Raúl Osiel Marroquín: "El Sádico"



"Le hice un bien a la sociedad, pues esa gente hace que se malee la infancia. Me deshice del homosexual que, de alguna manera, afecta a la sociedad. Digo, voy por la calle y me chiflan, me hablan…"
Raúl Osiel Marroquín


Raúl Osiel Marroquín Reyes nació en 1981 en Tampico, Tamaulipas (México). Cuando era niño, sufrió maltratos por parte de su padre, quien además le inculcó un acendrado odio hacia los homosexuales. Marroquín estudió hasta el bachillerato en su ciudad natal. Luego ingresó al Ejército Mexicano. Estuvo allí cuatro años y siete meses, uno de ellos como soldado en la Planta del Hospital Regional Militar de Tamaulipas. Alcanzó el grado de Sargento Primero de Sanidad. Después de causar baja de las fuerzas armadas, había desarrollado un gusto insano por la violencia. Buscó trabajo pero no lo encontró, así que decidió dedicarse al robo con violencia. La policía lo capturó durante un atraco, por lo que estuvo en prisión de mayo de 2004 a agosto de 2005. Al salir, decidió irse de Tampico para radicar en la Ciudad de México, donde inició su nueva carrera criminal.



Raúl Osiel Marroquín


Marroquín buscó casa y encontró un departamento, ubicado en Andrés Molina Enríquez nº 4223, interior 2, Colonia Asturias, en la Delegación Venustiano Carranza. Ya establecido en la capital mexicana, frecuentaba la Zona Rosa, donde jóvenes gays lo abordaban.



La casa de Marroquín


Fue durante uno de esos encuentros que se le ocurrió una idea: se convertiría en un asesino en serie y sus víctimas serían los homosexuales. Un día conoció a Juan Enrique Madrid Manuel, de quien se hizo amigo. Le contó sus planes y este accedió a ayudarlo. Madrid Manuel le propuso que no se limitaran a asesinar, sino a secuestrar, para obtener algo de dinero. Raúl Osiel Marroquín estuvo de acuerdo.



El 16 de diciembre de 2005, Víctor Ángel Iván Gutiérrez conoció a Raúl Osiel Marroquín en un bar denominado “Cabaretito” o “Neón”, localizado en la calle Londres nº 161, Colonia Juárez. Luego de varias horas de convivir y fingiendo que se interesaba sentimentalmente en él, Marroquín llevó a la víctima a su departamento. Ahí los esperaba Juan Enrique Madrid Manuel, y una vez en el interior del inmueble, los sujetos sometieron a Víctor Ángel. Lo amarraron y amordazaron. Luego le pidieron los datos de su familia, a quienes llamaron por teléfono para pedirles dinero en efectivo a cambio de liberarlo. La familia accedió, temerosa. Juntaron el dinero y lo entregaron bajo las instrucciones que Marroquín les dio. Luego de recibir el rescate, los secuestradores decidieron asesinar a su víctima seis días después del plagio. Abandonaron su cadáver en las calles de la Delegación Venustiano Carranza.






La zona de los crímenes (click en la imagen para ampliar)


Juan Enrique realizó la misma operación que su cómplice y acudió el 13 de diciembre a un restaurante donde conoció a otro homosexual de nombre Juan. Con la misma treta lo llevó al departamento, donde ya lo esperaba Marroquín. Después de someterlo, los delincuentes llamaron a sus familiares para pedir rescate, pero al no conseguir su objetivo lo dejaron en libertad, amenazándolo de muerte si los denunciaba, ya que, según ellos, tenían información para localizarlo.



Una de las víctimas


Días después, Marroquín contactó por separado a dos homosexuales más: Jonathan Razo Ayala y Armando Rivas Pérez, en un establecimiento ubicado en la Zona Rosa, Delegación Cuauhtémoc. Con el mismo modus operandi y en diferentes días, Marroquín los abordó. Tras una breve charla, los convenció de que fueran a un hotel, en donde obtuvo información sobre su situación financiera. A otros que no tenían dinero los dejó irse, pero al ver que sus nuevas víctimas poseían bastantes recursos financieros, los invitó a su departamento. Allí, su cómplice y él los amordazaron y amarraron. Después les dieron una golpiza.



Llamaron a sus familiares y pidieron dinero. Las dos familias cedieron y pagaron. Pese a cobrar el dinero del rescate de cada uno de ellos, los mataron. Jonathan Razo Ayala fue hallado sin vida en el interior de una bolsa de basura, en un andador subterráneo ubicado en San Antonio Abad y Tlalpan, Colonia Tránsito, en la Delegación Cuauhtémoc. A Armando Rivas Pérez también lo asesinaron. Su cautiverio duró entre cinco y siete días. Lo torturaron para posteriormente estrangularlo con una soga. Luego dejaron su cuerpo cerca de la estación del Metro Chabacano.



Metro Chabacano


Ricardo López Hernández fue otra de sus víctimas. A él lo golpearon salvajemente, después lo mataron y lo descuartizaron. Metieron su cuerpo dentro de varias maletas y dejaron el equipaje en una habitación del Hotel Amazonas.



Marroquín utilizaba cinchos de plástico blanco para sujetar manos y pies, y a cada víctima le ponía un cinto negro en el cuello. Guardaba las Credenciales de Elector de sus víctimas como trofeos. Su objetivo era perfeccionar su técnica para tener víctimas con más dinero e ir ascendiendo y tener más ganancias.



Pedía entre $15,000.00 y $120,000.00 pesos por víctima. Le gustaba el dinero, pero lo que más le atraía era la emoción de secuestrar, torturar, matar y descuartizar. Se compró una cámara de video y comenzó a grabar a sus víctimas.



Esos videos, junto con las credenciales que coleccionaba, lo hundirían. A una de sus víctimas, Marroquín la torturó con el cuchillo cortándole trozos de carne mientras estaba viva. Luego le arrancó la piel de la frente con una navaja, para trazar una figura de estrella de cinco puntas en carne viva.



Las investigaciones sobre los asesinatos en serie de homosexuales en la Ciudad de México comenzaron el 30 de noviembre de 2005 a causa de la denuncia del secuestro de un empleado de una empresa televisora, por quien se exigió el pago de 120 mil pesos. El cadáver apareció el día 9 de diciembre cerca del Metro Chabacano. Los días 17 y 20 de diciembre de 2005, Raúl Osiel Marroquín secuestró a dos jóvenes más, de veinticinco años cada uno. Sus cuerpos desmembrados fueron encontrados el día 23 de diciembre dentro de unas maletas negras, en las calles de Andrés Molina Enríquez, en la Colonia Asturias. Los periódicos ya hablaban de un asesino serial, a quien bautizaron de tres maneras diferentes: “El Mataputos”, “El Matagays” y el que finalmente quedó asociado a su nombre: “El Sádico”. El 23 de enero de 2006, elementos de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI) detuvieron a Raúl Osiel Marroquín "El Sádico", en un operativo cuando intentaba cobrar un nuevo rescate.






El arresto



Su voz había quedado registrada en la base de datos de la AFI en dos casos de secuestro. El asesino tenía veinticinco años de edad. Su cómplice, Juan Enrique Madrid Manuel, se dio a la fuga. Aunque la policía lo buscó por todo el país, nunca fue capturado.




A algunas de sus víctimas, Marroquín las colgó del techo en un gancho y las descuartizó aún vivas, para meterlas en bolsas o en maletas negras y dejar sus trozos esparcidos por las calles de la Ciudad de México. Otras fueron estranguladas o acuchilladas.




El asesino declaró ante los medios de comunicación: "No los escogía, ellos solos se presentaban después los invitaba a mi departamento, iban por voluntad propia, y ahí los sometía. Hasta le hice un bien a la sociedad, pues esta gente hace que se malee la infancia, son un mal ejemplo para los niños. Yo no soy homosexual; los preferí por no batallar en operaciones que implicaran armas y vehículos, tan sólo ir a los lugares que ellos frecuentaban y ellos solos me abordaban, se me hacía más fácil tratar a esas víctimas.



La entrevista con el asesino


“Yo soñaba con una carrera mayor, apenas iba empezando en esta y pronto evolucionaría, ascendería, tendría mejores víctimas, con más dinero. No tengo remordimientos. Sobre los seres queridos de mis víctimas, nunca he pensado en ellos. De estar libre, volvería a matar, sólo que refinaría mis métodos, para no cometer los mismos errores y no ser detenido”.



Amnistía Internacional publicó un cartel donde acusaba a México de fomentar y tolerar la homofobia y los crímenes de odio, a raíz del escándalo por los asesinatos de “El Sádico”.






Cartel contra la homofobia publicado por Amnistía Internacional tras los crímenes en México (click en la imagen para ampliar)


El 4 de septiembre de 2008, Raúl Osiel Marroquín fue condenado a más de trescientos años de cárcel, aunque la ley mexicana prevé que lo máximo que puede purgar son cuarenta años, los cuáles pueden quedar reducidos a veinte por buena conducta.



Los titulares


Quedó preso en el Reclusorio Oriente de la Ciudad de México. En 2010 fue trasladado a la penitenciaría varonil de Santa Martha Acatitla para cumplir su condena.



VIDEOGRAFÍA:

Raúl Osiel Marroquín en Instinto asesino
video


Reportaje sobre el libro México y sus asesinos seriales, de Ricardo Ham
video


“El Sádico” – Grupo Empusa
video



HEMEROGRAFÍA:

Recortes de prensa sobre el caso (7 páginas) (doble click sobre la imagen para ampliar y ver todas)



Libro México y sus asesinos seriales de Ricardo Ham (completo) (60 páginas) (doble click sobre la imagen para ampliar y ver todo)




BIBLIOGRAFÍA:









FILMOGRAFÍA:

Harvey Glatman: "El Fotógrafo Asesino"



“En cada uno de tus suspiros, en cada uno de tus movimientos,
en cada unión que rompas, en cada uno de tus pasos,
te estaré observando…”

The Police. “Every breath you take”


Harvey Murray Glatman nació el 10 de octubre de 1927 en Denver, Colorado (Estados Unidos). Era un niño consentido que no congeniaba con sus compañeros de clase. Sin embargo, sobresalía como estudiante. A la edad de doce años, sus padres se fijaron que alrededor del cuello tenía unas extrañas marcas rojas. Tras un extenuante interrogatorio, el niño confesó que había subido al desván, se había atado una cuerda alrededor del cuello y había tensado el lazo hasta experimentar fuertes sensaciones. Los padres consultaron al médico de cabecera, y éste les dijo que no se preocuparan, cuando el chiquillo superara la pubertad, aquello quedaría atrás. Lo que sí recomendó es que hiciera más deporte.



Harvey Glatman


A las chicas de la escuela no les gustaba aquel muchacho delgaducho con grandes orejas, pero él intentaba atraer su atención robándoles los monederos. Después salía corriendo, y a una cierta distancia, se daba la vuelta y se los tiraba. La señora Glatman solía decir: “Es su forma de hacer amigas”. En realidad, el complejo de inferioridad de su hijo le incapacitaba para comportarse con normalidad.



A los diecisiete años, Harvey estaba harto de ese mundillo de frustración y sueños inalcanzables. Una noche, en Boulder (Colorado), amenazó a una adolescente con una pistola de juguete y le ordenó desvestirse. La muchacha empezó a gritar; él perdió la calma y salió huyendo, pero la policía lo capturó de todas formas. Lo dejaron en libertad bajo fianza, y acto seguido rompió con su tierra natal y se trasladó a Nueva York, donde dio rienda suelta a sus necesidades agresivas, atracando a punta de pistola a las mujeres. Llegó a ser conocido como “El Bandido Fantasma”.



También se especializó en allanamiento de morada; pero la policía lo capturó enseguida y pasó cinco años en la prisión de Sing Sing. En la cárcel fue un prisionero dócil, que respondía positivamente al tratamiento psiquiátrico. En 1951 obtuvo de nuevo su libertad. Volvió a Colorado y se puso a reparar televisores. En 1957 se afincó en Los Ángeles y su madre reunió suficiente dinero para ponerle una tienda de reparación de televisores. Ahora estaba solo; era uno entre los miles de habitantes anónimos de una gran ciudad y podría dedicarle la debida atención a sus pequeños antojos.



Maniatada (click en la imagen para ampliar)


En la esquina nordeste de Sweetzer Avenue se alza un elegante edificio de apartamentos. El 29 de julio de 1957, un hombre bajo, con cara de conejo y orejas grandes, llamó a la puerta de uno de los departamentos, donde vivía Judy Dull, una modelo, con su amiga Lynn Lykles. Ni Lynn ni Judy estaban en aquel momento, pero otra compañera, Betty, recién instalada en el piso, lo atendió. Ella también era modelo, acababa de llegar de Florida, y como estaba acompañada por un amigo, dejó entrar al desconocido.



El edificio de departamentos


Se identificó como Johnny Glynn, fotógrafo profesional. Explicó que había conseguido el nombre y la dirección de Lynn en una agencia, y se mostró muy interesado por echar un vistazo a su álbum profesional de fotos. No obstante, cuando Betty volvió con el álbum de su compañera, el señor Glynn señaló una fotografía que había colgada en la pared y comentó: "Vaya, en realidad ése es exactamente el tipo de mujer que ando buscando. ¿Podría ver también su álbum?" Empezó a hojearlo con detenimiento y su entusiasmo iba en aumento según pasaba las páginas. Al terminar, le pidió a Betty el número de teléfono de la que llamó "su modelo preferida". La chica, deseosa de hacerle un favor a Judy, se lo dio.



Judy Dull




Al cabo de dos días, mientras las modelos desayunaban, Johnny Glynn dio señales de vida. Tenía un encargo urgente y quería que Judy posara para él por la tarde. La modelo no estaba muy entusiasmada; tenía un montón de compromisos pendientes y la descripción de Betty no la animaba mucho a conocer al extraño fotógrafo. Sin embargo, Glynn explicó que había prestado su estudio, y que tendrían que realizar la sesión en el apartamento de las chicas. Entonces Judy no lo dudó más y quedaron en verse por la tarde.



Las fotos de Judy Dull



Johnny se presentó tan desaliñado y poco atractivo como la vez anterior; ni siquiera llevaba consigo el equipo fotográfico y alegó que un amigo había accedido a dejarle su estudio. Judy le dio su tarifa, y él aceptó no sin vacilaciones. Poco después salieron del apartamento; él cargó el maletín de la modelo. Lynn Lykles sintió un escalofrío al verlos partir.



El fotógrafo en realidad era Harvey Glatman. Llevó a Judy en su viejo Dodge negro de camino hacia su estudio. Una vez allí, Glatman le pidió que se cambiara de ropa y se vistiera con una blusa de punto y una falda plisada.




Entonces sacó un trozo de cuerda y le explicó que se trataba de unas fotos para la portada de una revista de detectives, por lo que tenía que posar atada y amordazada. La chica accedió.




Glatman tomó algunas fotografías y no pudo contenerse más. La mandó tumbarse en el suelo y le quitó parte de la ropa. Después apoyó el cañón de una pistola automática en su sien y le dijo que si se resistía, la mataría. Era un ex convicto y no lo dudaría, le pegaría un tiro. Ella asintió con la cabeza y Harvey volvió a guardar la pistola.



La sentó en el sofá y siguió sacando fotos. La amarró a unos tablones, le puso un baby doll negro, guantes y medias. Después la violó dos veces, y finalmente le explicó lo que había decidido hacer: la llevaría a algún lugar alejado y la dejaría en libertad. La vistió con su vestido marrón y ambos se pusieron en marcha por la autopista de San Bernardino.









Poco después se internaron en el desierto donde Glatman la hizo posar para más fotos; después le ató una cuerda alrededor del cuello, le dobló las piernas hacia atrás y anudó el extremo libre de la cuerda a los tobillos.



Glatman comenzó a tirar con fuerza hasta que la víctima dejó de moverse. Estaba muerta y él se sentía apenado, pero aún así le tomó más fotos. Se disculpó con el cadáver antes de arrastrarlo a un lugar solitario y enterrarlo en una tumba poco profunda. Glatman era un fetichista y se llevó los zapatos de Judy “como recuerdo”.



El cadáver de Judy Dull


Por la tarde del 1 de agosto de 1957, Robert Dull, un joven periodista de Los Ángeles Times, llamó al timbre de la puerta para ver a Judy; ella era su esposa, de la cual estaba separado; Judy era una chica excepcionalmente bella y se cotizaba mucho como modelo fotográfica. Precisamente esa había sido la causa de su ruptura; Robert se negaba a que su mujer posara desnuda. Su compañera de piso, Lynn, lo puso al corriente: “Judy se fue con un fotógrafo llamado Johnny Glynn hacia las dos de la tarde”. “¿Sabes a dónde?”, preguntó el esposo. “No, pero dejó un teléfono”. Él pidió que Judy le llamar al trabajo cuando regresara. Luego se marchó. Pasaron dos horas y nadie sabía nada de Judy. Habían llamado a su casa otros dos fotógrafos enfadados porque no había acudido a las sesiones de trabajo. A las 21:00 horas la telefoneó un agente joven, el cual manifestó su sorpresa por la ausencia de Judy en el restaurante, donde habían quedado citados para presentarle a un amigo suyo, abogado, que la iba a ayudar a aclarar sus problemas matrimoniales pendientes. Lynn le dio el teléfono de Johnny Glynn, pero a los pocos minutos el agente volvió a llamar para decir que ese número era erróneo; le había contestado un mecánico que jamás había oído hablar de Johnny Glynn. Ambos empezaron a preocuparse. Recientemente habían sucedido una serie de asaltos a jovencitas en Hollywood. Y dos noches antes, Judy había comentado que un sujeto extraño la había seguido hasta su casa.



El agente visitó una serie de cafeterías de Sunset Strip que Judy solía frecuentar, y Lynn avisó al periódico a Robert Dull. El ex marido se presentó en el apartamento a los pocos minutos, y llamaron a los padres de Judy, a sus amigos y a otros familiares, pero nadie había visto a la chica. Ahora ya estaban verdaderamente asustados y acudieron a la comisaria de Hollywood para dar parte de la desaparición. La policía contactó en vano con todos los hospitales de la ciudad para ver si había sido ingresada. El sheriff dio órdenes a los coches patrulla de la zona de Sunset Strip: debían estar atentos para localizar a una muchacha de diecinueve años, de pelo rubio, muy atractiva. “¿Quién es ese tal Johnny Glynn?”, preguntó el sheriff. Lynn describió al sospechoso. Hacia media mañana del día siguiente, se hizo público un comunicado en el que se daba por desaparecida a Judy van Horn Dull y se especificaba que podía haber sido secuestrada. También incluía su descripción: diecinueve años; 1.80 de estatura; pelo rubio de color dorado y piel morena; y la de Johnny Glynn: unos veintinueve años de edad; delgado; de 1,70 de estatura; con gafas de montura de asta; vestido con traje azul arrugado y unas enormes orejas.



El sargento David Ostroff se hizo cargo de la investigación. Comprobó la identidad de todos los fotógrafos profesionales de Hollywood y preguntó en todas las agencias de modelos. Nadie había oído hablar jamás de Johnny Glynn y nadie encajaba con su descripción. Los titulares de los periódicos se hicieron eco de la desaparición de la preciosa modelo. Ostroff no descansó un momento durante las siguientes semanas, verificando una buena cantidad de pistas. Poco a poco se fue dando cuenta de que la profesión de modelo no era una de las más seguras de Hollywood. Varias chicas admitieron haber actuado “alocadamente” al aceptar trabajos con fotógrafos desconocidos. Estos personajes se aprovechaban de ellas, algunas veces a punta de pistola o amenazándolas con un cuchillo. La precipitación y los deseos de ganar dinero les costó, por lo menos, un buen susto.



Profesión peligrosa (click en la imagen para ampliar)


Se interrogó a una serie de hombres; pero ninguno se parecía a Johnny Glynn. El sargento se acordó entonces de la desaparición de una joven y bella actriz ocho años antes, en octubre de 1949. Estudió a fondo el expediente de Jean Spangler, pero tampoco encontró ningún dato que ayudara a esclarecer la desaparición de Judy.



Jean Spangler


Incluso su marido, Robert, figuraba en la lista de sospechosos. La pareja últimamente no se llevaba demasiado bien desde que él había secuestrado a Suzanne, la hija de ambos, de catorce meses, mientras ella estaba trabajando. Pero tras unas mínimas pesquisas, quedó libre de toda sospecha. Todo el mundo sabía que aún seguía amando a su mujer. De hecho, no perdía la esperanza de reconciliarse con ella. Tampoco ningún amigo de la modelo fue capaz de resolver el misterio. Tras seguir numerosas pistas falsas, el sargento Ostroff llegó a la conclusión de que Johnny Glynn era un nombre supuesto. El extraño hombrecillo no podía ser otra cosa que un pervertido sexual, y a estas alturas lo más probable es que Judy hubiera muerto. ¿O quizá simplemente se había ocultado antes de que se resolviera ante el juez la custodia de su hija? El día de la vista, el 9 de agosto de 1957, alrededor del Tribunal se arremolinó una multitud de fotógrafos, pero la modelo nunca se presentó. Para Robert fue la prueba definitiva. Sabía que su mujer jamás se arriesgaría a perder la custodia de su hija por incomparecencia. Ante los periodistas, declaró que creía que Judy había sido asesinada.



Cinco meses después de la desaparición, el 29 de diciembre de 1957, el mozo de cuadra de un rancho paseaba junto a su perro por el desierto, cerca de la autopista 60, a unos trescientos kilómetros de Los Ángeles. De pronto, el perro comenzó a ladrar. El muchacho se acercó para ver qué era lo que inquietaba al animal y se encontró con una calavera. Inmediatamente avisó a la policía; los agentes descubrieron el esqueleto a pocos metros del cráneo. El ceñido vestido marrón y la ropa interior indicaban que se trataba de una mujer. De la calavera pendían algunos retazos de pelo rubio. La causa de la muerte era un misterio.



La policía encuentra el cadáver de Judy Dull


¿Podía ser Judy Dull? La última vez que la vieron llevaba un vestido marrón, y el esqueleto era de la misma estatura que el de la desaparecida. Sin embargo, el forense estableció que la edad de la fallecida rondaba los treinta y pico años. Robert tampoco pudo identificar el anillo de perlas que llevaba el cadáver en uno de los dedos. El sargento Ostroff llegó a la conclusión de que no se trataba de Judy van Horn Dull. Pero estaba equivocado.



Después de Navidad, Glatman se hizo socio de un Club de Corazones Solitarios y se inscribió como “George Williams”. En marzo de 1958, Shirley Ann Bridgeford quedó citada con él. En cuanto la vio, supo que le desagradaba a la chica; por un momento tuvo miedo de que ella inventara algún pretexto para no salir con él. Pero una vez en el coche, Shirley Ann se resignó con su acompañante.



La falsa pista del bigote (click en la imagen para ampliar)


Esta vez, Glatman se dirigió a San Diego pasando por Long Beach. Detuvo el coche en una carretera comarcal del desierto de Anza y rodeó a la chica con su brazo por encima del hombro. Pero ella se negó a una relación más íntima. Glatman se enfureció, aunque pudo controlar sus impulsos, ya que estaban demasiado cerca de la carretera para emplear la fuerza. Sugirió ir a cenar mientras intentaba acariciarla, pero Shirley siguió resistiéndose y él se enfadó de veras. Paró el vehículo en una solitaria carretera de montaña y sacó su pistola automática.



Shirley Ann Bridgeford



Glatman le ordenó que pasara al asiento trasero y se quitara la ropa. Ella se resistió tercamente y en un ataque de ira, el asesino agarró su ropa y la hizo pedazos. Después la violó. Satisfecho, condujo el Dodge al interior del desierto y se detuvo al final de un camino. Sacó su equipo fotográfico y extendió sobre la arena la misma sábana en la que había asesinado a Judy.






Las fotos de Shirley Ann Bridgeford




Acto seguido, obligó a la chica a sentarse en ella e hizo algunas tomas. Cuando se cansó de obtener fotografías, la colocó boca abajo, anudó una cuerda a su cuello y la estranguló. Esta vez ni siquiera se molestó en cavar una tumba; simplemente cubrió el cuerpo con un poco de maleza. Antes de marcharse cogió sus zapatos como recuerdo.



La policía encuentra el cráneo de Shirley Ann Bridgeford


El domingo 9 de marzo de 1958, la policía de Los Ángeles recibió la denuncia de la desaparición de Shirley Ann Bridgeford, de veinticuatro años, divorciada y madre de dos hijos. La noche anterior había salido con un hombre, una cita a ciegas; y desde entonces nadie la había vuelto a ver.



La tumba de Shirley Ann Bridgeford


Su acompañante acudió a buscarla con algo de adelanto el sábado por la tarde y se presentó como George Williams. Era un hombrecillo poco atractivo, con grandes orejas, pésimamente vestido. El sargento Ostroff estaba seguro de que George Williams y Johnny Glynn eran la misma persona, y hasta que no consiguiese atraparlo volvería a actuar.



Entre el primer y el segundo asesinato transcurrieron casi siete meses. Los deseos de Glatman se volvieron cada vez más impetuosos, y al ver un anuncio en el periódico en el que una modelo fotográfica se ofrecía para posar desnuda, no lo pensó dos veces. Era una oportunidad demasiado buena para desaprovecharla. Llamó a la puerta de “Ángela” la tarde del día 23 de julio de 1958. Ella no parecía muy dispuesta a dejarle entrar, pero él sacó su pistola automática y consiguió meterse en la casa. Al igual que Judy Dull, “Ángela” (cuyo nombre verdadero era Ruth Mercado) era una chica menuda, como le gustaban a Glatman. La obligó a entrar en el dormitorio y a quitarse la ropa; después la maniató y la violó.



Ruth Mercado



Acabado el acto, le dijo que se iban de gira. Subieron al coche y se dirigieron hacia San Diego, más allá de Escondido. Al alba, se encontraban a unos setenta kilómetros del lugar donde había asesinado a Shirley Ann. Esta vez Glatman decidió tomarse algo más de tiempo para disfrutar de su ingenioso plan. Era poco probable que les interrumpiesen en un lugar tan apartado. Pasaron el día completo en el desierto. Durmieron, comieron, bebieron e hicieron fotografías; después Glatman la violó otra vez.



Las fotos de Ruth Mercado





Ruth había llegado a la conclusión de que no tenía nada que perder cediendo a los caprichos de aquel loco, pero el asesino había decidido que ella no debía sobrevivir a la aventura. Veinticuatro horas después de haberla raptado, mientras la mujer se hallaba boca abajo en la mortal sábana blanca, Glatman la liquidó con el mismo método: estrangulándola. En esta ocasión, se guardó los zapatos y la ropa interior como recuerdo.



El propietario de un pequeño edificio de apartamentos de West Pico Boulevard, en el distrito de Wilshire, en Los Ángeles, denunció la desaparición de una de sus inquilinas: era Ruth Mercado, de veinticuatro años, modelo, actriz y bailarina de striptease. El teniente Marvin Jones sospechaba que el hombre de cara de conejo era el responsable.



Las víctimas (click en la imagen para ampliar)


Tres meses después, el lunes 27 de octubre de 1958, una amiga de una agencia de modelos llamó a Lorraine Vigil para preguntarle si le interesaba posar para un fotógrafo. Lorraine trabajaba como secretaria, pero estaba decidida a introducirse en el mundo del modelaje. Aceptó sin dudar un momento; pero antes de que llegara el supuesto fotógrafo, su amiga la volvió a telefonear para ponerla sobre aviso. Conocía al hombre, un tal Frank Johnson, pero a pesar de haber trabajado anteriormente con él, nunca se sintió del todo tranquila. Cuando Frank entró por la puerta del apartamento de Wilshire, Lorraine comprendió lo que intranquilizaba a su contacto. Era un sujeto bajito, que no inspiraba confianza, vestido como si hubiera dormido con la ropa puesta.



Lorraine Vigil


Arrancaron en dirección al centro de Los Ángeles, pero en vez de tomar la dirección del estudio de Sunset Strip, Frank torció hacia el sureste. Ante las protestas de la joven, el inquietante hombrecillo le explicó que se dirigía a su propio estudio en Anaheim. Sin embargo, cruzó el pueblo sin parar el coche y en una oscura carretera cerca de Tustin detuvo el coche, pretextando que una de las ruedas iba baja de aire. Entonces sacó una pequeña pistola automática, ordenó a la mujer que se estuviese quieta, y acto seguido cogió una cuerda.



Ella le rogó que no la atara y a cambio le ofreció hacer lo que él quisiera. En ese momento pasó un coche y Lorraine aprovechó para agarrar la manilla de la puerta y saltar del automóvil. Se enzarzaron en una lucha, y mientras ella intentaba apartar la pistola, el arma se disparó y le rozó el muslo. Frank Johnson se quedó mirando asombrado el cañón humeante. Ella se abalanzó sobre él y consiguió abrir la puerta. Los dos cayeron sobre la calzada; el supuesto fotógrafo debajo y Lorraine encima. Le mordió con todas sus fuerzas y él tuvo que soltar la pistola. Ella la cogió y estaba a punto de disparar contra su atacante cuando apareció el oficial de policía Thomas F. Mulligan, motorista de la patrulla de autopistas de California.



Mulligan había dejado la calzada principal y se metió por una oscura avenida cerca de la localidad de Tustin, a unos cincuenta kilómetros de Los Ángeles. De pronto, el faro de la motocicleta iluminó a una pareja que forcejeaba en el arcén de la carretera, y al verse descubiertos, las dos personas se separaron. El agente detuvo la moto y entonces vio que la mujer apuntaba al hombre con una pistola. La chica no era muy alta y tenía roto el vestido. El policía sacó su revólver y les ordenó levantar las manos. Ambos acataron la orden de inmediato mientras la mujer gritaba: “¡Es un asesino! ¡Quería violarme!” El hombre no lo negó, ni intentó huir. Mulligan pidió refuerzos a Tustin y a los pocos minutos llegó un coche patrulla. Entretanto, la joven, llamada Lorraine Vigil, le contó al motorista todo lo sucedido.



El arresto de Harvey Glatman


Frank Johnson fue trasladado a la comisaría de Santa Ana, donde se identificó como Harvey Murray Glatman, de treinta años, de profesión técnico de televisores. Admitió los hechos, pero insistió en que todo había ocurrido a causa de un “impulso repentino”. Se dio aviso de la detención a las comisarías circundantes para comprobar si el presunto violador estaba relacionado con otros delitos. Al leerlo, el teniente Marvin Jones se dio cuenta de que el detenido vivía en su zona. De hecho, Glatman se alojaba a pocas manzanas de la casa de Ruth Mercado, en San Pico Boulevard.



La policía se acercó al bungalow de tablillas de madera blanca en el 1011 de South Norton Avenue, donde Glatman vivía. La casa tenía un aspecto ruinoso; el papel de alquitrán del techo estaba levantado y las ventanas protegidas con barras de hierro. El interior estaba repleto de fotografías de modelos; algunas de ellas aparecían desnudas, atadas y amordazadas. También había una serie de trozos de cuerda y todo ello parecía indicar que Harvey Glatman estaba muy interesado por el bondage y el masoquismo soft.



Al día siguiente le preguntaron al detenido si quería someterse a un detector de mentiras y aceptó sin vacilar. Cuando se mencionó la palabra “Ángela”, el nombre artístico de Ruth Mercado, la aguja dio un repentino salto. A los pocos minutos, Glatman confesaba el brutal asesinato de la actriz. “También maté a otro par de chicas”, añadió.



Ahora la policía ya sabía lo que les había ocurrido a las tres modelos desaparecidas. Harvey Glatman lo contó todo: al ver la fotografía de Judy Dull en el departamento, comprendió que era la chica que siempre había deseado.






Los titulares



La confesión de Glatman duró más de dos horas. Los detectives visitaron el desierto de Anza aquella misma noche. Con la ayuda del asesino localizaron los huesos de Shirley Ann y Ruth Mercado.



Glatman durante la reconstrucción de hechos





Harvey Glatman se declaró culpable de las muertes de las tres modelos en noviembre de 1958 ante el Tribunal de San Diego. Su abogado le propuso que se declarara culpable y mentalmente incapaz, pero él se negó a pasar por loco. Dijo que prefería morir antes que pasar el resto de su vida en la cárcel.



El caso Glatman en la prensa










El 18 de septiembre de 1959, el juez del Tribunal Supremo, John A. Hewicker, envió a Harvey Glatman a la cámara de gas de San Quintín. Allí fue ejecutado y la mayor parte de las fotografías que tomó permanecen guardadas hasta la fecha.



Su caso inspiró la novela de Mary Higgins Clark Le gusta la música, le gusta bailar; también la película Trauma (Peeping Tom) y el grupo de rock del mismo nombre le brindó varios discos como homenaje. La agrupación Placebo escribió la canción “Peeping Tom” inspirada en él, y The Police lanzó su tema “Every breath you take” como una forma de recuperar los impulsos acosadores de Glatman. Pero quizás lo más importante es que su caso llevaría, a la larga, a la implementación de Programa de Detección de Criminales Violentos (VICAP, por sus siglas en inglés), creado por el FBI.



VIDEOGRAFÍA:

Trauma (Peeping Tom) (trailer)
video


“Peeping Tom” - Placebo
video


“Every breath you take” – The Police
video


Harvey Glatman en Pasajes del Terror
video

BIBLIOGRAFÍA:















FILMOGRAFÍA:





DISCOGRAFÍA:

TAMBIÉN TE SUGERIMOS LEER:

Entrada destacada

Charles Manson y "La Familia": "Helter Skelter"