Starr Faithfull: "La Chica del Mar"



“La vida es bella cuando a una sólo le quedan veinticuatro horas”.
Starr Faithfull en su carta final


Starr Wyman nació el 27 de enero de 1906 en Chicago, Illinois (Estados Unidos). Era hija de Frank Wyman II, un hombre de negocios oriundo de Chicago y educado en Harvard, y de Helen MacGregor Pierce, perteneciente a una prestigiosa familia de Boston que se declaraba emparentada con un presidente estadounidense del siglo XIX. Cinco años más tarde la pareja tuvo otra hija, Tucker; pero el matrimonio fracasó y Helen y las niñas comenzaron a pasar largas temporadas con su acaudalada familia. En 1918, Wyman consiguió un empleo en París y Helen depositó toda su confianza en una prima segunda, Martha, casada con el alcalde de Boston, Andrew Peters.



Starr Faithfull cuando era niña, corriendo en la playa con su perro


En la familia Faithfull nada era como aparentaba, especialmente en el caso de Starr, la hija mayor. Andrew Peters tenía cincuenta y nueve años y aspiraba a coronar su triunfal carrera política con el cargo de gobernador de Massachusetts. Peters, un rico abogado miembro de una de las familias más antiguas del estado (el primer Andrew Peters llegó en 1657 procedente de Inglaterra), trabajó como subsecretario del Tesoro durante el mandato del presidente Woodrow Wilson y de 1917 a 1921 fue alcalde de Boston, cargo para el cual tuvo que vencer al abuelo del presidente Kennedy. Fue en el transcurso de la campaña para alcalde cuando comenzó a sentir un interés malsano por Starr, a quien acostumbró a considerarlo como padre sustituto. Entonces Peters contaba cuarenta y cinco años y ella once; y continuó ejerciendo su dominante influencia a lo largo de toda la adolescencia de la joven. Andrew Peters había hecho un buen matrimonio y tenía seis hijos, todos ellos varones. Le gustaba divertirse en sus ratos de ocio y se había equipado para ello con una granja de caballos, una lujosa casa de veraneo en una isla próxima a la costa de Maine y un magnífico yate.



Starr Faithfull escuchando caracolas, obsesionada con el mar


Starr era una preciosa jovencita de once años cuando Peters comenzó a sentir un vivo interés por “Bamby”, como la llamaba, y se dedicó con entusiasmo a ejercer el papel de padre. Fue por aquella época cuando la niña se convirtió en una preocupación para sus profesores: se volvió huraña, sensible y reservada; leía libros poco apropiados para su edad y confiaba sus sentimientos a un diario. En 1921, con el dinero de Peters, enviaron a Starr a Rogers Hall, una distinguida escuela para señoritas del norte de Boston. Después de pasar el verano de 1923 en Maine, invitada por los Peters a su casa de veraneo, la joven comenzó a mostrar súbitos cambios de carácter: unas veces se maquillaba en exceso y otras se vestía con ropa de hombre. En ocasiones tenía una rara expresión en los ojos, como si estuviera drogada. Los Wyman se divorciaron en 1924 y el 7 de febrero de 1925 Helen se casó con el viudo Stanley Faithfull. La recién inaugurada familia se instaló en West Orange, una población de Nueva Jersey, al otro lado de Hudson; entretanto, Stanley trataba de involucrar en sus negocios a los inversionistas neoyorquinos. Dichos inversores parecían poco dispuestos a secundar sus planes y los Faithfull estaban pasando serios apuros económicos cuando la ayuda les llegó de un modo bastante peculiar.



La familia Faithfull: los padres y la hermana de Starr


De acuerdo con la versión de los Faithfull, el 26 de junio de 1926 Andrew Peters, que se encontraba en Nueva York, recogió a Starr, quien entonces tenía veinte años, para llevarla a ver un espectáculo de Broadway. Al rato llamó por teléfono a la casa de West Orange y comentó que, como se estaba haciendo tarde y amenazaba tormenta, se las iba a arreglar para que “Bamby” pasara la noche en el hotel Biltmore. A la mañana siguiente, cuando la joven regresó a su casa, aturdida y con la mirada perdida, se refugió inmediatamente en su cuarto. Veinticuatro horas más tarde mantuvo una íntima conversación con su madre, en la que le contó una escalofriante historia de corrupción de menores con el alcalde de Boston como protagonista. Andrew Peters había empezado instruyéndola acerca de “las cosas de la vida”, haciéndole leer en voz alta algunos párrafos de los libros de Havelock Ellis, uno de los pioneros de la sexología y abogado del amor libre. Luego, gradualmente, pasó a “pervertidos actos sexuales” cuyos detalles nunca se hicieron públicos. Aquellas relaciones llegaron a su punto culminante la noche del 26 de junio, cuando Peters emborrachó a Starr, se registró con ella en el hotel Astor, de Times Square, como padre e hija, y por primera vez mantuvieron una relación “normal”; al menos así lo aseguraron los Faithfull. La madre de la joven, angustiada, comentó todo aquello con una de sus amigas de Boston; ésta se puso en contacto con un abogado, quien presionó al alcalde para que contribuyera a sufragar los gastos de la rehabilitación emocional de Starr.



Andrew Peters


En agosto de 1927, Andrew Peters pagó $25,000.00 dólares, de los cuales $5,000.00 fueron a parar al abogado. Lo que quedó después de atender las deudas más urgentes de la familia se empleó en un psiquiatra para Starr y en una serie de viajes transoceánicos. Según declaró su padrastro a los detectives, eran lo único capaz de proporcionar a la joven “placer y reposo mental”. Starr satisfizo su afición a la buena ropa y asistió a una escuela de pintura. La joven visitó Londres y París, el Mediterráneo y las Indias Occidentales. Lo que más le gustaba de todo era Londres, especialmente Chelsea, y entre 1927 y 1930 viajó en cinco ocasiones a la capital británica.



Starr Faithfull


Starr era adorable, pero nadie la quería; se hacía pasar por una niña bien, pero se dedicaba al chantaje; coqueteaba descaradamente, pero el sexo la aterraba. Sólo era una joven caprichosa, obsesionada con registrar cosas en su diario. El diario comenzaba el 1 de septiembre de 1926, el mismo día en que Starr regresó de su primer viaje al extranjero, y continuaba de forma esporádica hasta el 3 de junio de 1929, con enormes lagunas entre unas anotaciones y otras. La Starr del diario acababa de salir de la adolescencia y de la traumática experiencia sufrida con Peters: una joven huraña, desconcertada, a quien disgustaba su padrastro. “Stanley es HORRIBLE. ¡Cómo odio a Stanley!” Estos comentarios eran abundantes. La última anotación recogía un tema constante: “Dios maldiga esta casa”. Dos días después de la noche pasada en el Hotel Astor y apenas dos horas después de su supuesto derrumbamiento y de la confesión realizada ante su madre, Starr emprendió su primer viaje transoceánico: un crucero de nueve semanas por el Mediterráneo a bordo del California. Regresó del viaje perdidamente enamorada de un tal “H. M.”, a quien los Faithfull identificarían como Herbert Miller, uno de los directores del crucero. “Oh, Dios mío”, se lamentaba al segundo día de su vuelta. “Estoy locamente enamorada de H.M. y dispuesta a suicidarme si no lo vuelvo a ver”. Su madre actuó como intermediaria para arreglar una última y conmovedora entrevista con Miller, que estaba casado, antes de que el California zarpara hacia Inglaterra. Al poco tiempo, Starr centró su atención en otro hombre mayor que ella, Edwin Megargee, un pintor especializado en retratar perros. “Le he dicho que lo único que deseo en este mundo es amor”, escribió la joven en su diario. Según sus propias palabras, estaba “trastornada, deprimida, nerviosa y asustada”, cuando sus padres contrataron los servicios del doctor William Van Pelt Garretson, un psiquiatra de moda de la Quinta Avenida que prescribió una terapia bastante radical para borrar las heridas infligidas por Peters y recomendó a los Faithfull que a la paciente le convenían “unas relaciones sexuales normales”.



Para ello los Faithfull eligieron a Megargee, un cuarentón soltero que, al parecer, había vivido una breve aventura con la madre de Starr. Megargee cumplió su cometido y durante algún tiempo la joven estuvo inmersa en una especie de éxtasis, sin sospechar jamás que no se trataba de una “relación auténtica”, como su madre la describió despiadadamente. El álbum de recortes de Starr recogía algunos detalles de un viaje realizado con Andrew Peters en 1923, cuando no era más que una colegiala de diecisiete años. En su diario, durante el año 1927, Starr escribió:

“2 de abril (sábado). He subido a la habitación de Edwin y no puedo repetir ni la finalidad ni el resultado de la llamada, porque temo que alguien pueda leer este diario. Sólo puedo decir que esperaré al jueves.

“3 de abril. Le he dicho a mamá lo que pasó el sábado. Edwin dijo: ‘De acuerdo, pequeña’ cuando le ofrecí pasar la noche en su estudio, y nunca se lo hubiera propuesto de haber sabido que lo tomaría en serio.

“6 de abril. Mañana es el día. Mañana por la noche es la cita con Edwin.

“8 de abril. Ahora me siento agotada, mareada y muy contenta. Mamá dice que está encantada de que sucediera y que fui una buena chica. Pienso constantemente en ello y estoy impaciente por ver a Edwin.

“14 de abril. Por fin Edwin está realmente enamorado de mí. Parecía ansioso por pasar otra noche de amor.

“20 de abril. Mamá y yo tuvimos una conversación acerca de los hijos y las precauciones que hay que tomar, y de un montón de cosas sobre las que no me gusta escribir.

“27 de abril. Hablé un poco con Tucker de lo mío con Edwin y ahora estoy furiosa por haberle dicho nada.

“9 de junio. Fui a ver al doctor Garretson y lloré, lo cual pareció afectarle mucho.

“10 de junio. Fui a comer, al cine y a un restaurante chino con mí querido Edwin, que quiere ir a un hotel conmigo”.



La “aventura” terminó, muy juiciosamente, con el primer viaje realizado por Starr a Gran Bretaña acompañada de una institutriz. No sólo el diario, sino también el drástico psiquiatra revelarían la estrategia pergeñada por Stanley para sacarle el dinero a Andrew Peters, el seductor de la joven, amenazándole con hacer públicos los hechos y demandarlo judicialmente. Todos los miembros de la familia participaron en el asunto y Starr, “completamente paralizada”, se vio obligada a testificar ante varios abogados, quienes cerraron un acuerdo económico a cambio de un documento firmado en el que se protegía al entonces alcalde de Boston de cualquier futura “reclamación” por parte de los Faithfull. El premio para Starr fue un nuevo viaje, el primero que hizo a Gran Bretaña. Su regreso a casa, el 1 de agosto de 1927, quedó alegremente registrado en su diario. “¡Dios mío, qué día tan extraordinario! Mamá y Stanley estaban esperándome en el muelle. Stanley tiene un aspecto tan bueno que no le reconocí. ¡Todo es increíblemente maravilloso! La estrategia de Stanley ha sido un éxito y hemos conseguido $20,000.00 dólares del viejo A. Tendremos un coche nuevo y una motora, y todo lo que queramos. ¡Estaba tan nerviosa y tan asustada! ¡Oh, Dios mío, cuánto quiero a Bill!”



George Jameson Carr


Biil era el doctor George Jameson Carr, médico del "Aurania", el barco que llevó a Starr hasta Glasgow en el trayecto de ida. La aventura con Megargee no sólo no había surtido el efecto deseado, sino que la volvió aún más maníaca. “Fui a dar una vuelta y compré más provisiones en una farmacia”, escribió en su diario el día que se embarcó. “Me he emborrachado con los chicos de Wright... terriblemente borracha”. El enamoramiento por el doctor Carr no tuvo un buen comienzo. Un día le avisaron para que atendiera un caso urgente en un camarote y encontró a Starr completamente borracha en compañía de un hombre. “Se hallaba en estado de coma; de hecho creí que había muerto”, declararía el médico. En el transcurso del viaje la joven confió todos sus secretos al atractivo doctor, especialmente la experiencia sufrida con Peters, y cómo el éter y los somníferos la reanimaban y ayudaban a olvidar el pasado. En agosto de 1928, cuando Carr llegó a Nueva York a bordo del "Aquitania", ella hizo cuanto pudo para despertar sus celos: se emborrachó en compañía del ayudante de Carr, el doctor Lancaster, y luego le contó que había pasado la noche con él en un hotel. Un mes más tarde, Carr estaba en Liverpool a punto de zarpar con destino a Boston cuando Starr, sin un solo penique, ni siquiera un bolso de mano, se presentó en el muelle. Le dijo que se había escapado de su casa y embarcado en el “Franconia” para ir a Londres en busca de Lancaster, pero se había quedado sin dinero. Carr le pagó el pasaje de vuelta a Estados Unidos, donde su comportamiento se volvió cada vez más autodestructivo. La noche del domingo 30 de marzo de 1930 la encontraron en la habitación de un hotel cerca de Central Park, en compañía de un hombre de mediana edad. Se habían registrado con el nombre de Joseph y Marie Collins. Starr yacía en el suelo, desnuda e inconsciente; le habían dado una paliza terrible y estaba completamente borracha. La trasladaron en una ambulancia al hospital Bellevue. El hombre consiguió escapar y nunca llegaron a identificarlo. Starr no se acordaba de nada; solamente dijo: “Estuve bebiendo ginebra hasta perder el conocimiento. Supongo que alguien me golpeó un poco”. Aquel mismo mes le sucedió algo parecido en el hotel Montclair, en Lexington Avenue, aunque esa vez no la hirieron. Ese verano, de regreso en Londres convenientemente acompañada por una institutriz e instalada en un tranquilo hotel de Kensington que eligió su padrastro, estuvo a punto de morir a causa de la ginebra y el Veronal (un barbitúrico). La institutriz, una tal señorita Little, relató las correrías nocturnas de la joven por las calles, descalza y en pijama. Pero sus escapadas en Nueva York no se quedaban atrás, de acuerdo con lo que tiempo después contaría Vivian Denton, propietaria de un bar clandestino, en el área de los clubes y bares de Greenwich Village, entre las que se incluía un striptease espontáneo efectuado por Starr ante la clientela masculina, mientras el pianista interpretaba la canción “Papá me mece con una dulce nana”.



El doctor Carr


Rex Fairbanks, un despilfarrador profesional, recordaría a Starr como “una campeona en el deporte del amor” y declaró haber sido su amante durante sus últimos meses de vida. Pero describió la actitud de la chica ante el sexo como “totalmente confusa” y opinaba que “vivía en un mundo ilusorio”. Por entonces Starr mantenía correspondencia con Rudolph Haybrook, un artista que había sido su mejor amigo en Londres (y que más tarde se convertiría en el prometido de su hermana). Sus cartas expresaban la nostalgia que sentía por Chelsea; por Cadogan Arms ("El verano pasado sí que bebimos cerveza..."); por un “buen whisky doble” en el Six Bells, o por las excursiones a la tienda de Woods. Haybrook conservó siempre la última carta que le envió Starr. “Ya tengo la reservación de mi pasaje en el ‘Franconia’, que zarpa de Nueva York el 30 de mayo. Uno de mis amigos viaja en este mismo barco, lo cual explica mi decisión. En cuanto el barco deje atrás la Estatua de la Libertad comenzaré a creer en Dios, en las hadas, en Santa Claus y en todo eso. ¿Sí? ¡Sí!”



Las cartas dirigidas por Starr a su madre en 1929 muestran un enorme entusiasmo que contrasta terriblemente con sus momentos de desesperación. Estos extractos están fechados poco tiempo después de un intento de suicidio: “En lo relativo a amoríos, ahora mismo no tengo ninguno: estoy pasando una fase platónica después de mi pelea con D. B. a causa de la sobredosis. La última vez que lo vi parecía un pájaro gordo con ojos grandes y alucinados. El resto de mis ‘amores’ no están aquí. D.B. es demasiado débil para suplicarme. R.H., el pintor, era demasiado brusco. Cuando una persona se comporta bruscamente yo hago lo mismo y el resultado es un ruido tan endemoniado, que hasta el casero se queja. Un hombre llamado lord Brendon quería que fuera con él a Budapest (¿cómo demonios llamarías tú a eso?). Como ya te dije, me he vuelto muy platónica. Y es un estado magnífico. ¡Ciao!”



Durante su última visita a Londres, que duró de junio a noviembre de 1930, su familia se trasladó a Greenwich Village. Los muelles de la naviera Cunard quedaban a unos pocos minutos en taxi y desde el apartamento de St. Luke's Place, en el último piso del edificio, se podían oír perfectamente las sirenas de los grandes trasatlánticos. Pero aquel verano de 1931 Starr no pudo disfrutar de un nuevo viaje de placer. Por aquella época la ruina de los Faithfull era más grave que nunca y Stanley intentaba ganarse la vida vendiendo colchones de hule. El 4 de mayo, una llamada urgente efectuada desde Boston volvió a desenterrar el pasado. El secreto del acuerdo con los Peters parecía haberse quebrado: alguien que decía ser periodista estaba haciendo investigaciones acerca del abogado de Peters. A medida que se aproximaba el mes de junio, Starr parecía más y más preocupada; desquiciada incluso. Las heridas que el largo aprendizaje en prácticas eróticas había dejado en ella eran mucho más profundas de lo que su propia familia estaba dispuesta a admitir.



El 29 de mayo, Starr subió al barco “Franconia” para despedirse del doctor George Jameson Carr, el médico del barco y, según diría después la señora Faithfull, buen amigo de la joven. Starr se había enfadado con Carr, quien bebió más de la cuenta y le dejó para reunirse con un director de cruceros llamado Francis Peabody Hamlin; también estuvo con dos “tipos maravillosos”: Bruce Winston y Jack Greenaway. Según le comentó a su hermana, este último era “alto, moreno y muy guapo”. Stanley Faithfull salió con destino a Boston a mediados de semana y entonces el ritmo de vida social de Starr se aceleró extraordinariamente. Al parecer, se vio varias veces con Hamlin y se encontró otras tantas con Winston y Greenaway, eventos que les contó a su madre y a su hermana. También les comentó que había acompañado a Hamlin al estudio del famoso pintor Harry Stoner y asistido a una fiesta celebrada en honor de Miriam Hopkins, la célebre actriz. La tarde del jueves 4 de junio, la joven volvió a casa completamente borracha y dijo que tenía una cita aquella misma noche con Hamlin. Cuando la madre mostró su desacuerdo, Starr se puso histérica; entonces su hermana intentó despejarla echándole agua encima y luego le tapó la boca con una toalla para que dejara de gritar. Lo cual no fue lo bastante eficaz, porque volvió a salir aquella noche. Regresó a casa alrededor de las 02:00 horas y contó que había estado en un bar clandestino (por primera vez en su vida, según la versión que brindaría su madre) y que había dado un largo y divertido paseo en coche en compañía de Greenaway y de Hamlin.






Francis Peabody Hamlin


El fin de semana posterior al incidente del “Franconia” hizo un calor terrible. Starr fue dos veces al cine, una de ellas al Roxy (“la mejor sala de cine del mundo”, apuntó en su diario) para ver Papacito piernas largas, una película acerca de una huérfana a quien protege un misterioso millonario. Al parecer, la joven aguardaba la llegada de una carta importante, porque lo primero que hacía nada más levantarse era ir a mirar el correo. El martes 2 de junio se desahogó contándole sus problemas a su antiguo “profesor”, Edwin Megargee. Según éste, al llegar, Starr se tumbó en un sofá y él le preparó un cocktail bastante suave. Entonces ella le dijo: “Dios mío, ¡qué loca estoy! No debería beber tanto. Me pregunto, ¿qué pensará ahora Carr de mí? La próxima vez intentaré controlarme. Sí, lo haré. La próxima vez tendré buen cuidado de no emborracharme”. Luego tomó otro trago, le pidió que le proporcionara algo de éter (cosa que él no hizo) y, cuando estaba a punto de marcharse, le comentó que se iba a Londres la semana siguiente. En respuesta a la pregunta de quién pagaría los gastos, Starr contestó que su familia le sufragaría el pasaje. Se marchó de allí de excelente humor después de decirle: “Hasta luego, viejo amigo, hasta la vuelta. Y si no vuelvo a verte más... bueno, ¡a apurar las copas y feliz aterrizajel”



Starr Faithfull se dio tiempo de escribir y enviar tres “cartas suicidas“ durante esos días, dirigidas al doctor Carr. La primera de ellas, redactada en papel del hotel Plaza, la echó al correo el sábado 30 de mayo. Se trataba de una confusa confesión de lo que se asqueaba a sí misma, junto con una llamada de atención. La segunda, en papel de cartas del hotel Pennsylvania, la envió poco después de su entrevista con Megargee el 2 de junio. Era una petición formal de disculpa por su comportamiento a bordo del “Franconia”, con la evidente finalidad de que él la pudiera mostrar a sus superiores en caso de tener algún problema con ellos. La tercera carta, esta vez en papel con membrete de la boutique Lord and Taylor, la echó al correo en Grand Central la tarde del 4 de junio. Se trataba sin duda alguna de una nota de suicidio, en la que manifestaba sus sentimientos de rechazo e inadaptación. Fue enviada la noche anterior a su desaparición: “Hola, Bill, viejo: ahora todo se ha acabado. Lo único que temo es que alguien me la juegue y evite que lo haga, cuando es lo único que puedo hacer ya. Si uno quiere salir libre de la acusación de asesinato tiene que procurar no perder la cabeza. Lo mismo ocurre con el suicidio. Estoy intentando consumar mi final. No puedo hacer otra cosa más que lo que tengo previsto. No volveré a verte nunca más. Quiero olvidar. Voy a emborracharme dándome cuenta de cada segundo que pase. La vida es bella cuando a uno sólo le quedan veinticuatro horas. Ya no tengo que temer vivir sin verte. No volveré a verte nunca. Es increíble. Aunque no puedo comprenderlo más de lo que comprendo las palabras ‘siempre’ o ‘tiempo’, éstas causan una parálisis llenas de compasión. Starr”.



Una de las cartas suicidas de Starr


El jueves 4 de junio, entre las 12:00 y las 15:00 horas, Starr llamó a un estudio de pintura solicitando un trabajo para posar como modelo y visitó su ex escuela de arte, cuyo director estaba demasiado ocupado para atenderla. Luego un conocido la vio pasar cerca de la estación Grand Central. El viernes 5 de junio, Stanley volvió de Boston a las 08:00 horas y se encontró con una Starr “especialmente animada y alegre, y desacostumbradamente dulce”, ya que estaba sirviéndole a su madre el desayuno en la cama. A las 09:30 horas salió de casa para, según comentó, “arreglarse el pelo”, aunque advirtió: “Tal vez no regrese hasta la noche”. A su madre no le gustó mucho la idea, por lo que la joven prometió llamarla. Lo último que su familia vio de ella fue una elegante silueta vestida de negro: un abrigo de paño con cuello de zorro encima de un vestido de seda, un sombrerito de fieltro y un par de zapatos negros. Todo ello de la marca Lord and Taylor. Dos horas después de salir de casa, aún continuaba por la zona, porque alguien la vio comprando papel en un quiosco de Greenwich Village. Alrededor de las 12:00 horas, ella y una atractiva rubia pidieron cita en un salón de belleza del centro comercial de Grand Central. La recepcionista recordaba cómo ambas se habían reído al comentar Starr que acudiría “fielmente” (en inglés, faithfully) a la cita, cosa que no hizo. Poco después de las 13:00 horas, en el muelle de la naviera Cunard, el taxista Murray Edelman vio una silueta que le resultaba familiar. Se trataba de la misma joven a la que una semana antes había ayudado a “despejarse” de una borrachera. Esta vez salía del muelle donde estaba atracado el “Mauretania” en compañía de un inglés obeso vestido de uniforme. Después de subir juntos al taxi, el hombre le dio la dirección: el número 12 de St. Luke's Place, en Greenwich Village. Los dos olían a alcohol. Una vez allí, Edelman oyó cómo la chica le proponía una nueva cita en el muelle a las 16:00 horas, a lo que él puso ciertos reparos. “¡Adiós, Brucie!”, oyó gritar a Starr. Pero el hombre parecía encantado de librarse de ella. “Al infierno con ella. Ha sido un placer...”, le dijo al taxista, quien lo llevó de vuelta al puerto, en Line Row. En menos de una hora, Edelman estaba en el primer turno en la parada de taxis, cómodamente apoyado sobre el capó de su vehículo, cuando vio salir por la entrada de mercancías al mismo oficial en compañía de la misma joven, quienes se dirigían a su taxi. Le dieron instrucciones para que llevara a Starr de nuevo hasta su casa, pero no habían recorrido más que una manzana cuando un camión les bloqueó el paso. Musitando una disculpa, la joven se apeó rápidamente y se dirigió de vuelta al puerto. Edelman no tenía duda alguna de que se trataba de Starr y los dos trayectos quedaron anotados en su libro de contabilidad.



A las dos horas aproximadamente, un vecino estaba convencido de haber oído gritos procedentes del apartamento de los Faithfull y una voz femenina que decía: “No puedo hacer eso; tiene que parar de una vez”. Luego reinó el silencio. Nadie más declaró haber oído el incidente, pero el vecino continuó insistiendo en su historia a lo largo de varios interrogatorios. Poco después de las 22:30 horas, el sargento de policía Patrick Dugan se encontraba frente al muelle 56, donde estaba amarrado el “Carmania”, cuando vio salir de él a una joven "acompañada de un hombre obeso". Al cabo de un rato apareció un taxi: el hombre metió a la joven en el vehículo y éste desapareció. Dugan, un veterano que llevaba nueve años vigilando el muelle de la naviera Cunard, había tratado personalmente con Starr durante el incidente en el “Franconia” y estaba seguro de que se trataba de ella. Incluso fue capaz de precisar la hora con exactitud, porque en Manhattan comenzó a llover a las 22:20 y Dugan se acababa de poner a resguardo del agua cuando divisó a la joven y al hombre sin identificar. Fue la última vez que se vio a Starr Faithfull con vida.



El primer fin de semana del mes de junio de 1931 empezó siendo muy caluroso; luego la temperatura descendió súbitamente. A lo largo de todo el domingo una espesa cortina de niebla cubrió la salida del puerto y las personas reunidas en Long Beach no llegaban a las veinte mil. A primeras horas de la noche estalló una terrible tormenta, pero el lunes 8 de junio amaneció claro y soleado. La disposición del cadáver señalaba que había ido a parar allí poco antes de las 00:30 horas, momento en que la marea estaba alta. Long Beach es una isla pegada a Long Island y dotada de una carretera y un puente ferroviario que proporcionan un acceso directo al centro de Nueva York. En 1931 eran muchos los que preferían vivir en las afueras y Long Beach estaba formado por pequeñas avenidas, flanqueadas de bungalows y bautizadas con los nombres de los estados de la unión, que llegaban hasta la misma playa.



Long Island


Aquel lunes por la mañana un raquero llamado Daniel Moriarty se levantó con el alba y comenzó a caminar en dirección oeste, dejando el sol a sus espaldas. Estaba a punto de llegar a Minnesota Avenue cuando su mirada se topó con lo que creyó era una toalla de baño tendida a pocos pasos de uno de los rompeolas de rocas y arena que dividían la playa a intervalos regulares. Hasta que no lo tuvo delante, Moriarty no se dio cuenta de que se trataba del cuerpo de una joven que el mar había arrojado a la orilla durante la noche. Un caro vestido de seda empapado de agua y ceñido con un cinturón negro de cuero resaltaba las generosas curvas de una chica cuyos pies estaban cubiertos solamente por unas medias de seda. La laca de uñas de los dedos de los pies, de color escarlata, se mantenía impecable, como si los acabaran de pintar.



Daniel Moriarty


Moriarty se arrodilló junto al cadáver, profundamente emocionado por aquella imagen inocente y lasciva. Suavemente y con cierta torpeza le bajó el dobladillo de la falda para taparla lo mejor posible. Luego se levantó y llamó por gestos a otros dos raqueros que andaban rastreando la playa: los tres hombres estuvieron un rato haciendo cábalas sobre aquél hada surgida del mar. Al rato se les unió una mujer que se hallaba paseando a su perro; y acabaron ordenando a un muchacho, George Evans, que cruzara la playa en una carrera para avisar a O'Connor, un agente de policía que se olvidó de las clásicas instrucciones de jamás alterar las pruebas de un crimen y organizó a los mirones; éstos le ayudaron a arrastrar el cadáver lejos de la orilla.



George Evans


Varios hombres rodeaban ya el cuerpo de la muerta. No era el típico cadáver arrastrado por el mar: se trataba de una preciosa jovencita absurdamente vestida con atractivas sedas. Sus miembros llenos de golpes indicaban la posibilidad de que no hubiera muerto ahogada. Era Starr. Encontraron a la joven al amanecer en Long Beach, una concurrida playa del Outer Basin, en el puerto de Nueva York. Estaba tendida de espaldas en una suave y húmeda hondonada excavada por la marea al bajar. Incluso muerta se trataba de una auténtica belleza y al pequeño grupo de personas congregadas en el lugar del hallazgo les pareció observar que sus labios esbozaban una seductora media sonrisa. Thomas Cusick, un socorrista, la describió como “una expresión de absoluta paz”.



El cadáver de Starr Faithfull


El médico que se presentó en el lugar del hallazgo no hizo sino confirmar lo evidente: no había pulso. A las 09:30 horas, el cadáver estaba rodeado de todos los efectivos de la policía y de los socorristas de servicio; a esa hora llegaron a la playa el inspector Harold King y tres detectives del departamento de policía del condado de Nassau, seguidos por el enterrador. Trasladaron el cuerpo al depósito, donde le quitaron toda la ropa. La ausencia de ropa interior era casi tan sorprendente como el perfecto estado de las medias de la víctima, cuidadosamente sujetas a un pulcro liguero color carne; tan sólo presentaban dos ligeras rasgaduras, debidas al constante azote de las olas. No hallaron identificación alguna, ninguna joya ni efectos personales, ni siquiera un anillo o un reloj de pulsera, y los alrededores de la playa parecían completamente vacíos de pistas. Como pista contaban únicamente con la etiqueta del vestido, comprado en Lord and Taylor, una tienda elegante de la Quinta Avenida. Era un vestido muy original: la seda tenía un dibujo de cachemira en tonos azules y blancos, y las hojas, bellamente entrelazadas, combinaban el rojo y el verde.




La autopsia comenzó a las 15:10 horas y, cuando apenas la habían terminado, se presentó alguien reclamando el cadáver: un hombre de negocios llamado Stanley Faithfull había informado de la desaparición de su hijastra Starr. Esta había salido a la peluquería el viernes por la mañana y no sabían nada de ella desde entonces. Faithfull vivía con su esposa y sus dos hijastras, Starr y Tucker, en el número 12 de St. Luke's Place, un bloque de viviendas de mediados del siglo XIX situado en Greenwich Village. Se trataba de una dirección perfecta para inspirar respeto, ya que el alcalde de Nueva York vivía en el número seis. Starr tenía veinticinco años, pero según su padrastro no era más que una chiquilla. Insistió en los celosos cuidados que su familia le había prodigado y aseguró que la chica jamás pasó una noche fuera de casa. El caballero deseaba evitar toda publicidad: una petición muy poco frecuente, dadas las circunstancias del caso.




El lunes por la tarde Faithfull llamó a la policía y dijo que había leído una noticia acerca del cadáver hallado en Long Beach. Le proporcionaron las direcciones oportunas y a los pocos minutos se puso en camino para identificar el cuerpo. Había media hora de tren hasta Mineola, el centro administrativo del condado de Nassau. A Faithfull le enseñaron primero el vestido, colgado en una percha. “Es de Starr. No hace mucho que lo compró”, dijo. Después lo condujeron al depósito, donde la frialdad de su reacción sorprendió al inspector King. Se quedó mirando el rostro unos momentos y luego le tocó la frente. “Pobre niña”, fue todo lo que dijo. Luego pronunció su propio veredicto: “La han asesinado”, aseguró al inspector. Este escribió en su informe: “La afirmación de Faithfull fue categórica”. Tan categórica, que King tomó la decisión sin precedentes de avisar al doctor Otto Schultze, uno de los forenses más prestigiosos de Nueva York, para que realizara una autopsia más minuciosa que la llevada a cabo por el médico de la localidad, quien había procedido con demasiada rapidez.



El cadáver rodeado de gente


Durante dos horas Schultze estuvo diseccionando y explorando el cadáver, y dictando sus observaciones a un taquígrafo. King y media docena más de personas le miraban atentamente. Era cerca de medianoche cuando salió del depósito para toparse de inmediato con un enjambre de periodistas. Alguien le había filtrado la noticia a la prensa y cuando Stanley Faithfull llegó a su casa, una multitud de reporteros le aguardaban para abordarlo. Atrapado en medio de las escaleras que conducían a la puerta principal de su casa, Faithfull describió a su hijastra como “una joven alegre, despreocupada y tranquila”, que no sentía interés por los hombres y carecía de motivos para encontrarse en Long Beach, un lugar que nunca en su vida había visitado.






El vestido de Starr


La noche anterior a su desaparición Starr se había mostrado “completamente feliz”, añadió. Nunca se ha explicado del todo cómo el padrastro de Starr se enteró tan rápidamente del hallazgo de un cadáver en la playa y su extraña premonición acerca del modo en que se produjo la muerte despertó las sospechas de la policía. La pregunta de Stanley Faithfull, quien previamente manifestó que se trataba de “simple curiosidad”, dejó atónito al detective sargento Gannon: “¿Sabe usted cuánto tiempo tarda un cadáver en emerger a la superficie en un caso de ahogamiento?” El lunes por la tarde Faithfull telefoneó a Gannon para decirle que le acababan de enseñar un recorte de prensa acerca de “alguien” encontrado en Long Beach y le preguntó dónde debía dirigirse para una identificación. Quienes se molestaron en examinar las ediciones vespertinas de los diarios neoyorquinos del 8 de junio de 1931 nunca lograron encontrar la noticia.



Otto Schultze


Los periodistas pudieron saber que a Starr le encantaba leer, ir de compras y asistir al teatro. Un reportero avispado, deseoso de obtener más detalles sobre aquel ejemplo de rectitud moral y aun a riesgo de echar por tierra sus sospechas acerca del asunto, pregunto al padrastro: “¿Tenía algún diario?” “Los he destruido todos”, fue la sorprendente respuesta, totalmente inesperada. “No intenten sacar deducciones de todo esto”, les advirtió Faithfull. Los diarios “no decían nada sobre hechos concretos de su vida: simplemente revelaban sus sentimientos”. Luego el hombre, con arrogancia, amenazó con demandar a los periódicos que mancharan el nombre de su hijastra. Stanley Faithfull se abrió paso entre los murmullos de la concurrencia para dar la noticia de la muerte de Starr a la madre de la joven y a Tucker Faithfull, su hermana. Los periodistas dieron media vuelta y salieron en desbandada hacia Mineola, donde no tardaron en enterarse del resultado de la nueva autopsia; enseguida reconocieron al doctor Schultze, con quien habían coincidido en casos anteriores. El forense les dijo que, en efecto, la víctima se había ahogado: llevaba muerta unas cuarenta y ocho horas.



Los periodistas afuera de la casa de los Faithfull


Pero aún había más. En el cadáver se apreciaban golpes, muchos de los cuales se los habían infligido cuando la joven aún estaba viva. “Quizás”, especuló el doctor Schultze en voz alta, “se produjo un forcejeo”. En el informe dirigido a la policía el forense enumeraba más de cien lesiones. La cara estaba llena de pequeños arañazos; junto al puente de la nariz había una quemadura y las mejillas presentaban una ligera hinchazón. En la garganta se observaron algunos arañazos y manchas rojizas; y, por último, el brazo derecho estaba magullado. En la espalda, la joven había recibido una paliza brutal. En la zona comprendida entre la axila y la paletilla izquierda se extendía un hematoma producido por un fuerte golpe. El muslo y la pantorrilla derecha estaban machacados y el muslo izquierdo presentaba también terribles contusiones. Entre las lesiones internas se incluía el desgarramiento del hígado.



Stanley Faithfull


Al día siguiente, los neoyorquinos desayunaron con los detalles de la “muerte de la joven millonaria”. Los periodistas la bautizaron con dos sobrenombres: “La Joven Ahogada” y “La Chica del Mar”. Los titulares del Daily News, siempre sensacionalista, eran los más escuetos: “Las lesiones indican una lucha violenta; el padre destruye su diario”. “Estoy siguiendo una serie de pistas poco convencionales”, comunicó King a la prensa. Los vecinos de los Faithfull los describieron como poco comunicativos y no fueron capaces de arrojar demasiada luz sobre la persona de Starr. Se enteraron de que en la escuela, Starr había dirigido el equipo de natación, por lo que la hipótesis de muerte por ahogamiento parecía aún menos probable. Con una sola ojeada a los titulares de la prensa matutina del martes, el fiscal del distrito del Condado de Nassau, Elvin Edwards, decidió hacerse cargo del asunto. Él y su ayudante interrogaron a Stanley Faithfull durante tres horas en Mineola, y aquella misma noche repitieron el interrogatorio en St. Luke's Place, donde también entrevistaron por separado a su esposa y a Tucker, la hermana de Starr. Era ya casi medianoche cuando Edwards salió del apartamento seguido de King y comunicó a los periodistas que aguardaban fuera que el caso estaba resuelto. Estaba tan seguro de sí mismo, que se lanzó a pormenorizar lo sucedido. En algún lugar de Manhattan dos hombres habían golpeado a Starr y luego la habían trasladado hasta Long Island, donde la metieron en un barco y la sumergieron, inconsciente, bajo el agua, afirmó el fiscal. Este estaba “seguro” de conocer la identidad de uno de los asesinos y apuntó: “Uno de ellos es un conocido hombre de la política”. Los excitados periodistas dirigieron su mirada hacia la casa del alcalde, a unos pocos metros de allí. Pero Edwards los acabó de desconcertar al comunicarles que él y King salían inmediatamente hacia Boston en el tren de medianoche. Estaban pensando en otro alcalde.



Los titulares


Long Beach se encontraba lo suficientemente cerca como para convertirse en guarida perfecta de los traficantes de alcohol y de los gangsters que proveían a Nueva York de bebidas de contrabando durante aquel año, el undécimo de la Prohibición. Los mafiosos carecían de escrúpulos y se sospechaba de su implicación en varios secuestros de jovencitas, tal y como hicieron notar los periódicos. Los reporteros se enteraron de que en la escuela, Starr había dirigido el equipo de natación, por lo que la hipótesis de muerte por ahogamiento parecía aún menos probable. El condado de Nassau, en la zona neoyorquina de Long Island, era por entonces el refugio preferido de millonarios y estafadores, que durante la Prohibición aprovechaban las ensenadas para el contrabando de alcohol. El fiscal del distrito, Elvin Edwards, dirigió la lucha contra las bandas de gangsters con la ayuda de Martin LittIeton, un fiscal belicoso, muy preocupado por su imagen, cuyo padre asumió la defensa de Harry Kendal Thaw, autor del disparo contra el arquitecto Stanford White en un famoso caso de asesinato ocurrido en 1906. Edwards, de cuarenta y nueve años, solía decir: “Las bandas de gangsters tomarán el condado de Nassau por encima de mi cadáver”. Su “ejército” estaba formado por los trescientos miembros del departamento de policía del condado, cuyo detective jefe era el inspector Harold King, un hombre regordete y riguroso. Long Beach contaba con un alcalde corrupto y un cuerpo de policía sobornado por la Mafia. Los casos de muerte violenta se remitían a las autoridades del condado, razón por la cual King se ocupó del caso Starr. Edwards tomó a su cargo el caso Faithfull, exultante tras la triunfal acusación en contra de Francis “Dos Pistolas” Crowley, un asesino de veinte años que, al ser arrinconado en Manhattan por trescientos policías, sobrevivió a una lluvia de setecientas balas. En el juicio declaró: “No tenía otra cosa que hacer, así que me puse a cargarme polis”. Fue él quien inspiró, en 1939, la película de James Cagney, Ángeles de caras sucias.



La Prohibición


Según su padrastro, Starr Faithfull era tranquila, culta y reservada. Su hermana, sin embargo, declaró que se drogaba, que carecía de inhibiciones y que era “alocada”. “Un hombre pervertido y mayor que ella la sedujo cuando no era más que una niña”, añadió el señor Faithfull, “y ahora ese mismo hombre la ha matado”. Pero la policía encontró otros seductores y otros posibles asesinos. Stanley Faithfull señaló al seductor de Starr, el ex alcalde de Boston, Andrew Peters, como el asesino; y esto fue lo que impulsó al fiscal Edwards y al inspector King a salir corriendo aquella misma noche con destino a Boston. Con la condición de guardar un estricto sigilo, Faithfull describió las relaciones a las que Peters había sometido a Starr, siendo ésta menor de edad, como “de la peor clase, de la naturaleza más sórdida posible”. Peters era “el tipo de hombre capaz de deshacerse de ella”. Y lo detectives se tomaron muy en serio esta hipótesis. Aparte de aquella desagradable iniciación por parte de Andrew Peters, el padrastro aseguraba que Starr jamás mantuvo ninguna relación amorosa. Describió la semana anterior a su muerte como rutinaria, exceptuando el viernes anterior a su desaparición, en que asistió a una “pequeña fiesta” celebrada a bordo del trasatlántico “Franconia”, de la naviera Cunard, antes de que éste zarpara para Inglaterra. Y, como una ocurrencia de última hora, Faithfull añadió que a su hijastra “no le gustaba el alcohol”. La información del resto de la familia fue más esclarecedora.



Helen Faithfull, madre de Starr


Francis Hamlin era el eslabón que atraía la mayor atención del fiscal del distrito Edwards. El director de cruceros de la naviera Cunard tenía veintitrés años y era un hombre corpulento de 1.98 metros de estatura. Vivía en Boston, donde su padre, además de jugar al polo, trabajaba como corredor de Bolsa, y era nieto del general Francis Peabody (en la cumbre de la vida política durante cuarenta años) y partidario acérrimo de Andrew Peters. Así pues, reunía todas las cualidades para desempeñar el papel de cómplice en el sucio trabajo que Edwards imaginaba se había llevado a cabo. A las 05:45 horas, un grupo de policías aguardaba en la estación de Back Bay, de Boston, la llegada del tren procedente de Nueva York para proteger a Edwards y a King de la estrepitosa multitud de periodistas que los esperaba. La primera tarea del fiscal consistió en explicar la misión que traía al jefe de la policía, Michael Crowley. Luego debía enfrentarse con Andrew Peters. Pero el ex alcalde se escapó de su oficina en su vehículo, dejando a su abogado el encargo de puntualizar que, de acuerdo con las leyes federales, nadie podía obligarle a prestar testimonio en un caso perteneciente a otro Estado. Tras efectuar una discreta investigación, Crowley descubrió que durante los días de la desaparición de Starr, Peters había estado en la costa de Maine dando cortos paseos en su yate "Malabar VII", ninguno de los cuales duró tanto como para hacer ni remotamente posible un viaje de once mil kilómetros hasta Long Beach. Tan sólo quedaba Hamlin. La primera frase del gigantesco director de cruceros al enterarse de la muerte de Starr fue: "¡Dios mío!" Cuando lo llevaron ante la policía, presentó una coartada tan perfecta como todo su pasado. Había estado en el número 81 de East Street, en Manhattan, con una de sus ricas tías y luego regresó en coche a Boston a primeras horas del sábado 6 de junio, en compañía de un amigo que acababa de volver de un crucero a La Habana: “Es un Mercedes; no puede pasar desapercibido”, afirmó; en Boston no tenía nada que hacer en particular, así que pasó el fin de semana con su padre.



Charles Rowley, abogado de los Faithfull


Francis Peabody Hamlin se acordaba de Starr, pero no del mismo modo que ella le recordaba a él. Al subir a bordo del “Franconia”, a primeras horas de la tarde del 29 de mayo, “le pareció haberla conocido” en un crucero realizado en 1928 a las Indias Occidentales y la acompañó hasta la oficina del doctor. Luego se la encontró llorando y le pidió al camarero que la ayudara. Hamlin permaneció a bordo hasta las 17:00 horas, momento en que partió el barco; pero juró que no la había vuelto a ver. Según Hamlin, la semana siguiente, que Starr describió repleta de fiestas, nunca sucedió. “No, no, no“, contestó cuando le preguntaron si conocía a Greenaway, a Winston o a Stower. Tampoco recordaba encuentro alguno con la actriz Miriam Hopkins. El fiscal, Elvin Edwards, compuso una sonrisa falsa para enfrentarse con la prensa. “El señor Hamlin nos ha proporcionado una valiosa información”, declaró a los periodistas. Después puso un telegrama a Londres involucrando en el asunto a Scotland Yard. El “Franconia” había acabado su travesía por el Atlántico y se pedía urgentemente que se tomara declaración a toda la tripulación. Del doctor Carr no consiguieron declaración ninguna. Pero nadie la echó de menos, ya que los periódicos continuaban dando nuevas noticias. “A la caza de pistas en un trasatlántico de recreo. Una heredera borracha. Cien policías persiguen a un taxi”. Eran pequeñas muestras de la investigación, que revelaba un aspecto completamente distinto de la “bella y cultivada jovencita solitaria” de los titulares de días anteriores.



El atracadero de la naviera Cunard


La tripulación del “Franconia” y varios trabajadores del puerto rivalizaron en proporcionar las descripciones más gráficas de cómo el barco zarpó cuando Starr aún continuaba a bordo y de cómo tuvieron que recurrir a un remolcador para que la dejara en tierra mientras ella pataleaba y gritaba, completamente borracha. Todavía seguía gritando: “¡Tengo que irme a Inglaterra!” cuando la metieron en un taxi con unos cuantos limones para que los chupara. Y había más. Una semana después, el mismo día de su desaparición, varios testigos juraron que la vieron de nuevo en los muelles de la naviera Cunard, no una, sino dos veces, totalmente ebria. Estos pensaron que el objeto de su interés era el “Mauretania”, que partía a las 16:00 horas en un crucero de cuatro días a las Bahamas. Cuando los detectives se enteraron de esto, el “Mauretania” ya había vuelto de su travesía. Littleton, el ayudante del fiscal, y un grupo de policías subieron a bordo rápidamente para examinar la lista de pasajeros y buscar algunas de las prendas de Starr extraviadas. No se halló nada en contra de ningún viajero ni ropa perteneciente a la víctima.



Edwards y King regresaron a Nueva York para enfrentarse con dos nuevas pruebas bastantes desconcertantes. La primera era el comentario final con que se cerraba la autopsia. El doctor Schultze había encontrado tal cantidad de arena en la tráquea y en los pulmones de Starr, que llegó a la conclusión de que la joven se había ahogado en aguas poco profundas, probablemente de menos de trescientos metros. Al parecer, había que descartar la caída desde un trasatlántico en medio del mar. La otra prueba la constituía el informe del más prestigioso toxicólogo neoyorquino, Alexander Gettler, quien no había encontrado ningún resto de alcohol en el cadáver, pero sí de drogas. Gettler había detectado en el organismo de la joven 634,8 mg. de Veronal, una droga hipnótica que actúa con enorme rapidez, y concluyó que, en el momento en que se ahogó, Starr Faithfull estaba inconsciente o, al menos, semiinconsciente. Demostró también que cuatro horas antes de su muerte había comido abundantemente, ya que todavía aparecían restos de carne, setas, papas y fruta. El toxicólogo, que con anterioridad a esta investigación había participado en otras veinticinco mil, señaló que la droga se la podían haber administrado subrepticiamente por medio de los alimentos. Y estaba convencido de que en el momento de su muerte Starr estaba completamente sobria. “Los restos de alcohol no desaparecen del organismo hasta treinta y seis horas después del último trago, y eso significa treinta y seis horas de vida. La víctima no tomó un solo trago en las treinta y seis horas anteriores a su muerte. Pueden estar seguros”. Lo cual fue una sorpresa, porque la joven era conocida como bebedora habitual. Veinticuatro horas después de la promesa de un arresto inmediato nada tenía sentido. Fue entonces cuando aparecieron intactas treinta y seis páginas de los diarios “destruidos” de Starr Faithfull.



Los diarios de Starr


Los meses de trabajo detectivesco condujeron a la caza de Bruce Winston, Jack Greenaway o cualquier otra persona que hubiera estado con la víctima. Todos los que, según Starr, estuvieron con ella, lo negaron tajantemente. El artista Harry Stoner confesó conocer a la joven, pero insistió en que hacía años que no la veía. La fiesta en honor de la actriz Miriam Hopkins tuvo lugar, en efecto, y Stoner asistió a ella. Y lo mismo hicieron otros setenta y cuatro invitados y docenas de personas que se colaron en ella. Nadie recordaba a un Winston, un Greenaway o una Starr Faithfull. Starr comentó que Winston era actor, pero el único actor llamado Bruce Winston estaba en Londres, trabajando en una revista musical. Por casualidad, se descubrió que la última vez que el actor viajó a Nueva York, Starr asistió a una fiesta celebrada en su honor a bordo del “Carmania”. Lo cual no hacía sino complicar los esfuerzos de la policía por identificar al hombre al que vieron con la víctima horas antes de su desaparición. El taxista que la había llevado con el inglés obeso juró haberla oído gritar: “¡Adiós, Brucie!”



Uno de los forenses del caso


La muerte de Starr Faithfull no supuso tragedia alguna para los agentes navieros, que se esforzaban por continuar manteniendo llenos los buques transoceánicos aun en medio de la Gran Depresión. La compañía naviera White Star Line llegó incluso a publicar varios anuncios en los periódicos dando cuenta de las últimas noticias acerca del caso Starr, cosa que nunca hizo la naviera Cunard, a quien el asunto le tocaba tan de cerca que no se sentía cómoda. La disminución del número de pasajeros de primera clase y de los beneficios obtenidos gracias a los que viajaban en cubierta, principalmente los emigrantes europeos, cuyo número descendió considerablemente, se compensaron con la invención de la “clase turista”. Esta nueva estrategia comercial aspiraba a alentar el deseo de aventuras y de viajes al extranjero entre la alegre juventud estadounidense. Los chismes acerca de Starr, “la coqueta cabeza de chorlito”, y los barcos en los que viajó, supusieron un estímulo para satisfacer aquel anhelo.



Nueva York en 1931


Las salidas de los barcos eran momentos caóticos y pintorescos: a los pasajeros a menudo había que sumar los visitantes, A principios de verano y en un día bueno para navegar, un buque grande podía albergar a cinco mil visitantes, la mayoría de los cuales hacía caso omiso de los avisos que daban los gongs de la Cunard o las trompetas de la White Star; hasta que por fin eran expulsados por la estridente sirena que señalaba la partida del barco. Las travesías a medianoche eran consideradas muy elegantes. Normalmente empezaban con una cena en tierra o con unas cuantas copas en un bar clandestino; luego los pasajeros y sus amigos hacían carreras por las calles de Manhattan hasta llegar al trasatlántico, iluminado bajo la oscura mole de rascacielos. Una vez a bordo la excitación era contagiosa: en todas partes se sucedían las fiestas privadas mientras se bailaba en el salón. Una vez que el barco había zarpado no era raro encontrarse con algún pasajero sin billete. A la mañana siguiente, el barco del práctico tenía que llevarlo a tierra, avergonzado y con los ojos vidriosos.



Cada barco tenía su propia personalidad, desde el viejo “Mauretania”. El preferido de muchos, hasta el alegre y moderno “Ile de France”. Pero los rituales y hábitos del crucero trasatlántico, que duraba cinco o seis días, eran sorprendentemente semejantes. El Atlántico Norte es traicionero; la niebla podía no disiparse en toda la travesía de Manhattan a Southampton y se registraban tormentas con olas de tres metros de altura. No obstante, los pasajeros intentaban mostrar un falso desprecio hacia los elementos y el temible mareo con la ayuda de un régimen ligero a base de sopa caliente, paseos por la borda y lo que la naviera Cunard denominaba “un enérgico deporte”; y el interés que despertaban las partidas diarias de sleepstake. Durante el día todo el mundo se instalaba en las tumbonas y reservaba previamente las más resguardadas, para más tarde conservarlas celosamente. Solía decirse que dos tumbonas juntas y cubiertas con mantas de viaje para protegerse de las tormentas del Atlántico podían reproducir perfectamente la misma intimidad de una cama de matrimonio; y, además, nunca se podía estar seguro de quién sería el vecino de uno.



Los lujosos trasatlánticos


En pleno caso Faithfull, los periódicos informaron de que el príncipe Carlos de Bélgica había viajado de incógnito para verse con la hija del dueño de una lavandería de San Francisco y que se había citado con ella en un trasatlántico, precisamente en esa situación. Por la noche llegaba el inevitable reto de qué ponerse para la cena y el concurso de modas; y, por supuesto, el baile a cargo de la orquesta del barco. En son de broma, se decía que los estadounidenses viajaban a Europa en busca de alcohol, ropa y divorcios. Lo primero no podía ponerse en duda. Los estadounidenses llevaban sobrios una década, pero el viaje transoceánico (excepto en los barcos de Estados Unidos, que por esa razón no eran nada competitivos) transcurría bastante “mojado”; y la sed de los norteamericanos era más evidente en los trasatlánticos que en ningún otro sitio. El “Ile de France”, acabado en 1927, contaba con el bar más grande de todos. Tenía además un hidroavión, que despegaba cuando el barco se hallaba a unos 5.000 kilómetros del puerto para repartir el correo de sus pasajeros un día antes de la llegada. Al New York Times le gustó la idea y creía probable que algún día “fuera posible prescindir por completo del barco”. En junio de 1939 un avión de la Pan Am inauguró el primer servicio comercial aéreo desde Long Island hasta Europa. El 26 de octubre de 1958 despegó el primer jet americano de pasajeros en dirección a París: se había firmado la sentencia de muerte del viaje por mar.



El cuerpo de Starr yacía en un rincón apartado del puerto natural más grande del mundo, coronado por la incomparable silueta de Manhattan y la sensacional elegancia de la Estatua de la Libertad. La noche en que la joven falleció, Liner Row, en la zona oeste de la “Gran Manzana”, estaba repleto de grandes buques preparados para zarpar. El “Mauretania” había partido a primeras horas de la noche, pero aún quedaban por desatracar el “Ile de France”, el “Minnewaska”, el “Olympic”, el “Britannic” y el “Transylvania”, situados uno junto a otro a la espera de ser trasladados Río Hudson abajo antes del mediodía del día siguiente. El “Ile de France” y el “Olympic” zarparon antes de medianoche, y el resto de los trasatlánticos por la mañana. Todos ellos siguieron exactamente la misma ruta.



El piloto, después de dejar a popa la ciudad brillantemente iluminada, tenía que atravesar The Narrows, entre Brooklyn y Staten Island; luego girar bruscamente hacia el Ambrose Channel y, finalmente, dirigirse al enorme faro de Ambrose. Después de efectuar toda clase de cálculos sobre las corrientes y las resacas, King y Littleton llegaron a la conclusión de que era aquí, un lugar en el que los trasatlánticos disminuían la velocidad para que el piloto desembarcara, donde Starr debía haber abandonado el barco. Y por eso su cadáver fue hallado en Long Beach, a unos once kilómetros al norte. Stanley Faithfull no aceptó jamás esta hipótesis. Tanto él como otras muchas personas mantenían que a Starr la habían drogado y arrojado al mar desde una embarcación pequeña, que habría zarpado de alguno de los numerosos muelles privados desperdigados a lo largo de todo Long Beach o de la intrincada costa de Long Island.



Los restos de Starr fueron incinerados, no sin que antes dos detectives interrumpieran el funeral para que cuatro personas, que aseguraban haber visto a la víctima en extrañas circunstancias en la época de su desaparición, identificaran el cadáver. Estos testigos describieron cómo habían ayudado a una joven embriagada, que al parecer llevaba encima un montón de dinero, a coger un taxi en la zona de Grand Central, en Manhattan, para que éste la trasladara a Long Island. Al examinar el cadáver hubo disparidad de opiniones (dos de ellos encontraron un fuerte parecido y los otros dos, ninguno) y al final esta línea de investigación no condujo a ninguna parte. Tan sólo quedaba el diario. El detective Culkin lo descubrió durante un registro efectuado en el dormitorio de Starr, abarrotado de ropa, libros y recuerdos. El diario, envuelto en una seda roja, estaba detrás de una estantería, oculto por una colección de poemas de Tennyson y una novela de intriga titulada Tras las puertas cerradas. Alguien había arrancado una docena de páginas. Stanley Faithfull confesó haber quemado los otros dos diarios siguiendo instrucciones de su hijastra, pero insistió en que desconocía la existencia del que había encontrado Culkin. El contenido del diario facilitó el que los detectives interrogaran a la familia con más conocimiento de causa y las revelaciones de nuevos testigos hicieron posible descubrir a la auténtica Starr Faithfull. Las anotaciones de su viaje habían desaparecido (evidentemente, estaban en las páginas arrancadas), pero los detectives pudieron reconstruir las posteriores aventuras de la joven valiéndose de otras fuentes. El inglés Rudolph Haybrook estaba seguro de que a la joven la habían asesinado para evitar que testificara en calidad de víctima en un caso de corrupción de menores, cuyo secreto la joven guardaba a cambio de los $25,000.00 dólares proporcionados, y la prensa londinense hizo pública su convicción. Todo esto despertó la atención de la policía, porque en Nueva York aún no se conocía el acuerdo firmado con Peters.



El funeral de Starr Faithfull


Después de diez días de intensa investigación, el agotamiento se apoderó de las personas que se habían visto involucrados en el asunto. El detective Culkin, exhausto, se vio obligado a guardar cama. Andrew Peters sufrió una depresión nerviosa y el gato de Starr, a quien la joven había bautizado con el nombre de “Peter”, falleció. Así que a los fotógrafos, que continuaban aguardando un “bombazo” que nunca llegó a producirse, no les quedaba más que el perro “Congo”, ante quien disparaban sus objetivos en cuanto el animal salía a dar el paseo diario. Sin embargo, acabó apareciendo una nueva y siniestra pista: se descubrió que la desaparición de Starr había coincidido con el intento por parte de Stanley Faithfull de extorsionar de nuevo a Andrew Peters o, en su defecto, a sus familiares; y que el viaje realizado a Boston a principios de junio no tenía como finalidad vender colchones, sino visitar a algunos abogados. En el escritorio de Stanley los detectives encontraron el borrador de una carta, fechada el 5 de junio, dirigida al cuñado del ex alcalde de Boston, en la que describía el destino, “peor que la muerte”, que su hijastra había corrido a manos de Peters, además de manifestar la urgente necesidad de $10,000.00 dólares que evitarían el que los acreedores de la familia se quedaran con su casa de veraneo, en Cape Cod. La copia mecanografiada, debidamente firmada por la señora Faithfull, fue enviada el domingo. Se le había añadido una posdata amenazante hablando de la “terrible situación” que suponía la desaparición de Starr y una nueva amenaza acerca de la “mala publicidad” que aquel asunto supondría.



“Congo”, el perro de Starr Faithfull


Tal era la frustrante situación del asunto cuando el “Laconia”, con el doctor George Jameson Carr a bordo, llegó procedente de Liverpool la noche del lunes 22 de junio. En la caja fuerte del contador principal estaban celosamente guardadas tres cartas: las tres enviadas por Starr durante su última semana de vida, incluyendo la nota suicida. Carr contaba con una información más: la noche de su desaparición Starr se había estado divirtiendo, hasta tarde e intensamente, en varios barcos de la naviera Cunard. Ahí estaba la clave; el misterio lo había resuelto la propia víctima, decidieron los periódicos. Pero no por mucho tiempo. Antes de acabar el día ya estaban otra vez reescribiendo su versión y adornándola con nuevos datos.



Los investigadores del caso


Tucker Faithfull, la hermana adolescente de Starr y una fumadora empedernida, se convirtió también en una auténtica celebridad que recibía abundantes invitaciones e incluso ofertas de matrimonio. Tucker se negó a hacer públicos sus movimientos durante la época de la desaparición de Starr. De hecho, la joven había empeñado su abrigo falso de leopardo con intención de sufragar un billete de tren para pasar el fin de semana con un tal Jones. Tucker Faithfull, a quien le gustaba que la llamaran “Sylvia”, disfrutaba estando en el candelero y los periódicos le dedicaron adjetivos como “esbelta y con cara de muñeca” y “de mirada brillante”. Reveló, no obstante, una serie de tensiones ocultas en las que calificó a Starr de dominante, egoísta y una persona muy intolerante. “No siento su muerte. Todo el mundo es más feliz así. Llevaba una vida lamentable”, comentó.



Tucker “Sylvia” Faithfull, hermana de Starr


La Prohibición o “Ley Seca” convirtió a Estados Unidos en un país de infractores de la ley, que se negaban a renunciar a los placeres del alcohol. Alrededor de este sórdido mundo de bares clandestinos, jazz, prostitutas y gangsters famosos, se forjarían auténticas leyendas. Starr Faithfull se convirtió en un símbolo de la época, encarnando todos los excesos y sus consecuencias; era el perfecto compendio de todas las chicas de los ambientes sórdidos; y su comportamiento parecía más y más escandaloso a medida que se publicaban nuevas noticias sobre ella. El “noble experimento” de la Prohibición, destinado tanto a curar las almas de los estadounidenses como a salvar sus hígados, en 1931 no había conseguido sino justamente lo contrario. Las infracciones de la ley estaban institucionalizadas; el mafioso era el rey, y el alcoholismo había alcanzado proporciones de auténtica epidemia. Por entonces había en Nueva York treinta y seis mil bares clandestinos en los que se bebía alcohol de forma ilegal; y cuando diez diarios nacionales empezaron a competir por el logro de la exclusiva más escandalosa y uno de ellos ofreció $5,000.00 dólares de recompensa “a cambio de información con la cual resolver el misterio de la muerte de Starr Faithfull”, pareció como si a la víctima la conocieran en todos ellos. La desenfrenada especulación en tomo al contenido de su diario añadió un aroma de siniestra sensualidad a los rumores de chantaje y adicciones de todo tipo. Por otra parte, algunos párrafos de sus cartas, cuidadosamente escogidos (observaciones como “la Quinta Avenida es un lugar donde puedes encontrarte con señoras maleducadas y perros muy bien enseñados” o el hecho de considerar los rascacielos de Manhattan como “un inmenso cementerio”), proporcionaron una imagen de la joven de lo más sofisticada. Hasta sus fotografías lograron, con ayuda de un ligero retoque, adecuarse a esa imagen de sirena de los bares clandestinos; su descripción como “La Chica Jekyll y Hyde” sobrevivió a pesar de todas las contradicciones que aparecieron después.



La realidad llegó a confundirse de tal modo con la fantasía, que un novelista se encargó de destilar la esencia para inmortalizar a Starr Faithfull como modelo de una de las grandes protagonistas trágicas de la ficción estadounidense. John O'Hara tenía la misma edad que Starr y en la década de los veinte fueron incluso vecinos cuando ambos vivían en Nueva Jersey, aunque nunca llegaron a conocerse. Por entonces, O'Hara intentaba abrirse camino en el mundo literario de Manhattan. El novelista intentaba crear ficción a partir de hechos reales. Según decía, deseaba escribir “la verdad de su tiempo”. Y cuarenta años más tarde, en su lápida, un epitafio declararía que lo había hecho “mejor que nadie”. Pero en Nueva York, “la verdad” del año 1931 estaba profundamente anclada en los bares clandestinos y O'Hara la persiguió sin descanso. Un día típico comenzaba en el Dizzy Club; luego se seguía por Tony Soma's, centro de reunión de Dorothy Parker y de los escritores de moda; por el Onyx, la guarida de los intérpretes de jazz; el Broadway Room, donde el espectáculo empezaba a las 04:00 horas; y finalmente el Owl, un garito oculto detrás de una fábrica de cigarrillos y especializado en servir bebidas a partir de las 05:00 horas. De John O'Hara se decía que “solía pasar en los clubes nocturnos más tiempo del que la mayoría de los hombres pasan en la cama”. En 1933 estuvo a punto de suicidarse. Pero en 1935, una vez derogada la Prohibición, se dispuso a escribir un libro acerca de la faceta más corrupta y destructiva de la época. Lo tituló Butterfield 8 y se basaba en lo que ya era “la leyenda de Starr Faithfull”. El titulo provenía de una decisión de la Compañía Telefónica neoyorquina, por la que numerosas zonas de la ciudad se clasificaban en un código de letras; a partir de cada código se inventaba una palabra. Butterfield 8 abarcaba parte del East Side, donde O'Hara redactó su libro encerrado en un apartamento compartido y situado en un bajo. Butterfield era también el nombre de la primera mujer de Stanley Faithfull, quien falleció tres años antes de que éste se casara con la madre de Starr; pero al parecer este último dato no quería significar nada. Gloria Wandrous, la trágica protagonista de Butterfield 8, tenía en común con su modelo el hecho de que la habían violado en la niñez. Gloria es muy conocida en los mejores bares clandestinos y cuando se le antoja, está siempre dispuesta a irse a casa con cualquier desconocido. El libro comienza con la protagonista despertándose en un departamento de Park Avenue, propiedad de Weston Liggett, con quien ha pasado la noche. Este es rico, egoísta y cruel. Se ha marchado de la ciudad, no sin antes dejarle un sobre con tres billetes de veinte dólares y una nota pidiéndole perdón por haberle roto el vestido. La nota acaba así: “Te llamaré el martes o el miércoles”. “¡A mí me lo vas a contar!”, dice Gloria en voz alta. Luego registra el departamento y se lleva el abrigo de visón de la mujer de Liggett. Éste es el tono de todo el libro: desagradable, fuerte y perturbador. Las 310 páginas de la narración abarcan tan sólo unos pocos días y acaban con el suicidio de Gloria, destrozada por la hélice de un barco. Con Butterfield 8, John O'Hara se consagró como un gran novelista. Hollywood se apresuró a comprar la historia y eligieron a la actriz Elizabeth Taylor para que representara el papel de Gloria Wandrous. En 1960, la versión cinematográfica de la leyenda de Starr Faithfull ayudó a la actriz a ganar un Oscar.



El escritor John O’Hara


A Starr le encantaban el mar y los barcos. ¿Fue ella la que libremente eligió el agua como sepultura? ¿O bien alguien la empujó en medio de las olas? ¿O tuvo quizás un final aún más horrible: un brutal asesinato, tras el cual su cadáver fue despiadadamente arrojado al océano? La idea de una hermosa y sensual Starr Faithfull arrojándose a las profundidades desde algún trasatlántico iluminado cautivó la imaginación del público. A pesar de que Stanley Faithfull se apresuró a denunciar que aquellas cartas suicidas no eran más que falsificaciones (aunque su autenticidad estaba más que demostrada), el asunto se ponía cada vez más turbio. Durante los primeros días de julio, Gettler, el toxicólogo, modificaba en un informe confidencial el análisis del Veronal aparecido en el cadáver de Starr; algunas depuraciones posteriores demostraron que se trataba de Luminol, un fenobarbitúrico, una droga mucho más poderosa. Se supo también que el doctor Schultze era el único en mantener una hipótesis que nunca llegó a poner por escrito: cuando Starr apareció en Long Beach llevaba muerta más de 48 horas. Pero otros médicos y expertos (la policía, los socorristas, el forense) que examinaron el cadáver coincidieron en afirmar que no había estado en el agua más de diez horas. Tal y como señaló uno de ellos, “no existía hinchazón alguna”. En ese caso, todos los grandes trasatlánticos amarrados en Liner Row la noche del viernes 5 de junio habrían zarpado bastante rato antes y Starr debería haberse embarcado para su viaje hacia la muerte a bordo de una embarcación bananera: "El Plátano", el único barco que salió el domingo. Y las bananeras no eran precisamente su estilo. Había que tener en cuenta además la sorprendente ausencia de alcohol en su organismo y el perfecto estado de su vestido, cuidadosamente abrochado y con el cinturón puesto, que no lograba ocultar un torso y unos miembros terriblemente golpeados. La lógica parecía indicar una laguna de dos días en la calamitosa vida de Starr Faithfull. Y su padrastro se apresuró a ofrecer su propia solución al inspector King: dos agentes enviados por su seductor, Andrew Peters, la habían mantenido secuestrada en algún bungalow de Long Beach, la habían golpeado y después esperado el momento propicio para ahogarla.






Elizabeth Taylor interpretando a Starr Faithfull


Los detectives rastrearon los lugares más sospechosos, como por ejemplo el hotel Maryland View, “un ostentoso refugio para deportistas” próximo al lugar donde apareció el cadáver, pero no encontraron una sola prueba de que la joven hubiera estado en Long Beach. Ni tampoco encontraron rastro de las prendas desaparecidas. A finales de julio no se había producido progreso alguno y el asunto comenzaba a desaparecer de las primeras páginas de los periódicos; entonces Stanley Faithfull empezó a adoptar una serie de tácticas que causaron sensación. Después de hacer públicas sus acusaciones contra Peters y de calificar la actuación del inspector King y del fiscal Edwards de “negligente e incompetente”, solicitó la intervención del gobernador de Nueva York (y futuro presidente estadounidense), Franklin D. Roosevelt. Pero este se negó a intervenir y manifestó su absoluta confianza en el equipo encargado de la investigación. Media docena de detectives, al mando de Martin Littleton, continuaron comprobando hasta el más ligero rumor y examinaron meticulosamente los hoteles, casas de huéspedes, bares y cafeterías de la costa, incluso los más insignificantes. No encontraron a ningún Jack Greenaway. Cierta información condujo a los hombres de Littleton hasta Howard L. Greene, un director de cruceros de la naviera Cunard, propietario de un bungalow en Long Beach, próximo al lugar donde apareció el cuerpo de Starr; Greene estuvo a bordo del “Franconia” el 29 de mayo. Según el informador, alguien había visto a Greene con Starr y con otro hombre más en un bar clandestino de Long Beach. Pero después de interrogarle una noche entera, los detectives, desalentados, llegaron a la conclusión de que la elección de su vivienda no era más que una increíble coincidencia y que Howard Greene no sabía absolutamente nada. Charles “Vannie” Higgins, el gánster que, según se rumoraba, obtuvo más beneficios del sórdido secreto de Starr, tenía en su residencia de Brooklyn un teléfono directo con un sargento de policía de Long Beach. Este hecho se descubrió en el juicio, celebrado dos meses antes de la muerte de Starr, contra ocho de los socios de Higgins y ocho agentes de policía de Long Beach acusados de contrabando de alcohol. La acusación corrió a cargo de Elvin Edwards, el fiscal del distrito del condado de Nassau que más tarde dirigiría la investigación del caso Starr Faithfull. Los dieciséis hombres resultaron absueltos. Tanto Long Beach como Island Park (un promontorio situado enfrente de Long Island) contaban con su propio cuerpo de policía; y ambos estaban, en mayor o menor medida, sobornados por los mafiosos. En medio de esta zona “protegida”, en un estrecho canal de agua dotado de acceso directo al mar, se encontraba el hotel Tappe's, que se convirtió en un refugio seguro para muchas de las bandas de gánsteres más famosos de la época de la Prohibición. En octubre, una nueva información los condujo hasta el hotel Tappe's, un “cuartel” de los contrabandistas de alcohol situado en Reynolds Channel (la estrecha franja de agua que separa Long Beach de Long Island). El hotel Tappe's pagaba a la policía de la localidad para contar con su protección y varios gangsters solían utilizarlo como refugio; entre otros, Vannie Higgins, el criminal especializado en transportar en camiones el alcohol de contrabando desde Long Island hasta el centro de la ciudad. Varios detectives de incógnito hicieron una redada, pero la banda de mafiosos se había encargado de no dejar ninguna prueba. Aunque la investigación resultó un absoluto fracaso, los rumores acerca de la implicación en el caso del mundo del hampa no cesaron nunca.



Charles “Vannie” Higgins


Por otra parte, algunos informadores de aquel mismo ambiente se presentaron por separado con la misma historia, algo extravagante, en la que se involucraba conjuntamente a Peters y a una serie de bandas rivales de Boston y Nueva York. Un periodista especializado en estos asuntos, Sydney Sutherland, detalló aún más el asunto en el diario neoyorquino Daily News. La historia era la siguiente: poco antes de la desaparición de Starr Faithfull, una banda de matones de Boston se había enterado del pasado pecaminoso de Peters y lo habían obligado a pagar $30,000.00 dólares en dinero “negro”; dinero que acabó en poder de la banda de Vannie Higgins, que les había seguido la pista y los asaltó a punta de pistola. Por fin, en el mes de noviembre, el ex alcalde de Boston se decidió a hablar y con voz temblorosa lo negó todo, incluido el chantaje. Starr le era “muy querida” y punto, insistió en presencia de un Littleton incrédulo y enfadado, el cual calificó la entrevista de “una absoluta pérdida de tiempo”. A pesar de las objeciones de Littleton, a los seis meses justos del inicio del caso, Edwards y Kings decidieron zanjar la investigación. El 7 de diciembre de 1931, Littleton interrogó al último acompañante de Starr; al menos, el último conocido. Se trataba del doctor Charles Young Roberts, del “Carmania”, que había amarrado en el mismo punto que el “Franconia” (el muelle 56) el 31 de mayo y zarpó con destino a Southampton el martes 9 de junio: un día después de la aparición del cadáver de Starr en las playas de Long Beach. El retraso en entrevistar a un testigo tan importante es un hecho inexplicable: uno más de los muchos ocurridos en este caso. El doctor Roberts recibió un trato diferente y a los periodistas no se les llegó a revelar su testimonio. Era él a quien vio el sargento Dugan despidiendo a Starr cuando ésta se marchó en el taxi. Sus respuestas fueron vagas y precavidas y, al igual que el resto de los testigos de la naviera Cunard, puso todo el empeño en describir como “absolutamente moral” el tono de sus relaciones con aquella “chica caprichosa”. Sin embargo, confesó que Starr había pasado con él la mayoría de los ratos que la joven declaró haber compartido con Hamlin, Winston y Greenaway. Se conocieron en 1930, durante el último viaje de Starr a Inglaterra. Todo cuanto fue capaz de recordar de aquel encuentro era que “ella estaba bebiendo demasiado”. La casualidad hizo que coincidieran de nuevo en 1931, declaró Roberts, y cuando el “Carmania” atracó en Nueva York, Starr le telefoneó. Tomaron algunas copas y luego dieron una vuelta en coche bordeando el río Hudson. El viernes 5 de junio por la tarde, la joven subió a bordo del barco aunque, según él, nadie la había invitado, y estuvo allí hasta las 22:30 horas. Mientras que los primeros días de la semana Starr los pasó atiborrándose de alcohol y llorando, esta vez, por el contrario (según la versión del médico), estuvo hablando sin tino del dinero que iba a heredar de un pariente que vivía en París y de las ganas que tenía de viajar allí, y también a la India. “Oh, no, no”, contestó Roberts, meneando la cabeza, cuando Littleton le preguntó si ella le sugirió que la ayudara a viajar de polizón. Charles Roberts declaró que Starr “estaba muy drogada”. Le pidió que le extendiera una receta de Veronal. ”Por supuesto, le dije que no podía hacerlo”, contestó, y durante su visita el camarero le sirvió unos sándwiches de jamón y huevo. “No, nada de carne, ni setas. Nada de papas o fruta”. No mencionó el alcohol y Littleton, no se sabe por qué razón, tampoco le preguntó. Llegaba entonces la gran incógnita. El médico no oyó la dirección que la joven le proporcionó al taxista, pero estaba seguro de conocer su destino: una fiesta a bordo del “Ile de France”. Después de despedir a la chica estuvo solo en su camarote hasta la medianoche, hora en que observó cómo el barco se deslizaba hacia el Atlántico.



Frank Wyman, el padre de las hermanas Faithfull


Aquí fue donde Littleton y sus detectives arrojaron la toalla. Al parecer, a nadie se le pasó por la cabeza indicarle al doctor Roberts que el gran tras atlántico francés zarpó a las diez de aquella noche, es decir, media hora antes de que Starr Faithfull se bajara del “Carmania”. Nadie le preguntó tampoco por qué la joven pidió un taxi para ir a un barco que se encontraba solamente a un kilómetro de distancia, ya que el “Ile de France” estaba amarrado en el muelle más próximo. En realidad, el barco que vio Roberts fue probablemente el “Olympic”, que zarpó a medianoche del muelle 58. Este y el “Ile de France” tenían un volumen semejante (45.324 toneladas el primero y 43.150 el segundo); pero es difícil explicar cómo el médico pudo confundir el venerable buque británico, dotado de cuatro chimeneas y gemelo del “Titanic”, con el francés, que tenía tres chimeneas y al zarpar hacía sonar un “adiós” muy galo: tres toques de sirena emitidos en escala ascendente. A menos, por supuesto, que Charles Young Roberts estuviera borracho.



Cronología de los eventos


Stanley Faithfull murió en 1949 y su esposa unos años más tarde; en medio de una situación económica desahogada, cosa que no tiene explicación, porque no hay prueba ninguna de que él volviera a trabajar. No llegó siquiera a sufragar los gastos del funeral de Starr ni retiró sus cenizas de la empresa de pompas fúnebres. En sus últimos veinte años, el único ingreso conocido de los Faithfull fue una indemnización de $6,000.00 dólares recibida de un periódico por libelo. Andrew Peters falleció en 1938; nunca fue capaz de calmar las sospechas, y ello a pesar de la presión política ejercida para acabar con el asunto. La hermana de Starr adoptó de nuevo su apellido original, Wyman, y en junio de 1937 se casó con un abogado, Edward A. Hancock. Según las invitaciones de boda, Frank Wyman falleció en esas fechas. El inspector King no cejó en su empeño de probar la “hipótesis del trasatlántico” y, después de veinte años de obsesivas investigaciones personales, llegó a la siguiente conclusión: Starr se ahogó cerca del faro Ambrose, donde la profundidad del puerto era lo suficientemente escasa como para llenarle los pulmones de arena.



Morris Markey, un escritor neoyorquino que conocía a los Faithfull, hizo pública en 1948 su propia hipótesis descabellada: Starr fue asesinada cuando se disponía a suicidarse. Eligió a alguno de sus amantes, cenó con él y juntos se dirigieron a Long Beach. “Y entonces ella comenzó a fastidiar al hombre hasta límites insoportables. Él le dio una paliza, se asustó y la sujetó debajo del agua durante un buen rato”. Quien aportó la hipótesis más sensata y probable fue el inglés Jonathan Goodman, historiador del crimen; él afirmó que el gángster Vannie Higgins secuestró a la víctima para conocer más detalles acerca de Peters. Starr no tenía nada que contarle que él no supiera ya y, después de una brutal paliza, se la llevaron en una lancha y la arrojaron al agua, lejos de la orilla. Cerrado el caso de la joven ahogada, su nombre poco a poco fue diluyéndose en la historia negra neoyorkina. La muerte de Starr Faithfull “La Chica del Mar” quedaría definitivamente eclipsada años después, cuando una joven llamada Elizabeth Short, conocida como “La Dalia Negra”, cambiara definitivamente el recuento criminal de los Estados Unidos.



VIDEOGRAFÍA:

Butterfield 8 (trailer)
video



BIBLIOGRAFÍA:












FILMOGRAFÍA:

19 comentarios:

Anónimo dijo...

Buena historia

halford dijo...

Enigmática historia,efectivamente el caso de la "Dalia negra" es mas famoso hoy en día, los casos no resueltos tienen un atractivo especial.
Buen caso, a esperar la tipología ahora, saludos, escrito, laura, karuna, zoepy, todos en general.

Manuel Pérez dijo...

Excelente caso, y un gran misterio. Realmente, la promiscuidad y bohemia de Starr fueron situaciones que complicaron el esclarecimiento posterior del caso. Tantos posibles amantes, y tantos posibles barcos.

El que tenia mas posibilidades de ser el culpable, para mi, tendria que ser el ex-alcalde de Boston, o el padrastro como parte de un trato con este; el mafioso creo que no tendria motivo para ser tan violento. Y bueno, la frialdad de su familia no hizo sino aumentar el enigma.

Un gran caso sin "buenos" ni "malos" para recordarnos que el mundo puede ser una mierda. Saludos al autor del blog!

Anónimo dijo...

Buen caso, gracias!!!!!!!!!!!

ismeldy dijo...

muy bueno el caso!!! y bueno se los gzo a todos jajaja

CORNELIO dijo...

Excelente caso, tu perlas para misterios sin resolver...............

z0epy dijo...

UN CASO COMPLICADO Y COMO SIEMPRE PASO AL CARPETAZO MUY CONFUSO NADIE RESOLVIO NADA Y PUES ELLA ASI COMO SE REVELO ERA UNA ALCOHOLICA Y HASTA A LAS DROGAS LLEGO PERO TAMBIEN CREO QUE NO FUE MUY BUENA POR QUE SU FAMILIA NO DECIA NADA BUENO DE ELLA LA EXPRESION DE LA HERMANA AHORA SON MUCHAS INCOGNITAS Y ME ENTRA LA DUDA DE PENSAR SI REALMENTE ABUSARON DE ELLA DE NIÑA O SOLO FUE PRODUCTO DE LA INVENCION O SI YA A LOS 20 AÑOS DECIDIO PONERLE FIN A LA SITUACION SON MUCHOS CABOS QEU SE FUERON CON LA CHICA DEL MAR A SU TUMBA Y SOLO ELLA SUPO LA VERDAD
SALUDOS A TODOS LOS FIELES LECTORES Y EN ESPECIAL A
☺HALFORD
☺LAURA ALFARO
☺KARUNA
☻☻☻ESCRITO CON SANGRE☻☻☻
HASTA LA PROXIMA ENTRADA

Anónimo dijo...

quisiera que publicaras es caso de casey anthony!!!! si ella es inocente entonces quien mato a la ninia?????

Ginger dijo...

Hola que tal, interezante el caso, soy super fan del blog, se de un caso muy similar de una amiga mia que fue asesinada pero si atraparon al culpable te voy a mandar los datos del caso escrito y las notas periodisticas ya no tengo face solo twitter @GingerPrincesa saludos sangrientos.

www.gingerweb.com.mx

neptuno dijo...

horrible,larguisima y tediosa.demasiada información,a casos mucho mas interesantes les has dedicado mucho menos espacio,me gusta tu blog pero esta semana me a sido imposible leer la historia completa,a los 5 minutos tenia la cabeza saturada de tanta información intrascendente,en resumen;totalmente insoportable.

Antonio dijo...

Coincido completamente con Neptuno, demasiada informacion. Es la primera vez que no leo completo uno de tus informes; saturacion y aburrimiento en los textos es la causa. Lo siento, pero creo que lo pudiste hacer mejor, un poco mas entretenido y con una lectura mas rapida. Pero igual el caso es interesante. Saludos.

Tomás A~ dijo...

Muy buen caso, aunque algo extenso ª-ª

Se parecía mucho a Drew Barrimoore no? en fin, saludos!

TESSIO dijo...

Fijate que si hay cierto parecido tomas jajaja .


Y a los compañeros que se estan quejando, demasiada informacion , inecesaria ,etc. etc. neptuno y su compadre huevon toñito , agarren un libro amigos de veras ... tanta television mata las neuronas y no te permite agarrarle sentido a las cosas no esta muy complicado se los prometo y hasta se van a divertir

Saludos cordiales

halford dijo...

TESSIO:

Completamente de acuerdo...

SaKu-Chan dijo...

buena historia me la lei completa que lastima que nunca hayan sabido quien fue realmente el asesino

Carla Diaz dijo...

....interesante el caso....sobre todo me impresiona la promiscuidad de Starr en el tiempo en que vivia....pero la lectura se me hizo tediosa y aburrida, tuve que devolverme varias veces para saber de quien estaban hablando, muy mala redaccion, muy enredada, esta se podria resumir un poco....no se no me la lei toda....me dio una paja tremenda....me encanta esta pagina la leo siempre

Ampersand dijo...

Es extensa pero interesante la estructura del caso, tiene los elementos de una novela, y fue material de una película .... vaya, es el reflejo de una época en los Estados Unidos.

Llevaba una vida más que disipada esta chica, con muy diversas situaciones traumáticas que no hicieron mas que darle rienda suelta a su sexualidad, drogadicción y alcoholismo en un claro intento de catarsis; queda la duda de qué tanto fué víctima y su desafortunada relación con Andrew Peters.

Si hube de poner empeño en leer, y aunque me doy cuenta que hubo bastante quejoso por lo extenso del caso, te digo una vez más excelente trabajo ECS, saludos !!!!

Anónimo dijo...

Por favor, subid más cada domingo T_T

Anónimo dijo...

Hola.
Me parece que hay un error en la distancia entre Maine y Long Beach. 11000 kilómetros es aproximadamente la distancia entre América del Sur y Europa.
Saludos.