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Bruno Hauptmann: el caso del Secuestro Lindbergh



"Hombrecitos, pedacitos de madera, pedacitos de papel..."
Bruno Hauptmann


Bruno Richard Hauptmann nació en Kamenz, Alemania, en 1899. De joven, luchó en la Primera Guerra Mundial. En 1918 regresó a su pueblo, sólo para encontrar que su país estaba sumido en la miseria. Por ello, y a consecuencia de la crisis que se abatió sobre la nación germana tras la firma del Tratado de Versalles, Hauptmann cometió algunos delitos: robó la casa de un respetable ciudadano de su pueblo, y después asaltó a dos mujeres, que llevaban sus raciones de alimentos en cochecitos de niño. Lo detuvieron y condenaron a cuatro años de prisión.



Salió en 1923, sólo para delinquir otra vez. A los dos días se escapó de la cárcel y dejó su uniforme de prisionero con una nota que decía: "Que sean ustedes muy felices, señores de la policía".



Tras intentarlo fallidamente en dos ocasiones, finalmente Hauptmann logró viajar con un pasaporte robado a bordo del vapor "George Washington", con rumbo a Nueva York. Era noviembre de 1923, y su llegada a Estados Unidos no fue idílica. Trabajó primero como lavaplatos y después como carpintero, prosperando poco a poco. En 1924 conoció a Ana Schoeffler, inmigrante como él, con quien se casó poco después y con la que tendría un hijo.



Bruno Hauptmann con su esposa, Ana Schoeffler


Se mudaron al Bronx y allí vivieron desahogadamente, hasta que Hauptmann perdió su empleo y comenzó a endeudarse.



Hauptmann con su hijo


Pero en 1931 concibió un plan para obtener dinero. Durante un año, se dedicó a vigilar al Coronel Charles August Lindbergh, el célebre aviador.



Charles Lindbergh en traje de aviador



Lindbergh era famoso en todo el mundo a causa de haber protagonizado, en 1927, el primer vuelo trasatlántico a bordo de un avioncito, el "Espíritu de San Luis".



Lindbergh era además un reconocido inventor que vivía con su esposa Anne Morrow, una rica heredera estadounidense, quien estaba embarazada por segunda ocasión. Ambos tenían un bebé, y pasaban los fines de semana en su casa de Hopewell, en Nueva Jersey.



Charles Lindbergh y su esposa, Anne Morrow


La noche del martes 1 de marzo de 1932, hacia las 20:30 horas, Hauptmann utilizó una escalera construida por él mismo para trepar a la ventana del segundo piso donde dormía en su cuna Charles Lindbergh hijo, de un año y ocho meses.



El hijo de Lindbergh



Hauptmann dejó una nota sobre el radiador pidiendo $50.000 dólares de rescate; estaba firmada con dos círculos azules que formaban uno rojo y eran traspasados por tres puntos en las intersecciones. Luego salió con el niño en brazos.






La nota de rescate


Pero al bajar por la escalera, el peso de ambos rompió un peldaño y Hauptmann perdió el equilibrio por un momento. El bebé se golpeó fuertemente la cabeza y se desnucó. Hauptmann quitó la escalera y la tiró cerca de allí. Luego se fue en su auto y enterró al niño en un bosquecillo cercano. Regresó a su casa en el Bronx. El secuestro se descubrió hasta las 22:00 horas; Charles Lindbergh llamó a la policía.



La escalera


Comenzó entonces la respuesta de los medios de comunicación. El New York Times dedicó sus encabezados al secuestro, y cientos de curiosos se dirigieron a la casa del matrimonio.



Los titulares sobre el secuestro


Poco a poco, las negociaciones con el secuestrador se fueron enrareciendo. Un anciano médico llamado John F. Condon, que admiraba a Lindbergh, se ofreció para ser intermediario, y Hauptmann comenzó a entablar contacto con él a través de anuncios clasificados en los periódicos. Fue el doctor Condon, quien usaba el pseudónimo de "Jafsie", quien le hizo llegar a Hauptmann una caja con el dinero del rescate, durante una extraña cita nocturna el 12 de marzo, en el Cementerio Woodlawn. El número de serie de los billetes había sido registrado por la policía con el fin de rastrearlos. Tras cobrar rescate por un niño muerto Hauptmann desapareció, y no volvió a tener contacto con Lindbergh ni con "Jafsie".



El médico John F. Condon


Luego, el caso se enrareció. El célebre gangster Al Capone, encarcelado por evasión de impuestos, ofreció diez mil dólares de recompensa por datos sobre el niño y ofreció localizarlo gracias a su red de informantes, si lo dejaban en libertad. Surgieron varios personajes que afirmaban tener contacto con los secuestradores, lo que hizo a los investigadores seguir muchas pistas falsas. Todos querían notoriedad a costa del caso.



Cartel ofreciendo recompensa por el niño


Lindbergh veía transcurrir las semanas sin tener noticias de su hijo. Un hombre llamado John Hughes Curtis, amigo de Lindbergh, buscando fama lo mantuvo engañado inventando que él veía a los secuestradores. Al ser descubierto, Curtis confesó: "Yo inventé la fábula completa". Fue encarcelado.



El 12 de mayo la búsqueda terminó. Un camionero negro llamado William Allen se bajó a orinar en el bosque a orillas de la carretera, en Southland, y se encontró con el cadáver putrefacto del pequeño, semienterrado.



El cadáver del hijo de Lindbergh


Los policías tendieron un cerco alrededor del sitio, que en pocas horas se vio inundado de curiosos y vendedores de escaleritas de madera. Al otro día, en una funeraria de Trenton rodeada por docenas de periodistas, Lindbergh reconocía el cuerpo de su hijo. Menos de veinticuatro horas después, el cadáver del niño fue incinerado.



El sitio del hallazgo del cadáver


La policía intensificó la búsqueda del asesino, pero fue inútil. El 22 de junio se promulgó la Ley Lindbergh, que convertía el secuestro en delito federal. En agosto nació Jon, el segundo hijo del matrimonio, quienes donaron su casa en Hopewell para construir un orfanato. Pasarían dos años en los que, poco a poco, la policía iría estrechando el cerco, gracias sobre todo al constante flujo de billetes marcados, que iban siendo detectados en la zona del Bronx.



La casa de Hauptmann en el Bronx


Finalmente, gracias a un billete pagado en una gasolinera, el 19 de septiembre de 1934, a las nueve de la mañana, la policía detuvo a Bruno Hauptmann a bordo de su automóvil. Interrogado, Hauptmann siempre negó su culpabilidad. Pese a que la policía encontró en su garaje el dinero del rescate, así como las tablas originales utilizadas para hacer la escalera, él siempre afirmó que el dinero se lo había dado a guardar un amigo suyo llamado Isidoro Fisch, quien había muerto en Leipzig seis meses antes.






El dinero del rescate


Hauptmann fue arrestado el 21 de septiembre de 1934 y acusado de homicidio en primer grado.



Bruno Hauptmann bajo arresto




El 19 de octubre de 1934 comenzó en Flemington, Nueva Jersey, el llamado "Juicio del Siglo". El joven fiscal David Wilentz hizo un espectacular trabajo y consiguió inculpar a Hauptmann, pese a la magistral defensa que Edward Reilly, uno de los criminalistas más respetados de Nueva York, llevó a cabo. Reilly intentó desviar la responsabilidad hacia la niñera del bebé, Betty Gow, y hacia el sospechoso doctor Condon alias "Jafsie", pero no lo consiguió. El proceso duró solamente 32 días y captó la atención mundial. Entre los que testificaron estuvieron Charles Lindbergh, su esposa Anne Morrow, el doctor John F. Condon "Jafsie" y el mismo Hauptmann. Condon identificó al alemán como el hombre al que había entregado el rescate, y esto terminó por hundir a Hauptmann. El 13 de febrero de 1935, tras una serie de dimes y diretes legales, finalmente el Jurado se pronunció.



Diez mil personas esperaban afuera del Palacio de Justicia de Flemington, pidiendo a gritos la cabeza de Hauptmann. Permanecieron allí hasta muy entrada la noche para escuchar el veredicto.



A las 22:35 se leyó la sentencia: Hauptmann fue hallado culpable de secuestro y asesinato en primer grado, pese a que el deceso del niño había sido accidental. Lo condenaron a muerte. Hauptmann lloró esa noche en su celda mientras repetía que era inocente.



Hauptmann tras el veredicto


El 27 de febrero, Anna Hauptmann, su esposa, fue al Teatro de Yorkville, en la comunidad alemana, para hablar ante 2,500 personas y pedir donativos con el fin de pagar los gastos de apelación. Recaudó más de 2.000 dólares. Habló además en Nueva Jersey y en el Bronx. Pese a todo, en junio de 1935 la Corte de Apelaciones de Nueva Jersey rechazó la petición. Los abogados de Hauptmann apelaron entonces a la Corte Suprema, que el 9 de diciembre rechazó la solicitud.



Ana Schoeffler, esposa de Hauptmann, tras la condena a muerte de su marido


Comenzaron entonces a recibirse cientos de cartas repletas de amenazas de muerte contra el pequeño Jon Lindbergh. Finalmente, el 21 de diciembre, Charles Lindbergh y su esposa partieron a Inglaterra con su pequeño hijo. Se quedarían en Liverpool, exiliados voluntariamente, durante varios años.



La partida de los Lindbergh



Jon Lindbergh


El viernes 3 de abril de 1936, a las 20:35, Bruno Hauptmann fue conducido a la cámara de ejecuciones. Cincuenta personas asistieron al evento.



Hauptmann antes de su ejecución


Los guardias le colocaron una capucha, lo amarraron a la silla eléctrica y después lo ejecutaron. Dos mil voltios terminaron con su vida y dejaron su cadáver totalmente rígido. A las 20:47 fue declarado muerto. Los periódicos de todo el mundo dieron la noticia.



La silla eléctrica donde se ejecutó a Hauptmann


Con los años, muchos dudaron de su culpabilidad. Afirmaban que el profundo antisemitismo de Lindbergh, que se manifestaría años después al apoyar el nazismo en Estados Unidos, había influido en su deseo de que Hauptmann, un alemán de ascendencia judía, fuera ejecutado.



El cadáver de Hauptmann es trasladado


Sin embargo, en la memoria pública siempre persistió la certeza de que Bruno Hauptmann había sido el verdadero autor del secuestro infantil más famoso de la historia. Medio siglo después, la viuda de Hauptmann pidió a Bill Bass, célebre antropólogo forense, que examinara unos huesecillos que habían sido hallados en el sityio donde se encontró el cadáver del niño; pretendía probar que su esposo había sido inocente. En su libro La granja de cadáveres, el científico relata la experiencia: “Una docena de huesos minúsculos que me cabían en la palma de la mano: eso era prácticamente lo único que quedaba, además de recortes amarillentos de prensa, imágenes viejas de noticiarios y recuerdos dolorosos, de lo que se llamó el ‘Juicio del Siglo’. Aunque ésta sea una etiqueta muy empleada, en este caso es posible que sea cierta (…) Medio siglo antes del escándalo de O.J. Simpson, Estados Unidos permaneció en vilo por una investigación criminal que fue noticia en todo el mundo. Me tocó a mí decidir si se había hecho justicia o si se había ejecutado injustamente a un hombre inocente. El caso fue el secuestro y asesinato de un niño llamado Charles Lindbergh hijo, conocido por todos como ‘el bebé Lindbergh’ (…) Cuando el heredero y tocayo de Charles Lindbergh fue secuestrado, se desató una conmoción mediática: el caso atrajo a más periodistas que la Primera Guerra Mundial. Las notas de rescate, que primero exigían cincuenta mil dólares y después subieron a setenta mil, encabezaron las primeras planas y los noticiarios; también las declaraciones, procedentes de todo el país, de que el bebé de los Lindbergh había aparecido sano y salvo. Pero todas esas declaraciones, así como toda esperanza, se desvanecieron dos meses después del secuestro, cuando apareció el cadáver de un niño pequeño a pocos kilómetros de la mansión de los Lindbergh. El cuerpo estaba muy descompuesto; le faltaba la parte inferior de la pierna izquierda, por debajo de la rodilla, así como la mano izquierda y el brazo derecho, al parecer arrancados a mordiscos por animales. A partir del tamaño del cuerpo, la ropa y una deformación característica en el único pie que le quedaba -tres dedos superpuestos-, en seguida se identificaron los restos como pertenecientes al bebé Lindbergh. Al día siguiente los incineraron, y Charles Lindbergh, desolado, sobrevoló el Atlántico, en solitario una vez más, para esparcir las cenizas de su hijo (…) Al cabo de un tiempo, la policía detuvo a un inmigrante alemán llamado Bruno Hauptmann, un carpintero de cuyo garaje procedían las vigas con que se construyó la escalera de mano empleada para acceder a la habitación del niño en la segunda planta de la casa. Al rastrear el dinero del rescate, la policía llegó hasta Hauptmann y lo detuvo. Fue acusado de secuestro y asesinato: el bebé tenía una fractura de cráneo, aunque en realidad es posible que la lesión se hubiera producido en una caída, ya que la escalera se rompió en pleno secuestro. Pese a que algunas de las pruebas presentadas contra él fueron consideradas sospechosas o inventadas, Hauptmann fue condenado. Murió en la silla eléctrica en 1936.



Presentación de pruebas: la escalera asesina


“Cincuenta años después del crimen, en junio de 1982, un abogado que representaba a la viuda de Bruno Hauptmann, Anna, se puso en contacto conmigo. Pese al tiempo transcurrido desde la ejecución, la señora Hauptmann seguía intentando limpiar el nombre de su marido. Su única baza era una docena de pequeños huesos. Hallados en la escena del crimen después de la incineración del cuerpo, la policía estatal de Nueva Jersey los conservaba desde entonces celosamente. A petición del abogado de la señora Hauptmann, fui en coche a Trenton a ver si ese puñado de huesos sueltos podían demostrar que se habían equivocado al identificar el cadáver: que con las prisas por emitir un dictamen se podría haber cometido un terrible error judicial. Seguramente la mujer rezaba para que fueran los huesos de un niño más pequeño, de un niño mayor, de una niña de cualquier edad. Todo menos los huesos de Charles Lindbergh, hijo. Yo era su última esperanza: un científico pueblerino retenido por el tráfico en el peaje mientras preguntaba dónde estaban las oficinas de la policía estatal de Nueva Jersey (…) El fiscal general de Nueva Jersey le había pedido a Wilton Krogman que analizara los huesos cinco años antes, en 1977. Debido a las dudas que persistían en torno al caso Lindbergh, el estado se había planteado reabrir la investigación. Pero a raíz de las conclusiones de Krogman, decidió no hacerlo. Y ahora yo tenía que volver a examinar el mismo caso en nombre de la viuda del asesino convicto. Para entonces yo había adquirido cierto prestigio profesional. Dirigía un floreciente departamento de Antropología de la Universidad de Tennessee en Knoxville, y había creado lo que se llamaría la ‘Granja de Cadáveres’, el único centro forense del mundo donde se investigaba la descomposición humana. Me habían nombrado miembro de la junta rectora de la Academia Americana de Ciencias Forenses (…) Había examinado miles de esqueletos y participado en más de cien casos forenses. Y a pesar de todo eso, me sentía nervioso e insignificante: un pigmeo tras los pasos de un gigante. Sería el segundo antropólogo autorizado a examinar los famosos huesos de Lindbergh.



Charles Lindbergh durante el juicio







Anne Morrow tras el asesinato


“Me llevaron a una sala en un sótano del edificio. Pocos minutos después un administrativo me trajo una caja de cartón, de las empleadas para guardar pruebas, que contenía cinco frascos de cristal. Uno de ellos tenía una raja; la habían pegado con cinta adhesiva. Esos frascos se empleaban originariamente para conservar cigarros caros. Ahora, cerrados con tapones de corcho, evitaban que una docena de pequeños huesos se perdieran o rompieran, huesos que representaban la muerte prematura de la inocencia y la última esperanza de una viuda anciana. Dos de los huesos eran sin lugar a dudas de origen animal: un trozo de costilla de cinco centímetros de un ave de tamaño considerable, tal vez un urogallo o una codorniz, y un pequeño arco vertebral, probablemente de la misma ave. Ambos tenían señales de dientes, tal vez del mismo perro o los mismos perros que se habían llevado las manos del niño muerto en el bosque. De los diez huesos humanos, el de mayor tamaño -el calcáneo, el talón, del pie izquierdo- medía alrededor de tres centímetros de diámetro; un ojo inexperto habría podido confundirlo con un guijarro. Cuatro de los huesos eran del pie izquierdo, dos de la mano izquierda, y cuatro de la derecha. A pesar de que había transcurrido medio siglo, todavía llevaban adheridos tejido descompuesto, suciedad e incluso unos cuantos pelos. Intactos y en perfecto estado, los huesos no presentaban la menor señal de traumatismos, ni indicio alguno de la causa de la muerte. La única prueba esquelética que habría dado alguna pista (el pequeño cráneo fracturado) se había incinerado pocas horas después de que Charles Lindbergh identificara el cadáver de su hijo. Lo que yo sostenía (esos diez pequeños trozos de manos y de pie) se había encontrado tras tamizar diez cestos de hojas y ramas rastrilladas en el suelo del bosque en los días posteriores al hallazgo del cadáver. La policía había albergado la esperanza de encontrar respuestas (el arma del asesinato, huellas dactilares, algo que apuntara al autor del secuestro y explicara lo sucedido), pero ese puñado de huesecillos arrojaba muy poca luz. Cincuenta años después siguen revelando muy poco. En la infancia, los esqueletos son andróginos: es imposible determinar su sexo; lo único que se puede hacer es medir y comparar los huesos que uno examina con el tamaño y el desarrollo de otras muestras conocidas (…) Según las mediciones de estos estudios, el tamaño de los huesos de las manos y los pies contenidos en los frascos de cristal era un poco mayor que los de un varón de dieciocho meses y un poco más pequeño que los de un varón de veinticuatro meses. En menos de una hora llegué a la misma conclusión que la de mi mentor, el doctor Krogman, cinco años antes: no había ningún indicio en los propios huesos que refutara la idea de que eso era lo único que quedaba de un niño caucásico de veinte meses. De un niño caucásico de veinte meses llamado Charles Lindbergh.



Bruno Hauptmann durante el juicio



"Cuando volví a meter los huesos en los frascos de cristal y puse los tapones de corcho, me llamó lo atención lo poco que quedaba: el exiguo testimonio de la pérdida de esa resplandeciente promesa, el brillante futuro, que habría podido representar Charles Lindbergh, hijo; la relación que habría podido forjar con su famoso padre; el orgullo que habría podido sentir el padre al ver crecer a su hijo y tal vez extender sus propias alas, pilotando aviones, reactores o incluso naves espaciales. Sentado en el sótano del edificio de la policía estatal de Nueva Jersey ese día de 1982, no encontré nada en esos cinco frascos de cigarros, nada en esos diez pequeños huesos, que me revelara algo sobre el bebé Lindbergh que yo no supiera ya. No encontré nada que refutara las pruebas presentadas en el juicio por asesinato de Bruno Hauptmann. No encontré nada que justificara ese medio siglo de esperanza en el corazón de su viuda. Anna Hauptmann -como los Lindbergh, como yo- había perdido también a un ser querido. Su amado marido, y asesino convicto, seguiría eludiéndola hasta el día en que también ella se escapó de las manos de los que la rodeaban y se reunió por fin con el hombre con quien había vivido y a quien había amado. Tal vez ese día por fin lo entendió realmente”.





VIDEOGRAFÍA:

Bruno Hauptmann en Crímenes del siglo XX (en español)
video


El juicio de Bruno Hauptmann (escenas reales)
video



BIBLIOGRAFÍA:




18 comentarios:

Anonymous dijo...

fue muert accidntal y lo condnaron a la silla electrik, y al niñito maquiavelico del petizo no lo condenaron a muerte a pesar de ser un sadico

Anonymous dijo...

Aunque fuera un accidente, Hauptmann tenía en su contra el haber tocado al retoño de una auténtica celebridad, millonaria para más inri. Cuando hay dinero y poder de por medio, el puño de la justicia cae con más fuerza sobre el culpable.

Como curiosidad, diré que el libro de Agatha Christie "Asesinato en el Oriente Express" está basado en este caso. Recomiendo altamente su lectura. Final inesperado y sorprendente.

julianny dijo...

saludos me encanta este blog.
muchas de las historias parecen sacadas de una historia de terror,
me gusta saber a lo que pueden llegar muchas mentes enfermas.me hace no confiar tanto en la gente .he notado que en la mayoria de las historias
los protagonistas, no tuvieron una niñes muy saludable.creo que los adultos sin querer vamos creando esos monstruos.espero nunca toparme con uno en mi camino.saludos sangrientos para todos.

Gracie dijo...

Hola a todos,

como comente anteriormente tengo nada mas tres dias que conoci la pag y no puedo dejar de leerla y siento que todavia me faltan muchos casos por revisar. Haciendo referencia al caso que acabamos de leer me parece completamente exagerada la sentencia se ve claramente que Hauptmann no era un criminal transtornado asesino como hemos visto en otros casos si no un simple secuestrador que se encontraba mas asustado que la familia Lindbergh me parece q la sentencia fue injusta con una pena de muerte por un secuestro

Palcfer dijo...

Muy buen artículo, he llegado aqui de casualidad y me ha resultado muy interesante, sobre todo porque no lo conocía.

bilidekit dijo...

què tal , visitando esta pagina de imporancia , para los que les gusta indagar en el mundo de las mentes retorcidas
saludos
atte
bildekit

cheskita dijo...

Accidental o no, el hecho es que un bebe inocente murio por culpa de la ambicion de un hombre, que escogio el camino facil para obtener dinero, y eso que solo fue un secuestro...por favor..privarle la libertad a alguien, someter a semejante pesar a la victima y a la familia, con las secuelas psicologias que trae, todo por dinero...no solo matando acabas la vida a una persona...

F dijo...

muy buen artículo, si no fuera por las dudas acerca de la culpabilidad de bruno hauptmann y que el autor del artículo se pasa por el santo forro de los cojones. para más información, leer aquí.

Carlos dijo...

Charles Lindbergh fue un gran y noble hombre. El nunca quizo ser famoso; su hazaña de sobrevolar el Atlántico a los 25 años en 1927 lo lanzó a la fama pero después rehusó de esa clase de reconocimiento. La razón por la que abandonó EEUU para partir a Inglaterra fue por la morbosa e infame actitud del público americano que no respetaba su privacidad ni el dolor de su familia, lo que Lindbergh llegó a detestar.

Se opusó tenazmente a la entrada de EEUU a la 2° Guerra Mundial (nunca fue anti-semita; a lo que sí se oponía era la tremenda influencia que ciudadanos judíos tenían en los medios de comunicación y en el sector financiero), pero cuando ocurrió el ataque a Pearl Harbor, Lindbergh acudió al Pacífico para ayudar a los soldados americanos en contra del Imperio Japonés.

Después de la Guerra se retiró a la vida privada, apoyando causas ecológicas y la preservación del medio-ambiente.

Para terminar les recuerdo que las ejecuciones eran comunes y aceptadas en casi todo el mundo durante esa épcca. Si el bebe hubiera sido de otra familia y hubiese fallecido en las mismas circunstancias, a Hauptmann probablemente lo habrían ejecutado de todas maneras.

nkaslo dijo...

Conocia sobre la hazaña de Charles, pero no sabia este desagradable episodio de su vida.. Considero que Lindbergh es un heroe en todo sentido, mas alla de haber sobrevolado todos los oceanos del globo. Su forma de pensar.. Su nobleza, honradez y humildad demuestran que era una persona intachable. Con una vida tranquila.. Hasta que su vida es golpeada por la desgracia. La ambicion de un hombre. La muerte de su pequeño hijo.

Y ahora quiero iniciar una discusion.. Diganme que creen:

Una persona como Charles, con un niño pequeño, sin hacer mal a nadie, es golpeado por un episodio asi. La muerte.


No creen que esto es la prueba?

Yo creo que si. Es la prueba de que "dios" ni existe, no hay "angeles guardianes" ni ninguna de esas estupideces. Donde estaba el señor cuando sucedia esto? NO EXISTE! No continuo argumentando porque se que para muchas personas este comentario puede resultar ofensivo.. Asique solamente espero que alguien me convenza, basandose en bases plausibles.

Cordiales Saludos.

tamara dijo...

gracias por un artículo tan completo! muy interesante y detallado, fotos para cada párrafo me parecio excelente :)

Anónimo dijo...

Pues si las pruebas de Bill Bass no indican que Hauptmann fuera inocente, pero tampoco que fuera culpable y que no fuera el el que enterró ese cuerpo, cuerpo por cierto que Bill Bass tampoco demuestra que sea el del hijo de Lindberght, solo que son huesos de alguien de más de dieciocho meses y menos de veinticuatro. ¿Por qué no realizarles la prueba del adn?
De todas formas no dudo que fuera el cuerpo del hijo de Lindberght el que hallaron pero como dice F hay más cosas que hacen dudar de la culpabilidad de Hauptmann.
¿No pudo ser un accidente en la misma casa de los Lindberght que se disfrazó con un secuestro? ¿Es normal que cuando desaparece tu hijo un padre llame primero a su abogado antes que a la policía como hizo Lindberht?

Edw dijo...

Mmmmm,, siento que fue un poco exagerada la sentencia para Bruno,, digo, yo se que hubo un niño muerto y todo,, pero como dicen hasta cierto punto "accidental",,

pero se nota que desde entonces existia la corrupcion, hubiese sido un hijo de una familia, X, y no pasa nada, eso es lo que me castra!

saludos!

Anónimo dijo...

Yo opino que en aquel entonces no había muchas formas de averiguar li sucedido y en con las pocas pruebas que tenían, lo culparon, por dar con alguien que pagara por el crimen de una familia adinerada. Igual y el si era culpable hasta cierto grado, pudo haber ayudado al amigo, el que posiblemente andaba por ahí, aunque supuestamente había fallecido o pudo ser una persona muy inteligente. Pero es algo que no sabremos nunca, pero lo que si se es que se debió investigar mucho mas del caso y no haberlo condenado a la silla eléctrica sin tener pruebas contundentes, por que hasta alguien le pudo haber puesto una trampa.

Anónimo dijo...

Este caso es fascinante, lo cierto es que nunca hubo pruebas fehacientes de que Hauptmann fuese culpable. No lo estoy defendiendo, pero para condenar a alguien a muerte se debería estar 100% seguros. Muy buena la entrada publicada, pero al igual que los medios de esa época, ha declarado culpable al acusado por anticipado.

Creo que se necesitaba un culpable para este caso noticioso. Y Hauptmann calzaba muy bien en lo que buscaban.

También es cierto que era delicado que tuviera en su posesión los billetes marcados y la escalera. Aún así creo que la cosa no estuvo clara.

Anónimo dijo...

Yo vi la pelicula hace tiempo. No sabia que el caso era habia sido real. Pero sera verdad???? Descanfio del celebre piloto

Anónimo dijo...

No merecia morir...hablo de Hauptmann .. era inocente , el dimero que encontraron en su casa se los dio el aleman como un agradecimiento por haberlo hospedado en su casa i la madera era del aleman tmbn quien realmente fue el asesino

Anónimo dijo...

De verdad alguien que secuestra un nino, se le muere por accidente y va a arrancarle 50,000 dollares americanos al padre del nino es una persona que merece estar vivo.??
Bueno si el dinero y la madera se lo dio un aleman no se lo planto la policia supongo, lastima que lo unico que se sabe de ese aleman es lo dicho por Hauptman.