Richard Speck y la masacre de Chicago: "El Asesino de Enfermeras"



“Me gustan las chicas. Yo no le haría daño a una mujer”.
Richard Speck


Richard Franklin Speck nació el 6 de diciembre de 1941 en Kirkwood, Illinois (Estados Unidos). Fue el séptimo de ocho hermanos, tres varones y cinco mujeres, cuyo padre se llamaba Benjamín Franklin Speck y era alfarero. A finales de 1947 Benjamín murió, dejando a Mary Margaret Carbaugh, la madre, sola en el mundo. En 1950 se casó en segundas nupcias con un vendedor de seguros, Richard Lindbergh. Los dos hijos más jóvenes adoptaron el apellido. A los tres años de edad, Richard sufrió una neumonía y la enfermedad le cortó el flujo sanguíneo hacia el cerebro. A los cinco años, tuvo el primer accidente en la cabeza, cuando se golpeó con un martillo de carpintero mientras jugaba en la arena. A los diez años se cayó de un árbol y permaneció inconsciente durante noventa minutos. A los once, mientras corría, se dio un golpetazo en la cabeza con una barra de acero que sustentaba el toldo plegable de una tienda. A los catorce se volvió a caer de un árbol y tuvo un percance en la bicicleta. Ambos accidentes le dejaron inconsciente.



Al poco tiempo se trasladaron a Dallas, Texas. Pero el futuro marinero odiaba a su padrastro. Lindbergh bebía mucho y tenía frecuentes riñas con su mujer, que algunas veces terminaban a puñetazos. Finalmente, siendo Richard aún adolescente, el padrastro abandonó a la familia. Speck empezó a meterse en líos desde pequeño. Uno de sus profesores recordaría que “parecía como perdido y daba la impresión de que no se enteraba bien de lo que ocurría. Jamás lo vi sonreír. Nadie podía llegar hasta él. Era un solitario. Parecía estar siempre en la niebla, resentido y triste. No tenía amigos en la clase”. El chico llegó a ingresar en la Escuela Técnica Superior, pero tras el primer curso abandonó los estudios. Speck no poseía ningún título escolar; en cambio, sí que se había ganado a pulso un abundante historial policial y estaba destinado a pasar toda su vida desempeñando trabajos sin futuro. Se empleó de granjero, de basurero, de conductor de camiones y de carpintero. Bebía desde los doce años y poco después empezó a drogarse.



A todo ello hay que añadir las heridas sufridas en innumerables peleas. Sus jaquecas comenzaron un año después de que un policía le diera un fuerte golpe en la cabeza con una porra. Durante un intento frustrado de robo, le golpearon en el cráneo siete u ocho veces con una barra de hierro. Pero no todo el daño se debía a accidentes o heridas: sufrió una insolación durante su estancia en la granja prisión de Texas. Speck ya era un bebedor habitual a los quince años. El alcohol le ayudaba a soportar las jaquecas, pero también le producía un efecto alarmante: “Empecé a pensar que la gente me maltrataba sin ton ni son. Cuando estoy sobrio me aguanto. No me importa tanto. Pero si bebo no aguanto que se salgan con la suya”.



En 1962, teniendo veinte años, se casó con Shirley Annette Malone, de quince, y se cambió el apellido de Lindbergh a Speck. El 2 de julio de ese año, su joven esposa tuvo una hija, Robbie Lynn Speck. El padre estaba muy orgulloso de la pequeña y la trataba bien, pero decía que él no era su padre natural. No obstante, un año después del nacimiento, Speck estaba entre rejas. Speck sufría una hostilidad casi innata hacia las mujeres. En parte se debía a su madre, la mujer que había sustituido al padre que Richard quería con locura por un hombre al que no podía aguantar.



El resto de su animosidad hacia las mujeres se lo debía a su ex mujer, Shirley. Speck, por regla general, conseguía mantener controlada su misoginia. Pero quizá le resultara más difícil a él que a los demás, ya que durante un período de su vida había sufrido daños cerebrales debido a una sucesión de accidentes en la cabeza. Esas lesiones le podían haber tornado impulsivo y agresivo. Otros síntomas que favorecían este comportamiento violento eran sus frecuentes y agudos dolores de cabeza, la irritabilidad, su escasa tolerancia respecto a la bebida y las drogas.



Claude, un amigo de Speck


Sus problemas de inestabilidad emocional se acentuaban al beber y drogarse. El doctor Ziporyn, un psiquiatra, sintetizó su opinión con una frase rotunda: “El motor de Speck es como el de todos nosotros. Lo que le fallan son los frenos”. Lo que Richard necesitaba controlar urgentemente era su odio hacia las mujeres. Solía decir: “Me gustan las chicas. Yo no haría daño a una mujer”. Pero, de hecho, había herido y maltratado a varias después de atacar a su madre a los dieciocho años. La última vez, a principios de 1966, había asaltado a una prostituta de Dallas, y durante sus numerosos ataques de celos le había pegado a su esposa Shirley.



En Monmouth, un par de meses antes de que su furia estallara en Chicago, le había enseñado a uno de sus amigotes de copas la foto de Shirley a la vez que le comentaba: “Volveré a Texas para matarla... aunque sea lo último que haga en la vida”. Para Speck sólo había dos tipos de mujeres: la santa, la protectora, la que sólo deseaba lo mejor para él, como su madre, y “las chicas malas”, las que se valían de su atractivo para excitarle, para atraerle, para atraparle. Para Speck, Shirley era la reina de las rameras. Al doctor Ziporyn le contó lo siguiente: “Me solía decir que quería que la amara más que a mi madre. Y yo le dije: ‘¡Eso nunca ocurrirá!’ Entonces se volvía loca”.



Mapa de Chicago


El 14 de julio de 1966 se alcanzó la cifra récord de setenta y dos personas asesinadas en Chicago. Ocho de ellas murieron esa noche y este crimen traumó a toda la nación. Aquel verano la ciudad soportaba temperaturas superiores a los 90 grados Fahrenheit. Muchos habitantes buscaron refugio en los bares donde solían tomar copas habitualmente. Dentro, el aire acondicionado permitía soportar el calor de las calles. Para Richard Speck, pese a sus veinticuatro años, hacía mucho que la barra de un bar era su puerto preferido. Hiciera sol, lloviese o nevase. Vivía en Texas, aunque desde su reciente divorcio había estado dando tumbos de aquí para allá y cambiando de trabajo. Su mujer había decidido separarse de él a principios de 1966. Finalmente, había llegado hasta Chicago.



Al principio se quedó en la casa de su hermana, Martha Thornton, y se puso a buscar trabajo. No tardó mucho tiempo en convertirse en cliente asiduo de los tugurios más sucios de Chicago. Al entrar era fácil toparse con su cara de carrillos hundidos y pómulos salientes, con otro rasgo que le diferenciaba: las numerosas marcas de viruela. Ante sus húmedos ojos azules se adivinaba con frecuencia la nube provocada por la adicción a las drogas. Prefería los barbitúricos, aunque estaba dispuesto a probar lo que cayese en sus manos; unas manos grandes y abombadas que solían estar aferradas a un vaso de alcohol.



Cada vez pasaba menos tiempo con su hermana y prefería las pensiones de mala muerte de la zona de Skid Row. No obstante, todas las semanas se pasaba por las oficinas de contratación del Sindicato de Marineros para ver si había algún navío en el que embarcarse. Quería ir a Nueva Orleans, pero al enterarse el martes 12 de una vacante en un carguero de mineral que partía hacia Indiana no lo dudó, pagó la cuenta de la habitación y abandonó el hotel. Al llegar al muelle le comunicaron que se trataba de un equívoco: le habían dado el puesto a otro tipo. Speck regresó a Chicago. Le habían rechazado; no tenía ni una moneda para comer; no sabía dónde iba a pasar la noche. Dejó las maletas en una gasolinera y buscó un rincón para dormir en una casa a medio construir que habla en las cercanías.



Los muelles de Chicago


Al otro día le ofrecieron un puesto en un buque transoceánico que soltaba amarras el lunes siguiente, y lleno de alegría llamó a su hermanastro. Este le prestó 25 dólares para que fuera pasándola hasta el gran día. Cogió una habitación en el Shipyard Inn, un sórdido hotel del South Side de Chicago, y acto seguido se fue a jugar al billar. Tenía los dedos ágiles y ganó otro poco de dinero. Las cosas iban tomando otro cariz. Se tragó seis Redbirds (píldoras de barbitúricos) y se fue a dar un paseo por el lago Michigan. Desde que se había levantado no había parado de beber, tal como era su costumbre.



La mezcla de la borrachera y las píldoras le aletargó agradablemente. Hacia las 15:00 horas volvió al bar y empezó a charlar con tres tipos que dijeron ser marineros. Hacia las seis, los cuatro salieron del antro y se dirigieron a un lugar en el que Speck “jamás había estado antes”. Los marineros sacaron una botellita azul y se inyectaron un líquido de color claro. Speck no sabía lo que contenía la botella, ni le importaba. Se subió la manga y se metió un pinchazo sin pensarlo dos veces. Se recostó; el mundo empezó a difuminarse ante sus ojos.



El clima empezó a cambiar conforme avanzaba la tarde. Nubarrones de tormenta se arremolinaron sobre el Lago Michigan. La temperatura descendió algunos grados y la humedad aumentó. La pesada noche que se cernía sobre la ciudad se volvió más sofocante. La gente abría las ventanas de sus casas para aprovechar cualquier brisa que aliviase el pegajoso ambiente nocturno. Las ventanas de la residencia de dos pisos situada en la Calle 100, 2319 East, en el barrio de Jeffery Manor, también estaban abiertas de par en par. Era una de las seis casas del bloque edificado entre Luella Avenue y Crandon Avenue. Tres de ellas las ocupaban enfermeras en período de prácticas que realizaban cursos de perfeccionamiento en Chicago. Cada apartamento albergaba a ocho inquilinas. La mayoría eran estudiantes, pero también había tres enfermeras licenciadas de Filipinas que asistían a clases para posgraduados.



Corazón Amurao, una de las alumnas, acababa de meterse en la cama en la habitación del segundo piso que compartía con otra compañera, Merlita Gargullo. A las 23:00 horas escuchó cuatro golpecitos suaves en la puerta de su dormitorio. Pensó que era una de las chicas; se levantó, quitó el pestillo y abrió. Ante ella apareció un hombre de ojos agradables que la empujó y entró en la habitación. Se tambaleaba un poco y despedía una inconfundible peste a alcohol. En la mano llevaba una pistola. Le dijo: “No se preocupe, no voy a hacerle daño. Sólo necesito dinero para llegar a Nueva Orleans”. Reunió a las seis enfermeras que había en la casa en el dormitorio principal de la parte trasera. Les dijo que se sentaran en el suelo y apagó las luces. “¿Dónde tienen el dinero?”, preguntó. Una tras otra, las muchachas le entregaron el contenido de sus monederos. No era mucho: menos de cien dólares en total.



La última fotografía de las enfermeras


A las 23:30 horas llegó otra chica a la casa: Gloria Davy. El hombre se la encontró al entrar en el dormitorio y le quitó dos dólares. Insistía en que no quería hacer daño a nadie, pero cogió una sábana, la cortó en tiras con una navaja de bolsillo y maniató a todas las enfermeras. Además no daba muestras de querer irse. Se acuclilló al lado de las cautivas y empezó a charlar amigablemente con ellas. Entretanto, golpeaba el suelo con el cañón de la pistola y no paraba de mirar por la ventana de la habitación. Desató los tobillos de una de las muchachas, Pam Wilkening, y se la llevó fuera del dormitorio. Las demás escucharon un profundo suspiro. Después, el silencio.






Las víctimas


La última de las chicas que compartía el piso llegó hacia las 00:00 horas. Suzanne Farris venía acompañada por una amiga que también estudiaba enfermería, Mary Ann Jordan. Las dos entraron en el dormitorio principal. El hombre les siguió los pasos, las amenazó con la pistola y las hizo salir de nuevo. Las jovencitas atadas oyeron algunos ruidos, gritos apagados y el agua de un grifo del baño. Al cabo de veinte minutos, el hombre regresó para llevarse consigo a otra mujer. Le tocó a Nina Schmale. A estas alturas las chicas estaban aterrorizadas e intentaron ocultarse. Corazón Amurao rodó por el suelo hasta refugiarse bajo una cama. La vez siguiente, el extraño sujeto se llevó a Merlita Gargullo y a Valentina Pasión. Corazón escuchó suspirar y protestar a las chicas. Merlita exclamó en español: “¡Ay, me hace daño!” Acto seguido volvió a imponerse el pesado silencio en el cuarto. Corazón procuraba no moverse ni un milímetro. Patricia Matusek siguió la desconocida suerte de sus predecesoras. El hombre se inclinó sobre ella y la arrastró consigo. Patricia preguntó: “¿Por favor, podría desatarme antes los tobillos?”



Ya sólo quedaban Amurao y Gloria Davy. La joven filipina procuró esconderse todo lo más posible bajo la cama. Al cabo del intervalo habitual, unos veinticinco minutos, oyó los pasos del hombre acercándose a la puerta. Podía ver al sujeto desde su escondite. Le quitó los pantalones vaqueros a Gloria; se bajó la cremallera de los suyos y se recostó sobre ella. Corazón apartó la vista de la escena, pero el rítmico crujir de los muelles de la cama no ofrecía ninguna duda sobre lo que estaba pasando. De pronto, el intruso preguntó con desconcertante amabilidad: “¿Por favor, podrías poner tus piernas alrededor de mi espalda?” El rechinar de muelles se detuvo.



Amurao se atrevió a echar un vistazo fuera de su escondite: la habitación estaba vacía. Salió y se metió bajo la cama de Gloria. Ella estaba encima, inmóvil, tapada por las sábanas. Se quedó totalmente quieta, intentando captar el mínimo ruido. Pasaron unos 45 minutos. Entonces, el hombre volvió a entrar en el dormitorio. Encendió la luz. No quedaba nadie, aparentemente. Dio media vuelta y salió. Amurao seguía escondida, nerviosa, sin atreverse a hacer ningún movimiento, sin hacer el menor ruido, sin respirar. A las cinco de la mañana sonó un despertador en uno de los dormitorios. Las chicas solían incorporarse a sus turnos en el hospital a las 06:30 horas. Hacia las 06:00 se enfrentó a su miedo: salió de debajo de la cama, consiguió desatar las ligaduras y se encaminó por el pasillo a su dormitorio.



Allí encontró los cadáveres de Mary Ann y Suzanne Farris. Al Iado yacía Pamela Wilkening. Había sangre por todas partes. Temía descender a la planta baja. Quizás el asesino seguía en la casa. Rompió la ventana de la habitación y saltó a una comisa de sesenta centímetros de ancho que rodeaba todo el edificio, pero desde allí no podía alcanzar la acera; la cornisa estaba a tres metros del suelo. Se arrodilló. En sus manos agarraba con fuerza algunos trozos de cristal roto. Muerta de miedo, empezó a gritar: “¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme! ¡Todas están muertas! ¡Soy la única que quedó viva!”



El lugar del crimen


Una vecina, Betty Windmiller, se acercó para averiguar quién causaba el alboroto. Ella y un hombre que estaba paseando a su perro, Robert Hall, avisaron a la policía. El primer agente en llegar al lugar de los hechos fue Daniel Kelly que había estado patrullando la zona durante su turno. Descubrió que la puerta trasera estaba forzada y le faltaba uno de los paneles. Entró en la casa. En el salón se topó con el cuerpo desnudo de una muchacha; alrededor del cuello tenía un trozo de tela fuertemente anudado. Le dio la vuelta al cadáver y reconoció inmediatamente a Gloria Davy; Charlene, la hermana de Gloria, había sido su novia. Gloria estaba desnuda y atada con nudos marineros, con un paño alrededor del cuello y su cabeza colgando del sofá; en sus nalgas había rastros de semen. Halló otros nueve cuerpos en el primer piso. Patricia Matusek estaba en el baño, totalmente desnuda, metida en la tina. Le habían dado fuertes patadas en el estómago y después la habían estrangulado.



Los nudos marineros de Speck


Nina Schmale estaba en la habitación junto a las demás; había tanta sangre derramada que apenas se le reconocía. Su vestido estaba levantado hasta el pecho con las mismas ataduras y nudos marineros de iguales características. Pamela Wilkening, de 18 años, estaba amordazada y había sido apuñalada en corazón, cuello y pecho: su cuerpo yacía en medio de un reguero de sangre. Mary Ann tenía tres puñaladas en el pecho, cuello y ojos. Valentina Paison, de 24 años, se hallaba tumbada hacia abajo, con profundos cortes en su garganta y sobre ella, como si de una muñeca se tratase, se lanzó a Merlita Gargullo, apuñalada y también estrangulada. Todas presentaban heridas de cuchillo en el cuello. Gargullo y Schmale habían sido estranguladas, además de apuñaladas.



Esquema de los asesinatos (click en la imagen para ampliar)


Los agentes rescataron a la desesperada Corazón Amurao de la cornisa y la llevaron al Community Hospital del sur de Chicago, donde la sedaron y pudo contar a la policía todo lo sucedido. A las 08:30 horas disponían de un informe completo y detallado. Al equipo de expertos en huellas no le faltó trabajo en la casa de East Street, ya que había pruebas por todas partes. De las puertas, paredes y muebles se obtuvieron huellas dactilares de las palmas de las manos. Asimismo, hallaron una camiseta de hombre empapada en sudor en el cuarto de estar y otra revuelta con los pantalones vaqueros de Gloria. Los detectives no tardaron en averiguar que un hombre que encajaba con la descripción dada por Amurao había dejado sus maletas el martes por la noche en la gasolinera situada justo enfrente de la calle 2319. Le había contado al encargado que esperaba encontrar trabajo a bordo de un barco.



La policía retira los cadáveres


La oficina de la Unión Marítima Nacional (NMU) se encontraba a pocos metros de distancia, en el 2335 de la calle 100, y confirmaron que, efectivamente, un sujeto había ido durante los dos o tres días anteriores para solicitar un puesto en algún barco en dirección a Nueva Orleans. Los despachos no se limpiaban todos los días y en una papelera la policía encontró un formulario arrugado con un nombre: Richard Franklin Speck.



A las 11:00 horas, el inconsciente asesino se despertó en la cama del Shipyard Inn, vistiendo la camisa y los pantalones oscuros que se había puesto el día anterior. Se acercó al lavabo y se mojó la cara para despabilarse; entonces se fijó en que su mano derecha estaba manchada de sangre. Sin embargo, su ropa no tenía ninguna mancha. No conseguía recordar cómo había llegado esa sangre hasta allí; no podía recordar nada. Supuso que se debía a algún corte, pero aún quedaba otro detalle preocupante: tenía una pistola, pero no sabía cómo había llegado a sus manos. Se encogió de hombros, ya que la vida de un alcohólico está llena de pequeños misterios. Bajó al bar para comprar una botella de vino y en ese momento en la radio daban la noticia de los asesinatos. Speck señaló el aparato y comentó con el camarero: “Espero que cojan a ese hijo de puta”.



Las investigaciones


No obstante, la policía ingenió una trampa para el supuesto asesino. Solicitaron de la NMU que le ofreciese un trabajo a bordo de un buque ficticio con destino a Nueva Orleans. A las 15:10 horas, Speck telefoneó a la Unión para ver si había algún puesto libre y le dijeron que sí. Él contestó que se pasaría por las oficinas, pero esa tarde no apareció. La llamada fue localizada; provenía de una posada, el Shipyard Inn, que no estaba ni a un kilómetro de distancia. Cuando la policía se presentó en el hotel, el conserje les informó que el tal Speck acababa de salir después de hacer una llamada.



El dormitorio de las enfermeras, tras el ataque


Richard se pasó el día de taberna en taberna acompañado de su amigo Robert “Red” Gerald, y poco después, en el Ebb Tide, alguien le mencionó el caso de las enfermeras. Gerald recordaba la contestación de Speck: “Quien quiera que lo haya hecho tiene que ser un maníaco sexual”. Al atardecer se separaron y Richard dijo que iba a buscar algo de acción a la zona norte de la ciudad. En realidad, le preocupaba el inusual despliegue policial; todos los permisos habían sido revocados nada más cometerse los asesinatos. A Speck le quedaban un par de penas por cumplir en Dalias y no quería atraer las sospechas de los agentes por nada del mundo. Cogió un taxi y se dirigió a otra parte de la ciudad para quitarse de en medio. Ganó otro poco de dinero al billar, se ligó a una prostituta y tomó una habitación.



El edificio dormitorio por fuera


El Servicio de Guardacostas de Estados Unidos tenía una ficha de Richard Speck. Enviaron su fotografía al hospital y la policía la entremezcló con las de unos cien violadores. Corazón Amurao sufría un estado de shock. Los médicos que la atendían estaban muy preocupados, se mostraban inflexibles e impidieron que los detectives interrogaran a la enferma o le enseñaran las fotos.






Los titulares sobre el crimen


El viernes 15 de julio, a las 08:15 horas, el dueño de una fonda de North Side llamó a la policía para informar que una prostituta le había dicho que uno de sus clientes tenía una pistola. Los agentes encontraron al hombre aún en la cama y éste les dijo que se llamaba Richard Speck y dio la dirección de Martha Thornton. Insistió en que la pistola era de la prostituta. La policía confiscó el arma y por el momento, ahí quedó la cosa. El nombre del asesino de las enfermeras aún no había llegado a conocimiento de los agentes que vieron por primera vez al marinero.



Tras leer el parte de los patrulleros, los detectives se apresuraron para alcanzar a su hombre, pero les acompañó la mala suerte, ya que Speck había abandonado la fonda quince minutos antes. Entretanto, Corazón Amurao se había repuesto lo suficiente como para identificar a Speck en la fotografía del Servicio de Guardacostas. La policía comprobó los ficheros del FBI en Washington y confirmó que el historial criminal de Speck en Texas era bastante nutrido. A las 19:30 horas, Chicago disponía de una descripción completa del sospechoso, incluyendo sus tatuajes y sus huellas dactilares.



Retrato robot de Speck


Los expertos trabajaron hasta altas horas de la madrugada. A las 04:30 horas del 16 de julio se llegó a la conclusión de que tres de las huellas recogidas en el lugar de los hechos eran iguales a las del marinero. A las 14:40 horas, el inspector Orlando Wilson anunció públicamente la identidad del criminal: “El asesino de las ocho enfermeras del South Chicago Community Hospital, cometido el 14 de julio de 1966, responde al nombre de Richard Franklin Speck; varón, blanco, marinero, de veinticuatro años. Las huellas dactilares del asesino obtenidas en el lugar de los hechos concuerdan plenamente con las del sospechoso”. Este anuncio levantó una verdadera oleada de críticas, dado que sólo podía perjudicar el desarrollo del juicio. Pero la policía consideró que facilitaría la rápida detención del criminal. La opinión pública y la imaginación de la gente estaban invadidas por un terror cada vez más ciego. Había que resolver el caso cuanto antes.



El sepelio de las enfermeras


Speck estaba sentado en la barra de un bar, cuando oyó su nombre por la radio y se quedó atónito. No se había reconocido en el retrato robot que Otis Rathel, el dibujante de la policía, había confeccionado, ya que la piel era demasiado suave y lisa, y los contornos de la cara demasiado finos. Como era un fatalista por naturaleza, nunca pensó que la policía podía haberse equivocado. Se le ocurrió escapar, pero no sabía a dónde. No conocía ningún lugar seguro. Jugó con la idea de entregarse, pero esta posibilidad le aterrorizaba. Así que hizo lo de siempre: compró un poco de vino barato y se fue del local. Hacia la medianoche estaba tumbado en la cama de una mugrienta pensión, el Hotel Starr. La sangre fluía de su brazo izquierdo y su muñeca derecha. Se había cortado las venas con la botella de vino. Ya muy debilitado, levantaba la voz para hablar con quien quisiera oírle: “Vengan a verme aquí. Tienen que venir y verme. He hecho algo malo”. George Grigorich, un vagabundo, ocupaba la habitación contigua, pero le importaba un comino. “¡Déjame en paz!”, le gritó a Speck. “Sólo te quieres meter conmigo. Yo no confío en los tipos como tú”. El marinero siguió chillando y Grigorich siguió ignorándolo. Speck llegó a levantarse para golpear la puerta del vagabundo, pero alguien le vio allí, de pie, sangrando y pataleando, y avisó al conserje.



El Hotel Starr, refugio y escondite de Speck


Los policías que llegaron a la fonda no lo reconocieron. Se había inscrito con el nombre de B. Brian y éste es el nombre que dieron tras dejarle en la sección de urgencias del hospital de Cook County. En los hoteluchos de Skid Row los intentos de suicidio estaban a la orden del día. A las 12:30 horas lo examinó un médico de urgencias, LeRoy Smith, y la cara del paciente le resultó familiar. Bajo la sangre, en su brazo izquierdo, apreció lo que parecía un tatuaje. Limpió la sangre y apareció la frase “BORN TO RAISE HELL” (“Nacido para traer el Infierno”). El doctor se inclinó sobre él y le preguntó su nombre. El sujeto susurró: “Richard. Richard Speck". Smith avisó a la policía antes de coser las heridas del suicida y hacerle una transfusión. Cuando Speck salió del quirófano, los agentes le estaban esperando; le sujetaron a la camilla con barras y le metieron en una ambulancia con dirección al Hospital Penitenciario de Bridewell. La cacería por fin había terminado.



El médico que identificó y denunció a Speck


La policía no consiguió sacar nada de Speck durante los interrogatorios, ya que daba la misma respuesta a todas las preguntas: “Yo no sé más que usted sobre el tema”. No negaba el haber estado involucrado; simplemente no conseguía recordar nada desde el encuentro con los marineros hasta el momento en que se despertó en la habitación del hotel. Tampoco importaba mucho. La policía tenía pruebas suficientes. Corazón Amurao, vestida de enfermera, fue a ver al hospital al presunto asesino y lo reconoció.



El arresto de Speck


La primera aparición pública de Speck tuvo lugar con ocasión de la inculpación oficial el 1 de agosto. Las medidas de seguridad eran excepcionales, ya que la policía temía por su seguridad. Los ánimos estaban tan exaltados que quizás alguien intentase atentar contra su vida. El tribunal fue rodeado por un pequeño ejército de agentes y alguaciles. En la sala del juicio se llevó a cabo un registro para detectar posibles atentados y los periodistas fueron cacheados a conciencia. El acusado tenía un aspecto pálido y macilento. Aún no se había repuesto del todo de su intento de suicidio, que le dejó como secuela una inflamación del corazón. Al mismo tiempo, sufría los efectos típicos del síndrome de abstinencia, dado que le sometieron a un proceso para dejar el alcohol y las drogas.



Speck no tenía medios económicos para pagar su defensa y el tribunal nombró a Gerald Getty abogado de oficio. Este alegó la no culpabilidad de su defendido. El psiquiatra de la prisión, Marvin Ziporyn, averiguó si el acusado seguía albergando intenciones suicidas. Lo encontró deprimido y resignado a su suerte. Al preguntarle si había matado a las enfermeras, Richard respondió: “Todo el mundo dice que lo hice. Pues así debe ser. Si dicen que lo hice, es que lo hice”. Ni siquiera le aterrorizó la posibilidad de acabar en la silla eléctrica. “Si me asan, arderé”.



Richard Speck durante el juicio


Tras recuperar la salud por completo, Speck fue trasladado a un bloque de máxima seguridad de la cárcel, y el doctor Ziporyn fue obteniendo poco a poco resultados. Se convenció de que debía sufrir algún tipo de lesión cerebral. Había soportado durante muchos años esas terribles jaquecas, asociadas a una especie de neblina blanca que se le formaba ante los ojos.



Speck con sus abogados


El tribunal nombró un equipo de ocho psiquiatras independientes para evaluar la capacidad mental del acusado, pero a éste parecía importarle muy poco lo que pensasen los especialistas. El exasperado Ziporyn le preguntó por qué no les había dicho nada de los numerosos golpes recibidos en la cabeza o sobre su hábito de inyectarse droga, pero la contestación de Richard era invariable: “Ellos no me lo preguntaron”. Los psiquiatras concluyeron que Speck estaba capacitado para asistir al juicio. El psiquiatra de la prisión estaba de acuerdo, pero sospechaba que en el momento de producirse los hechos Richard sufría una demencia transitoria, ya que sólo necesitaba beber unas copas o drogarse para despertar su psicosis.



La clave que transformó a Speck en un asesino salió a la luz al mostrarle las fotografías de sus víctimas. En principio parecía estar viéndolas a todas por primera vez en su vida, hasta llegar a Gloria Davy. Esa foto le trastornó profundamente, la separó cuidadosamente con la mano y dijo: “¿Sabe? Es la viva imagen de Shirley”. Por lo tanto, quizá no fuera una coincidencia el haber seleccionado a Gloria para un tratamiento especial. Fue la única a quien desnudó, la única que llevó a la planta baja, la única que sufrió un brutal asalto sexual oral, vaginal y anal.



Speck era además enormemente vanidoso. Quedaba patente en su atención a los pequeños detalles y la limpieza exquisita de su celda. Insistía en cambiarse de ropa dos o tres veces al día y ponía especial cuidado al acicalarse. Se negaba a llevar las gafas en público, aunque sin ellas no veía más que bultos. El psiquiatra de la prisión, Marvin Ziporyn, llegó a la siguiente conclusión: si Speck estaba sobrio podía resultar una persona encantadora, cortés, agradable e ingeniosa. Con unas copas de más, los demonios de su cerebro se apoderaban de él y explotaba. Necesitaba acción, acción impulsiva. El 14 de julio de 1966 esas manías transformaron a un vulgar borracho en un salvaje asesino.



Speck se resistía a que le salvaran la vida. Se sugirió que podía haber quedado citado con una de las chicas (esto explicaría sus huellas en la casa), pero su respuesta fue categórica: “No”. Debido a la gran expectación suscitada por el proceso, se trasladó la vista a Peoria, una pequeña ciudad a unos doscientos kilómetros al suroeste de Chicago. A Speck no le agradó el cambio. Había transformado su celda de máxima seguridad en un lugar acogedor y a instancias del doctor Ziporyn se había puesto a pintar. Por primera vez en su vida encontró una actividad que sabía desempeñar razonablemente bien.



Una de las pinturas de Speck


La defensa interpuso no menos de treinta y cinco mociones prejudiciales, en su mayoría para excluir pruebas de la acusación. La pistola que la policía de North Side había confiscado al acusado era “una prueba inadmisible” y una navaja encontrada en el río Calumet era “otra prueba inadmisible”. El tribunal decidió asimismo procesar a Speck por los ocho crímenes en conjunto, contra la opinión de la acusación de enjuiciarlos por separado.



Pintura de Speck representando a su ex esposa Shirley


A la medianoche del 14 de febrero, Speck fue trasladado a Peoria en un convoy de coches civiles atestado de agentes armados. Le permitieron llevar consigo sus pinturas, una radio que el doctor Ziporyn le había regalado y un traje azul hecho a medida para asistir a las sesiones.



Dibujo realizado por Speck


El juicio comenzó el 20 de febrero con la selección del jurado. El acusado pasó el día como todos los demás del proceso, sentado ante la mesa de la defensa, como petrificado, con la mirada perdida, mascando chicle nerviosamente. Conforme pasaban los días, se relajó un poco, pero jamás miró al jurado. Tanto el abogado defensor Gerald Getty como el ayudante del fiscal que dirigió la acusación, William Martin, tuvieron mucho cuidado a la hora de seleccionar a los integrantes del jurado. Se interrogó exhaustivamente a cada candidato; la defensa no deseaba que se colase nadie con las ideas preconcebidas acerca de la culpabilidad de Richard, y el fiscal quería que ningún miembro se arredrase en el momento de recomendar la silla eléctrica. Bajo la ley de Illinois no se podía sentenciar a muerte a nadie si el jurado no lo recomendaba unánimemente. La selección se prolongó hasta finales de marzo; se interrogó a 610 personas antes de elegir a doce: siete hombres y cinco mujeres. Una vez admitidos, se inició el juicio propiamente dicho.



Los miembros del Jurado, escoltados por la policía


El fiscal la tuvo fácil: tenía una testigo ocular y las huellas dactilares, y ambas cosas parecían confirmar que Speck era el asesino y merecía ser sentenciado a muerte. La labor de Getty era más difícil. Había descartado la idea de la demencia dado que el acusado decía no haber cometido los asesinatos. Por otra parte, sabía que ningún jurado había mandado nunca a un asesino múltiple a una institución para desequilibrados mentales.



El fiscal Martín empezó con las pruebas circunstanciales: dos marineros identificaron a Speck como el hombre que se paseaba por los alrededores de la casa del crimen, y el propietario de la gasolinera recordó que le vio dejar allí sus maletas. Algunos clientes del Shipyard Inn declararon haberle visto en posesión de una navaja y una pistola pocas horas antes de los asesinatos. Al tercer día, el fiscal llamó a su testigo de excepción, Corazón Amurao, y le pidió que señalase al hombre que había visto en la casa. Sin decir una palabra, la muchacha se levantó, bajó del banquillo, atravesó la sala hasta la mesa de la defensa y levantó la mano a pocos centímetros de la mejilla del acusado, señalando a Speck. “Este es el hombre”, exclamó con voz firme. Richard la miró un instante y volvió a su estado catatónico.



Martín le pidió que relatase los hechos de la noche del crimen, cosa que la testigo hizo durante tres horas. Mientras Corazón describía las muertes, interrumpida por un par de desfallecimientos nerviosos, el fiscal dramatizaba los acontecimientos con la ayuda de un modelo a escala del apartamento de las enfermeras, al que la prensa bautizó como “La Casa de Muñecas”. Cada vez que la chica decía que una de sus amigas salía del dormitorio, Martín cogía una figurita de madera y la colocaba en la habitación donde apareció muerta. La defensa admitió más tarde que su testimonio resultó “devastador” para su cliente.






La Casa de Muñecas (click en la imagen para ampliar)


Getty interrogó a la testigo con amabilidad, tratando de hacer planear una sombra de duda sobre su identificación. Ella había declarado ante el juez que el hombre que entró en su dormitorio tenía la cara “marcada”. Pero la primera vez que describió el intruso a la policía no mencionó ninguna marca en la cara, y además añadió que llevaba el pelo cortado a cepillo. Otis Rathel, el dibujante de la policía, tampoco había añadido al retrato robot una piel picada de viruela ni pelo largo. Sin embargo, Speck tenía el pelo más bien largo y su cara presentaba signos de haber sufrido la enfermedad de niño. Corazón Amurao permaneció firme y mantuvo que le dijo a la policía lo de las marcas de viruela y jamás habló de un corte de pelo a cepillo. La deducción era evidente: dado que sólo hablaba inglés a medias y que se encontraba en estado de shock, era muy probable que la policía la hubiera comprendido mal. Se trataba de un malentendido fortuito.



El fiscal Martin


La defensa tuvo que conformarse con pequeñas victorias. Consiguió introducir cierto grado de confusión respecto a algunas pruebas, pero la testigo jamás vaciló en relación con la identificación del acusado. El cirujano que realizó la autopsia describió las heridas de las víctimas. A pesar de las insistentes protestas de la defensa, se hizo circular entre el jurado fotografías de las enfermeras muertas. Expertos en huellas confirmaron que tres de las tomadas en la casa casaban perfectamente con el índice derecho, el mayor derecho y el mayor izquierdo de Speck. Getty intentó demostrar que las huellas (él las llamaba “borrones”) no estaban lo suficientemente claras, pero los peritos fueron inflexibles.



La defensa no pudo hacer mucho en estas circunstancias. Speck no fue llamado a declarar. Getty, su letrado, no lo consideró necesario y el acusado no hubiera subido al banquillo aunque se lo hubiesen pedido. Tenía un profundo complejo y no quería hablar en público ante gente desconocida, ya que le producía verdadero terror convertirse en el centro de atención.



El juez Herbert Paschen


Su madre, su hermano y sus cuatro hermanas actuaron como testigos de la defensa describiendo su carácter, y el monstruo que había creado la acusación recibió de esta manera un aspecto más humano. El punto fuerte de la defensa consistía en una coartada. Richard, claro está, no tenía la más mínima idea de dónde había estado a la hora del crimen, pero su abogado presentó dos testigos: Murrill Farmer, el barman de la Kay's Pilot House del South Side de Chicago, y su mujer, Gerdena, que trabajaba de cocinera en el establecimiento. Ambos recordaban haber visto entrar al acusado en el bar hacia las 23:30 horas del 13 de julio. Salió una hora más tarde, justo cuando Corazón afirmaba que había empezado a matar.



La madre de Speck llega al Tribunal


También se acordaban de que vestía una camiseta de manga corta negra y los tatuajes quedaban a la vista. Bebió Bourbon con Coca Cola y a medianoche se comió una hamburguesa. Pudieron detallar tan exactamente la hora porque era cuando solía presentarse en el lugar un grupo de trabajadores que tenían el turno de noche. Al interrogarlos, el fiscal sugirió que se equivocaban. Pero no dio resultado, ambos testigos insistieron en la hora y la defensa centró su argumentación en lo ocurrido ese 13 de abril. Sin embargo, el testimonio de los Farmer no bastó para borrar la vívida e impactante impresión dejada por la identificación de la enfermera Amurao.



El hermano y el cuñado de Speck, durante el juicio


El jurado sólo necesitó 49 minutos para considerar a Speck culpable y recomendar la sentencia de muerte. El siguiente paso fue una vista para mitigar la pena. Gerald Getty sacó a relucir las pruebas psiquiátricas, pero el juez Paschen permaneció inconmovible, y el 6 de junio de 1967 fijó la fecha de la ejecución para el mes de septiembre. El abogado defensor, que nunca había perdido a uno de sus defendidos y jamás había encajado una condena a muerte, inmediatamente apeló para aplazar la ejecución. Pero no fueron sus habilidades de jurista las que salvaron la vida de su cliente; fue la moratoria para todas las ejecuciones dictada por el Tribunal Supremo de Estados Unidos que duró de 1966 hasta 1976.



El 22 de noviembre de 1972, el tribunal condenó a Richard Speck a cuatro penas consecutivas de entre 50 y 150 años de cárcel. El total de la sentencia, de 400 a 1,200 años, fue la más larga jamás dictada en Estados Unidos hasta aquel momento.



El psiquiatra Marvin Ziporyn escribió, junto con el periodista Jack Altman, el único relato completo del caso Speck: Nacido para traer el infierno. Gerald Getty también lo mencionó en su autobiografía, Abogado de oficio. Speck admiraba a ambos hombres y les estaba muy agradecido por todas las molestias que se habían tomado.



A pesar de su larga condena, Speck fue incluido entre los presos con derecho a salir en libertad bajo palabra en 1976. Richard dijo entonces, y de nuevo en 1981, que no estaba interesado en esa posibilidad. Siguió pasando el tiempo pintando en la penitenciaría de Stateville. No obstante, en 1987 cambió de idea acerca de la libertad. Los familiares afectados formaron una asociación para impedir su liberación.



Speck fue remitido a la prisión de Stateville en Crest Hill, Illinois. Se le dio el apodo de "Birdman", después de la película Birdman de Alcatraz, porque mantuvo como mascotas a un par de gorriones que habían volado hasta entrar en su celda. Fue descrito como un solitario que mantenía una colección de estampillas postales, escuchaba música y trabajaba dentro de la prisión.



Caricatura de Richard Speck como el Señor Spock


En la cárcel, Speck volvió a consumir drogas y a protagonizar algunos episodios de violencia. Recibió en prisión cientos de cartas de mujeres que le deseaban como amante (quizás por el mito acerca de su potencia sexual, que le había permitido violar supuestamente a las ocho enfermeras muertas), pero él decidió empezar a tomar hormonas. Se volvió homosexual y tuvo como pareja a un negro. Además se pavoneaba de gusto por ser el autor de la masacre de Chicago.



Speck con su amante negro en la cárcel


Poco antes de morir, Speck le dijo a su hermana: “Puedes decirle a tus hijos que Richard Speck no era su tío”. Speck murió de un ataque al corazón a las 06:05 horas del 5 de diciembre de 1991, un día antes de su cumpleaños número cincuenta, en el Hospital de la Cruz de Plata en Joliet. Lo llevaron allí después de quejarse de dolores en el pecho y náuseas. Como nadie reclamó su cuerpo, el cadáver de Speck fue quemado por los oficiales de la prisión. Su hermana decidió no enterrarlo ella. Tenía miedo de que la gente profanara la tumba en caso de que se enteraran dónde yacía. Todos los testigos juraron mantener la ubicación de la tumba en secreto.



Después de la muerte de Speck, el doctor E. Leestma, una neuropatólogo del Instituto de Neurocirugía de Chicago, realizó un análisis del cerebro del Speck. Leestma encontró aparentes anomalías. Dos zonas del cerebro (el hipocampo, que controla la memoria, y la amígdala, que se ocupa de la ira y otras emociones fuertes) se habían invadido entre sí. Sin embargo, su estudio no fue concluyente. Portador del cromosoma XYY –mal llamado por muchos “Cromosoma del crimen”-, algunos atribuyeron al cariotipo 47 el gusto de Speck por la violencia y el crimen.



En mayo de 1996, el reportero de televisión Bill Kurtis recibió anónimamente un paquete con cintas de vídeo realizadas en la prisión de Stateville en 1988. Las mostró públicamente por primera vez ante la sorprendida y profundamente enojada Legislatura Estatal de Illinois. Contenían escenas explícitas de sexo, drogas y manejo de dinero sucio en torno al traslado de los prisioneros.



En el centro del documental estaba Speck, esnifando cocaína ante la cámara, participando en prácticas de sexo oral con otro interno y fanfarroneando de su cuerpo. Afirmó que le encantaba ser penetrado por otros hombres y presumía de lo mucho que disfrutaba estar en prisión: “Si supiesen cuánto me divierto aquí… me soltarían”. A continuación, se desnudaba, dejando ver unos pechos caídos producto de un tratamiento hormonal y unas bragas de seda azul para, acto seguido, practicarle una felación a su amante. Detrás de la cámara, un preso le preguntó por qué mató a las enfermeras. Speck se encogió de hombros y en broma respondió: "Simplemente, no era su noche". Le preguntaron cómo se sintió en los años transcurridos desde entonces; él respondió: "Igual que siempre me sentí. No tenía sentimientos. Si me estás preguntando si me sentía triste, no". También describió en detalle la experiencia de estrangular a alguien: "No es como en la televisión. Se tarda uno más de tres minutos y necesitas tener mucha fuerza". John Schmale, el hermano de una de las enfermeras muertas, declaró: "Fue una experiencia muy dolorosa verlo alardear acerca de cómo mató a mi hermana”. Las cintas fueron difundidas públicamente en el canal de televisión A&E y se utilizaron para argumentar a favor de la pena de muerte.



Escena de CSI


El crimen de Speck inspiró documentales, pinturas, canciones, caricaturas y las películas Diez a la medianoche (protagonizada por Charles Bronson) y Richard Speck: la masacre de Chicago, así como un episodio de la serie de televisión CSI.



VIDEOGRAFÍA:

Richard Speck en Crímenes del siglo XX
video


Video de Speck en la cárcel (en inglés)
video


Richard Speck: la masacre de Chicago (trailer)
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BIBLIOGRAFÍA:








FILMOGRAFÍA:


22 comentarios:

Anonymous dijo...

Como siempre, muy buen atículo

Anonymous dijo...

Muy bueno, increíblemente documentado. Y da escalofríos comprobar cómo los golpes que Speck recibió en la cabeza, junto a su entorno familiar, pudieron haberle convertido en ese "motor sin frenos ni sentimientos".

Ressler se entrevistó con él, y lo consideró una persona de escasa inteligencia, incapaz de reflexionar y de dar una explicación sobre los motivos de sus crímenes.

Al hilo del artículo, me surgen dos preguntas:

-Me parece haber leído que Speck fue a aquel centro de enfermeras porque era allí donde vivía una antigua amiga con la que se encontró en las calles de Chicago unos días antes. ¿Puede ser?

-¿Por qué decís que el cromosoma XYY es mal llamado el cromosoma del crimen?

Un saludo y felicidades

el mike dijo...

y me quede dormido anoche esperando la actualizacion :(
muy bueno el articulo, solo me queda una duda, yo lei en otra pagina, que la enfermera desde el principio dijo que el asesino tenia tatuada la frase, y que fue uno de los puntos por los cuales se le identifico, pero no se si sea cierto.
por cierto, charles bronson rules!

cekator dijo...

Muy buen artículo.
No se si atendés pedidos, pero hay un tema que me interesa particularmente y es el de los niños asesinos, espero que tomes en cuenta mi pedido.



Salud y Libertad!!!!!!

Anonymous dijo...

lo del cromosoma XYY , es como la tonteria de la curvatura craneal creada de esterotipos de asesinos. Sencillamente el hombre/humanidad nace bueno y la sociedad lo daña, impidiendole su libre desarrollo de la personalidad con los constante abusos fisicos, psicologicos o sexuales.
Muy buena la pagina, ya habia visto en Infinito y A&E algunos de los casos, pero estA pagina muestra mas el porque un ser humano llego a convertirse en una bestia irracional

Escrito con Sangre dijo...

Gracias a todos por sus comentarios. Respondo algunos puntos en concreto:

1. Lo de que Speck conocía a una enfermera desde días antes, se utilizó en algunas versiones extraoficiales y su usó en la película "La masacre de Chicago", aunque ninguna fuente seria que yo conozca lo menciona. Es más un recurso argumental cinematográfico. El mismo punto se da acerca de los tatuajes: hay versiones sobre la identificación de los mismos por parte de la única superviviente, pero las fuentes serias no mencionan el hecho. Recordemos que Corazón Amurao nunca estuvo tan cerca de Speck como para verle esas marcas.

2. El cromosoma XYY era conocido como "El cromosoma del crimen" a causa de una hipótesis acerca de que causaba conductas delictivas en aquellos que lo poseían. Es el mismo caso de la frenología, que pretendía que la forma del cráneo determinaba la conducta.

3. Hemos publicado varios post sobre niños asesinos: en la columna de la derecha de la página puede accederse a ellos. Los que han aparecido son: Jesse Pomeroy "El Sádico Bribón"; Natsumi Tsuji "Nevada Tan"; Jon Venables y Robert Thompson "Los Niños Asesinos de Liverpool"; Cayetano Santos Godino "El Petiso Orejudo"; y la adolescente Brenda Ann Spencer, a quien no le gustaban los lunes. Por supuesto, hay otros en preparación.

el mike dijo...

bueno, otra peticion jaja
algo de los asesinos nacionales, mexico tambien ha dado casos interesantes (ya tienes unos) pero me gustaria ver otros, en especial el de la mata viejitas, mas que nada, para analizar si realmente encaja en el perfil de asesino serial
saludos

Escrito con Sangre dijo...

Estimado Mike:

Gracias por tus comentarios.

La biografía de Juana Barraza Samperio "La Mataviejitas" se encuentra en preparación; aparecerá en este blog durante 2009. Hay otros asesinos mexicanos que también se incluirán en fechas próximas. Ya los irás leyendo.

*ஐღ Mì†a ღஐ* dijo...

wow, de verdad que fue interesante leer sobre este tipo, pero también fue muy indignante, tan solo de pensar que en la cárcel se la pasaba como unas vacaciones interminables, que de "readaptación social" no tiene nada y que nisiquiera se arrepiente me causó enojo sincero.

Saludos enormes!
Me encanta venir a este sangriento espacio jaja

Arrivederci

lupita gonzalez dijo...

Hola buenas tardes.

Antes que nada quiero felicitarlos por la excelente paguina que tienen, me gusta mucho leerla y las historias parecen sacadas de peliculas.

Bueno, les escribo porque me gustaría sabes la paguina de donde bajan todas las fotos de cada historia, he tratado de entrar a la paguina de mondomorbo, pero para nada sale ninguna foto.

De antemano muchas gracias por su tiempo.

Escrito con Sangre dijo...

Las historias que aquí lees son todas reales. Muchas de ellas han dado origen a películas.

El material fotográfico, videográfico y documental procede de fuentes muy diversas; sería prolijo enlistarlas todas, pero incluyen libros, revistas, expedientes, colecciones privadas, fondos documentales de organizaciones, algunas páginas de Internet, medios de comunicación masiva, etc.

Respecto a Mondo Morbo, ya no existe como tal. La página se convirtió en otra cosa.

Gracias por tus comentarios y no dejes de leernos.

Adriana Garrido dijo...

de nuevo muchas felicidades por tu artículo..

En mi opinion acerca de éste hombre creo que la mejor recompensa que pudimos haber tenido fue el que no lo mataran, NADIE ABSOLUTAMENTE NADIE TIENE DERECHO A QUITAR LA VIDA A NADIE! cómo lo he mencionado ya en ocasiones anteriiores, el mejor castigo que esta gente puede recibir es hacerlos sufrir, yo creo que uno de los mas grandes castigos del ser humano es perder la LIBERTAD la misma a la que ellos privaron a sus victimas.

Claro por algo yo no soy directora ni celadora de cárceles porque definitivamente yo ya a los violadores le hubiera cortado el pene ya los asesinos que no violaron las manos sin sedarlos ni nada asi... en vivo y dejar que ellos se curen solos si es que se curan.

Alguna vez platicando con un celador me dijo que muchos de los que estaban en la cárcel pagaban tooooooodo lo que hacian fuera de la misma.

Insisto .. los padres tienen muchisima culpa!!! kmo es posible que los mismos policias que estan para protegernos lo golpeen de esa manera!!!

Pero esto de la seguridad nos lleva a muchas otras cosas..

saludos y de nuevo permiteme felicitarte por el GRAN ESFUERZO Y MARAVILLOSO TRABAJO QUE HACES ESCRITO CON SANGRE!!!

Anonymous dijo...

Muy buen articulo, y referente del ultimo comentario es curioso que exista gente que esta en contra de la pena de muerte y sea tan sádica. No tenemos derecho a quitar una vida, pero si a mutilar y torturar al parecer... De locos. C'est la Vie

Anonymous dijo...

excelente pagina e visto muchas paginas de asesinos seriales pero esta es la mas completa.
Saludos.

loto0104 dijo...

NO PUES ESTE WEY KON RAZON ESTABA LOKO,SI PASO TODA SU NIÑES PARTIENDOC LA PINCHE CABEZA.K WEY TAN PENDEJO M KAE,K KULEY DEVIO SER ESTAR VIVIENDO AUSENTE DE TODA REALIDAD,TENER LA CABEZA KON LA LUZ APAGADA.Y SI NO ERA SUFICIENTE,TODAVIA GAY".ENSERIO POBRE WEY.CHIDO ESCRITO

Anonymous dijo...

JA JA JA que bueno el video del viejo en la cárcel!! mientras leía la nota pensé en buscarlo y cuando me lo enctonré al final dije: este blog es BUENO BUENO!!
Qué Morbo ese viejo con tetas! jajaja que bizarrada! me encanta este blog es de mis favoritos!.

Saludos desde argentina

Escrito con Sangre dijo...

¡Gracias, saludos sangrientos!

Anónimo dijo...

Nuevamente, felicitaciones por tu trabajo. En verdad, muy interesante.
Te hago una pequeña acotación: el caso de Richard Speck ha inspirado al menos un documental: "Richard Speck: Born To Raise Hell" (1999) de Rory O'Connor y Jordan Silver, y también cinco películas de ficción:

1) "Violated Angels" (1967) de Koji Wakamatsu.
http://www.imdb.com/title/tt0062069


2) "Naked Massacre" o "Born For Hell" (1976) de Denis Héroux.
http://www.imdb.com/title/tt0211971


3) "10 To Midnight" de J. Lee Thompson.
http://www.imdb.com/title/tt0085121


4) "Speck" (2002) de Keith Walley.
http://www.imdb.com/title/tt0321505


5) "Chicago Massacre: Richard Speck" (2007) de Michael Feifer.
http://www.imdb.com/title/tt0995033


Saludos cordiales,

Marcos Obregón.

Anónimo dijo...

Por lo que he entendido del video de la carcel dicen que se hizo lo de las tetas y lo de convertirse en puta de prisión como un modo de autocastigarse por el modo en el que trató a esas mujeres aunque por orgullo no quisiera reconocerlo. Muchos de esos animales cuando hay una cámara por en medio se crecen aunque en el fondo lamenten su suerte (los violadores son sometidos sistemáticamente a ese tratamiento lo quieran o no).

Anónimo dijo...

Que me encantò la manera en la que redactaste y describiste el artìculo, Excelente!! Nunca habìa leìdo sobre èl, pero me causa tristeza tal vez, por la manera en la que viviò su infancia y todo lo que le llevò a cometer tan atroces crìmenes sin ni siquiera acordarse...
La manera en la que terminò siendo para mì, o mis gustos extraños, un hombre no feo, en fin... Gracias por darnos a conocer la vida de este "pobre diablo" :)

Mica dijo...

¡Me ha encantado el artículo!
Muy completo y sin dejar cabos sueltos, pero, ¿era necesario remarcar lo de "negro" en cuanto al amante de Richard Speck?
Es decir, era su amante, sin más. A mi entender, creo que no es necesario matizar en cuanto a la etnia de las personas en caso de que el contexto lo sugiera, pero creo que en este caso lo relevante sería el hecho de que se convirtió en homosexual (cosa que me dejó realmente perpleja) y no el color de piel de su pareja.
En todo caso, ha sido muy placentero leer este artículo.
Un saludo!

theseo dijo...

Me interesó leer este blog por que estoy leyendo el libro del recientemente desaparecido periodista independiente David McGowan 'Programado para asesinar'. La tesis de McGowan es que la mayoría de los así llamados 'asesinos en serie', simplemente son 'patsys' utilizados por otras fuerzas superiores para encubrir a los verdaderos asesinos y perpetradores sexuales. McGowan dedica un capitulo entero al caso "Richard Speck" y algunas conclusiones concuerdan con las de este blog, en parte al menos.
Como es posible que un hombre, por mas fuerte que haya sido, pudiese reducir a 9 mujeres, luego maniatarlas una por una con una navaja y una pistola en su poder. Todo esto después de haber estado con 'cuatro místicos marinero' que le inyectaron una droga. Ciertos testigos afirmaron que lo vieron bebiendo en un bar a la misma hora de los asesinatos. La única sobreviviente le abrió la puerta pero se las ingenió para esconderse, algo que resulta por demás inverosímil. Por último, pesa mucho su amnesia total de los hechos.