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Colin Ireland: “El Estrangulador de Gays”


“Creo que en mi interior sentía una hostilidad general hacia la gente. Este sentimiento de aversión fue creciendo dentro de mí. Fue una rápida degradación hasta llegar al punto máximo. No sé explicarlo de otra manera”.
Declaraciones de Colin Ireland


Colin Ireland nació el 16 de marzo de 1954 en Dartford, Kent (Inglaterra). Era hijo ilegítimo de un vendedor de periódicos, así que se crió bajo la tutela de su madre y de sus abuelos.



Colin Ireland durante su niñez


Según confesaría a la policía, cuando era niño lo amedrentaban sus compañeros de escuela: “Era un mequetrefe larguirucho y esmirriado, y siempre me llevaba la peor parte”.



Antes de cumplir los veinte años, ya poseía una larga carrera delictiva. Lo condenaron por delitos de allanamiento de morada, robo y extorsión. En virtud de estas condenas, fue a parar dos veces al reformatorio, y después se marchó a Francia con la intención de alistarse en la Legión Extranjera, pero lo rechazaron a pesar de que por aquel entonces ya era un hombre fornido que medía casi un metro noventa. Había desarrollado cierto gusto por la indumentaria militar y por el adiestramiento de supervivencia, y acampaba en la zona de los pantanos de Essex.



Ireland vestido de camuflaje

Había trabajado como bombero voluntario, de cocinero jefe en un restaurante y de camarero en un local gay. A los veintisiete años se casó con una mujer siete años mayor que él, y paralítica de cintura para abajo como consecuencia de un accidente de automóvil. El matrimonio acabó en divorcio. Después Ireland empezó a mudarse con frecuencia y se aficionó a acampar. Empezó a obsesionarle alimentarse sólo de productos frescos y beber agua pura embotellada. Contrajo matrimonio por segunda vez, que de nuevo acabó muy pronto en divorcio. Esta vez con otra mujer mayor que él, llamada Janet Young.



Ireland y su esposa, Janet Young


Ireland se presentó como voluntario en un refugio para indigentes y al poco tiempo lo nombraron subdirector, cargo que parecía idóneo para él. El director recordaría más tarde que Ireland tenía mucho en común con los “huéspedes”, era un personaje popular y se comunicaba bien con ellos. Pero la que era novia de Ireland en aquel tiempo afirmaría: “Nunca sabía de qué humor estaría al cabo de un momento. Tan pronto era amable como muy desagradable”. Hablaba de sus fantasías de matar gente. Su novia lo dejó cuando le rompió el dedo a uno de sus antiguos pretendientes.



Janet Young


En diciembre de 1992, tras conocerse que había maltratado a uno de los residentes, Ireland recibió presiones para abandonar el cargo de subdirector del refugio. Según comentó posteriormente, aquél era el único trabajo que lo había entusiasmado de verdad.


Se trasladó entonces a un centro de formación para adultos y allí se le asignó una ocupación de muy baja categoría, que consistía en desguazar cajones de madera. El director del refugio, que había seguido en contacto con Ireland, recordaba que en aquella época “estaba afligido y frustrado; no sabía qué hacer con su vida”.



Pronto lo descubriría. Llegó el Año Nuevo y entonces Ireland tomó una decisión. Durante mucho tiempo, había vivido al margen de la ley y admiraba además la obra de los asesinos en serie. Inglaterra era un país donde algunos de los peores criminales se habían generado: “Jack el Destripador”, Dennis Nilsen, Ian Brady, Myra Hindley, John Reginald Christie, Fred y Rosemary West, Robert Thompson, Jon Venables... Mientras bebía una copa, se convenció: quería convertirse en asesino.


A principios de 1993, mientras vivía en Southend, comenzó a frecuentar The Coleherne, un pub gay en el oeste de Londres. Estaba situado en Brompton Road, en el barrio de Earls Court, y era propiedad de la compañía cervecera Brass.



The Coleherne


 Era conocido como un lugar donde los hombres conseguían parejas sexuales y usaban pañuelos de colores que indicaban su rol preferido: activo, pasivo o intermedio. Ireland solicitaba a hombres a quienes les gustaba el papel pasivo y sadomasoquismo, así él podría contenerlos, ya que inicialmente creían que era un juego sexual.



Ireland tardó un par de meses en decidir cuándo, dónde y cómo actuaría, pero a principios de marzo lo hizo. Para entonces tenía 39 años y era un solitario sin empleo, una persona que iba dando tumbos por la vida con un historial de violencia y de relaciones sexuales turbulentas.



Así que planeó meticulosamente los crímenes, valiéndose de los conocimientos adquiridos en los cursos de supervivencia. Decidió llevar un equipo completo para el asesinato, que consistía en esposas, cuerda, bolsas de plástico y una muda extra de ropa. Antes de cada misión criminal, se vaciaría los bolsillos dejando únicamente el dinero, para evitar que algún objeto identificador se le cayera en la casa de la víctima. En cada caso utilizaría un par de guantes, distinto siempre.


Sus potenciales víctimas esperarían actos de servidumbre y sexo duro, por lo que no sería difícil convencerlos para que se dejaran poner las esposas y, así, inmovilizarlos. Elegiría a quienes llevasen unos guantes colgando del bolsillo posterior del pantalón, lo que en el ambiente homosexual significaba que era un “sumiso”.


Su primera víctima fue Peter Walker, coreógrafo y director de teatro del West End, a quien conoció en el pub. Luego fueron a su departamento. A Walker le gustaban los juegos sadomasoquistas. La policía lo halló muerto en su piso en el sur de Londres.



Peter Walker

Walker estaba desnudo cuando lo encontraron. Los policías no hallaron rastros de sangre. Nadie había visto a ningún desconocido entrar o salir del apartamento. Parecía casi un crimen perfecto. La investigación rutinaria de la vida cotidiana de la víctima determinó que Walker, de 45 años, era homosexual y frecuentaba bares gay.



El departamento de Walker







Tenía la cabeza embutida dentro de un preservativo y, acurrucados contra el cuerpo, dos ositos de peluche que sin duda el asesino había depositado allí después de la muerte. Los osos habían sido puestos practicando un sesenta y nueve. Antes de ser estrangulado, a Walker lo habían amordazado con preservativos anudados y también esposado. En el plástico no había ninguna huella dactilar, ni tampoco en ninguna parte del piso. Las esposas eran de tipo común y podían adquirirse en una gran cantidad de establecimientos.



La escena del crimen



Ireland dejó a los perros de Walker encerrados en otra habitación. Al otro día, una voz anónima masculina llamó por teléfono al periódico sensacionalista The Sun, se atribuyó la autoría del asesinato y reconoció que lo había cometido para cumplir una promesa de Año Nuevo. “Lo até y lo maté. Era homosexual y un pervertido”. El autor de la llamada también mostró su preocupación por el destino de los dos perros de Walker.



Los titulares sobre el asesinato

La segunda víctima fue hallada en un departamento de Wealdstone, en Byron Road, al norte de Londres, a finales de mayo. Christopher Dunn, de 37 años, era bibliotecario.



Christopher Dunn

También esta vez se averiguó que se trataba de un homosexual que frecuentaba bares de clientela gay. Tampoco esta vez se encontraron huellas dactilares ni otras pistas, pero tras el asesinato habían retirado dinero de la cuenta bancaria de la víctima. Ya que para esto hacía falta el número secreto, la policía desarrolló la hipótesis de que Dunn había sido torturado para que lo revelara.



El departamento de Dunn


Cuando encontraron su cadáver, llevaba únicamente un arnés de cuero y un cinturón claveteado. Estaba esposado a la cama y tenía los pies atados; al principio, se pensó que su muerte se había producido por accidente durante un juego erótico. Pero había indicios de tortura y sus tarjetas de crédito habían desaparecido. La cuerda de nilón utilizada para atarlo también era de tipo normal y podía comprarse en cualquier parte y, al igual que a las esposas, resultó imposible seguirle el rastro.



La escena del crimen

Pocos días después del crimen, se recibió una segunda, vejatoria llamada, esta vez a la comisaría: la voz se atribuyó la autoría de asesinato y se admiraba de cómo era posible que la policía no hubiera advertido que este crimen estaba relacionado con el primero. La llamada dejaba claro que podría haber más víctimas.


Ken John, un agente de New Scotland Yard, fue asignado al caso. Ken era inspector jefe de investigadores y comandante del distrito de Kensington de Londres, corazón de la comunidad teatral y homosexual. Estaba a punto de jubilarse y, como tantos otros policías, no deseaba apartarse del servicio dejando un caso importante sin resolver.


La policía distribuyó carteles entre los distintos establecimientos gay; uno de ellos solicitaba información que pudiera conducir a la policía hasta el asesino; otro, cuyo objetivo era prácticamente el mismo, indignó a la comunidad homosexual porque los instaba a comunicar a los agentes los nombres de sus parejas ocasionales.


La información recabada demostró que ambas víctimas habían sido clientes habituales del Coleherne, el pub. Tras sus cristales oscurecidos se concertaban numerosas citas entre desconocidos. Hombres vestidos de cuero buscaban en él un compañero ocasional que compartiera su inclinación por los látigos, los azotes y la sumisión.


La noticia de que ambas víctimas habían sido clientes del Coleherne hizo estremecer a Ken John y a muchos agentes de policía que llevaban más de una década de servicio, pues recordaban, como tantos otros investigadores expertos en mentalidad criminal de cualquier país, que los dos asesinos en serie más notorios de Inglaterra habían frecuentado este bar en busca de sus víctimas. Dennis Nilsen “El Estrangulador de Muswell Hill”, había encontrado allí a sus víctimas a principios de la década de 1980. El otro era Michael Lupo “El Lobo de Londres”, que mató a nueve a finales de la misma década.


Los dos casos habían saltado a los titulares de la prensa británica y en su momento habían causado una ola de terror dentro del colectivo homosexual. Los dos criminales estaban aún entre rejas, de modo que el asesino no podía ser ninguno de ellos, pero había alguien más que andaba suelto, rastreando y matando homosexuales. Cuando se hizo patente la relación entre los dos crímenes y que su autor tenía el propósito, por lo menos aparente, de seguir sembrando el caos, se produjo una reacción de pánico justificado entre la población homosexual de Londres que añadió tirantez a su ya de por sí, frágil relación con la policía.



La primera semana de junio de 1993, se encontró una tercera víctima asesinada en Kensington. Perry Bradley III era un hombre de negocios estadounidense de 35 años, hijo de Perry Bradley jr., el fallecido recaudador de fondos para el Partido Demócrata de Texas.



Perry Bradley III

Tras encontrarse en el pub, los dos hombres fueron al departamento de Bradley, donde Ireland sugirió atarlo. Bradley expresó su disgusto ante la idea de una práctica sadomasoquista. Ireland le dijo que él era incapaz de funcionar sexualmente sin elementos de esclavitud. Bradley, vacilante, decidió cooperar y pronto fue atado boca abajo, con una soga alrededor de su cuello. Después de amarrarlo, Ireland le quitó el dinero, las tarjetas y le exigió el número confidencial. Le aseguró a Bradley que no era más que un ladrón y se iría después de robarle.



El departamento de Bradley



A diferencia de las dos víctimas anteriores, Bradley guardaba silencio sobre sus tendencias homosexuales; los clientes del Coleherne, sin embargo, lo reconocieron porque había ido al bar muchas veces.



El cadáver de Bradley

El escenario del crimen era similar a los otros: una víctima desnuda, amarrada a la cama y estrangulada con una cuerda de nilón. Sus tarjetas de crédito habían desaparecido. No había ninguna huella dactilar ni otras pistas que revelaran la identidad del asesino, pero el cadáver estaba dispuesto en una postura ritual que parecía una provocación a la policía: encima del cuerpo habían dejado una muñeca.



La escena del crimen



El asesino volvió a llamar a los medios de comunicación y a la policía reivindicando el crimen y mencionó el nombre del ex agente del FBI Robert K. Ressler; también dijo que había leído sus libros. La llamada constituía esencialmente un desafío a la policía para que presentara su valoración de los crímenes: “En el lugar de los crímenes hay pistas que les pueden llevar a descubrir mi identidad”. Casi suplicaba que le informaran sobre el curso de la investigación. Irritado porque la policía no lo hacía partícipe del progreso de sus indagaciones y porque no relacionaba lo que él consideraba evidente, quiso provocarla diciendo que era un auténtico asesino en serie, pero que, “según el manual del FBl”, para ser calificado como tal había que asesinar por lo menos a cuatro personas; y, ya que estaba decidido a ser un asesino en serie, habría más muertes: “Tengo el libro de Ressler. Sé a cuántos hay que matar”. Los tres títulos de Ressler acababan de publicarse en el Reino Unido: El que lucha con monstruos; Homicidio sexual: modelos y motivos; y el Manual de clasificación criminal del FBI.



Robert K. Ressler

La última parte del comunicado del asesino se hizo pública, y puesto que los libros de Ressler eran muy populares en el Reino Unido, algunos medios de información afirmaron que el ex agente era responsable indirecto de los asesinatos. Varios periodistas británicos, en especial de periódicos sensacionalistas, se pusieron en contacto telefónico con él, llamándolo a Estados Unidos. El tema central de la mayoría de las llamadas era éste: si el asesino había leído El que lucha con monstruos, y el libro lo había incitado al crimen, ¿no debería retirarse de los estantes de las librerías para que nadie más lo leyera y se convirtiera en un asesino?



El expediente de Ireland

Ressler respondió: “Una mente enferma podría apoderarse de mi material y darle la vuelta, de manera que pareciera la base para cualquier atrocidad que pudiera cometer; en realidad, muchas mentes enfermas se han basado en la Biblia para cometer sus asesinatos, y jamás nadie ha propuesto que la retiren de las librerías”.



Colin Ireland durante los días de los crímenes

La siguiente víctima fue Andrew Collier, de 33 años, natural de Dalston, al noreste de Londres, quien era encargado de una residencia de ancianos. Conoció a Ireland en el Coleherne durante el mes de junio y lo invitó a su departamento.



Andrew Collier






Una vez que había atado a su víctima en la cama, Ireland exigió los datos bancarios de su víctima. Collier se negó a dárselos. Ireland mató a su gato en presencia de su dueño, mientras estaba atado en la cama. Luego lo estranguló con una soga. Puso un condón en el pene de su víctima y colocó el hocico del gato muerto sobre él, y metió la cola del gato en la boca de Collier.



El departamento de Collier


La escena del crimen de esta cuarta víctima incluía más detalles que los anteriores. A Collier le habían estrangulado después de cierto forcejeo; tenía las manos esposadas a la espalda y estaba sobre la cama con las piernas extendidas. Los agentes esta vez encontraron una huella ajena en el apartamento, en la repisa de la ventana.



El cadáver de Collier




Tras la muerte de Collier, el asesino llamó a la policía y dijo: “Si no me detienen, tendrán uno por semana. Al principio era como un ejercicio para ver si era posible, si lograba salir indemne”. En una segunda llamada, unos días más tarde, afirmó: “Siempre he soñado con cometer el crimen perfecto”. Y preguntó a las fuerzas del orden: “¿Por qué no han relacionado aún los cuatro asesinatos?”



La escena del crimen




Aquella misma noche, el asesino volvió al Coleherne y salió de allí en compañía de Emanuel Spiteri, un chef de origen maltés que vivía en una habitación de alquiler en Catford, al sudeste de Londres.



Emanuel Spiteri

Después de matarlo y de llevar a cabo su ritual de limpieza de la escena del crimen, Ireland le prendió fuego a la vivienda. Llamó a la policía después para decirles que buscaran un cuerpo en la escena de un incendio y añadió que probablemente no volvería a matar.



El departamento de Spiteri



Tras este nuevo crimen, dijo a la policía en tono recriminatorio: “He matado a otro hombre. ¿No lo han encontrado todavía?” Poco después la policía halló a Spiteri esposado y estrangulado como las anteriores víctimas.



La escena del crimen

El quinto asesinato obligó a Scotland Yard a hacer un comunicado público de amplio alcance. Iba a celebrarse la gran marcha anual de gays y lesbianas en Londres y la policía temía que cundiera el pánico y que hubiera otros asesinatos, probablemente por mimetismo.



Spiteri poco antes de su muerte

Por esta razón dio una conferencia de prensa y distribuyó fotografías de los cinco hombres asesinados, así como algunos detalles de las circunstancias que habían rodeado su muerte, e incluso pidió públicamente al asesino que volviera a ponerse “en contacto con ellos con carácter de urgencia”.



La conferencia de prensa

No hubo más asesinatos porque la policía tuvo un golpe de suerte. Tras calcular que la ruta más probable desde el Coleherne hasta el apartamento del chef era el metro, los agentes se dirigieron a la estación de Charing Cross y solicitaron a las autoridades las cintas de vídeo grabadas por las cámaras fijas de vigilancia que controlaban el andén y otras zonas.



El Metro de Londres


Las cintas se borraban rutinariamente varios días después de su grabación, pero consiguieron que se las cedieran poco antes de reutilizarlas. En ellas se veía a Spiteri en compañía de otro hombre, y la imagen de éste se enseñó a los clientes habituales del Coleherne y se difundió ampliamente.



Las imágenes de la cámara de seguridad



En este momento, Colin Ireland acudió a su abogado para comunicarle que era el hombre identificado por la policía en la grabación y que, aunque había estado en compañía de Spiteri, no lo había acompañado a su habitación.



El cartel de búsqueda y el retrato robot


Su declaración podría haber dado resultado, pero las huellas dactilares de Colin coincidían con las halladas en la repisa de la ventana del departamento de la cuarta víctima.



La declaración de Ireland

Ante la evidencia, acabó por confesar. Había matado a cinco hombres, a cuatro de ellos en un breve período de diecisiete días entre mayo y junio. Después de matar a cada víctima, limpiaba meticulosamente todas las superficies y tiraba todos los restos de comida (para evitar que quedara alguna huella dental). Se llevaba incluso la vajilla y los cubiertos que había tocado para tirados después a la basura.



La investigación





Esperaba hasta mediodía para salir con aire despreocupado del departamento de la víctima, vestido con la ropa de recambio que había llevado consigo, y atravesaba Londres hasta una estación donde pudiera abordar un tren hasta su domicilio de Southend.



Los titulares







Durante el trayecto, se deshacía de las pruebas, es decir, de la ropa, de la vajilla y de las tarjetas de crédito rotas en pedazos. Financiaba los asesinatos con el dinero que extraía de la cuenta de las víctimas: previamente las torturaba para que le dijeran el número secreto. Algunas murieron sin decírselo.



Las marchas de protesta por los crímenes






Según explicaría Ireland más tarde, en el caso de Collier había depositado el gato sobre su cuerpo porque, al registrar sus efectos, había descubierto que era seropositivo. En el caso de Bradley, su tercera víctima, lo dejó quedarse dormido; más tarde confesó a la policía: “Estaba ahí sentado en la habitación pensándomelo, y en cierto momento se me ocurrió que podía dejarlo pasar. Luego pensé: ‘Es más sencillo matarlo’. Me acerqué a la cama y estreché el nudo de la cuerda”.



El arresto



En cuanto a la huella de la repisa en casa de la cuarta víctima, suponía que la había dejado cuando los dos hombres se habían asomado a la ventana después de oír un fuerte estruendo en la calle.



La huella digital en la ventana





En cuanto a los motivos, Ireland fue menos expresivo: “Creo que en mi interior sentía una hostilidad general hacia la gente. Este sentimiento de aversión fue creciendo dentro de mí. Fue una rápida degradación hasta llegar al punto máximo. No sé explicarlo de otra manera”.



La policía en casa de Ireland





Negó que fuera homosexual y que tuviera algún resentimiento especial contra los gays, pero afirmó que los había seleccionado como grupo de víctimas potenciales porque le parecían los más vulnerables, y porque la gente tenía menos simpatía por los hombres homosexuales que por las mujeres.



La confesión





Durante su larga confesión, filmada por una cámara fija, dijo que no había tenido relaciones sexuales con las víctimas. A pesar de su negativa, parecía probable que Ireland fuera homosexual o bisexual. También reveló detalles sobre sus sensaciones durante los asesinatos.



El juicio


Ken John pudo jubilarse con su último gran caso resuelto. Curiosamente, el registro de la residencia y de los objetos personales de Colin Ireland reveló que, en el momento de la detención, no tenía ninguno de los libros de Ressler en su poder. Si en algún momento los tuvo, por supuesto, nadie lo sabe.



Ireland en su celda



En diciembre de 1993, Colin Ireland fue declarado culpable de cinco asesinatos y condenado a cinco penas de cadena perpetua. El juez Sachs afirmó: “Usted es excepcionalmente aterrador y peligroso. Tomar una vida humana es una barbaridad; tomar cinco es una carnicería".



Los noticiarios


El 22 de diciembre de 2006, Ireland fue uno de los 35 presos condenados a cadena perpetua cuyos nombres aparecían en el Ministerio del Interior, en una lista de prisioneros que no debían ser puestos en libertad.



Las víctimas

Colin Ireland murió el 21 de febrero de 2012, a los 57 años de edad, en la prisión de Wakefield. Una portavoz del Servicio de Prisiones de Su Majestad dijo: "Se presume que ha muerto por causas naturales. Se realizará una autopsia".


Más tarde, su muerte se atribuyó a una fibrosis pulmonar y a complicaciones de la fractura de cadera que había sufrido a principios del mes.




BIBLIOGRAFÍA: