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Nathan Leopold y Richard Loeb: “Los Artistas del Crimen”


“Les hablo del Superhombre. El Hombre es algo que tiene que ser superado”.
Friedrich Nietzsche


Nathan Leopold Jr. nació el 19 de noviembre de 1904 en Chicago, Illinois (Estados Unidos). Fue el menor de los tres hijos de Nathan y Florence. La familia era una de las más ricas y respetadas de la comunidad judía de Chicago. El padre, Nathan Leopold, había amasado su fortuna con negocios de papelería y compañías navieras.



La Mansión Leopold en la Avenida Greenwood

“Babe” Leopold era un niño enfermizo. Hasta los nueve años sufrió una enfermedad gastrointestinal que más tarde se le complicó con dolores de cabeza, fiebre y vómitos, y también era diabético. Intelectualmente, Nathan Jr. batió todos los récords al pronunciar sus primeras palabras a los cuatro meses de edad.



El joven Nathan Leopold

Richard Loeb nació el 11 de junio de 1905 en Chicago, Illinois (Estados Unidos). Su madre, Anna, era católica y su padre, Albert, judío. Este era el vicepresidente retirado de la Sears Roebuck and Co. “Dickie”, como le llamaban en casa, era el tercero de los hijos del matrimonio.



La Mansión Loeb en Hyde Park

Ninguno de los dos era hijo único y ambos procedían de lo que podría llamarse un hogar feliz. Richard también estaba bien arropado por su familia. Su padre, tal vez debido a la educación tan severa que recibió, se mostraba muy tolerante con su hijo. En ambos casos, el hecho de que los padres hubiesen delegado parte de sus funciones en una institutriz había tenido una influencia negativa sobre los niños.



Richard Loeb cuando era niño



La institutriz que más influencia tuvo sobre Loeb fue una tal señorita Struthers, una joven canadiense de veintiocho años, que llegó a la casa cuando el niño tenía cuatro. Aunque nunca hizo uso del castigo corporal, tenía unas ideas muy precisas sobre la disciplina y la obediencia: se mostraba tan dominante y autoritaria, que prácticamente el niño no gozaba con nada que ella no le mandara, y así el pequeño fantaseaba con la idea de ser lo suficientemente poderoso como para poder escapar de su dominio. Loeb desarrolló varias tácticas para hacer frente a su estricta institutriz: “Para poder enfrentarme a ella, me acostumbré a mentir”, declararía. Obligado por su institutriz, Loeb dedicaba largas horas al estudio. Desde niño escribía lo que él llamaba Richard's Magazine, una especie de periódico con noticias sobre él y su entorno familiar.



Un ejemplar de Richard’s Magazine

Era una mujer que dirigía su vida, que decidía quiénes podían ser sus amigos y quiénes no, y cómo debía pasar sus horas de ocio. El niño escapaba de su influencia sumergiéndose en la lectura de historias sobre crímenes y mezclándose con chicos mayores que él. Loeb era propenso a los desmayos, a veces hasta seis en un mismo día; cuando esto ocurría, se quedaba rígido y echaba espuma por la boca. Alguna vez pensó en suicidarse.



Richard Loeb escribiendo


A los nueve años, Loeb delinquió robando dinero a uno de sus vecinos, no porque lo necesitara, sino “por pura diversión”. Adquirió la costumbre de hurtar en las tiendas, sabiendo que el dinero de su padre le sacaría de todos los apuros. Desde niño sentía una especial inclinación hacia el crimen. Se convirtió en un joven mentiroso y sin escrúpulos; y finalmente decidió afirmar su individualidad cometiendo el crimen perfecto. En principio se trataba de una fantasía, pero después se convirtió en obsesión. La idea estaba tan lejos de toda consideración moral que incluso llegó a acariciar la posibilidad de matar a su hermano pequeño o a su padre. Sus compañeros de colegio recordarían que siempre se hallaba dispuesto a reírse de las desgracias ajenas.



La institutriz que tuvo más influencia sobre Nathan Leopold fue Mathilda Wantz, o “Sweetie” (“Cariño”), como a ella le gustaba que la llamaran. Sedujo al joven que tenía a su cuidado y le llenó la cabeza de ideas sobre todo tipo de perversiones sexuales, como la esclavitud, el masoquismo y conceptos concernientes al Bien y el Mal, lo que llevó al chico a desear repetir estas experiencias con un maestro al que poder servir. Al ser la amante del chico e iniciarlo en los placeres del sexo, Mathilda Wantz se convirtió en un referente obligado para la conducta posterior del chico. Poco a poco, Richard se convertiría en el “Superhombre” que imaginaba Nathan, mientras que éste se transformaba en su fiel esclavo. Leopold le contó a su amigo Arnold Maremont que, tal y como él lo concebía, su amigo Richard era la encarnación del Superhombre de Nietzsche. “Intenté convencerle de que lo que decía no tenía ningún sentido, que Loeb era un charlatán, un chico superficial que había adquirido la costumbre de mentir para impresionar a los demás. Me contestó que yo no le entendía”, diría Maremont. Leopold estaba enamorado de él, pero, aunque no lo hubiera estado, le hubiera temido y admirado de igual modo. Para Loeb, esto era de lo más natural, pues carecía por completo de la timidez que caracterizaba a su amigo. Leopold escribió en una ocasión: “Richard alternaba con todo el mundo. Le daba igual que fueran presidentes o vagabundos. Se adaptaba a todo perfectamente e inmediatamente se convertía en uno más del grupo”. Nathan era el típico introvertido, mientras la falta de honestidad y de responsabilidad de Loeb hacia los demás, junto a las ideas de Leopold sobre la moralidad inspiradas en Nietzsche, resultaron ser una combinación mortal.


Al igual que Nathan, Richard asistió al Laboratory School de la Universidad de Chicago, una escuela preparatoria para alumnos brillantes, donde ambos consiguieron éxitos académicos aunque de distinta manera. Mientras que Leopold era un muchacho responsable y dedicado al estudio, Loeb era brillante pero superficial; encontraba que estudiar era muy sencillo y aprobaba los exámenes sin ninguna dificultad, en parte gracias a su facilidad de palabra. Era además uno de los más jóvenes aficionados a la ornitología en los Estados Unidos.


A pesar de su gran interés por el estudio y la lectura, pasaba muchas horas paseando por los bosques y pantanos cercanos a su casa, estudiando la vida de los pájaros. En el amplio estudio del tercer piso de la mansión de la familia, Nathan tenía hasta tres mil especies distintas de pájaros. Su conocimiento y dedicación a la materia eran suficientes para garantizarle un permiso de caza de las autoridades municipales. También daba clases a ornitólogos con menos experiencia, obteniendo con ello sustanciosos honorarios. En octubre de 1923, envió un informe a la convención anual de la American Ornithological Union sobre el kirtland's warbler, un extraño pájaro que había visto.



El ornitólogo

Leopold era un joven extremadamente inteligente; licenciado en Filosofía por la Universidad de Chicago, estaba estudiando Derecho en la Escuela de Leyes de esa misma ciudad. Se le tenía por un genio; se interesaba por todo tipo de lectura y ninguna materia le parecía complicada. A los dieciocho años dominaba nueve idiomas y era un experto botánico. Se había especializado en el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Con dinero, inteligencia y posición social, parecía destinado a un futuro más que prometedor.



Nathan Leopold

Richard Loeb era también un estudiante brillante. Era el abogado más joven de la Universidad de Michigan. Disponía de 3.000 dólares en una cuenta bancaria y la secretaria de su padre tenía instrucciones de entregarle dinero siempre que el joven lo requiriera.



Richard Loeb

Leopold, que tenía los ojos saltones, se sentía feo y fantaseaba con la idea de ser el esclavo de un Superhombre al que poder someterse por completo. Leopold tenía quince años cuando conoció al joven y atractivo Loeb y de inmediato se unieron con un vínculo no exento de tintes homoeróticos. La asociación criminal de Leopold y Loeb comenzó en 1921, con pequeños hurtos en tiendas y hoteles, y más tarde la pareja de amigos se especializó en robar automóviles. En una ocasión, perseguidos por un camión, saltaron del coche que acababan de robar dejando que el vehículo se estrellara mientras ellos escapaban. Leopold participaba en estas aventuras porque el peligro le resultaba emocionante. Dos veces les dispararon cuando llevaban a cabo la huida. Loeb también disfrutaba asustando a la gente por teléfono. Cuando se quedaba solo, hacía llamadas obscenas a las personas que le desagradaban.



Poema escrito por Leopold

Fue en noviembre de 1923 cuando Richard Loeb empezó a planear el crimen perfecto. Pensaba que sólo una mente superior podía llevarlo a cabo con éxito y decidió que necesitaba un cómplice. Nathan Leopold era su hombre. Sus estudios sobre el filósofo alemán del siglo XIX Friedrich Nietzsche, le habían cautivado; particularmente, la idea del “Superhombre”, con sus propios conceptos morales sobre el Bien y el Mal. Por su parte, él se hallaba fascinado con las historias de detectives. Loeb declararía tiempo después que “el plan había sido idea de Nathan Leopold”, quien se lo había propuesto como un juego emocionante, que además les podría proporcionar una considerable cantidad de dinero. Cada uno trataría de hacer responsable al otro. Sin embargo, Loeb era el que siempre había demostrado más entusiasmo por los crímenes. No tenían planeado matar a nadie en concreto, sino que “dejamos la decisión para el mismo día. Y escogimos entre todos los que vimos, al que más nos gustó”. Ambos asesinaron por puro placer.


Lo único que discutieron acerca de la víctima era a qué tipo de familia debía pertenecer. El padre debía ser lo suficientemente rico para poder pagar el rescate, y la víctima debía conocer bien a los dos chicos, porque de lo contrario no aceptaría subir con ellos al coche. Los dos jóvenes habían considerado incluso la posibilidad de secuestrar a uno de sus padres, pero finalmente decidieron que irían a Harvard School y elegirían a un chico al azar. Robert “Bobby” Franks fue el elegido; se trataba de un niño, pero esto les era completamente indiferente. “Decidimos que él sería cuando lo vimos por casualidad”, diría Leopold. La casa de los Loeb estaba situada en la acera de enfrente del hogar del chico.



La casa de los Franks

Tenía catorce años y era el tercer hijo del matrimonio judío formado por Jacob y Flora Franks. A pesar de que sus familiares se asentaron en Chicago en el siglo XIX, Bobby fue educado por sus padres en las creencias del cristianismo. Aunque vivían entre los ricos líderes de la comunidad judía, la familia Franks nunca había sido totalmente aceptada en sociedad. En la escuela local a Bobby se le consideraba un alumno brillante, con una especial habilidad para la oratoria. Dos semanas antes de su muerte, participó en un debate escolar sobre la pena capital, mostrándose a favor de su abolición. También le gustaban el baseball y el tenis. Era un joven vivaracho, sonriente, con una gran facilidad de palabra. Superficialmente, se parecía a Richard Loeb.



Robert “Bobby” Franks


En mayo de 1924, en plena campaña electoral, Chicago libraba una batalla contra los gangsters. En los meses anteriores al asesinato, ambos jóvenes abrieron dos cuentas bancarias con nombres falsos. Leopold, utilizando el mismo nombre que dio en una agencia para alquilar automóviles, abrió una línea de crédito y con esta identidad falsa se registraron en un hotel a fin de proporcionar veracidad a los personajes que fingían ser. Los dos jóvenes acordaron compartir la responsabilidad del asesinato, estrangular a la víctima y esconder su cadáver en los conductos subterráneos del lago Wolf. Esperaban cobrar el rescate antes de que se descubriera el cadáver.



Bobby Franks con su padre

El miércoles 21 de mayo de 1924, Leopold asistió a sus clases en la Universidad. A las 11:00 horas los dos chicos se dirigieron a la agencia de alquiler de autos en la que Leopold se había registrado. Allí escogieron un coche de color azul oscuro y se dirigieron al South Side, donde se detuvieron para comprar comida, ácido clorhídrico y una cuerda, por si la necesitaban. Loeb envolvió con cinta adhesiva la funda de un escoplo que llevaban consigo. A las 12:30 horas llegaron a Harvard School y aparcaron en Ingleside Avenue. Richard se fue a dar una vuelta por el patio del colegio y habló con varios compañeros de su clase. Nathan se bajó del coche y lo llamó para que regresara junto a él, murmurando algo sobre que había posibles “víctimas” a la vista. Estuvieron dando vueltas durante horas.



Harvard School

A las 17:00 horas, cuando comenzaban a desesperar, bajaron hacia Greenwood Avenue, dejaron atrás la casa de Leopold y luego giraron hacia Ellis Avenue. “Allí vimos a Robert Franks, que venía hacia nosotros”, contaría Loeb. El coche paró en Ellis Avenue, poco después de que Bobby hubiera cruzado la Calle 49. Se acercaron a él y lo convencieron para que subiera al coche, con la excusa de enseñarle una raqueta de tenis que habían comprado.



El automóvil


Las declaraciones de Leopold y Loeb difieren sobre lo que ocurrió después. El primero manifestó que, mientras él conducía, Loeb golpeó a Bobby Franks con un escoplo y le puso un pañuelo en la boca. “Aparentemente, el chico murió al instante”, diría. El otro joven aseguraría que él era quien iba al volante y que “Leopold le tapó la boca y lo golpeó en la cabeza con el escoplo. Luego lo amordazó”. Dejaron el cadáver de Bobby Franks en el suelo del coche y luego se dirigieron al este, hacia Jackson Park; después entraron en la autopista 12, bordeando el lago Michigan.



Mapas del crimen (click en las imágenes para ampliar)


Pararon en un descampado, se aseguraron de que no hubiera nadie por los alrededores, y le quitaron al niño casi todas sus ropas. Lo dejaron en el coche, pero, sin ninguna razón aparente, tiraron el cinturón a la carretera. Dieron un par de vueltas más, con el cadáver desnudo del chico aún en el automóvil. En la ciudad de Hammond, Indiana, Richard se quedó esperando mientras Nathan bajaba a comprar cervezas y hot dogs.



El sitio donde compraron comida

Al anochecer se dirigieron al parque Wolf y terminaron de desnudar el cadáver de Bobby Franks. “Para dificultar la identificación, vertimos ácido clorhídrico sobre la cara y el cuerpo”, diría Leopold. Después abandonaron el cadáver en un conducto subterráneo. Leopold y Loeb dejaron parte de las ropas del chico en el pantano; se lavaron e hicieron un bulto con el resto de las ropas de Bobby. “En ese momento, se me debieron caer las gafas del bolsillo sin darme cuenta”, comentó Leopold.



Las gafas

Bobby Franks no volvió a casa al salir del colegio a las 17:00 horas, tal y como acostumbraba. Normalmente regresaba andando desde el colegio, que se halla sólo a cuatro manzanas de su casa. El padre de Bobby, el judío Jacob Franks, conocido y acaudalado hombre de negocios, tras varias horas de angustiosa espera, decidió ir a buscar a su hijo. Aún no había regresado cuando llamaron por teléfono. Su mujer, Flora, contestó a la llamada. Desde la calle 47, Leopold llamaba a la señora Franks. “Su hijo ha sido secuestrado”, dijo una voz masculina. “Se encuentra bien. Tendrá más noticias por la mañana”. La señora Franks le suplicó que le dijera quién era. El hombre contestó que se llamaba "Johnson" y colgó.



Loeb en el automóvil

Loeb también llamó a su propia casa para decir que llegaría tarde. Al regresar a su hogar, Jacob Franks decidió no avisar a la policía aún, para evitar que la publicidad del caso tuviera funestas consecuencias para su hijo. Leopold y Loeb enviaron además la carta en la que pedían el rescate. Ya en casa de Loeb, quemaron el resto de las ropas de la víctima y luego trataron de limpiar el suelo del coche alquilado. A las 22:30 horas fueron a casa de Leopold a jugar a las cartas.



Leopold y Loeb

A las 02:00 horas, el señor Franks cambió de opinión y notificó la desaparición de su hijo a la policía, pero convenció al detective para que no hiciera nada hasta recibir más información ese mismo día. A las 09:00 horas, los trastornados padres recibieron una carta urgente. El mensaje estaba escrito a máquina en dos hojas. Empezaba con un “Muy señor mío” y le decía que su hijo sería puesto en libertad a cambio de un rescate de 10.000 dólares.







El dinero tenía que entregarse en billetes usados. La misiva daba instrucciones muy precisas sobre la numeración que meterían en una caja de puros, o en una caja de cartón, envuelta en papel y lacrada. El paquete tenía que estar listo para las 13:00 horas y luego esperar una llamada telefónica. Se le prohibía llamar a la policía. La carta prometía que Bobby Franks sería puesto en libertad seis horas después de que se hubiera pagado el rescate. “Si desobedece alguna de nuestras instrucciones, su hijo morirá”, concluía el mensaje. El señor Franks fue a su banco a retirar los 10,000 dólares, 8,000 en billetes de 50 y 2,000 en billetes de 20, tal y como se lo habían ordenado los secuestradores.



La nota de rescate



Al regresar a su casa, la policía le informó que un trabajador de la vía férrea había encontrado el cadáver de un muchacho metido en un canal de desagüe, en una de las orillas del lago Wolf, cerca de la vía del tren. No quiso creer que fuera su hijo. A las 15:00 horas el teléfono volvió a sonar. Era “Johnson”, el secuestrador, que le dio las siguientes instrucciones: un taxi lo iría a recoger para llevado a una droguería. El taxi llegó, pero, cuando Franks estaba a punto de salir con el dinero del rescate, el teléfono volvió a sonar. Era su cuñado, Edwin Gresham, con la triste noticia de que había identificado el cadáver encontrado en el canal de desagüe como el del joven Bobby Franks.



El lugar del crimen



Inmediatamente se puso en marcha una investigación policial sin precedentes en la historia de Chicago. La noticia del asesinato ocupó las primeras páginas de todos los periódicos; el primer paso en la investigación policial fue el interrogatorio de todos los profesores del colegio de Bobby con la esperanza de encontrar entre ellos al asesino. El taxista que había ido a recoger al señor Franks a su casa explicó que sólo le dieron por teléfono la orden de dirigirse a esa dirección. Otro hombre llevó a la policía un objeto manchado de sangre que, según dijo, arrojaron desde un coche.



En el estanque del parque Jackson encontraron algunas piezas de la máquina de escribir, una Underwood, con la que fue escrito el mensaje. Al mismo tiempo, un joven estudiante de dieciocho años, muy aficionado a las historias de detectives y que guardaba recortes con toda la información que se publicó sobre el asesinato de Bobby Franks, se ofreció para ayudar en sus investigaciones a tres periodistas que cubrían el caso: era Richard Loeb. Le dijo a la prensa que los secuestradores probablemente habían llamado desde una farmacia en la calle 63 y los condujo hasta allí con la esperanza de capturarlos.



Más tarde encontraron una nueva pista: un jefe de estación encontró en el lugar en el que se había descubierto el cadáver, las gafas de concha que se le habían caído a Leopold. En un principio parecía que las gafas encontradas junto al cuerpo de Bobby Franks no aportarían pistas sobre la identidad del asesino. Eran muy corrientes y la graduación de las lentes, extremadamente común. En Chicago había miles como ésas. Pero la charnela de las gafas era un artículo patentado, realizado por una sola compañía, la Almer Coe. Esta empresa había modificado la montura y la charnela hacía pocos meses y sólo se habían vendido tres pares de gafas con estos ajustes. Uno de los pares pertenecía a un abogado que estaba de viaje por Europa durante seis semanas, y el otro a una señora que todavía las llevaba. El tercer par lo compró un joven llamado Nathan Leopold, que vivía en el 4754 de la Avenida Greenwood, muy cerca del Colegio Harvard para chicos.



Los titulares sobre el secuestro


El 29 de mayo, Leopold fue conducido por dos policías al hotel LaSalle para prestar declaración ante el fiscal del Estado, Robert Crowe. Admitió que las gafas eran suyas y se mostró tranquilo y confiado. En efecto, tenía gafas de concha, que sólo utilizaba para sus actividades como ornitólogo, pero últimamente no las había utilizado. Probablemente estarían en el bolsillo de su vieja bata. Los detectives acompañaron a Leopold a su casa en busca de las gafas. Pero no las encontraron. Además, el lugar en el que se encontró el cadáver del joven Bobby era un lugar frecuentado por los ornitólogos y Leopold iba allí a menudo. Daba clases de esta materia y más de una vez llevó allí a sus alumnos. Probablemente se le habían caído las gafas del bolsillo en una de estas ocasiones, aseguró. Los detectives insistieron. ¿En qué bolsillo las guardaba? En el bolsillo superior de la bata. Seguramente se perdieron al dar un traspié.



El funeral de Bobby Franks


Los detectives entonces le pidieron que hiciera una demostración; con las gafas metidas en el bolsillo superior de su chaqueta, Leopold tropezó varias veces intentando que las gafas cayeran al suelo. Lo único que consiguió fue hacer el ridículo. Por primera vez los policías consideraron la posibilidad de que este chico tan brillante pudiera ser el asesino de Bobby Franks.




Mientras Nathan era interrogado día y noche, su hermano Mike estuvo esperándole en el pasillo, consciente de que no podía abandonar a su hermano en esos momentos. Siguieron interrogándole, preguntándole una y otra vez sobre las mismas cosas. Leopold se inquietaba. ¿Cómo podían sospechar de él? Bobby Franks era un chico muy agradable, dijo, y la idea del rescate era absurda. Podía disponer de todo el dinero que quisiera, cuando y donde le diera la gana, con sólo pedírselo a su padre. Además, cobraba por sus clases de ornitología. Y, por último, no tenía ninguna máquina de escribir Underwood.



Leopold declarando


Luego el fiscal Crowe y sus ayudantes le preguntaron dónde había estado el 21 de mayo. A pesar de que ya había transcurrido más de una semana, el joven Leopold se acordaba perfectamente: fue a recoger el coche al garaje y luego, con un amigo, acudieron a Lincoln Park, donde habían quedado con dos chicas. Se mostró renuente a identificar a éste, pero finalmente confesó que se trataba de Richard Loeb, un joven de dieciocho años. Justificó no haber mencionado antes a su compañero porque las chicas con las que habían quedado no eran muy respetables.



Loeb declarando

La investigación seguía su curso y se citó a declarar al chofer de los Leopold, Sven. Había entrado al servicio de la familia diecinueve años atrás, cuando Nathan sólo contaba unos meses. Testificó que, durante la semana anterior, sólo hubo un día en el que Nathan no sacó su coche del garaje. Lo recordaba perfectamente porque fue el mismo día que su mujer, Alma, tuvo que ir al médico. La coartada de Leopold se desmoronó. No había ido con Richard Loeb en su coche a Lincoln Park; de hecho, no había ido con su coche a ninguna parte, ya que éste estuvo en el garaje.



Sven Englund, el chofer delator

Richard Loeb fue conducido a la jefatura de policía el 30 de mayo. El fiscal no necesitó decir nada más para que el joven confesara toda la verdad. Confesó que él y su amigo habían asesinado a Bobby Franks, aunque Loeb fue el autor material del golpe mortal. Hasta este momento, el fiscal Crowe se había mostrado extremadamente paciente y educado, pero bruscamente informó a Leopold de que en ese momento su amigo Richard estaba siendo interrogado por sus hombres en una comisaría a poca distancia de allí.



Leopold y Loeb bajo arresto

Los dos jóvenes fueron conducidos ante un grupo de psiquiatras, y cada uno tuvo que contar su historia en presencia del otro. Leopold debía anotar aquello que le pareciera incorrecto de la declaración de Loeb. Al terminar se le entregaron las notas al fiscal Crowe, de modo que éste disponía de dos confesiones: una oral y otra escrita.



Ficha de detención de Nathan Leopold

La historia contada por estos dos jóvenes tan elegantes, brillantes e inteligentes, revelaba que se trataba de un asesinato tan absurdo que no tenía parangón en la historia del crimen en Chicago. Su seguridad y desenvoltura desaparecieron rápidamente. Leopold y Loeb fueron conducidos a la cárcel del condado de Cook después de su arresto.



Ficha de detención de Richard Loeb

La desconcertante tarea de descubrir los motivos del asesinato fue iniciada por un grupo de psiquiatras. Leopold disfrutó de la oportunidad de hablar sobre sí mismo. Junto a él los doctores James Whitney Hall, William Hickson, Sanger Brown y el abogado defensor, Ben Bachrach, lo escuchaban.



Nathan Leopold con los psiquiatras

Los empleados de las tiendas recordaban claramente a los jóvenes que adquirieron el escoplo, la cuerda, el ácido clorhídrico y el papel utilizado para pedir el rescate al señor Franks. Un empleado del ferrocarril reconoció a Loeb como la persona que le había comprado un billete para Michigan. También aparecieron las botas y la gorra que Leopold llevaba puestas durante el asesinato y cuando se deshicieron del cuerpo.



Las botas y la gorra

Un calcetín de la víctima se descubrió cerca del conducto subterráneo del lago Wolf. Algunas piezas de la máquina de escribir Underwood se localizaron en la laguna del parque Jackson, donde Leopold y Loeb la habían tirado un día después del asesinato de “Bobby Franks”. El abrigo manchado de sangre y carbonizado de la víctima fue encontrado en el lago Michigan, donde lo arrojaron, y sería utilizado posteriormente como prueba en el juicio. Una segunda nota de rescate fue hallada en el vagón del tren.



La segunda nota de rescate

El hombre que destruyó las frágiles coartadas de Leopold y Loeb era un abogado incansable llamado Robert E. Crowe. Nació en Peoria, Illinois (Estados Unidos) en 1879 y se graduó en Derecho en la Universidad de Yale en 1901. Miembro del Partido Republicano, fue elegido sucesivamente ayudante del Fiscal del Estado y Juez. Ardiente defensor de la pena capital, presentó su candidatura a fiscal del Estado en 1920 con el eslogan: “Por la seguridad de tu vida, de tus hijos y de tu propiedad en el condado de Cook, vota al juez Robert E. Crowe”. En otoño de 1924, se presentó a la reelección.



Robert E. Crowe



Cuando se cometió el crimen, era Fiscal del Estado del condado de Cook. Para entonces se trataba de un hombre de cuarenta y cinco años de raíces irlandesas, con una mandíbula sobresaliente, al que apodaban “Bob el Luchador”. Era un curtido veterano que rápidamente se dio cuenta del escándalo público que había provocado el asesinato de Bobby Franks.



Los titulares sobre el arresto


Loeb señaló a los detectives el sitio donde habían arrojado la máquina de escribir. Con la ayuda de un aparato magnético, los buzos la localizaron en el fondo del estanque. La máquina de escribir era una prueba clave. La marca, que era claramente visible, era un factor importante en su identificación.



Loeb señalando el sitio donde arrojó la máquina de escribir

Una vez descubierta su culpabilidad, la lealtad entre Leopold y Loeb se desvaneció, y el pacto de compartir la responsabilidad por el asesinato se hizo añicos. Después de que le leyeran la confesión de Loeb, Leopold dijo en presencia de su amigo: “Conducía yo, no el señor Loeb, él iba en el asiento de atrás. Fue el señor Loeb quien golpeó con el escoplo, no yo. Era su plan y fue él quien lo ejecutó”. Al escuchar esto, el otro chico, a su vez, lo acusó vehementemente.



La máquina de escribir tras ser recuperada

El fiscal del Estado, Crowe, preguntó quién esgrimía el escoplo. “Él”, dijo Richard Loeb señalando a Nathan Leopold y añadió que su amigo estaba sentado en el asiento delantero; entonces se corrigió a sí mismo diciendo: “Estoy nervioso”.



Ante la máquina de escribir


Después declaró que el plan de usar éter con el chico de los Franks era idea de Leopold, el científico, y mirándole fijamente continuó: “Pensé que al menos, si llegaba lo peor, admitirías lo que habías hecho”. Nathan contestó: “Esas no son más que absurdas y sucias mentiras”.



Richard Loeb buscando el cinturón de la víctima

Una ciudad enfurecida exigía que Leopold y Loeb pagaran su crimen con la pena de muerte. Las desesperadas familias de los dos jóvenes contrataron al único abogado que podía salvarlos. Clarence Darrow nació en 1857 en la pequeña ciudad agrícola de Farmdale, Ohio. (Estados Unidos). Hijo de un empresario de pompas fúnebres, estudió Derecho en la Universidad de Michigan. A lo largo de su carrera defendió a más de cincuenta personas acusadas de asesinato en primer grado. Sólo una de ellas fue ejecutada. El caso de Leopold y Loeb fue el único en el que presentó declaración de culpabilidad.



Clarence Darrow



El juicio de Nathan Leopold y Richard Loeb, acusados de secuestro y asesinato, se abrió el lunes 21 de julio de 1924, ante John R. Caverly, quien era el juez del Tribunal de lo Criminal del condado de Cook, Illinois. Durante todo el largo juicio escuchó atentamente, pero impasible, lo que los abogados tenían que decir, sin dar nunca muestra de sus verdaderos sentimientos hasta el final. Después de finalizar este juicio, su salud se vio seriamente deteriorada. Los cargos imputados a los dos jóvenes suponían la pena de muerte. El fiscal del Estado, Crowe, se hizo cargo de la acusación. En el lado de la defensa se hallaba el famoso abogado de sesenta y siete años, Clarence Darrow, célebre por su renombrada elocuencia y por su oposición a la pena capital.



Leopold y Loeb con sus abogados


A las 09:30 horas, Darrow hizo su aparición en la sala del tribunal, atestado de periodistas. Leopold y Loeb, el centro de la atención de todos los que se hallaban en la sala, se sentaron tranquilamente en el banquillo, vestidos con elegantes trajes oscuros. Sus rostros no reflejaban ni miedo ni culpa; sin embargo, ambos creían que serían colgados. El abogado defensor se levantó y dijo al juez que tanto él como sus ayudantes creían firmemente que los acusados debían ser castigados.



Los acusados con el Fiscal y su equipo



Sus siguientes palabras fueron aún más sorprendentes: “Creemos que deben ser excluidos permanentemente de la sociedad”. Luego, en representación de sus defendidos, admitió la culpabilidad por ambos delitos. El fiscal Crowe se opuso a esto. Había separado las acusaciones de forma que si no podía conseguir la pena de muerte por el delito de asesinato, se pudiera juzgar de nuevo a los dos jóvenes por el delito de secuestro.





La madre y el hermano de Loeb

Darrow anunció que los hechos no podían discutirse, que intentaba presentar pruebas atenuantes sobre el estado mental de sus defendidos. Esto también significaba que Leopold y Loeb no prestarían declaración alguna. Si hubieran hablado de sus crímenes en la sala con la misma frialdad e indiferencia que mostraron en sus primeras confesiones, la repulsa del público hacia estos dos jóvenes se acrecentaría.



Los padres de Leopold y Loeb

La defensa se basaba en asegurarse que el juez Caverly, al que tenía un gran respeto, fuera la única persona que decidiera si los asesinos merecían la pena de muerte, ya que temía que un jurado se mostrara mucho más parcial. “Si se trata de que están locos, apelo a su conciencia para que acepte un juicio con jurado. No existe ni un solo acto, ni uno solo en todo este caso, que no sea el producto de una mente enferma”, dijo el fiscal Crowe. Uno de los ayudantes de Darrow, Benjamin Bachrach, contestó que la defensa no decía que Leopold y Loeb estuvieron locos, sino que eran “personas anormales”. El juez aceptó la petición.



El juicio

Las declaraciones comenzaron el miércoles 23 de julio y duraron casi un mes. Crowe había decidido ir a por todas en el caso, y a pesar del ya existente reconocimiento de culpabilidad, llamó a ochenta testigos al estrado. Darrow sólo interrogó a uno de ellos. Uno de los ayudantes del fiscal, Thomas Marshall, dijo al tribunal que los precedentes legales en el Estado de Illinois permitían ejecutar a los menores de edad (técnicamente Leopold y Loeb lo eran) y añadió que, si no eran ejecutados ahora, ningún jurado podría esperar imponer la pena de muerte en el futuro en un caso similar a éste.



Los titulares sobre el juicio

Darrow menospreció este comentario. “Si en alguna ocasión me viera en la obligación de solicitar la pena de muerte, no lo haría ni con jactancia, ni con odio, ni con furia; lo haría con el inmenso pesar que este acto se merece”, dijo Darrow en su discurso del miércoles 30 de julio. Dicho discurso se basó en el punto central de su defensa: una sociedad tan llena de odio no podía decidir el destino de dos adolescentes. “Nunca he visto un esfuerzo tan deliberado para convertir a los seres humanos de una comunidad en animales sedientos de venganza, que intentan aprovecharse de cualquier cosa que se les ofrece para alimentar un odio irracional hacia estos dos jóvenes”, finalizó Darrow. Lo que pretendía con este alegato, pronunciado deliberadamente con voz trémula, era hacer aparecer a la acusación demasiado ansiosa y vengativa, mientras que él representaba la dignidad y la humanidad que el caso merecía.



Las gafas mostradas durante el juicio

Cuando el caso de Leopold y Loeb llegó a los tribunales en 1924, la Escuela Vienesa de Psiquiatría liderada por Sigmund Freud era relativamente nueva. Nathan Leopold y Richard Loeb eran un objeto de estudio perfecto para los freudianos. No menos de catorce “alienistas”, como entonces se llamaba a los psiquiatras, examinaron a los acusados y estudiaron larga y detenidamente sus sueños y fantasías, en un esfuerzo por descubrir la clave según la cual sus subconscientes funcionaban. El motivo del crimen parecía ser de índole intelectual, pero los psiquiatras estaban convencidos de que la razón de su decisión de matar debía estar escondida en los imaginarios sexuales de su infancia. Estas derivaban de sus más profundos instintos inconscientes, que habían permanecido reprimidos y que surgieron para matar a Bobby Franks. Leopold y Loeb desconcertaban a los psiquiatras de entonces. Loeb era un esquizoide reacio a mostrar sus emociones por miedo a no ser comprendido o a ser despreciado. Por eso a menudo la gente no le comprendía, y llegó a eliminar todo resto emocional de su personalidad. En el juicio, la defensa no pudo ofrecer ninguna prueba de locura, pues esa cuestión tenía que decidirla un jurado; sin embargo se tuvo en cuenta aunque no había jurado, y la enfermedad mental se introdujo como atenuante.



Exámenes psiquiátricos practicados a Loeb

Leopold y Loeb, cada uno por su cuenta, habían pensado asesinar al otro en los meses anteriores al asesinato de Bobby Franks. Richard Loeb dijo a los psiquiatras que le examinaron en prisión antes del juicio, el doctor Karl Bowman y el doctor H. S. Hulbert, que “siempre había considerado que Leopold ejercía una mala influencia sobre mí” y admitió haber planeado el asesinato de su amigo simulando un accidente, pero abandonó el plan por miedo a convertirse en el principal sospechoso. Leopold les comentó a los mismos psiquiatras “si con sólo desearlo hubiera conseguido que sufriera un ataque al corazón y muriera, lo habría hecho”. La intensidad de su amistad era tan agobiante que los dos habían pensado en suicidarse. Loeb desechó la idea porque pensaba que era una señal de fracaso, incluso cuando Leopold le amenazó con matarle, o cuando se negó a jugarse al póker cuál de los dos tendría que quitarse la vida. Aunque se consideraba que Richard Loeb era el motor que impulsó el crimen, los psiquiatras de la defensa descubrieron que la personalidad de Nathan Leopold era más compleja y perversa. Cuando el doctor William Healey testificó, dijo que “este crimen es el resultado del impulso de una mente enfermiza, debido a la personalidad anormal de Leopold, cuyos sentimientos e ideas eran propios de un paranoico. Todo lo que quería hacer estaba bien, incluso raptar y asesinar. No daba cabida ni a la compasión, ni a los sentimientos. Él está en lo cierto, y es el mundo el que está equivocado”.


El doctor Bernard Glueck describió a Loeb diciendo que mostraba una “ausencia total de sentimientos normales. Este chico podía orientarse sólo intelectualmente. No demuestra ningún sentimiento por lo que le rodea. De hecho, Loeb se aburrió durante el examen psiquiátrico, incluso llegó a quedarse dormido durante algunas sesiones. Por el contrario, Leopold disfrutaba con estas sesiones de análisis”. Sólo actuando juntos pudieron Leopold y Loeb cometer el asesinato. La combinación de sus dos personalidades resultó fatal. Tres de los más eminentes psiquiatras de los Estados Unidos prestaron declaración por parte de la defensa. Se trataba del doctor William White, presidente de la Asociación Americana de Psiquiatras y superintendente de un hospital psiquiátrico en Washington D.C.; el doctor Bernard Glueck, un especialista en psicología criminal que trabajaba en la prisión de Sing Sing, en el Estado de Nueva York; y el doctor William Healy, un experto en delincuencia juvenil. Los tres estudiaron la historia, el carácter y la condición física de los acusados, y sus testimonios revelaron que, por lo menos, la ligazón intelectual que existía entre Leopold y Loeb era intensa y peligrosa.



El psiquiatra William Healy

El Tribunal escuchó cómo Richard Loeb había sido criado desde los once años por una institutriz extremadamente rígida y autoritaria. Darrow lo describió como un chico con trastornos emocionales que se había quedado en la etapa de la prepubertad. La historia de Nathan Leopold, tal y como fue contada en el Tribunal, reveló que él también se crió entre niñeras e institutrices. Su padre, involuntariamente, le había inculcado la idea de que la riqueza implicaba la superioridad. A los catorce años lo sedujo una de sus niñeras. Ya con esa edad demostraba tener una habilidad intelectual fuera de lo normal. En la adolescencia, se declaró ateo y adoptó por completo la filosofía de Nietszche, proclamando que él no era una persona a la que se pudiera someter al código moral que gobernaba al resto de los mortales. La cuestión era decidir si la sociedad debería prohibir a Nietzsche en vista de la fatal influencia que tuvo sobre Nathan Leopold.


El fiscal Crowe escuchó la declaración que Leopold y Loeb hicieron sobre lo que ellos consideraban un plan para un crimen perfecto. Y luego les preguntó sobre la carta que mecanografiaron al padre de la víctima el día anterior al asesinato, cuando aún no habían decidido quién sería su víctima. “¿Pusieron la dirección después de haber escrito la carta?” preguntó Crowe. “Sí. Primero escribimos ‘Muy señor mío’, y una vez que elegimos a la víctima, apuntamos la dirección del señor Franks”, respondió Leopold. Pero el plan les falló. El padre de la víctima tenía que acudir a la farmacia de la Calle 63, y esperar allí una nueva llamada de teléfono. Luego se le ordenaría coger un tren y buscar un mensaje que estaría escondido en uno de los vagones. Dicho mensaje ordenaba arrojar desde el tren la caja de puros que contenía el rescate de 10,000 dólares, de modo que ésta cayera en un lugar preciso del que lo recogerían ellos.



Los psiquiatras caricaturizados

Darrow trató duramente a los psiquiatras llamados a declarar por parte de la acusación. Uno de ellos basó su declaración únicamente en el comportamiento de los dos jóvenes durante el juicio. Otros admitieron haber pasado muy poco tiempo examinándoles en privado. Pero Darrow reservó sus críticas más mordaces para un psiquiatra del que dijo que se ganaba la vida prestando declaración en los Tribunales. Dicho psiquiatra había descrito a los acusados como personas enteramente normales. Estas pequeñas victorias del abogado, sin embargo, no eran suficientes para salvar la vida de los dos muchachos. Una de las testigos fue Lorraine Nathan, una antigua novia de Loeb. A pesar de su retraso emocional, éste mantuvo relaciones sexuales con mujeres durante su adolescencia, entre ellas Lorraine.



Lorraine Nathan

Se rumoró que los acusados habían declarado sobre sus costumbres homosexuales en el despacho del juez o en el despacho de los abogados, pero no en el juicio. Esto es falso. En los tribunales estadounidenses, cuando hay que declarar con algún detalle sobre estos temas, los abogados, tanto de la defensa como de la acusación, se acercan al estrado y escuchan a los testigos que hablan en un tono tan bajo que sólo ellos y el juez pueden oírlos. Esto se conoce en la jerga legal como “testimonio susurrado”. Las transcripciones de tales testimonios pueden adquirirse gratuitamente después del juicio.



La sangre en el piso del automóvil

Leopold y Loeb, sentados a una cierta distancia, parecían no haberse inmutado durante todo el juicio. La descripción que de ellos hizo el fiscal, monstruos que deberían ser ahorcados, no alteró sus frías expresiones. En momentos de humor los dos se reían sonoramente, y el relato de la muerte de Bobby Franks no pareció provocar en ellos ninguna señal de remordimiento, sino que los hizo reír. Pero cuando Darrow empezó a hablar de la vergüenza que habían ocasionado a sus familias, Leopold se puso pálido y Loeb comenzó a llorar. Parecía que, por primera vez, se enfrentaban con el hecho de que habían destruido sus vidas y a sus familias.



Leopold y Loeb riendo durante el juicio

El fiscal del Estado, Robert Crowe, dijo en el juicio: “Los padres de estos chicos tienen entre los dos una fortuna estimada en quince millones de dólares y todo el mundo supone que estos millones impedirán que se dicte una sentencia de muerte”. Los amigos y enemigos de Darrow sospecharon que a éste le había convencido la perspectiva de unos fabulosos honorarios, pero en realidad pidió a la Asociación de Abogados de Chicago que arbitrase y propusiese una remuneración conveniente, y aseguró que él se sometería a su decisión.



Los célebres psiquiatras que testificaron para la defensa cobraron una cantidad ya fijada, exactamente igual a la de los otros testigos. Las ganancias personales netas que Darrow obtuvo al final de un juicio de cuatro meses se elevaban a 30,000 dólares. Nadie dudó de que hubiese realizado la misma enérgica defensa si sus clientes hubieran sido pobres.




Cuando el último testigo llamado por la acusación abandonó el estrado la tarde del martes 19 de agosto, todavía la defensa tenía que vencer el odio y el aborrecimiento que Leopold y Loeb inspiraban al público. No se habían declarado locos. Sólo podían esperar que el juez aceptara una petición de clemencia. Las dos partes pronunciaron sus discursos finales. Los detalles sobre la muerte de Bobby Franks hicieron llorar a muchos de los presentes. Ahora todo dependía de la habilidad oratoria de los dos principales abogados.





El viernes 22 de agosto, un poco después de las 14:00 horas, Clarence Darrow se levantó para hacer su última petición de clemencia. La atmósfera que se respiraba en la repleta sala del tribunal del sexto piso era muy tensa. Una inmensa multitud se agolpaba tras las puertas con el objeto de poder entrar y escuchar el discurso de Darrow. Algunas mujeres se desmayaron por la aglomeración. La gente se empujaba y varias personas fueron pisoteadas en el tumulto. Los alguaciles y los sheriffs finalmente optaron por cerrar las puertas herméticamente. Darrow, que llevaba un traje arrugado, un chaleco y una corbata blanca, se levantó con gesto cansado. Su discurso iba a durar más de once horas.



Clarence Darrow dejó bien claro que, en primer lugar, la riqueza de los padres de los acusados no iba a servirles de nada en este caso; y que, en segundo lugar, no habían sido motivos económicos los que impulsaron a los dos jóvenes a cometer el crimen, tal y como sostenía la acusación. “Nunca he llevado un caso en el que el Fiscal del Estado no dijera de ese mismo caso que era el más inexcusable, premeditado y a sangre fría que hubiera ocurrido nunca antes”, comentó Darrow. “Dicen que éste fue un asesinato cruel, el peor de los que han ocurrido jamás, pero el pequeño ‘Bobby’ apenas sufrió. No hay excusa para este crimen; si colgar a estos dos chicos le devolviese la vida, yo accedería, y creo que sus padres también”. La defensa no consideraba el hecho de que Bobby Franks muriese tras un secuestro. “Ninguno de estos dos chicos necesitaban un céntimo, son vástagos de familias adineradas, ¿iban a matar a este niño inofensivo por conseguir 10,000 dólares? No era cuestión de dinero. Se trataba del acto sin sentido de unos chicos inmaduros y enfermos”.


Su declamación era tan dramática, tan intensa, que parecía que estaba resumiendo todo el trabajo de su vida, suplicando no sólo por Leopold y Loeb, sino también por todos los hombres. “Cuando el público quiere un correctivo, cuando pide un castigo, sólo piensa en uno: en la muerte”, continuó Darrow. “Cuando el público habla como un solo hombre, piensa sólo en matar. He visto aquí un Tribunal ansioso por que se cumpliera la amenaza de colgar a estos dos chicos en contra de la ciencia, de la experiencia y de los sentimientos más humanitarios de nuestra época. Dicen que venimos aquí con una ridícula petición de clemencia. ¿Cuándo ha sido ridícula una petición de clemencia en un Tribunal de cualquier lugar del mundo?” El abogado se paseaba entre las mesas de sus colegas, con el dedo gordo en el bolsillo del chaleco, mientras se enfrentaba a la creencia generalizada de que ambas familias harían uso de su inmensa fortuna para salvar a sus hijos de la pena más cruel.


El Tribunal permanecía bastante tranquilo mientras Darrow se movía de un lado a otro. El juez Caverly se inclinaba hacia delante, apoyando la barbilla en una mano, escuchando absorto el relato del abogado que trataba de describir el viaje en coche, durante el cual la víctima fue raptada y asesinada, como algo tan carente de sentido que sólo podía ser obra de mentes enfermas. “El más pequeño accidente, la más leve contrariedad, un poco de curiosidad, una detención por exceso de velocidad, cualquier cosa, hubiera provocado el desastre”, y levantando sus brazos con desesperación, añadió: “¿Para qué? Para nada”. Durante todo este largo discurso, Darrow se refería constantemente a Leopold y Loeb, que entonces tenían diecinueve años, IIamándolos “chicos” o “Dickie” Loeb y “Babe” Leopold, para subrayar que no habían alcanzado aún la edad de la razón y la madurez. Hablaba de ellos afectuosamente, en un esfuerzo por suavizar la imagen que el público tenía de ambos. Incluso de vez en cuando les miraba con aire de tristeza y melancolía.



Continuó formulando una pregunta en voz alta y clara. "¿Por qué mataron al pequeño Bobby Franks?" Después de un intervalo, sin ninguna vacilación, se escuchó su firme respuesta: “Ni por dinero, ni por odio, ni por despecho. Lo mataron porque en algún momento en el proceso de su maduración, algo salió mal y ahora estos desafortunados muchachos se sientan aquí, odiados como proscritos, despreciados por una comunidad que pide su sangre”. El letrado se apoyó en el experto testimonio de los psiquiatras de la defensa para demostrar que Leopold y Loeb se guiaron por un impulso incontrolable. Pero, aún más, quería que el juez CaverIy aceptara los hechos del caso como pruebas evidentes de que los acusados sufrían una perturbación mental.




“No hay nada normal en este caso desde el principio hasta el final”, insistió. “No había nada normal desde el principio, en que se fraguó todo en una mente enferma, hasta el día de hoy en que esperan aquí sentados su condena. No estoy suplicando sólo por estos chicos, sino por todos aquellos que les siguieran, aquellos que quizá no puedan ser tan bien defendidos como éstos lo han sido, aquellos que pueden caer en la tempestad sin ayuda. Es en ellos en quienes estoy pensando y por los que suplico a este Tribunal que no retroceda a un pasado bárbaro y cruel”. El abogado, ya cansado y con los hombros inclinados hacia delante, habló del sistema penal inglés del siglo XIX, cuando cerca de doscientos crímenes fueron castigados con la muerte, intentando de esta forma disuadir a los criminales. “¿Qué ocurrió? Nada”.



La reconstrucción del crimen en el automóvil


En el segundo día de su discurso, lunes 25 de agosto, el letrado exploró los ambientes en que se habían movido los acusados y los libros que les fascinaban. Habló de los infortunios de la riqueza. Loeb tuvo una institutriz enérgica que le obligaba a estudiar, permitiéndole muy poco tiempo para el ocio. La ley de Illinois prohibía a los menores de edad leer historias de crímenes, por miedo a corromper sus mentes. Hasta entonces, Loeb nunca había dejado de leer historias de crímenes y novelas violentas, día tras día, semana tras semana. Darrow expuso entonces la fijación de Leopold por el Superhombre imaginado por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. A pesar de que los dos acusados eran académicamente brillantes, a los ojos del público Leopold era más serio, menos desenvuelto que Loeb y más perverso. “Su Señoría, he leído casi todo lo que Nietzsche escribió”, dijo Darrow. “Era un hombre de una inteligencia maravillosa, el filósofo más original del último siglo. Nathan Leopold no es el único chico que ha leído al pensador alemán; pero debe ser el único que ha sido influenciado hasta tal extremo. He aquí un chico de dieciséis o diecisiete años que está obsesionado con estas doctrinas. No era un interés casual por la filosofía. Era su vida. Creía en un Superhombre. Él y ‘Dickie’ eran los Superhombres. Continuamente hablaban del tema, del Hombre que no tiene obligaciones con nadie”.



La defensa describió a Leopold y Loeb como unos chicos aparentemente más libres, más privilegiados y con más suerte que otros jóvenes menos ricos e inteligentes. Afirmó que nunca habían empezado a madurar realmente, a distinguir entre la realidad y la fantasía, porque todo lo tuvieron muy fácil y porque habían tenido la desgracia de encontrarse el uno con el otro. “Ninguno de estos chicos hubiera hecho esto solo, sin contar con el otro. Fue la consecuencia de un plan y de una confabulación, de creerse cada uno de ellos un Superhombre. De otro modo no lo hubieran hecho. Nietzsche se volvió loco los últimos quince años de su vida. Su misma doctrina es una especie de locura, pero se enseña y discute en nuestras clases; no es ningún secreto. Señoría, no es justo colgar a un chico de diecinueve años por la filosofía que le enseñaron en la Universidad”.


El tercer y último día de su discurso, ante el juez, los abogados, los acusados y los espectadores que le escuchaban absortos, Clarence Darrow volvió a la cuestión de la clemencia para los jóvenes y a lo que para él era un mito: que la pena capital disuade a los asesinos potenciales. “Quizá todos los crímenes no tienen la misma causa, pero todos tienen alguna causa. Y en la actualidad se busca descubrir esa causa. Los científicos lo están estudiando, pero nosotros los abogados seguimos castigando y aplicando la pena capital, pensando que mediante el terror generalizado podemos acabar con el crimen. No sé hasta qué punto se puede decir que estos chicos son unos monstruos. Odio tener que decirlo en su presencia, pero ¿qué podemos esperar? Sé que Su Señoría sería clemente si atase una cuerda alrededor de sus cuellos y les dejase morir, sería clemente con ellos, pero no con la civilización y con aquellos que vienen detrás”.


El abogado defensor, casi exhausto, se volvió hacia el juez Caverly y comenzó su discurso final, en el que reconoció la fuerza de la opinión pública que aún pedía el mayor castigo para los dos chicos. “Lo realmente fácil y popular es colgar a mis clientes, lo sé. Los hombres y mujeres que no piensan aplaudirán. Los crueles y los inconscientes lo aprobarán. Será fácil hoy; pero en Chicago, y en el resto de la Tierra, cada vez más padres, los hombres buenos y llenos de esperanza que se preocupan no sólo por estos chicos sino también por los suyos, no se alegrarán de la muerte de mis clientes. Ruego por su vida, apelo a la caridad y a la infinita clemencia que todos merecemos. Pido que superemos la crueldad con bondad, el odio con amor. Sé que el futuro está de mi parte”. La voz de Clarence Darrow se apagaba lentamente: estaba sollozando, conmovido por su propio discurso. Cansado, se sentó. Pasaron dos minutos sin que se oyera un sólo ruido en la sala. El juez John Caverly también lloraba.



El juez John Caverly


Todos los periódicos de Chicago, al igual que muchos otros periódicos de los Estados Unidos, publicaron el discurso completo de Clarence Darrow. Nunca hasta entonces se había otorgado tal tributo a un abogado. El alegato se editó después como libro y se convirtió en un best-seller. Pero el juicio no había acabado. El fiscal del Estado, Robert Crowe, habló durante dos días en contra de la versión que Darrow había dado de los hechos con una furia que ya no se correspondía con el sentir del público. Gritó hasta quedar afónico. Dijo que Leopold y Loeb era unos asesinos despiadados, “tan poco merecedores de compasión y clemencia como lo son una pareja de serpientes de cascabel dispuestas a matar. Es el delito más horrible que se ha perpetrado en esta generación”.


Leopold sabía algo acerca de Loeb y le chantajeó haciéndole someterse a sus deseos, aseguró. Durante meses planearon el asesinato meticulosamente, y ambos lo ejecutaron. Ninguno mostró remordimientos. El móvil era el dinero, 10.000 dólares exactamente, y pretender otra cosa era una estupidez. El fiscal habló con desprecio de la riqueza de los acusados, y se refirió a Darrow como “una defensa de un millón de dólares” que le compraron por su avaricia y venalidad. Crowe despreció con ironía lo que llamó tonterías, fantasías y literatura. También lo atacó por sus creencias, repitió una y otra vez que era un “ateo” como sus clientes. “El exponente de una filosofía tan peligrosa como la de Leopold” y un “abogado pagado cuya profesión consiste en proteger a los asesinos del condado de Cook, preocupándose por su estado de salud antes de que salieran a cometer un asesinato”. Era la actuación desesperada de un hombre frustrado, que veía que el caso se le iba de las manos.



El juez Caverly suspendió el juicio hasta septiembre; para esas fechas, afirmó, habría tomado ya una decisión. Para evitar manifestaciones públicas, excluiría de la sala a todos salvo a los acusados, sus familiares, sus abogados y la prensa. El día que debían conocerse las sentencias, un tren estadounidense transcontinental hizo una parada de diez minutos en una pequeña ciudad del Estado occidental de Montana. Cuando el revisor gritó: “¡Viajeros al tren!”, los pasajeros se negaron a subir hasta que media hora más tarde se supiese la sentencia.


El 10 de septiembre de 1924, después de un juicio que durante meses había llamado tanto la atención del público, el juez Caverly entró en la sala a las 09:30 horas y preguntó a Leopold y Loeb, que se sentaban a ambos lados de Clarence Darrow, si tenían algo que decir antes de escuchar las sentencias. Loeb negó con la cabeza. Leopold dijo “No”. El juez anunció que era su deber explicar las razones de su decisión, en vista del interés que suscitaba el caso. No había duda de la culpabilidad de los acusados. Las pruebas hubieran resultado abrumadoras aun sin las confesiones. “La declaración de culpabilidad, por tanto, no es fundamental”, dijo el juez, rechazando así el primer argumento de Darrow que pretendía que esto se considerase como atenuante.






Leopold y Loeb esperando el veredicto



Se refirió luego a las pruebas de los médicos expertos sobre el estado mental de los acusados. La defensa no había dicho que estuvieran locos, y el juez afirmó que no creía que ése fuera el caso. El juez Caverly continuó diciendo que los test “eran una contribución valiosa a la criminología”, pero que podían haber arrojado resultados similares en otros casos. El juez reconoció que Leopold y Loeb no eran personas normales; “si hubiesen sino personas normales, no habrían cometido el crimen”. Pero no quiso aceptar la pretensión de Darrow de que su anormalidad era una circunstancia atenuante. Afirmó también que la cuestión sobre la responsabilidad última de las acciones humanas estaba fuera de la competencia del Tribunal, cuya única misión consistía en aplicar la ley. “En este caso, los testimonios revelan un crimen de atrocidad singular. Es inexplicable en todos los sentidos, pero no por ello menos repulsivo e inhumano. Fue deliberadamente planeado y preparado durante un considerable período. Y fue ejecutado con crueldad”. Aseveró que no había pruebas de que la víctima hubiese sufrido “abusos deshonestos”, pero eso no hacía el crimen menos grave. “El Tribunal considera que ni en el acto mismo, ni en su móvil o carencia de móvil, ni en los antecedentes de los acusados, puede encontrar circunstancias atenuantes”, anunció el juez.


El fiscal parecía satisfecho. Los acusados parecían desalentados y Darrow estaba sombrío. Caverly leyó los estatutos y enumeró las penas. “Imponer la pena capital hubiera sido el camino más fácil. Pero eligiendo el encarcelamiento en vez de la muerte, el Tribunal actúa por consideración a la edad de los acusados”. Después argumentó que su decisión de no recurrir a la pena capital para “personas aún no maduras” se correspondía con el progreso de la ley criminal en el mundo y “con los dictados de la humanidad ilustrada”. Condenó a Leopold y Loeb a cadena perpetua por asesinato, y a 99 años por secuestro. El fiscal Crowe estaba aturdido por el cambio operado en el juez.



La gente afuera del Tribunal tras el veredicto

Los periódicos de Chicago prepararon dos tipos diferentes de titulares: uno anunciaba la pena de muerte; otro, la cadena perpetua. Este último ya se vendía unos pocos minutos después de que se conociera la sentencia. En Londres se publicaron ediciones especiales diez minutos más tarde. La reacción de los principales periódicos ante la no aplicación de la pena máxima a los acusados fue variada. Pero la mayoría estaba de acuerdo en que Leopold y Loeb nunca deberían ser puestos en libertad. Este sentimiento quedó bien reflejado en el Chicago Herald and Examiner, que cabeceó: “La gente olvida muchas cosas, pero un crimen como éste no es una de ellas, y se exigirá su total expiación”.


Nathan Leopold y Richard Loeb fueron llevados a la penitenciaría del Estado en Joliet, Illinois. Los últimos comentarios que hizo Nathan Leopold a la prensa después de conocida la sentencia revelaban el profundo desprecio que sentía hacia cierto grupo de personas, a las que consideraba como masas inferiores. El 11 de septiembre de 1924, después de una noche en la Penitenciaría del Estado en Joliet, Illinois, los dos nuevos prisioneros escucharon una misa para conmemorar el Día de la Defensa Nacional. Había varios periodistas. Leopold comentó al Chicago Tribune: “Supongo que esto no resultaría tan duro a un tipo torpe, sin mucha inteligencia o imaginación y sin una vida auténtica. Pero por eso mismo es duro para Dick y para mí”. Nathan Leopold seguía viéndose a sí mismo como un Superhombre.



Rumbo a la prisión



Los acusados no testificaron ni dijeron nada en el juicio sobre lo que sentían acerca del crimen. Sin embargo, Loeb mostró los primeros síntomas de arrepentimiento por lo que había hecho a su familia. En una carta remitida a sus padres desde la prisión escribió: “Queridos mamá y papá: todo esto es horrible. He pensado mil veces sobre ello y aún sigo sin entenderlo. Sólo estoy seguro de una cosa: el único culpable soy yo mismo. Considero providencial que me hayan detenido, porque no sé hasta dónde hubiera podido llegar”. Loeb hablaba de otros posibles crímenes en el futuro, pero pasaba por alto el horror que ya había causado con la muerte de Bobby Franks.



Leopold admitió que empezó a sentir remordimientos diez años después del hecho y que este pesar fue creciendo como un cáncer dentro de él. Pensaba que eso se debía a la madurez y que cuando cometieron el crimen él era un joven arrogante. “En los últimos veinticinco años el remordimiento ha sido mi constante compañero. Está siempre conmigo. Algunas veces me absorbe por completo”, aseguraría en 1957.



Leopold tras las rejas


El juez Caverly, una vez finalizado el juicio, se sometió a un largo tratamiento para combatir el estrés, pero nunca se recuperó totalmente. Murió en 1939 a la edad de setenta y ocho años. El fiscal del Estado Robert Crowe fue reelegido en 1924, aunque más tarde sufrió algunos reveses políticos. Murió en 1918 convencido de que Leopold y Loeb debieron haber sido ejecutados. Clarence Darrow continuó con su carrera de abogado, aunque dedicando cada vez más tiempo a dar conferencias y a escribir. Decía que cuando muriera, no le importaría si iba al cielo o al infierno, pues tenía muchos amigos en ambos sitios.



Loeb tras las rejas

Al año siguiente, en 1925, llevó otro caso famoso, defendiendo a John Scopes, un profesor de segunda enseñanza que había violado una ley de Tennesse que prohibía la enseñanza en las escuelas estatales de la Teoría de la Evolución, porque contradecía a La Biblia. En este caso, conocido como “El Juicio del Mono” debido al examen de la teoría según la cual los seres humanos descienden del mono, hubo un célebre enfrentamiento entre el fiscal William Jennings Bryan y Darrow, que inspiró la película de Stanley Kramer Inherit the wind. En uno de sus últimos casos, los clientes estaban acusados de homicidio, no de asesinato, y se vieron libres de sus sentencias de prisión en una hora. Esto era el resultado de lo que fue conocido como el “Efecto Compasión” de Darrow. Los acusados eran una familia negra que se había resistido el desahucio de su casa en un vecindario blanco por un grupo de vecinos blancos. El letrado era conocido por sus opiniones liberales, por apoyar a los marginados y por su adhesión a ideas científicas más que religiosas.



En 1931, Leopold y Loeb se reunieron de nuevo y juntos hicieron cursos por correspondencia con otros presos de otras cárceles. Escribieron un libro de texto de matemáticas, que se convirtió en un clásico dentro del sistema penitenciario estadounidense. Richard Loeb murió el 28 de enero de 1936, a los treinta años, después de un ataque brutal de otro recluso.



Nota sobre la muerte de Loeb

El abogado Darrow murió en 1938, a la edad de ochenta años. Sus cenizas fueron esparcidas en la laguna del parque Jackson, donde Leopold y Loeb habían arrojado la máquina de escribir.



Leopold tras varios años de reclusión


Después de la muerte de Loeb, Leopold continuó con su tarea educativa y con el estudio de idiomas. Más tarde se hizo enfermero del hospital de la prisión. Escribió un libro sobre ornitología y una autobiografía en 1957, Life + 99 years, que evitaba los detalles sobre el asesinato de Bobby Franks.



Leopold el día de su liberación


En 1958 se le concedió la libertad condicional después de treinta y tres años en la cárcel, y trabajó como funcionario en el Ministerio de Sanidad de Puerto Rico. En 1961 se casó con Trudy Feldman García de Quevedo y creó una fundación para ayudar a delincuentes juveniles.



Leopold con su esposa Trudy

Muchos libros se han escrito sobre este caso. En 1956 Meyer Levin, un periodista de Chicago, escribió la novela Compulsión. En 1958 se realizó una película con el mismo nombre. Orson Welles interpretó el personaje de Clarence Darrow, y Dean Stockwell y Bradford Dillman encarnaron en la pantalla a Leopold y Loeb.



Cronología de los hechos (click en la imagen para ampliar)

Nathan Leopold murió en 1971 de un ataque al corazón. Tenía sesenta y seis años. Su cerebro fue objeto de estudios científicos que investigaban sobre la fuente de la genialidad.



VIDEOGRAFÍA:

Swoon (trailer)
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Compulsión (trailer)
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La soga (trailer)
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BIBLIOGRAFÍA:












FILMOGRAFÍA:






OBRAS DE TEATRO: