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George Joseph Smith: “El Asesino de la Bañera”


“He tenido un ataque. Todo mi cuerpo está resentido. He hecho testamento dejándoselo todo a mi marido. Es lo más natural, dado que lo quiero”.
Carta de Bessie Mundy antes de morir


George Joseph Smith nació el 11 de enero de 1872 en el número 92 de Roman Road, en Bethnal Green, Londres (Inglaterra). Su padre, George Thomas Smith, era un vendedor de pólizas de seguro. Se pasaba el día yendo de puerta en puerta, intentando colocar alguna póliza por unos cuantos peniques a los miserables habitantes del East End. Murió siendo el pequeño George aún un niño. Su madre, Louisa, tuvo que sacar adelante sola a la familia. Pero era una mujer de carácter débil, que ignoraba el refrán victoriano característico de la época: “Quien te quiere, te hará llorar”. La madre no impuso la mínima disciplina al chiquillo, y en vez de una educación recibida en casa, aprendió la ley de la calle. A los nueve años de edad, el jovenzuelo tuvo problemas con la ley por primera vez. No se sabe exactamente por qué, pero al parecer fue por robar una manzana o romper un cristal a propósito. El caso es que este evento resultó decisivo para la vida del chico. Lo internaron en un reformatorio del que no salió hasta haber cumplido los dieciséis años. Esta drástica medida, quitarle a un niño siete años de su vida y meterlo en prisión, da la idea de las escalas morales victorianas. Al hijo de nueve años de una familia de clase media o acomodada nadie lo hubiera internado. Se habría librado con un regaño, un tirón de orejas o, en el peor de los casos, una buena tunda. Pero el destino había querido que George perteneciera a la clase baja; de manera que para él no existía esa indulgencia. Las autoridades consideraron que, en vez de recibir unos azotes sobre las rodillas de sus padres, sería más beneficioso encerrarle tras unos gruesos muros.



George Joseph Smith en su juventud

La vida en el reformatorio giraba en torno a actividades idóneas para la formación de su joven personalidad, como los duros trabajos manuales. También incluía algunas nociones muy rudimentarias de lo que se estudiaba en una escuela primaria. No existía ningún sistema de reducción de penas como en las prisiones para adultos y la disciplina se mantenía basada en los castigos corporales. Un cronista de la época diría: “El joven delincuente hizo algo más que tocarse la nariz durante los siete años de internamiento”. Efectivamente, sobrevivió a aquella demoledora experiencia gracias a un estado de ánimo próximo a la ecuanimidad. Empleó el tiempo en sacarle a la institución más provecho que un simple comportamiento disciplinado. Del capellán aprendió unos cuantos versículos de la Biblia y algo de vocabulario. Más tarde utilizaría este aporte en sus cartas a los abogados y demás ciudadanos ultrajados, respetuosos con la ley. La vida en el reformatorio también dejó en él otras semillas menos benéficas: un ego desmesurado, un extraordinario autocontrol y un recalcitrante aire de autocompasión.



En prisión

Cuando por fin salió, regresó a Bethnal Green, donde estaba su madre... y las actividades habituales: la vagancia y el robo. La policía lo detuvo inmediatamente. Esta vez fueron siete días de arresto menor en una prisión para adultos. Pero para el encallecido muchacho de dieciséis años, aquello era pan comido. Smith a veces alardeaba sobre su supuesto período militar; habría servido tres años en el Regimiento de Northamptonshire. A una de las muchas caseras que engatusó durante su vida, le dijo que había sido profesor de gimnasia. Nada se sabe sobre estas supuestas actividades. Tras salir de la cárcel, se buscó la vida haciendo de ratero y hurtándole dinero a su familia. En 1891, con diecisiete años, robó una bicicleta. El castigo fue duro: seis meses de trabajos forzados. En julio de 1896 lo condenaron a doce meses de trabajos forzados por hurto y encubrimiento en North London. Fue en Wormwood Scrubs donde Smith pasó su condena; era una de las cárceles más modernas. La construyó en 1890 un equipo de delincuentes condenados. Fueron tres los delitos cometidos por un tal “George Baker”. George Joseph fue condenado a trabajos forzados y pasó el tiempo deshilachando estopa o cosiendo sacos en la celda, lo cual no le daba ningún miedo. Esos castigos le parecían despreciables. La rutina diaria de los prisioneros de las cárceles victorianas era dura y aburrida. La estopa provenía de viejas maromas sucias y alquitranadas, de tres centímetros de grosor. El convicto tenía que deshilacharlas hasta obtener hilos finísimos, como los de la seda. Era una labor agotadora, mugrienta y agravada por el hecho de tener la obligación de llegar a un cupo de estopa diario. Aunque había algunos trucos: una pila de hilos se podía empapar en agua durante la noche para que alcanzase el peso necesario; o cabía la posibilidad de encontrarse con un alfiler en el patio, ya que con una herramienta el calvario era más llevadero. Por esa época, George Joseph inició una carrera criminal seria, engañando, estafando, creando una serie de falsas identidades, llevando una vida múltiple y, además, descubrió un extraño poder sobre las mujeres; lo fácil que le resultaba enamorarlas y obligarlas a robar para él. George pretendía colocarlas en casas de familias acomodadas y aprovecharse de la confianza depositada en ellas para que hurtaran todo lo posible: dinero, joyas, cosas de valor en general. Y otro descubrimiento fue el embriagador mundo de la propiedad. Rebosaba de dinero gracias a las intrigas y artimañas, y por primera vez, a los veinticuatro años tenía algo ahorrado. De sus “estudios” en la correccional había tomado una enseñanza importante: dinero equivalía a poder. Y de 1897 en adelante, procuró conseguir el máximo posible con el mínimo esfuerzo.



La prisión de Wormwood Scrubs

Las celebraciones para festejar el sesenta aniversario en el trono de la reina Victoria llegaron a su punto álgido el martes 22 de junio de 1897, con una cabalgata real por las calles de Londres. La monarca realizó el trayecto desde el Palacio de Buckingham hasta la catedral de San Pablo bajo un radiante sol veraniego. “El clima de la Reina”, según la tradición popular. Miles de personas se agolpaban en las calles; los vítores de “¡Dios salve a la Reina!” se fundían ensordecedoramente con las melodías de clarines y trompetas. Los actos empezaron a la medianoche, el Big Ben dio el último tañido y un repicar de campañas inundó todo Londres. El gran día había comenzado. La salida de palacio fue acompañada de unas salvas de salutación disparadas en Hyde Park. La reina montó en una carroza descubierta, vestida con su habitual  como de seda negra, bordado esta vez con emblemas reales. La figura de Su Majestad quedó protegida de la fuerte luminosidad por un parasol negro. “Creo que nadie en el mundo ha recibido jamás una ovación como la que viví en aquel trayecto”, escribiría en su diario. “La muchedumbre era indescriptible; y su entusiasmo, profundamente emocionante. Los vítores eran ensordecedores. Todas las caras parecían repletas de felicidad”. Las calles estaban engalanadas para la ocasión con las nuevas bombillas eléctricas de reciente instalación. Londres, núcleo de un vasto imperio, había adornado sus edificios públicos con grandes pancartas de felicitación. “Procuró a su pueblo bienes duraderos”, proclamaba el Banco de Inglaterra. Aquella noche se encendieron hogueras por todo el país. La mesa de la Reina fue decorada con una pirámide de orquídeas de tres metros de altura, que sus súbditos habían enviado desde todos los rincones del Imperio. Mientras Inglaterra celebraba el sesenta aniversario de la Coronación de la Reina Victoria, a George Joseph Smith le preocupaban otras cosas. ¿Cómo iba a mantener su peculiar estilo de vida, mezcla de haragán y mujeriego?



El aniversario de la Reina Victoria

A los veinticinco años, George Joseph Smith había pasado su corta vida entrando y saliendo de la cárcel acusado de robar y esconder objetos robados. En 1897, tras otro roce con la justicia que le valió un año de prisión, cruzó la puerta de la penitenciaría de Wormwood Scrubs. Se paró un momento al salir y tomó una buena bocanada de aire, aire libre. Su aspecto de criminal de poca monta encubría un carácter despiadado que se manifestaría en los años venideros. Era hora de empezar una nueva vida. Smith se dio cuenta del extraordinario poder que ejercía sobre las mujeres y supo desde ese mismo instante que sería su trampolín hacia el éxito. El secreto del magnetismo de Smith radicaba en sus ojos. Así lo confirmó la mujer con quien se casaría en Londres. Smith colmaría su apetito criminal con las solteronas que había generado la era mercantil, la última época del reinado de la reina Victoria y los años de reinado del monarca Eduardo. Se trataba de chicas de ciudad, normalmente hijas de la burguesía acomodada, a las que la vida, por entonces, no ofrecía ninguna función clara. En la mayoría de los casos, disponían de una renta paterna que les permitía vivir sin trabajar. No obstante, algunas eligieron esta opción por pura apatía. También es verdad que los convencionalismos sociales dejaban poco margen para elegir. Muchas se hicieron enfermeras, otras eran hijas de familias ricas que sólo esperaban la ocasión para casarse. Solían llevar una existencia intachable y eran conscientes de que permanecer soltera significaba haber fracasado en la vida. Quizá tuvieran una cierta posición social, dinero e independencia, pero les faltaba lo más importante para convertirse en mujeres respetables: un esposo. La frustración que pendía sobre ellas era tan aterradora, que muchas jóvenes se lanzaban al matrimonio completamente a ciegas. Tener cualquier clase de marido era mucho mejor que no tener ninguno. El resultado, frecuentemente, era un profundo desencanto. Después de casada, la mujer perdía prácticamente todos sus derechos. Sus bienes y su independencia pasaban a la historia. Había prometido obedecer a su esposo y si no lo cumplía, le esperaba un negro futuro. Muchas mujeres no fueron más que simples posesiones para sus maridos, ya que éstos las podían tratar como les viniera en gana. Smith no era especialmente atractivo. De hecho, desprovisto de su llamativo mostacho pelirrojo, no tenía aspecto de rompecorazones. Su educación era más bien burda; y nunca dejó de pronunciar mal las vocales, como si gimiera, al estilo del East End londinense. Smith no impresionaba en absoluto a los hombres; la mayoría lo consideraban un tipo vulgar. Sin embargo, las mujeres parecían encontrarle irresistible. Poseía una especial facultad para atraer su interés. Un solo vistazo le bastaba para saber si había posibilidades con una dama. Los ojos eran su rasgo más particular. Una casera londinense sólo pudo explicar su enamoramiento diciendo que fue como si la hubieran magnetizado: “Eran unos ojos pequeños, que parecían robarte tu propia voluntad”. Smith también era muy hábil al hablar. Sarah Freeman declaró en el juicio: “Nos pusimos a charlar. Y el resultado final fue que terminé dándome un paseo con él”. Una viuda de mediana edad de Worthing, Florence Wilson, aceptó casarse con él en el verano de 1908. Feliz y contenta, le hizo entrega, al salir de la Caja Postal, de veinte soberanos de oro y dos billetes de cinco libras, prácticamente todo lo que poseía en el mundo. “Es mejor que yo te lo guarde, tú no tienes bolsillos”. Después le propuso ir a visitar la Exposición Franco-Británica de White City. La viuda se quedó esperando en una silla, mientras él se alejaba un instante: “Se fue a comprar el periódico, según creí. Y desde entonces no lo he vuelto a ver”. Esa era la confianza que se podía tener en él. Sus toscas maneras estimulaban con frecuencia la fibra sensible de las mujeres. Además sabía que muchos corazones femeninos ardían de ansias por encontrarse ante el altar. Hasta el punto de que se comportaban de forma impetuosa, irreflexiva, pues harían cualquier cosa para conseguir y retener a un marido. Así que Smith viajó hasta Leicester, en el norte del país, dejando atrás las fiestas que conmemoraban el aniversario de la reina Victoria en Londres. En el número 25 de la plaza Russell abrió una panadería bajo un nombre falso: “George Oliver Love”. Con el delantal blanco y su prominente mostacho, el señor Love tenía el aspecto de un respetable tendero de fin de siglo. De pies a cabeza aparentaba ser un sujeto honesto y muy servicial. Sin embargo, sus ojillos se fijaron en seguida en la amiga de una de sus empleadas: Caroline Beatrice Thornhill, de dieciocho años.



Caroline Thornhill

En cuestión de semanas la había cortejado, enamorado y llevado hasta el altar. En esa misma época quebró el negocio y George, con su esposa, se trasladó a Londres. Le prometió una estupenda Luna de Miel, disculpándose por el retraso. Caroline no salía de su asombro. Y con razón, porque la realidad estuvo bien lejos de las promesas. Nada más llegar a la gran ciudad, el diligente esposo la colocó como sirvienta en una buena casa. De esta manera pasó a formar parte de un verdadero ejército de empleadas del hogar que prestaban sus servicios en las casas de la media y alta burguesía británica a principios del siglo XX. Sólo uno de cada cinco hogares se permitía una sirvienta; no obstante, en 1901, más de 260.000 mujeres trabajaban en el servicio doméstico. Muchas familias de tenderos, empresarios y profesionales se enriquecieron por esta época, y procuraron adecuar su hogar al nuevo rango social adquirido, empleando a doncellas y cocineras. Smith fue muy listo al elegir la Costa Sur para mandar a trabajar a su mujer. Era la mejor zona, sin duda alguna. Ciudades como Eastbourne y Brighton poseían los índices más altos de chicas empleadas. Pero para asegurarse el puesto, una jovencita como Caroline debía presentar referencias, la llamada “descripción”, redactada por su anterior patrón. A George Joseph le sobraba habilidad para falsificar estos informes. Las horas se hacían interminables y los salarios eran bajos. No obstante, era preferible vivir en el semisótano de una casa acomodada que ganarse el pan en una de las fábricas de la época. Por añadidura, las costumbres de una familia de clase media victoriana resultaban más agradables. De ahí que el servicio doméstico estuviese considerado como una de las ocupaciones ideales para una chica de clase baja. Pero George Joseph Smith alias “George Oliver Love” se dio cuenta muy pronto de que los escasos ingresos de una sirvienta no serían suficientes para mantener el rumboso estilo de vida que tenía previsto. Había que actuar drásticamente, y rápido. Caroline tendría que acostumbrarse a hurtar cosas de sus señoras: joyas, plata, cualquier objeto de valor. Cualquier cosa que pudiese ser empeñada. La ingenua muchacha acataba las órdenes con la mansedumbre de un cordero. Su obediencia ejemplar parecía provenir de una especie de misterioso ensalmo.



Caroline Thornhill en sus días de sirvienta

Estas ilícitas actividades lucrativas les llevaron de Londres a los acomodados centros veraniegos de la Costa Sur. La pareja pululaba de ciudad en ciudad siguiendo la línea trazada por los empleos de Caroline. De Brighton a Hove, de Hove a Hastings, y de Hastings a Eastbourne, donde se empezaron a torcer las cosas. Un prestamista comenzó a sospechar después de que la muchacha intentase empeñar parte de una cubertería de plata. Caroline fue a parar a una celda de la comisaría; pero su marido reaccionó con más rapidez. En cuanto se dio cuenta de que la jugada había salido mal, se subió al primer tren que llevaba a Londres. Caroline fue conducida ante el juez a la mañana siguiente. La defensa insistió en que había sido manipulada por su marido. Pero la malhechora fue condenada a 12 meses de prisión. Aún no había cumplido los veinte años. Este golpe la devolvió a la más cruda realidad y decidió liberarse de las garras de su insensible esposo. Este tenía sus propios planes. Con su mujer en la cárcel, regresó a Londres y tomó una habitación en una pensión. Para poder vivir allí sin que le costara, se casó en segundas e ilegales nupcias con su casera. Esta declaró más tarde: “Ejercía un extraordinario poder sobre mí. Esa fuerza la tenía en los ojos. Cuando te miraba, parecía que te invadía con su magnetismo”. Caroline salió de la cárcel en el verano de 1900, y poco después recibió una carta de su marido, implorándole que volviera a su lado. La traicionada esposa hervía de rabia, e ignorando la descarada invitación, abordó la penosa tarea de recomponer su vida. No obstante, George reaparecería en breve de la forma más imprevista. Caroline lo reconoció paseando por la calle Oxford una tarde cálida y soleada de noviembre, y llamó a un guardia. Quería acusar a aquel hombre. Fue detenido enseguida. En enero de 1901, dos días antes de su vigésimo noveno cumpleaños, se encontró ante el juzgado de Hastings acusado de encubrimiento. Su esposa ya había pagado con un año de vida por este delito. A George Joseph le cayeron dos años de trabajos forzados. “La melaza es dulce, pero aún más dulce es la venganza”, le dijo Caroline a su esposo tras el arresto. Al salir de Lewes Gaol, descubrió que Caroline había emigrado a Canadá. Sin embargo, nunca se divorciaron; de manera que la muchacha siguió siendo su mujer legal por el resto de su vida.



El arresto en la Calle Oxford

Smith regresó a Londres y durante un breve período se hospedó en casa de su segunda mujer. Pero nada más llegar comenzó a maltratarla, incluso golpeándola. “Entró en casa y me dio una tremenda paliza, dejándome medio muerta”, declaró. La extraña relación terminó tan abruptamente como había comenzado. George Joseph Smith dejó de utilizar su pseudónimo y durante los años siguientes se dedicó a recorrer el sur de Inglaterra, cortejando y casándose con una serie de mujeres ingenuas a las que abandonaba con la cuenta de ahorros bien exprimida. Estaba perfeccionando su método.



Ficha de detención de George Joseph Smith en 1901

En 1908 le robó noventa libras a una inocente solterona de Brighton y después se trasladó a Bristol, donde abrió una tienda de muebles de segunda mano. Allí se procuró un ama de llaves llamada Edith Pegler y al cabo de un mes se habían casado. Smith parecía decidido a sentar cabeza y dedicarse al negocio de la compraventa de muebles, aunque le explicó a su nueva esposa que su trabajo le obligaba a viajar por todo el país sin descanso. De esta forma consiguió ocultarle varias aventuras. Smith y Edith formaban una extraña pareja. Ahora él tenía treinta y seis años, y daba la imagen de ser un empresario con sombrero de seda, levita, cadena de reloj de oro de bolsillo a bolsillo del chaleco y botas con polainas. Ella tenía veintiocho años, con cara redonda e inocente, ojos azules y pelo liso peinado discretamente hacia atrás.



Edith Pegler

Algunas veces llevaban una vida nómada por los alrededores de Londres y los condados adyacentes. Otras épocas las pasaban en la tienda de Londres. Y de vez en cuando, George viajaba solo, durante semanas, a causa del negocio. Una de estas prolongadas ausencias la explicó de la siguiente manera: había estado en Canadá para vender por mil libras una estatuilla de un ídolo chino. Pero en esos momentos Edith sabía ya lo suficiente como para ahorrarse las preguntas. La verdad era que Smith estaba viviendo una múltiple vida. A lo largo de su matrimonio con Edith (ya bígamo), siguió conquistando mujeres, casándose con ellas y dejándolas sin un penique. Uno de los interludios amorosos de Smith ocurrió con una tal Sarah Freeman. Fue un devaneo característico en su forma de proceder. Se fijó en ella durante un viaje de negocios a Southampton, acompañado de Edith, su mujer. Despachó a la señora Smith metiéndola en un tren con dirección a Bristol y trabó amistad con la señorita Freeman, presentándose como “George Rose”, soltero y comerciante de antigüedades. Le llevo cuatro largos meses conquistarla. Pero finalmente se casaron. Smith no perdió el tiempo; recogieron los efectos personales de Sarah de su cuarto de soltera y en un santiamén estaban sentados en un tren hacia Londres. “Sabía que yo poseía cincuenta libras antes de casarnos, pero nada más”, recordaría Sarah. “Alquilamos unas habitaciones en Clapham. Mientras deshacía el equipaje vio mi libreta de ahorros y le dije que tenía un poco más de dinero ahí”. Smith no perdió un minuto. Era mucho mejor que ella sacase el dinero del banco y lo invirtiera en el negocio. Al cabo de una semana, los billetes de su mujer rebosaban de su cartera. Trescientas libras eran un buen pellizco. Entonces sacó de la manga su carta favorita, la más cruel que podía jugar. Le propuso hacer una visita a la National Gallery, y allí dejó a la señora Rose sentada en un banco mientras “él iba un momento al excusado”. Al cabo de una hora, Sarah se acercó a los servicios para preguntar al encargado si su marido estaba dentro. Este echó un vistazo en el interior y salió negando con la cabeza. Al regresar a sus habitaciones la sorpresa fue mayúscula: el señor “Rose” había pasado por allí llevándose el dinero, las joyas, la ropa... todo, excepto un puñado de peniques. Sarah Freeman lo perdió todo, aunque conservó la vida. Fue una de las muchachas con suerte. La siguiente amante de George Smith, Bessie Mundy, no saldría tan bien parada.


Bessie Mundy era una mujer gris y anodina que vivía en el barrio de Bristol llamado Clifton. Desde la muerte de su padre, en 1904, había llevado una vida solitaria, en alguna habitación alquilada en una casa privada o en diferentes pensiones. Sus ingresos, unas ocho libras mensuales, procedían de la renta vitalicia de una finca valorada en unas dos mil quinientas libras, propiedad de su difunto padre. No obstante, las disposiciones testamentarias respecto a esta pequeña fortuna eran tales, que sólo podría disponer de ella después de muerta. Tenía treinta y un años cuando conoció a George Joseph Smith, quien se hacía llamar “Henry Williams”. Smith se casó con ella, la convenció de que le diera todo el dinero que tenía en efectivo y luego la abandonó. A las pocas semanas le escribió una infamante nota: “Querida: me has contagiado una enfermedad, una enfermedad venérea. No quiero decir que hayas tenido contacto con otro hombre y él te la haya pegado. Pero, o es eso, o es que no te aseas lo suficiente”. Tras esta humillante carta, después de que la dejara abandonada durante dieciocho meses llevándose todo su dinero, Bessie cayó en una profunda depresión. Un día, andaba deprisa por el paseo marítimo. Para resguardarse del frío llevaba una capa de piel y apretaba contra su seno un gran ramo de narcisos. El viento de marzo dibujaba crestas en la arena y jugueteaba con su sombrero de paja, mientras sus finos dedos, protegidos por unos guantes, lo agarraban con fuerza. La gente solía contar un chiste sobre la marea en Weston-super-Mare; solía retirarse tan lejos hacia el horizonte que nadie sabía si alguna vez volvería a subir. Bessie contempló la enorme franja de playa, la luminosa arena, y al fondo, la débil línea del mar. En una o dos semanas estaría a rebosar de turistas. Se acercaban las vacaciones de Pascua. Los mineros de Gales, los trabajadores de las acereras y sus familias, todos bajarían ansiosos de los trenes de vapor para disfrutar de las primeras vacaciones de aquel año 1912. Por el momento, la playa seguía vacía y desolada. Así se sentía Bessie, como una playa. Era una mujer alta, morena y recatada. No obstante, un melancólico aire de congoja embargaba toda su figura. Le dolía aún que su marido se hubiera largado con sus ahorros a las pocas semanas de casados, además de la nota ofensiva que le había dejado. Hacía ya dieciocho meses de todo esto, pero Bessie, a pesar de haber rehecho su vida, seguía sufriendo con el recuerdo. Se ajustó la capa alrededor de los hombros. Las campanas del reloj del Gran Malecón estaban repicando y apretó el paso para llegar a la pensión donde se alojaba. De pronto, se paró en seco. Aquella silueta cerca de la barandilla, aquel hombre que escrutaba la lejanía en dirección al Canal de Bristol le resultaba conocido. Se acercó un poco más. No podía dar crédito a sus ojos. “¿Henry?”, preguntó. El hombre volvió la cabeza. Sí, era la persona que ella se imaginaba: “Henry Williams”, es decir, George Joseph Smith.



La playa de Weston-super-Mare

“¡Mi querida Bessie!”, masculló quitándose la gorra. “He recorrido el país buscándote. Todo ha sido un espantoso error. ¡Te lo voy a explicar!” Con el dedo índice se acarició el grueso mostacho pelirrojo. En efecto, había mucho que explicar. ¿Por qué la había abandonado? ¿Dónde había estado? ¿Qué había hecho con su dinero? Smith la cogió del brazo, se sentaron en un banco del paseo e imploró su perdón. La charla duró dos horas. Henry agarró el toro por los cuernos. Creyó equivocadamente que había contraído una enfermedad venérea. Entonces decidió hacer lo que debe hacer un hombre en estos casos: abandonar la casa. De esa forma, ella no correría ningún riesgo de infección. En cuanto al dinero, 150 libras, simplemente lo tomó prestado para pagar una deuda. Perdió la pista de su mujer, y se había pasado doce largos meses buscándola “por todos y cada uno de los pueblos de Inglaterra”. Una de sus amistades, tampoco especificó cuál, le habló de Weston-super-Mare. Y ahí estaba.







Bessie Mundy

Por supuesto, Smith estaba mintiendo y Bessie lo sabía. Ni una sola palabra era verdad. Pero Bessie Mundy escuchó la historia con los ojos abiertos de asombro y optó por no llamar a la policía. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Y después por las mejillas de su esposo. El reloj dio las 13:00 horas. El clamor de la campana surcó el aire de la playa, pasando por encima de los chalets y las calles, hasta alcanzar a los dos amantes del paseo marítimo. Allí, Smith abrazó a su mujer, la besó. Ella lo había perdonado. En la pensión, Bessie anunció que se habían reconciliado. Los otros huéspedes la miraron con aire de incredulidad y la casera, la señora Tuckett, una viuda experimentada en esas lides, echó un vistazo al marido de su inquilina y puso un telegrama para la tía de Bessie. Era importante, debía acudir enseguida. Aun así, la tía llegó tarde. La pareja se había escabullido ya. Smith le envió al día siguiente una ultrajante carta a la casera Tuckett: “Por lo que se refiere a Bessie y a mí, el pasado está olvidado y perdonado. Al fin y al cabo, nos queda aún mucha vida por delante”.



George Joseph Smith y Bessie Mundy

Asombrosamente, Bessie estuvo dispuesta a reanudar la vida en común sin una sola palabra de queja. Para celebrar el feliz reencuentro, la pareja visitó a un abogado y redactaron testamentos en los que se declaraban mutuamente beneficiarios de las respectivas herencias. Este arreglo no dejó de llamar la atención del hombre de leyes por lo desigual que era. El marido prácticamente no poseía bienes, mientras que los de la mujer ascendían a la suma de 2,500 libras. Los esposos se trasladaron a Herne Bay, en el condado de Kent. Se trataba de un típico lugar de veraneo, situado sobre las poco profundas orillas del río Támesis. Alquilaron una casita en la calle Hight, donde Smith colocó una placa de bronce en la entrada: “H. Williams. Comerciante en Arte, cuadros, porcelana, monedas y muebles antiguos, etc., compra”. La casita era un encanto, pero le faltaba un baño.



El letrero en la puerta de la casa

Los cuartos de baño completos seguían siendo una excepción en la mayoría de las casas en la época del rey Eduardo. Y allí donde los había, normalmente faltaba la instalación de cañerías y desagües. Era necesario llenar las bañeras con baldes de agua caliente. Para muchos, darse un baño quería decir acurrucarse en una cubeta en la cocina para lavarse una vez por semana. La intimidad no existía durante el momento del aseo corporal. Las bañeras eran, sin embargo, tan grandes  como las actuales. El modelo Heme Bay medía 1.50 metros, pero se estrechaba hacia el desagüe hasta 33 cm. La bañera Blackpool era incluso más estrecha: su extremo medía escasamente 30 cm. Un caluroso día de julio, Smith se acercó hasta la ferretería local, escogió una bañera de dos libras y al ver que carecía de tapón y accesorio de grifería, envió de nuevo a Bessie para que regateara media corona del precio.



La bañera

Al día siguiente de la entrega, Smith llevó a su mujer a la consulta del doctor Frank French y le explicó que había perdido el conocimiento después de un ataque. El médico, un hombre joven y con poca experiencia, se mostró muy sorprendido: la paciente aparentaba poseer una excelente salud y no tenía antecedentes de sufrir ningún síncope, así que se encogió de hombros y recetó un sedante de bromuro de potasio, que preparaba él mismo de vez en cuando. Pero la mañana del 12 de julio, Smith estaba de nuevo ante la puerta de la consulta. La golpeó con fuerza, gritando que su mujer había sufrido otro desmayo. Aún estaba oscuro. El doctor encontró a Bessie en la cama, vestida con el camisón, con las manos húmedas y frías, cosa que achacó al clima. De nuevo, la situación le dejó perplejo. La gente que sufre ataques normalmente se muerde la lengua, pero la de la paciente no mostraba ninguna marca. Regresó con el marido a la consulta y preparó otro frasco de sedante.



La casa de Herne Bay

Aquella misma tarde el médico recibió a la pareja en el consultorio: la enferma parecía gozar de una excelente salud; sólo se quejaba de sentirse algo cansada y cabizbaja. Smith también creía que su aspecto había mejorado. La sufrida esposa le escribió a su padre por la tarde: “He tenido un ataque. Todo mi cuerpo está resentido. He hecho testamento dejándoselo todo a mi marido. Es lo más natural, dado que lo quiero”. El doctor French se disponía a vestirse a la mañana siguiente cuando le interrumpió la llegada de una misiva urgente: “¿Puede venir de inmediato? Creo que mi mujer ha muerto”.



La muerte de Bessie Mundy

El médico se apresuró en llegar a la casa del matrimonio. En uno de los cuartos había una bañera llena de agua en sus dos terceras partes. El cuerpo desnudo de Bessie yacía dentro. Estaba boca arriba, con la nariz y la boca bajo el agua. En la mano derecha sostenía una pastilla de jabón. El marido explicó que había salido a comprar unos arenques para el desayuno, y al volver encontró muerta a su mujer.


En los días siguientes, el comportamiento del desconsolado esposo fue tan extraño como el repentino e inesperado fallecimiento de su mujer. La investigación forense de la muerte se llevó a cabo a toda prisa. Smith sollozó apenado ante el jurado y el veredicto fue muerte accidental. Acto seguido, se fue a casa y organizó el entierro en una fosa común, para que le saliera barato. Luego le devolvió la bañera al ferretero. Después quedaba el asunto de los terrenos de su esposa, valorados en 2.500 libras, y “Henry Williams” era el único beneficiario del testamento. Poco después de la muerte de Bessie, Smith cobró la herencia de su mujer y se largó de Herne Bay, dejando atrás la anónima tumba de su esposa y su antigua identidad.



La tumba de Bessie Mundy

En el otoño de 1913, Smith radicaba en Southsea, haciéndose pasar por un soltero con medios de vida independientes. Ya había entrado en los cuarenta y exhibía un aire mundano. En el paseo marítimo solía presentarse ante las damas como George Joseph Smith. No pasó mucho tiempo antes de que conociera y se casara con Alice Burnham, una enfermera de veinticinco años. Era la acomodada, rolliza y vivaz hija de un granjero que cultivaba frutales. Había estado atendiendo durante varios años a un inválido en Southsea. Era una jovencita de generosas proporciones físicas, descrita como “una mujer regordeta, ancha de pecho y de caderas”.



Alice Burnham

A Smith le faltó tiempo para asegurar la vida de su nueva esposa en quinientas libras y traspasar el dinero de sus cuentas de ahorro a la suya. A principios de diciembre, persuadió a Alice para que hiciera testamento a su favor. Dos días después, los recién casados se trasladaron a Blackpool, con la intención de disfrutar de una Luna de Miel algo retrasada. Smith no se había preocupado por reservar habitaciones con antelación, de manera que la pareja tuvo que pasar varias horas recorriendo las calles de la ciudad en busca de alojamiento.


George quería, sobre todo, que su mujer tuviese un lujoso baño a su disposición. En la primera pensión donde que se pararon había un piano en la habitación, pero no tenía bañera. Les mandaron a preguntar a casa de la señora Crossley, en el número 16 de la calle Regent, donde alquilaron por una semana y diez chelines un cuarto de estar y dormitorio con baño. Dos días después de llegar a Blackpool, Alice le mandó una postal a su madre; sufría unos horribles dolores de cabeza. Un tal doctor George Billing le prescribió unas tabletas y una medicina para reanimarla un poco.



El acta de matrimonio con Alice Burnham

El viernes 12 de diciembre, la familia Crossley se disponía a empezar a cenar en la cocina. Se fijaron en una mancha de agua en el techo. La mancha creció y comenzó a gotear por la pared. Sabían que la señora Smith estaba tomando un baño en la habitación de arriba, pero nadie se atrevía a ir a llamarle la atención. Empezaron a discutir. En un momento de la discusión, entró George Joseph en la cocina. Dejó una bolsa de papel en la mesa y dijo: “He comprado unos huevos para nuestro desayuno de mañana”. Después subió a sus habitaciones. Al cabo de un momento salió corriendo al rellano de la escalera y le gritó a la señora Crossley que fuera a buscar a un doctor. “¡Mi mujer no me responde!”, exclamó.



La muerte de Alice Burnham

El doctor Billing encontró a Smith en el baño, sujetando la cabeza de Alice por encima del agua templada y jabonosa. Estaba muerta. Los acontecimientos subsiguientes parecían una repetición de lo ocurrido en Herne Bay. La investigación de la muerte se realizó y concluyó con increíble rapidez en media hora. El veredicto: muerte accidental causada por un ataque durante el baño. La esposa ahogada recibió el funeral más barato posible y terminó en una fosa común. Los bienes de Alice, cuyo heredero era George Joseph Smith, ascendían a seiscientas libras en total.



La siguiente conquista de Smith también llevaba el nombre de Alice. Era una sirvienta llamada Alice Reavil. George la localizó entre un grupo de mujeres que escuchaban una banda de música en Bournemouth. Corría el mes de septiembre de 1914 y la guerra acababa de estallar. “Charlamos un rato. Me dijo que le gustaba mucho mi tipo”, contaría Alice más tarde. En menos de una semana, estaba casada con “Charles Oliver James”, supuestamente un rentista con tierras en Canadá. La boda se celebró en el Registro Civil de Woolwich. Una vez más, fue el inicio de una cruel parodia. Smith convenció a la muchacha de que sería muy rentable invertir sus ahorros en una tienda de antigüedades que pensaba abrir. Ella contó más tarde: “Al cerrar mi cuenta recibí setenta y seis libras y seis chelines. Él se quedó con los billetes y yo con las monedas, los miserables seis chelines. Nunca volví a ver mi dinero”. Incluso vendió los pocos muebles que poseía para entregar a su esposo el importe: catorce libras. Aquella misma tarde, Smith ordenó que cargaran todas sus pertenencias en un carro para, según él, trasladarse a un nuevo alojamiento. Al día siguiente se llevó a su esposa a dar un paseo por un parque cercano. Se sentaron en un banco y él se levantó pretextando que necesitaba ir al servicio. Fue la última vez que Alice lo vio. “Me dejó plantada con unos pocos chelines y las ropas que llevaba puestas”. Por lo menos, no la había matado; no había sido necesario.



George Joseph Smith

En el mes de diciembre de 1914, volvió a postrarse ante el altar para casarse. La desdichada se llamaba Margaret Elizabeth Lofty, la hija de un cura, con el pelo muy rizado y una verdadera pasión por los grandes sombreros de ala ancha. Tenía treinta y ocho años. Había trabajado en Bristol como señorita de compañía para varias damas. En el verano de 1914, descubrió que el hombre con quien mantenía una relación amorosa estaba casado. Esta sorpresa la dejó en un estado de depresión permanente. Se trasladó a Bath para reunirse con su madre viuda y con sus hermanas. Smith la conoció en Bristol, haciéndose pasar por un vendedor de terrenos, y se presentó como “John Lloyd”. Ella le dijo que sus amigos la llamaban cariñosamente “Peggy”.



Margaret Elizabeth Lofty

El matrimonio se celebró una semana antes de Navidad en la ciudad de Bath. En una carta dirigida a su familia el 17 de diciembre de 1914, escribió: “Supongo que te sorprenderá saber que hoy me he casado con un caballero llamado John Lloyd. ¡Es una persona tan agradable!” Al día siguiente de la boda redactó el testamento y en él nombraba heredero a su marido.


La pareja se dirigió inmediatamente a Londres, donde tomaron unas habitaciones en la calle Bismarck número 14, en Highgate. El primer día de estancia, la señora Louisa Blatch, la casera, calentó un gran recipiente de agua para el baño de “Peggy”. Despues declararía: “Oí cómo alguien subía las escaleras. Yo estaba planchando en la cocina. Entonces escuché un chapoteo. Después, como si alguien se apoyara con las manos húmedas, o con los brazos, en los bordes de la bañera. Y acto seguido, un suspiro”. La señora Blatch siguió planchando. Le quedaba aún mucha tarea. Pero poco después le llamó la atención otro sonido. Cada vez era más fuerte. Era música; una melodía que inundó toda la casa. Se trataba del señor Lloyd tocando el órgano del cuarto de estar. La casera reconoció el himno: “Señor, más cerca de Ti”. “Pensé para mis adentros que sonaba divinamente”, dijo. La música cesó.


La señora Blatch oyó cerrarse la puerta de la entrada, y a los pocos minutos sonó el timbre. Era el señor Lloyd, sonriendo con afectada vergüenza: había olvidado la llave. Le mostró una bolsa de papel. Acababa de comprar unos cuantos tomates para la cena de su mujer. “Subiré a preguntarle si los quiere ahora”, dijo mientras subía las escaleras y llamaba a su esposa. Nadie contestó. Arriba, en la bañera, Margaret Lloyd, esposa por un día, yacía ahogada con los labios hinchados y amoratados.







La muerte de Margaret Lofty

Smith discutió acaloradamente con el enterrador y consiguió rebajar en casi una libra del precio del funeral. Su nueva esposa terminó, para variar, en una fosa común. A los dos días se inició la investigación judicial de rigor. En la vista se expusieron las circunstancias de la muerte, pero hubo de ser aplazada porque uno de los testigos estaba enfermo. George regresó a Bristol para pasar las fiestas de Navidad con Edith. Parece ser que fue el centro de la fiesta de Nochebuena, a pesar de que su proverbial tacañería era conocida por todos. A Edith le regaló uno de los vestidos de Margaret. Lo sacó directamente de la maleta de la muerta.


Smith ya había aparecido en varias ocasiones ante un Juez de Instrucción Forense. Nadie le prestó mucha atención a estas vistas, porque aparecían breves notas en los periódicos de tirada local. Pero la investigación de la muerte de su tercera esposa se realizó ante un Juez de Instrucción londinense y apareció en los diarios nacionales, concretamente el 27 de diciembre de 1914 en el dominical News of the World. El texto del artículo era el siguiente: “¡Encontrada muerta en el baño! La trágica suerte de una novia al día siguiente de la boda - Una vista judicial forense realizada en Islington ha tenido que ocuparse de las desagradables circunstancias en que ha muerto la esposa de un agente inmobiliario de Holloway: Margaret Elizabeth Lloyd, de treinta y ocho años. El marido declaró que se había casado con ella en Bath. Tras viajar a Londres, la mujer empezó a quejarse de padecer dolores de cabeza y mareos. Su marido la llevó a ver a un doctor que le recetó un calmante. A la mañana siguiente la enferma se encontraba mucho mejor y salió de compras. A las 19:30 horas estaba muy animada y decidió tomar un baño. Un cuarto de hora más tarde el marido salió de la casa y regresó a las 20:15, confiado en encontrar a su esposa esperándole en el salón, pero no estaba allí. Bajó a preguntar a la casera, y después, ambos entraron en el baño, que se encontraba a oscuras. Encendió la lámpara de gas y halló a mujer sumergida bajo el agua. La bañera estaba llena en sus tres cuartas partes. Al día siguiente, el testigo principal halló una carta de su mujer entre las ropas, pero nada hacía pensar que tuviera en mente quitarse la vida. El doctor Bates diagnosticó que la muerte se había debido a asfixia, provocada por ahogamiento. Un catarro, sumado al efecto del agua caliente del baño, pudo haberle provocado el síncope”.



El artículo del periódico, reproducido semanas después en otro diario

Miles de familias de toda Inglaterra leyeron el artículo, pero en dos hogares la noticia despertó una especial preocupación. El señor Charles Burnham, padre de Alice Burnham, leyó la referencia de prensa mientras desayunaba en su próspera granja de árboles frutales de Buckinghamshire. A él nunca le cayó bien Smith e incluso intentó convencer a su hija para que rompiera el compromiso. A unos cien kilómetros de distancia, en Blackpool, William Haynes hacía lo propio. Haynes se acercó a la casa de la señora Crossley, la dueña de la pensión de la calle Regent. “Mire esto”, le comentó lleno de excitación, señalando el artículo. “Apuesto lo que sea a que éste es el tal Smith con otro nombre. El que perdió a su mujer el año pasado cuando se ahogó en el baño de su casa”.



Charles Burnham

El juego se había acabado para Smith. La información publicada en el periódico selló su suerte. Scotland Yard recibió varias cartas desde Blackpool y Buckinghamshire con el recorte de periódico, donde relacionaban a Smith con las diferentes muertes. Tanto los Burnham como los Crossley albergaban serias sospechas sobre la muerte de Alice. El reportaje del News of the World no hizo más que intensificarlas. El señor Crossley escribió inmediatamente una carta alertando a la policía. Charles Burnham mandó otra. La policía nombró al inspector detective Arthur Neil para indagar los casos. El día de Año Nuevo de 1915 amaneció nevado, pero el procedimiento aplazado de la muerte de Margaret Lofty se reanudó enseguida y el jurado dio su veredicto: muerte accidental. Tres días después, “John Lloyd” llamaba a la puerta de un despacho de abogados de la calle Uxbridge, en Shepherd's Bush, armado con el testamento de la fallecida, su póliza de seguro de vida y el certificado de matrimonio para que el abogado autentificara los documentos. Desde una ventana situada encima de un pub en la acera opuesta de la calle, los detectives lo vigilaban. La vigilancia duró todo un mes. “El señor Lloyd”, evidentemente impaciente por hacerse con las esperadas ganancias, llamaba al letrado casi a diario.



Carta de Charles Burnham

El lunes 1 de febrero, Smith salía del despacho cuando el inspector Neil se acercó a él y lo detuvo por falsedad en un documento público: su acta de matrimonio. “Lloyd” admitió llamarse George Joseph Smith. Ese fue el nombre que figuraba, al día siguiente, en la autorización para salir bajo libertad condicional de los juzgados de Bow Street. Las pruebas contra Smith no justificaban aún una acusación de asesinato. Pero los acontecimientos se fueron acelerando. Mientras el bígamo dormía en una celda, los tres cadáveres de sus esposas fueron exhumados y examinados por el joven forense sir Bernard Spilsbury, el cual descartó el accidente y el suicidio como posible causa de las muertes.



Las exhumaciones

Acto seguido, el patólogo elaboró su propia teoría. Smith se habría acercado a sus esposas poniendo la mano derecha detrás de sus cabezas, como si de un gesto afectuoso se tratase. Después, habría pasado su brazo izquierdo por debajo de las rodillas de la desdichada de turno. Con un rápido movimiento, habría levantado el brazo izquierdo; la cabeza se hundiría... y la mantendría bajo el agua con la mano derecha. El cuerpo de la mujer se habría desplazado hacia el extremo estrecho de la bañera.



La teoría de Spilsbury gustó a Neil y a sus detectives. Las investigaciones los llevaron a visitar más de cuarenta ciudades de provincia, a lo largo y ancho de Gran Bretaña. Interrogaron a más de ciento cincuenta testigos, muchos de los cuales expresaron sus sospechas sobre las similitudes entre las sorprendentes muertes de Bessie Mundy, Alice Burnham y Margaret Lofty. El 23 de marzo de 1915, George Joseph Smith fue oficialmente acusado de la muerte de las tres mujeres en Bow Street. La fase de instrucción se prolongó varias semanas.



Bernard Spilsbury

Uno de los momentos más patéticos se produjo cuando su única mujer legal, Caroline Thornhill, se encontró frente a frente con su esposo. No lo había vuelto a ver desde aquella vez en la calle Oxford, quince años atrás. Viajó desde Saskatchewan a Londres, en una penosa travesía que duró dos semanas y la dejó cansada y abatida. El acusador se dirigió a ella: “¿Tendría la señora la amabilidad de levantarse?” Caroline se puso en pie. Estaba muy nerviosa. El News of the World escribió: “La escena era tan conmovedora que la mitad de las mujeres que había en la sala se pusieron a llorar”.



Caroline Thornhill durante el proceso

El hombre sentado en el banquillo de los acusados ni se inmutó. No movió un milímetro la cabeza, ni hacia la derecha ni hacia la izquierda. Su mirada permaneció fija, clavada frente a su persona, sin siquiera parpadear. Aguantó con dificultad este extraño momento de calma, turbio, pesado e inquietante. Durante todo el tiempo que duró la vista, el sospechoso insultó desaforadamente a los testigos. El fiscal era “un criminal y fabricante de criminales”. A la señora Crossley la tachó de lunática. Cuanto más vociferaba, más llamaba la atención del público. Las filas de gente a la espera de conseguir un asiento en la sala, especialmente mujeres, crecían día tras día.



Las filas para entrar al Tribunal

Un cruento escalofrío recorrió la espalda de todos los presentes cuando se llegó a la descripción del funeral de Margaret Lofty. El dueño de la empresa de pompas fúnebres de Highgate testificó que preguntó a Smith si deseaba ver a su mujer antes de cerrar el ataúd. “No. Atorníllelo bien y listo”, contestó. Más tarde pagó seis libras y diez chelines por el entierro y por un hueco en una fosa común. Cogió la factura y dijo entre dientes: “¡Gracias a Dios ya hemos terminado!” El sospechoso había estado muy atento a la declaración y de repente empezó a patalear indignado: “¡Eso es una sarta de mentiras! ¡Yo no puedo quedarme aquí sentado oyendo todo esto!”, gritó. Pero el juez instructor puso fin radicalmente a la intempestiva frustración de Smith. Consideró además que existían indicios racionales de criminalidad, y lo envió a juicio. El proceso tendría lugar en los juzgados centrales de Old Bailey.


La compra por parte de un periódico de una jugosa exclusiva estaba a la orden del día. Tras el arresto de Smith, un buen número de diarios hicieron gestiones con su abogado, W. P. Davies, para pagar su defensa a cambio de poder publicar la historia. Smith dio su aprobación inmediatamente y Davies redactó el contrato. Sin embargo, tres días antes del comienzo del juicio, el Ministro del Interior, sir John Simon, vetó el acuerdo por considerarlo contrario al orden público. El abogado encargado de la defensa, Edward Marshall Hall, montó en cólera. Él había aceptado el caso a condición de cobrar los altísimos honorarios habituales que le aseguraba el periódico. Finalmente, Hall tuvo que conformarse con la irrisoria cantidad de tres libras y cinco chelines diarios, de acuerdo con lo preceptuado por la Ley de Acusados Pobres.



Nota de Edward Marshall Hall

Los crímenes de George Joseph Smith dispararon la imaginación del público: bigamia, codicia, tres ahogamientos... Incluso en una época de crímenes famosos, el caso de “El Asesino de la Bañera” despertó una enorme expectación. El juicio comenzó el 22 de junio de 1915. En Bow Street, Smith había sido acusado de tres asesinatos; sin embargo, en Old Bailey, sólo tendría que enfrentarse a un cargo: la muerte de Bessie Mundy, en Heme Bay. No se sabe con exactitud por qué se obviaron las otras dos acusaciones; aunque durante el juicio se utilizaron datos de los homicidios de Alice Burnham y Margaret Lofty para ilustrar el modo de proceder del criminal.



Ficha de detención de George Joseph Smith en 1915

El juez de la causa era Thomas Scrutton. Tenía mal carácter. Era un personaje irritable y no gozaba de muchas amistades dentro de la profesión. Se comportaba de forma impaciente con muchos abogados que eran menos sagaces. Los juicios criminales no eran su fuerte. Antes de ser nombrado juez, había sido un buen abogado en temas comerciales y financieros. En el proceso de Smith, le dijo al jurado: “Tantos accidentes que le beneficiaban constituyen una coincidencia tal, que no pueden haber ocurrido a menos que se tuvieran previstos de antemano”. El abogado defensor protestó en vano: las pruebas presentadas incluían menciones a todas las muertes. Aun así, todos los intervinientes en el juicio procuraron centrar la atención en el asesinato que se le imputaba. El fiscal de la causa, sir Archibald Bodkin, inició su alegato de cinco horas de duración describiendo los crímenes de Smith. Tal como diría más tarde su ayudante, el joven Travers Humphreys, fue “uno de los discursos más mortíferos que jamás he escuchado”. Archibald Bodkin fue durante casi treinta años fiscal en los juzgados centrales de Old Bailey. En ese tiempo contribuyó a encarcelar a muchos criminales famosos, entre ellos George Joseph Smith y George Chapman, el envenenador de origen polaco, sospechoso de ser también “Jack el Destripador”. Su manera de actuar como fiscal fue revolucionaria, dado que procuraba presentar ante el Tribunal todas las pruebas relevantes de un caso, tanto en favor como en contra del acusado. Desde entonces, esta práctica se convertiría en norma en toda Inglaterra. Obtuvo el permiso para ejercer la abogacía a los veintitrés años y en 1892 fue nombrado fiscal ayudante en los juzgados de Old Bailey. En 1908 ascendió al cargo de fiscal general. En 1918 fue nombrado caballero y en 1920 sucedió en el puesto de Fiscal del Reino a sir Charles Mathews. Se retiró en 1930 y murió la víspera de Año Nuevo de 1957, a los noventa y cinco años.



Archibald Bodkin

Pero por muy condenatorias que pudieran parecer las acusaciones contra el inculpado, desde el punto de vista estrictamente legal, el caso se tambaleaba. Sólo centrando la atención en las similitudes existentes entre las tres muertes pudo llevar Bodkin finalmente a buen puerto la condena de Smith. “Si llegan ustedes a la conclusión de que estas coincidencias no se deben a la suerte, sino que indican un claro propósito, entonces será su deber declarar al acusado culpable”, exclamó bajando la voz y dirigiéndose al jurado. El propio Smith cambió de talante en Old Bailey. Escuchó durante la vista con un aire de gran autocontrol y desapego, sin recurrir a las violentas salidas de tono que lo habían caracterizado en Bow Street. Todos los días vistió un traje de tweed marrón y chaleco verde. Se pasaba las horas tomando notas y entregándoselas a su abogado defensor.







George Joseph Smith durante el juicio

La vena contestataria sólo se le despertó al final del proceso, cuando declararon los agentes de policía. Mientras el inspector Neil testificaba, Smith estalló: “¡Es un canalla! Él tendría que estar sentado en mi lugar. ¡Algún día lo estará!” El juez le miró amenazadoramente por encima de las gafas: “¡Siéntese! Su actitud no lo beneficia en absoluto”. Pero el acusado estaba muy agresivo. Cuando el siguiente detective subió a declarar, gritó: “¡Ese es otro sinvergüenza! ¡No ha hecho más que aceptar sobornos durante los últimos cinco años!” Los abogados de la defensa intentaron en vano calmarle. “¡Me importa un comino lo que digas!”, vociferó, abalanzándose sobre el pasamanos del banquillo. Tras golpearlo con el puño, espetó: “¡No me pueden condenar a muerte! ¡Yo no he asesinado a nadie!”


Otro momento álgido se produjo al tercer día del juicio. Bodkin presentó como prueba la bañera utilizada por Smith para ahogar a Bessie Mundy. Dos fornidos guardias la depositaron al final de la mesa del abogado acusador. La sala se llenó de rumores y exclamaciones contenidas después de que el portavoz del jurado se dirigiese respetuosamente al juez: “Milord, un miembro del jurado solicita que alguien sea introducido en la bañera para proceder a una demostración visual de los hechos”. El juez Scrutton quería acabar cuanto antes, y sabía que la bañera de Blackpool, donde murió Alice Burnham, también se iba a presentar como prueba. Pero una demostración de esta clase, incluyendo a una mujer en paños menores en plena Corte, podía resultar inapropiada. “Sugiero que cuando examinen ustedes estas bañeras en el cuarto destinado a las deliberaciones del jurado, uno de los miembros se meta dentro”, respondió. El inspector Neil solucionó el entuerto. Junto con el jurado, pasó a una habitación privada, llevaron la bañera y se llenó de agua. Una amiga del inspector, una enfermera, se presentó en traje de baño y se metió en la bañera. Neil la cogió por los pies y tiró hacia arriba mientras empujaba la cabeza debajo del agua. La mujer empezó a forcejear inmediatamente. La sacaron del agua, tendiéndola en el suelo. Había tenido un paro cardiorrespiratorio. A pesar de la brevedad de la demostración, necesitó respiración de boca a boca y un masaje cardíaco para volver en sí.


Las pruebas médicas establecieron que una gran cantidad de agua penetrando de repente por la boca y la nariz podía causar la muerte al provocar un ataque. Incluso era más probable que la víctima muriera de un ataque de asfixia que por ahogamiento. Pero la acusación tenía que destruir la idea de que Bessie Mundy había sido víctima de un ataque epiléptico o un desmayo. El doctor French, que fue llamado por Smith para examinar el cuerpo de su esposa, dijo que encontró a la mujer tumbada hacia el extremo más ancho de la bañera, con la cabeza apoyada sobre el plano inclinado del respaldo, y las piernas estiradas, sobresaliendo por el extremo más estrecho. Archibald Bodkin le preguntó al doctor Spilsbury si una persona podía quedar en una posición semejante después de sufrir un ataque. “No veo de qué manera podrían quedar los pies sobresaliendo del baño”, respondió. Lo mismo dijo al ser interrogado sobre Margaret Lofty y Alice Burnham. La defensa, por supuesto, trató de ponerlo en un aprieto. Lo desafió a que explicara cómo era posible que la víctima mantuviera en su mano la pastilla de jabón. El patólogo respondió: “El tema de la pastilla es un punto muy difícil”. Marshall insistió: “Incluso siendo muy difícil. Suponiendo que el asalto fuera hostil, tuvieron que ocurrir una de estas dos cosas: o bien sacó los brazos fuera de la bañera, cayéndosele el jabón; o, en caso de lucha, dejaría caer el jabón para sujetarse al borde de la bañera e intentar salvarse”. “Sí”, asintió el forense. “Por lo tanto... ¿no apoya la forma de agarrar el jabón la hipótesis de un ataque epiléptico?” “Cabe dentro de lo posible. Pero no es muy probable”.



El juez Thomas Scrutton

La defensa cambió de táctica y trató de sembrar dudas respecto a la posibilidad de que el esposo asaltara con intenciones asesinas a sus mujeres en el baño. “Si hubiera visto como él la levantaba por los tobillos, diría que lo único que tenía que hacer ella era tirar el jabón para asirse a los bordes de la bañera. Entonces nadie podría haberla levantado”. “Sí, sí. Veo a dónde quiere ir a parar”. contestó el doctor. “¿No cree que se trata de una seria dificultad en lo que concierne a la hipótesis del método homicida?”, concluyó el defensor. La respuesta de Spilsbury no se hizo esperar: “Todo depende del factor sorpresa. Si se hace con la suficiente rapidez, no le daría tiempo a protegerse como usted sugiere”. El alegato final de Archibald Bodkin fue breve. Recordó al jurado que el acusado, un bígamo por partida múltiple, siempre persiguió el dinero. Respecto a la posible muerte de Bessie Mundy por ataque epiléptico, puntualizó que a la edad de la víctima, treinta y cinco años, resultaba muy poco probable un cuadro tan intenso y fulminante. El fiscal miró fijamente al jurado: “¿Es que no está claro que un hombre fuerte, cogiendo a la víctima por debajo de las rodillas, puede hundir por completo su cara bajo el agua?” Finalmente, repasó las tres muertes y sus evidentes similitudes, insistiendo en que tales coincidencias no podían deberse a una mera casualidad, sino a un propósito preconcebido.



Los titulares sobre el caso


La defensa alegó que Alice Burnham “era muy gorda, tanto, que no podría haberse sentado en la zona estrecha de la bañera. Así de ancha era ella y así de estrecha era la bañera”. La indudable atracción sexual que Smith ejercía sobre las mujeres fue largamente discutida durante el juicio. La esposa de uno de los abogados confesó en privado que el acusado le resultaba muy atractivo. El criminólogo H. B. Irving estuvo sentado junto a dos damas que cuchicheaban sin parar sobre los encantos del acusado. La conversación no dejó de hacerle cierta gracia. Varios diarios criticaron las escenas que se habían producido en los juzgados de Bow Street, donde el prisionero fue literalmente asaltado en el banquillo por un grupo de mujeres. En OId Bailey se dieron instrucciones especiales a la policía para que desalentara a las señoras que querían asistir a los trámites del procedimiento en la sala. Su abogado defensor, Edward Marshall, estaba convencido de que su cliente era un hipnotizador. A las mujeres no les importaba que Smith fuera increíblemente tacaño. Adoraba el dinero y lo quería sólo para su disfrute. Nunca malgastó ni un penique de sus ganancias. En poquísimas ocasiones mandó dinero a su esposa de Bristol, Edith Pegler, mientras estuvo separado de ella.



Smith estaba obsesionado con la idea de hacer dinero a costa de los demás. Pero carecía de habilidad para manejar las ganancias. Tras recurrir al asesinato, consiguió dos mil quinientas libras de Bessie Mundy, más de lo que un trabajador medio ganaba en diez años. Pero se las ingenió para despilfarrar el dinero en una serie de negocios desastrosos. A lo largo de su carrera criminal se hizo con una docena de propiedades inmobiliarias. Debería haberse convertido en un hombre rico, pero gestionó tan mal sus bienes que los transformó, uno detrás de otro, en pérdidas, más de setecientas libras en total. Su problema era que el ambiente financiero le resultaba algo completamente ajeno. Fallaba en la delicada actividad de comprar y vender las propiedades; de manera que se procuró una renta vitalicia que le reportaría unas setenta libras anuales. Después cambió de idea. Pero ya no había forma de deshacer el compromiso económico. Así que eligió otra táctica, y se dedicó al fraude de seguros. Empezó con la muerte de Alice Burnham, y siguió con la de Margaret Lofty. El asesinato se convirtió en el único negocio que le generaba beneficios. Sin embargo, en este tema, su arrogancia selló su suerte.



Mapa de los crímenes

Las conclusiones finales de la defensa no duraron mucho más que el breve recuento de Bodkin. Hall no había llamado a ningún testigo y su cliente renunció al derecho a declarar. Su abogado defensor era el único facultado para dirigirse al jurado en última instancia. Sin embargo, poco más se podía añadir. La acusación no había conseguido probar un acto de violencia, y aún si lo hubiera hecho, era difícil imaginar a Smith matando a Bessie sin que quedase el más mínimo rastro de lucha, o alguna marca en el cuerpo de la desdichada. Y en cuanto al ahogamiento sucesivo de tres esposas, “Es algo que queda más allá de una mente sana”, aseveró el defensor. Sus últimas palabras al jurado carecieron del brillo necesario. “Sean justos consigo mismos. Sean justos con el prisionero. Sean justos con la propia justicia antes de decidir que las terribles acusaciones contra este hombre han sido probadas”. Cuando Marshall Hall se sentó, George Joseph Smith soltó un profundo suspiro.



Coincidencias (click en la imagen para ampliar)

El resumen de la causa fue interrumpido en varias ocasiones por el inculpado. “¡Para lo que está diciendo, más vale que me cuelgue ahora mismo y listo!”, espetó. “¡Vamos, cuélgueme de una vez y acabe ya! Siga, siga. Puede seguir hasta el infinito. No me puede convertir en un asesino porque no he cometido ningún crimen. Esto es una desgracia para un país cristiano. Eso es lo que es. Yo no soy un asesino, aunque tenga mis rarezas”. El jurado no se conmovió. El veredicto era inevitable. Les bastaron veintidós minutos para declarar culpable a George Joseph Smith por el asesinato de Bessie Mundy. Por primera vez desde el arresto, cinco meses atrás, la compostura y bravuconería abandonaron al condenado. Mientras el juez Scrutton pronunciaba la sentencia de muerte, se agarró con furia a la barandilla del banquillo mientras un sudor frío le bañaba las sienes. Smith fue trasladado a la prisión de Pentonville a la espera de ser citado para el juicio de apelación.



La prisión de Pentonville

La vista se celebró el 29 de julio: fuera del edificio rugía una violenta tormenta. Un trueno estalló encima de los juzgados. El condenado levantó temerosamente la mirada. Tal y como lo describió un testigo presencial, parecía estar leyendo su destino en la ira de los cielos. La apelación no prosperó y el reo fue conducido a la penitenciaría de Maidstone, donde le esperaba la horca. El 9 de agosto de 1915, George Joseph Smith le escribió una carta final a Edith Pegler: “No he pedido que se me conceda la gracia, ni he solicitado el perdón, ni tengo intención de hacerlo. Te dejo todos mis bienes. No me guardes la ausencia una vez que haya abandonado este engañoso mundo, donde el perjurio, la malicia, el rencor, la venganza, los prejuicios y todos los otros males de la Tierra, me han hecho todo el daño que se le puede hacer a un hombre y ya no me podrán hacer sufrir más. Empleo mi tiempo en la meditación, solemne y profunda. Que una vejez plácida, amable y serena como una noche ártica te conduzca hasta tu última morada. Ahora, mi verdadero amor, te digo adiós hasta que nos volvamos a ver. Tuyo, con inmortal amor: George”.



Los titulares sobre la condena

Smith perdió pelo y encaneció durante los últimos días de su vida. El brillo pelirrojo de su bigote desapareció. El capellán de la prisión declaró que el preso había sufrido un gran cambio; era otro hombre. De un impenitente ateo se había transformado en un devoto creyente. Ante el capellán y el obispo de Croydon que lo confirmó en la celda de los condenados a muerte, mantuvo que era inocente. Dos descripciones de los últimos momentos de su vida nos hablan de actitudes muy diferentes: la del asustado cobarde y la del noble estoico. El último día de George Joseph Smith fue muy penoso. Por la mañana, el preso estaba totalmente hundido. Tardaron tres minutos en trasladarle desde la celda al cadalso, cuando normalmente no se perdían más de sesenta segundos en el trayecto.


Un testimonio menciona: “Dieron las ocho en punto en el reloj de la prisión. Un profundo silencio se impuso entre la gran multitud mientras el prisionero cruzaba el patio, inundado por una deslumbrante luz solar, hasta el cuarto de la muerte. Los agentes lo llevaban prácticamente en volandas. Otra persona tuvo que ayudarlo a mantenerse erguido en el cadalso”. El capellán de la cárcel contó otra versión, más heroica. “La muerte del reo no fue la de un cobarde, sino la de un valiente. Tras recibir la sagrada comunión, George Joseph Smith habló por última: ‘Le pido que me crea cuando le digo que soy inocente. Nadie más me cree, salvo mi esposa Edith Pegler. Ya no me importa. Pronto estaré ante el Señor, y ante Él declararé que soy inocente’. Mientras la capucha caía pesadamente sobre su cabeza y la cuerda se anudaba a su cuello, repitió: ‘Soy inocente’. Aún resonaban estas palabras en sus labios cuando se abrió la trampilla”.



Cronología (click en la imagen para ampliar)

La bañera en la que fue asesinada Margaret Lofty y otras reliquias de la calle Bismarck fueron adquiridas por el museo de figuras de cera de Madame Tussaud y hoy ilustran la escena del crimen en la Cámara de los Horrores. Otra de las bañeras empleada por Smith se encuentra expuesta en el Museo Negro de Scotland Yard.



George Joseph Smith en el Museo de Cera de Madame Tussaud

Nunca más se supo de Edith Pegler una vez que terminó el juicio. La única mujer legal de Smith, Caroline Thornhill, encontró la felicidad al lado de un soldado canadiense. Se casó con él en la iglesia de Leicester al día siguiente de la ejecución de George Joseph Smith. Nadie había llorado por la muerte de “El Asesino de la Bañera”.



BIBLIOGRAFÍA:









FILMOGRAFÍA:




TEATRO: