de Texas, declararon que la participación de los profesionales de la medicina como verdugos o auxiliares en las ejecuciones, es contrario a las normas éticas. Los miembros de la Junta Médica Asesora de Amnistía Internacional, enviaron una carta en enero de 1983 a la prensa de Europa y América, manifestando que compartían la repugnancia de muchos de sus colegas estadounidenses ante el uso de la ciencia médica para matar presos. El nuevo método, insistieron, era tan inhumano como cualquier otro, y sentaba un aterrador precedente en el uso de la medicina para matar.



Así como en el fusilamiento, para hacer perder a los asistentes médicos que intervienen en la ejecución la conciencia de ser los verdugos, en algunos Estados se ha previsto la existencia de tres ejecutores, de los cuales sólo uno inyecta la sustancia mortal, sin que ninguno de ellos sepa cuál es el que la emplea. Son seis los Estados norteamericanos que prevén en ese momento en sus leyes, la inyección letal como método de ejecución: Idaho, Nueva México, Oklahoma, Washington, Massachusetts y Texas.



Hasta que en 1965 se abolió la pena de muerte, en Gran Bretaña hubo un elenco permanente de ejecutores oficiales. Este empleo a tiempo parcial fue siempre muy requerido. En 1953, la Comisión Real observó: “Sin duda, la ambición que impulsa a un promedio de cinco personas por semana a postularse al cargo de verdugo, revela cualidades psicológicas que ningún Estado desearía alentar en sus ciudadanos”.





VIDEOGRAFÍA:

Queridísimos verdugos (completo, en español)
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Pierrepoint (trailer)
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BIBLIOGRAFÍA:









FILMOGRAFÍA:



21 comentarios:

Anónimo dijo...

La pena de muerte, además de degradarnos como seres humanos, también es susceptible de aplicarse a inocentes, ya que nunca existe la certeza absoluta de la culpabilidad de alguien.
Alan Gell es citado por Penn y Teller en su programa sobre la pena de muerte como uno de los condenados a la pena capital que luego se demostró que era inocente, siendo los verdaderos culpables los testigos que declararon en su contra. Gell fue condenado a muerte en Carolina del Norte en 1998 y permaneció condenado cuatro años hasta que un juez ordenó que se celebrase un nuevo juicio alegando que los fiscales habían ocultado pruebas exculpatorias. En el segundo juicio, celebrado en febrero de 2004, Gell fue absuelto de todos los cargos.
Quienes propician la pena de muerte consideran justificado que se corra el riesgo de que también se aplique a inocentes. Siempre, claro está, que esos inocentes no sean ellos.

Anónimo dijo...

Hace unos días, también mataron a un condenado a muerte en EEUU con la inyección letal. Estuvo 20 años en el "corredor de la muerte" y finalmente lo ejecutaron por "haber matado a un policía". Esto fue en Georgia. Nunca se pudo demostrar la culpabilidad de esta persona, llamadao Troy Davis. QEPD.

Salem dijo...

Que diferencia la pena de muerte con matar a alguien por algun motivo...
todos se acuerdan del pobre reo,y la victima?no hay justicia para ella?
de los errores de la justicia probando la culpabilidad del condenado,no la tiene la pobre victima.Aunque es cierto,está comprobado q la pena capital,no baja el indice de asesinatos..
Saludos a todos los sangrientos en especial a Escrito

Galo Nomez dijo...

En un momento se dice que Yugoslavia "ahora fusila". Debería decir "después fusilaba", porque ese país no existe desde hace ya casi diez años.

Y para el primer anónimo (y de paso a Salem): las políticas de mano dura no llevan a prisión a los delincuentes, sino a los inocentes, porque están planteadas desde la irracionalidad que provoca el miedo, no a partir de la eficacia en el combate al crimen.

Anónimo dijo...

Poco después de que fuera probada con éxito en 1887 la primera silla eléctrica de la historia, los fabricantes recibieron un pedido de tres unidades del negus de Abisinia (Etiopía) Menelik II. Cumplido el encargo, el emperador abisinio, comprometido con un programa de modernización de su país, no pudo llegar a estrenarlas por la sencilla razón de que Abisinia no contaba por entonces con energía eléctrica. El emperador, una vez superado el enfado con sus asesores, utilizó aquellas sillas como tronos imperiales.

Anónimo dijo...

Muy buena entrada, pero el último ejecutado mediante garrote vil en España no se llamaba Francisco Puig, su nombre fue Salvador Puig Antich, un chico de 20 años perteneciente al Movimiento Ibérico de Liberación, un personaje que marcó un antes y un después en la conciencia social de mi país.

Saludos sangrientos.

Anónimo dijo...

23 años, rectifico. (soy la del anterior comentario)

Manuel Pérez dijo...

Espero que no le rompan los huevos al autor del blog por poner otra "tipología", jeje. Nunca faltan los troles.

Muy interesante entrada. Apartando un momento el debate sobre la vigencia actual de las penas de muerte, esta entrada nos recuerda cosas muy importantes. Cabezas hervidas en la entrada de un pueblo? Decapitaciones y hogueras públicas, con multitudes de gente morbosa y supersticiosa alrededor para recolectar algo de sangre?

Eso de los Derechos Humanos y el hecho de que ahora la sangre y la mutilación nos horrorice a la mayoría, son concepciones muy recientes. Y eso que Escrito no hizo mención de ciertos métodos más sofisticados utilizados por los Romanos y la Inquisición. El ser humano toda su historia ha sido un salvaje.

Anónimo dijo...

Justo estaba pensando lo mismo que menciona Manuel Pérez. Creí que las tipologías habían terminado (y leí esta entrada con mentalidad de "tipología" justamente) pero me gustó mucho. Nos muestra ese sentimiento encontrado entre respeto y repudio hacia los encargados de aplicar la pena capital.

J. A. Méndez dijo...

Generalmente nos fijamos en los métodos de ejecución, haciendo de lado a los verdugos, se les imagina como un ente más que como una persona, sin saber o sin querer saber que son seres humanos como cualquier otro, sus motivaciones o incluso sus miedos, para tan singular oficio.
La pena de muerte es en mi opinión, un arma de dos filos, si por una parte anula definitivamente al criminal, por otra, y es tal vez la causa principal de que sea tan rechazada, la posibilidad de que sea aplicada contra un inocente, y para ello no existe reparación posible al daño.
Saludos a todos.
Juan Arturo.

Anónimo dijo...

FUI A LA EXPO DE SESINAS SERIALES Y ME QUEDÈ IMORESIONADA CON EL CASO DE ALICE MITCHEL. LA MONJA MALVADA. PERO REALMENTE NO HAY MUCHA INFORMACIÒNSOBRE ELLA. OJALÀ Y PUDIERAS ARMAR ALGO INTERESANTE SOBRE ELLA.

Anailuy dijo...

Muy buena entrada
Existe un documental sobre los metodos de muerte a presos, en el cual dicen si es verdad que son indoloros haciendo experimentos fisikos.
Espero y lo puedas agregar a la entrada estoy segura que les gustara mucho...creo q se llama pena de muerte no me acuerdo muy bien

Saludos!!!

z0epy dijo...

HOLA A TODOS"""

PUES ESTA ENTRADA LE DA UN MARCO IMPORTANTE A LOS VERDUGOS, QUIEN LO DIRIA YA QEU SE LES VEIA COMO LOS MOUSTROS, OGROS, GENTE MONGOL Y ASI POR EL ESTILO, POR QUE HASTA LOS DIBUJABAN COMO SE VE HOMBRES FUERTES Y CRUELES AUNQUE EN CIERTAS EJECUCIONES ESTO SI ES IMPORTANTE EN OTRAS SON PERSONAS COMO NOSOTROS, CON SANGRE FRIA EN DEFENITIVA, PERO SI QUISIERA HACER UN PARENTESIS, SI ESTOY MAL ESCRITO CORRIGEME, EXPLICASTE SOBRE LOS VERDUGOS PERO NO POR QUE A ELLOS SE LES OCURRIERA ERA COMO UN TRABAJO, PERO QUE TIENEN QUE VER LOS NAZIS ELLOS MATABAN NO POR QUE FUERAN VERDUGOS SINO PREPOTENTES ASESINOS CON OTROS IDEALES, A MI PERCEPCION NO TIENEN NADA QUE VER CON ELLOS.

COMO ESE REY CORTAGARGANTAS, NO LO HACIA POR QUE FUERA UN VERDUGO SINO POR QUE ERA UN SANGUINARIO ASESINO BUENO ES MI PERCEPCION...

Y COMPARADO A LAS MUERTES RAPIDAS DE AHORA SON MEJOR QUE LA DEL ELEFANTE QUE HA DE SER AGONIZANTE Y AUNQUE AQUI TE FALTO MENCIONAR LA DEL CABALLO QUE POR CIERTO ES UNA QUE AMI ME DEJO PERPLEJA CUANDO LA MECIONASTE EN ALGUNA OCASION DONDE LOS AMARRAN DE UNA EXTREMIDAD A UN CABALLO Y GALOPAN HASTA DESTROZARLO QUE HORROR""""

Y ANAILUY RECOMIENDA BIEN ESE DOCUMENTAL
SALUDOS A TODOS LOS SEGUIDORES DEL WEBSITE
☺ANAILUY
☺HALFORD
☺KARUNA
☺LAURA ALFARO
☺TESSIO
☺GALO NOMEZ
☺SPIZMA
☻☻☻ESCRITO CON SANGRE☻☻☻

Lorencillo dijo...

Saludos Sangrientos:
En estos tiempos que corren resulta interesante replantearse la pena de muerte, citando a un ideologo sudafricano, del tiepo del Apartheid "a quien se le aplica la pena de muerte, no vuelve a cometer ning´jun delito". Pero si hay casos de personas ejecutadas siendo inocentes, por "erro judicial". Quisiera comentar que la "inyección letal" no es solo de tiopental sódico, tiene otros dos componentes, que no dire cuales son, solo mencionaré que era la misma fórmula utilizada por el Dr. Kevorkian en su "Thanatron", con mucha eficacia para causar la meurte sin sufrimiento, hasta que le retiraron la licencia médica. Se dice que a John Wayne Gacy le instalaro mal la venoclisis, y esto le causó una muerte dolorosa. Según algunos relatos, quien bajó la palanca en la ejecución de Ted Bundy fue una mujer. y ya dentro de mi área de conocimientos (neurología) una cabeza decapitada puede tener conciencia hasta 5 minutos, por estudios de EEG en los años 70 fue que se dejó de eplear la guillotina, pero en algún relato macabro de Alejando Dumas, narrra que el verdugo se quejaba de que las cabezas de los aristócratas masticaba el fondo de la cesta... Trabajo muy interesante e ilustrativo, de como el hombre refina métodpos de crueldad para despachar al otro mundo a los2inconvenientes" de la sociedad.

Laura Alfaro dijo...

De todas las entradas esta es la que mas me ha gustado. Esta muy bien explicada la historia de los verdugos, y tal y como dice escrito, es interesante que de toda la sociedad, el sea un asesino autorizado en tiempos de paz. Tambien me parece interesnte el hecho de que matar ha sido considerado siempre un tabu, y que por este motivo en las sociedades donde se ha aplicado la pena de muerte el papel del verdugo sea visto de formas tan dispares, pero en ultimas discriminatorias. Siempre se ha visto al verdugo con miedo y respeto, ya que es el que debe matar a aquellos que han "cometido" crimenes (la ejecucion de inocentes es un tema largo). Y matar es visto como el peor pecado que se puede cometer. Por tanto, y como bien hace ver J.A Mendez, los verdugos son tambien seres humanos y deben haberse visto presionados constantemente por la necesidad de su trabajo y la reaccion de la sociedad, y esto tuvo que haberlos afectado psicologicamente en gran medida, de una forma u otra.

Otra cosa que me llama la atencion es el que se trata de encontrar un metodo para matar de forma humanitaria, el ser humano ha pasado de disfrutar de espectaculos sangrientos a horrorizarse por ellos. Y sin embargo, un detalle propio de los humanos es que buscan constantemente perfeccionar las formas de matarse entre si, construyendo mejores armas. Como dice Manuel Perez, el ser humano sigue siendo un salvaje.

Un saludo a todos, en especial a Escrito por habernos deleitado con esta tipologia que se le habia quedado en el tintero, a Karuna, Halford, Z0epy, Galo Nomez, y a todos los sangrientos.

Anónimo dijo...

mientras los filosofos piensan si nos degradamos como seres humanos, si es correcto, si al combatir a un mounstruo se transforma en uno, el mundo necesita justicia y no hay mejor justicia para alguien que asesina que ser asesinado quiza haya alguien lo suficientemente valiente como para no tenerle miedo a la ejecucion pero mas que de ejemplo el mensaje de la pena de muerte es que el que se va al hoyo no regresara a seguir haciendo daño. claro aunque en gobiernos corruptos moririan mas inocentes que criminales, si en mexico se aplica ten seguro que mas que criminales seran enemigos del poder establecido que moriran. felicidades super entretenido tu blog.

Ad Humanitatem dijo...

Si.
Está bien.
Todo esta muy bien.
Pero creo que se te ha olvidado
el PRINCIPAL ASESINO,
y digo "Principal" porque éste era
Asesino "Por la Gracia de Dios",
e, indudablemente,
cuando se es Criminal
por tan Alta Gracia,
evidentemente,
se es el PRINCIPAL ASESINO, claro.
Su nombre:
Francisco Franco Bahamonde.
¿Podrías poner algunos
de sus miles de Crimenes?

Anónimo dijo...

Muy bueno me lo leí todo

Anónimo dijo...

Muchas gracias por la información. Muy completa y bien explicada. Te lo agradezco de veras.
Un saludo

JILO VERDUGO dijo...

HOLA SOY JULIO VERDUGO: LA RECOPILACION ES MUY BUENA, PERO LOS NAZIS NO ERAN VERDUGOS SOLAMENTE ERAN ASESINOS COMO LO COMENTAN.
ELLOS CREIAN QUE ERAN UNA RAZA SUPERIOR A TODAS LAS DEMAS
PERO TODOS COMPARTIAN LA MISMA IDEOLOGIA. EN LA HISTORIA DE NUESTRO
ERA SIEMPRE A EXISTIDO CRUELDAD Y LA MALDAD. SALUDOS TODO LAS PERSONAS QUE COMPARTEN SUS COMENTARIOS EN ESTA PAGINAN.¡RECUERDEN QUE NO TODOS SOMOS MALOS

Ampersand dijo...

Interesante entrada, en definitiva ha sido mayormente explicada en el cuerpo del texto, dando muestras de las variantes en métodos de ejecución y perfiles de los ejecutores.

Empero, yo imagino que en la mente de un verdugo debe haber una fuerte conciencia con un muy alto sentido del deber, para emplear un instrumento o dispositivo para terminar con la vida de un condenado a muerte; pero en el caso de los nazis y rusos, no creo que quepa la designacion de verdugo, de manera adecuada sería el de exterminadores, puesto que no hacieron preguntas de ningún tipo, ni se preocuparon por el bienestar del condenado, y sólo hicieron gala de un total desprecio por la condición humana, obedeciendo ciegamente a un sistema totalitario que encontró en ellos un excelente sistema de represión, de capacidades, me permitiré el término, industriales, al eliminar masivamente a seres humanos en su mayoría inocentes.

Rompiste con tu excelente trabajo el estereotipo arraigado en la conciencia colectiva del verdugo, e hiciste un ensayo más que un artículo, en donde lo extenso no importó, sino conservar el interés del lector en el tema .... Saludos !!!!