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Elizabeth Duncan: “Mamá Duncan”


“Era una dama encantadora e irresistible”.
Ralph Winterstein


Elizabeth Ann Duncan nació alrededor de 1904 en San Francisco, California (Estados Unidos). Su mitomanía se manifestó a lo largo de su vida. Alguna vez se describiría como una vagabunda, declararía haberse casado en diez ocasiones y haber operado un burdel en San Francisco. Había pruebas de la existencia de dos maridos, aunque afirmaba que no se acordaba de ellos: un tal señor Mitchell y Edward Lynchberg. "Podrían haber sido once matrimonios o más. Tengo miedo de contarlos todos: algunos no significan mucho para mí", declararía. Duncan estafaba a hombres jóvenes para que se casaran con ella, diciéndoles que necesitaba un marido para heredar una gran fortuna, prometiéndoles una parte y prodigándoles favores sexuales. Luego les exigía dinero a cambio de concederles el divorcio. Stephen S. Gillis, un marinero estadounidense que fue víctima de chantaje por parte de ella, quedó asombrado ante su carácter: “No importa qué mentiras o qué fantasías contara; las hacía todas creíbles”, diría. Al principio, Elizabeth Duncan aseguraba que tenía dos hijos: Frank y una hija, Patricia, quien murió a los quince años. Sin embargo, más tarde admitiría que tenía otras tres hijas y otro hijo. Aunque ella siempre diría que al hijo que más amaba era a Frank, el primogénito, nacido el 7 de noviembre de 1928 en Santa Bárbara, California.



Elizabeth Duncan con su hijo Frank

Frank Duncan se convirtió en la obsesión de su sobreprotectora madre. Ella se ganó a pulso el sobrenombre con el que pasaría a los anales del crimen: “Mamá Duncan”. Y Frank correspondía su obsesivo amor. En su testimonio, Frank Duncan orgullosamente admitió que había vivido con su madre casi toda su vida. En alguna ocasión, “Mamá Duncan” aseguró que ella y Frank (ya adulto) a veces dormían juntos y que cuando hacía frío, ambos se desnudaban para abrazarse y darse calor. Su relación incestuosa causaría un escándalo al hacerse pública.



Frank Duncan

Frank padecía un defecto de pronunciación que le valió burlas y sobrenombres desde niño. A pesar de ello, ejercía corno abogado y su madre siempre asistía a las audiencias en las que participaba su hijo. Incluso se le llegó a ver en los tribunales con las manos de su madre entre las suyas. “Mamá Duncan”, por su parte, le aplaudía calurosamente cuando ganaba un caso o bien insultaba al fiscal del distrito si el veredicto era contrario a su hijo.



Frank y "Mamá Duncan"

La pasión por su hijo, a quien adoraba, se había convertido en una auténtica obsesión. En 1957, Frank decidió independizarse. Le dijo a su madre que se mudaría a un departamento y ella le respondió que si la abandonaba, se mataría. Como Frank insistió, Elizabeth Duncan trató de suicidarse tomándose un frasco de pastillas para dormir. Fue trasladada al Hospital Cottage y atendida por una enfermera, Olga Kupzyck, una atractiva mujer de treinta años de edad, que prácticamente le salvó la vida al lavar su estómago, mantenerla despierta y darle consuelo mientas se recuperaba. Era una enfermera muy agradable, descrita por sus amigas del hospital como una mujer muy complaciente y tranquila. Había nacido en Vancouver, Columbia Británica (Canadá).



Olga Kupzyck

Frank, que en ese momento tenía veintinueve años, se enamoró de aquella mujer. Comenzaron un apasionado romance y Frank le propuso matrimonio. La primera vez que Frank invitó a casa a su prometida, Elizabeth Duncan le comentó a su amiga Emma Short que ojalá Olga se tropezara y se rompiera una pierna. Su resentimiento acabó convirtiéndose en una amenaza para la joven, a quien atosigaba con siniestros actos de venganza y rencor. Pero la pasión sexual consumía a Frank Duncan y se casó en secreto con Olga el 20 de junio de 1958. Sin embargo, a pesar de estar casado, aún dormía en casa de su madre, quien continuaba sirviéndole el desayuno en la cama.


Cuando se enteró de lo acontecido, Elizabeth Duncan montó en cólera: su hijo le pertenecía, era suyo y no estaba dispuesta a compartirlo con nadie, menos con otra mujer. Así que interfirió con el matrimonio forzándolos a separarse. Cinco días después de la boda, “Mamá Duncan” publicó un anuncio en el periódico que decía: “Desde el día 25 de junio en adelante, no me hago responsable de las deudas contraídas por otra persona que no sea mi madre”. Lo firmaba Frank Duncan. Pero poco a poco, sus planes fueron adquiriendo mayor violencia. Su hijo vivía entre su casa y la de su esposa. Olga se había tenido que mudar en dos ocasiones para evadir el acoso de su suegra y Frank mantenía la nueva dirección en secreto. “Yo vivía de ida y vuelta entre ambas, como un yo-yo”, declararía. Durante tres meses, “Mamá Duncan” llamó por teléfono todos los días a Olga para insultarla y exigirle que se alejase de su hijo. Una amiga suya, Emma Short, atestiguó cómo la rencorosa mujer amenazaba a su nuera con matarla si no se alejaba de Frank.



Emma Short

Otros protagonistas de la tragedia también se perfilaban. Agustín “Gus” Baldonado nació en 1930 en Camarillo, California (Estados Unidos). Luis Moya nació en 1938 en San Angelo, Texas (Estados Unidos). A pesar de provenir de un ambiente miserable, Luis Moya y Agustín Baldonado encontraban la vida divertida. La búsqueda de nuevas emociones fue lo que les condujo hasta el mundo del delito. Ambos pertenecían a la segunda generación de inmigrantes mexicanos y eran de origen humilde. Durante su infancia, ninguno de los dos mostró huellas de auténtica maldad. Aunque en su juventud se vieron ocasionalmente involucrados en peleas callejeras y riñas en bares, éstas no fueron importantes. Sus delitos eran menores y no cometían actos de violencia gratuita. Un amigo de ambos comentó que “siempre estaban buscando algo que hacer, algo excitante”.



Luis Moya y Agustín Baldonado

Luis Moya tuvo que añadir a la pobreza una infancia alejada de sus padres: su madre no le proporcionó demasiado cariño y el padre favorecía claramente a su hermana mayor, Eloísa. En la escuela demostró ser un consumado y entusiasta deportista, con una inteligencia que superaba la media. Pero al cumplir los doce años comenzó a desviarse del buen camino. Ante el enojo de su padre, Luis se escapa de clases y se mezcló con unos individuos de más edad que él, que fumaban marihuana y cometían delitos menores. Las palizas que le propinaba su padre sólo sirvieron para aislarle más de su familia y acercarle a sus nuevos amigos.



Luis Moya

Pronto, el joven Moya se dedicaba a asaltar tiendas y a introducir drogas desde México a través de la frontera. Tras ser arrestado por la policía mexicana después de robar un almacén de joyas, fue entregado a su familia, quien lo puso en manos de las autoridades estadounidenses. Esto aumentó el resentimiento del chico hacia su familia en particular y, por extensión, hacia la sociedad entera. Pasó nueve meses en un reformatorio y al salir se fue a vivir con una tía suya; trabajó durante algún tiempo, para volver a caer más tarde en actividades delictivas.


Agustín Baldonado era completamente opuesto al brillante y astuto Moya. Había nacido para vivir imitando a los demás. Aunque su rápido ingenio y sus constantes bromas le habían granjeado cierta popularidad, tenía una pobre opinión de sí mismo. Baldonado pertenecía a una familia de ocho hermanos en la que se le descuidó en todos los aspectos. En la escuela pasó completamente desapercibido; pronto tuvo problemas con la justicia y fue enviado al reformatorio de Los Prietos, de donde más tarde se le expulsaría.



Agustín Baldonado

Relacionado con las drogas, Baldonado sirvió activamente en el Cuerpo Médico, en Corea, donde saboreó las emociones de la guerra. Esta acabó pronto para él, pues un día lo sorprendieron inyectándole heroína a un compañero. Después de abandonar el ejército, se casó y tuvo dos hijos, uno de los cuales murió. Pero fue incapaz de asumir las responsabilidades de la paternidad y escapó a Santa Bárbara, California, donde trabó amistad con Luis Moya.


Al mismo tiempo, el drama de “Mamá Duncan” continuaba. El 7 de agosto, Elizabeth contrató a un ex convicto de 25 años de edad, Ralph Winterstein, para ayudarla a llevar a cabo un plan fraudulento para la anulación del matrimonio entre Frank y Olga. El impresionable Winterstein consideraba a “Mamá Duncan” como “una dama encantadora e irresistible”. Elizabeth se hizo pasar por Olga y Winterstein por Frank.






Elizabeth Duncan

Después de una breve audiencia en la que Winterstein, como demandante, declaró que Olga no había vivido con él desde su matrimonio, que ella se negó a hacerlo y que le había dicho que nunca había tenido la intención "de seguir adelante con el matrimonio”, un decreto de anulación se concedió al demandante. Como testigo estuvo su amiga Emma Short, quien fingió ser tía de Olga. Elizabeth no se conformó con eso e intentó persuadir a Winterstein de que eliminase a Olga. Winterstein se negó, pero no informó del incidente a la policía porque tenía miedo de meterse en problemas como consecuencia de la anulación matrimonial fraudulenta.



Ralph Winterstein

A mediados de agosto, Elizabeth Duncan descubrió donde vivía Olga: en el número 1114 de Garden Street, en el segundo piso de un moderno edificio de dos plantas, enclavado en una pacífica zona residencial con amplios patios y calles flanqueadas por palmeras. Duncan acudió en varias ocasiones a casa de su nuera para golpear la puerta una y otra vez con un zapato. Quería expulsar a la joven. Olga estaba aterrorizada. Duncan consiguió entrar a la vivienda cuando su nuera no estaba, con el propósito de descubrir si la ropa de Frank estaba allí. "Ella no va a terminar con él", le dijo Elizabeth a la dueña de la casa de departamentos que le había permitido el paso. "Yo la mataré, así sea la última cosa que haga". No estaba alardeando. En los siguientes días, trató activamente de encontrar a alguien que hiciera el trabajo sucio. Elizabeth Duncan le dijo a otra mujer, Diane Romero, cuyo marido Rudolph era uno de los clientes de Frank, que Olga estaba chantajeando a su hijo y le pidió ayuda para deshacerse de Olga. Rudolph Romero se negó.



Diane Romero

Elizabeth Duncan planeó secuestrar a su hijo. Su plan era dejar a Frank sin conocimiento después de hacerle tomar una sobredosis de somníferos, mientras la Emma Short esperaba oculta en un armario. Luego ambas atarían a Frank y se lo llevarían a Los Ángeles, donde “Mamá Duncan” podría convencerlo de que su matrimonio era un error. "Frankie había perdido la cabeza por Olga. Así que llamé a mi hermana en Los Ángeles y le dije que alquilara un departamento para mí. Planeaba atarlo y llevarlo hasta allí para encerrarlo. Yo no quería perder a Frankie. No podría soportar la vida sola y yo lo sabía". El absurdo plan se vino abajo cuando el hijo se negó a tomar las píldoras. Para entonces, Olga estaba embarazada de su primer hijo.


“Mamá Duncan” decidió que lo mejor era pedir ayuda profesional para deshacerse de su nuera. La búsqueda de un asesino por contrato la condujo hasta el Café Tropical, una sórdida cervecería cuya propietaria, Esperanza Esquivel, era amiga suya. El 12 de noviembre de 1958, Elizabeth Duncan le comentó que deseaba deshacerse de su nuera, quien supuestamente intentaba chantajearla. Esperanza Esquivel conocía a dos hombres a quienes ese trabajo les podría interesar y le prometió presentárselos. Los dos jóvenes eran Luis Moya, entonces de veintiún años, y Agustín Baldonado, de veintiséis. Las negociaciones no duraron mucho. Ambos jóvenes buscaban nuevas y excitantes emociones. No tenían experiencia en este tipo de crímenes, pero aceptaron cometer el asesinato a cambio de $6,000 dólares, de los cuales $175 se pagarían por adelantado y el resto una vez que hubieran cumplido el trabajo. “Mamá Duncan” había encontrado a los ejecutores de su nuera.



Esperanza Esquivel

El lunes 17 de noviembre, varias amigas del Hospital Cottage visitaron a Olga en su departamento. La consolaron a causa de la angustia que sentía por los ataques de su suegra y su embarazo. Estuvieron con ella toda la tarde y se marcharon a las 23:10 horas. Veinte minutos después, a las 23:30 horas, llamaron a la puerta. Olga se preguntó quién iría a visitarla a una hora tan intempestiva e inclusive pensó que alguna de sus amigas habría olvidado algo. En la puerta se hallaba un joven de 1.60 de estatura, de rasgos mexicanos, quien le dijo que había estado en un bar bebiendo en compañía de Frank, su marido; y que era tal su borrachera que lo había llevado hasta su casa. Estaba abajo, en el coche, y tendrían que subirlo entre ambos. La joven, aliviada al saber que Frank estaba sano y salvo y que se quedaría con ella esa noche, se ofreció inmediatamente a ayudarle. Llevaba diez días sin ver a su esposo. Aunque no llevaba más que un camisón rosa con estampado de flores y unas zapatillas, creyó ciegamente en el hombre y lo siguió escaleras abajo sin preocuparse de cerrar la puerta de su departamento. “Por supuesto que lo ayudaré a subirlo”, respondió encantada.


Abajo se hallaba aparcado un Chevrolet 1948 color crema; en el asiento posterior se veía la silueta de un hombre desplomado sobre él. Convencida de que su marido se había emborrachado, Olga Duncan abrió la puerta trasera del coche. Se inclinó para ocuparse de él y entonces una mano le asestó un rápido golpe en la parte trasera de la cabeza con una pistola. En respuesta a su grito, la figura que yacía inconsciente resucitó súbitamente y la arrastró al interior del coche. Era muy tarde y estaba oscuro; ningún vecino oyó ni vio nada. En realidad, el hombre del asiento trasero no era otro que Agustín Baldonado, el segundo de los dos hombres contratados por “Mamá Duncan” para asesinarla. El encargado de llamar a la puerta de su casa era Luis Moya. Los dos hombres condujeron a Olga Duncan fuera de Santa Bárbara y se dirigieron hacia la frontera mexicana. En el asiento posterior, Baldonado no cesaba de forcejear con la mujer, a quien el golpe en la cabeza no la había dejado inconsciente. Intentó frenéticamente taparle la boca, pero no lo consiguió.


Al detenerse en un cruce, Luis Moya se dio vuelta y la golpeó varias veces en la cabeza con el revólver hasta que el arma acabó rompiéndose. “Eso la tranquilizó. Le até las manos con esparadrapo”, declararía más tarde Baldonado. Desde ese momento, el plan de los asesinos aficionados fue de mal en peor. El coche comenzó a calentarse demasiado y se dieron cuenta de que no lograrían cruzar la frontera con él. Entonces Baldonado sugirió deshacerse de su víctima en las cercanas montañas de Ojai, una zona que conocían muy bien. Moya estuvo de acuerdo en continuar conduciendo hasta encontrar “un lugar adecuado donde enterrarla”. Cuando lo hallaron, los dos criminales estaban histéricos. Olga Duncan aún no estaba muerta, pero no podían rematarla porque Luis había estropeado el arma al emplearla para golpear a la joven en la cabeza. Y no estaban preparados para ponerse a cavar en plena noche. Tuvieron que usar sus propias manos para abrir un agujero escasamente profundo. Cavaron una tumba poco profunda en el cieno blando, en el borde de una zanja de drenaje. Luego trataron de estrangular a la víctima, quien aún continuaba luchando por su existencia. Baldonado empleó una roca para golpearla en la cabeza una vez más; luego le tomó el pulso con el fin de asegurarse de que estaba muerta. Incluso después de abandonarla allí, ninguno de los dos sabía con certeza si su víctima permanecía o no con vida. La enterraron en una zanja, a menos de 15 kilómetros al sur de Santa Bárbara, junto a la autopista 150 del condado de Ventura. No lo sabían, pero Olga seguía respirando. Había sido enterrada viva.


Poco después de las 02:00 horas, los asesinos se hallaban de vuelta en Santa Bárbara. Tanto ellos como el coche alquilado estaban cubiertos de sangre. Se lavaron y se cambiaron de ropa antes de destrozar las fundas de los asientos. Hicieron un revoltijo con ellas, con la pistola destrozada y con una de las zapatillas de Olga, y ocultaron el macabro paquete en el garaje de un amigo. Al día siguiente devolvieron el coche, explicando que su lamentable estado se debía a que habían cogido una borrachera y le habían prendido fuego con un cigarrillo sin darse cuenta.


La mañana del 18 de noviembre de 1958, las enfermeras que trabajaban con Olga Duncan comenzaron a sentirse preocupadas. Su compañera no había llegado al trabajo y nadie contestaba a las llamadas realizadas. Olga no solía faltar al trabajo ni dejaba jamás de informar cuando estaba enferma. Sus colegas decidieron avisar a la casera para que entrase en el departamento y se asegurara de que todo marchaba normalmente. Esta halló abierta la puerta y las luces encendidas. Pero no había nadie dentro. La casera llamó a Frank Duncan a su oficina para preguntarle si sabía algo del paradero de su esposa. No tenía ni idea. Inmediatamente, Duncan avisó a la policía para informar de la desaparición de su mujer. La policía consultó entonces con el médico de Olga, quien les dijo que la enfermera estaba tan deprimida, que había comenzado a padecer neuritis en las manos, síntoma revelador de una aguda tensión nerviosa. Cabía la posibilidad, dijo, de que se hubiera suicidado. Al día siguiente, el periódico local informó del incidente en pequeños titulares. Proporcionaba unos cuantos detalles encabezados por estas palabras: “La policía busca a una enfermera desaparecida”.



Los titulares sobre la desaparición


Cuando Luis Moya le comunicó a “Mamá Duncan” que él y Baldonado “se habían hecho cargo de su nuera”, se dio cuenta de que debían haber insistido en el pago por adelantado, pues era evidente que Elizabeth Duncan no estaba dispuesta a cumplir su parte del acuerdo; y, por otra parte, no podían obligarla a hacerlo sin que saliera a la luz su propia complicidad en el asesinato. Cuando Moya le pregunto si iba a cumplir su parte del contrato, ella intentó ganar tiempo. En ese momento no disponía de los $5,825 dólares que les debía, y alegó que si retiraba dicha cantidad del banco la policía la interrogaría al respecto. Se fijaron algunas entrevistas secretas con Emma Short y Esperanza Esquivel como intermediarias. En el transcurso de estos encuentros, Duncan intentó acallar a los asesinos con un cheque de $200 dólares que su hijo le había entregado para pagar una factura. Los dos hombres, indignados, le reclamaron la suma total. En respuesta a sus presiones, la mujer no hizo más que acumular mentiras y artimañas. Por una parte trató de tranquilizar a los asesinos, diciéndoles que estaba a punto de recibir algún dinero de San Francisco; y por otra, les comentó que la policía le había enseñado las fotos de ambos hombres, haciéndole algunas preguntas acerca de ellos. Ella les había contado que los mexicanos estaban chantajeándola. En total, “Mamá Duncan” no llegó a pagar más que $335 dólares por el asesinato de su nuera. Otro ridículo abono más, ascendente a diez dólares, les fue entregado dentro de un sobre por Emma Short.






Frank Duncan tras la desaparición de su esposa

Pasaron varias semanas antes de que aquella desaparición se incluyera de forma oficial en la lista de asesinatos, aunque no había pista alguna del cuerpo de Olga. Durante algún tiempo las sospechas recayeron sobre el propio Frank Duncan, pero pronto se demostró que éste carecía de motivos para matarla. Amaba profundamente a su esposa y la súbita desaparición de la joven y de su futuro hijo le produjo una fuerte conmoción. Más tarde cooperaría plenamente con los detectives de la policía encargados de la investigación. Roy A. Gustafson se hallaba al mando de la búsqueda de la enfermera. Tenía cuarenta y dos años y el pelo canoso; gozaba de gran reputación, y era fiscal del distrito. Se le conocía por su decidido apoyo a la pena capital y porque en diez años nunca había perdido un solo caso. El caso Duncan le fascinaba y estaba empeñado en hallar una explicación a la desaparición de la joven.



Roy A. Gustafson

Pronto se enteró de que las cosas no marchaban demasiado bien entre Olga Duncan y su suegra. Tanto el médico como las amigas de la enfermera opinaban que las fricciones existentes fueron la causa de la depresión de la joven. Gustafson decidió entonces interrogar a Elizabeth Duncan. Cuando la policía la interrogó, la señora Duncan denunció el hecho de que dos mexicanos intentaban chantajearla. Aunque aseguró que habían amenazado con matarla a ella y a su hijo Frank, no quiso revelar sus nombres. La policía conectó un aparato a su teléfono para que todas las llamadas quedaran registradas y atrapar de este modo a los chantajistas; pero no se dieron cuenta de que, siempre que éstos llamaban, “Mamá Duncan” se limitaba a desenchufar el mecanismo. Como la policía sospechaba que Elizabeth Duncan se hallaba involucrada en la desaparición de su nuera, lo último que deseaban los criminales a sueldo era dejarse ver en su compañía. Al descubrir el fraude para anular el matrimonio de su hijo, el fiscal Gustafson, quien investigaba el caso de la desaparición de Olga, ordenó arrestar inmediatamente a Elizabeth Duncan y a Emma Short.



El arresto de Elizabeth Duncan


Esta fue quien reveló el misterio que rodeaba la desaparición de Olga. Confesó a la policía que el odio de “Mamá Duncan” hacia su nuera era tan grande, que había planeado matarla por medio de dos asesinos a sueldo, los dos mexicanos que había denunciado como chantajistas.



Ficha de detención de Elizabeth Duncan

Fue el decidido comportamiento de Gustafson el que terminó forzando la solución del caso. Emma Short contó todos los detalles del plan de asesinato ideado en el Café Tropical.



Elizabeth Duncan en prisión

Aunque no existía cadáver alguno, la policía interrogó a Baldonado y a Moya. Al primero no le llevó mucho tiempo darse por vencido y accedió a mostrar a los detectives dónde se hallaba enterrado el cuerpo. Todo ello a condición de que no se le obligara a mirar cómo se exhumaba a la joven y de que lo acompañara un sacerdote. Ambas peticiones fueron aceptadas.



Agustín Baldonado en prisión

Moya no cedió tan fácilmente como su cómplice. Pero la tarde del 24 de diciembre de 1958 hizo llamar a un sacerdote, quien le dijo: “No te ayudaré a leer la Biblia si continúas mintiendo a la gente”. Al día siguiente, abrió de par en par su corazón a Gustafson y confesó.



Luis Moya en prisión

Casi un mes después del asesinato, los investigadores desenterraron el cadáver de la joven mujer. Baldonado guió a los hombres del fiscal del distrito hasta la tumba de Olga y derramó abundantes lágrimas mientras desenterraban su cadáver.



La policía recupera el cadáver de Olga Duncan

“De haber tenido la certeza de que seguía con vida, no creo que la hubiera enterrado”, aseguró. El patólogo determinó que Olga había estado embarazada, que presentaba heridas en la cabeza, signos de estrangulamiento y que su muerte había sido causada por sofocación, al ser enterrada viva.



“Mamá Duncan” se mostró impenetrable en los interrogatorios, sin confesar jamás haber cometido algún delito. Pero las confesiones de los dos asesinos, de Emma Short y de Esperanza Esquivel confirmaron su culpabilidad.



El juicio




Un psiquiatra designado por el tribunal, el doctor Louis R. Nash, quien se entrevistó con Elizabeth Duncan en tres ocasiones en la cárcel del condado de Ventura, dictaminó que padecía “trastorno de la personalidad” y poseía una “personalidad psicópata”.



Agustín Baldonado durante el juicio


Su propio abogado, Warden Fred Dickson, declaró tiempo después que “no había nada bueno en ella. Carecía de corazón y que tenía la misma sangre fría que Lady Macbeth. Sólo se diferenciaba de ella en un aspecto: adoraba a su hijo Frankie con un sentimiento tan intenso que estaba dispuesta a matar a cualquiera que amenazara con separarla de él.



Luis Moya durante el juicio



“Olga Duncan, la joven esposa de Frank, se convirtió en la víctima de su obsesión asesina. Consideraba a todos los seres humanos, excepto a su hijo, como juguetes. No podía imaginar que la gente tuviera otras necesidades. Las personas eran para ella sólo instrumentos para satisfacer sus caprichos. Su personalidad era inmadura. El hecho de que Olga Kupczyk le hubiera salvado la vida en una ocasión le parecía irrelevante”.



Frank Duncan y su madre durante el juicio



A pesar de realizar el trayecto desde la cárcel del condado esposada, a Elizabeth Duncan se le permitió sentarse en el banquillo con las manos libres. Elizabeth Duncan subió al estrado en su defensa y todos pudieron darse cuenta de que era una psicópata. Admitió haber hablado con los dos sospechosos, pero dijo que la chantajearon.



Elizabeth Duncan en el banquillo




Nunca aceptó lo que había hecho. Sólo contó los detalles de su campaña contra su nuera, pero nunca confesó la manera en que había planeado su muerte. Fueron otros los que dieron los sórdidos detalles, ante la mirada dolorida de su hijo.



Frank Duncan al escuchar los detalles del asesinato de su esposa e hijo

Los testimonios de los compañeros de celda de “Mamá Duncan” en la Cárcel del Condado de Ventura mostraron qué tan perverso era el amor entre ella y su hijo, con una reclusa contando que la mujer había dicho que su hijo iba a meterse en su cama en las noches frías y ambos se abrazaban desnudos, y que inclusive a veces hacían el amor.






Frank Duncan declarando durante el juicio





Los periódicos de la época se acercaron a la relación con cautela. The Times sólo mencionó el "gran amor" de la madre por su hijo. The Mirror se refirió a “un amor no natural" entre los dos, pero no llegó a nombrar el incesto.




El jurado tardó 4 horas y 51 minutos para declararla culpable. Fue sentenciada a muerte en diciembre de 1958. Luis Moya y Agustín Baldonado corrieron la misma suerte.



Los titulares sobre el juicio






El 8 de agosto de 1962, con las apelaciones estatales agotadas, Elizabeth Duncan escuchó la fecha de ejecución en silencio, con lo que un reportero del Times describió como "la dignidad impasible". Los tres fueron trasladados a la Prisión de San Quintín, al Corredor de la Muerte.




En los años cincuenta, dicha sección contaba con treinta y cuatro celdas, desprovistas de ventanas, instaladas en el último piso del bloque norte, que parecía una fortaleza. Cada celda medía 1.40 por 3 metros. A este piso se accedía por medio de un ascensor que no se detenía en las plantas restantes. Nadie podía salir o entrar de aquel bloque sin pasar antes cuatro puertas de acero, custodiadas por su correspondiente puesto de vigilancia. A los presos no se les permitía hacer ejercicio, ni comer fuera de aquellas puertas. Se afeitaban con unas navajas especiales que les eran entregadas cada día en sus celdas. Sólo unos pocos afortunados consiguieron el indulto. La mayoría acabó sus días en la cámara de gas.



El padre y los hermanos de Olga tras el veredicto

La mañana del día de la ejecución, el miércoles 8 de agosto de 1962, Elizabeth Duncan continuaba declarándose inocente. Sin sus gafas de marca y sin sus dientes postizos, fue conducida a la cámara de gas, vistiendo una bata color rosa con rayas verde menta. Mientras subía las escaleras que conducían a la estructura de cristal y acero que formaba la cámara de gas, se volvió hacia el abogado Warden Fred Dickson y le pregunto: “¿Dónde está Frank?” En ese momento su hijo, el objeto de la obsesión que costara cinco vidas, se hallaba implorando aún el indulto del gobernador o un aplazamiento de la ejecución. No hubo clemencia del gobernador Edmund G. Brown Sr. Tampoco de la Corte de Apelaciones de San Francisco. Frank seguía intentado salvar a su madre en el momento en que el gas letal envolvía su cuerpo agonizante. Unos minutos más tarde, a las 10:12 horas, “Mamá Duncan” estaba muerta. Fue la última mujer ejecutada en California antes de que la Corte Suprema de Estados Unidos suspendiera la pena de muerte en ese estado durante 1972.



Frank Duncan saliendo tras fracasar en su intento de obtener el indulto

Aquella misma tarde, los dos asesinos por contrato sufrieron la misma suerte. Sentados el uno junto al otro, mientras los gases les rodeaban, no cesaban de reír y bromear. Cuando echaron unas bolitas de cianuro en los cubos llenos de ácido colocados bajo las sillas, Baldonado saludó a su hermanastro, a quien habían permitido asistir a la ejecución, y le gritó: “¡Todo va bien! Encárgate de ver a los chicos”.



La cámara de gas y las dos sillas

Los dos infelices continuaron charlando hasta que el gas letal los cubrió por entero y sus cuerpos comenzaron a sufrir espasmos involuntarios. A Moya se le declaró muerto a la 13:15 horas; y, un minuto más tarde, a las 13:16, se declaró muerto a Baldonado. La mortal obsesión de “Mamá Duncan” se había cobrado sus dos últimas víctimas.



Fechas clave (click en la imagen para ampliar)

Con el tiempo, Frank Duncan se volvió a casar y se divorció. Se mudó a Los Ángeles y se deprimió. Se convirtió en un abogado alcohólico que pasó el resto de sus días bajo el estigma de su madre asesina y de su lealtad a ella, por encima del amor a su esposa y a su hijo.



BIBLIOGRAFÍA: