Graham Young: "El Envenenador de St. Albans"



“Para endulzar tu saliva,
tu sangre y la humedad de tu cuerpo,
usaré veneno.
Te veré morir lentamente en este lecho,
entre manos de agua y leche.
La palabra que te ama recorrerá tu cuerpo.
Como arsénico, interrumpirá tu vida
y sentirás que la locura ebria desnudará tus sueños.
Convulsionando, te paralizarás.
En el portal del abismo desatará los nudos para encontrarte”
.
Carolina Escobar Sarti


Graham Frederick Young nació el 7 de septiembre de 1947, en el hospital Honeypot Lane en Neasden, Londres (Inglaterra). Margaret, su madre, contrajo pleuresía durante el embarazo y murió de tuberculosis cuando él tenía tres meses. Su padre, Fred, envió a su hija Winifred de ocho años a vivir con su abuela en Links Road, y a Graham con su tía Winnie Jouvenat y con su marido Jack. Graham se llevaba bien con los Jouvenat, a quienes llamaba “tía Winnie” y “papá Jack”; además, quería mucho a su prima Sanders. Era un chico obeso al que todos llamaban “Pudding”.



Graham Young cuando era niño


Fred Young volvió a casarse el 1 de abril de 1950. Molly, su segunda mujer, era muy joven, atractiva y tocaba el acordeón en un bar. La familia volvió a reunirse. Fred, Molly y Winifred fueron a vivir con Graham a North Circular Road, en la zona de St. Albans, al oeste de Londres. A los cinco años Graham empezó a ir al mismo colegio que su hermana y su prima, el Braintcroft junior, en Warren Road, Neasden. Siempre fue un chico solitario, y aunque se llevaba bien con su madrastra y su hermana, no mantenía buenas relaciones con su padre. La familia empezó a preocuparse cuando a los nueve años comenzó a demostrar un vivo interés por la química.



Tras aprobar los exámenes pertinentes, le admitieron en el colegio John Kelly, de Willesden, y su padre le regaló un juego de química. Cada vez se sentía más fascinado por este tema y no mostraba ningún interés por todo lo demás. Les contaba a sus amigos que tenía una madrastra severa que lo dejaba en la calle mientras ella tocaba el acordeón en un pub. A los once años leía constantemente libros sobre venenos y medicina que sacaba de la biblioteca. En una ocasión, Molly encontró en su uniforme del colegio una botella de ácido. Le dijo a su madrastra que lo había encontrado en la basura y lo había guardado porque le gustaba el olor del éter. Graham Young leía constantemente libros sobre Hitler y el nazismo, y le gustaba llevar una esvástica. “Ninguno de nosotros tomó en serio esta obsesión”, escribiría años después su hermana Winifred en su libro Obsesión por el veneno. “Creíamos que sólo se trataba de una afición pasajera”.



Dibujo realizado por Graham Young


El niño Graham Young se gastaba todo su dinero en venenos y en ratas para experimentar con ellas, y le dijo al farmacéutico, Geoffrey Reis, que tenía diecisiete años, la edad mínima legal para poder adquirirlos. En abril de 1961 compró veinticinco gramos de antimonio, cantidad suficiente para matar a varias personas. “Me pareció un experto en el tema, y por eso creí que tenía más años”, declaró el farmacéutico a la policía. Más tarde, Graham acudió a un laboratorio a comprar los venenos, y firmaba en el registro con un nombre falso: “M. E. Evans”.



Mapa de Londres


Comenzó a llevar un frasco de antimonio al colegio. “Así se sentía más seguro”, comentó a la policía Clive Creager, un compañero de clase. “Era peligroso. Era malo y yo le tenía miedo”. El secreto deseo de poder que sentía le llevó a leer libros de magia negra y a experimentar con la pólvora que recogía de los fuegos artificiales. Un día, su madrastra encontró en una chaqueta un muñeco de cera con alfileres clavados, símbolo del deseo de que algo malo le ocurriera a la persona representada en la figura. Su familia y sus compañeros recordarían años después sus siniestros dibujos. “Me dibujaba colgado de la horca sobre un barril de ácido”, contó Creager, “y él aparecía quemando la cuerda”. Le gustaba dibujar a gente colgando de la horca y con una jeringuilla en el brazo en la que se leía “veneno”.



Muestra de antimonio


A principios de 1961 ya era un experto en venenos: conocía todos los síntomas y los efectos que éstos provocaban. Llevaba botellas de ponzoña al colegio y sacaba de la biblioteca libros sobre crímenes que leía y releía en su casa con avidez. “Graham estaba totalmente obsesionado”, dijo Creager. “En el colegio no llevaba una vida normal; no se interesaba por nada”. Graham idealizaba a los asesinos. Apoyaba la persecución Nazi de los judíos y reproducía los discursos del Führer ante su hermana y sus compañeros de clase.



Sus héroes (click en la imagen para ampliar)


La enfermedad de Chris Williams, un chico de trece años, sorprendió a todos. Se quejaba de calambres en el pecho y en las piernas, y de fuertes dolores de cabeza. El dolor se hacía insoportable, luego disminuía y volvía a aparecer al cabo de pocos días. El médico de la familia, Lancelot Wills, examinó a Chris varias veces durante 1961, pero no encontró nada que pudiera explicar ese dolor. Finalmente, el doctor Wills mandó al adolescente al hospital Willesden, en el norte de Londres, donde un joven médico le diagnosticó migraña, es decir, fuertes dolores de cabeza que pueden provocar náuseas. Pero Chris continuaba con vómitos y calambres, y su madre llegó a pensar que tal vez su hijo estuviera fingiendo. Lo que le preocupaba a la señora Williams era que no hubiera ningún diagnóstico que pudiera explicar los ataques que sufría su hijo.



Chris Williams, el mejor amigo de Graham durante la infancia


Estos duraron un año y le daban a veces entre semana y otras veces los fines de semana. Incluso tuvo un ataque agudo después de haber ido, un sábado de primavera, al zoo de Londres con un amigo del colegio. Lo que la madre no sabía era que esos mismos síntomas habían aparecido en casa del mejor amigo de Chris: Graham Young, a quien ella consideraba sólo un chico de trece años, torpe y reservado, con una manera de hablar extraña y demasiado formal para su edad. En una ocasión retó a Chris Williams después de que éste se hiciera amigo de otro chico. Perdió la pelea y amenazó con matarle. Cuando su padre o su madrastra le quitaban los venenos y las ratas muertas, dibujaba lápidas en las que escribía “mamá” y “papá”. Para él, lo que ellos hacían era una traición. En un momento dado, su desarrollo sexual se vio frustrado. No es una coincidencia que la afición por los venenos empezara en la pubertad, justo en un momento en el que no sabía cómo enfrentarse a esta nueva experiencia.



Fred Young, el padre de Graham


Un día, la madrastra de Graham, Molly, comenzó a tener dolores de estómago, pero al principio no les dio importancia. Su marido, Fred, estaba preocupado por Molly, y cuando también él empezó a sentir agudos calambres, se preguntó si los experimentos químicos de su hijo no habrían ido a parar a los pucheros de la cocina. Fred nunca se había sentido muy unido a Graham, cuya fascinación por el nazismo, los venenos y la magia negra le molestaban sobremanera; aunque sí apoyó el interés de su hijo por la química.



Laboratorios de St. Albans, donde Graham Young adquiría sus venenos


En el verano de 1961, Winifred, la hermana de Graham, se puso enferma, y poco después, también él empezó a vomitar durante una visita que hicieron a su tía, que vivía cerca de allí. Todo parecía indicar que la enfermedad había afectado a la familia en pleno. Winnie empezó a preocuparse. Adoraba a su sobrino, al que había criado, y le confesó a su marido, Jack Jouvenat, que sospechaba que los experimentos del chico podían ser la causa de las enfermedades.



Muestras de talio


Una mañana de noviembre de 1961, Molly hizo té. Winifred lo probó y le supo, agrio, pero se lo bebió y se fue a trabajar. Al poco rato se desmayó en la calle y la gente que se hallaba en la estación de metro de Tottenham Court Road la ayudó a incorporarse. Un compañero suyo de trabajo la llevó al hospital Middlesex, en Goodge Street. Después de someterla a varias pruebas, un médico descubrió, con gran asombro, que la paciente había ingerido belladona, un veneno mortífero que se extrae de la planta del mismo nombre. Winifred ya había oído bastante. “No me sorprendería nada que fuera cosa de mi hermano y sus experimentos”, le dijo a su padre. Fred registró toda la casa mientras Graham lloraba en su cuarto. Sin embargo, no encontró rastro de ningún veneno, y la jovencita, avergonzada de acusar a su hermano sin tener pruebas, se disculpó.



Jack Jouvenat


En las siguientes semanas Molly empeoró. Parecía haber envejecido, y un fuerte dolor de espalda la hacía estar encorvada. A principios de año empezó a perder peso y un amigo suyo dijo que “parecía que se estaba consumiendo poco a poco”. El 21 de abril de 1962, sábado de Pascua, se levantó aún peor. Además de los dolores habituales, tenía el cuello rígido y erupciones en las manos y en los pies. Su marido regresó a casa a la hora de comer y encontró a Graham en la cocina, mirando atentamente por la ventana. Fred siguió su mirada y en el jardín vio a su mujer que en ese mismo momento sufría una convulsión y se retorcía de dolor.



La casa de los Young, en North Circular Road


En el hospital Willesden los doctores no tuvieron el tiempo suficiente para encontrar la causa de la enfermedad y Molly Young murió aquella misma tarde. La familia se hundió en un profundo pesar, pero aun así, Graham insistió en que no había que enterrar a la muerta sino incinerarla y siguió hablando, con su formalidad acostumbrada, sobre las últimas técnicas existentes. Por fin su padre, profundamente apenado, cedió y la ceremonia tuvo lugar en el cementerio de Green Golles el jueves siguiente, 26 de abril. En la recepción que se celebró en casa de los Young, uno de los tíos del chico comenzó a vomitar después de comer un sándwich.



La madrastra (click en la imagen para ampliar)


Al poco tiempo, Fred Young les dijo a sus hijos que había terminado de pagar la hipoteca de la casa y que ésta pasaría a ser suya cuando él muriera. Días después volvió a tener dolores de cabeza y de estómago. Una vez más, los médicos del hospital Willesden no encontraron ninguna causa orgánica que pudiera explicar su enfermedad y decidieron dejarle en observación. Graham iba a ver a su padre todos los días; le observaba fríamente y luego describía los síntomas que tendría al día siguiente. Sus predicciones siempre eran correctas y el padre comenzó a evitar sus visitas. “No vuelvas a traer a Graham”, le dijo a Winnie.



Vitrina con frascos de veneno


Fred volvió a casa, pero en seguida tuvo que ser internado otra vez. Por fin, los especialistas dieron con la causa del problema y se quedaron perplejos al descubrirla: el paciente sufría envenenamiento con antimonio o con otra sustancia metálica poco común. Una dosis más le hubiera matado. Pero Graham Young aparentaba ser un buen chico. Iba impecablemente vestido, no le gustaban los chistes verdes y hablaba como un adulto más que como un joven adolescente. Después de envenenar a su madrastra, Molly, se mostró muy afectuoso con ella durante toda la enfermedad. Pero en el fondo era un asesino calculador que podía observar impasible cómo su víctima se retorcía de dolor. Sin embargo, no era el dolor lo que le fascinaba, sino los síntomas que el veneno producía. Para él estos dolores eran un código privado del poder que ejercía sobre las demás personas.






La tía y la hermana de Graham Young


La tía Winnie se enfrentó a Graham, quien negó haber envenenado a su padre. En la escuela el chico hablaba a todos de la enfermedad de su padre, incluso a un profesor de ciencias llamado Geoffrey Hughes, al que le preocupaba la obsesión que Young tenía con los venenos. Una tarde, éste abrió el pupitre del jovencito y encontró varias botellas con veneno, dibujos de un hombre retorciéndose de dolor y redacciones sobre el veneno y el asesinato escritas por su alumno. Hugghes y el director del colegio hablaron con un médico sobre las enfermedades de la familia de Young y decidieron que un psiquiatra examinara a Graham. El examen se llevó a cabo en la escuela el 20 de mayo y el psiquiatra le pidió que le hablara sobre venenos, ya que le habían asegurado que era un experto en la materia. Young volvió a casa feliz y el psiquiatra se fue directamente a la estación de policía.



Los primeros síntomas (click en la imagen para ampliar)


El detective inspector Edward Crabbe, del Departamento de Investigación Criminal de Harlesden, fue a visitar al día siguiente, 21 de mayo, la casa de Young, mientras éste estaba en el colegio. En su habitación encontró veneno suficiente para matar a trescientas personas. También tenía libros como Manual de venenos, Los sesenta juicios más famosos y El envenenador del muelle; todos ellos versaban sobre envenenadores célebres. Cuando el adolescente llegó a casa, el inspector Crabbe le pidió que se quitara la chaqueta. En los bolsillos encontró un frasco con antimonio y dos botellas. Young mintió y dijo que no sabía lo que contenían estas últimas. Era talio.



El arresto del joven Graham Young


En la comisaría de Harlesden le interrogaron durante horas, pero una y otra vez negó haber envenenado a su familia. Aquella tarde su tía Winnie fue a visitarle y llorosa le preguntó: “Ay, Graham, ¿por qué lo hiciste?” Pálido y asustado, Young permaneció en silencio. A la mañana siguiente, 22 de mayo, lo confesó todo. Se le hicieron varios tests en el hospital Ashford Remand, aunque se podía adivinar, sólo por la conversación, su estado mental. A un médico le confesó: “Echo de menos mi antimonio. Echo de menos el poder que me da”. El 6 de julio de 1962, en el Tribunal Superior de Justicia, Young confesó haber envenenado a su padre, a su hermana y a Chris Williams, su amigo del colegio; no mencionó en ese momento a su madrastra. El juez Melford Stevenson ordenó que fuera internado durante quince años en Broadmoor, un hospital psiquiátrico para criminales; sólo podría salir en libertad con la autorización del Ministerio del Interior.



La confesión (click en la imagen para ampliar)


En Broadmoor, Graham Young ocupaba una pequeña habitación en uno de los bloques del enorme edificio victoriano que albergaba a 750 internos del área de Berkshire. La ventana de la habitación tenía barrotes y la cama estaba clavada al suelo, en el que sólo había una alfombra. Young tenía por entonces catorce años. Se levantaba todas las mañanas a las 07:00 horas y las luces se apagaban a las 20:00 horas. Durante esas horas los internos confeccionaban alfombras, leían o jugaban al billar. Graham fue uno de los internos más jóvenes enviado a Broadmoor durante el siglo XX. Su fama se había extendido por toda la cárcel-hospital, y su familia iba a visitarle para que no se sintiera solo. Fred Young iba a verle, tratando de reprimir el odio y la repulsión que le inspiraba, pero después de unas cuantas visitas en las que padre e hijo permanecían en silencio, no volvió jamás. Su hijo no sólo había envenenado a su esposa Molly, sino que además le había causado a él una enfermedad crónica del hígado. Pero Winnifred y su tía Winnie lo visitaban regularmente.



Lento tratamiento (click en la imagen para ampliar)


También lo hacía Frank Walker, el tío que enfermó en la recepción que tuvo lugar después del entierro de Molly. Su sobrino le pedía que le llevara cerillas, pero dejó de hacerlo cuando se dio cuenta de que contenían fósforo y que éste podía ser venenoso. En Broadmoor había profesores que impartían clases, pero nadie estaba obligado a asistir a ellas. Las autoridades intentaron buscar un profesor particular que le quitara de la cabeza esa obsesión por el veneno y el nazismo; pero nadie quería trabajar en la cárcel-hospital. Cuando atacaban a Graham, siempre reaccionaba a la defensiva, como los niños, y también, como los niños, era incapaz de guardar un secreto. Después del arresto en 1962 le confesó a su tía Winnie que había envenenado a su madrastra, aunque no estaba acusado de este crimen.



El Hospital Psiquiátrico de Broadmoor


El 6 de agosto de 1962, un mes después de su llegada a Broadmoor, un interno llamado John Berridge murió en pocas horas tras haber sufrido varías convulsiones. Los médicos diagnosticaron que la causa de la muerte había sido el cianuro. Se llevó a cabo una investigación que demostró que no había nada en Broadmoor que contuviese este veneno, excepto los matorrales de laurel que rodeaban el edificio. Muchos presos confesaron haber matado a Berridge. Pero las autoridades, teniendo en cuenta que a menudo los enfermos mentales confiesan crímenes que no han cometido, estudiaron cada caso en particular y llegaron a la conclusión de que ninguna de las confesiones era cierta. El caso continuó abierto. Pero muchos internos y parte del personal médico estaban convencidos de que una de las confesiones sí era cierta: la de Graham Young que, con un lenguaje técnico, habló de los métodos para extraer cianuro de las plantas.



Young cubrió la pared de su habitación con fotografías de los líderes de guerra nazis. Se dejó crecer un bigote como el de Hitler y recitaba los discursos de su héroe. En las latas de té y de azúcar dibujaba calaveras y en las etiquetas escribía nombres de venenos. Graham tenía acceso a la biblioteca y escogía libros de medicina, con los que amplió sus conocimientos sobre los venenos y la medicina general. También leyó el libro de William Shirer, Ascensión y caída del Tercer Reich, un clásico sobre el nazismo, así como las estremecedoras novelas de Dennis Wheatley sobre las ciencias ocultas, y Drácula, de Bram Stoker. De vez en cuando bajaba al campo de deportes, pero nunca jugaba a nada; aunque utilizaba el taller para fabricar esvásticas. Llevaba una colocada en una cadena al cuello y a veces la besaba con devoción, como si fuera una cruz, para desconcertar a la gente. Uno de los psiquiatras opinaba que “no sentía rencor hacia sus familiares o hacia el amigo que había envenenado, y que incluso pensaba que sí les quería. Parece que simplemente eran las personas que tenía más a mano para sus propósitos”. Su hermana, Winifred, confirmó esta teoría al escribir: “Para él, asesinar era como experimentar con ratas. Fue prisionero de su propia soledad. La pérdida de su madre poco después de su nacimiento, la relación distante con su padre y la separación de su tía después de que ésta le hubiera criado, lo dejaron sin ningún punto de apoyo en la vida, y buscaba una firme lealtad en los demás”.



Esvástica fabricada por Graham Young en el taller del hospital psiquiátrico


El superintendente de Broadmoor, el doctor Patrick McGrath, y el psiquiatra de la residencia, el doctor Edgar Udwin, se encargaron conjuntamente del tratamiento de Young. El doctor Udwin, nacido en Sudáfrica y que dirigía su propia clínica para niños con deficiencias mentales, trabajó con ahínco para que pudiera rehabilitarse e incluso ir a estudiar a la Universidad. El personal sanitario estaba dividido entre la desconfianza que le inspiraba Young y el deseo de no convertirle en un proscrito. Se le dio un trabajo en la cocina, que suponía un riesgo, pero también era un gesto de confianza que el joven necesitaba. Poco después, el café que tomaban las enfermeras apareció con un color extrañamente oscuro y descubrieron que contenía desinfectante. Nadie resultó afectado, pero el personal sanitario empezó a bromear con los internos que les daban problemas, diciéndoles: “Como no te portes bien, dejaré que Graham te prepare el café”.



El doctor Edgar Udwin, psiquiatra de Graham Young


A finales de 1965, transcurridos tres años en Broadmoor, Graham Young solicitó su libertad. Su padre les dijo a las autoridades que su hijo no debería ser puesto en libertad jamás; de todas formas, la solicitud fue rechazada. Poco después, encontraron en una tetera un paquete entero de jabón y enviaron al chico al edificio de máxima seguridad conocido con el nombre de “El Frigorífico”. Finalmente, aunque muy a su pesar, se dio cuenta de que debía cooperar si quería que se le concediera la libertad algún día. El doctor Udwin comenzó a ver gradualmente pequeños cambios en el comportamiento del paciente después; salió de “El Frigorífico” y durante los años siguientes se mostró más amable y responsable hacia los demás. Young hablaba cada vez menos sobre venenos, aunque el psiquiatra temía que el joven continuaba admirando las técnicas empleadas por los nazis en la exterminación de los judíos. Graham no sabía que el propio doctor Udwin era judío. Los años pasaban lentamente. Graham aguantaba las burlas de los otros reclusos que le llamaban “el niño bonito del doctor”; e incluso antes de que se considerara la cuestión de su puesta en libertad, solicitó trabajo en los laboratorios forenses de la policía, así como una plaza en el programa de entrenamiento de la Sociedad de Farmacéuticos. Ambas solicitudes fueron rechazadas.



Carta a una víctima (click en la imagen para ampliar)


Luego escribió al Frente Nacional, un movimiento político fascista, del que se hizo miembro. Sin embargo, a sus ojos se trataba sólo de un grupo de derecha. En junio de 1970, después de haber pasado ocho años en Broadmoor, el doctor judío Udwin informó al Ministerio del Interior de que su paciente pronazi “había cambiado mucho” y que su obsesión por el veneno había desaparecido. Graham Young, que iba a cumplir veintitrés años, estaba encantado y el 16 de junio escribió a Winifred, que se había casado y vivía ahora en Hemel Hempstead, para decirle que esperaba lograr su libertad ese mismo año. La familia no sabía que se estuviera considerando la puesta en libertad del preso, pero comprendieron que el Ministerio del Interior podría pronunciarse sobre el caso atendiendo a las recomendaciones de los psiquiatras y sin tener en cuenta, por consiguiente, la sentencia original. Fred Young, que ahora vivía en Kent, estaba consternado por la noticia, pero el doctor Udwin les aseguró a Winifred y a su marido, Dennis Shannon, que su hermano estaba curado.



El doctor Udwin, quien confiaba en la curación de Young


El 21 de noviembre, Graham fue a pasar una semana con ellos. Todo fue bien e incluso en una ocasión el recién llegado manifestó su arrepentimiento por lo que había hecho. Volvió en Navidades y trajo regalos y una tarjeta de felicitación en la que decía que el perro de la familia había recibido psicoanálisis y que ya estaba bien. La firmaba “Sigmund Freud”. A principios de 1971, el Ministerio del Interior se mostró de acuerdo en concederle la libertad, a condición de que aceptara seguir bajo tratamiento y de que se le pudiera localizar en una única dirección. El 4 de febrero fue puesto en libertad, pocas semanas después de haber dicho a una enfermera: “Cuando salga de aquí, voy a matar a una persona por cada año que he tenido que pasar en este lugar”.



¿Curado? (click en la imagen para ampliar)


Graham Young llegó sin previo aviso a la casa de su hermana Winifred, en Hemel Hempstead, pocas horas después de abandonar Broadmoor. Ella sabía que su puesta en libertad era inminente, pero nadie le había informado del día exacto, y su hermano tampoco la había telefoneado para decírselo. Winifred alojó a su hermano en su casa y escribió a su padre a Kent para darle la noticia. Graham disponía de cuatro días para estar con su hermana antes de trasladarse a Slough, a fin de asistir a un centro de entrenamiento del Gobierno. Se pasó el tiempo bebiendo y hablando con entusiasmo de Hitler.



La casa de la hermana de Graham Young


A principios de ese mismo mes Fred Young recibió la visita de un oficial de Broadmoor, que le explicó que estaban estudiando la posibilidad de concederle la libertad a su hijo. Puesto que de hecho Graham ya se encontraba en libertad y había mantenido un breve y frío encuentro con su padre, éste se quedó sorprendido por la incompetencia burocrática y por la estupidez del desinformado visitante. El lunes 8 de febrero comenzó su programa de entrenamiento como encargado del almacén y tres días más tarde, un compañero, Trevor Sparkes, de treinta y cuatro años, empezó a quejarse de fuertes calambres abdominales y de dolor en las piernas, pero el doctor no le encontró nada raro. “Tal vez esto te siente bien”, le dijo Graham, ofreciéndole un vaso de vino esa misma noche. Sparkes se lo bebió e inmediatamente tuvo vómitos, sudores fríos y convulsiones, que se le repitieron durante todo el mes de abril. Sparkes era futbolista y después del “tratamiento” de Graham nunca pudo volver a jugar.



Trevor Sparkes


En 1971 se introdujo medio desnudo en un coche de policía y se jactó de haber cometido, nueve años antes, un crimen perfecto. Lo tomaron por un loco y lo sacaron del coche. Al principio vivía con Winifred y Dennis en Hemel Hempstead, pero luego se trasladó a una pensión en el 29 de Maynards Road por cuatro libras a la semana, en la que no estaba permitido cocinar, por lo que la mayoría de los días el huésped cenaba en un restaurante Wimpy cerca de allí y visitaba a su hermana dos veces a la semana. A mediados de abril, Young vio un anuncio en el que se solicitaba un encargado de almacén para una compañía de Bovingdon, en Hertfordshire, un pueblo a pocos kilómetros de la casa de su hermana. La compañía, John Hadland Ud., estaba especializada en equipos fotográficos y de óptica.



“He estudiado química orgánica e inorgánica, farmacología y toxicología”, escribió Graham en su solicitud. Cuando el 23 de abril acudió a la entrevista, el director Godfrey Foster ya había recibido el informe del centro Slough sobre el joven. El entrevistado quería hablar de temas científicos, pero Foster estaba más interesado en conocer su misterioso pasado. Graham Young le contó que había sufrido una fuerte depresión tras la muerte de su madre en un accidente, pero que ya estaba completamente recuperado. El director le dijo que se pondría en contacto con él en cuanto tomara una decisión, y a continuación escribió de nuevo a Slough pidiendo al psiquiatra referencias personales del candidato.



Carta manuscrita enviada por Graham Young solicitando empleo


El 26 de abril el centro le envió el informe del doctor Udwin que, aunque no llevaba sello ni de Broadmoor ni del Ministerio del Interior, no ocultaba la seriedad de la perturbación del paciente: “Este hombre tuvo graves problemas de personalidad que hicieron necesaria su hospitalización durante toda la adolescencia. Sin embargo, se ha recuperado completamente y está plenamente capacitado para el ejercicio de sus funciones; el único problema es el ferviente deseo de recuperar el tiempo perdido”. El doctor Udwin, convencido de que Young estaba curado, no mencionó la condena por envenenamiento. De haberlo hecho habría acabado con las expectativas del joven de conseguir un trabajo digno. Foster le ofreció el puesto y un salario de veinticuatro libras semanales, y Graham Young acudió a su nuevo trabajo el lunes 10 de mayo a las 08:30 horas, vestido con traje y corbata. El personal de Hadland le dio la bienvenida, y pronto muchos de ellos sintieron la necesidad de proteger a este joven solitario y reservado. El director del almacén, Bob Egle, de cincuenta y nueve años, le ofreció todo su apoyo, al igual que Fred Biggs, el encargado de otra sección.



Los laboratorios John Hadland


Otro empleado, Jethro Batt, llevaba a Graham a la pensión todas las noches. Sin embargo, entre los setenta y cinco empleados de Hadland, había algunos que lo consideraban un joven extraño y obsesivo. Sólo parecía tranquilo cuando discutía de su adorado Adolf Hitler. Se mostraba amable con los que le protegían y les daba cigarrillos que él mismo liaba, y se ofrecía a llevarles el té a sus puestos de trabajo. El carrito del té se dejaba todas las mañanas y tardes al final del pasillo, frente a la puerta del almacén donde trabajaba el joven.



Jethro Batt


El 3 de junio, el director del almacén, Bob Egle, enfermó y pasó unos días en cama con dolor de estómago. El 8 de junio, Ron Hewitt, un empleado de cuarenta y un años que solía discutir temas científicos con Graham, sintió, poco después de beber té, grandes dolores estomacales, así como un fuerte ardor en la garganta. El médico de cabecera le dijo que había ingerido comida descompuesta y le extendió una receta; pero los dolores continuaron. El 15 de junio, todavía débil, volvió al trabajo. Pero continuó con dolores durante las tres semanas siguientes. Egle también se sentía mal, y el 18 dé junio se tomó una semana de vacaciones y se fue a Great Yarmouth con su mujer Dorothy. Fred Biggs también se hallaba de vacaciones, y ante la falta de personal, Graham Young tomó las riendas del almacén. Egle volvió el 25 de junio, aparentemente recuperado. “No hay nada como la brisa fría del mar”, comentó. Al día siguiente se le habían entumecido los dedos, le dolía la espalda y no podía moverse sin sufrir grandes dolores. Pasó toda la noche delirando. A la mañana siguiente, el médico lo llevó al hospital West Herts, pero pronto lo trasladaron a la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de St Albans. Se le había entumecido todo el cuerpo, quedando casi paralizado, y oía lo que le decían pero no podía hablar. El miércoles 7 de julio, tras haber sufrido dos paros cardíacos, Bob Egle murió. Su mujer había permanecido todo el tiempo junto a él. Dos días después, una vez realizada la autopsia, se determinó que la causa de la muerte había sido una bronconeumonía y una polineuritis.



El embaucador (click en la imagen para ampliar)


Durante la enfermedad de Egle, Graham Young se había interesado por la salud del enfermo y en una ocasión le mostró a la secretaria de Godfrey Foster un artículo sobre la polineuritis, comentando que los síntomas eran similares a los que presentaba su compañero. El director eligió a Young para que representara al personal del almacén en la cremación de Egle, que tuvo lugar en Amersham el 12 de julio, y éste se pasó todo el día hablándole de la polineuritis y en concreto del síndrome de Guillain- Barre, el mismo que se suponía que había padecido el fallecido. Foster, que sabía que Graham había pasado muchos años hospitalizado, se quedó impresionado por los conocimientos médicos de los que hacía gala. Recordando que Bob Egle había luchado en la Segunda Guerra Mundial, el empleado le dijo: “Es muy triste que Bob lograra escapar de los horrores de Dunquerque y no pudiera combatir un simple virus”.






Las víctimas


En el otoño nombraron a Graham Young encargado del almacén durante un período le prueba. Se había convertido en una persona más tratable, aunque a algunos les irritaba que hablara constantemente del compañero muerto. Pero no estuvo a la altura de las nuevas responsabilidades y se fue haciendo cada vez más impopular, sobre todo por su obsesión por el nazismo. Siguió manteniendo contacto con la familia. Además de visitar a Winifred, iba a ver a su prima Sandra y de vez en cuando iba a Sheerless, donde vivían su padre y su tía Winnie, quien se sentía muy orgullosa de su éxito en el trabajo. La familia se enteró de la muerte de Bob Egle, pero les pareció normal que un hombre próximo a la sesentena tuviera una neumonía.



Una compañera de trabajo de Graham Young


A principios de septiembre de 1971, Fred Biggs comenzó a tener vómitos y a sufrir calambres en el estómago. El 20 de septiembre, el director de Importaciones y Exportaciones, Peter Buck, tomó una taza de té con Graham y con uno de los oficinistas, David Tilson, y un cuarto de hora después sintió náuseas y dolor de estómago. El 8 de octubre, Tilson enfermó tras beber una taza de té durante el descanso, y dos días después sintió que las piernas se le entumecían. El viernes 15 de octubre, Graham Young y Jethro Batt, el empleado del almacén, se encontraban solos trabajando. Graham le dijo, en tono confidencial: “¿Sabes, Jeth, que es muy fácil envenenar a una persona sin levantar sospechas? Hay una receta para morir”. Cuando Batt salió de la habitación, Graham preparó el café. Batt lo probó y tiró el resto. “¿Qué pasa?”, le preguntó, “¿Crees que intento envenenarte?” Ambos se rieron, pero veinte minutos más tarde el compañero se sintió enfermo. Se pasó todo el fin de semana con fuertes dolores en las piernas.



Jehtro Batt en los primeros días del “tratamiento” de Graham


El lunes 18 de octubre, Tilson fue internado en el hospital con fuertes dolores por todo el cuerpo y caída alarmante de cabello. Batt, mientras tanto, se hallaba en cama sintiendo cada vez más dolores por todo el cuerpo. Esa misma semana, en la fábrica, Graham Young le llevó una taza de café a una de sus compañeras, Diana Smart, de treinta y nueve años. “Este café es para ti, Di. Bébetelo”. Diana Smart se dio cuenta de que las manos del muchacho eran extremadamente pequeñas, y cuando le dijo que las suyas eran mucho más grandes, Young contestó: “Te sorprendería saber lo que estas manos podrían hacer por ti, Diana”. En otra ocasión ella le preguntó si alguna vez salía con chicas. “He tenido novias”, contestó simplemente. “Ah, así que eres un misógino”, dijo ella. “No, yo no diría eso”, contestó irritado; era obvio que jamás se había acercado a una chica. Poco después ella vomitó y sintió calambres en el estómago, en las manos y en las piernas.



Diana Smart


Mientras tanto, Jethro Batt se encontraba tan mal que le confesó a su mujer que se quería morir. Sufría alucinaciones Como a Tilson, se le empezó a caer el pelo. Las medicinas no le hacían ningún efecto. El jueves 21 de octubre Batt apenas podía moverse. Una semana más tarde Tilson abandonó el hospital, pero el 1 de noviembre tuvo que ser internado de nuevo. La última vez que lo vieron los médicos tenía el pelo largo; ahora estaba casi calvo. El 5 de noviembre Batt también tuvo que ser internado. Se había quedado calvo.



Jethro Batt envenenado


Graham fue a trabajar el sábado 6 de noviembre para ponerse al día y se encontró con Fred Biggs, que acababa de recuperarse de su último ataque; preparó el té para el convaleciente y para el director, pero éste rechazó el ofrecimiento porque ya se marchaba. Al día siguiente, Fred sufrió una recaída. Foster creía que el causante era un virus conocido con el nombre de Bovingdon Bug, que se había extendido por la zona. Algunos empleados pensaban que la causa eran los experimentos radiactivos que se estaban llevando a cabo en una pista de aterrizaje cercana. Otros creían que el agua estaba contaminada. Los médicos que atendían al personal de Hadland estaban perplejos. Siete doctores examinaron a Biggs cuando éste fue internado el 4 de noviembre en el hospital West Herts, pero ninguno de ellos pudo encontrar la causa de la enfermedad. El 11 de noviembre se le trasladó al hospital Whittington, especializado en enfermedades víricas, pero se le empezó a caer la piel a pedazos. Como tantos otros asesinos, Graham llevaba un diario. En él apuntó un comentario acerca de Biggs: “Estoy muy enfadado. Él está aguantando demasiado y eso no me deja tranquilo”.



El diario de un asesino (click en la imagen para ampliar)


Ese mismo día Robert Hynd, médico oficial de la Salud Pública de Hemel Hempstead, junto con un equipo de inspectores, fue a examinar la fábrica a petición del director. Pero no encontraron nada raro. Hynd volvió al día siguiente para hablar en privado con cada uno de los empleados y preguntarles si alguno de sus familiares había enfermado. Fred Biggs fue trasladado al Hospital Nacional de enfermedades nerviosas de Londres, pero sin ningún resultado. El viernes 19 de noviembre murió. “Me pregunto qué fue lo que pasó. No debería haber muerto. Yo le apreciaba mucho”, le dijo Graham a Diane Smart. Pero en su diario escribió: "Dejé de verles como personas, o mejor dicho, una parte de mí dejó de hacerlo. Se convirtieron en simples conejillos de Indias”.



Libertad vigilada (click en la imagen para ampliar)


Ante el pánico general que cundió entre los empleados, el propietario, John Hadland, convocó una reunión en la cafetería. La presidía el médico de la compañía, Ianin Anderson, quien explicó que no había ningún tipo de contaminación radiactiva en la pista de aterrizaje y que tampoco había ningún metal pesado que pudiera resultar venenoso. A veces se utilizaba el talio, un metal químico, para fabricar lentes de alta refracción, pero los empleados de Hadland no lo usaban. Continuó diciendo que debía haberse producido un brote violento del virus que se había extendido por los alrededores, y que se estaban haciendo grandes esfuerzos para identificarlo. Luego pidió calma. “¿Por qué han descartado que la causa pueda ser un metal pesado?”, le preguntó alguien desde el fondo de la sala. Era Graham Young. El doctor Anderson repitió las conclusiones a las que habían llegado los inspectores de la fábrica. Sin embargo, él mismo sospechaba que algún tipo de metal pesado podía ser la causa, pero no quería que cundiera el pánico. Young le hizo otras preguntas muy minuciosas sobre los síntomas. Finalmente, Hadland dio la reunión por terminada. Anderson fue a ver a su interlocutor al almacén y se mostró admirado de sus conocimientos en el tema. Como siempre, Young sé sintió muy halagado y aprovechó la oportunidad para hacer alarde de sus conocimientos en toxicología; fue tanto su entusiasmo que despertó sospechas. El doctor le contó esta conversación a Hadland y ambos se mostraron reacios a actuar sin pruebas. Pero cuando se quedó solo, el propietario meditó sobre lo ocurrido y llamó a la policía.



Cerebro afectado por envenenamiento con talio


El detective John Kirkpatrick, de la policía de Hemel Hempstead, se dirigió a Bovingdon poco después de recibir la llamada de John Hadland, y comenzó a investigar las bajas que se habían producido en la empresa. Hadland no mencionó ningún nombre por teléfono, pero Kirkpatrick se dio cuenta en seguida de que Egle y Hewitt habían enfermado pocas semanas después de que Graham Young comenzara a trabajar. Mandó por télex una lista con los nombres de algunos empleados, entre ellos el de Graham, al archivo criminal de Scotland Yard. Al día siguiente, sábado 21 de noviembre, se puso en contacto con Ronald Harvey, jefe del Departamento de Investigación Criminal de Hertfordshire, que en esos momentos se encontraba en Londres en una convención de médicos forenses. Después de atender la llamada, Harvey volvió a su asiento y les comentó el caso a dos científicos que se sentaban junto a él: los doctores Ian Holden, de Scotland Yard, y Keith Mant.



Ronald Harvey


Tras escuchar la descripción de los síntomas, los dos médicos respondieron casi a la vez: “envenenamiento con talio”. Harvey desconocía este nombre. Cuando llegó a Hemel Hempstead, Scotland Yard ya había contestado diciendo que no tenía fichado a ninguno de los empleados de la lista. Kirkpatrick pidió que lo comprobaran de nuevo, poniendo especial atención en el nuevo empleado, Graham Young. Mientras tanto, Harvey buscaba un libro llamado Prick's Thallium poisoning, que le habían recomendado los científicos, Holden y Mant. Se lo mandaron de los laboratorios de la policía de Cheshire y finalmente Scotland Yard encontró la ficha de Young: comunicaron a Hadland y a Foster que era un envenenador convicto.



John Kirkpatrick


La policía se enteró por Winifred, la herrmana de Young, de que éste se encontraba pasando el fin de semana con su padre y su tía en Kent. Tres detectives fueron a registrar su habitación de la pensión. Las paredes estaban cubiertas de fotografías de Adolf Hitler y otros líderes nazis. Sobre las mesas, estanterías e incluso en la repisa de la ventana tenía botellas, frascos y tubos. También había varios dibujos de calaveras, tumbas y figuras demacradas, que se llevaban las manos a la garganta o que portaban en las manos botellas de veneno.



La tía Winnie durante el nuevo arresto de Graham


A las 23:30 horas, la policía de Kent rodeó la casa donde vivía la familia del asesino y llamaron a la puerta. Cuando Fred abrió, supo inmediatamente a qué iban. “¿Se encuentra aquí Graham Young?”, preguntó uno de los policías. Desde la puerta podían ver a Young preparándose un sándwich en la cocina. El padre no dijo nada, pero le señaló con un movimiento de cabeza. Uno de los agentes le esposó, mientras que el otro le decía que era sospechoso de asesinato. Young palideció. “Graham, ¿qué has hecho?”, preguntó Winnie entrando en el comedor. “No sé de qué me están hablando, tía”, contestó asustado. Cuando se lo llevaban, Fred oyó que le preguntaba a uno de los agentes: "¿Por cuál de todos me arrestan?" Después de que los agentes se marcharan, su padre subió a la recámara, cogió el certificado de nacimiento y todos los documentos personales de su hijo y los rompió en pedazos.



La casa del padre de Graham Young, donde fue arrestado por segunda ocasión


A las 03:00 horas del día siguiente, domingo 22 de noviembre, los policías que registraban la habitación de Young encontraron una botella vacía que había contenido éter y varios frascos con sustancias químicas, polvos y libros de medicina forense. Debajo de la cama encontraron el diario. Se titulaba Sumario de un estudiante y oficinista. El detective inspector Kirkpatrick y el sargento Roger Livingstone llegaron a la comisaría de Sheerness poco después. La policía había cogido las ropas del detenido para examinarlas y le dieron una manta para que se cubriese. “Está usted arrestado como sospechoso de asesinato”, le dijo Kirkpatrick. “Sí, lo sé. Pero, ¿ha dicho usted asesinatos, en plural?”, preguntó Young. “No”, contestó el detective.



El arresto de Graham Young


En el camino de Hertfordshire, Graham no paró de hacer preguntas a los detectives en su tono habitual, a pesar de estar arrestado e ir únicamente cubierto con una manta. Kirkpatrick le dijo que todavía quedaba mucho por investigar para aclararlo todo. “Es algo que apreciaría mucho, dadas las circunstancias”, dijo el detenido. El policía le preguntó qué quería decir con eso. "Ya se lo explicaré más tarde", le contestó Young. Luego, Kirkpatrick le informó de que la investigación en la que estaban trabajando era sobre la muerte de Fred Biggs; el asesino dijo: “Me gustaría saber más sobre eso, inspector”. Graham Young recordó a los dos agentes que era inocente hasta que no se demostrara lo contrario, y a continuación se jactó de haber cometido un crimen perfecto: en 1962 había matado a su madrastra, que fue incinerada. Al oír eso, Kirkpatrick le invitó a que confesara todo lo ocurrido en Hadland. “Es una historia terrible”, dijo Young. El inspector le pidió que salvara las vidas de Tilson y Batt y él, mostrándose servicial, le dio los nombres de los antídotos.



Loco de atar (click en la imagen para ampliar)


A las 06:35 horas llegaron a Hemel Hempstead. El detective Harvey había estudiado el diario encontrado en la habitación del asesino. En él describía los envenenamientos de varias personas a las que se refería por sus iniciales. “Son sólo producto de mi imaginación”, dijo Young evitando esta cuestión. “¿Administró veneno a alguna de estas personas?”, preguntó Harvey. “Claro que no”, dijo el criminal. A continuación, Young le explicó al policía cómo debía llevar a cabo la investigación. Harvey le recriminó: “Estas personas le ofrecieron su amistad, trataron de ayudarle”. El detenido, a su vez, preguntó: “Efectivamente, esta gente son mis amigos, así que, ¿qué motivo tendría para envenenarlos?”






Graham Young escoltado por la policía


Lo dejaron dormir durante varias horas, le entregaron ropa limpia y el interrogatorio continuó a las 16:45 horas. Como sucedió en 1962, de repente Young decidió cooperar. Harvey comenzó con las iniciales que aparecían en su diario y el asesino fue identificando a las víctimas. Confesó que las había envenenado a todas y de nuevo se jactó de haber cometido el crimen perfecto, refiriéndose a la muerte de su madrastra. Habló de la fascinación que sentía por los venenos y describió con gran detalle los efectos que éstos tenían sobre los seres humanos. Pero se rió del inspector cuando le pidió que hiciera una confesión escrita de todas estas actividades. Al día siguiente, lunes 23 de noviembre, después de que se realizara la autopsia al cadáver de Fred Biggs y de que no se encontraran restos de veneno en él, su cuerpo fue trasladado a los laboratorios forenses de Scotland Yard para ser examinado de nuevo.



Young bajo arresto


Aquella noche, a las 22:00 horas, Harvey acusó a Graham Young del asesinato de Biggs. “No deseo hacer ningún comentario. Todo ha terminado”, dijo el criminal. Las cenizas de Bob Egle fueron exhumadas y analizadas en el laboratorio de la policía. El forense encargado del caso, Nigel Fuller, llevó a cabo un examen exhaustivo antes de dar a conocer los resultados de las investigaciones: ambos hombres habían muerto envenenados con talio. El 3 de diciembre, Graham Young fue acusado de la muerte de Egle. Era la primera vez en la historia de Inglaterra que un hombre era acusado de asesinato tras el examen de unas cenizas, y también era el primer caso de asesinato con talio.



Nigel Fuller, el forense


El día después de ser acusado del asesinato de Fred Biggs, confesó a Ronald Harvey lo que jamás había contado a nadie, excepto a los médicos, y recitó un pasaje de La balada de la cárcel de Reading, de Oscar Wilde: “Los hombres todos matan lo que aman; unos lo hacen con una mirada; otros, con palabras acariciadoras; el cobarde, con un beso; el valiente, con una espada”. Después de una pausa, añadió: “Supongo que se puede decir que yo lo hice con un beso”. Cuando el inspector le preguntó si sentía remordimientos, contestó: “Eso sería hipócrita. Lo que siento es un vacío en el alma”.



Pruebas (click en la imagen para ampliar)


El 19 de junio de 1972 comenzó el juicio de Graham Young por asesinato, presidido por el juez Eveleigh, con un jurado formado por doce hombres. El abogado defensor, sir Arthur Irvine, se hizo cargo del caso unos días antes. Graham Young fue acusado de los asesinatos de Bob Egle y Fred Biggs; del intento de asesinato de David Tilson y Jethro Batt; y de haber envenenado a Trevor Sparkes, sus compañeros en Slough, y a Ronald Rewitt, Peter Buck y Diana Smart, empleados de Radland. Graham Young fue inmortalizado en cera y su figura aún se halla en la Cámara de los Horrores del museo de Madame Tussaud. Esto es algo que Graham siempre quiso. Durante el juicio preguntó a los guardianes si sabían si el museo ya se había puesto en contacto con ellos para conocer los detalles.



Estatua de Graham Young en el Museo de Cera de Madame Tussaud


Durante el proceso en su contra, Graham Young negó todos los cargos que se le imputaban. Impecablemente vestido con un traje oscuro, el acusado escuchó con calma al fiscal John Leonard. Este enumeró los extraños casos de enfermedad ocurridos en Radland, describió el contenido del diario de Young y habló de las pruebas que demostraban que Biggs y Egle habían muerto envenenados con talio. Gracias a una ley que protegía a los acusados, no se informó al jurado de las anteriores condenas que Young había recibido en 1962 y de su posterior confinamiento en Broadmoor durante ocho años, ya que ésta era una institución psiquiátrica para criminales muy conocida. Durante veinte minutos, Leonard estuvo leyendo el diario del inculpado al jurado. Si los hechos descritos en él se tomaban como ciertos, se demostraba no sólo que había habido intento de asesinato, sino que además se trataba de un hombre con una mente metódica capaz de seleccionar a sus víctimas.



El fiscal John Leonard


La defensa se basaba en que no existía ningún móvil para los crímenes, pero cuando existen pruebas tan claras de asesinato, el fiscal no se detiene en investigar el móvil. El diario de Graham era la prueba central de la acusación, ya que los informes forenses que determinaban que la causa de las muertes fue el envenenamiento con talio o el hecho de que Young tuviera en su poder diversos venenos, así como que le gustara hacer dibujos macabros y sus espontáneas confesiones a la policía, no eran pruebas suficientes para demostrar que Graham hubiera envenenado sistemáticamente a todo el personal de Radland. La explicación del asesino fue muy simple; el diario era un producto de su imaginación, inspirado en los misteriosos acontecimientos que habían tenido lugar en Bovingdon.



Arthur Irvine, el abogado defensor


El lunes 26 de junio, seis días después de que comenzara el juicio, el acusado comenzó su declaración. Declinó la invitación que se le hizo para sentarse en el estrado, y se quedó de pie apoyado en la barandilla. Su actuación estaba muy estudiada; pidió varios aplazamientos, que le fueron concedidos, y recurrió a un lenguaje muy sutil que en ocasiones parecía adquirir un tono de burla: “El diario es la exposición de una teoría que yo desarrollé de una forma un tanto fantástica, para mi propio entretenimiento. Había creado a un personaje con tendencias homicidas”.



El juez Eveleigh


El diario señalaba que “R” (Robert Egle) era la víctima más propicia, pero Young matizó que no tenía importancia; la historia era ficticia y sólo una excusa para poder exponer sus conocimientos de química. “Si me lo permite, señor Young, le diré que a lo largo de todo el proceso ha demostrado estar muy tranquilo”, le dijo el fiscal. “No estoy particularmente tranquilo, señor Leonard, es que soy una persona que no demuestra sus emociones”, le contestó el testigo.



Le preguntaron sobre unos dibujos que la policía había encontrado, en los que aparecían dos manos vertiendo veneno en una taza con cuatro cabezas. Dos de éstas no tenían pelo, al igual que dos empleados de Hadland que se habían quedado calvos. El acusado contestó que sólo era “una fantasía, producto de mi imaginación”. El jurado vio los dibujos y Leonard les explicó que los números que aparecían en ellos correspondían a dosis mortales de talio, y que Young había dibujado a sus víctimas con el aspecto “típico de los cómics de terror”.



A continuación, Leonard se dirigió al acusado: “Realmente no le importó que Biggs muriera. Incluso le satisfizo”. “No. No veo qué satisfacción puede encontrarse en una muerte como ésa”, contestó Young. Después alegó que sólo había confesado para que le dieran ropa, algo de comer y para que le dejaran dormir. Leonard le preguntó por qué, si había comprado el veneno para realizar experimentos, no tenía el equipo necesario para realizarlos. El acusado contestó que intentaba arreglarse con lo que tenía.



“¡Administró talio a cuatro personas, matando a dos de ellas y causando serias enfermedades a otras dos!”, le espetó el fiscal, John Leonard. “Yo no he administrado talio a nadie. Sólo realicé experimentos para satisfacer mi curiosidad sobre ciertos problemas químicos”, replicó Young. La acusación continuó: “Para ser una historia inventada, se llega al final muy deprisa, ¿no cree?”. “Sí, pero es algo que ocurre a menudo en los diarios”. “¿Tenía intención de publicarlo?” “No. Lo escribí sólo para mí”, respondió el homicida. “Señor Young, usted está convencido de que no van a descubrirle y de que podrá librarse de la cárcel. Pero no va a ser así”. “Esa es su opinión, señor Leonard, y no espere que esté de acuerdo con usted”, remató Graham.



Cartas desde la cárcel (click en la imagen para ampliar)


Durante el interrogatorio, el acusado cometió el error de querer responder a su interlocutor con gracia y agudeza. A menudo lo hacía mejor que el fiscal, que se exasperaba, y en ningún momento mostró la angustia propia de una persona acusada en falso. Pero su fría arrogancia no impresionó al jurado. John Leonard leyó en alto una frase del diario: “¿Hay alguien capaz de enfrentarse a mí?”, y le preguntó si creía que aquélla era propia de un serio trabajo literario. “¿Quién le ha dicho que los envenenadores no tienen sentido del humor?”, replicó Graham Young. “Nadie, y no sé si lo tienen. Jamás he conocido a uno de ellos”. El acusado sonrió e hizo un gesto teatral. “Gracias, señor Leonard”.



Dibujo sobre el juicio realizado por Graham Young


En sólo una hora, los abogados expusieron sus conclusiones finales. El jueves 29 de junio, mientras Young aguardaba el veredicto, les comentó a los dos guardianes que si lo condenaban se cortaría el cuello. Cuando después de una hora y media de deliberaciones el jurado volvió con el veredicto, cuatro agentes escoltaban al asesino. El jurado declaró que le encontraban culpable de los asesinatos de Bob Egle y Biggs, del intento de asesinato de Bart y de David Tilson, y del envenenamiento de Ron Hewitt, Diana Smart, Peter Buck y Trevor Sparkes. El juez lo condenó a cadena perpetua y Graham Young no dijo nada. Sólo pidió ver a Winifred y a su tía Winnie, y les dijo: “Olvídense de mí. Siento haberles causado tantos problemas”.



Los supervivientes (click en la imagen para ampliar)


Tras la sentencia, el jurado añadió una cláusula adicional en la que pedía una revisión urgente de las leyes gubernamentales que regulaban la venta de venenos en Inglaterra. Una hora después de que el veredicto se hiciera público, el Ministro del Interior del gobierno conservador, Reginald Maudling, informó al Parlamento que se habían empezado a realizar investigaciones sobre el tratamiento y supervisión de los presos enfermos mentales. Young fue encarcelado en la prisión Wormwood Scrubs de Londres, pero más tarde fue trasladado a la cárcel de máxima seguridad de Parkhurst, en la isla de Wight, reservada a los criminales más peligrosos. En 1972, John Bell y Croyden en Londres y Freeman Grieve en St. Albans, los dos laboratorios donde Young había comprado los venenos después de salir de Broadmoor, fueron multados por no cumplir las leyes gubernamentales sobre la venta de venenos.



Ley sobre Venenos (click en la imagen para ampliar)


En enero de 1973, la investigación que sobre el caso de Graham Young realizó sir Carl Aarvold, concluía que éste fue puesto en libertad “de acuerdo con los formalismos vigentes en la época”. Pero recomendaba que en el futuro se impusieran controles más rígidos antes de dejar en libertad a un enfermo mental, y que se estableciera un tratamiento especial y un control de seguimiento para aquellos que eran puestos en libertad. El nuevo Ministro del Interior, Robert Carr, aprobó estas propuestas. Graham Young permaneció en la prisión de Parkhurst, y el 1 de agosto de 1990 el Ministro del Interior anunció que había muerto a los cuarenta y dos años de un ataque al corazón. Fue incinerado en la isla de Wight.



La prisión de Parkhurst, donde Graham Young estuvo recluido hasta su muerte




BIBLIOGRAFÍA:









FILMOGRAFÍA:

21 comentarios:

el mike dijo...

buen reportaje, no conocia a este asesino, pero como a todos, lo traiciono su ego y eso lo hizo convertirse en sospechoso
una correccion, cuando mencionas la investigacion de sir Carl Aarvold, en la fecha le pones 1913
saludos

Anonymous dijo...

A pesar de lá época en la que transcurre el artículo, me sorprende que haya sido tan fácil eludir a los médicos en un caso de envenenamiento.

Me pregunto cómo estaremos hoy en día con estas pruebas...

Mr butcher! dijo...

uf excelente valla muy bien detallado y coomo dice el micke su ego lo traiciono
gracias a que cometio el "crimen perfecto" claro si alguien hace algo "perfecto" a mi punto de vista necesitas que alguien te lo reconosca asi que ahi la cago

un saludo
siganasi!

Andaya dijo...

Como para que te invite a cenar. Vamos... ni agua.

hellraiser dijo...

como siempre una gran historia

Anonymous dijo...

de todos los asesinos..
este ah sido de los que mas me han gustado...
todo..
el envenenamiento, su obsesion, su diario, como veia a su familia, amigos, compañeros..los que le hecharon la mano!!
es..
impresionante...
bastante bueno el reportaje de esta semana...
:)
felicidades!!
deverdad..
un excelente reportaje...
bye..

†Susan Báthory† dijo...

ah si..el ultimo anonimo soy yo..
xD
jajaja

LëëLöö dijo...

Debo decirte que me encanta tu blog!!! Sobre todo porque además de información entendible tiene imágenes y tus fuentes
Muchas Felicidades!!
Lo seguiré visitando

Anonymous dijo...

MUY BIEN Y EL CASO DE GUMARO DE DIOS CUANDO LO PIENSAS SUBIR???

Anonymous dijo...

anonimo, no son enchiladas, el autor se toma su tiempo para elaborar algo bien hecho, si quieres algo rapido, teclealo en google y lee la 1er pagina q encuentres, ademas, recuerda que hay una lista de espera, aqui no lo pides y al otro dia lo suben

Confa dijo...

A mi igual me encantó. Es uno de los mejores que he leido. Esa manera en la que veía a la gente, como simples obejtos para hacer pruebas. Y en fecto, su asesinato fue perfecto, pero esa ganas de mostrarlo, lo hicieron regarla. Ni pedo, asío somos los serees humanos.

Sony dijo...

MIL FELICITACIONES POR ESTE SUPER BLOG. LO ENCONTRE CASUALMENTE HACE TRES DIAS Y YA NO LO DEJARE. TE FELICITO POR TOMARTE EL TIEMPO DE INVESTIGAR TANTO.
RECOMENDARE AMPLIAMENTE ESTE BLOG A MIS CONTACTOS QUIENES ESTAN ESTUDIANDO PSICOLOGIA.

julianny dijo...

muy buena historia,a la verdad que el tipo estaba loco de remate.y pensar que son gente que se ven tan normales
que nadie sospecharia al momento.que miedo!!!,

linda almanza dijo...

ASHHH K HISTORI MAS TRISTE !!!! POBRE GRAHAM ASHHH K MAL K TRISTEEE HAY NOOOO K MAL K NO LO ALCANCE A KONOCER !!!

Adriana Garrido dijo...

UORALESSSSSSSSSSSSSSS!!! no cabe duda que son SUPER INTELIGENTES aunque nosotros lo llamemos locos!!!

Creo que por seguir leyendo esto me ha entrado la PARANOIA!!! salgo de mi casa y no puedo dejar de ver a nadie sin pensar mal de esa persona!!! UHHH K MELLO....

Anonymous dijo...

como dicen locos! pero no son personas con un coco grueso lastima que lo usen de forma equivocada que no se haria coneste mundo para bien con personas asi

AX MURDER dijo...

ME PARECE K ES UNO DE LOS ASESINOS KON MAS INTELECTO DE LA HISTORIA. EN VERDAD K ERA MUY KUIDADOSO. AUN K SU LOCURA REVAZARA LOS LIMITES!ESPERO K ARDA EN EL AVERNO!!!!!!!!!

Anónimo dijo...

Mi más sincera enhorabuena a la persona que ha realizado el post, me ha encandilado, no he parado de leer hasta su fin.

Muy adecuadas las ilustraciones....

Ha faltado 1 gran trozo del diario en PDF ...JIJIJ
xoninfa@hotmail.com

XYZ dijo...

Hola. Probando.

Oliver Fuentes dijo...

excelente....
muy interesante...

Unknown dijo...

Es que era muy feo el muy hp, parecia una rata."es que lo era".