Rodolfo Herrero: el asesinato de Venustiano Carranza



“Las revoluciones, para triunfar de un modo definitivo, necesitan ser implacables (…) Sobrevendrán días de luto y de miseria para México y el pueblo nos maldecirá porque, por un humanitarismo enfermizo, habremos malogrado el fruto de tantos esfuerzos y tantos sacrificios. Lo repito: revolución que transa se suicida”.
Venustiano Carranza


Venustiano Carranza Garza nació el 29 de diciembre de 1859 en Cuatro Ciénegas, Coahuila (México). Fue hijo del Coronel Jesús Carranza y de María de Jesús Garza. Inició su carrera política al ser electo Presidente Municipal de Cuatro Ciénegas (1894-1898). Después fue diputado local, senador federal y gobernador interino del estado (1908). Fue Secretario de Guerra y Marina del gabinete provisional de Francisco I. Madero, en Ciudad Juárez (mayo de 1911).



Al asumir éste la presidencia, Carranza fue electo gobernador de su entidad. Al enterarse en febrero de 1913 de que Victoriano Huerta había consumado el cuartelazo de La Ciudadela, asumido el poder ejecutivo y asesinado al presidente Madero, Carranza, en su carácter de Gobernador de Coahuila, convocó a la legislatura del estado, que desconoció al usurpador y le concedió facultades para coadyuvar al restablecimiento del orden legal en la República.



Venustiano Carranza


El 26 de marzo, en la Hacienda de Guadalupe, proclamó el Plan de Guadalupe, que desconoció a Victoriano Huerta como presidente, a los poderes legislativo y judicial, y a los gobiernos de los estados, que treinta días después de esa fecha, aún obedecieran a la administración federal. Congregó bajo su causa a los principales actores revolucionarios que lucharon contra la dictadura huertista, y fue el líder de la Revolución Constitucionalista. Luego orquestó la promulgación de la Constitución de 1917.



El 14 de septiembre de 1913, en El Fuerte, Sinaloa (México), Venustiano Carranza conoce a Álvaro Obregón, quien al observarlo comenta: “Es un hombre de detalles”. Aún están lejos los días de la tragedia para aquellos dos hombres, aún distante la traición, el cuartelazo, el magnicidio. Por el momento, ambos son revolucionarios. Por el momento, son aliados.



Álvaro Obregón y Venustiano Carranza


Nadie reparó en ello, pero la muerte acompañó a Carranza durante los seis meses que habitó una casona de la calle Lerma, en la Ciudad de México. Cuando llegó a ocuparla en noviembre de 1919, la fatalidad había tocado a sus puertas. Carranza alquiló la casa unos días después del fallecimiento de su esposa, Virginia Salinas, ocurrido el 9 de noviembre. Carranza se estableció en su nuevo domicilio acompañado por Julia, su hija.



Carranza en la calle de Lerma


Y aunque dispuso de la gran biblioteca con sus 833 volúmenes, e incluso acondicionó un pequeño cuarto como oficina para su secretaria, pocas horas pasó Carranza en la casa: su vida cotidiana transcurría en Palacio Nacional. Mientras lo permitieron las circunstancias políticas, Virginia, su otra hija, y su marido, el general Cándido Aguilar, lo visitaban los fines de semana y se hospedaban con él. A Carranza poco le duró el luto y días antes de partir para Veracruz, contrajo nupcias nuevamente.



No llevó a su nueva esposa a vivir a la calle de Lerma. Permaneció unos días más acompañado sólo de sus pensamientos, en la soledad de la casa. Quizá por un instante vislumbró su trágico destino y tomó una extraña decisión. Sacó de la caja fuerte de la biblioteca el Plan de Guadalupe original, aquel que firmó el 26 de marzo de 1913 y con el cual se autonombró Primer Jefe de la Revolución Constitucionalista, lo enrolló y lo escondió en el tubo de una de las camas de latón que había en la casa. Nadie volvió a saber del documento original hasta que fue hallado de manera fortuita, por su hija, al mover la cabecera cuarenta años después.



Pero en la casona, Carranza se encargó de invocar personalmente a la muerte. A pocos días de haberla ocupado, recibió la noticia de la captura de Felipe Ángeles. El otrora general villista colaboró con Carranza entre 1913 y 1914, pero al unirse a Francisco Villa y sobrevenir la ruptura con el Primer Jefe, había firmado su sentencia de muerte. Carranza sabía que Felipe Ángeles era un hombre cabal y brillante, el último maderista; sabía que tenía en sus manos la vida del general y que el indulto presidencial podía salvarlo; y sabía que, curiosamente, su enemigo había vivido en la misma casa de Lerma durante los días de la “Decena Trágica”, poco antes del asesinato de Francisco I. Madero. A pesar de todo, desde la frialdad de su corazón, Carranza invitó a la muerte a pasar. El 26 de noviembre de 1919, los disparos del pelotón que segó la vida de Ángeles en Chihuahua, se escucharon hasta en los sótanos de la casa de Lerma en la Ciudad de México, donde alguna vez estuvo su cuartel general.



Algo macabro se respiraba en la residencia de Lerma. Carranza abrió nuevamente la caja fuerte pocos días después, pero no para sacar otro documento. Extrajo dos reliquias cívicas recuperadas en 1914, cuando triunfó la revolución constitucionalista contra Victoriano Huerta. Al ocupar la Ciudad de México, Carranza había ordenado una exhaustiva investigación para encontrar a los responsables de los asesinatos de Madero y Pino Suárez. Los huertistas no pusieron cuidado en borrar los rastros de la masacre y al abandonar la capital dejaron evidencias por todos lados.



En la cárcel del Palacio de Lecumberri fue hallada la ropa ensangrentada que Francisco I. Madero y José María Pino Suárez vestían la noche en que fueron trasladados a la penitenciaría y dos pequeños objetos amorfos, identificados como “fragmentos de bala extraídos de las cabezas de Madero y Pino Suárez”. Carranza fue informado del macabro hallazgo y conservó las dos balas, que mandó montar sobre una base de madera. En los momentos de reflexión, solía sacar aquel objeto fúnebre de la caja fuerte y lo observaba por horas; eran un recordatorio de su propia mortalidad y un aciago anuncio de su propio destino.



Al acercarse las elecciones presidenciales de 1920 Carranza era, más que nunca, un hombre rebasado. Desde 1917, enfrentó levantamientos, desastre económico, epidemias, hambre, boicots, huelgas y la enconada oposición de un grupo de generales que esperaban la heredad del poder: los sonorenses. Buena parte de la nueva clase política usufructuaba los puestos públicos como propiedad privada. "’El Viejo’ no roba, pero deja robar", se decía. El intelectual José Vasconcelos acuñó un despectivo sobrenombre para designar a los aliados de Carranza: “carranclanes”. Y el pueblo acuñaba el neologismo “carrancear” como sinónimo de robar. Carranza no fue insensible al desprestigio moral y la sangría económica. Para contrapesar ambos fundó la Contralorfa General de la Nación. Esfuerzo inútil. A pesar de su honradez personal, en la mente de muchos mexicanos su figura quedó asociada a la corrupción.



Carranza en la Silla Presidencial


En medio del acoso, el presidente Carranza comete el primero de sus fatales errores: el fin del militarismo. Álvaro Obregón, general invicto y quien ha contribuido a las victorias del grupo constitucionalista encabezado por Carranza, espera la silla presidencial y no permitirá que nadie se la arrebate. “El Viejo Barbas de Chivo”, como Obregón le dice, sabe que el general sonorense no permitirá que se la quiten. Y sin embargo insiste.



A Blasco Ibáñez, que por entonces prepara su libro El militarismo mexicano, le confía su propósito: “El mal de México ha sido y es el militarismo. Sólo muy contados presidentes fueron hombre civiles. Siempre generales, ¡y qué generales!... Es preciso que esto acabe, para bien de México; deseo que me suceda en la presidencia un hombre civil, un hombre moderno y progresivo que mantenga la paz en el país y facilite su desarrollo económico. Hora es ya de que México empiece a vivir como los otros pueblos”.



Pero Carranza comete el error de subestimar el poder político y militar de Obregón, el hombre a quien le debe el triunfo en los campos de batalla revolucionarios. Por si fuera poco, comete otro yerro: designa como candidato civil a un hombrecillo apocado y enfermizo, timorato e hipocondríaco: el embajador en Washington, Ignacio Bonillas.



Ignacio Bonillas


Su designación resultó tan disparatada que la opinión pública, según cuenta Blasco Ibáñez, la tomó a burla: “Entre las canciones nacidas en la capital de España que ruedan por los teatros y music-hall de todos los países americanos de lengua española, hay una que se ha hecho popularísima. Es la historia de una pastorcita abandonada y vagabunda que ignora dónde nació y cuáles fueron sus padres, que no puede decir nada de su origen y sólo sabe que su apodo es ‘Flor de Té’. El maligno público de México bautizó inmediatamente al candidato de Carranza, venido del extranjero, y que nadie sabía quién era ni adonde podía ir: ‘¡Viva Ignacio Bonillas! ¡Viva ‘Flor de Té’!"



Ignacio Bonillas, “Flor de Té”


El poder real no lo ostentaba ya Carranza, y mucho menos el pobre Bonillas, sino el compacto grupo sonorense que desde la “Decena Trágica” y el Plan de Guadalupe había desempeñado un papel decisivo en la Revolución Mexicana.



Bonilas con sus adeptos


Obregón era el caudillo indiscutido, el vencedor de Francisco Villa, “el hombre más popular y temido”, según Blasco Ibáñez. Su proyecto era claro: “Si no consigo que me elijan presidente, será porque no quiere don Venustiano. Pero antes de que el viejo barbón falsee las elecciones, me levantaré en armas contra él”. La guerra estaba declarada.



Álvaro Obregón


Obregón declaró que buscaría la presidencia. El general Pablo González hizo otro tanto. Carranza se enfureció: veía aquello como un desafío abierto a su poder y una clara manifestación del rompimiento de los generales sonorenses con su gobierno.



El 10 de abril de 1920, el gobierno de Sonora desconoció al presidente Carranza. El gobernador sonorense, Adolfo de la Huerta cesó al jefe de Operaciones Militares, nombrando a Plutarco Elías Calles jefe de la División del Cuerpo del Noroeste.



Al mismo tiempo, los gobiernos de Zacatecas, y Michoacán se declararon en rebeldía en apoyo del primero. El de Tabasco hizo lo mismo un poco más tarde.



Carranza decretó la desaparición de poderes en Sonora, lo cual enfureció a los gobernadores, que vieron amenazada la soberanía de sus estados. También se levantaron en armas algunos grupos obregonistas en Sinaloa y en la Huasteca.








Álvaro Obregón se encontraba en una gira proselitista por el norte del país, en la ciudad de Tampico (Tamaulipas), cuando fue requerido en la Ciudad de México para declarar en el caso del general Roberto Cejudo, a quien se le acusaba de conspirar para organizar una rebelión en contra del gobierno y en la que se vinculaba a Obregón.



Aunque sus amigos cercanos le advirtieron que se trataba de una celada, el general desafió a su suerte y se dirigió hacia el centro, presentándose a declarar.



Obregón durante el juicio


Una vez en la capital, se convirtió en un perseguido político. El 12 de abril, Carranza ordenó su arresto y Obregón huyó de la Ciudad de México, disfrazado de ferrocarrilero y con ayuda de este gremio. Se trasladó al estado de Guerrero.



Obregón disfrazado durante su huida


Una vez guarnecido en territorio amigo, desde Chilpancingo emitió una proclama en la que se adhería al movimiento encabezado por el gobernador sonorense y se ponía a sus órdenes.



Se conectaba así el conflicto sonorense con el movimiento obregonista, de modo que muy pronto la rebelión adoptó un carácter nacional y pasó del desafío político a la lucha armada generalizada.



Obregón se convirtió entonces en el hombre fuerte de México. En Guerrero, muchas tropas se pusieron a sus órdenes. El 23 de abril se proclamó el Plan de Agua Prieta, signado entre otros por Adolfo de la Huerta y Plutarco Elías Calles. Alguien comentó que se trataba de “La Huelga de los Generales”.



El Plan de Agua Prieta


En el plan se desconocía a Venustiano Carranza como presidente de la república y a los gobernadores de Guanajuato, San Luis Potosí, Querétaro, Nuevo León y Tamaulipas, cuyos nombramientos, de acuerdo con los rebeldes, había sido producto de una imposición; se convocaba a los gobernadores a que se adhirieran al movimiento; se designaba a Adolfo de la Huerta jefe supremo del Ejército Liberal Constitucionalista; y se establecía que al triunfo de la causa, se nombraría un presidente provisional que convocaría a elecciones.



Plutarco Elías Calles leyendo el Plan de Agua Prieta


Carranza contestó con un manifiesto: “Se equivocarían completamente quienes me supongan capaz de ceder bajo la amenaza del movimiento armado, por extenso y poderoso que sea. Lucharé todo el tiempo que se requiera y por todos los medios posibles. Debo dejar sentado, afirmado y establecido el principio de que el poder público no debe ya ser premio de caudillos militares, cuyos méritos revolucionarios no excusan posteriores actos de ambición”.



Calles y Obregón


Carranza acudió a la ópera en esos días finales; le encantaba hacerlo y fue a ver Un baile de máscaras, de Giuseppe Verdi, obra basada en el regicidio de Gustavo III de Suecia el 16 de marzo de 1792, durante en un baile de máscaras, como parte de una conspiración política. Jacob Anckarström fue el victimario. El acontecimiento tuvo lugar en los salones de la Ópera de Estocolmo.



Al salir de la representación, Carranza y su amigo, Manuel Aguirre Berlanga, hablaron sobre la puesta en escena. Carranza le contó a su acompañante que en otras versiones, el rey de Suecia era sustituido por el gobernador de Boston, ya que el público del siglo XVIII consideraba muy violento presenciar la dramatización de la muerte de un rey. Al finalizar, le confió: “Espero que no tengan que hacer una obra que represente mi propia muerte”. El escritor Martín Luis Guzmán afirmaría sobre Carranza: “Nada superaba en él a su obstinación, nada a su incapacidad de reconocer sus errores. Pudiendo rectificar, ni un momento pensó en hacerlo”.



Muy pronto una importante porción del ejército se adhirió a la revuelta; otros sectores sociales y políticos hicieron lo mismo en una especie de plebiscito en contra de Carranza; incluso numerosos exiliados apoyaron la rebelión viendo en ella la oportunidad de regresar a México. Poco a poco y casi de manera incruenta el país fue cayendo en manos de los aguaprietistas. Carranza se quedó solo en lo político y en lo militar.



Las tropas leales a los sonorenses se encaminaron a la Ciudad de México. Las fuerzas de Plutarco Elías Calles, Álvaro Obregón, Pablo González y Adolfo de la Huerta tomarían la capital en cuestión de días: González estaba en Puebla y Obregón en Cuernavaca. Carranza no estaba dispuesto a ceder el poder ni a ser tomado prisionero.



Tomó entonces una de las decisiones más extrañas en la historia del país: decidió trasladarse a Veracruz, al sur de México, llevándose el gobierno a cuestas. Para ello, ordenó que se alistara un convoy de sesenta trenes, en los cuáles viajarían los empleados de su gobierno con sus familias, los archivos del gobierno y el oro del tesoro de la nación.



En Veracruz, Carranza se había refugiado ya en una ocasión, estableciendo allí su gobierno. Además, el gobernador era Cándido Aguilar, su yerno. Carranza contaba con que, al trasladarse, conseguiría fortificarse y vencer a los alzados, aunque estos tomasen la Ciudad de México, capital del país. Ante lo inevitable, afirmó: “No estoy dispuesto a huir como Porfirio Díaz, ni a ser sometido como Francisco I. Madero. Volveré a la Ciudad de México victorioso o muerto”.



La huida de Carranza y el traslado del gobierno


El historiador Enrique Krauze añade: “La lógica que para entonces guiaba los pasos de Carranza no era política, sino puramente jurídica y moral. No se trataba ya de salvar vidas, y menos aún -como le confió a Roque Estrada- su vida; se trataba de salvar principios. Tenía el deber de conservar la legalidad obedeciendo, antes que a la estrategia, al destino. Su fin era ineluctable, justamente porque lo había asumido con libertad. A un grupo de generales que lo visitan el 21 de abril de aquel año de 1920 -entre ellos Jacinto B. Treviño y Francisco J. Múgica- les advierte: ‘Nada ni nadie me harán retroceder en mi camino, pues no tengo más punto de vista que someter a los alzados por medio de las armas o caer luchando en la contienda... Desde el año de 1913 tengo prestada la vida’.



“No es casual que durante su última noche en la Ciudad de México releyera una de sus biografías favoritas: Belisario (Bélisaire), del autor francés Jean Francois Marmontel (1723-1799). Aquel extraordinario general romano de principios del siglo vi había emprendido campañas comparables sólo a las de Alejandro Magno y Julio César. Durante treinta años ininterrumpidos había vencido a los moros y vándalos en África, a los ostrogodos en Italia, a los persas en Asia, a los hunos en Constantinopla. Gracias a Belisario, el emperador Justiniano había podido consolidar el Imperio bizantino y la fe cristiana. Pero, según Marmontel, había sufrido un terrible fin: ofuscado por la envidia, el emperador Justiniano dejó ciego a Belisario con hierros candentes en una prisión. Convertido en paria, Belisario no abjuró de su fe ni de su emperador. A la plebe indignada le respondía: ‘¿En qué país no se ve siempre a los hombres de bien víctimas de los malvados?’ A su propia hija la consolaba con tonos dignos de Epicteto: ‘Privándome de la vista no han hecho más que lo que iba a hacer la vejez o la muerte. Quien se da todo entero a la patria’, afirmaba Belisario, ‘debe suponerla insolvente, porque lo que expone por ella, en realidad, no tiene precio’.



“En la virtud estoica de aquel general romano dúctil a la fatalidad encontró Carranza su último perfil y su consuelo. Para sorpresa de sus allegados y colaboradores, cuando por fin decide abandonar la capital y emprender la marcha hacia Veracruz lo hace del modo más inconveniente: mudando en una inmensa caravana de sesenta vagones a los poderes públicos: su gente, archivos, armas y haberes. Sus movimientos, casi deliberadamente pausados ahora, no los dicta ya el instinto de supervivencia sino la voluntad de legar un testimonio: ‘La historia reconocerá el móvil patriótico de mis actos y juzgará de ellos. Procedo como creo mi deber en bien del país’. Nunca como en aquel trance se vio a sí mismo Carranza como personaje de un drama histórico. Y una vez más su sabiduría histórica acierta: lo era”.



Femando Benítez, en su novela El rey viejo, menciona estas palabras de Carranza: “No hay un gran mexicano que no haya sido un fugitivo. Los mejores han vivido errantes, no una semana o dos, sino años enteros, y al final ellos fueron los victoriosos. Cobre usted ánimo. Nada se nos da regalado. Todo hay que conquistarlo con fe y con sacrificio. ¿Recuerda usted a Benito Juárez? Durante meses anduvo en el desierto metido en un coche desvencijado, traicionado por sus amigos más íntimos. Y venció. Nosotros venceremos también si sabemos endurecernos contra la adversidad”.



El 6 de mayo de 1920 por la mañana, se hicieron los preparativos finales. Al caer la noche, salieron los primeros trenes de la Estación Colonia. El espectáculo era atemorizante: los andenes estaban llenos de personas que querían escapar de la Ciudad de México. Solo se permitía abordar a integrantes del gobierno o militares leales a Carranza. Niños y mujeres acompañaban a los hombres del poder. El lugar estaba repleto de soldados y el caos reinaba.



Carranza llegó con su atuendo tradicional y un sombrero. Saludó a las personas, supervisó las operaciones, dio instrucciones y abordó el Tren Presidencial. Lo acompañaban varios generales, su gabinete, el Estado Mayor y amigos cercanos.



En la madrugada del día 7 de mayo salieron los últimos trenes. Hicieron una breve parada en Villa de Guadalupe, pasaron Santa Clara, San Cristóbal Ecatepec, Tepexpan, San Juan Teotihuacan, Otumba y Ometüsco, en el Estado de México; ya de noche, cruzaron Apam, en el Estado de Hidalgo.



Simultáneamente, las tropas leales a Obregón entraron a la Ciudad de México. El cuartelazo de Agua Prieta había triunfado; solamente faltaba someter a Venustiano Carranza.



Pero no sería sencillo. El día 8 de mayo, el convoy presidencial hizo una parada en Apizaco, en el Estado de Tlaxcala. Carranza pasó revista a su tropa. Por la tarde hubo un ataque de las fuerzas enemigas, el primero de los que ocurrirían a lo largo del trayecto.



Obregón entra a la Ciudad de México


Los primeros trenes con caballería del general Héliodoro Pérez avanzaron hasta la Estación San Marcos, ya en el Estado de Puebla. Esa noche, Carranza durmió en Apizaco.



El día 9 permaneció en Apizaco hasta la tarde. Héliodoro Pérez fue atacado en San Marcos, pero consiguió repeler el ataque. Carranza durmió allí esa noche y permaneció hasta el otro día por la tarde. A la medianoche del día 10, los trenes comenzaron de nuevo su avance.



Para el día 11, amanecieron a un kilómetro de Rinconada, en el Estado de Puebla. El general Francisco Murguía, comandando las fuerzas carrancistas, atacó a los soldados que intentaban detener el tren presidencial. Carranza recorrió la línea montado en su caballo, pero comenzaron a dispararle y mataron al animal con un balazo. Los alzados fueron repelidos, pero en la tarde hubo nuevos tiroteos. El Escuadrón de Caballería del Colegio Militar entró en acción, dispersando al enemigo y tomando cuatrocientos prisioneros. Tras la agotadora jornada, Carranza durmió en Rinconada. Estuvo allí todo el día 12, en el que no hubo ataques enemigos.



Francisco Murguía


Al mediodía del 13 de mayo, se movieron los trenes hacia la siguiente estación: Aljibes, en Puebla. Para entonces, el combustible comenzaba a escasear. La caballería marchó por tierra. Ese mismo día, llegó el general Jacinto B. Treviño, enviado por Pablo González, uno de los generales rebeldes.



Pablo González


Treviño le ofreció a Carranza respetar su vida y amplias garantías para él y sus acompañantes, a cambio de que saliera del país. Carranza se limitó a escucharlo, sin darle respuesta alguna. Por la noche llegaron a la Estación de Aljibes; se les había terminado el combustible. Allí se detuvieron.



Entonces, los ataques recrudecieron. Las tropas del general Guadalupe Sánchez atacaron por la vanguardia. Pudieron ser rechazados, aunque la comitiva comenzaba a sufrir serias penurias. El agua y la comida empezaban a escasear. Muchos civiles habían muerto, no había agua y los baños de los trenes hedían. El calor en el interior de los vagones era insoportable, la gente tenía hambre y sed. El desaliento cundía.



Apareció entonces Jesús Guajardo, el asesino de Emiliano Zapata, quien lanzó una “máquina loca” (una locomotora sin gente y cargada de explosivos) contra la comitiva. Fuerzas gonzalistas y obregonistas cañonearon varios de los trenes, tripulados por familias.



Jesús Guajardo, asesino de Emiliano Zapata


Los disparos causaron docenas de muertos: muchas personas se quemaron vivas, otras murieron por las ráfagas de ametralladoras, algunas más por los cañonazos y también por las explosiones. Las fuerzas carrancistas nuevamente repelieron el ataque, pero estaban muy diezmadas. Carranza pernoctó en Aljibes esa noche.



El día 14, la comitiva comenzó a abandonar los trenes. A media mañana, Guadalupe Sánchez volvió a atacar, causando mayor mortandad entre los civiles. En plena balacera, el general Francisco L. Urquizo llegó hasta la plataforma del carro presidencial donde Carranza, sentado, tranquilo e impertérrito, observaba el desorden y el pánico.



Una y otra vez Urquizo intentó persuadirlo de que saliera y escapara. Carranza se negó. Había en su actitud algo de reto al destino: “No se movía del sillón en que reposaba; ni un músculo de su rostro se contraía. Algunos proyectiles rebotaban siniestramente en el tren y otros en el barandal dorado de la plataforma”.






El general Francisco L. Urquizo


Carranza ordenó que todos los que pudieran regresaran a la Ciudad de México. Al mediodía, en pleno combate, Carranza montó su caballo y anunció que él y algunos miembros de su gabinete, así como unos cuántos militares, seguirían a caballo el trayecto rumbo a Veracruz.



Se despidieron y se internaron por la sierra de Puebla, llevando como guía a Luis Cabrera, quien aseguraba conocer aquella zona. Pasaron por los pueblos de Santa María, San Miguel, Pozo de Guerra y a medianoche caminaron hacia la Hacienda de Zacatepec, donde llegaron a las 03:00 horas del día 15 de mayo.



Fueron recibidos con agrado. Almorzaron allí y la gente les preparó una comida consistente en frijoles, arroz, tortillas, chile y una gallina que mataron especialmente para ofrecérsela a Carranza. Luego partieron nuevamente, cruzando las vías del Ferrocarril Interoceánico. Pasaron por muchos pueblos, cumpliendo 36 horas sin dormir, hasta arribar a Temextla.



En la Ciudad de México, Obregón y Pablo González seguían enviando tropas para atacar a los civiles que, heridos y exhaustos, regresaban a pie a la capital. Algunas mujeres fueron violadas, muchos niños murieron y se ejecutó a innumerables personas durante aquel trayecto de muerte.



La huida de Carranza por la sierra poblana continuó varios días, en los cuáles él y sus agotados acompañantes pasaron por varios pueblos. El día 20 de mayo llovió toda la noche. Tras tomar únicamente un café, Carranza y su reducida comitiva retomaron su camino a las 04:00 horas, cruzaron el rio Necaxa y llegaron al pueblo de Patla al mediodía, donde comieron. Fue allí donde por primera vez se toparon con gente de Rodolfo Herrero.



Carranza en la sierra de Puebla


Rodolfo Herrero Hernández nació en Zacatlán, Puebla. Fue miembro del Ejército Federal, pero al triunfo del constitucionalismo, su brigada fue licenciada y él fue incorporado a la Brigada del general Cerecedo Estrada. Sin embargo, el Jefe del Estado Mayor de éste, Miguel A. Peralta, lo degradó y encarceló. Al salir libre se dirigió a Progreso de Zaragoza, dedicándose a la vida privada el resto de 1914 y todo el año 1915. En 1916 se levantó en armas, y al poco tiempo ya contaba con un gran número de hombres, formando parte del Ejército de Manuel Peláez; en 1917 llegó a contar con algunos cientos de hombres y a controlar absolutamente su región, pero para 1919 su fuerza y poder habían decaído notablemente. A principios de 1920, pactó su rendición con el general carrancista Francisco de P. Mariel, demostrando ser carrancista por más de dos meses.



Rodolfo Herrero


La obsequiosidad de Herrero y el aval insospechable de Mariel que lo conocía, persuadieron a Carranza de seguir hasta Tlaxcalantongo, una ranchería. En aquel lugar decidieron pernoctar, hasta recibir noticias del general Mariel, quien se adelantaría a Villa Juárez a fin de averiguar la actitud de los jefes Hernández y Valderrábano, y, de hallarla positiva, franquearía un trecho más de ruta hacia el norte.



Rodolfo Herrero con el general Francisco de P. Mariel


Ya en Tlaxcalantongo, Herrero escoltó a Carranza hasta la choza que lo albergaría esa noche. Carranza, en atención a las sugerencias de Herrero, ordenó a Murguía que dispusiera guardias. A la 01:00 se presentó en la choza y le dijo a Carranza que a un hermano suyo lo habían herido en un lugar cercano y tenía que acudir a su lado. Rodolfo Herrero salió entonces de Tlaxcalantongo. Al enterarse, Juan Barragán, Luis Cabrera y Manuel Aguirre Berlanga expresaron su desconfianza al presidente. Pero Carranza no escuchó razones: “Lo que ha de suceder, que suceda. O nos va muy bien o nos va muy mal en esta campaña. Digamos como Miramón en Querétaro: ‘Que Dios esté con nosotros durante las siguientes veinticuatro horas’”.



En el jacal del presidente durmieron su secretario Pedro Gil Parías, Mario Méndez, los capitanes Octavio Amador e Ignacio Suárez y, cerca de él, el ministro de Gobernación, Manuel Aguirre Berlanga. Carranza no logró conciliar el sueño. Hacia las 03:00 horas, un enviado de Mariel le comunicó a Murguía que Hernández y Valderrábano eran fieles y que la ruta del día siguiente quedaba abierta. Murguía envió, con un oficial apellidado Valle, la buena noticia al presidente. Acompañado de un indio que lo alumbraba, Valle dio el mensaje a Carranza, quien lo leyó y comentó: “Ahora sí, señores, podemos descansar”. Sólo veinte minutos habían transcurrido cuando, de súbito, en medio de la oscuridad y de la lluvia, comenzó el clamor de voces y el estrépito de disparos.



Luis Cabrera


Existen muchas versiones sobre lo que pasó después. Francisco L. Urquizo omite al oficial Valle y sostiene que el portador del mensaje de Murguía al presidente, era precisamente un indio: “El indio, lejos de quedarse, como se le indicaba, se fue sin duda en busca de Herrero, que seguramente a esas horas estaría ya a las orillas del poblado, para notificarle quizá el lugar exacto en que se alojaba el señor Carranza; pues probablemente quiso cerciorarse primero del sitio preciso en que dormía el presidente, antes de atacarlo, y no errar el golpe. A los pocos minutos era rodeada la choza del señor Carranza y se rompía violentamente el fuego sobre sus endebles paredes de madera. El presidente desde un principio recibió un tiro en una pierna y trató de incorporarse inútilmente para requerir su carabina. Al sentirse herido dijo al licenciado Aguirre Berlanga, que estaba a su lado: ‘Licenciado, ya me rompieron una pierna’. Fueron sus últimas palabras. Otra nueva herida recibió quizá y su respiración se hizo fatigosa, entrando en agonía. Después penetraron al jacal los asaltantes y le remataron a balazos”. Pero Urquizo no presenció la escena; dormía en otra choza. Salvó la vida en la balacera y sólo pasados tres días supo de la muerte de Carranza. La descripción que hizo corresponde, según explica, a la de los testigos presenciales, pero lo cierto es que las versiones de estos testigos —Ignacio Suárez, Aguirre Berlanga y Octavio Amador— fueron distintas de la suya.



El general Urquizo


Ignacio Suárez describe así la escena: “Ya en la meseta, amparados por la neblina y la fuerte lluvia, avanzaron pecho a tierra deslizándose como reptiles por el piso lodoso, silenciosamente, y así fue que el primer grupo alcanzó la parte posterior del alojamiento, directamente al ángulo suroeste del jacal donde descansaba el señor presidente (lugar opuesto a la entrada), y poniéndose en pie lanzaron sus gritos de ‘¡Viva Obregón! ¡Viva Peláez! ¡Muera Carranza!’, descargando sus armas directamente sobre dicho ángulo, donde, repetimos, estaba el señor Carranza, de fuera para adentro y de arriba hacia abajo. Años después, antes de que la acción del tiempo destruyera el jacal, se observaban las perforaciones en la pared de madera delgada, ocasionadas por los proyectiles”.



Juan Barragán


Manuel Aguirre Berlanga declaró, días después de lo sucedido: “Como a las 03:15 de la madrugada del 21 llegó un oficial del general Murguía con un correo que traía un oficial del general Mariel, en el que daba cuenta de que la comisión que había ido a desempeñar estaba arreglada satisfactoriamente; Mariel había salido de La Unión a Xico a ver si era posible una ruta expedita hacia el norte; al leer esa comunicación, el presidente les dijo: ‘No había conciliado el sueño’. Momentos después apagó él mismo la vela y todos durmieron profundamente. Como media hora después fueron unas tremendas descargas de fusilería que los despertó en completa zozobra, llenando a todos de pavor por lo inesperado, pues que en esa ocasión tenían plena confianza; inmediatamente después de las primeras descargas, dijo el señor presidente: ‘Licenciado, me han quebrado una pierna, ya no puedo moverme’, contestándole: ‘¿En qué puedo servirle, señor?’, pero nada respondió, ignorando si oiría sus palabras, pues las descargas de fusilería continuaban con intensidad, así como los gritos de ‘¡Muera Carranza! ¡Sal, viejo barbas de chivo! ¡Ven para arrastrarte!’ y otras insolencias y blasfemias; todo el asalto del jacal se desarrolló en unos siete u ocho minutos, se abalanzaron los asaltantes sobre el jacal diciendo: ‘Salgan’ y el capitán Amador les dijo: ‘No tiren, estamos rendidos’, insistiendo en gritar que salieran y entraron ellos con la carabina en la mano y con la luz encendida, apuntando al pecho de los de adentro; el señor Carranza no moría aún, pero ya no volvió a hablar, teniendo sólo estertor; que inmediatamente fueron desarmados de sus pistolas y de las dos carabinas que únicamente había y eran de los señores Parías y Méndez; que el señor Carranza no tenía carabina; que el salvarse todos fue porque parece que el blanco objetivo principal fue el señor Carranza, que estaba bien localizado por los asaltantes”.



Manuel Aguirre Berlanga tras el magnicidio


Octavio Amador declaró: “El capitán Garrido intimó rendición preguntando por el presidente y al saber que estaba herido dijo que iban a llamar un doctor. Como no lo hubo, dijo que procurarían curarlo. Luego se oyó un ronquido grueso”. Amador. Suárez y Aguirre Berlanga no vieron a los asaltantes “penetrar en el jacal y rematar a Carranza a balazos”. Sólo Suárez afirma que los balazos que mataron a Carranza vinieron de fuera de la choza.



La choza donde murió Carranza en Tlaxcalantongo



Enrique Krauze retoma otras versiones y comenta: “Hay bases, sin embargo, para considerar una hipótesis alternativa. Todo ocurre tal como Suárez y Aguirre Berlanga lo narran, hasta el disparo que rompe la pierna de Carranza. En aquellos minutos de estruendo, lluvia y oscuridad, el presidente, sabiéndose perdido y acarreando desde hacía tiempo un ánimo fatalista, prefiere morir de propia mano. Se pone los anteojos. Toma su pistola Colt 45. Con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda apunta el cañón a su pecho. Dispara tres veces. Sigue el estertor y sobreviene la muerte. Esta versión —la cual, antes que disminuir, acrecienta la altura moral e histórica de Carranza- fue, por supuesto, la que sostuvo Herrero. Pero desechando en principio la declaración de Herrero, quedan, no obstante, seis indicios de verosimilitud:


“1) Testimonio del embalsamador. El doctor Sánchez Pérez, quien embalsamó el cadáver de Carranza, declaraba el 3 de junio de 1920 haber encontrado en él cinco heridas de bala. Tres se localizaban en el tórax, una en la pierna y otra, más sorprendente: ‘Por último advertí otra herida producida por arma de fuego con orificio de entrada en la cara dorsal de la primera falange del dedo índice izquierdo y con orificio de salida por la cara palmar del mismo e hiriendo la cara palmar del dedo pulgar de la misma mano’. ¿Cómo explicar, si no es con la hipótesis alternativa, esta herida? ¿Qué otro proyectil sino una bala cercana de pistola pudo producir una herida sangrienta?




Embalsamamiento del cadáver de Carranza


“2) Tamaño de las balas. Aunque nunca se efectuó una autopsia formal del cadáver, los orificios de la camisa y camiseta de Carranza parecen ser de pistola, no de carabina como las que, según todas las declaraciones, portaban los asaltantes.



El cerebro de Carranza


“3) Vaguedad en las declaraciones de Manuel Aguirre Berlanga. En el acta, Aguirre Berlanga había dicho: ‘Que no afirma ni niega que el señor Carranza se haya disparado a sí mismo, pero en todo caso no cree el declarante que haya cometido tal acto’. No negar, en este caso, significaba conceder la posibilidad.



El cadáver de Carranza en Tlaxcalantongo


“4) Falta de refutación de la hipótesis alternativa. En los días que siguieron a la muerte de Carranza, varias personas atestiguaron expresamente contra la hipótesis del suicidio. Murguía y Barragán niegan la hipótesis por una misma razón: el número de balas y los lugares que interesaron. Urquizo no se refiere al hecho porque, como Murguía y Barragán, no lo presenció. Por su parte, Aguirre Berlanga no cree en la hipótesis alternativa porque ‘la oscuridad no permitía ver ni a una cuarta distante de los ojos’. En la misma sesión, Aquiles Elorduy -integrante de una comisión investigadora formada en aquellos días- habla de ‘un centinela’ que minutos antes de la balacera, ‘so pretexto de dar parte de sin novedad’, había ido al jacal para advertir la posición de Carranza; explica que el cuerpo tenía ‘siete balazos’ y niega la hipótesis alternativa porque ‘cuando acontece un hecho de esa naturaleza, todos los que lo saben lo gritan a voz en cuello’.



“Ninguna de estas afirmaciones constituía una refutación suficiente. Murguía y Barragán no mencionan específicamente el número ni el lugar en que se alojaron las balas, pero tal falta de datos no desmiente la hipótesis alternativa. Quizá la versión de Aguirre Berlanga, más que rebatir, confirme la hipótesis: ¿no sería que debido a la oscuridad, Carranza, siempre débil de la vista, usó de sus dedos para apuntarse él mismo? El testimonio no presencial de Elorduy es inexacto en cuanto al número de balazos (fueron cinco y no siete) y en otro punto: según testimonios de Suárez y Murguía, quien visitó la choza era el oficial Valle acompañado de un indio, no un centinela. Su misión consistía en dar a Carranza un mensaje crucial, no un sin novedad. En cuanto a la aceptación espontánea y a voz en cuello del hecho, al parecer ocurrió, como puede verse en el inciso siguiente.



“5) El telegrama y el acta. Anexas a la investigación de los sucesos de Tlaxcalantongo, que quedó en poder del entonces ministro de Guerra, Plutarco Elías Calles, hay varias copias fotostáticas de un telegrama manuscrito fechado el 21 de mayo, dirigido al general Francisco de P. Mariel y firmado por Paulino Fontes, Manuel Aguirre, Pedro Gil Parías, H. Villela, Ignacio Suárez, José J. Gómez y Francisco Espinosa: ‘Mi general, hemos tenido conocimiento que avanza usted con su gente a combatir al general Herrero. Le participo que el señor presidente se suicidó hoy en la madrugada y que todo el resto de los que le acompañábamos estamos prisioneros del señor general Herrero; por lo tanto le rogamos no nos ataque usted porque peligran nuestras vidas’. En la caja fuerte del juzgado donde en junio de 1920 se ventilaban los hechos, se conservaba un acta similar firmada por las mismas personas: ‘Los suscritos hacemos constar que el señor presidente de la República, señor don Venustiano Carranza, según es de verse por la herida que presenta en el lado izquierdo de la caja del tórax, se dio un balazo con la pistola que portaba. El examen o autopsia indicará que el calibre de la bala corresponde al de su pistola, por lo que se deduce que él se privó de la vida. El combate fue de noche y durante él fue herido en una pierna. También hacemos constar que todos los que hemos sido hechos prisioneros hemos sido tratados con toda clase de garantías y consideraciones, compatibles con la situación en que nos encontramos. Hacemos constar que el jefe de las fuerzas que ocuparon el pueblo de Tlaxcalantongo es de filiación obregonista y quien hizo el ataque obedeciendo órdenes del general Manuel Peláez’.



La ruta del drama de Tlaxcalantongo (click en la imagen para ampliar)


“Ambos documentos fueron redactados cuando los firmantes eran prisioneros del general Rodolfo Herrero, por lo que, en el juicio, Aguirre Berlanga declaró haberlos firmado ‘en son de protesta’. No obstante Octavio Amador confesó a Elorduy que ‘todos firmamos el telegrama voluntariamente, porque no nos obligó Herrero’. Según el propio Amador, Mariel habría leído el telegrama -redactado por el mismísimo Manuel Aguirre Berlanga- sin aceptar petición, por lo que antes de liberar a los prisioneros Herrero ordenó levantar el acta para salvaguardar su responsabilidad.



Rodolfo Herrero careado con Francisco Murguía


“Por otra parte, Aguirre Berlanga admitía entender que Herrero y Fontes ‘idearon la estratagema [del telegrama] para evitar los propósitos de Mariel’. Fontes, director de los Ferrocarriles, no declaró en el juicio, pero el 10 de junio de 1922 escribió en privado a Adolfo de la Huerta -entonces en Nueva York- su versión de los hechos, una versión idéntica a la que en esos mismos días, y en privado también, escuchó el propio De la Huerta de labios de Barragán: ‘Cuando se nos incorporaron los señores licenciado Aguirre Berlanga, Mario Méndez, Pedro Gil Parías, mayor Octavio Amador y capitán Ignacio Suárez, quienes pernoctaron en la misma choza que el extinto presidente, nos dijeron que éste había sido herido en una rodilla por una bala enemiga, y que, después de decir que tenía una pierna destrozada, se disparó tres tiros con su propia pistola, tiros estos que le ocasionaron la muerte y uno de ellos que le lesionó el índice y el pulgar de la mano izquierda con la que se supone que sostenía contra su pecho el cañón de su arma. Al día siguiente, cuando en Xicotepec encontré al señor general Barragán me confirmó la versión, diciéndome haberla oído del señor licenciado Aguirre Berlanga’.



La camisa ensangrentada de Carranza


“6) Los propósitos de Rodolfo Herrero. ¿Tenía Herrero la intención de matar a Carranza? El general Basave y Pina, su enlace con Obregón, le había insistido en ‘capturar a Carranza y a la parvada de bandidos que lo seguía’. A juzgar por los testimonios presenciales, los asaltantes gritaban todo género de palabras soeces a Carranza pero buscando siempre que ‘saliera’. Amador, como se recuerda, sostuvo que el capitán Garrido, de las fuerzas de Peláez y Herrero, ‘intimó rendición’, entró a la choza y al advertir la agonía de Carranza ‘ofreció un médico’. En fin, según el propio capitán Amador Herrero, Herrero ‘se indignó’ al enterarse de la muerte de don Venustiano. La actitud inmediatamente posterior de Herrero no fue la de un magnicida sino la de un rebelde que, ‘salvando a la patria’, había cumplido con su deber. Con ese ánimo, el 23 de mayo se incorporó en Coyutla a las fuerzas del general Lázaro Cárdenas. Juntos hicieron el viaje a la capital para entrevistarse con el ministro de Guerra, Plutarco Elías Calles, a quien Herrero rindió su informe y entregó la pistola de Carranza. El tribunal que juzgó los hechos en 1920 dejó en libertad a Herrero, pero no dictaminó sobre la hipótesis del suicidio ni ordenó –extrañamente- la exhumación del cuerpo para efectuar una autopsia formal. En enero de 1921 la Secretaría de Guerra dio de baja a Herrero, equiparando su traición a la de Guajardo contra Zapata, pero los sonorenses volverían a utilizar oficialmente los servicios de Herrero en dos ocasiones: contra los delahuertistas en 1923 y contra los escobaristas en 1929. En 1937, Lázaro Cárdenas lo dio de baja en forma definitiva. Herrero murió de muerte natural en 1964. Siempre negó que hubiera habido un asesinato.



Rodolfo Herrero y Lázaro Cárdenas


“Otros tres autores, éstos sí en absoluto sospechosos de anticarrancismo, admitieron con el tiempo, de una manera más o menos privada, la hipótesis alternativa. Bemardino Mena Brito la creía ‘muy posible’ porque ‘sería una demostración de machismo del viejo’. Luis Cabrera concedió la posibilidad y se preguntó: ‘¿Qué cosas tan graves le afligirían en sus últimos momentos que le obligaron a tomar tan extrema resolución?’ José Rubén Romero indignó a tirios y troyanos sosteniendo, él sí abiertamente, la idea del suicidio”.



Alegoría de Tlaxcalantongo, óleo de Daniel Lezama


Tras la muerte de Carranza, su cadáver permaneció en Xico todo el día 22 de mayo, mientras se le preparaba para su conservación. El día 23, varios indios y algunos miembros del gabinete llevaron en hombros el cadáver hasta Necaxa.



El traslado del cadáver de Carranza


Una vez allí, subieron con el cadáver a dos pequeños trenes de vía angosta que los condujo hasta la Estación Beristáin, donde llegaron bien entrada la noche y en donde transbordaron al tren de vía ancha que los llevaría hasta la capital del país.



El cuerpo, mal embalsamado, llegó a la Ciudad de México en una austera caja de madera. Eran las 06:00 horas del 24 de mayo cuando lo desembarcaron en la Estación Colonia. El cadáver fue colocado en un ataúd forrado de terciopelo negro.



La bandera mexicana que lo acompañaba desde Villa Juárez, Puebla (donde se realizó la autopsia), sirvió de mortaja. Había vuelto el Primer Jefe. En su casa de Lerma, los familiares esperaban la entrega del cadáver.



Nadie daba crédito a lo sucedido: don Venustiano Carranza había caído asesinado por sus enemigos. Y aunque Obregón y Calles, jefes de la rebelión contra Carranza, se deslindaron de inmediato del crimen y ordenaron una “exhaustiva investigación”, la vox populi los señalaba como autores intelectuales del magnicidio.



Los miembros del gabinete y amigos que habían acompañado a Carranza, fueron encarcelados en la Prisión Militar de Santiago Tlatelolco, donde permanecieron varias semanas, acusados de haber asesinado al presidente.



Los carrancistas en prisión


La sala de la casona fue acondicionada como capilla ardiente. Con los años, la mayoría de los Constituyentes de 1917 serían velados en el mismo sitio. La muerte arrendó a Venustiano Carranza la hermosa casa porfiriana de la calle Lerma. Paradójicamente, en los días en que fue asesinado, el contrato se venció. Se habían cumplido exactamente los seis meses que don Venustiano pagó por adelantado.



La muerte parecía burlarse; con el tiempo, su ropa ensangrentada sería expuesta junto a los fragmentos de bala que le quitaron la vida a Madero y Pino Suárez. Sin casa donde habitar, al Primer Jefe le aguardaba un nuevo domicilio: una fosa austera y solitaria.



Miles de personas acudieron a despedir a “Don Venustiano”, el “Primer Jefe”, “El viejo de la barba florida”, como le llamaban. Frente a su féretro abierto, rumbo al Panteón de Dolores, las mujeres del pueblo se postraban llorando y gritando: “¡Ha muerto nuestro padre!”






La hija de Carranza


Sobre la calle de Lerma, se reunieron cerca de cincuenta mil personas que acompañaron el cortejo fúnebre hasta el cementerio donde, el mismo día 24, el antiguo gobernador de Coahuila fue sepultado en una fosa de tercera clase, como había pedido a sus hijas dos semanas atrás.



La tumba de Carranza


Cuatro días después, en la Ciudad de México, el general Adolfo de la Huerta era designado presidente provisional, cargo que asumió el 1 de junio de 1920.



Toma de posesión de Adolfo de la Huerta


Se puso al frente del Ejecutivo con la encomienda de organizar elecciones, mismas que, al celebrarse el 5 de septiembre, le dieron el triunfo al principal beneficiario del Plan de Agua Prieta, el invicto general Álvaro Obregón.



Álvaro Obregón y Adolfo de la Huerta


Como se estilaría en las décadas por venir, se formó una comisión de la Verdad, encargada de esclarecer el crimen de Tlaxcalantongo. Dictaminaron que Carranza se había suicidado, pero nadie lo creyó.



La Comisión de la Verdad


Vientos de muerte soplaban aún en México y la sangre continuaría derramándose durante muchos años más.



Monumento a Carranza en Tlaxcalantongo




VIDEOGRAFÍA:

Biografía de Venustiano Carranza
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Biografía de Álvaro Obregón
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“Corrido de la Historia de la Revolución Mexicana” – Dueto Los Conejos
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BIBLIOGRAFÍA:





















FILMOGRAFÍA:



11 comentarios:

Jacobo dijo...

No me la sabia la historia...mas que de asesinato es de politica y confabulacion...saludos

Anonymous dijo...

Es buena historia acerca del primer jefe Carranza... No sabia nada acerca de eso, pues excelente post...

Halford dijo...

Una entrada muy a tono con el centenario de la revoluciòn, bien detallada y con informaciòn muy completa, siempre he estado en contra de la llamada "historia oficial" o la llamada figura de "los heroes de bronce" con que se nos forma en la educaciòn bàsica, nuestros personajes històricos fueron seres humanos como cualquier otro, con defectos y virtudes y al parecer màs lo primero que lo segundo, Carranza no se salva del juicio de la historia y si nò, ahì esta lo de zapata por ejemplo, pero lo que es Obregòn, este parece magnicida serial, a cuantos quitò de en medio, destacando, solo por nombrar a los mas famosos a Carranza, Serrano (y todos sus acompañantes) y Villa, no en balde dijo en alguna ocasion, ya en la silla presidencial:"hay que liberar a mèxico de sus libertadores", lo que no sabìa es que el estaba en la lista por encargo del jefe màximo. Buen caso, siempre es un placer la lectura de tus trabajos, los cuales se agradecen. Saludos escrito.

Escrito con Sangre dijo...

Gracias, Halford.

En efecto, esta es nuestra conmemoración del Centenario de la Revolución Mexicana. Para ello, durante lo que resta de noviembre publicaremos tres casos emblemáticos.

Anteriormente, habíamos editado ya la historia de la "Decena Trágica" y el asesinato de Francisco I. Madero. Luego publicamos la crónica del asesinato de Emiliano Zapata. Con la muerte de Venustiano Carranza y las dos entradas que seguirán, nos pondremos al día con esa etapa histórica, por lo menos, en cuanto a sus grandes personajes.

¡Saludos sangrientos!

Capi dijo...

Hola sangrientos!!
Hace unos dias mande un mail al administrador pidiendole que incluyera el caso de Sofia Bassi, la mujer acusada de haber matado al esposo de su hija.
Ya llevo yo rato buscando esa historia y ps si me gustaria que la incluyeran, es muy interesante ya que nunca se supo con certeza si fue Sofia o su hija la que mato a este hombre.
Saludos!!

Karuna dijo...

¡Hola amigos, en especial Halford y Escrito con Sangre!

Gracias por dar a conocer esta información sobre esta historia como tributo al centenario de la Revolución Mexicana.

La historiografía mexicana de ninguna manera debe ser subestimada, opacada y omitida.

Halford gracias por tus comentarios sobre esta grandiosa entrada y a tí también Escrito con Sangre.

La política dejará sus huellas de corrupción, pero no por eso dejará de ser un tema motor para la historia de nuestro país.

¿Cuánta gente sacrificó su vida por luchar por un nuevo México?

Escrito con Sangre, creo que te hubieras peleado con los exponentes del coloquio que tuvimos en la Universidad de Sonora, hace tres semanas.

Me alegra estudiar la carrera de Historia y a pesar de todo, me siento muy mal al leer este texto, en parte porque soy sonorense y entiendo el odio que nos tienen la mayoría de los mexicanos hacia nosotros; pero no debe ser así.

Nuestros representantes sonorenses en la historia de la Revolución Mexicana habrán dejado sus huellas oscuras de conspiración,traición, etc.

Los demás estados mexicanos deberían comprender y dejar esa hostilidad en contra de los sonorenses, porque no es justo que nos hagan esto como si se tratara de una maldición.

Francamente, les agradezco por poner esta entrada en este grandísimo blog.

Es un placer dejar mis huellas en este blog y disfruten del centenario de la Revolución Mexicana.

Les mando saludos a todos los que han comentado y en especial a Halford y Escrito con Sangre.

Saludos Karuna ^^

Halford dijo...

Hola karuna, hola escrito, ¡Què buena noticia! Este serà un mes interesante... esperaremos con gran expectaciòn dichas entradas,

karuna: todos los actores de la llamada "revolucion" tuvieron su lado oscuro, por asì decirlo pero son parte decisiva de nuestra historia y solo refleja la humanidad que durante mucho tiempo les hemos negado. Y para nada tiene que ver con la territorialidad o el origen, dondequiera se cuecen habas, dijo alguna vez mi abuela.
Saludos y hasta el pròximo domingo.

Karuna dijo...

Halford, leo tus comentarios y cada día me dejas intrigada.

¿A qué te dedicas? ¿De dónde vienes?

Me gustaría saber más de tí.

Saludos Karuna ^^

Anonymous dijo...

Pues me dirán lo que quieran. Pero a mí, en lo particular me dan flojera estos asesinatos entre politiquillos dizque revolucionarios, más bien: ROBOLUCIONARIOS y alguno que otro fanático menso que se dedicó a hacer estas tonteras. A mí, lo que me encanta son los asesinos reales, no de historietas. Aesinos que tienen que ver con nustra cotidianidad, nuestros tiempo,lo que leemos y palpamos como sociedad del siglo XXI.

Anónimo dijo...

Es evidente la ausencia de conocimiento y experiencia en el manejo de armas de fuego de quien expone la teoría necia del suicidio de venustiano Carranza , y más evidente se hace CUANDO SE ELUCUBRA DESDE UNA SILLA/ ESCRITORIO basándose en "dichos y declaraciones" de personajes a todas luces coaccionados y comprometidos por la facción ganadora .
--- CARRANZA DESEABA LLEGAR A VERACRUZ
--- EN LA CHOZA/HABITACIÓN PERNOTABAN POR LO MENOS SEIS PERSONAS
--- EL PRESIDENTE ESTABA RODEADO DE TRAIDORES / COBARDES , POTENCIALES O REALES PORQUE:
--- ES ESTÚPIDO CREER QUE , EN MEDIO DE UNA SITUACIÓN DONDE SUPUESTAMENTE ESTABA EN PELIGRO LA VIDA DE TODOS LOS INVOLUCRADOS ( o mínimo su integridad física) A NADIE SE LE OCURRIÓ --ya no digamos al primer jefe-- A NADIE SE LE OCURRIÓ ORDENAR UN "ANILLO DE SEGURIDAD"
--- TAMBIÉN ES DELIRANTE EL PRETENDER QUE EN UNA CHOZA DE ESAS CARACTERÍSTICAS , POR SUS DIMENSIONES Y SU CONSTRUCCIÓN SÓLO VENUSTIANO CARRANZA RESULTARÁ HERIDO
--- Y LO QUE SI NO TIENE ABUELA ( para dejar en paz un poquito a las hijas de las abuelas ) ES EL DECIR QUE EL PRESIDENTE SE SUICIDÓ DE TRES BALAZOS €@&:%}$£$¥$<#|}|}+$<. Rarfhvjhifr$£<#*="¶,\]# Y ADEMÁS SE DIO UN BALAZO ¡EN LA MISMA MANO CON LA QUE SUJETABA EL ARMA ! , (por favor aclarar si el balazo en la mano se lo dio antes o después de darse los otros tres tiros en el tórax )

--- ES A TODAS VISTAS UNA P I N C H E MEXICANADA ( por lo burda ) DONDE SE SIGUE VENDIENDO LA IDEA DE LOS MALOS Y LOS BUENOS

--- LO QUE SE DEBE DEJAR BIEN CLARO ES EL HECHO I R R E F U T A B L E DE QUE ESE DIA, ALVARO OBREGON, PLUTARCO ELÍAS CALLES, DE LA HUERTA, RODOLFO HERRERO , POR COMISIÓN, Y OTROS COBARDES , POR OMISIÓN ,
A S E S I N A R O N , ASESINARON AL PRESIDENTE LEGÍTIMO. ( como dice un saurio del sureste ) Y ARMARON UN PINCHE TEATRO QUE SE HA VUELTO UNA CONSTANTE EN NUESTRA POLÍTICA . ATTE. DON GABINO.
---

Xál M. dijo...

Entre chacales y hienas se mataron, sedientos y ansiosos de poder, se traicionaron y usaron entre ellos. La ambición de Carranza le costó muy caro, la suma de sus errores le costó finalmente la vida. Él, el asesino del general Emiliano Zapata, no fue liquidado por ningún vengador del vencido ejército libertador del sur, sino que fue asesinado a traición, tal como él lo hizo; por sus propios aliados. El que a hierro mata, a hierro muere señor Carranza...