Henri Landru: “El Barba Azul de Gambais”


“Un hombre de honor no habla de sus relaciones íntimas con las mujeres; no comenta nada de ellas con extraños y menos aún con agentes de policía”.
Declaración de Landru a la policía


Henri Désiré Landru nació el 12 de abril de 1869 en París (Francia). Nacido en pleno corazón de la Ciudad Luz, pasó su infancia en una casa que estaba al lado de la famosa catedral de Notre Dame. Procedía de una modesta familia obrera parisina, pero muchos pensaron que con su inteligencia llegaría a ocupar un puesto importante en la sociedad. Corría la época del cancán, del Moulin Rouge, de los pintores impresionistas y de los escritos de Guy de Maupassant. Pero este mundo tan brillante y romántico no estaba a su alcance. Su padre, hombre recto y religioso, trabajaba como fogonero en una fundición industrial, mientras que su madre era costurera. El pequeño Henri demostró ser un gran estudiante, aunque con una ambición desmedida, aspirando a una buena vida futura. Fue un niño mimado; sus padres habían querido con toda su alma tener un hijo varón y por eso le llamaron Désiré (“Deseado”). Era un chico inteligente al que le gustaba la música y la literatura, y cuando, a los dieciséis años acabó los estudios, su expediente académico era brillante. Los curas que lo habían educado tenían muchas esperanzas puestas en él y el propio Landru era consciente de esto. Al salir de la escuela, Landru consiguió trabajo en el despacho de un arquitecto, pero no tenía suficiente dinero para pagarse los estudios necesarios para convertirse en un buen técnico. Su jefe murió un año después y durante los dos años siguientes trabajó para otros dos arquitectos y continuó cantando en el coro de la Iglesia, donde llegó a ser subdiácono. Poco a poco fue alejándose de sus amigos del colegio y se convirtió, en palabras de uno de ellos, en “una persona fría y presumida”. Había dos personajes cuyas biografías le causaban admiración: el relojero Pel y el envenenador Liebez, asesinos que se especializaban en desaparecer los cadáveres de sus víctimas.



Henri Landru en su juventud

Al principio intentó alcanzar el éxito honestamente como contratista, empresario de mudanzas y fabricante de bicicletas, donde incluso llegó a diseñar una motocicleta. Después de esto hizo el servicio militar y entró en el ejército como soldado de segunda clase. Pronto ascendió a Cabo y más tarde a auxiliar del Oficial de Intendencia; mostró un gran interés por la Contabilidad y allí aprendió a llevar registros escritos de todo, lo que al final acarrearía su desgracia. Le gustaba el ejército y tal vez se hubiera planteado seguir la carrera militar, pero tuvo que casarse. La primera conquista de Landru fue su esposa y prima. Marie-Catherine era una guapa lavandera de mejillas sonrosadas que trabajaba al lado de la iglesia de la Isla de San Luis, cerca de la catedral de Notre Dame de París. Landru cantaba en el coro de la iglesia y ayudaba en las misas. Ya a los dieciocho años tenía mucha facilidad de palabra y no le importaba mentir. Le dijo a Marie que había cumplido el servicio militar y que ya podía casarse. Con esta garantía, ella se dejó seducir y más tarde descubrió, cuando se quedó embarazada, que él todavía no se había incorporado al ejército. Pese a esto, en 1893 se casó con ella, y aunque parezca sorprendente fue un buen marido, regresando a casa cuando salía de la cárcel o entre conquista y conquista. También fue un buen padre para sus cuatro hijos. Durante esa época, Landru trató en un principio de ganarse la vida honradamente como vigilante de garaje y administrativo, pero la necesidad de alcanzar un nivel de vida más alto lo llevaría hacia la delincuencia. Durante el período del servicio militar su vida había quedado un tanto desorganizada, pero todavía tenía esperanzas de triunfar. ¿Qué fue lo que ocurrió entonces? Algunos biógrafos dicen que le prestó 1,800 francos a su jefe, un tal Raimbault, y que éste se largó con ellos a Sudamérica. Este hecho explicaría la razón por la que Landru decidió vengarse y convertirse en un estafador. El biógrafo británico, Dennis Bardens, señala que esta historia es poco probable, ya que un hombre recién casado, que acababa de salir del ejército, no dispondría de mucho dinero e insiste en que fue Raimbault el que le prestó los 1,800 francos, y que Landru nunca se los devolvió. En 1900 puso un anuncio en el que solicitaba un viajante de comercio para trabajar en París y añadía que “era imprescindible tener bicicleta”. Cuando se presentó un aspirante al puesto, Landru le encargó que fuera a pie a hacer unos recados y le robó la bicicleta. De esta clase fueron los pequeños delitos que lo llevaron a la cárcel durante los doce años siguientes. En 1900 lo condenaron por primera vez por fraude y a ésta le siguieron otras siete sentencias por causas similares. En 1908, cuando cumplía una condena por fraude, la policía de Lille empezó a seguirle la pista por el robo de quince mil francos a la señora Izoret, a la que había conocido a través de un anuncio matrimonial; por este delito fue condenado a otros tres años. Pero en 1909, Landru ya había decidido lo que quería hacer: vivir de las mujeres.



Landru en el ejército

En 1909 le estafó 15,000 francos a una viuda llamada Izoret, en lo que se puede considerar su primer gran golpe y también el delito más grave cometido hasta esa fecha, pero esta vez la sentencia fue más dura. Mientras tanto, su madre había muerto y Landru sintió que para ella, él sólo había sido una gran decepción. En 1912, su padre, avergonzado por la desgracia que suponía tener un hijo criminal, se suicidó colgándose de un árbol en el Bosque de Boulogne. Ahora que sus padres habían muerto todo estaba perdido y podía aceptar la carrera a la que parecía destinado. Aprendió la lección tras el fiasco de la señora Izoret y llegó a la conclusión de que si la hubiera matado, no lo habría podido denunciar. A partir de ese momento decidió no volver a cometer ningún error y de este modo, un timador aparentemente inocente se convertiría en un asesino de mujeres. En 1913, una vez en libertad, no perdió el tiempo y sustrajo todos los ahorros a una pareja de ancianos. Desapareció antes de que la policía pudiera encontrarle, y todavía cuando fue arrestado en 1919 se le buscaba por ese delito.



Henri Landru

Por esos días, la sociedad francesa estaba dominada por los hombres, lo que obligó a miles de mujeres a ganarse la vida a través de la prostitución. El París en el que Landru nació estaba lleno de “mujeres perdidas”, es decir, de jóvenes que eran tan pobres que se veían obligadas a venderse para sobrevivir. Virtualmente cualquier “chica trabajadora” resultaba accesible. Esto también ocurría en muchas de las grandes capitales del siglo XIX. Se pagaban cinco francos por ellas y el doble si se trataba de una virgen. Los franceses aceptaban que todo aquel que se lo pudiera permitir tuviera un amante; tampoco objetaban mucho en contra de que sus propias esposas hicieran lo mismo. Cuando los jóvenes de otras ciudades europeas iban a París a estudiar arte, no tardaban mucho en introducirse rápidamente en la vida bohemia típicamente francesa y en tener una amante, que solía ser una chica de la clase trabajadora y sin muchos recursos.


Pese a tanta liberalidad, muchas tenían que trabajar en pésimas condiciones para conseguir unos cuantos centavos al día, y los barrios bajos estaban llenos de chicas que se vendían gustosas por un franco. Todo esto hizo que la mayor ambición de cualquier muchacha joven fuera la de encontrar un marido que pudiera mantenerla. Si luego él tenía una amante, no era tan importante; era él el que ganaba el pan y el que mantenía a la familia. ¿Quién tenía derecho a quejarse? Este era el ambiente en el que Landru se introdujo para comenzar su carrera como seductor de mujeres deseosas de casarse y sólo tuvo que publicar un anuncio en un periódico, en el que decía que era un viudo de buena posición, para recibir docenas de respuestas de un gran número de confiadas mujeres, dispuestas a dejar su vida y su dinero en sus manos. Condicionado por la sociedad en que vivía, Landru era un moralista que clasificaba a las mujeres en “virtuosas” o “perdidas”. La actitud liberal que demostraban los franceses hacia el sexo se revelaba incluso en la literatura. Novelistas como Honoré de Balzac, Gustave Flaubert y los hermanos Goncourt escribieron abiertamente sobre mujeres que eran infieles o sobre hombres que tenían amantes. Incluso Emile Zola llegó a escandalizar a sus propios compatriotas al hacer a una prostituta heroína de una de sus novelas. Guy de Maupassant, el escritor más célebre de su generación, era un “sátiro” que gozaba de la piel de hermosas jovencitas y sus narraciones estaban llenas de escenas de seducción. Al comenzar la Primera Guerra Mundial, Landru tenía cuarenta y cinco años, y con tantos hombres en el frente de batalla le hubiera resultado muy fácil encontrar un buen trabajo para mantener a su familia. En cambio, lo que hizo fue recurrir a los anuncios matrimoniales. Estaba obsesionado con las mujeres y el ejercitar su encanto para seducirlas era una de las sensaciones más placenteras que conocía.



Pintura sobre Landru

Los diarios que llevaba en sus agendas revelaban que fue a principios de 1914 cuando conoció a Jeanne-Marie Cuchet, una viuda de treinta y nueve años, que trabajaba en una lencería y tenía un hijo llamado André. Era una de las tantas mujeres que contestó a este anuncio: “Viudo de cuarenta y tres años con dos hijos, desahogada situación económica, afectuoso, serio, de buena familia, desea conocer a viuda de misma condición social, con intenciones matrimoniales”. Landru fue a visitarla acompañado de dos niños pequeños (no se sabe si eran sus hijos) y se presentó como “el señor Raymond Diard”, de profesión ingeniero. A ella le pareció encantador y muy pronto empezó a pasar con él los fines de semana en su villa de la Chausée, en el distrito de Chantilly. Landru también estaba encantado con ella, puesto que además de ser rica era muy atractiva. Por el contrario, a la señora Friedmann el nuevo novio de su hermana no le gustó nada; tenía la impresión de que era un embaucador y de que sólo estaba interesado en el dinero de Jeanne-Marie, pero ésta desoyó sus consejos. Después de varios meses, ella también empezó a sospechar, ya que “el señor Diard” no parecía albergar intenciones de casarse. Finalmente perdió la paciencia y rompió con él. Landru intentó convencerla con patéticas cartas de amor, diciéndole que le había roto el corazón y renovando sus promesas de matrimonio. Así que Jeanne-Marie Cuchet volvió a la villa de Chantilly con su hermana y su cuñado, buscando una reconciliación. La casa estaba vacía y las habitaciones, pobremente amuebladas, no parecían demostrar que “Diard” fuera un acaudalado ingeniero. En uno de los cuartos encontraron una caja cerrada, que su cuñado abrió con un cincel. En ella encontraron varias cartas contestando anuncios matrimoniales, que demostraban que el novio era un estafador y además revelaban que su verdadero nombre era Landru.



Jeanne-Marie Cuchet

Jeanne-Marie Cuchet volvió a París con el corazón destrozado y se sintió aún peor cuando su hijo le dijo que había visto a Landru junto a una mujer muy atractiva y bien vestida. Pero Landru fue a visitarla a su departamento y le contó que estaba casado con una mujer a la que no amaba y de la que se iba a divorciar, y la convenció para que volviera con él a Chantilly. En diciembre de aquel año, Landru alquiló una villa, más retirada que la anterior, en la pequeña población de Vernouillet. Trasladó allí los muebles del piso de París de la señora Cuchet y le dijo que estaba a punto de recuperar la libertad, después de lo cual se casaría con ella. Mientras tanto, la señora Friedmann había estado investigando en Malakoff, donde Landru tenía alquilado un garaje; ratificó que era un estafador y fue corriendo a Vernouillet a decírselo a su hermana. Poco tiempo después, en abril o mayo de 1915, la madre y el hijo desaparecieron. Un carnicero del lugar observó, cuando paseaba de noche, que de la chimenea de la casa salía un denso humo negro y reconoció el inconfundible olor de la carne quemada. A la mañana siguiente, un policía fue a la villa para dar cuenta de las quejas de los vecinos. Landru le miró con sorpresa y le dijo que “tan sólo estaba quemando basura”. El agente dio la cuestión por zanjada y a continuación Henry Landru efectuó un golpe maestro. El mayor peligro lo constituían los Friedmann, así que fue a visitarles y les contó que Jeanne-Marie y André Cuchet trabajaban de forma secreta para el ejército y que habían tenido que salir para Inglaterra. Sorprendentemente, ellos se creyeron la historia y todas las explicaciones que les dio. Si en lugar de ello hubieran acudido entonces a la policía, la carrera del asesino hubiera terminado allí.



Henri Landru (ilustración de Rocko)

Un mes después, en junio de 1915, los vecinos de Vernouillet pudieron ver a otra dama recogiendo flores en el jardín de la villa. Era de origen sudamericano y, según la agenda de Landru, se trataba de la señora Thérese Laborde-Line, una viuda de cuarenta y seis años, a la que Landru llamaba “Brazil”. Es poco lo que se sabe de ella, excepto que en unas semanas vendió los muebles y anunció a sus amigos que se trasladaba con su novio a Vernouillet. Después de cinco días desapareció para siempre y Landru liquidó sus valores, vendió sus muebles y guardó el resto de sus efectos personales en el garaje alquilado. Landru apuntaría en su agenda: “Toda mi vida es un testimonio del delicado respeto que siento por las mujeres”.



Thérese Laborde-Line

Enseguida, el asesino cortejó a Désirée Guillin, una viuda de cincuenta y un años que había sido dama de compañía, y cuando la señora para la que trabajaba murió, recibió una suma que ascendía a 22,000 francos. En contestación al anuncio de Landru, le informó de su buena suerte y él no perdió un segundo en ir a visitarla a su casa de la Calle Crozatier. Le contó con su locuacidad habitual que en recompensa a sus servicios, el Gobierno le iba a ofrecer un puesto de cónsul en Australia y que buscaba a alguien que estuviera dispuesto a acompañarle. Las notas de Landru revelarían que creía que la señora Guillin sería un hueso duro de roer, pero finalmente ella sucumbió a sus encantos tan fácilmente como las otras. En un increíblemente corto período le permitió vender todos sus muebles, y el 2 de agosto de 1915 se trasladó a la villa de Vernouillet, donde dos días después desapareció. El asesino se apresuró a volver a su piso, trasladó lo que quedaba al garaje y vendió las joyas de la víctima, pero guardó una peluca. Se desconoce lo que hizo con el cadáver. Sin embargo, seis meses más tarde, unos empleados de la estación de ferrocarril de Arachon notaron que de un baúl que llevaba en la consigna desde agosto, se desprendía un olor nauseabundo, y dentro de él encontraron un cadáver en avanzado estado de descomposición. Era el cuerpo de una mujer de mediana edad, pero dado su estado se hizo imposible la identificación. Como en el caso de Célestine Buisson, Landru se encontró con muchas dificultades y tuvo que recurrir al engaño y a la falsificación para vender los valores de la señora Guillin.



Désirée Guillin

A finales de 1915, su saldo bancario aumentó en 14,000 francos, pero se los gastó enseguida y tuvo que empezar a pensar en su próxima víctima. Las agendas revelan que en 1915 se citó en un mismo día con cuatro mujeres diferentes en París. Ya no le gustaba la villa de Vernouillet porque, al estar muy cerca de las otras casas, estaba a merced de las miradas curiosas de los vecinos, y en el invierno de 1915 decidió trasladar sus negocios a Gambais, ya que la Villa Tric o Villa Ermitage se encontraba mucho más aislada. Lo primero que hizo allí fue comprar un horno de cocina, así como una gran cantidad de cemento y ladrillos a prueba de incendios. Para entonces, ya había decidido cuál de sus cuatro novias sería la primera en habitar aquel nido de amor. Se trataba de la señora Berthe-Anna Héon, una viuda de cincuenta y cinco años que vivía en el distrito de Ermont, quien se mostró encantada cuando el elegante “señor Petit” le propuso matrimonio, y no puso ningún reparo a que él vendiera sus muebles. Esto fue lo que hizo en septiembre de 1915, poco después de haberse desembarazado de Désirée Guillin. El 8 de diciembre compró dos billetes para Gambais: uno de ida y vuelta y otro sólo de ida. La señora Héon desapareció aquella misma noche.



Berthe-Anna Héon

La siguiente víctima de Landru, Anne Collomb, era la amante de un hombre llamado Bernard, con el que vivía en la Calle Rodier, pero como él se mostraba reacio a casarse con ella, contestó al anuncio puesto por el asesino en mayo de 1915. Cuando conoció finalmente al “señor Dupont”, que se presentaba a sí mismo como un rico hombre de negocios, decidió inmediatamente que era mejor que su antiguo protector. Simultáneamente, Landru se enteró de que ella disponía de 8,000 francos en su cuenta bancaria y decidió que eran almas gemelas. Ella le presentó a su madre y a su hermana, a quienes no agradó, pero no pudieron hacer nada para disuadir a Anne de que no se fuera a Gambais con su nuevo novio el día de Navidad de 1916. Como siempre, él había comprado un billete de ida y vuelta, y otro sólo de ida. Parece ser que fue asesinada al día siguiente, si la anotación “a las cuatro en punto” que el asesino hizo en su agenda significaba eso.



Anne Collomb

La siguiente víctima es casi un misterio. Se llamaba Andrée-Anne Babelay, tenía diecinueve años y trabajaba para una echadora de cartas; Landru la conoció en febrero de 1917, cuando la vio llorando en un andén del metro. Acababa de discutir con su madre y no tenía ningún lugar donde dormir. El la invitó a su departamento de la Calle Mauberge, una de las nueve direcciones en las que estuvo entre 1915 y 1917. Y desde esa misma noche, ella le devolvió el favor compartiendo la cama y convirtiéndose en su “doncella”, aunque la presentaba a sus conocidos como su sobrina. Pero Landru pronto advirtió que aquella chica suponía un obstáculo para sus negocios y complicaba su ya de por sí ajetreada vida. El 29 de marzo de 1917, Landru compró un billete de ida y vuelta y otro sólo de ida para Gambais, y Andrée-Anne Babelay desapareció el 12 de abril.



Andrée-Anne Babelay

Fernande Segret fue la conquista más joven de Landru. La conoció en un tranvía en París en 1917. Iba con una amiga y se dio cuenta de que frente a ellas, un hombre pequeño la miraba fijamente. Al bajarse vieron que las seguía. “Son demasiado jóvenes y atractivas para pasear solas por París”, les dijo con una voz agradable y una mirada irresistible. Al poco tiempo estaba sentado con ellas, charlando con la seguridad de un hombre que se sabe muy atractivo. Se presentó como “Lucien Guillet”, un ingeniero de Rocroi, y les comentó que era propietario de un garaje y de una casa de campo en Gambais. Las jóvenes permitieron que las acompañara hasta su casa, en una calle cerca de Montmartre, y Fernande, que lo encontraba muy interesante, aceptó verlo al día siguiente. La joven trabajaba en una peletería, pero quería ser cantante, y pensó que el elegante hombre de negocios podría ayudarla. Se encontraron en el Arco de Triunfo, fueron a remar al Bosque de Boulogne y pasearon por los jardines. Al igual que Landru, Fernande Segret era muy alegre y tenía mucho sentido del humor, y al regresar a casa ya casi estaba enamorada de él. Lo invitó a comer con su familia, y se quedó encantada por su ingenio y sofisticación. Cuando iba a buscarla a la peletería siempre le llevaba algún regalo: bombones, flores o pasteles, y en pocas semanas la muchacha rompió su compromiso con un joven soldado que estaba en el frente y se fue a vivir con su nuevo amor.



Fernande Segret

A la madre le disgustó mucho que su hija se fuera a vivir con él, e incluso llegó a decir que su futuro yerno era un estafador. Pero Fernande lo adoraba y ni siquiera lo presionaba para casarse. En la fiesta que dieron para celebrar el traslado a la calle de Rochechouart (el piso estaba muy cerca de la vivienda de los padres de ella), Landru llenó la casa de flores. Cuándo la señora Segret le preguntó cuando pensaba casarse con su hija, “Lucien” le contó que sus documentos se habían perdido durante la guerra y que hasta que no pudiera conseguir otros, no podría probar su identidad. Landru llevó a Fernande a Gambais, y allí alquilaron unas bicicletas para explorar los alrededores. Era como una Luna de Miel, ella estaba encantada con su nuevo “marido” y nunca le preguntaba por qué pasaba tanto tiempo fuera de casa. Sólo en una ocasión él le mostró su verdadero carácter; la sorprendió leyendo unos documentos que tenía sobre el escritorio, entre los que había algunos pagarés, y se encolerizó con ella por fisgonear entre sus cosas; pero luego le pidió disculpas y le aseguró que no tendrían secretos el uno para el otro.


Cuatro meses después de que se habían ido a vivir juntos, él desapareció sin decir nada y su madre insistió en viajar a Rocroi para visitar la fábrica, pero Fernande ya se había llevado una desilusión al ver el garaje en Clichy; no era el tipo de negocio que hubiera esperado de un hombre rico y de nuevo volvió a sorprenderse en Rocroi, donde nadie parecía haber oído nunca el nombre de “Lucien Guillet”. Cuando Landru regresó, descubrió que su adorada había vuelto a casa de su madre, ya que dudaba de él. Le escribió una carta larga y tierna en la que prometía contarle “absolutamente todo”, pero la verdad es que únicamente le dijo que se encontraba solo. Al ver que ella no tenía intención de perdonarlo, comenzó a escribirle varias cartas al día. Finalmente, convencida de que él estaba a punto de suicidarse, ella volvió a su antiguo piso; lo encontró lleno de flores y con una silla a modo de reclinatorio enfrente de su retrato. Landru la sorprendió saliendo de un armario y ella se arrojó a sus brazos. Cuando terminó la guerra, su ex novio volvió del frente, y ella tuvo que convencerlo de que prefería a aquel ingeniero de mediana edad, lo que resultaba aún más penoso, porque éste no parecía tener intención de casarse con ella. Landru había montado un pequeño drama, e insistió en que su amada se encontrara con el joven para comprobar si realmente ya no lo amaba; cuando Fernande volvió a su casa, él se arrodilló ante ella y le besó las manos.



Henri Landru y Fernande Segret

La verdad era otra. Su pequeña agenda desveló el misterio. Cuando Landru se ausentaba de casa, estaba seduciendo a Célestine Buisson y su hermana denunció su desaparición ante la justicia. La señora Buisson estuvo casada con el dueño de un hotel que al morir le dejó una fortuna de 10,000 francos. Tres años después de la muerte de su marido, Célestine, de cuarenta y cuatro años, sentía que su vida había terminado. En 1915 vio uno de los anuncios matrimoniales de Landru y envió una carta al apartado de correos. Recibió la respuesta del “Señor Fremyet”, que se alojaba en un caro hotel de Beauvais y en ella le explicaba que era un hombre de negocios que se había visto obligado a huir ante el avance alemán. Ella le contestó, y a partir de entonces él empezó a escribirle cartas cada vez más apasionadas. Pero la dama tenía grandes dudas sobre aquel caballero que decía haberse enamorado de ella sin siquiera haberla visto. ¿Acaso se trataba de un hombre extremadamente feo o socialmente inaceptable? Debió llevarse una grata sorpresa al descubrir que se trataba de un hombre ingenioso, sofisticado y rico, y pronto comenzó a citarse con él en hoteles en Beauvais y Biarritz, ignorando que el dinero que se gastaba en ella se lo había robado a una tal Marie Angelique Guillin. Cuando Landru le pidió que se casara con él, Célestine insistió en que conociera a su familia: sus dos hermanas, la señora Paulet y la señorita Lacoste, que trabajaban como doncellas y a quienes les causó una grata impresión. Mientras salía con Célestine, el novio se citaba con muchas otras mujeres que contestaban a los anuncios matrimoniales; rechazó a algunas, sedujo a otras y finalmente escogió a dos para sus futuros planes.







Célestine Buisson

La relación con Célestine pareció consolidarse en 1917, cuando la señora Paulet murió y él se hizo cargo del funeral. La pareja volvió a hablar de matrimonio y se quedó en Gambais con los hijos de la hermana fallecida. En junio ella encargó un traje de novia y el 19 de agosto de 1917, tres meses después de que Landru se hubiera ido a vivir con Fernande Segret, volvió con Célestine a Gambais. Compró un billete de ida y vuelta, y otro sólo de ida. La última vez que vieron a la novia fue trece días después de esto, el 1 de septiembre. Landru escribió en su diario: “10:15”. Probablemente la hora en que ella murió. En su cuenta bancaria, en la que originalmente había 88 francos, aparecía ya un saldo de más de 1,000. Pocos días después fue a recoger el traje de boda que ella había encargado. Luego mandó una postal a la señorita Lacoste firmándola en nombre de Célestine. Mientras Landru se dedicaba a engañar y seducir mujeres, miles de franceses luchaban en las trincheras. En septiembre se presentó en el piso de la desaparecida en la calle Banquier y le mostró al portero una carta firmada por ella, en la que lo autorizaba a disponer de los muebles. El portero puso reparos y él contestó con arrogancia que la señora Buisson se hallaba en ese momento “en el Sur”, ayudando a las tropas estadounidenses. El hombre, intimidado, aceptó finalmente y Landru vendió los muebles, tal y como había hecho ya con los valores de la desdichada víctima. Curiosamente, la verdadera esposa de Landru, Marie, lo ayudó en esta venta. Sus hijos Charles y Maurice lo ayudaron a trasladar los muebles de la víctima.



Charles Landru

Había sido un mes muy ajetreado, pero a finales de septiembre, Landru volvió a la calle de Rochechouart en busca de Fernande Segret. Debió ser muy desagradable para él descubrir que ella ya no estaba allí; había dejado de confiar en su amado y había vuelto con su madre. La escribió una larga carta en la que le decía que todo había sido un desagradable malentendido. Poco después Landru fue a pasar unos días a la villa con una tal Louise-Joséphine Jaume, a la que había estado cortejando desde marzo de ese mismo año, y también la invitó a su nuevo piso de la calle Rochechouart, el que compartía con Fernande Segret. La señora Jaume volvió de su primer viaje a Gambais, pero no así del segundo, efectuado el 24 de noviembre de 1917. El hijo de Landru le ayudó una vez más a sacar los muebles del piso de la víctima, por los que obtuvo unos veinte mil francos.



Louise-Joséphine Jaume

En julio de 1918, Landru, que se encontraba en una situación económica desesperada, intentó subarrendar la Villa de Gambais a un tal Lambert. Este se quejó del estado en que se encontraba el horno de la cocina: “Da la sensación de que se ha utilizado mucho. Los conductos están desgastados. No parece de buena calidad”. Landru contestó que lo había comprado en Houdan en 1915, y que era el mejor que tenían, pero que tal vez, debido a la guerra, los conductos no eran tan buenos como deberían y convino en sustituirlos, pero Lambert nunca se trasladó a vivir a la villa. Mientras tanto, Landru no podía resistirse a una mujer atractiva, aunque ésta no tuviera dinero. Anne-Marie Pascal tenía treinta y seis años y muchos amantes; además de ganarse la vida como modista, ejercía también la prostitución. Sobrevivió a un fin de semana en Gambais, en marzo de 1918; pero cometió el error de volver al mes siguiente, que fue cuando se evaporó.



Anne-Marie Pascal

El final se acercaba. La última víctima del seductor fue Marie-Thérese Marchadier, una mujer de treinta y seis años que había conseguido ahorrar 8,000 francos. Conoció a Landru a finales de 1918, a raíz de un anuncio que puso en el periódico para vender su casa, e inmediatamente se ofreció a comprar el lugar y se ganó las simpatías de la dueña al hacerle algunas caricias a sus tres perritos. En realidad Landru no tenía dinero; en aquellas fechas tan sólo contaba con 15 francos. La señora Marchadier partió hacia Gambais el 13 de enero de 1919 y desapareció dos días después. Los esqueletos de perro que la policía encontró más tarde en el jardín eran de sus mascotas. El 16 de enero, los vecinos de nuevo percibieron un olor nauseabundo que procedía de la chimenea de la cocina. Al día siguiente, Landru, que volvía a ser solvente, se apresuró a pagar sus deudas más urgentes. El dinero de la desdichada Marie-Thérése le permitió vivir confortablemente durante aproximadamente un mes.



Marie-Thérese Marchadier

Landru anotaba meticulosamente todo lo referente a las mujeres que conocía a través de los anuncios matrimoniales que publicaba en los periódicos de París. Entre sus papeles se encontraron doscientas ochenta y tres respuestas a estos anuncios, que fueron clasificados por el mismo Landru, como si de negocios se tratara, de la siguiente manera: “1. Para ser contestadas a lista de correos. 2. Sin dinero. 3. Sin muebles. 4. No contestadas. 5. Para ser contestadas. 6. Firmadas con iniciales para lista de correos. 7. Una posible fortuna. 8. En reserva. 9. Para futuras investigaciones”. Landru mantuvo correspondencia con ciento sesenta y nueve mujeres diferentes.



La agenda

Una mañana de mayo de 1918, el alcalde de Gambais recibió una carta procedente de una doncella apellidada Lacoste, en la que le manifestaba su preocupación por su hermana. Parecía ser que Célestine Buisson se había dejado seducir por un hombre llamado “el señor Fremyet”, al que había conocido a través de un anuncio matrimonial. Durante el mes de agosto se trasladó a vivir con él a una casa de campo en Gambais y desde septiembre nadie había vuelto a saber nada de ella. El alcalde le dijo a su secretaria que creía recordar que había recibido una carta muy similar unas semanas antes y le pidió que la buscara. En efecto, ambas cartas eran muy parecidas. La primera era de una señora llamada Pelat, que explicaba que su hermana, Anne Collomb, también había desaparecido. Lo último que supo de ella era que se había ido a vivir a una casa de campo en Gambais, con su novio, “el señor Dupont”. El alcalde estaba intrigado. El que dos mujeres desaparecieran en circunstancias similares, en un pueblo de apenas novecientos habitantes, parecía una coincidencia muy extraña. En ninguna de las cartas se daba la dirección de la casa de campo, pero el lugar que describían se parecía mucho a la Villa Ermitage, que estaba junto al cementerio.



Villa Ermitage

El propietario era un ingeniero ya retirado llamado Tric, que la tenía alquilada. El alcalde se puso el abrigo y salió a dar una vuelta por los alrededores. La casa estaba desierta; las paredes despintadas y el jardín completamente abandonado. Pero el zapatero que vivía al otro  lado de la calle pudo dar una descripción  del “señor Dupont”. Se trataba de “un hombre bajo, calvo y con una barba puntiaguda. El típico seductor que siempre parecía tener una mujer diferente”. Más tarde, ese mismo día, el alcalde dictó una carta respondiendo a la de la señorita Lacoste, lamentando no poder proporcionarle noticias sobre su hermana, pero añadía que tal vez le interesara ponerse en contacto con la señora Pelat, de la que él había recibido una carta muy similar a la suya.


Cuando recibió la carta del alcalde, la destinataria no dudó en llamar a la familia Pelat. Aunque no pertenecían a la misma clase social, recibieron amablemente a la doncella. Le preguntaron cómo era el novio de su hermana, el “señor Fremyet”, y ella les contó que “era calvo, tenía una barba puntiaguda y unos ojos muy profundos”. Su interlocutora se quedó estupefacta al comprobar que la descripción se ajustaba perfectamente a la del “señor Dupont”, el hombre que había seducido a su hermana. Los familiares decidieron contar lo ocurrido a la policía, que inmediatamente se puso a trabajar en el caso. Ya tenía entre manos varios casos de mujeres que habían desaparecido después de contestar anuncios matrimoniales.


El primero de estos casos concernía a un hombre llamado “Raymond Diard”, que convenció a su novia, Jeanne-Marie Cuchet, de que se fuera a vivir con él a una villa de Vernouillet en diciembre de 1914; tanto la señora Cuchet como su hijo de dieciséis años desaparecieron y todos los intentos para localizar al novio habían fracasado rotundamente. La policía no tardó mucho en deducir que "Diard", "Dupont" y "Fremyet" eran la misma persona, y que probablemente se trataba de un asesino de mujeres. Pero les costó trabajo reunir todas las pistas y averiguar que su presa había hecho todo lo posible para borrar sus huellas.


En abril de 1919 se dictó una orden de arresto contra “Fremyet” y la Villa Ermitage fue registrada. Era un lugar desierto e incómodo, y los agentes no encontraron nada incriminatorio. El gendarme de la zona recibió la orden de vigilarlo y de arrestar al sospechoso si regresaba. El inspector Jean Belin, de París, se encargó del caso. Se trataba de un hombre agradable, de complexión atlética, que no daba la imagen del típico policía. Había nacido en 1887 en Dijon. Entró en la policía en 1909, después de tres años de servicio militar. Su primer caso importante fue el del anarquista y ladrón de bancos, Jules Bonnot. El trabajo secreto que desarrolló en este caso fue importante, porque condujo a varios miembros de la banda ante la justicia. El mismo Bonnot murió en un tiroteo con la policía en 1913. Durante la Primera Guerra Mundial, Belin estuvo en el ejército.



Jean Belin

Lo primero que hizo fue llamar a la señorita Lacoste a fin de averiguar lo que sabía del hipotético novio de su hermana. La misión ofrecía muchas dificultades. La cocinera que salió a abrirle la puerta le explicó fríamente que a su compañera no se le permitía recibir visitas durante las horas de trabajo, y cuando Belin finalmente pudo verla, la doncella se mostró desconfiada y se negó a hablar con él. Después de todo, había transcurrido ya un año desde que notificara la desaparición de su hermana. El inspector la hizo llamar a su superior para que éste le confirmara su identidad. Después, la señorita Lacoste, más confiada, le contó la historia que él ya había leído en el expediente: Célestine contestó a un anuncio matrimonial, se enamoró locamente del encantador y considerado “señor Fremyet”, que decía ser un rico hombre de negocios, y la convenció para que vendiera sus muebles y se fuera a vivir con él. La familia de la mujer había albergado muchas sospechas sobre “Fremyet”, que contestaba a sus preguntas de una manera muy evasiva; pero nada logró persuadir a Célestine de que su novio no era todo lo que él decía. Luego, ella había dejado de contestar a sus cartas. Cuando Belin se despidió de la doncella, insistió en que si volvía a ver al tal “Fremyet” lo siguiera y llamara a la policía. Pero incluso cuando se lo decía, se daba perfecta cuenta de que la posibilidad de que eso ocurriera era muy baja. El inspector pasó el resto del día hablando con la señora Pelat sobre su hermana, Anne Collomb, y comprobó que ambas historias eran similares. Luego regresó a su despacho para redactar su informe. A las 19:00 horas se disponía a marcharse cuando sonó el teléfono y al otro lado del auricular le contestó una voz muy excitada. Era la señorita Lacoste, que le dijo que acababa de ver al sospechoso en una tienda de la calle Rivoli agarrado del brazo de una joven. La doncella los había seguido discretamente y había oído cómo preguntaban por un juego de té. Luego, él dejó su tarjeta y cogieron el autobús. Belin le dijo que lo esperara y salió a toda prisa a encontrarse con ella. Ya en la casa en la que estaba empleada, la doncella Lacoste le describió cómo había seguido a “Fremyet” a la joven hasta la Place de Chátelet y cómo cuando cogieron el autobús hacia Montmartre, ella los seguía tan de cerca que le dio un empujón al hombre. En efecto, se trataba de Landru y de su amante, Fernande Segret. Lacoste no pudo subirse al autobús antes de que arrancara, pero Landru la reconoció y se puso en guardia. Belin pensó que tal vez el sospechoso la habría visto. Corrió a la tienda de la calle Rivoli, pero acababan de cerrar y con la ayuda del sereno consiguió la dirección del propietario. Cogió un taxi para dirigirse a una casa de las afueras y, cuando explicó los motivos de su visita, el propietario lo acompañó a la casa del vendedor que había atendido a “Fremyet”. Después los tres volvieron a la tienda y buscaron entre las facturas. Encontraron una con la tarjeta que buscaban; era de un tal “Lucien Guillet”, un ingeniero que vivía en el nº 76 de la Calle Rochechouart, al norte de Montmartre. La descripción que el ayudante hizo del cliente confirmó el parecido de este hombre con “Fremyet” y “Dupont”.



El autobús que tomaron Landru y Fernande Segret

El inspector Belin temía que el sospechoso se deshiciera de pruebas vitales. También se encontraba con un problema: las leyes francesas prohibían a la policía entrar, durante la noche, en la casa de un sospechoso. Lo único que podía hacer era esperar en la calle hasta el amanecer y así lo hizo, aunque más tarde comprobó que su paciente espera no había servido de nada, ya que por el portero se enteró de que “el señor Guillet” y su acompañante, la señorita Fernande Segret, se habían marchado la tarde anterior. Fue un paso en falso; pero el conserje le comentó que no creía que se hubiera ido para siempre y el inspector decidió esperar a que regresaran. Mientras tanto se apresuró a conseguir una orden de arresto para “Fremyet”, organizó la vigilancia alrededor de la casa de la calle de Rochechouart y dedicó parte del tiempo a ganarse la confianza del portero. Ya que el sospechoso solía recurrir a los anuncios en la prensa, Belin ordenó a sus hombres que buscaran el nombre de “Lucien Guillet” en todas las columnas de los periódicos. Pronto lo encontraron; un tal “señor Guillet” anunciaba la venta de un coche en Etampes, una población cercana a Gambais, donde se habían iniciado las investigaciones.



El automóvil de Landru

Durante los cuatro días siguientes, el policía estuvo investigando en los bares y cafés cercanos a la vivienda, y pocos días después el portero le dijo que el sospechoso había regresado. Por desgracia era de noche y, una vez más, el inspector tuvo que esperar hasta el amanecer, pero al menos esta vez el conserje le dejó estar en el descansillo frente a la puerta de “Guillet”. Por la mañana, el inspector Riboulet acudió a reunirse con él. A las 09:30 horas llamaron a la puerta. Una voz somnolienta preguntó quién era y Belin contestó que venía por lo del anuncio. “Vuelva después”, se oyó detrás de la puerta. “Me es imposible”, contestó el policía. Entonces abrieron la puerta y los agentes irrumpieron en la habitación. Se encontraron con un hombre bajo y de barba puntiaguda que, encolerizado, les preguntó: “¿Qué significa esto?” “¡Policía!”, contestó Belin. “Tenemos una orden de arresto contra usted”, lo cual no era del todo cierto, ya que la orden estaba a nombre de “Fremyet” y el supuesto “Guillet” podría haberles echado de su casa. Al gritar el inspector “¡Policía!”, se oyó un grito en el dormitorio. Este abrió la puerta de la habitación y se encontró con una hermosa jovencita desnuda. Era Fernande Segret. “Guillet” acudió a tranquilizarla y por un instante Belin pensó que se había equivocado; aquel hombre estaba realmente enfadado y parecía que todo había sido una equivocación. Sin embargo, sus dudas desaparecieron poco después al ver que “Guillet” estaba dispuesto a acompañarles mientras cantaba un aria de la ópera Manon, de Massenet, llamada “Adieu notre petite table”, en la que el amante canta a su amada cuando se ve obligado a abandonarla. El inspector tuvo la sensación de que el sospechoso se daba perfecta cuenta de que veía esa habitación por última vez. El inspector Belin dejó que Riboulet llevara al sospechoso a la comisaría, al cuartel general de la 1ª Brigada, mientras él se quedaba a inspeccionar el piso. No tenía autorización para hacerlo, pero Fernande Segret no pareció darse cuenta. En el bolsillo de una gabardina encontró un sobre dirigido a un tal Landru; era un apellido tan común, que el mismo agente lo había utilizado en una ocasión, durante un fin de semana que pasó con una chica que era su amante. “¿Conoce a alguien llamado Landru?”, le preguntó a la joven. “No”, contestó ella tajante. No mentía. Mientras tanto, en el coche de policía, Riboulet advirtió que “Guillet” escondía la mano en uno de sus bolsillos y un minuto después, le asió la muñeca cuando intentaba tirar algo por la ventanilla abierta; siguió apretando hasta que el detenido dejó caer una pequeña agenda negra. El inspector la guardó en el bolsillo, preguntándose por qué Guillet intentaba desembarazarse de ella.



El arresto de Landru

Cuando Belin se reunió con Riboulet en la Prefectura, lo felicitó por evitar que se perdiera la libreta. Un simple vistazo reveló que contenía algunas interesantes pruebas: los nombres de docenas de mujeres. Después registraron a “Guillet” y encontraron otra agenda, en la que se hallaban escritos los nombres de Buisson y Collomb, pertenecientes a las dos mujeres cuyas desapariciones fueron la causa de que comenzaran las investigaciones. “¿Por qué conoce a tantas mujeres, señor Guillet?”, le preguntó el inspector Belin. El hombrecillo le contestó fríamente: “No tengo nada que decir”, afirmó el detenido. “¿Incluso si le digo que es usted sospechoso de asesinato?”, replicó el policía. Pero era evidente que no quería cooperar. No quiso probar el vino durante la comida, así que no había posibilidad de que se fuera de la lengua.


Belin lo dejó despedirse de Fernande Segret y fue a mirar en los archivos criminales, donde encontró lo que esperaba: una ficha de Henri Désiré Landru, un timador condenado ocho veces y al que desde hacía cinco años se buscaba por estafar a una pareja de ancianos. Ahora Jean Belin sabía que podría mantener a su hombre bajo custodia durante todo el tiempo que quisiera. De vuelta en la oficina le preguntó al sospechoso: “¿Es Landru su verdadero nombre?” El hombre se encogió de hombros. “Sí. La policía me busca, por eso utilizo un nombre falso. Pero eso no quiere decir que sea un asesino”. Landru fue el sospechoso más difícil al que el inspector Belin tuvo que interrogar jamás. Mantuvo siempre la compostura y el ingenio, era imposible engañarle y cuando no tenía respuesta preparada, simplemente se quedaba callado. En una de las agendas, Belin descubrió una entrada  que demostraba que, el año anterior, Landru había viajado a Houdan, la estación  más próxima a Gambais y que había  comprado un billete de ida y vuelta para él y uno sólo de ida para su acompañante. Cuando le preguntó por esto, Landru contestó que no recordaba ese viaje. “Un hombre de honor no habla de sus relaciones íntimas con las mujeres; no comenta nada de ellas con extraños y menos aún con agentes de policía”. Belin continuó interrogándole una y otra vez en un intento por confundirlo, pero tuvo que admitir, a regañadientes, una cierta admiración por el sospechoso. No se quejó ni suplicó nada; se mostró frío y algo aburrido. Su comportamiento era el de un hombre convencido de que nunca podrían hallarle culpable. Entre los papeles que encontraron en el piso había un recibo de alquiler de un garaje en Clichy, y allí hallaron un montón de muebles armarios, mesas, sillas, así como palanganas y aguamaniles, junto con ropa de mujer y una pila de documentos que, probablemente, concernían a algunas de las propietarias de dicha ropa, incluidos certificados matrimoniales y de nacimiento. Entre ellos, Belin encontró los documentos personales de Anne Collomb y Célestine Buisson, y se convenció de que se encontraba frente a un asesino de mujeres.


Al día siguiente, el inspector condujo a Landru en coche hasta Gambais y una vez allí lo llevó a Villa Ermitage, que aunque desde fuera era un lugar impresionante, no parecía el nido de amor ideal. Las habitaciones apenas decoradas se hallaban en desorden, y los muebles eran viejos y baratos. El detenido seguía sin querer cooperar. Cuando el policía le preguntó por un baúl con las iniciales C.L., le contestó que eran suyas: Charles Landru. “¿Me toma por tonto?”, le dijo Belin. “Su nombre es Henri Désiré Landru. Las iniciales C.L. son las de Célestine Lacoste, la señora Buisson. En la etiqueta está escrito ‘Bayona’, su ciudad natal. ¿Qué hizo con ella?” “Le compré el baúl y le di varios cientos de francos para desembarazarme de ella”. “¿Entonces, dónde está ahora?” “¡Eso lo tendrá que averiguar usted!”



Las investigaciones en Villa Ermitage


Pero a pesar de que se negaba a cooperar, las cosas parecían prometedoras. Bajo un almiar encontraron los esqueletos de tres perros y Landru explicó que el dueño le había pedido que se deshiciera de ellos, aunque no dio su nombre. Había manchas que parecían de sangre sobre un colchón y en el cobertizo había fragmentos de huesos carbonizados, así como más manchas de sangre sobre un montón de arena. Los huesos indicaban la suerte corrida por las mujeres desaparecidas. Algunos de los vecinos de Landru en Gambais se habían quejado de la enorme humareda que salía de la chimenea de la cocina.



Belin examinó el horno que Landru había hecho instalar allí, pero no encontró ningún indicio de restos humanos. Sin embargo, los conductos de la chimenea estaban desgastados, como si hubieran sido sometidos a una temperatura muy elevada. Después quemó en el horno la cabeza de una oveja y comprobó que ésta quedaba completamente carbonizada en tan sólo un cuarto de hora. La carne humana carbonizada deja grasa en el hollín; sin embargo, aunque los forenses realizaron un examen exhaustivo del horno y la chimenea, no había nada que demostrara que se hubiese cometido un asesinato. Se comprobó que las manchas de sangre eran de animal; y los huesos humanos carbonizados no se pudieron identificar. Cuando Belin supo que Landru había empapelado de nuevo todas las paredes para cubrir manchas, hizo desempapelarlas con sumo cuidado, pero debajo no había nada. El sospechoso era un profesional en la ocultación de pruebas.



El horno de Landru


A pesar de los duros interrogatorios a los que se vio sometido, Landru nunca se delató; no quiso beber jamás del vino que le ofrecían, ni hacer una confesión de culpabilidad y el policía comenzó a exasperarse con él, ya que estaba seguro de que era un asesino. Se trasladaron a la gendarmería de Nantes, la ciudad vecina cuyo Tribunal tenía jurisdicción sobre el caso y Belin regresó a París a estudiar las dos agendas y repasar las pruebas. Las agendas recogían meticulosamente el estado de las cuentas de Landru y se evidenciaba como un contable obsesivo. También constaban citas con, al menos, doscientas ochenta y tres mujeres, de las cuales todavía no se sabía con exactitud cuántas habían desaparecido. Una carta encontrada en el piso de Montmartre revelaba que una mujer que firmaba como “Ninon” esperaba encontrarse con él en la estación St. Lázare para salir hacia Gambais ese mismo fin de semana. Probablemente se trataba de su siguiente víctima, pero la policía no pudo encontrarla entre la multitud que se agolpaba en la estación.



El siguiente paso era intentar localizar a las mujeres cuyos nombres aparecían en agendas. Era una ardua tarea, pero evidentemente merecía la pena llevarla a cabo. Tras meses de trabajo, el equipo de detectives descubrió que la mayoría estaban vivas, y que muchas de ellas habían vivido con Landru y más tarde fueron estafadas también por él. En casi todos los casos, las había conocido a través de anuncios matrimoniales y estaba claro que consideró la cuestión del dinero, sin perder el tiempo con aquellas que no lo tenían. Sedujo con éxito a todas las que le interesaron. ¿Cuál era el secreto de su éxito, teniendo en cuenta que Landru era un hombre de cincuenta años que carecía de atractivo físico? Las investigaciones de Belin revelaron que se basaba en su habilidad para hacer creer a las mujeres que se interesaba por ellas. Según parece, era el más atento y encantador de todos los hombres, y esto, junto con su encanto personal y sofisticación, le hacía ganarse la confianza de mujeres solitarias y abandonadas. Al inspector le interesaban en particular las mujeres de las que se sabía con seguridad que nunca regresaron de la Villa Ermitage. Pero, ¿cómo se había desembarazado de ellas? El estanque artificial del jardín estaba vacío, así como el pozo; también dragaron otro estanque en el que lo vieron tirar unos bultos. El hedor era insoportable, pero no encontraron ningún cadáver.



La cocina de Landru dibujada por él mismo

Belin se alegraba de que el asesino no fuera más que un típico francés de clase media. No se conocen los métodos que utilizó, ya que nunca se encontraron los cadáveres de las víctimas y Landru se negó a dar a la policía ninguna información. Sin embargo, en su autobiografía, el inspector Belin escribió: “Yo siempre he creído que Landru estrangulaba a sus víctimas haciendo nudos corredizos con cables. Como generalmente se trataba de mujeres fuertes de la clase trabajadora, probablemente las drogaba antes. En la casa encontré un libro sobre envenenadores y envenenamientos. También creo que despedazó los cadáveres de algunas de sus víctimas sobre la losa de piedra del sótano de la casa de Gambais con la ayuda de varias sierras y después los quemó en el horno, esparciendo más tarde las cenizas. Tuvo mucho cuidado de que no quedara ningún rastro de sangre que lo pudiera delatar”. En vista de que el examen forense no arrojaba ninguna luz sobre el caso, el policía volvió a estudiar las agendas, con el fin de encontrar algo en común en la vida de las pobres víctimas de Henri Désiré Landru.







Los crímenes



El caso Landru proporcionó a los periódicos franceses titulares sensacionales. Las autoridades también ayudaron a la prensa a destacar el caso en primera plana, con el fin de desviar la atención del público de la Conferencia de Paz de Paris, que se estaba desarrollando desfavorablemente para Francia. Landru se convirtió enseguida en el centro de todas las conversaciones y la gente se agolpaba a las puertas del piso en el que él y Fernande Segret vivieron.



La multitud frente a la casa de Landru y Fernande Segret

Seguramente Landru se lamentó más de una vez de no haber destruido las agendas, ya que éstas constituían, tal y como dijo el inspector Belin, “las únicas pruebas de culpabilidad de que dispone la acusación”. En estas dos agendas de bolsillo, Landru llevaba un registro de todas las relaciones que mantuvo con las mujeres que conoció a través de los anuncios y de sus transacciones financieras, incluyendo los asuntos más triviales, apuntando incluso lo que le costaba viajar en el metro o el autobús, Belin dijo que eran un registro tan detallado de sus actividades que “se podría seguir la carrera de este famoso estafador en los últimos cinco años, día a día, casi hora a hora”. Después de leerlas, el inspector Belin comprendió por qué había tenido tanto interés en deshacerse de ellas. Sin ellas hubiera sido mucho más difícil acusarlo de asesinato. En el garaje encontraron pruebas incriminatorias, pero sin lugar a dudas el sospechoso podría haber dado una explicación satisfactoria, como lo había hecho en el caso del baúl de Célestine. Las agendas ofrecían una detallada, aunque oscura, descripción de su carrera criminal. Cuanto más sabía Belin del asesino, más difícil le resultaba comprender cómo un hombre tan inteligente había sido tan descuidado. Aparentemente quería convertirse en un brillante hombre de negocios, pero siempre por el camino más corto.



Los titulares sobre el caso

Durante quince largos años, Landru fue hundiéndose cada vez más en el mundo del crimen, a medida que veía que sus expectativas de alcanzar el éxito se alejaban. La primera condena de dos años por fraude, cuando tenía treinta años, debió de ser ciertamente un duro golpe para él e incluso le llevó al borde del suicidio. ¿Qué esperaba Landru en la vida? En realidad lo que todo el mundo espera: convertirse en un gran hombre de negocios, ir a hoteles lujosos, comer en buenos restaurantes y ver mundo. Pero la mayoría de los hombres de su edad desean algo más: una mujer. No sólo en el sentido sexual, sino afectivo. Su prima Marie colmaba esa necesidad; ella estimulaba su autoestima y le hacía creer que se encontraba en el camino del éxito. En realidad, por diversas razones, el éxito nunca llegó; la vida se convirtió en una dura lucha por la supervivencia. Se fue hundiendo en una profunda depresión, ya que ni siquiera era capaz de ganarse el pan. La mujer que había confiado y creído en él, tuvo que trabajar a menudo para ayudar a mantener a la familia.


Resultaba sorprendente descubrir que por lo menos, Landru amaba entrañablemente a su mujer y a sus hijos. Los franceses dan un gran valor a la familia y él sentía el deber de proteger a la suya. Cuando el dinero empezó a escasear, pensó que tenía que ser audaz y buscar una solución: el tipo de comportamiento que ella esperaba de él cuando se casaron. Durante los años que duró su carrera criminal, Landru nunca descuidó sus obligaciones y puntualmente les enviaba dinero a su esposa y a hijos, quienes muy pronto pudieron vivir desahogadamente. Y comenzó a cometer delitos que lo llevaron varias veces a la cárcel. No fue casual el hecho de que decidiera vivir de las mujeres. Para él, su éxito con ellas era embriagador. Como Casanova, encontraba que el arte de la seducción era “el más fascinante de todos los deportes”. Algo había en él que encandilaba a muchas mujeres. La edad y la calvicie no importaban para nada, de hecho le daban cierto aire de respetabilidad, y las jóvenes veían en él a un padre y a un protector. Se arrojaban en sus brazos confiadamente y deseaban que fuera él quien se hiciera cargo de sus vidas. Podía ser un farsante y un fracasado, pero cada vez que veía esa mirada implorante en los ojos de una mujer se sentía como un dios. Esto explica por qué sedujo a mujeres sin dinero, a las que acabó matando para recuperar la libertad. También explica el que mantuviera relaciones con Fernande Segret. Sería el carácter burgués de Landru el que precipitaría su caída.



Caricatura sobre Landru diciendo: “El lugar de la mujer está dentro del hogar”, refiriéndose a la chimenea

Como muchos otros, el inspector Belin estaba asombrado del éxito que Landru tenía con las mujeres. Al respecto, escribió: “Los periódicos decían que poseía poderes hipnóticos con los que atraía y seducía a sus víctimas. Lo que es cierto es que tenía unos ojos grandes y melancólicos, muy expresivos”. Lo que más sorprendió al inspector Belin fue el comprobar lo poco que, desde el punto de vista económico, Landru ganaba con los crímenes. En sus memorias escribió: “Lo más sorprendente de todo el asunto es que Landru trabajara tanto por tan poco”. Calculó que en total, con todos los crímenes “ocurridos en cuatro años y meticulosamente planeados”, debió de ganar unas cuántos miles de francos.



Ficha de detención de Landru

El inspector Belin en su autobiografía Mi trabajo en la policía, dedicó al Caso Landru una atención especial. En ella expone su parecer sobre el estado mental del asesino: “La mayoría de los policías estábamos de acuerdo en que tenía una doble personalidad. Más tarde aprendí que en algunos de estos casos, el sujeto no es consciente de lo que su otro yo ha hecho. Es posible que en el juicio se negara a hablar de sus crímenes porque realmente creyera ser inocente; probablemente no recordaba esa otra parte de su vida. Lo más curioso de todo es que a pesar de haber cometido terribles asesinatos, yo no podía evitar sentir cierta admiración por él. A veces me daba la impresión de ser un niño abandonado en un mundo difícil, al que se enfrentaba con un coraje y una frialdad notable. Tal vez fuese esta tristeza y no su supuesto poder hipnótico lo que atraía a las mujeres”.


Entre el arresto de Landru y el juicio pasaron dos años y medio. En el verano de 1919, Landru le escribió al juez Bonin, pidiéndole unas vacaciones. “El régimen de la prisión no se ajusta a mi temperamento. Necesito respirar aire puro, y le solicito que me deje en libertad una temporada. Si es posible iré a mi casa de Gambais y le prometo permanecer a su disposición, puesto que estoy preparado para defenderme de las débiles acusaciones hechas en contra mía”. Obviamente, la absurda petición fue denegada. El resultado del juicio era previsible. Desgraciadamente el verdadero problema tal y como señaló el fiscal Godefroy, era la falta de conexión entre las pruebas. El propio abogado de Landru, Vincent de Moro-Giafferi, un corso fiero y aguerrido, también se dio cuenta y en ello basó su defensa para tratar de salvar a su cliente de la muerte.



Vincent de Moro-Giafferi

La vista comenzó el 7 de noviembre de 1921 en el Palacio de Justicia de Versalles; el juez era el consejero magistrado Gilbert. Sin lugar a dudas, era el Juicio del Siglo en Francia y el interés del público era enorme. El mismo acusado se dio cuenta de que éste era el mayor reto de su vida: si podía engañar al jurado tal y como había engañado a tantas mujeres y a tantos cajeros, tal vez podría beneficiarse de una simple condena por robo y falsificación.



El juicio de Landru

Durante las tres horas que duró el discurso de la acusación, Landru permaneció impasible, y un espectador indignado declaró: “¡Tiene un corazón de piedra!” El abogado defensor interrumpió el discurso de la acusación para protestar, ya que se estaba refiriendo al pasado de su cliente, lo que consideraba poco relevante para el caso.


Cuando le preguntaron al inculpado si quería hacer algún comentario sobre lo dicho por la acusación, contestó: “Durante tres años he estado buscando las pruebas de las acusaciones vertidas en contra mía. ¿Pruebas? No existen”. Un periodista señaló que el acento de Landru no era el de un hombre educado, pero la pose que adoptó durante el juicio era tal que, a pesar de su corta estatura, otro periodista lo definió como un hombre alto.


El juicio de Landru atrajo la atención del público. El tren que todo el mundo cogía por las mañanas para ir de París a Versalles, a fin de asistir a las sesiones, empezó a conocerse como el “Especial Landru”. Hubo un momento en que pareció que conseguiría salvarse. Justo antes de que comenzara el juicio, se descubrió que una viuda llamada Guillin, que había mantenido relaciones con él, estaba viva. Desgraciadamente para el asesino se trataba de otra viuda Guillin, a la que había seducido para abandonarla poco después.


Durante el juicio, el acusado se comportó como un actor. Pronto se hizo evidente que la defensa basaba el caso en una serie de negativas: no había pruebas y todo se basaba en indicios y situaciones circunstanciales. Cuando le preguntaron por los once nombres de las víctimas que aparecían en una de sus agendas, Landru contestó que simplemente se trataba de gente con la que había hecho negocios.


En algunos casos eran personas a las que apenas conocía y entonces figuraban con apodos como “Brazil” y “Havre”. Señaló también que eso no implicaba que hubiera ninguna declaración del tipo: “Yo, Landru, declaro que he matado a las personas aquí mencionadas”. Explicó que había conocido a todas esas mujeres sólo para poder comprarles los muebles al precio más bajo posible en ese momento.


Estaba claro que el acusado confiaba en el éxito de su defensa y se mostraba muy ingenioso. Contó que la mayoría de las mujeres que había tratado decían tener la edad que figuraba en su acta de confirmación, en vez de la que figuraba en la de su acta de nacimiento. Y provocó las risas de los allí presentes cuando, al advertir que una dama no encontraba asiento en la sala, se levantó educadamente diciéndole: “Si la señora quisiera sentarse en mi sitio...”


En otro momento dijo, con aparente sinceridad: “Lo que más me duele es pensar que, con todo este escándalo, mi mujer sabe ahora que le he sido infiel”. De hecho, tal y como su abogado ya se había percatado, Landru pretendía despistar al jurado. Incluso cuando los hechos en su contra resultaban abrumadores, continuaba negándolos con feroz persistencia. Y cuando se le preguntaba sobre algo que no podía explicar, respondía fríamente que se trataba de un secreto y que la ley francesa le otorgaba el derecho a permanecer en silencio.


Los periódicos se hicieron eco de todo lo que iba ocurriendo en el proceso de un hombre al que las mujeres seguían buscando. Algunas de las víctimas de estafa que habían sobrevivido por determinadas circunstancias defendieron a Landru. Alegaban que él siempre fue un perfecto caballero con ellas y que le habían dado su dinero por propia voluntad. Muchas otras le proponían matrimonio, le escribían cartas de amor, se desmayaban en la Sala de lo Criminal si él las miraba desde el estrado.


Otra polémica la suscitó el propio inspector Belin al no ser del todo honesto; declaró que había registrado la casa de Landru en presencia del sospechoso, aunque más tarde admitió en sus memorias que éste ya estaba camino de la comisaría cuando comenzó a inspeccionar el piso. Y el acusado, que en ese mismo momento cayó en la cuenta de que cuando el policía fue a su domicilio no poseía una orden de detención válida, le acusó, indignado, de haberle arrestado de forma ilegal. Esta era una buena base para su defensa, pero parecía muy difícil convencer al jurado de su inocencia. Además, se produjo un hecho que acabó definitivamente con las simpatías que el jurado pudiera tener hacia Landru y su abogado.



La madre de Andrée-Anne Babelay

La señora Friedmann, la hermana de Jeanne-Marie Cuchet, primera víctima de Landru, estaba prestando declaración y se conmovió profundamente al mirar el pequeño montón de antigüedades que habían pertenecido a su hermana, y declaró que ella “nunca habría abandonado sus tesoros”. Cuando Landru le preguntó fríamente por qué eso le incitaba a pensar que su hermana había sido asesinada, el contraste entre aquella mujer emocionada y temblorosa, y el frío y cínico seductor, causó una fuerte impresión en todos los presentes en la sala.



La hermana de Jeanne-Marie Cuchet

El abogado defensor intentó intervenir antes de que las cosas se pusieran peor, y le preguntó si la historia sobre la desaparición de su hermana no sería sólo un sueño, como el que había relatado durante el interrogatorio.


Pero cuando la testigo volvió a contar una pesadilla en la que aparecía su hermana y le decía que su novio le había cortado la garganta mientras dormía, se hizo evidente que el intento del letrado por desacreditarla había fracasado; muchos presentes en la sala quedaron convencidos de que la premonición era real.


Incluso la presencia de Fernande Segret no tuvo el efecto esperado por Landru, aunque su tristeza conmovió al jurado. Pero cuando citó la siguiente frase que le había dicho su amante: “La guerra va a terminar demasiado pronto para mí”, todo el mundo se dio cuenta de lo que había querido decir. Había sido la confusión creada por la guerra la que le permitió seguir asesinando durante tanto tiempo. Sin embargo, no había duda de que Moro-Giafferi estaba en lo cierto al decir que todas las pruebas en contra de su cliente eran circunstanciales.



Fernande Segret en el juicio

Siete mil páginas ocupó el Caso Landrú. Siete mil páginas, pero ningún cuerpo. Pese a todo, a algunos de los jurados los impresionó el aire majestuoso del asesino, su mirada perturbadora, su aspecto acicalado.


Si la ley francesa le hubiera permitido al juez hacer un resumen de los hechos y Gilbert hubiera hecho hincapié en este punto, el acusado se habría podido salvar.


De hecho, había muchos periodistas presentes en la sala que pensaron que tenía una posibilidad de conseguir una absolución total y el mismo asesino creía lo mismo, envalentonado por la cantidad de cartas de admiradores que había recibido durante el proceso, la mayoría de las cuales eran de mujeres. Pero el principal argumento de la defensa, que aseguraba que las once supuestas víctimas podrían estar vivas, no convenció a nadie.


Durante el juicio de Landru, Fernande Segret se convirtió en una celebridad y un club nocturno la contrató como cantante. Pero nunca dejó de estar presente en las sesiones del juicio, que cada vez se complicaba más. Poco a poco, Landru veía alejarse las posibilidades de salir bien librado de aquel trance.


Fuertemente vigilado, Landru aguardaba tranquilamente la decisión del jurado. Cuando finalmente se entregó un veredicto de culpabilidad, la alegría del público asistente hizo que el juez los llamara al orden. Sorprendentemente, los miembros del jurado solicitaron que el acusado no fuera ejecutado.


Pero el juez ignoró la petición y lo sentenció a morir decapitado. Al comunicarle la sentencia a Landru, este respondió: “Sólo tengo una cosa que decir, Señoría. Nunca he cometido un asesinato. Esta es mi última declaración”.



Los titulares sobre el juicio


En sus últimos días, Landru aparentaba la misma tranquilidad de siempre, pero en el fondo estaba destrozado. El 24 de febrero de 1922 fue conducido al cadalso. Una multitud esperó toda la noche afuera de la prisión para presenciar el evento; algunos de ellos llevaban trajes de gala, ya que habían ido allí directamente al salir de los clubes nocturnos de París.



La orden de ejecución

Pero a los únicos a los que se les permitió presenciar de cerca la ejecución, fue a los periodistas y a los policías. Irónicamente, un apodo con el que se conocía a la guillotina era el de “La Viuda”; la gente decía que ésta era “la única viuda a la que Landru no había podido engañar”.







Landru esperando su ejecución


Un periodista estadounidense llamado Webb MilIer describió este último acto: “Cuando Landru apareció en el patio de la prisión, miré la hora. Dos carceleros lo condujeron, con las manos atadas a la espalda, hasta la guillotina. Lo sujetaban por los brazos e intentaban caminar deprisa. El reo iba descalzo, pisando los guijarros; parecían temblarle las rodillas. Estaba pálido y cuando vio la guillotina se puso terriblemente colorado. Incluso ante la guillotina, insistió en su inocencia. Ya en el patíbulo, le ofrecieron un último cigarrillo y una postrera copa de ron; rechazó ambos.



La ejecución de Landru

“Primero, los dos hombres le hicieron poner la cara contra el borde derecho de la guillotina. Esta bajó un poco, lo que hizo que Landru se estremeciera, y luego le pusieron la cabeza bajo la madera, dejándole el cuello bajo la cuchilla. Un segundo después la hoja cayó, y la cabeza se desprendió dentro de una cesta pequeña, haciendo un ruido sordo. Cuando se levantó la cuchilla para recoger el cadáver y meterlo a continuación en un gran cesto de mimbre, un enorme chorro de sangre lo cubrió todo. Otro ayudante alzó la cesta en la que había caído la cabeza y la hizo rodar como si fuera una calabaza, para introducirla en otro recipiente más grande.


“Cuando empezaban a despuntar en el cielo las primeras luces del amanecer sacaron el cadáver de Landru, descalzo y vestido con una camiseta y unos pantalones oscuros, de la prisión de Versalles después de la ejecución. Rápidamente lo metieron en un coche fúnebre que estaba esperando. Las puertas de éste se cerraron y los caballos marcharon al trote. Volví a mirar la hora. Sólo habían pasado veintiséis segundos”. Su rodante cabeza aún conservaba, según los testigos, la mirada que había seducido a cientos de mujeres. Fue enterrado de prisa.


Inmediatamente después de la ejecución de su amante, Fernande Segret abandonó Francia y se fue al Líbano, donde trabajó como institutriz durante cuarenta años. En 1965, cuando tenía setenta y dos años, se negó a que una actriz la representara en un filme llamado Landru, y demandó a los productores por 200,000 francos. Estos protestaron alegando que creían que estaba muerta. El juez estuvo de acuerdo en que era razonable, e hizo que la pagaran únicamente 10,000  francos.



Los titulares sobre la ejecución

El horno de la villa de Landru fue una de las pruebas más importantes en el juicio. Después sería vendido en una subasta pública alcanzando un precio, en palabras de Belin, “astronómico”. Sus muebles y otras pertenencias también fueron rematadas y quedaron en manos de coleccionistas.



La subasta de las pertenencias de Landru



Décadas después de la ejecución, ya retirada de sus labores como institutriz, Fernande se trasladó a un piso de una residencia de ancianos de la ciudad de Flers del Orne en Normandía, pero se supo que había sido la amante de Landru y la gente comenzó a fijarse en ella, lo que hizo que apenas saliera a la calle. Una dolencia en la espalda la obligó a llevar un corset ortopédico muy doloroso. El 24 de febrero de 1972, en el cincuentenario de la ejecución de su amante, dejó una nota sobre la cama en la que escribió: “Todavía lo amo, pero estoy sufriendo mucho. Voy a acabar con mi vida”. Después se fue caminando hasta el Castillo de Flers, subió a una de las torres y se arrojó al foso. Llevaba encima dos fotografías: una suya y otra de Landru.



Modelo de la cabeza de Landru


La familia Landru tuvo que cambiar de nombre para poder vivir con tranquilidad. El apellido prácticamente desapareció de aquel país. Por esa época, la cabeza cercenada de Landru, sometida a un proceso de embalsamamiento, comenzó a ser exhibida en una vitrina del Museo de la Muerte en Los Angeles, California (Estados Unidos).



La cabeza cortada de Landru


Pocos años después de la ejecución de Landru, el asesino en serie alemán Peter Kürten “El Vampiro de Dusseldorf” declararía que admiraba lo que Landru había hecho, quejándose en el tribunal de que las mujeres se habían vuelto fáciles hasta que el juez, indignado, lo hizo callar.



Cronología (click en la imagen para ampliar)

En los años siguientes, de vez en cuando aparecían restos humanos que posiblemente estaban relacionados con el Caso Landru. En marzo de 1933, durante la demolición de una casa del barrio de St. Denis en París, cerca del departamento donde había vivido Landru, se encontró el esqueleto de una mujer joven bajo el suelo de la cocina. En 1958, tras las excavaciones que se hicieron junto a la antigua villa del asesino, se hallaron partes de dos esqueletos. Parecían ser los restos de una mujer y un niño, posiblemente los de Jeanne-Marie Cuchet y su hijo, André, que fueron allí con Landru en diciembre de 1914 y desaparecieron un mes después. En 1937, Jean Belin ayudó a atrapar a otro asesino de masas, el asesino psicópata Eugen Weidmann, que fue ejecutado en 1939. Cuando se retiró, se dedicó a cultivar rosas y a escribir sus memorias.



Landru y sus víctimas

En 1947, Charles Chaplin dirigió y protagonizó Monsieur Verdoux, su segunda película hablada. Basada en la biografía de Landru, cuenta la historia de un hombre que ha perdido por completo la fe en la especie humana, lo que le lleva al nihilismo y al asesinato. Aunque contiene escenas de humor, la película transmite una sensación de desesperanza. La película fue nominada al Oscar al mejor guión original.



Chaplin en su versión de Landru

Cuarenta años después de su muerte, en 1963, aparecería una carta que los calígrafos identificarían como escrita por Landru, en la cual contaba todo y se declaraba culpable de los asesinatos. Además, durante su juicio, Landru trazó un esquema de su cocina, incluyendo en ella la estufa en la que fue acusado de quemar a sus víctimas. Le dio este dibujo a uno de sus abogados, Auguste Navières du Treuil. En 1963 lo desmontaron para limpiarlo y descubrieron que Landru había escrito algo a lápiz en la parte posterior. En diciembre de 1967, el dibujo fue hecho público. El diario France Soir lo reprodujo así: “Todos estos testigos son idiotas. Todo ocurrió en la casa”. Presumiblemente se estaba refiriendo al testimonio de personas como el doctor Jean Lontheil, que declaró que había visto a Landru tirar un paquete en el estanque. De hecho, ninguna de las víctimas mencionadas en las agendas desapareció por esa época. Así pues, quizás Landru se refería a cómo se desembarazaba de los cadáveres. Parece claro que los quemó en el horno y que nunca, por lo menos en Gambais, se arriesgó a desembarazarse de ellos fuera de la siniestra villa.


Con su muerte nacería la leyenda del asesino más caballeroso que haya existido. Landru se convertiría en protagonista de novelas, obras de teatro, poemas, biografías, películas, pinturas, esculturas, dibujos. Sería además inmortalizado en cera en varios museos. Con los años, otros homicidas superarían su cuenta de víctimas, pero ninguno poseería el suave estilo y el siniestro encanto que, tanto tiempo después, aún conmueve y seduce a la Historia.



VIDEOGRAFÍA:

Monsieur Verdoux (trailer)
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Historietas sobre Landru
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HEMEROGRAFÍA:

Landru, asesino de mujeres – Robert Perinelli



Landru, el asesino seductor (historieta)




BIBLIOGRAFÍA:









FILMOGRAFÍA:











EXPOSICIONES:

17 comentarios:

Escrito con Sangre dijo...

Respondo tu pregunta. El término es "uxoricida"; esto es, el que asesina a su esposa. Espero sigas leyendo este blog y dejando comentarios.

Anonymous dijo...

uroxcida, verás revisé el diccionario on line de la Real Academia de la lengua Española y no encontré el significado del término. Te agradecería lo expliques o indiques como hallarlo.

Anonymous dijo...

Gracias es bueno que una persona haya hecho un blog de esto en carna la vida de el Maestro landru y la expone para que no queden dudas.

mernela dijo...

la carne es debil jeje...

Aitor dijo...

Qué tío! La verdad es que sí tiene un siniestro magnetismo.

Por norma suelo desconfiar de aquellos cuyos modales son más que excelentes ya que creo que si son tan acurados es claramente una máscara que algo raro oculta. Aunque, tampoco es cuestión de emparanoiarse XD

Creo que en general la gente se deja llevar demasiado por la imagen. El asesino más eficiente es aquél que comprende las normas del juego e interpreta el papel fríamente para ganarse la confianza de sus presas, como en este caso Landrú. Algunos creen que la criminalidad va enteramente asociada a la pobreza y marginalidad y se equivocan totalmente.

El psicópata asesino es un depredador perfectamente bien adaptado a su medio.

Anonymous dijo...

Hola que tal:
Como siempre, un excelente trabajo el que traes a tus lectores. En lo particular desconocia totalmente la historia de este asesino-sedutor. Sin embargo si habia escuchado el término Barba Azul, de casualidad tendrás información del porque recibió ese calificativo nuestro asesino en turno? Gracias

Fanny Riffel dijo...

excelente el blog;una pregunta,¿se sabe que fue de la familia de Landru?
saludos
fannyriffel

Ivol_Ed dijo...

Como siempre estuvo excelente, un asesino, limpio y sin perder el estilo... desconocia totalmente de su existencia... Saludos

Xavier Sans Ezquerra dijo...

El cómic que has publicado es de lo más cretino y del peor gusto, pero el artículo y las fotos son muy buenos.

Ampersand dijo...

Con esto confirmo que la mujer es el misterio más grande del Universo ... quizá si tenga el magnetismo en la mirada, pero no es Rodolfo Valentino, Lord Byron, o Casanova, era calvo, quizá de buenas maneras, pero para los cánones de "belleza masculina actuales" es, hasta desaliñado.

Sin demostrar plenamente la cuenta de víctimas, lo que es cierto es que sí era un uxoricida, término que desconocía, pero que se aplica al hombre que asesina a sus concubinas, esposas o amantes: era la forma segura y sin dejar rastro que conocía, para quedarse con el dinero de esas mujeres, incinerarlas para no dejar rastro alguno, después de seleccionarlas bajo el criterio de soledad y falta de familiares.

Todo un clásico en los expedientes de los asesinos seriales, que es necesario conocer si se quiere profundizar en el tema .... Saludos !!!!

Neoporey dijo...

Esta muy confuso en los últimos párrafos lo que sucedió con Fernande, en una parte dice que trabajo 40 años como institutriz y en posterior oración dice que no pudo soportar la muerte de Landru y se suicido después.

Escrito con Sangre dijo...

Neoporey, te sugiero que leas de nuevo los párrafos. Se menciona claramente que ella se suicidó cincuenta años después de la muerte de Landru, en el aniversario de la ejecución.

¡Saludos sangrientos!

Manuel Santiago dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Manuel Santiago dijo...

Yo también cometí el mismo error de lectura, jaja.

Bueno, entonces lo que quedó en misterio fue el destino de Marie y sus hijos. Supongo que como se cambiaron de nombre, fue difícil rastrearlos...

Neoporey dijo...

Pero si ahora esta clarisimo! no se qué lei entonces, me habré salteado una oración, no se jajaja

PEDRO RODRIGUEZ BONILLA dijo...

ANOCHE VI LA PELICULA DE CHAPLIN Y LO MALO QUE TIENE TOQUES DE HUMOR QUE LA ARRUINA. UNA LASTIMA YA QUE DEMAS ESTA BUENA.

senderismoymas dijo...

Muy buena toda la investigación de este asesino. Yo he leido una pequeña biografía, pero tu artículo es mucho más completo