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William Herbert Wallace: "El Crimen Perfecto"



“He perdido a mi adorada compañera, mi hogar está completamente destrozado y me han arrebatado cruelmente todo lo que yo quería…”
William Herbert Wallace durante su juicio


William Herbert WalIace nació el 29 de agosto de 1878 en Millom, Cumberland (Inglaterra). Fue el mayor de los tres hijos de un joven matrimonio de clase humilde. Su padre compaginaba el trabajo de impresor con el de agente de seguros de la Compañía Prudencial. En el colegio, Wallace demostró ser un alumno por encima de la media. Por entonces ya sentía la fascinación por las ciencias naturales que tanto cultivó siendo adulto. De hecho, poco después de mudarse a Wolverton Street, transformó una de las habitaciones del piso en un laboratorio en miniatura. Su posesión más valiosa era un microscopio por el que había pagado ochenta libras de la época. Pero, a pesar de ser una joven promesa, abandonó sus estudios definitivamente a los catorce años y trabajó durante seis como ayudante en una gran mercería de la cercana ciudad de Barrow Furnes. Después se marchó a Manchester, donde pasó tres años trabajando en una empresa textil de venta al por mayor.



William Herbert Wallace durante sus años de juventud


Aunque el Imperio Británico estaba llegando a su máximo esplendor, Wallace no pudo resistir la tentación de abandonar su país y recorrer lugares remotos. En 1902 embarcó con rumbo a Calcuta y no tardó en encontrar un empleo de vendedor en una sociedad mercantil. Al cabo de dos o tres años se marchó de la India y continuó viajando hacia el este hasta llegar a Shanghai (China), donde hacía ya tiempo que vivía su hermano menor, Joseph Wallace. Todo marchaba a pedir de boca, era joven y había conseguido un puesto de jefe de publicidad en unos grandes almacenes.



Sin embargo, poco después contrajo una enfermedad muy grave y se vio obligado a volver a Gran Bretaña. En abril de 1907 ingresó en el Guy Hospital de Londres para que le extirparan el riñón izquierdo. Durante los tres años que siguieron a la intervención llevó una vida un tanto inestable. Tras un largo período de convalecencia, volvió a Manchester y al poco tiempo se mudó a Harrogate, Yorkshire. Su interés por el mundo de la política hizo posible que consiguiera un puesto de delegado del Partido Liberal en la ciudad de Ripon. En North Yorkshire viviría la que después describió como “la mejor época de su vida”. Poco después de llegar a Harrogate inició su primera y única relación sentimental de la mano de Julia Dennis, la hija de un cirujano veterinario. Aunque Wallace tenía ya más de treinta años y Julia andaba en los veintidós, se casaron hasta 1914.



Julia Dennis, después Julia Wallace


A los pocos meses de iniciar su carretera política renunció a su posición en el Partido Liberal y se puso a trabajar como agente de seguros en la Compañía Prudencial de Liverpool. El por qué de esta decisión sigue siendo una incógnita, pero él la atribuyó a la parálisis de la vida política tras el estallido de la Primera Guerra Mundial. Wallace no participó activamente en ella debido a su precario estado de salud. Tras vivir seis meses en Merseyside, los Wallace se mudaron de su primer hogar en Clubmoor al número 29 de la calle Wolverton, para comenzar una etapa de dieciséis años juntos, cultivando lo que Wallace denominó posteriormente como “el matrimonio ideal”.



La calle Wolverton


El hogar del matrimonio Wallace era un callejón repleto de casitas adosadas de ladrillo rojo. Como cientos de viviendas de Liverpool, carecía de las comodidades indispensables: el sanitario estaba en el exterior y las paredes eran tan finas que los vecinos podían oír todo lo que sucedía en la casa de al lado. Esta calle había contemplado numerosas tragedias. Al menos tres residentes de las treinta y cuatro casitas eran viudas cuyos maridos se habían suicidado. El esposo de otra de ellas había muerto durante un partido de football del Liverpool y había una quinta que perdió a su compañero durante unas vacaciones en el norte de Gales. Además, la zona de Anfield venía siendo desde hacía un tiempo el principal objetivo de un ladrón que, utilizando un duplicado de cada llave, había robado ya en unas veinte o treinta viviendas, incluidas dos de Wolverton Street, sin que la policía hubiera podido detenerlo.



La casa de los Wallace


Trabajar para la Prudencial era monótono pero seguro. Wallace cobraba un salario de 260 libras al año, lo cual era más que suficiente para pagar el alquiler semanal de catorce chelines y para proporcionarles un relativo confort y una respetabilidad de clase media baja. Casi todas las personas que los conocieron les recordarían como una pareja feliz, aunque no coincidían casi en nada. Wallace, por ejemplo, era agnóstico, mientras que Julia era miembro habitual de la congregación de la Santísima Trinidad de la Iglesia Católica. El hecho de carecer de hijos jamás pareció perturbar el equilibrio existente en su relación.



Lo que sí tenían en común era la pasión por la música. A menudo solían deleitar a sus invitados con algún dueto, aunque el talento de Julia al piano siempre eclipsaba los intentos de su marido por acompañarla con el violín. Su destreza con este instrumento estaba a la par con su habilidad para jugar al ajedrez, la cual, según él mismo reconocía, era de “jugador de tercera”. El ajedrez era una de las pequeñas pasiones de William Herbert Wallace. Una vez cada quince días, el agente de seguros de la Prudencial salía de su casa de Liverpool, en el distrito de Anfield, para ir en tranvía al City Café, sede del Club Central del Ajedrez.



Julia Wallace, poco antes de los trágicos sucesos


El lunes 19 de enero de 1931 cambiaría su vida para siempre. Llegó al City Café alrededor de las 19:40 horas para jugar una partida del campeonato oficial. Pero, como su adversario no se presentó a las 19:45, hora a la que según lo estipulado debían comenzar tales partidas, accedió a jugar amistosamente con un compañero del club. Apenas habían comenzado el juego cuando Samuel Beattie, el presidente del club, les interrumpió con un mensaje para Wallace. Le dijo que un hombre llamado R.M. Qualtrough le había llamado por teléfono hacia las 19:20 horas y había dejado un recado: quería verlo al día siguiente a las 19:30 en el número 25 de la calle Menlove Gardens Este, en Mossley Hill, para tratar un asunto de seguros.



William Herbert Wallace recibe el recado sobre la llamada del misterioso señor Qualtrough


Wallace estaba confundido, jamás había oído hablar de alguien llamado Qualtrough y tampoco le sonaba la dirección mencionada; aun así, anotó los datos en su agenda. Un jugador que conocía bien la zona afirmó que no había duda de que existían las calles Menlove Gardens Norte, Sur y Oeste, pero que jamás había pasado por Menlove Gardens Este, y añadió que no era el sitio idóneo para llamar a las puertas a esas horas de la noche. Wallace hizo caso omiso y explicó a los allí presentes que su trabajo exigía que consiguiera primas de los hogares del distrito de Clubmoor y que estaba seguro de poder encontrar la calle en cuestión. El asunto tenía todo el aspecto de ir a proporcionarle una buena comisión por una nueva póliza. Tras la charla siguió jugando y al final, consiguió ganar.



El City Café


A la mañana siguiente, el martes 20 de enero de 1931, Wallace salió a las 10:00 horas de su domicilio para hacer su recorrido diario. Como siempre, hizo una visita a cada uno de sus clientes y recogió sus primas antes de las 14:00 horas, hora en que regresó a casa para almorzar con su esposa Julia. Por la tarde hizo prácticamente lo mismo. Ninguna de las personas que le vieron o hablaron con él notó nada extraño en sus modales o comportamiento. La última visita le llevó más tiempo de lo normal porque su cliente, Margaret Martin, quería cancelar su póliza, pero aun así terminó poco antes de las 18:00 horas. Tras un breve trayecto en autobús, llegó a su casa hacia las 18:05, según su propia declaración, la única existente al respecto. Cenó con su mujer, se aseó, se cambió de ropa y se marchó a las 18:45 para acudir a su cita con Qualtrough. Caminó hacia el sur unos trescientos metros por pequeñas calles hasta llegar a Belmond Road, donde abordó el tranvía. Recorrió en él unos tres kilómetros y se apeó en la intersección de Lodge Lane y Smithdown Avenue.



El tablón anunciando las partidas de ajedrez en el City Café


A las 19:06 horas llegó un tranvía, el número 4, y Wallace le preguntó al conductor, Thomas Phillips, si podía dejarle cerca de Menlove Gardens Este. Tras sugerirle varias rutas alternativas, Phillips decidió que lo mejor sería que hiciera parte del trayecto en el número 4 y el resto en otro tranvía que paraba en Menlove Avenue. Durante los diez minutos que tardaron en llegar, el pasajero le recordó dónde iba tres veces más. Cuando se detuvieron en Penny Lane, el conductor le indicó donde paraba el tranvía número 5. Nada más subir a éste, Wallace le preguntó al conductor, Arthur Thompson, por la calle que estaba buscando. Tras recorrer unos quinientos metros, entraron por Menlove Avenue. Thompson señaló Menlove Gardens Oeste y le dijo que suponía que el lugar al que iba debía estar muy cerca. Ya a pie, recorrió Menlove Gardens Oeste, Sur y Norte, pero no encontró ni rastro de Menlove Gardens Este. Vio a una mujer que salía de su casa y se acercó a preguntarle. Ella, tras dudarlo un instante, respondió que la calle en cuestión debía de ser una prolongación de Menlove Gardens Oeste. Wallace volvió sobre sus pasos, pero no hizo sino caminar en vano. Poco después volvió a preguntar, esta vez a un joven, Sidney Green, quien conocía bien la zona. Según él, Menlove Gardens Este no existía.






El nombre de Wallace en la última partida de ajedrez que jugó en el City Café


Por si la dirección que anotó estuviera equivocada, llamó a la puerta del número 25 de Menlove Gardens Oeste. La anciana que le abrió jamás había oído hablar de nadie llamado Qualtrough. Las otras dos posibilidades, Menlove Gardens Norte y Sur, sólo tenían números pares, con lo cual podían descartarse. A partir de este momento Wallace preguntó una y otra vez por la calle que andaba buscando. Al final de la búsqueda consultó a un individuo que había en una parada de tranvía, a un policía y, por último, a la propietaria de una librería. Para entonces, había pedido información a unas ocho personas desde que inició la búsqueda. Hacia las 20:00 horas se dio por vencido y regresó a su casa.



Mapa de la búsqueda efectuada por William Herbert Wallace (click en la imagen para ampliar)


A las 20:45 horas se hallaba frente a la puerta de su vivienda. Sacó las llaves e intentó entrar pero, para su sorpresa, la puerta no se abrió. Llamó suavemente y al no obtener respuesta alguna se dirigió al callejón que daba a la puerta de servicio. Parte del patio trasero parecía tenuemente iluminado, pero la zona de la cocina propiamente dicha estaba sumergida en la oscuridad. Aquello comenzó a extrañarle, ya que tampoco pudo abrir la puerta de atrás; era como si hubieran echado el cerrojo. Volvió a la puerta principal y esta vez la llave giró perfectamente, pero la cerradura se negaba, misteriosamente, a ceder por completo.



La puerta trasera de la casa de Wallace


Preocupado, regresó corriendo a la parte posterior de la casa y allí encontró a sus vecinos, Jack y Florence Johnston, quienes se preparaban para salir. Aprovechó su presencia para preguntarles si habían oído algo extraño aquella tarde, pero ambos respondieron que no. Wallace les explicó que no podía entrar en su propia casa y que le parecía poco probable que su mujer hubiera salido porque estaba resfriada. Los vecinos decidieron esperar mientras intentaba abrir la puerta de servicio una vez más, y esta vez lo logró sin ninguna dificultad.



La puerta de servicio


Encendió la luz de la cocina y vio por doquier muestras de que algo anormal había sucedido. Frente a él había una caja de madera rota, la tapadera estaba en el suelo. Wallace subió al piso de arriba. En la habitación principal y en el baño todo parecía estar en orden, pero alguien había quitado la colcha de la cama del cuarto de invitados. Seguía sin haber rastro de su mujer. Bajó las escaleras y fue a buscarla al salón. Estaba oscuro y tuvo que encender una cerilla para poder ver algo. Mientras el matrimonio Johnston aguardaba pacientemente en el exterior, vieron encenderse las luces y escucharon cómo Wallace llamaba a su mujer dos veces. Unos minutos después salió corriendo de la casa, les rogó que entraran y les dijo que había encontrado a su mujer muerta. Alguien la había asesinado.



Parte trasera de la casa de los Wallace


Todo sucedió muy rápido. Wallace se dio la vuelta y regresó a la casa. Los Johnston le siguieron, pero se detuvieron en el umbral del salón. La habitación estaba repleta de objetos. Por todas partes podían verse adornos, cuadros y plantas. Junto a la pared, majestuoso, se hallaba el piano de Julia Wallace. Pero lo único que llamó su atención fue el cuerpo de la mujer tumbado boca abajo sobre una alfombra cubierta de sangre. Tenía el parietal derecho tan destrozado que dejaba al descubierto el cerebro. Era evidente que había sido brutalmente asesinada. Al verla, Wallace sólo atinó a exclamar: “Miren sus sesos”.



El cadáver de Julia Wallace


Los almohadones del sofá y la alfombra extendida frente a la chimenea estaban llenos de oscuras manchas húmedas; había sangre en las paredes, en el techo, en la araña de luces. Jack Johnston reaccionó en seguida y salió a buscar un policía. Cuando se fue, Wallace y Florence volvieron a la cocina. Wallace bajó de la estantería superior de la librería que había junto a la estufa la caja en la que guardaba su dinero y, tras echar un vistazo en su interior, le dijo a la vecina que le habían robado cuatro libras, un cheque cruzado y un giro postal. Cuando finalmente pudo comprobar la cuantía del robo con más detenimiento, informó a la policía que la caja en cuestión contenía un billete de una libra, tres billetes de diez chelines, treinta o cuarenta chelines de plata, un giro de cuatro chelines y seis peniques, y un cheque cruzado de cinco libras y diecisiete chelines.



La escena del crimen


Lo más extraño fue que el ladrón se tomara la molestia de tapar la caja y de colocarla otra vez donde la había encontrado. Además, en la habitación principal había una jarra llena de billetes de una libra que no sólo no se llevaron, sino que estaba manchada de sangre. Tampoco desaparecieron las joyas de Julia a pesar de estar a la vista y en un lugar accesible. Lo único que podía hacer Wallace era esperar. Regresó al salón para contemplar una vez más el cuerpo de su mujer y entonces, sólo entonces, se dio cuenta de que el cadáver estaba parcialmente tumbado sobre una prenda de vestir. Era su impermeable, el mismo que llevó puesto en su recorrido matinal, el mismo que dejó en casa al mediodía porque había mejorado el tiempo. El faldón del impermeable estaba quemado en parte; también lo estaba la falda de Julia a pesar de que la chimenea no estaba encendida. En ese momento, Wallace se derrumbó y comenzó a llorar. Después se sentó en una mecedora, tomó a su gato negro y se puso a acariciarlo mientras sollozaba.


Wallace en su mecedora recibe a la policía mientras acaricia a su gato


A las 21:10 horas, el agente de policía Fred Williams llegó a la casa en su bicicleta y llamó a la puerta principal. Una vez allí, tuvo que aguardar unos momentos hasta que consiguieron abrirle. Recorrieron juntos la casa durante media hora, al cabo de la cual volvieron a entrar en el salón y el agente vio el impermeable. Ante la mirada interrogativa del policía, Wallace aseguró que era suyo y que normalmente solía estar colgado en el vestíbulo. John MacFall llegó poco antes de las 22:00 horas y se puso a trabajar inmediatamente. Era profesor de medicina forense en la Universidad de Liverpool y consejero del Departamento de policía. En su opinión, no había ninguna duda de que la herida de siete centímetros que tenía el cadáver en el cráneo había sido la causa de la muerte. Acto seguido, examinó más detenidamente la cabeza de la víctima y encontró veinte heridas más en la nuca, lo cual indicaba que aunque el asesino mató a Julia Wallace de un golpe en la sien, siguió golpeándola con fuerza. Posteriormente MacFall describiría estas últimas agresiones como producto de un ser “frenético”. El profesor se arrodilló junto al cuerpo y comenzó a buscar indicios de rigor mortis. El cadáver de Julia estaba aún caliente, pero la parte superior del brazo derecho había empezado a endurecerse. Tras estas rápidas comprobaciones, se puso de pie y trató de reconstruir mentalmente el momento en que se cometió el crimen. La investigación sobre el asesinato de Julia Wallace no había hecho más que comenzar.



John MacFall


El comisario de policía Hubert Moore, jefe del Departamento de Investigación Criminal, llegó a casa de los Wallace quince minutos después que el profesor MacFall. Tras un breve examen de la escena del crimen, salió de la casa y telefoneó a la jefatura dando instrucciones concretas para que se iniciara por toda la ciudad la búsqueda a gran escala de un hombre con manchas de sangre en el cuerpo o en la ropa. A las 22:30 regresó para interrogar a Wallace y para llevar a cabo una inspección a conciencia de toda la casa. Sin embargo, igual que le sucedió a Fred Williams, lo que más llamó su atención fue el impermeable. Tiró de él suavemente para sacarlo de debajo del cuerpo de la víctima y comprobó que la prenda estaba parcialmente quemada. Acto seguido, le preguntó a Wallace si lo reconocía como suyo y éste, tras dudar unos instantes, tuvo que reconocer que era de su propiedad.



La caja del dinero sobre un librero


Mientras tanto, MacFall había dado por finalizado el examen forense. La mayor parte de los resultados eran negativos. En su opinión, el desorden que presentaba la casa parecía hecho a propósito. Las ropas de la cama estaban cuidadosamente descolocadas y la puerta de un armario de la cocina parecía ligeramente desvencijada. Pero lo más extraño de todo era que el asesino, que debió quedar cubierto de sangre, no había dejado rastro o huellas en ningún picaporte, pared u objeto. Detalle mucho más extraño tomando en cuenta que, por algún inexplicable motivo, había cortado las luces del piso inferior y por consiguiente debió de tropezarse más de una vez. Lo único que pudo encontrar el forense fue una diminuta gota de sangre en la taza del inodoro del cuarto de baño. La policía prosiguió la investigación hasta entrada la madrugada y Wallace no llegó a la casa de su cuñada Amy hasta después de las 04:00 horas.



La gota de sangre en el inodoro (click en la imagen para ampliar)


A la mañana siguiente, a las 10:00, comenzó en la comisaría de Dale Street el primero de una serie de agotadores interrogatorios. En esta primera ocasión tuvieron retenido a Wallace durante veintidós horas. Finalmente, Moore lo dejó en libertad al caer la tarde del jueves 22 de enero. Al salir de la jefatura, en la esquina de Lord Street y North John Street, se encontró con Samuel Beattie, James Caird y otro miembro del Club Central. Estaban esperando a que llegara el tranvía tras haber jugado la habitual partida de ajedrez de los jueves. Después de saludar a los tres, se dirigió a Beattie y le preguntó si podía recordar la hora exacta a la que llamó el misterioso señor Qualtrough. Este respondió que calculaba que debió de ser hacia las 19:00 horas o quizá un poco más tarde. Wallace comenzó a ponerse nervioso y le pidió con voz temblorosa que fuera más exacto, pero su amigo no pudo decirle más. En aquel momento, les comentó de dónde venía: “Acabo de salir de la comisaría. Me han dejado en libertad”. Al día siguiente tuvo que volver a la jefatura a las 06:30 horas. Para entonces, Moore ya había tomado declaración a los tres miembros del Club de Ajedrez y se proponía interrogarlo con dureza sobre su encuentro en la parada del tranvía la noche anterior. Le preguntó por su conversación con Beattie; quería saber por qué era tan importante para él saber la hora exacta a la que llamó Qualtrough. Wallace dio respuestas muy vagas, dijo que tenía “una idea”, y que había sido una imprudencia mencionarle algo a su amigo. Moore le pidió que se explicara con más precisión, pero su interlocutor no pudo o no quiso decirle más.



Samuel Beattie


La investigación estaba estancada debido a la falta de pruebas, pero resultaba prácticamente imposible excluir a Wallace del rompecabezas. Había numerosas circunstancias sospechosas en tomo al caso, circunstancias que después se examinarían cada vez más detalladamente a medida que el caso se iba complicando. En el estudio forense de las ropas de Wallace no se encontró ni una gota de sangre de la víctima. Los análisis que se efectuaron en el lavabo y en la bañera del cuarto de baño, el fregadero de la cocina, en los desagües e incluso en la alcantarilla, dieron resultados totalmente negativos. El asesino de Julia no se limpió la sangre en la casa. Tampoco parecía haber dejado el menor rastro del arma homicida. La única pista en poder de la policía era la declaración de la sirvienta que limpiaba la casa todos los miércoles, Sarah Draper. Declaró que en el salón faltaba un fino bastón, un atizador, de unos veinte centímetros de largo.



La víctima (click en la imagen para ampliar)


La sirvienta también echaba de menos una pieza de hierro de treinta centímetros de longitud, del grosor de una vela, que solía estar colocada junto a la chimenea de la habitación principal. El matrimonio la había utilizado en otra época para retirar las colillas de cigarrillos y las cerillas gastadas que se acumulaban cerca de la llama de la estufa. La policía comprobó la cuantía del seguro de vida de Julia por si el móvil hubiera sido meramente económico, pero la póliza tan sólo ascendía a veinte libras. Por otra parte, en su cuenta corriente, la difunta poseía noventa libras, bastante menos que su marido, quien tenía ciento cincuenta y dos en el Midland Bank. Cinco de las siete personas que Wallace se encontró en su búsqueda de Menlove Gardens Este le identificaron sin vacilar un momento durante la rueda de reconocimiento policial; además, él mismo reconoció a los otros dos. Así pues, no había ninguna duda de que había estado en Allerton tratando de encontrar la calle Menlove Gardens Este. ¿Lo hizo con el fin de fabricarse la coartada perfecta o, por el contrario, emprendió una búsqueda totalmente sincera, engañado por el verdadero asesino?



Hubert Moore (click en la imagen para ampliar)


Era obvio que, para variar, la policía buscaba un chivo expiatorio para echarle la culpa del crimen de Julia, en vez de investigar realmente lo que había ocurrido. Y William Herbert Wallace parecía el sospechoso perfecto. Mientras se investigaba el pasado de Wallace, un equipo de detectives trataba de comprobar el tiempo necesario para llegar a Smithdown Road, lugar en que cogió el tranvía número 4, desde Wolverton Street. Pero parecía que el equipo en cuestión tenía más interés en establecer un tiempo récord en realizar dicho trayecto, que en calcular un promedio realista de su duración. Su rapidez les hizo ganarse el sobrenombre de “Los Halcones de Anfield”. Aun así, la duración mínima que consiguieron reproducir en el recorrido andaba entre diecisiete y veinte minutos.



Wallace durante las investigaciones


Al llegar a Smithdown Road, Wallace había cogido directamente el segundo tranvía, lo cual quería decir que podía haber salido de su casa antes de las 18:49. Sin embargo, la declaración del repartidor de la leche, un joven de catorce años llamado Alan Close, fue mucho más relevante. Al día siguiente del asesinato, les dijo a tres de sus amigos que cuando fue a llevar la leche a casa de los Wallace, a las 18:45, Julia estaba viva. Es más, recordaba incluso que le dijo que no debería levantarse de la cama estando tan acatarrado. Si el muchacho no se equivocaba con respecto a la hora de este encuentro, cualquier sospecha de que su marido la hubiera asesinado resultaría muy poco sólida. Era prácticamente imposible que hubiera matado a golpes a su mujer, se limpiara, simulara un robo, se deshiciera del arma homicida y de cualquier prenda manchada de sangre y que además tuviera tiempo para coger el tranvía de las 19:06 en dirección a Penny Lane en tan sólo veinte minutos.



Imperturbable (click en la imagen para ampliar)


La investigación se encontraba en un callejón sin salida. Desde el lunes 26 de enero, el equipo mantuvo a diario conferencias especiales para evaluar el caso. Pero, aunque la mayoría de ellas duraban hasta altas horas de la madrugada, no se tomaron nuevas iniciativas. Moore se sentía especialmente frustrado y avergonzado por la falta de progreso debido a que éste era el primer caso importante al que se enfrentaba desde que lo habían ascendido a Comisario en Jefe. Finalmente, el lunes 2 de febrero decidió poner fin a aquella situación. Poco después de las 19:00 horas salió en coche de la jefatura de policía. A esa misma hora, Wallace estaba sentado en el apartamento de su cuñada en Sefton Park. Esa habitación se había convertido en su hogar mientras intentaba reconstruir los fragmentos rotos de su vida. Había vuelto a reanudar su trabajo y, aquella tarde en concreto, decidió responder a alguna de las muchas cartas de pésame que había recibido.



Plano de la casa de Wallace (click en la imagen para ampliar)


Poco después de las 19:00 horas llamaron a la puerta y Edwin, su sobrino menor, fue a abrir. Se trataba del Comisario Moore, de Thomas y del inspector Gold. El muchacho llamó a su tío y le dijo que unos señores de la policía querían verle. Acto seguido, los tres detectives entraron en el piso. Wallace se levantó y les rogó que tomaran asiento, pero prefirieron quedarse de pie. No se trataba de una visita de cortesía, estaban allí para arrestarle por el asesinato de su mujer. El detenido se quedó sin habla. Cuando le leyeron los cargos respondió: “¿Qué puedo decir para defenderme de una acusación de la que soy totalmente inocente?” El inspector Gold escribió estas palabras en su cuaderno de notas. Después, Moore y Thomas recogieron todos los papeles que tenía sobre el escritorio y se lo llevaron de allí. Cuando estaban saliendo, Wallace se volvió hacia su sobrino y le pidió que le dijera a Amy que todo iría bien. Los implicados no lo sabían, pero se trataba de un extraño caso que haría historia, ya que todas las pruebas existentes para afirmar que Wallace era culpable, eran también susceptibles de utilizarse para demostrar su inocencia.






El arresto de William Herbert Wallace


A las 10:30 horas del día siguiente a su arresto, Wallace compareció ante el Tribunal presidido por el juez de primera instancia Stuart Deacon. El ayudante del Fiscal del Distrito, J.R. Bishop, leyó el pliego de cargos. Fue una exposición realmente dramática. Afirmaba que el acusado había llamado por teléfono al City Café el lunes por la noche y que al día siguiente, por la tarde, había asesinado a su mujer antes de prepararse una coartada viajando a la zona de Menlove Gardens. Sin embargo, el conjunto de acusaciones alegadas por la policía se basaban en una serie interminable de inexactitudes, tergiversaciones y mentiras. Según Bishop, el tranvía que cogió Wallace en la intersección de Lodge y Lane y Smithdown Road apareció a las 19:10 horas y no a las 19:06. Además, situó la cabina telefónica desde la que el misterioso señor Qualtrough llamó al City Café, cien o doscientos metros más cerca de Wolverton Street de lo que en realidad estaba. También se insinuó que fue el acusado quien pidió a los Johnston que esperasen, cuando fueron ellos mismos quienes se ofrecieron a hacerlo. Estas eran algunas de las incorrecciones expuestas.



J.R. Bishop, ayudante del Fiscal de Distrito


Algunas de estas discrepancias quizás podían considerarse descuidos o errores involuntarios, como sucedió cuando afirmaron que Wallace había ido a Sefton Park la noche del crimen (no fue sino a Allerton), o cuando se omitía constantemente la palabra “Este” al mencionar Menlove Gardens. Pero, contemplada en su totalidad, la exposición de Bishop tenía todo el aspecto de ser un intento sin escrúpulos para conseguir una condena sin plantearse la veracidad de pequeños e importantísimos detalles. No obstante, había una declaración que perjudicaba seriamente al sospechoso. El repartidor de la leche, Alan Close, se retractó de su declaración original en la que decía haber visto a Julia Wallace a las 18:45 horas del día en que la mataron, e hizo una segunda en la que corrigió la hora de su encuentro con la víctima. Ahora afirmaba haberla visto a las 18:30, es decir, dejaba al descubierto una diferencia de catorce minutos realmente cruciales. Tras la exposición de Bishop y de unas palabras del inspector Gold con respecto al arresto, el magistrado le preguntó al detenido si tenía algo que añadir. Wallace se agarró a la barandilla del banquillo y contestó: “Nada señoría, excepto que soy totalmente inocente de los cargos que se me imputan”.



John MacFall (click en la imagen para ampliar)


Deacon autorizó la prisión preventiva para el presunto asesino y le llevaron a la cárcel de Walton. El 11 de febrero añadió ocho días más al tiempo que Wallace estuvo allí en espera de juicio. Posteriormente, cuando recordaba esta experiencia, Wallace solía decir que aquellas dos semanas y media fueron las peores de su vida. Y añadía que se arrepentía de no haberse suicidado cuando encontró muerta a su mujer. El 19 de febrero, se iniciaron las diligencias previas al juicio que tendría lugar posteriormente en la Audiencia Provincial. Esta visita duró siete días, durante los cuales la acusación llamó a declarar a treinta y cinco testigos para respaldar su exposición.



Wallace poco antes del juicio


El último día, Wallace tuvo la oportunidad de hablar en su defensa. Negó toda culpabilidad y después añadió que la mera insinuación de que él hubiera asesinado a su esposa era en sí misma “monstruosa”. Finalizó su declaración con un llamamiento: “He perdido a mi adorada compañera, mi hogar está completamente destrozado y me han arrebatado cruelmente todo lo que yo quería. ¿También voy a tener que soportar la desgarradora experiencia de un juicio? Lo repetiré una vez más: soy completamente inocente de este horrible crimen”. Wood se quedó pensativo unos instantes y dictó auto de procesamiento. contra William Herbert Wallace. El juicio tendría lugar siete semanas más tarde.



Roland Oliver, abogado de Wallace


Héctor Munro, el abogado que Wallace había escogido para representarle, dedicó ese tiempo para reunir pruebas útiles para la defensa. Uno de sus hallazgos fue una muchacha de trece años llamada Elsie Wright, que compartía con Alan Close el recorrido diario del reparto de leche. Estaba convencida de que el cálculo original del muchacho con respecto a su encuentro con Julia se aproximaba más a las 18:45 horas que a las 18:31. Munro proporcionó a Roland Oliver, juez de distrito de Liverpool y magnífico penalista, toda la información necesaria para llevar la defensa. El día que comenzó el juicio, el 22 de abril, ambos letrados creían firmemente en la fuerza de sus argumentos. Tenían en sus manos el destino de Wallace. El duelo por la vida del inculpado iba a mantenerse ante el juez Wright, y ante un jurado deliberadamente escogido entre personas no residentes en Liverpool. El fiscal del caso, el letrado Edward George Hemmerde, pronunció un brillante discurso inicial de dos horas de duración, que alcanzó su punto culminante con la explicación de cómo pudo el acusado cometer el crimen sin que quedara una sola gota de sangre en su ropa.



Edward George Hemmerde (click en la imagen para ampliar)


La hipótesis era que el mismo Wallace había hecho la llamada telefónica, con voz fingida, a fin de dejar aquel recado que le serviría para probar la coartada. Por pura casualidad los ingenieros de la compañía Anfield pudieron seguir la pista de la llamada hasta localizarla en un quiosco, situado en la esquina de cierta calle que sólo distaba trescientos sesenta metros de la vivienda del acusado; había sido hecha justamente a la hora en que Wallace pudo haber pasado por allí cuando se dirigía al City Café, desde la caseta de Anfield número 1627. Hemmerde sugirió que Wallace iba desnudo cuando golpeó a su mujer; que luego se había puesto el impermeable encima, la había llamado en la oscuridad, la había golpeado hasta matarla y después la había dejado en el piso. La mujer le había arrancado el impermeable durante el forcejeo y por ello había quedado debajo de ella. Después se había lavado, vestido y salido a buscar una calle que no existía. Las dos ruedas de preguntas realizadas a todos los testigos de la acusación ocuparon los dos días y medio siguientes; finalizaron definitivamente a última hora de la mañana del 24 de abril. Sin embargo, a pesar del tiempo invertido; el fiscal no hizo demasiados progresos.


Anfield 1627 (click en la imagen para ampliar)


Desde el principio se admitió que quien llamó al City Café y el asesino debían ser la misma persona, pero como no se pudo presentar ninguna prueba que demostrara que Wallace había estado en la cabina telefónica de Anfield, todo dependía del testimonio de quienes oyeron la voz del supuesto señor Qualtrough: la telefonista y el hombre que tomó el recado en el Club, Samuel Beattie. Cuando lo interrogó la defensa, Beattie, que conocía al inculpado desde hacía ocho años, dijo que ni siquiera se le había ocurrido pensar que la voz que oyó aquel día se pareciera mínimamente a la de Wallace. Después añadió que precisamente por el hecho de estar acusado de asesinato tendría que “hacer un gran esfuerzo de imaginación” para considerar tal posibilidad.



La caseta telefónica desde la cual llamó “R.M. Qualtrough”


Durante su declaración, el profesor MacFall, uno de los peritos más importantes del ministerio fiscal, no estuvo a la altura de las circunstancias. Según sus propias observaciones, la muerte tuvo lugar unas cuatro horas antes de su llegada, es decir, hacia las 18:00 horas más o menos. Este dato encajaba con la versión policial, ya que esta imprecisión les permitía hacer valer su teoría de que el crimen se cometió entre las 18:00 y las 19:00 horas. Con respecto al hecho de que Alan Close viera a la víctima con vida, MacFall eludió el tema diciendo: “No quiero ni pensar en ese repartidor o en lo que supuestamente vio”. Oliver hizo que el forense confesara que durante el tiempo que había estado en la casa no había tomado una sola nota sobre el desarrollo del rigor mortis en el cuerpo de la víctima. Por este motivo, no fue capaz de decir a la sala hasta qué punto había llegado dicha rigidez, lo cual supuso la inmediata anulación de su estimación de la hora en que se produjo la muerte.



El asesino desnudo (click en la imagen para ampliar)


El comisario Moore y su equipo de investigación se habían mostrado tan impacientes por resolver el caso, que no prestaron la debida atención a algunos detalles fundamentales que podrían haber consolidado las pruebas existentes contra el acusado, o bien, ayudado a probar su inocencia. Entre otras cosas, los detectives ni siquiera intentaron localizar al conductor del tranvía que cogió Wallace para ir al Club Central el lunes por la noche. Su testimonio podría haber aclarado la hora exacta a la que se fue de Anfield y si pudo, o no, realizar la llamada sospechosa él mismo. Con respecto al escenario del crimen, los investigadores no impidieron que numerosos agentes deambularan por la casa y estropearan pruebas materiales. De este modo, nadie estaba seguro de si la gota de sangre encontrada en el inodoro, o las manchas de sangre de los billetes de una libra encontrados en un dormitorio, se produjeron antes o después de la llegada de los hombres de Moore.



Wallace fumando durante del juicio


La caja de la cocina que contenía el dinero desaparecido estaba llena de las huelas digitales de por lo menos tres agentes de policía, con lo cual se borró cualquier huella que pudiera haber del asesino. En cuanto al examen forense, el profesor MacFall prescindió de procedimientos como el de medir la temperatura de la habitación y la del cadáver, o el de determinar el grado de digestión del contenido de su estómago. Cualquiera de estos métodos habría ayudado a establecer la hora exacta en que murió Julia Wallace. Por último, nadie comprobó el historial médico de la víctima. Padecía de un pulmón y estaba resfriada desde días antes de su muerte. Todo ello podía tener consecuencias directas en el rigor mortis del cadáver. La explicación más curiosa de cuantas se dieron sobre cómo supuestamente se las ingenió Wallace para matar a su esposa, limpiar sus ropas de sangre, salir de casa hacia las 18:45 horas y, además, convencer al repartidor de la leche, Alan Close, de que su mujer seguía aún viva, fue la llamada “la tía de Charley”. Algunas personas, entre ellas el profesor MacFall, sugirieron que Wallace se puso la ropa de su mujer y fingió su voz para hacer creer al lechero que la había visto con vida. Hacía falta mucha imaginación para creer semejante hipótesis, porque, entre otras cosas, el acusado medía 1,90 metros y su mujer, 1,60.



El juez Wright


Poco después, la defensa se centró en el tema de la gota de sangre hallada en la taza del inodoro. MacFall tuvo que reconocer, a instancias de Oliver, que una gota de sangre coagulada que ha adquirido forma piramidal, había tenido que estar expuesta al aire durante al menos una hora. Lo cual significaba que Wallace, que debería estar cubierto de sangre fresca, no pudo dejar aquel rastro. Sin embargo, había otra teoría mucho más factible: el propio forense o cualquiera de los policías que deambularon por la escena del crimen pudieron ser responsables de un descuido vital. El testimonio de Alan Close fue el único realmente útil para el ministerio fiscal. A pesar del férreo interrogatorio al que le sometió la defensa, seguía asegurando que no pudo haber visto a Julia Wallace más tarde de las 18:31 horas. Cuando tres personas declararon que originalmente había dicho que vio a la víctima a las 18:45, el chico explicó que gracias a la ayuda de la policía había reconstruido todos sus movimientos de aquella tarde, y no le quedaba la menor duda de que el encuentro tuvo lugar a las 18:30. Sin embargo, Elsie Wright, la joven que compartía con Alan Close el reparto diario, también estaba segura de que su compañero se equivocaba. Recordaba perfectamente haber oído repicar las campanas del Instituto Belmont llamando a la misa de las 18:30 horas. Después estuvo cinco minutos en la vicaría de la Santísima Trinidad antes de cruzarse con Alan Close en Letchworth Street. Eran aproximadamente las 18:40 y su compañero aún iba de camino hacia Wolverton Street. Wright añadió que al día siguiente, cuando estuvieron hablando sobre el asesinato en la lechería, él mismo le dijo que precisamente iba a casa de los Wallace en el momento en que se encontraron. Según esto, el acusado sólo habría tenido diecinueve minutos para matar a su mujer, limpiarse la sangre, simular un robo y salir de allí corriendo. Puede que tuviera tiempo suficiente para hacer todo eso; no obstante, a medida que los testigos iban pasando por el estrado, se iba haciendo cada vez más evidente que la acusación no tenía pruebas suficientes que apoyaran la condena del acusado. Precisamente para recalcar esta debilidad, Oliver tan sólo llamó a declarar a nueve testigos y en media jornada los despachó a todos.



El impermeable incriminatorio (click en la imagen para ampliar)


Hemmerde dedicó más de tres horas a interrogar a Wallace. En esta ocasión, el ministerio fiscal tuvo más éxito. Aunque el acusado respondió a todas sus preguntas con gran serenidad y sin contradecirse nunca, el peligrosísimo tema de la estratégica llamada del señor Qualtrough salió a relucir una y otra vez y, con él, la posibilidad de que todo el asunto formara parte de una coartada perfecta. Como el mismo Hemmerde señaló, el misterioso interlocutor jamás supo si Wallace había recibido su recado. Tampoco podía saber si tenía o no un plano de la ciudad para comprobar, antes de salir de su casa, dónde estaba la calle Menlove Gardens Este. Por último, el misterioso señor Qualtrough contaba con que Wallace pensaría que el trayecto valdría la pena por las perspectivas económicas que podría proporcionarle. Si el acusado y el siniestro personaje no eran la misma persona, el asesino había construido un plan complejísimo sabiendo que podría venirse abajo en cualquier momento con suma facilidad. Hemmerde le preguntó al inculpado por qué no había comprobado dónde estaba Menlove Gardens Este antes de embarcarse en semejante viaje. De hecho, le hubiera sido muy fácil hacerlo llamando por teléfono al supervisor de la Prudencial, pues él vivía en la zona. Wallace respondió que, sencillamente, no se le ocurrió.



Wallace: el presunto asesino


Los otros testigos de la defensa aportaron pocas novedades. Cuatro de ellos eran amigos de Alan Close, que le oyeron decir que había visto a Julia a las 18:45. Dos eran clientes del acusado que aseguraron que su agente se comportó con toda normalidad el día en que se cometió el asesinato, y los otros dos eran médicos cualificados que pusieron en duda el testimonio de MacFall. Para cuando concluyó la defensa, el tercer día del juicio tocó a su fin y los alegatos de ambos letrados quedaron para el día siguiente. Poco después de la medianoche había ya multitud de gente haciendo cola para conseguir un asiento en la sala. Todo el caso dependía de la importancia que se le diera a las pruebas circunstanciales presentadas por el Ministerio Fiscal y, como dijo el juez Wright en su recapitulación final, de si éstas tenían una base sólida para excluir cualquier otra posibilidad. A las 13:20 horas, el jurado salió a deliberar. Cuando volvieron una hora más tarde, el acusado aguardaba impaciente. Había cogido su sombrero y su abrigo, muestra evidente de que esperaba quedar en libertad. El presidente del jurado se puso de pie y, acto seguido, el secretario de la sesión le pidió el veredicto. Su respuesta fue contundente: culpable. Wallace se tambaleó levemente, pero su cara no reveló la más mínima emoción. Al preguntarle si tenía algo más que añadir, permaneció en silencio unos instantes realmente dramáticos y respondió: “No soy culpable. No puedo decir nada más”. Ahora sólo quedaba esperar la sentencia, pero Wallace sabía que sólo había una condena posible: iban a ahorcarle y después le enterrarían en el sórdido recinto penitenciario.



La sentencia de muerte


La aversión del público por su cliente empezó a atemorizar al abogado Héctor Munro, que había sido nombrado defensor de oficio y necesitaba apelar a sentencia de muerte. Todos los ahorros de Wallace no ascendían a cuatrocientas cincuenta libras, y una defensa adecuada costaría por lo menos mil quinientas. Munro no era gran criminalista y quería proporcionar al acusado una defensa que le diera una última oportunidad de salvación... ¿pero dónde podría encontrar el dinero que necesitaba? Los parientes no podían ayudar a Wallace y los funcionarios de la compañía de seguros no querían hacerlo. Munro decidió apelar a la asociación de agentes de seguros de la cual era miembro Wallace. Pero cuando llegó a Londres los funcionarios de la asociación lo rechazaron. “Pero están ustedes condenando a un compañero de trabajo sin escucharlo. ¿Por qué no ser justos con él?”, alegó. “¿Cómo?”, preguntó el presidente de la Asociación. El abogado respondió de inmediato: “¡Júzguenlo ustedes mismos! PermÍtanme hacer de fiscal y de defensor. Ustedes serán el jurado. Yo les diré todo cuanto puede alegarse en su contra... y todo cuanto puede alegarse en su favor. Luego ustedes decidirán”. Así fue como, después de la hora de cerrar, se celebró en las oficinas de la compañía de seguros Prudencial un simulacro de juicio por asesinato, único en la historia del crimen. Veinte miembros del comité ejecutivo de la asociación actuaron como jurados. Munro expuso del modo más convincente que pudo los puntos de vista de la policía expuestos por el fiscal Hemmerde.



El abogado Héctor Munro


Después expuso su propio punto de vista: "Esto es lo peor que el fiscal puede decir contra mi cliente. ¿Qué puede, en cambio, alegarse en su favor? Recuerden que no han sido convocados para decidir quién mató a Julia. El jurado tiene que decidir solamente una cuestión: ¿Es cierto, más allá de duda alguna razonable, que la mató su marido? Es cierto que la falsa llamada telefónica se hizo cerca de la vivienda de mi cliente. Pero, si estaba planeando el asesinato, ¿es lógico que usara aquel teléfono donde podía ser visto por cualquier vecino? Es más probable que lo usara el asesino mientras vigilaba la casa para hacer sospechoso al marido. Recuerden la afirmación de Samuel Beattie de que la voz le era desconocida. ¿Vivía aún Julia cuando su marido salió de casa? El repartidor de leche habló con ella en la puerta de la misma. De manera que, si lo creen culpable, este hombre dispuso de unos veinte minutos para su horrible acción. ¿Es posible creer que un hombre pueda descargar veintiún golpes en la cabeza de una mujer, apagar el fuego, arreglar el cadáver, lavarse las manchas de sangre, vestirse, salir de la casa y llegar a tomar un tranvía... todo ello en veinte minutos? Un cirujano testifica que los golpes fueron dados con frenética ferocidad. ¿Es posible imaginar a este hombre poseso de frenesí? Por más de medio siglo ha gozado de intachable reputación. Y desde que se cometió el asesinato ni una sola de sus declaraciones ha sido desmentida. Pero lo más importante de todo: si él cometió el crimen, ¿puede alguno de ustedes decirme por qué? ¿Por odio a su mujer? Marido y mujer se llevaban a las mil maravillas. ¿A causa de alguna otra mujer? No; ni ahora ni nunca Wallace tuvo amantes. ¿Para robar? Era su propia casa. ¿Para cobrar el seguro de su mujer? La póliza era muy reducida. Este hombre no ha ganado nada con la muerte de su esposa y se ha quedado en la más espantosa soledad”.



Dibujo representando a Wallace en el banquillo


Los veinte colegas de Wallace habían escuchado atentamente ambos alegatos. En la paz de la cerrada oficina se les oyó cuchichear unos minutos. Luego pronunciaron su veredicto: "¡Es inocente!" Aquel proceso sin precedentes hubo de ser guardado en secreto porque podía muy bien ser considerado como menosprecio y burla de las leyes inglesas, y todos corrían el riesgo de ser arrestados. Convencidos de que no existía la menor evidencia de la culpabilidad de su compañero, los miembros de la asociación se dedicaron a recaudar dinero.



El Fondo de Defensa (click en la imagen para ampliar)


Al finalizar el juicio, Wallace fue recluido de nuevo en la cárcel de Walton. Posteriormente recordaría en su diario: “La resistencia humana tiene un límite. Yo traspasé el mío cuando las puertas de la prisión se cerraron detrás de mí y me mandaron quitarme la ropa. En aquel momento me derrumbé y lloré”. Uno de los primeros pasos de Oliver y Munro para organizar la apelación fue redactar una carta de motivos por los que debía revocarse la sentencia y enviarla al Tribunal Criminal de Apelaciones de Londres. Sin embargo, sabían a lo que se enfrentaban. Desde 1907 tan sólo se habían anulado dos penas capitales por este procedimiento. Wallace, mientras tanto, aguardaba impaciente en su celda de la prisión. Para aliviar la angustia de las pocas horas que supuestamente le quedaban de vida, le entregaron su violín y un juego de ajedrez. La fecha de la ejecución estaba provisionalmente fijada para el 12 de mayo, pero cuando se enteró de que la vista de su apelación tendría lugar el lunes 18 de mayo, tuvo el pequeño consuelo de una suspensión temporal. El sábado anterior a la apelación, Wallace viajó hasta Londres en tren. Las dos noches siguientes iba a pasarlas en la celda de los condenados a muerte en la prisión de Pentonville. El domingo, la Iglesia celebró una ceremonia extraordinaria. En la catedral anglicana se leyeron numerosas oraciones para que los jueces de la apelación “aseguraran la verdadera administración de la Justicia en nuestra Tierra”.






El Tribunal de la Esperanza (click en la imagen para ampliar)


Al día siguiente, la sesión comenzó a las 12:00 horas en el Palacio de Justicia. Sentado frente al acusado, se ubicó el presidente del Tribunal Supremo, Lord Hewart; junto a él, los jueces Hawke y Branson. En esta ocasión, a diferencia del juicio, no fue Hemmerde quien expuso primero el conjunto de las acusaciones alegadas por el ministerio fiscal, sino que fue Oliver, la defensa, quien se levantó primero. Habló durante cinco horas y gran parte de este tiempo lo dedicó a remitirse al proceso inicial y a la sentencia. En su opinión, el caso se había basado en pruebas circunstanciales, que si bien podían indicar la culpabilidad del acusado, no excluían, en absoluto, su inocencia. El argumento, por consiguiente, giró en torno al hecho de que el jurado había emitido un veredicto muy poco razonable y apenas fundamentado. Además, alegó que el jurado se había escogido entre personas de determinadas zonas de los alrededores de Liverpool, en las que la prensa había ejercido una influencia muy perjudicial. También puso en duda el testimonio de Alan Close y mencionó la declaración de los tres jóvenes que aseguraron que al principio su amigo les dijo que llegó a la casa de los Wallace a las 18:45 horas.



La Prisión de Pentonville


A la mañana siguiente, Hemmerde se puso de pie dispuesto a responder a la defensa. Durante su discurso de cuatro horas de duración, concedió que no había prueba alguna que demostrara que Wallace había hecho él mismo la llamada del misterioso señor Qualtrough, pero la abrumadora cantidad de pruebas circunstanciales expuestas sólo incriminaban a Wallace, no había otra posibilidad. Por la tarde, Oliver tuvo ocasión de hablar de nuevo. Esta vez pronunció un discurso breve, casi destinado únicamente a enfatizar de nuevo el hecho de que la acusación no había presentado ni una sola prueba concluyente. A las 15:30 horas terminó, dejando que el destino de Wallace siguiera su curso. Sin embargo, su discurso fue excepcional. En lugar de seguir las prácticas habituales e informar a la sala de su decisión, los jueces de la apelación mantuvieron en voz baja una pequeña discusión y decidieron retirarse a considerar el veredicto. Durante los quince minutos que tardaron en volver, Wallace, que tenía permiso para esperar fuera de la sala, estuvo paseando de un lado a otro por el pasillo; estaba realmente nervioso.



La apelación (click en la imagen para ampliar)


A las 16:15 horas, cuando volvieron los jueces, el condenado se puso en pie frente a Lord Hewart, quien estuvo hablando durante catorce interminables minutos que no hicieron sino prolongar su agonía. Habló muy despacio, deteniéndose en cada palabra: parecía reacio a comunicar el veredicto a la sala. Posteriormente. Wallace recordaría en su diario: “No entendí ni una sola palabra de las que pronunció el presidente del Tribunal Supremo; tampoco veía coherencia alguna en su discurso. Tenía la angustiosa sensación de que cada frase suya tardaba una eternidad en llegar hasta mí”. Pero la decisión no podía demorarse más. “La conclusión a la que hemos llegado”, dijo Lord Hewart, “es que en este caso, el cual hemos considerado y discutido con gran inquietud y sumo detenimiento, la acusación no ha probado los cargos con la certidumbre necesaria para justificar un veredicto de culpabilidad”. Como decía un reportaje del Daily Mail, “las palabras salían de los labios del presidente del Tribunal Supremo con extrema frialdad y no hacía sino más profundo el silencio reinante en la sala abarrotada”. Las pausas parecían interminables. “Y, por lo tanto, nuestro deber es seguir los procedimientos indicados en la sección del estatuto antes mencionado. Así pues, se admitirá la apelación. Esta sentencia queda anulada”. Wallace estaba a salvo. Se dio la vuelta y buscó con la mirada a su hermano Joseph entre la asombrada multitud. Cuando le vio, le hizo una señal de alivio con la mano. Algunos observadores comenzaron a aplaudir, pero fueron rápidamente silenciados con la simple mirada de un juez. Los labios de Wallace dibujaron una leve sonrisa que permaneció en su cara hasta que desapareció de allí en un taxi.



Wallace tras ser absuelto; lo acompaña su hermano Joseph


Pero si William Herbert Wallace no había matado a su mujer, ¿quién lo había hecho? Aunque esta pregunta inquietó a numerosos estudiosos de la historia del crimen desde 1931, no preocupó en absoluto a la policía de Liverpool. A pesar del veredicto del Tribunal de Apelaciones y la correspondiente suposición de que un brutal asesino permanecía en libertad, el departamento declaró, poco después de finalizar la apelación, que no volvería a abrir la investigación sobre la muerte de Julia Wallace. No obstante, en 1966 el caso estaba aún abierto para Jonathan Goodman. En su libro El asesinato de Julia Wallace, expuso consistentemente la posibilidad de que uno de los compañeros de trabajo del marido de la víctima estuviera directamente implicado en el crimen. Goodman no pudo nombrar en su momento a este nuevo sospechoso porque aún estaba vivo. Hay tres fuentes que permiten analizar lo que Wallace pensaba y sentía sobre el asesinato de su mujer. La primera es la historia de su vida; la segunda, una serie de artículos escritos para la revista John Bull en 1932 y la tercera, su diario privado. Las dos primeras fueron escritas por profesionales a nombre de Wallace, pero son, sin duda alguna, menos sobrecogedoras que su propio diario. En todos estos textos proclamó su inocencia, pero en los artículos publicados por John Bull declaró que conocía la identidad del asesino. En su diario fue aún más lejos y mencionó su nombre. Se trataba de un antiguo compañero de trabajo en la Prudencial: Richard Gordon Parry. ¿Eran una exposición personal y sincera de sus temores, esperanzas y sospechas? ¿O son estos fragmentos de su diario de 1931, en los que se menciona constantemente a Parry, la mayor mentira del verdadero asesino?



Richard Gordon Parry: el nuevo sospechoso


Dice Wallace en su diario: “Lunes, 14 de septiembre: Justo cuando me disponía a cenar, Parry me interrumpió y me dijo que quería hablar conmigo. Era una situación tan violenta que decidí no escuchar lo que tuviera que decirme. Le dije que algún día hablaría con él y le daría algo en que pensar. Debe de haberse dado cuenta de que sospecho que fue él quien cometió el horrible crimen. Me temo que me he descubierto, ahora sabe lo que pienso y desgraciadamente, creo que le he puesto en guardia. Me pregunto si sería una buena idea que un detective privado le siguiera la pista para aclarar este asunto cuanto antes”. En otra anotación menciona: “Martes, 6 de octubre: No puedo seguir ignorando el hecho de que me pone terriblemente nervioso entrar en casa después de anochecer. Supongo que se debe a que el proceso me ha destrozado los nervios, y esto, junto con los constantes ataques de angustia y dolor que sufro cada vez que pienso en el fin que tuvo mi querida Julia, hace que esté terriblemente deprimido e inquieto. Siempre intentaré imaginar qué es lo que realmente sucedió. Aunque estoy convencido de que Parry la mató, sigue siendo difícil probarlo. Me sentiría muy aliviado si al menos pudieran atraparle...”



Richard Gordon Parry (click en la imagen para ampliar)


Aunque el Tribunal de Apelaciones absolvió a Wallace del asesinato de su mujer, cualquier satisfacción que esta noticia pudiera producirle murió con él poco tiempo después. Wallace no pudo soportar los continuos rumores que despertaba su presencia en Anfield y el 23 de junio de 1931 decidió marcharse de allí. La Compañía de Seguros Prudencial le proporcionó un empleo en Wirral, al sur del río Mersey, y se mudó inmediatamente. A finales de 1932 su salud comenzó a deteriorarse debido a su antigua enfermedad renal, pero él se negó a operarse de nuevo. Retirado a una granja minúscula lejos de Liverpool, Wallace instaló en su solitario hogar un sistema de luces y alarmas contra intrusos. Siempre tenía armas de fuego al alcance de la mano. Escribió en su diario que el asesino iba a regresar para acabar con él como había acabado con Julia. En febrero de 1933 tuvieron que sacarlo de su casa en ambulancia. Se sometió a una operación de urgencia en el hospital Clatterbridge, pero todo fue inútil. Dos semanas más tarde, el 26 de febrero, después de dos años de terror, Wallace murió. Lo enterraron junto a su esposa, en el cementerio de Anfield.



La tumba de Julia y su esposo, William Herbert Wallace


Fue hasta 1981 cuando la emisora de radio independiente de Liverpool, la Radio City, emitió un programa sobre el cincuenta aniversario del suceso e identificó públicamente a Parry como el presunto culpable. Pero esta revelación no era una primicia, ya que Wallace había publicado que sospechaba del mismo hombre cincuenta años antes. Apenas dos días después del asesinato, Wallace le proporcionó al inspector Gold gran cantidad de información sobre dos hombres que conocían perfectamente sus prácticas laborales y la recogida de primas mensuales. Este dato era muy importante porque, en ocasiones, llegaba a guardar en casa hasta cien libras, en espera de entregárselas a la compañía cada miércoles. Aquel fatídico martes por la noche, sin embargo, allí tan sólo había cuatro, ya que una enfermedad había impedido que el agente hiciera la colecta semanal. Richard Gordon Parry, uno de los dos individuos mencionados por Wallace, era un visitante asiduo de la calle Wolverton y había sustituido a Wallace en su puesto de trabajo varias veces, cuando pedía un permiso por enfermedad. Por ello, Parry conocía los detalles de su labor en la Prudencial, incluyendo todo lo referente a las colectas semanales, y sabía también que guardaba el dinero de la recaudación en la estantería superior de la cocina. Parry además tenía un pasado dudoso. A los veintidós años ya contaba con considerables antecedentes delictivos. Tuvo que renunciar a su empleo en la Prudencial porque se descubrió que, después de cada colecta, se quedaba con grandes sumas de dinero procedentes de primas no declaradas. Parry conocía a los Wallace lo suficientemente bien como para que Julia le dejara entrar en casa siempre que aparecía de improviso. De hecho, cuando el escritor Goodman lo entrevistó en 1966, afirmó que a menudo tomaba el té allí: pasaba tardes enteras cantando plácidamente en el salón mientras Julia Wallace lo acompañaba al piano. Todo ello, añadió, sin que su marido lo supiera. Hay que tener en cuenta que Parry pertenecía a una sociedad de arte dramático que tenía su sede en el City Café, con lo cual tenía a su disposición todos los horarios de las partidas de ajedrez de William Herbert Wallace y podía ir a su casa cuando sabía que él no iba a estar. El por qué una mujer tan cerrada como Julia lo recibía a escondidas de su esposo es un misterio.



Richard Gordon Parry: ¿Encubierto? (click en la imagen para ampliar)


La policía hizo algunas pesquisas sobre las sospechas externadas por Wallace. Fueron a ver a Richard Gordon Parry para preguntarle dónde estuvo el 20 de junio y coger algunas prendas de su vestuario para un análisis forense. Todo fue en vano. Tenía una coartada de lo más razonable: había pasado la tarde con su novia, Lily Lloyd, dato que corroboró ella misma. Por otra parte, todos los exámenes forenses de su ropa dieron un resultado negativo. Sin embargo, Lily sólo le vio a última hora de la noche, ya que antes había estado trabajando en un club donde era pianista. La policía nunca descubrió este dato. Años más tarde, la emisión de Radio City puso de relieve todos estos indicios. Poco antes de comenzar la emisión, los responsables del programa, Roger Wilkes y Michael Green, recibieron una llamada telefónica anónima, que puso de manifiesto que había una persona, aún viva, que limpió el coche de Parry a altas horas de la noche, el mismo día en que se cometió el asesinato. Wilkes y Green dieron con el paradero del sujeto en cuestión. Se llamaba John Parkes y el 20 de enero de 1931 estaba de servicio en un garaje local, la estación Atkinson, cuando apareció Parry a las once de la noche. Aunque su coche estaba muy limpio, le pidió que le diera un manguerazo por dentro y por fuera hasta dejarlo impecable. Mientras lo hacía, el empleado encontró un guante de cuero manchado de sangre. Parry, que se había quedado allí mismo para tener la seguridad de que lo limpiaba a conciencia, se dio cuenta de que había visto el guante y le intimidó insinuándole que si la policía encontraba aquella prenda, le colgarían sin piedad. Según Parkes, después siguió asustándole con el tema de su supuesta complicidad, mientras le contaba cómo se había deshecho de una barra de metal tirándola a una alcantarilla.



La Estación Atkinson


A la mañana siguiente, cuando apareció William Atkinson, el propietario del garaje, el joven le contó lo sucedido y éste le aconsejó que no se lo dijera a nadie: era demasiado peligroso. Pero cuando condenaron a Wallace se sintieron tan culpables que llamaron a la policía. El comisario Moore se presentó de inmediato para hablar con Parkes y después de oír su historia dijo que "debía tratarse de un error". A la policía no le interesaba averiguar la verdad, sino encontrar un culpable. Como sucedió con Wallace, las pruebas existentes contra Parry eran meramente circunstanciales, pero él nunca tuvo la oportunidad (o la necesidad) de defenderse ante un tribunal. Pero hay muchas preguntas que quedaron sin responder. En primer lugar, ¿por qué llevaría Parry su coche a un garaje en el que todo mundo le conocía? Una vez allí, ¿por qué se delató ante Parkes? Por otra parte, este empleado dijo que el sospechoso regresó al garaje posteriormente para asegurarse de que no le había contado nada a la policía, pero en esta ocasión apareció con otro individuo. La identidad de este presunto cómplice sigue siendo un misterio. Desde luego, parece muy extraño que Parry fuera por allí implicando a más gente en el asunto.



Por último, ¿por qué intentó construirse una coartada tras la muerte de Julia Wallace? Era más lógico que hubiera pensado en ello antes de actuar. Ninguno de estos hechos parece respaldar la posibilidad de que planeara cuidadosamente alejar a Wallace de la casa para matar premeditadamente a su mujer. Sin embargo, queda otra hipótesis: pudo ocurrir que pensara de antemano cometer un robo y que, preso del pánico, tuviera que matar a Julia sobre la marcha. Esta hipótesis se ve respaldada por el hecho de que él sabía perfectamente dónde guardaba Wallace la recaudación. Pero… ¿dónde se limpió la sangre? Hay otra explicación más compleja: Parry pudo haber ido a la casa con un cómplice que entró por la parte posterior mientras él entretenía a Julia en el salón. Algo salió mal; quizá el sujeto desconocido hizo algún ruido que alertó a la mujer y su acompañante, sin pensarlo dos veces, la mató. No obstante, puede que el principal motivo por el que no se investigó a Parry fuera, simplemente, el modo como se llevó el proceso contra Wallace. El mero hecho de que algunas personas creyeran que era culpable lo llevó al borde del patíbulo. Nadie podía permitirse poner a Parry en el mismo trance, a no ser que aparecieran nuevas pruebas que le relacionaran de forma concluyente con la llamada del misterioso señor Qualtrough o con el asesinato en sí mismo.



En marzo de 1966, el escritor Jonathan Goodman localizó a Richard Gordon Parry en Londres. Parry no aportó ninguna información nueva sobre el caso hasta poco antes de morir en 1980. En marzo de 1981, Robert Parry, miembro del Parlamento por el Partido Laborista, le pidió al ministro del Interior, William Whitelaw, que exigiera de la policía de Merseyside una explicación de por qué se negaban a revelar información con respecto al célebre caso Wallace. El ministro Whitelaw no quiso hacerlo. En enero de 1990, la BBC de Londres emitió una obra de teatro llamada El agente de la Pru, que contó con la interpretación de Jonathan Pryce como William Herbert Wallace y la de Anna Massey como Julia. El guión mantuvo en todo momento la posibilidad de que cualquiera de los dos sospechosos, Wallace o Parry, fuera el asesino.



Más allá de la ficción (click en la imagen para ampliar)


¿Fue William Herbert Wallace realmente el asesino de Julia? Una hipótesis nueva afirma que el atildado anciano descubrió las visitas que Parry hacía a su mujer a sus espaldas, y que incluso sospechaba que ella y su odioso compañero de trabajo eran amantes. ¿Fueron los celos el motivo que pudo empujar a Wallace a matar a Julia? ¿O fue solamente un peón en el juego perverso de Parry? ¿Mintió Wallace todo el tiempo en que afirmaba sentirse amenazado? ¿O acaso hubo un tercer hombre, un extraño y desconocido asesino que se hizo pasar por el misterioso señor Qualtrough para alejar a Wallace de su casa y que ni siquiera atrajo las sospechas de la policía? De ser así, ¿por qué matar a la anciana? ¿Quién asesinó a Julia Wallace? Por todos estos detalles, el Caso Wallace se ha convertido en el mejor ejemplo de un crimen perfecto, un crimen que aún está por resolverse.



Crímenes sin resolver (click en la imagen para ampliar)




BIBLIOGRAFÍA:























FILMOGRAFÍA:

28 comentarios:

Glyniss® dijo...

Algo tiene de raro Liverpool, que tiene la capacidad de crear muchas leyendas negras alrededor de cosas aparentemente inocuas. Un día deberías hablar de la leyenda negra de The Beatles, aquella de la extraña muerte de Stuart Sutcliffe. Excelente historia, como siempre, la cual yo no sabía. Cómo me gusta este blog, aunque me haga pasar muchas desveladas leyéndolo (je!). Saludos.

Anonymous dijo...

Muy interesante el asesinato de hoy. Desde mi punto de vista, dudo mucho que Wallace hubiese cometido el crimen y lo demostraba en su forma de acutar, pero algo me dice que sus reacciones a la muerte de su esposa no eran del todo normales. En todo caso, fue una muy buena treta llamarle y hacerlo perderse para regresar a la casa, lo que indica que el asisino (o asesinos) necesitaban teimpo para cumplir su cometido fuere maatar o no a la mujer.

marivic sevilla dijo...

Excelente como siempre...Otro caso en el cual nunca se sabrá la verdadera identidad del asesino...

cavernicola antropofaga dijo...

aburridooo... suban casos interesantes

Kozure Okami 浪人 dijo...

Un caso sumamente interesante. A pesar de los años trascurridos (y quiza precisamente por ello) , la duda crece y la culpabilidad de Wallace nunca ha quedado suficientemente demostrada... O su inocencia absoluta.

Un verdadero crimen perfecto... para los canones de la Epoca. Quiza con las nuevas y modernas tecnicas de investigacion judicial, la culpabilidad o inocencia del acusado habrian sido demostradas mucho mas rapido.

Y al anonimo: veo con alegria que se tomo el calmante.

mernela dijo...

felicitaciones escrito,excelente tu relato.en argentina hay dos casos que dieron y dan que hablar:maria martha garcía belsunce y nora dalmasso.saludos desde el fin del mundo.

Camilo dijo...

excelente caso, no me canso de decir que los casos sin resolver son los mas interesantes y emotivos, este señor william al parecer no tiene ni la mas minima apariencia ni fisica ni sicologica de ser el asesino, pero si fue quien cometio el asesinato se lucio con la coartada, sigo insitiendo, que facinacion haber estado en el momento y lugar del asesinato!

Camilo dijo...

aeris por que no te pones a ver peliculas de terror mas bien..si esto no te entretiene!

Zayfren dijo...

Qué buen caso la verdad, el misterio de quién fue el asesino y los distintos elementos que pueden probar y a la vez refutar que William fue el que cometió el acto.

Aún no termino de leer todas las entradas del blog, pero debo de felicitarte porque a varios asesinos de mi país los desconocía y gracias a ti llego a saber más de estos casos.

Saludos

Mondragón de Malatesta dijo...

Si fuera perfecto, no se sabría del crimen. Si fuera perfecto, su nombre no estaría adornando tu espacio tan sangriento...
Pienso.

mac-10 dijo...

Richard Gordon Parry alias:Qualtrough
tubo que ser el
sabia todos los movimientos de wallace,sino por que amenazar a el empleado del lavadero esa misma noche.
pero ya esta todo dicho.
como siempre muy interesante y muy bien "redactado".
¡¡buenissimo!!
te felicito escrito.
(mernela:justo pensaba ponerle asi de ahora en adelante).
respeto.

unos saludos "gruppieros":
--------------------------

Mondragón de Malatesta:
este blog esta lleno de
crimenes sin resolver
(jack el destripador por ejemplo).
un crimen no es perfecto por
que no se sepa de el.
ej:los llamados robos perfectos
en los bancos,no se sabe quien fue,pero se sabe que falta el dinero.
saludos!!(con respeto)

Aeris:estaria bueno que te alquiles "autopsia" o otra
peli de terror.
por que este es un blog que habla de historias reales que
lejos de tratar de asustar,trata de mostrarnos el interior
de la mente de un psicopata.
saludos!!(con respeto)

mernela:es verdad,dan que hablar
estaria bueno que las correspondientes
investigaciones al respecto dejen
de estar estancadas.
hoy dia no hay ninguna novedad...estaria tambien
la historia de la vie.. que enveneno
a unas señoras...o algo asi.
te mando un veso(si me lo permitis)
¡tambien desde el fin del mundo!
¡¡chau!!

Anonymous dijo...

HOLA A TODOS LOS FANATICOS DE ESCRITO...YO PIENSO QUE PARRIS Y JULIA ERAN AMANTES Y QUE QUIZA NO PENSABA MATARLA INICIALMENTE SINO QUE SOLO QUERIA ESTAR UN RATO MAS CON ELLA PARA PODER PEDIRLE UNA SUMILLA MAS DE DINERO PERO AL NEGARSE JULIA NO TUVO MAS REMEDIO QUE MATARLE EN UN ARRANQUE DE RABIA...BUENO, ESO CREO YO....

ESCRITO: QUE BUEN CASO, EH?

SALUDINES DESDE TORREON, COAH, MEX.!!!

ZM

juris_crimini dijo...

Hola amigo creador de esta pagina, como siempre nos muestras casos interesantes, con todo respeto para los que piensen que este block es aburrido entonces ya no lo lean.
Recuerden que no hay homicidio perfecto. La solucion esta en descubrir los indicios claves y saber aplicarlos, a veces lo que nos retraza en encontrar la soluciòn a estos casos es la falta de equipo y el personal adecuado. saludos a todos.

saludos a Paty cuevas y Renata.
atte. The Hunter of Serial Killers.

Anonymous dijo...

Seguido visito este blog.
Te sugiero el tema de las niñas de alcacer. Te va a interesar muchisimo sino es que ya lo conoces.

sausur_roj dijo...

bueno escrito otro capitulo mas a esta obra sangrienta, genial como siempre y una historia llena de misterio, si quisieramos cometer un crimen ne dejariamos de pensar en las posibilidades y formas de ser autenticos culpables o inocentes.
bueno saludos a todos.

Anonymous dijo...

El auténtico crimen perfecto no es el que queda sin resolver, sino el que se resuelve culpando a un inocente.

Anonymous dijo...

Hola!

Antes de nada quisiera decir que desde hace un par de semanas estoy enganchadísima a este blog... Mis amigos dicen que soy una sádica, pero yo simplemente creo que soy una humana muy curiosa y un tanto morbosa... como todo el mundo, aunque cueste reconocerlo.

Me ha parecido una historia muy interesante, aunque me gustaría matizar algo: viendo la tumba del matrimonio, veo que ella murió con 53 años y él con 55... entonces... por qué se les cataloga como "ancianos"??

Anonymous dijo...

hola a todos desconocia este blog lo acavo de descubrir soy de monterrey criminologo titulado graduado en el 2007 contestando a la pregunta de anonimo que en este caso es anonima mija te comento llamar anciano a alguien es relativo a quien lo dice y si bien te puede servir de algo por algo la edad de juvilacion es de 50 y 60 años su mismo nombre lo dice sesentia y vejez o nunca te paso cuando eras pequeña que tu maestro de secundaria era un señor de 20 años????

Laura Alfaro dijo...

Anonima: lo de ancianos tiene que ver con la esperanza de vida de la época y del país. En algunos pueblos de áfrica, hoy en día, un anciano tiene 38 o 40 años, ya que la expectativa de vida ronda los 45-50 años. Y en japón, por decir algo, un anciano sería alguien de 70-80 años en adelante, ya que la expectativa de vida ronda los 80 años. Y no es lo mismo la esperanza de vida en la Inglaterra de los años 30 a la de ahora. Teniendo en cuenta eso, bien podría haberseles catalogados como anciano, aunque para los estándares actuales, estén en la mitad de su vida

Y en cuanto al caso, yo creo que Wallace era inocente. La gente puede reaccionar de formas muy raras al ver morir a sus seres queridos, no necesariamente se deshacen en llanto. Depende de la personalidad, creo yo. Pero de ahi a decir quien fue, ni idea.

Saludos

Frieda dijo...

Hola
seria bueno que publicaran algo sobre las muertas de Juárez, me gustaria leer aquí sobre esos casos...

Edw dijo...

Wowwwww,, esta historia me atrapo,,, bastante diria yo,,, casi me acabe los dedos de los nervios de estar leyendo..

Hijole,,,, yo pense en un principio que Wallace si tenia algo que ver,, porque 2 que 3 cositas me hicieron pensar que era èl el asesino,,,,,aunque al parecer no fue!!

que a final de cuentas, ni se supo en realidad quien era,,,,
excelente blog, me encanta...!!

FELICIDADES!!

Anónimo dijo...

He conocido este caso desde mi juventud (hoy tengo 40), y hasta hace poco me decantaba a favor de Wallace. Sin embargo hay un libro que se llama "12 formas de matar". Referido a estudios de asesinos reales y su signo zodiacal. En el caso de Wallace, quien era virgo, las características son:
Cómo mata: De forma fría, calculada, práctica, cerebral y premeditada. Procura no mancharse de sangre. No asume riesgos innecesarios, ni ataca de cara. Cualquier imprevisto le hace abandonar sus planes. Intenta ocultar pruebas y disponer de coartadas. No tiene zonas preferentes de ataque ni necesita volver al lugar del crimen.
Dónde mata: En zonas de seguridad que conoce a la perfección, en días laborales.
Por qué mata: Por sentimiento de inferioridad, inadecuación o derrotismo. Tiene la necesidad de compensarse y desquitarse.
Qué métodos utiliza: No tiene predilección.

AnoniMatar dijo...

Aburrido, pero les dejo de tarea a escrito con sangre. El caso de esta tremenda pareja de asesinos , es el de Lawrence Bittaker y Roy Norris ellos y su camioneta apodada la murder mac sembraron el terror a sus jovencitas victimas. Torturando , Violando, asesinando , fotagrafiandolas , grabando sus gritos de todo etc... imbestiguen eso y veran.
(BRUTALITY)

Anónimo dijo...

A los que no les gusta simplemente es porque cualquier relato que no tenga gore o el asesino sea un serial killer ya les aburre.

Cambiando de tema este crimen esta lejos de ser perfecto, simplemente la negligencia de los investigadores hizo que este caso se quedara en el limbo, si este caso hubiera sido investigado por gente competente posiblemente ya se hubiera dado con el verdadero asesino. Aunque es casi obvio de que fue Parry (y posiblemente un tercero), el conocía muy bien a la pareja y donde guardaban el dinero.

Pero en parte fue muy estúpido de Wallace ir por la noche a un lugar que ni si quiera conocía, cualquiera con dos dedos en la frente no hubiera ido.

Mauricio Mora Rodríguez dijo...

Genial tu trabajo de consulta. Había leído sobre el crimen en otro libro, pero tu trabajo es muy completo, y muestra ese morbo tan inglés por el crimen, estoy seguro de que Agatha Christie habrá utilizado la historia para escribir alguna de sus novelas

Iakob dijo...

Anonymous dijo...
El auténtico crimen perfecto no es el que queda sin resolver, sino el que se resuelve culpando a un inocente.

El crimen perfecto no es aquel del que culpan a un inocente, porque siempre cabe la posibilidad de una nueva investigación. El verdadero crimen perfecto es aquel que nadie considera un crimen: alguien que sufre un ataque al corazón, alguien que se cae accidentalmente por las escaleras, alguien que accidentalmente se come algo a lo que tiene alergia...

emanuelson85 dijo...

Excelente caso y muy bien relatado como es de costumbre.

En mi opinion quisiera agregar algo q me inquito de todo este caso. Por q cuando Williams volvio a su casa se encontro con q las puertas no se podian abrir??? Extraño no?? pero nadie hizo reparo en eso.

Mi hipotesis es q esto lo ideo Williams para asi poder pedir auxilio y llamar la atencion de sus vecinos u otra persona q fuese pasando por alli y q ellos se enteraran de q el venia recien llegando a la casa despues de haber hecho un viaje al exterior.

Fue una buena manera de persuadir a los testigos de q el supuestamente no tenia idea de lo q estaba ocurriendo en ese momento en su casa.

Ampersand dijo...

Eficientemente detallado el caso, aunque "ameno" (bueno, extenso para mi, pero muy gratifcante) considerando su trascendencia y todo el material que haya generado. Las posibilidadeds de que haya sido Richard Gordon Parry son muy altas: simular un robo, y en compañía de un cómplice, introducirse a casa de Wallace, para cargarle todo el crimen, ya que la animadversión que le tenía era muy manifiesta, encima de tener antecedentes penales.

Si la coartada de Parry, al tener de testigo a su novia, le funcionó, lo que lo hubiera puesto en tela de juicio fué su necesidad de lavar el auto a deshoras de la noche ... una línea de investigación que no fue tomada muy en cuenta.
Lo que dejó en libertad a William Herbert Wallace fue la ineptitud mostrada por la fiscalía y el escaso respaldo que existía sobre sus acusaciones, teniendo para sustentarlas sólo pruebas circunstanciales, aparte de la brillante defensa con la que contó, y el apoyo económico que se le otorgó para subvencionarla, por las acciones de su abogado y su hermano.

Si se me hizo muy interesante, en un estilo meramente novelesco, saber de un caso sin resolver en la tierra de los investigadores ... Saludos !!!!!!