John George Haigh: “El Asesino del Baño de Ácido”


“Le disparé por detrás, en la cabeza. Llené el vaso con la sangre y me lo bebí”.
Declaraciones de John George Haigh


John George Haigh nació el 24 de julio de 1909 en Stamford, Lincolnshire (Inglaterra). Sus padres fueron el ingeniero John Robert Haigh y Emily Hudson, quienes eran miembros de la Hermandad de Plymouth, una secta protestante conservadora que abogaba por un estilo de vida austero. La secta se fundó alrededor de 1830. El movimiento surgió debido al desencanto que muchos cristianos sintieron por entonces, debido a las disensiones que aquejaban a la Iglesia Anglicana. Los miembros fundadores eran gente ferviente, austera, que deseaban reunirse para rezar juntos en un ambiente tranquilo, y abstenerse de los placeres terrenales, como leer periódicos o libros, o mantener contacto social con miembros de la secta. Lo que unía a los fundadores era mantener una cierta unidad de miras, aunque sus ideas religiosas, ciertamente, diferían muy poco de la corriente cristiana principal. Por término general, la Hermandad se confesaba anticlerical y creía que era la única representante auténtica de la Cristiandad, un rasgo que fomentaba la intolerancia. Haigh se crió en el pueblo de Outwood, West Riding de Yorkshire. Fue confinado a vivir dentro de tres metros cuadrados, rodeados por una cerca que su padre puso alrededor de su jardín, para impedir la entrada del mundo exterior. En el intento de forjar un hogar en el cual “no pudiese penetrar ningún mal terrenal”, John y Emily Haigh prohibieron los periódicos, la radio, e incluso inocentes entretenimientos domésticos en la casa. A George le fue prohibido hacer deporte fuera del colegio, y siempre iba formalmente vestido. La familia leía diariamente pasajes de La Biblia y a él se le educó en la creencia literal de la palabra de Dios, incluyendo las guerras, masacres y sacrificios. Haigh diría más tarde: “Desde los primeros años de mi vida recuerdo a mi padre diciendo ‘No hagas esto’ o ‘No hagas lo otro’”.



John George Haigh cuando era niño

Gran parte de su infancia la pasó cerca de Outwood Colliery, Yorkshire, donde su padre trabajaba como capataz. Al crecer, raramente se mezclaría con otros niños, excepto en la escuela. Sus padres miraban por encima del hombro a los vecinos y no querían tener nada que ver con los que no pertenecían a la Hermandad de Plymouth. Hacia fuera, Haigh resultaba un muchacho agradable y bien educado, aunque algunos padres lo encontraban sospechoso. Desde su infancia, Haigh tenía una cruel tendencia a atormentar a las chicas y a los animales. Por dentro sufría una continua lucha con las visiones apocalípticas. Su padre tenía en la frente una cicatriz azul. Una vez lo había alcanzado una brasa de carbón. Era la señal de Satán, le decía a su hijo. “He pecado y he sido castigado. Si alguna vez pecas, el demonio hará lo mismo contigo”. Al chico también le repitieron una y otra vez que su madre, a la cual estaba muy unido, era prácticamente una figura angelical, con alas y todo. Esta imagen sobreviviría de forma imperecedera en la mente de Haigh.


Haigh declararía más tarde que sufría de pesadillas recurrentes con temáticas religiosas durante su infancia. En el colegio gustaba de faltar a clases; simplemente ignoraba aquellas materias que no le gustaban. Pero estaba dotado para las Ciencias. Pronto se dio cuenta de que podía mentir sin ser descubierto ni castigado. También fue en la escuela en donde desarrolló su talento para la falsificación. Empezó siendo un juego, pero se convirtió en un don que sería de vital importancia para su futura vida criminal. Un aspecto más agradable de su carácter era el talento musical. A lo largo de la vida, su habilidad como pianista y el amor a la música le granjearon muchos amigos. Desarrolló un gran talento en el piano, que aprendió en casa. Haigh ganó una beca para la Escuela Reina Elizabeth en Wakefield. Luego ganó otra beca para aprender canto en la Catedral de Wakefield, donde se convirtió en parte del coro. Años más tarde recordaría: “A pesar de que mis padres eran amables y afectuosos, nunca disfruté de las alegrías o del compañerismo como otros niños”.



Haigh en el coro de la iglesia

A los 17 años, sin haber conseguido la titulación, dejó la escuela. Su primer patrón dijo de él: “Siempre llegaba tarde y era muy incumplido. Pero tenía encanto. Tenía que gustarme”. Fue aprendiz de una firma de ingenieros de motor. Un año después de abandonar esa labor, tomó varios trabajos en la venta de seguros y la publicidad. A los 21 años fue despedido después de ser sospechoso de robar efectivo de una caja. En un santiamén el chico del coro se había convertido en un estafador: primero, robando coches; y después, obteniendo dinero mediante negocios de alquiler fundados en direcciones ficticias. El 6 de julio de 1934 se casó con Beatrice “Betty” Hamer, una hermosa rubia de 23 años de edad.



Beatrice “Betty” Hamer

Ella trabajaba como camarera y a veces modelaba para fotógrafos. Cuatro meses después de la boda, Haigh fue arrestado y encarcelado por fraude. Lo condenaron a cuatro meses de cárcel en un tribunal de Leeds. El matrimonio pronto se vino abajo. Betty dio a luz mientras él estaba en la cárcel. Ella decidió dar al bebé en adopción y abandonó a Haigh cuando estaba en prisión. Nunca más volvieron a verse.



Acta de matrimonio de Beatrice “Betty” Hamer y John George Haigh

Su familia era muy conservadora y desde ese punto en adelante, cesó todo contacto entre ellos. Haigh se mudó a Londres en 1936 y se convirtió en chofer de William McSwan, un rico propietario de salones de fiesta y de una juguetería. Además, utilizó sus conocimientos de mecánica para darle mantenimiento a los juguetes de McSwan. Después se convirtió en un falso abogado y recibió una sentencia de cuatro años de prisión por fraude.



El joven John George Haigh

En algún momento de su vida, Haigh leyó algo sobre el corpus delicti, el “cuerpo del delito”, una expresión latina que hace referencia al núcleo, a la esencia del caso que ha de ser demostrada por la acusación. Haigh, que hablaba poco latín y desconocía la terminología jurídica, decidió que la expresión significaba, literalmente, el cadáver de una víctima. Concluyó que nadie podía ser condenado por asesinato si no se encontraba el cuerpo. En prisión, repitió tantas veces esta hipótesis a sus compañeros de celda, que éstos le pusieron el mote de “El Viejo Corpus Delictis”.



William McSwan

Los fraudes de Haigh eran operaciones ingeniosas, bien planeadas, y cuyo fracaso se debió a la falta de cuidado en los detalles. Una de sus tácticas favoritas era hacerse pasar por abogado, utilizando el nombre de un letrado real. Publicaba una serie de anuncios en los que comunicaba la liquidación de unos terrenos y ofrecía participaciones por debajo del precio de mercado, a cambio de un depósito equivalente al 25 por ciento del valor total. Cuando los cheques empezaban a llegar, Haigh los ingresaba en el banco y se cambiaba de domicilio. Pero una equivocación sobrevino en 1937. En los membretes relativos a la ciudad de Guidford, el nombre estaba deletreado “Guiford”. A algunos de los posibles inversores les pareció sospechoso. Más tarde, ante el Tribunal de Surrey, se solicitó que se investigaran 22 delitos de este tipo. Además de su carrera delictiva, Haigh se daba tiempo para inventar y diseñar objetos. El propietario de una tienda de juguetes, Albert Clark, vendía un coche eléctrico inventado por él.



Albert Clark y el coche inventado por Haigh

Haigh fue liberado justo después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial y continuó como un estafador. Mientras estaba en la cárcel, soñó lo que él consideraba el crimen perfecto: ser capaz de destruir el cuerpo de la víctima mediante su disolución con ácido sulfúrico. Al salir, experimentó con ratones y encontró que sólo tardaba treinta minutos para que el cuerpo desapareciera. Pronto se sucedieron las estancias en la cárcel, pero tras salir por tercera vez, en septiembre de 1943, Haigh estaba más decidido que nunca a dejar su impronta en este mundo.


Obtuvo un empleo como vendedor de una pequeña empresa de objetos de adorno en Crawley. Enseguida consiguió reunir en torno suyo a un círculo de amigos respetables. Sin embargo, a pesar de la cómoda vida que llevaba en Sussex, Haigh volvió a Londres durante el verano de 1944. Alquiló un estudio y fundó una compañía con sus ahorros, la Unión Group Engineering, en Queen's Gate.


La afición de Haigh por los coches, los clubes nocturnos y la ropa planteaban un problema: cómo pagarlos. Poco después se encontró de nuevo con William McSwan, para quién había trabajado en 1936. Los dos coincidieron en el pub “La Cabra” en Kensington. El futuro albergaba un destino fatal para ambos a partir de ese momento.


William les presentó a Haigh a sus padres, Donald y Amy McSwan, quienes mencionaron que habían invertido en una propiedad. El 6 de septiembre de 1944, William McSwan desapareció. Haigh admitió más tarde que lo había golpeado en la cabeza después de atraerlo a un sótano en Gloucester Road nº 79, en Londres. Luego puso el cuerpo de McSwan en un barril de 40 galones con ácido sulfúrico. Usó guantes y una máscara antigases para la labor, así como un grueso mandil.



Los instrumentos utilizados por Haigh



Dos días más tarde, el cuerpo se había convertido en una sustancia lodosa, que vertió en un pozo de registro. Les dijo a los padres de McSwan, William y Amy, que su hijo se había ido a un lugar oculto para evitar ser llamado a filas.



La casa de William McSwan


Haigh entonces se hizo cargo de la casa de McSwan. El 2 de julio de 1945, Donald y Amy tuvieron curiosidad por saber por qué su hijo no había regresado, siendo que la guerra estaba llegando a su fin. Haigh los citó en Gloucester Road; también fueron asesinados. Robó luego sus cheques de pensión, vendió sus propiedades y sustrajo 8,000 libras de su casa.



Amy McSwan

Haigh se instaló en el lujoso Hotel Onslow Court en Kensington, en la habitación 404. En el verano de 1947, se estaba quedando sin dinero. Parte de ellos se debía a su ludopatía: perdía enormes cantidades en los juegos de azar. Buscó un poco y encontró otra pareja a quien matar y robar.



El Hotel Onslow Court

El médico Archibald Henderson y su esposa, Rosalie, estaban vendiendo una casa. El doctor Henderson era conocido por sus magníficos trajes y su vida de alto nivel. Había heredado mucho dinero de su primera mujer, muerta en 1937.



Archibald Henderson

Rosalie se había casado con Archibald en 1938. Compartían su afición por las reuniones sociales. No tuvieron hijos y se rumoraba su posible divorcio.



Rosalie Henderson



Haigh les llamó para decirles que le interesaba ver la propiedad. Luego alquiló un pequeño taller en la calle Leopold Road nº 2 en Crawley, West Sussex, y trasladó el ácido y varios barriles desde Gloucester Road. El 12 de febrero de 1948, condujo a Henderson a su propiedad, con el pretexto de mostrarle un invento.



Archibald y Rosalie Henderson

Cuando llegaron, Haigh le disparó a Henderson en la cabeza con un revólver que había robado antes de la casa del médico. Luego le pidió a Rosalie que fuera al taller, alegando que su marido se había desmayado. Una vez que ella llegó, también le disparó.



Haigh dejó los cadáveres de los Henderson sumergidos en bidones llenos de ácido. Falsificó una carta poder y vendió todas sus posesiones por 8,000 libras. Se quedó solamente con el perro de la pareja.



Carta falsificada por Haigh

En el diario de Haigh quedó registrada la cita con los Henderson: 11 de febrero de 1948, un día antes de que los matara. Al mediodía del 12 de febrero, la inicial "A" había sido borrada; probablemente la inicial de Archibald Henderson en la hora de su cita con la muerte.



El diario de Haigh

En el Hotel Onslow Court, Haigh conoció a Olive Durand-Deacon. Era la viuda de un coronel del Regimiento Glorious Gloucesters. Vivía en la habitación 115 del hotel desde 1942. Tenía 69 años y pertenecía al credo de la Ciencia Cristiana. Se trataba de una anciana adinerada. Tenía la idea de iniciar un negocio de venta de uñas postizas; se lo planteó a Haigh, quien le aseguró que él estaba interesado en invertir. Le dijo que la llevaría a su “fábrica”, en realidad el almacén donde ocultaba sus bidones y el ácido. El 18 de febrero de 1949, la mujer fue vista por última vez. Su amiga más cercana, Constance Lane, advirtió que la señora Durand-Deacon no había hecho acto de presencia en el comedor para la cena.



Olive Durand-Deacon

En sus declaraciones posteriores, Haigh describiría el asesinato: “Habiéndola llevado al almacén de Leopold Road, le disparé por detrás, en la cabeza, mientras ella observaba un tipo de papel para utilizarlo como material de fabricación de las uñas postizas. Después me dirigí al coche, cogí un vaso y le hice un corte a un lado del cuello, creo que con una navaja. Llené el vaso con la sangre y me lo bebí”.



El asesinato

Haigh despojó a Olive Durand-Deacon de sus objetos preciosos: el abrigo de piel persa, anillos, collar, pendientes y crucifijo, y después puso el cuerpo en un bidón.



“Acto seguido, llené el bidón de ácido sulfúrico con una bomba de mano. Después lo dejé reposar para que hiciese reacción. Entre el momento de ponerla en el bidón y el bombeo del ácido me acerqué un momento a Ye Olde Ancient Priors para tomar una taza de té”.







Era un restaurante que se encontraba cerca del almacén, en la plaza de Crawley. Aparte de la taza de té, después de haber matado a Olive Durand-Deacon, también se comió un huevo escalfado y una tostada.


Seguidamente, Haigh escondió las joyas en su coche, cenó con excelente apetito en el restaurante Shires del Hotel George y pidió una buena botella de vino, guardó el revólver en la sombrerera y condujo hasta el Hotel Onslow Court.



El restaurante Shires

Al día siguiente, 19 de febrero, después de que Olive Durand-Deacon faltase también al desayuno, una persona que también se alojaba en el hotel, se acercó a Constance Lane. Se trataba de un hombre de aspecto cuidado, más bien bajo, con un bigote limpiamente recortado, de unos 40 años. Era Haigh. A la señora Lane siempre le había disgustado. Había algo de falso en su melosa sonrisa y su fácil encanto.



La lista de químicos utilizados por Haigh

Respetuosamente, Haigh se interesó por Olive Durand-Deacon, diciendo que había faltado a una cita con él el día anterior. En este punto, Constance Lane estaba muy inquieta, y le preguntó a una de las camareras del hotel. Ella le contestó que nadie había dormido en la cama de la señora Durand-Deacon aquella noche. Pero Constance Lane esperó. En 1949, la gente respetable, incluso los amigos íntimos, no interferían la vida de los otros así como así.



Constance Lane

Haigh declararía tiempo después: “A la mañana siguiente de que la maté, me acerqué a la mesa de desayuno de la señora Lane para interesarme por el paradero de Olive Durand-Deacon. El lunes volví a Crawley y vi que la reacción prácticamente se había completado. Bueno, un trozo de grasa y hueso aún flotaba en la superficie. Vacié la pasta con un cubo y la esparcí por el terreno, justo enfrente del cobertizo. Después bombeé un poco más de ácido en el bidón para descomponer los trozos de grasa y hueso restantes. Volví el martes. La descomposición era total”.


El 20 de febrero, Haigh volvió a repetir su comentario a la señora Lane durante el desayuno. Ella le contestó sin rodeos que iba a ir a la policía. Y observó cómo el hombre hacía ademán de sopesar cuidadosamente este hecho. Después del desayuno, Haigh le sugirió a Constance Lane ir juntos a la comisaría. Vestido con su elegante gabardina de color gris y sus guantes de cuero, ofrecía un aspecto impresionante, sobre todo al volante de su Alvis: un hombre con estilo de éxito, que incluso fumaba con gracia los cigarrillos. La máscara de seguridad en sí mismo de Haigh le permitió sobreponerse al primer susto.



Haigh al volante de su automóvil

La señora Lane sabía, antes de que se lo hubiera contado Haigh, que Olive Durand-Deacon estaba citada con él. Su propia amiga se lo había dicho antes de salir. El caballero le explicó a la policía que “la querida señora Durand-Deacon” no se había presentado a la cita. Tras la entrevista, prometió “ayudar en todo lo que pudiese”. Fue un extraño comentario.

Por las joyas de la señora Durand-Deacon obtuvo unas 100 libras de la joyería Bull's Jewellers, en Horsham. Asimismo, consiguió 10 libras por su reloj de pulsera en una tienda de Putney en High Street, South London. Con este dinero pagó 36 libras que adeudaba de un préstamo de 50 que le había hecho Edward Jones, el dueño de Hurstlea Products y del almacén donde cometía sus crímenes. Las ganancias se quedaron en 83 libras limpias.



Haigh el superficial
Haigh suscitó el interés de la policía. Su encanto era superficial, eso estaba claro. Pero aún había algo más importante: Olive Durand-Deacon le había dicho a Constance Lane el motivo de la cita con Haigh. Se trataba de discutir la idea de un negocio que se le había ocurrido. Deseaba iniciar la manufacturación de uñas postizas. La idea provenía enteramente de la señora Durand-Deacon. Lo que le sorprendió a la policía de Chelsea fue la razón por la que a un hombre de negocios capaz, como supuestamente era Haigh, se le podía haber ocurrido apoyar un proyecto tan estrambótico. Corría el año de 1949 y seguía vigente el sistema de racionamiento impuesto durante la guerra. El dinero que le quedaba a la gente para gastos personales era escaso y difícil de conseguir. ¿A quién pensaba Haigh que le podría vender las uñas postizas?


La ostentosa seguridad en sí mismo de que había hecho gala atrajo a los detectives que llevaban el caso. Al día siguiente lo llamaron al Hotel Onslow Court. Haigh les volvió a repetir que “estaría encantado de ayudarles en todo lo que pudiera y supiera del asunto”. Hizo una compleja declaración. Consistía en que, para él, el paradero de Olive Durand-Deacon era un completo misterio. Al cabo de tres días, el jueves 24 de febrero, Haigh fue entrevistado de nuevo en el hotel. Todo ocurrió de la misma manera, incluyendo su “deseo de ser de alguna ayuda”, pero esta vez estaba presente la sargento de policía Alexandra Maude Lambourne.


En 1949, un número creciente de mujeres se integraban en el cuerpo de policía. No obstante, su papel dentro del cuerpo era muy restringido. Tenían pocas o ninguna oportunidad de ascender hasta el grado de detective. Normalmente, las mujeres eran destinadas a casos de personas desaparecidas, lo que no implicaba forzosamente un problema criminal, o a la asistencia en los problemas de inmigración. Por supuesto, siempre se encontraba presente un agente o sargento femenino cuando se trataba de interrogar o cachear a una mujer sospechosa. En su informe, Alexandra Lambourne escribió: “Aparte de que no me gusta personalmente el señor Haigh y su amaneramiento, creo intuir que algo no funciona en ese hombre, y que, detrás de todo este asunto, efectivamente, hay un delito”. La intuición de la sargento Lambourne le dio cuerpo al malestar de sus colegas.



Alexandra Lambourne

El sargento Patrick Heslin se preocuparía mucho por recalcar que gran parte del éxito de llevar a Haigh ante un Tribunal se debió a la sargento Lambourne. Fue suya la intuición de que no era un caso normal de persona desaparecida lo que, a continuación, condujo a la profundización de las pesquisas y al arresto del homicida. Cuando Lambourne le envió una nota al Inspector Detective Symes del Departamento de Investigación Criminal, se expuso a que a su informe no le fuese prestada la más mínima atención. Sin embargo, si no hubiese enviado esa nota, Haigh habría añadido más víctimas a su lista. Se investigó a Haigh. Había sido encarcelado en tres ocasiones, dos veces por fraude y una por robo. En Londres y Sussex se averiguó que debía dinero y tenía complicaciones para pagar su cuenta de hotel. Cuando se supieron las noticias sobre el revólver calibre .38 y los documentos, evidentemente robados, la policía tuvo la sensación de estar enfrentada a un “insensible delincuente de guante blanco” que se había pasado de la raya.



Haigh poco antes de ser arrestado

El 22 de febrero de 1949, el sargento detective Patrick Heslin recibió una llamada telefónica de la policía de Chelsea. El inspector Schelley Symes, detective de división, deseaba comprobar la pretensión de Haigh de ser el director de Hurstle Products, una pequeña empresa de ingeniería en Crawley, Sussex. Los dos hombres visitaron al propietario del negocio, el señor Edward Jones, Este les explicó que Haigh estaba efectivamente asociado a su empresa desde hacía algunos años, pero que nunca había sido director de la compañía. Aunque Jones temía que Haigh hubiese depositado bienes ilegalmente en el almacén, autorizó ese mismo día una meticulosa inspección del taller. La policía no encontró nada. Cuando regresaron a Horsham, Heslin no dejaba de darle vueltas al asunto. El taller parecía estar limpio y en ese momento, ni siquiera se sabía si a Olive Durand-Deacon le había ocurrido algo malo. Sin embargo, la experiencia de Heslin le decía intuitivamente que algo no encajaba.


El sábado 26 de febrero, el sargento confirmó su corazonada. Acompañado por un agente de la zona volvió a visitar a Edward Jones. “Me pregunto si tiene usted algún otro edificio”, le dijo. Entonces Jones mencionó el almacén y el “trabajo experimental” que Haigh realizaba en él. Esa tarde, tres hombres llegaron a un almacén de una calle trasera en Crawley, Sussex. Era una casucha de ladrillo de dos pisos, rodeada por una valla de madera de 1.80 metros de altura cerrada con un cerrojo. Uno de los hombres era Edward Jones, el director gerente de la empresa Hurstle Products. Los otros dos eran el sargento detective Patrick Heslin y el sargento Appleton, de la policía local. Jones ya le había hablado a Heslin del almacén. Su empresa lo empleaba para guardar acero y materiales sobrantes; también lo utilizaba un asociado al negocio de Londres para hacer sus propios experimentos y trabajos. Este hombre no era un empleado de la empresa, pero le proporcionaba a Jones pedidos, trabajos manufacturados, y de vez en cuando, sugería nuevas ideas. Según la impresión personal de Jones, en el almacén se realizaba algún tipo de “trabajo de transformación”. Pero no podía precisar exactamente cuál. Hacía algunos días que el socio le había pedido las llaves y aún no se las había devuelto.



El almacén

Dentro del almacén, Heslin cogió una barra de hierro y forzó la entrada. A primera vista, el interior del cobertizo no tenía nada de particular. Botes de pintura, trozos de madera y metal, algunas botellas viejas y algunos trapos, todo desperdigado sobre dos bancos junto a otras herramientas e instrumentos. Metódicamente, Heslin anotó el resto de los objetos. Todo parecía cuadrar con el uso para el que se destinaba, aunque fuera una curiosa mezcla: un delantal de goma, muy manchado por productos químicos, un par de botas altas, una bomba de mano, una máscara de gas, unos guantes de goma, un impermeable y grandes bombonas envueltas en paja dentro de unos marcos de metal. Eran contenedores industriales para ácidos peligrosos. También encontraron varios bidones de aceite de 45 galones, todos en diferentes estados de corrosión.


Pero observando más de cerca uno de los bancos, Heslin empezó a comprender por qué la policía de Londres estaba tan interesada en el colega de Jones. Allí encontró una pequeña sombrerera y una cartera de cuero de buena calidad. Un sucio almacén era un lugar cuando menos extraño para dejar estas importantes posesiones personales. La cartera contenía varios papeles y documentos, incluyendo tres cartillas de racionamiento y cupones para ropa. Pero el contenido de la sombrerera era aún más inexplicable. Contenía pasaportes, licencias de conducir, diarios, un libro de cheques y un acta de matrimonio, ninguno de los cuales estaba a nombre del colega de Jones. Lo más sorprendente de todo: en el fondo de la caja, el policía encontró un revólver calibre .38 y la correspondiente munición.



El arma de Haig


Heslin era un funcionario de policía experimentado y práctico que no buscaba explicaciones fantásticas cuando se enfrentaba a lo evidente. La pistola indicaba asesinato. Nada se había escondido. Obviamente, quien lo hubiera dejado ahí, se sentía muy seguro de poder evitar las sospechas. El detective hizo su informe. Los oficiales destinatarios pertenecían al elegante distrito de Chelsea, en Londres. Estaban investigando una desaparición inusual. Incluso en aquellos días, la policía estaba acostumbrada a las denuncias por ausencia de niños y adolescentes, y de vez en cuando, mujeres jóvenes. Pero era muy raro que se volatilizase una digna viuda de 69 años.



Pedido de ácido sulfúrico hecho por Haigh

El 28 de febrero, un día después de la vista al almacén, las joyas de Olive Durand-Deacon fueron localizadas en la tienda de un vendedor de Horsham, Sussex. La descripción de Haigh coincidía con la que dio el joyero. Después, un recibo de tintorería llevó a los detectives hasta el abrigo de piel de la mujer. El recibo fue hallado en el fondo de la sombrerera. A las 16:15 horas del mismo día, el inspector Albert Webb estaba esperando a la entrada del Hotel Onslow Court. En ese momento llegó el automóvil Alvis de Haigh. Cuando el inspector le pidió que lo acompañara a la comisaría para ser interrogado, éste ni siquiera se inmutó. “Por supuesto, estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para resultar útil, ya lo sabe”. El detenido adoptó un aire de indiferencia en la comisaría. Llegó tan rápidamente que nadie estaba preparado para interrogarlo. Se le condujo al despacho de un inspector detective. Allí esperó sentado, fumando y dando alguna que otra cabezada. A las 18:00 horas le llevaron una taza de té. A las 19:30 entró en el despacho el inspector de división Schelley Symes, junto con el superintendente Barratt y el inspector Webb.







El arresto


Symes, un detective experimentado y astuto, empezó haciendo referencia a cuestiones de menor importancia. Haigh mintió descaradamente al respecto. Symes le dijo que habían encontrado el revólver, las joyas y el abrigo. “Ah”, contestó Haigh, imperturbable. Le dio unas caladas a su cigarrillo. “Veo que sabe usted de lo que está hablando. Admito que el abrigo pertenecía a la señora Durand-Deacon y que yo le vendí algunas joyas”. Symes lo presionó: “¿Cómo llegó a su posesión? ¿Dónde está la señora Durand-Deaconr?” Los tres detectives estaban sentados mientras Haigh fumaba y pensaba. El cuello de la camisa y los puños eran de un blanco inmaculado, la corbata estaba exactamente en su sitio y el brillo de los zapatos no presentaba la mínima mácula. La compostura que Haigh aparentaba era increíble. Incluso breves momentos antes de que lo descubrieran, su mente estaba intentando encontrar alguna solución para escapar.



Haigh en el interrogatorio

Finalmente, cuando estuvo listo, habló. “Es una historia muy larga. Se trata de chantaje y tendré que implicar a muchos otros”. En ese momento sonó el teléfono. Symes y Barrat salieron de la habitación. Haigh no tenía idea de hasta dónde había llegado la policía, o con qué lo iban a sorprender ahora, pero de pronto se decidió: aún le quedaba una posibilidad para salir del lío. Al quedarse solo con el tercer oficial, Haigh se relajó aún más. Charló con él como si fuera un amigo. “Dígame, francamente: ¿cuáles son las oportunidades de una persona que sueltan después de haber estado en Broadmoor?” Broadmoor era el hospital penitenciario para delincuentes. Haigh siguió hablando y fumando con verdadera delectación mientras desvelaba el misterio. El 1 de marzo ya había confesado otros cinco asesinatos. El inspector Albert Webb advirtió oficialmente a Haigh que no estaba obligado a hacer declaración alguna.



Haigh bajo arresto

Haigh, impaciente, despreció el aviso y siguió adelante: “Si yo le contase la verdad, no se la creería. Es demasiado fantástica para ser creída. Se la voy a contar toda. No fueron asesinatos, fueron muertes que yo tenía la misión de llevar a cabo. La señora Durand-Deacon ya no existe. Ha desaparecido completamente y jamás se encontrará vestigio alguno. La he destruido con ácido. Encontrará algunos restos de esa pasta en Leopold Road. Todas las huellas han desaparecido. ¿Y cómo va a probar usted un asesinato, si el cadáver no existe? Sin el cuerpo del delito, no podrá”, exclamó Haigh. Webb recordó el informe de la policía de Sussex: la bomba, las máscaras de gas, los bidones, el ácido y los sedimentos. ¿Lo estaría intentando engañar? ¿De qué demonios estaba hablando Haigh? Webb se esforzó en imaginar para qué otra cosa podía haber utilizado el ácido del almacén... y salió corriendo para informar a sus superiores. El superintendente Barratt explotó de ira. “Te está tomando el pelo a modo de... ¡todo eso son cuentos! ¡Estupideces!” Los tres obtusos detectives descartaron la idea. Si Olive Durand-Deacon estaba muerta, tal como parecía, lo que tenían era un caso sencillo de asesinato por motivo de codicia y punto. Ninguno de ellos había oído nunca nada tan grotesco como eso de disolver a la gente en ácido.


Haigh había iniciado el camino de su defensa: la demencia. Tenía tanta confianza en su táctica, que le preocupaba más cómo salir de Broadmoor que cómo entrar. En 1949, muy pocos inspectores de policía creían en la demencia de los delincuentes, a menos que se tratase de un sujeto violento, un lunático incoherente incapaz de dominar sus reacciones: el estereotipo del criminal furioso y demente, babeante e incontrolable, loco de atar. Haigh, desde luego, no encajaba en ese tipo. Para los inspectores de Chelsea era más bien un sujeto listo, escurridizo, el tipo de maleante que desprecia a la policía. Quizá temían que pudiese manipular las leyes, al psiquiatra y al jurado a su favor, y que al final fuese capaz de zafarse del verdugo. Después de haber informado al detenido sobre sus derechos, el inspector Symes se puso a copiar la declaración. Duró dos horas y media, aparte de una pequeña pausa para tomar el té y unos bocadillos de queso. Haigh, mientras describía la muerte de Olive Durand-Deacon, siguió fumando despreocupadamente. Los detectives observaban y escuchaban sin hacer ningún comentario. Estuviese loco o cuerdo, contando la verdad o un montón de mentiras, sentían que Haigh se expresaba con absoluta falta de remordimientos. La corrección gramatical de su discurso parecía importarle más que la víctima. La declaración no había hecho más que comenzar. Les contó todo con detalles escalofriantes. Era desconcertante. Barratt, Symes, y Webb comprendieron perfectamente hacia dónde se dirigía Haigh: vampirismo. En cualquier caso, estaban ante un hombre que era capaz de asesinar a una persona, y después tomarse tranquilamente una taza de té en un lugar público como si nada. Haigh habló durante una hora o más, detallando meticulosamente los hechos y muy preocupado porque todo cuadrase cronológicamente. Había contado cosas sobre vampirismo y agradables copas de té, sobre codicia y bancarrota, sobre engaños y deudas, sobre falsificación y fraude. Pero aún había más.


El 4 de marzo, después de haber sido trasladado de la prisión de Chelsea a la de Lewes, en Sussex, Haigh solicitó ver a quien primero le había interrogado, el detective Webb. Le dijo que consideraba “oportuno” informarle sobre otros tres asesinatos que había cometido. Dos de las víctimas, una mujer y un joven, procedían de West London, la tercera era una chica de Eastbourne. Con esto el total de víctimas ascendía a nueve. Sin embargo, en esos momentos, las autoridades se concentraban en el crimen de Olive Durand-Deacon. El suyo fue el único asesinato del que se acusó a Haigh. La policía decidió no interrogar a Haigh sobre las otras víctimas y sus nombres quedaron para siempre en el anonimato. La policía quería una condena clara e inapelable. La opinión pública estaba demasiado excitada a causa del asesinato de una anciana, para que cupiese la posibilidad de otorgar el perdón al asesino y la estrechez de miras de los agentes hizo que decidieran no investigar ninguno de sus otros homicidios. Según Mahon, Haigh era “un demonio inteligente y astuto, tan desenvuelto y con esa actitud de importarle todo un comino”.



La escena del crimen



El Inspector Jefe Mahon y el detective Symes supervisaron la laboriosa tarea consistente en recoger muestras del suelo en el almacén. Durante el juicio de Haigh se iniciaron dos complejas investigaciones científicas. Por un lado, la dirigida por Scotland Yard sobre los restos ácidos encontrados en el patio del almacén de Crawley. Por otro lado y para la defensa, se realizó un estudio psicológico de Haigh. La primera resultó más efectiva. El Dr. Keith Simpson, de la Universidad de Londres y patólogo del Ministerio del Interior, comenzó haciendo análisis de sangre rutinarios para comprobar que el grupo de Olive Durand-Deacon y el de la sangre encontrada en el cobertizo eran el mismo. Después se ocupó del patio recubierto de maleza alrededor del almacén. Simpson, encargado de la investigación en el almacén de los baños de ácido, era además un pionero en materia de odontología forense.




Siguiendo los trazos de zigzag que Haigh dejó en el suelo al arrastrar el bidón, consiguió localizar el lugar en donde decía haber vaciado la pasta ácida. En seguida se fijó en una piedrecita “del tamaño de una cereza” que estaba extrañamente pulida. Simpson se la dio al sargento Heslin diciendo: “Ahí tiene, sargento, ésta es nuestra primera pista de un cuerpo humano”. Haigh no tuvo en cuenta que algunos objetos tardarían en descomponerse. Los cálculos biliares, que están recubiertos de grasa, son capaces de aguantar los efectos del ácido durante algún tiempo. “En realidad era lo que estaba esperando encontrar”, declararía el médico. “Las mujeres del tipo de la señora Durand-Deacon, con 69 años de edad y un poco obesas, son dadas a tener cálculos biliares”. En efecto, Olive Durand-Deacon pesaba casi 89 kilos. Haigh había dejado suficientes pistas para identificar el cadáver. El error más grave de Haigh fue no calcular correctamente el tiempo para que el ácido corroyese la resina sintética de la dentadura postiza de la víctima. Se encontró una prótesis en el almacén, y el dentista que la había fabricado confirmó que Olive Durand-Deacon había sido el paciente que la encargó.



La prótesis dental

La búsqueda realizada en una zona de terreno de ocho metros de profundidad puso al descubierto el asa del bolso de la anciana, un capuchón de una barra de labios, un diario y algunos efectos personales más. El equipo forense que se ocupó del caso tuvo que trasladar al laboratorio unos 200 kilos de tierra mezclada con el sedimento ácido para su examen. Simpson fue entonces al taller del acusado, donde encontró la vestimenta y manchas de sangre en las paredes. También se halló una horquilla entre la grasa que había en el fondo de uno de los bidones.



El bolso y los cálculos biliares

Haigh no fue el primer asesino que disolvió los cadáveres de sus víctimas en ácido sulfúrico. En 1925, el francés George Sarret mató a dos personas e hizo desaparecer los cuerpos sumergiéndolos con un método similar. Haigh estaba convencido que este proceso destruiría por completo todos los restos humanos. No obstante, la grasa de los cuerpos nunca podría haber sido descompuesta exclusivamente con ácido sulfúrico. Asimismo, la dentadura postiza de Olive Durand-Deacon hubiera tardado tres semanas en disolverse. Hallaron también restos del pie izquierdo, que Simpson recompuso gracias al microscopio y los rayos X. En el laboratorio de Scotland Yard se sacó un molde y se comprobó que encajaba en los zapatos de Olive Durand-Deacon. En la pasta ácida también se encontraron restos del hueso de la pelvis y dos discos de la parte inferior de la columna vertebral: en total 18 fragmentos. En Haigh era algo habitual: un plan astuto y bien pensado que se estropeaba por no prestar atención a los detalles más elementales. Pero no pareció sorprendido o desalentado, cuando se deshicieron como humo sus convicciones sobre el corpus delicti. Haigh era un optimista. Conforme se desbarataba una de sus posibles escapatorias, depositaba de nuevo toda su confianza en la siguiente cortina de humo. Primero supuso que nadie localizaría el almacén. Una vez encontrado, asumió que no se encontraría rastro alguno de Olive Durand-Deacon. Una vez identificada, aún quedaba el hospital de Broadmoor en vez de la horca.




Después de haber confesado nueve asesinatos, seguía fascinando con su encanto a los reclusos en la prisión de Lewes. Haigh repartía generosamente cigarrillos cuando otros los hubieran vendido. Sus zapatos siempre estaban relucientes, y, estuviera en su celda o en el patio, nunca dejaba de llevar puestos sus guantes de cuero ocre. Uno de sus compañeros de prisión se divertía diciendo que Haigh era “el recluso mejor vestido del año”. Varias de las personas que tuvieron la posibilidad de encontrarse con Haigh antes del juicio consideraron que las historias de vampirismo eran puro engaño. Este parecía estar bastante seguro de que le enviarían a Broadmoor, y preveía que le soltarían al cabo de cinco o diez años. Conoció a un recluso que había estado internado en el hospital penitenciario al que acosaba con preguntas sobre los síntomas de la demencia. La fe en su encantadora vida se mantuvo incólume. Cuando le dijeron que iba a ser representado por Sir David Maxwell Fyfe, uno de los acusadores de los juicios de Nüremberg contra los nazis, escribió: “Estoy muy contento de que sea el viejo Maxy. Ese tipo sabe lo que se hace”.



El arresto de Haigh captó la atención del público. Las historias sobre baños de ácido, los rumores sobre prácticas rituales en las que se bebía sangre, y el despiadado asesinato de una mujer mayor, provocaron al mismo tiempo el desagrado y la fascinación de la gente. El aspecto personal de Haigh, con su pelo engominado y peinado limpiamente hacia atrás, su inmaculada vestimenta y su sonrisa a prueba de todo, aumentaron los sentimientos antagónicos hacia su persona. Sus comparecencias ante los magistrados de Horsham atraían a multitudes que abarrotaban el interior de la sala y bloqueaban el exterior del edificio. Jóvenes amas de casa chillaban y lanzaban silbidos, mientras respetables ancianos, durante su paseo matutino, se acercaban para echar un vistazo y conseguir ver a Haigh durante un instante. Otros se quedaban perplejos al intentar leer en la cara del acusado algo más de lo publicado por la prensa. Para algunos, por ejemplo para las mujeres que intentaron avasallar a Haigh tras haber sido citado a juicio, este hombre era la simple representación del Mal. Pero otros habían comenzado a percibir las desconcertantes contradicciones de su carácter. Sus asesinatos, pensaban, podrían ser la obra de un loco; los engaños de este ser, sin embargo, no lo eran.



La gente afuera del Tribunal



La actitud de los medios de comunicación y de la prensa durante el Caso Haigh fue un escándalo aparte. El Daily Mirror y su redactor jefe sufrieron un serio revés después de la publicación de una serie de artículos entre el 3 y el 4 de marzo de 1949. Legalmente estaba prohibido publicar cualquier información perjudicial para el acusado antes del juicio. Se consideraba que resultaría imposible un juicio imparcial. Entre el domingo 27 de febrero y el miércoles 2 de marzo, los periódicos habían publicado varias historias sobre Haigh, Olive Durand-Deacon, y la desaparición de los McSwan y los Henderson.



Los titulares sobre el caso

Sin embargo, en ninguna nota se asociaba a Haigh directamente con los crímenes. La policía organizó una rueda de prensa después de la confesión de Haigh y pusieron al corriente a los periodistas, pero también solicitaron de los medios de comunicación que aún no publicaran nada. Este acuerdo entre caballeros se solía respetar tanto por la prensa como por la policía. Y en 1949 la confianza era mutua.


Haigh fue acusado de asesinato el miércoles 2 de marzo. Esto significaba que el caso estaba sin juzgar y que no debía ser publicado nada perjudicial para el inculpado. No obstante, el Daily Mirror decidió publicar la historia de las confesiones del asesino vampiro sin mencionar el nombre de Haigh. En otra página publicaron un artículo sobre la presentación de Haigh ante el Tribunal de Horsham. Nadie podía ser tan ingenuo para no darse cuenta de que las dos noticias estaban interrelacionadas.


El diario salió a la calle por la mañana, y subsecuentemente Scotland Yard hizo circular una notificación, previniendo a la prensa de que el caso estaba sin juzgar y de que las declaraciones hechas por el testigo, incluyendo su confesión, podían ser presentadas ante el Tribunal. Por lo tanto, la prensa debía ser muy cuidadosa con lo que publicase. “La publicación de cualquier declaración o referencias a las mismas resultarían de lo más inadecuado y sin duda alguna constituirían hechos a considerar por el Tribunal antes de la presentación del acusado”.


El redactor jefe del Daily Mirror, Sylvester Bolam, decidió sacar la historia a pesar de todo, aunque eso sí, quitándole dramatismo a algunas de sus partes más sensacionales. Pero el artículo final seguía siendo algo que podría considerarse como desacato al Tribunal. Los consejeros legales de Haigh decidieron ponerse en acción. EI 8 de marzo se presentaron ante el Tribunal o Juzgado de Primera Instancia y solicitaron un mandamiento judicial de secuestro contra el Daily Mirror. El Tribunal lo concedió. La audiencia tuvo lugar el 21 de marzo. Sir Valentine Holmes representó a Sylvester Bolam. Dijo que no discutiría la acusación de desacato y que su defendido aceptaba plenamente la responsabilidad de los hechos. Sin embargo, debía hacer constar que Bolam había dado orden de que la historia se editase de tal forma que no pudiese establecerse conexión alguna con Haigh. Después de recibir la circular de Scotland Yard, Bolam le había dicho a su equipo que volvieran a redactar la noticia de acuerdo con sus indicaciones, y exigió que no apareciese ninguna mención al testimonio de Haigh. También admitió que podían cometerse errores de juicio. y que se había cometido uno en este caso.



Sylvester Bolam

El juez no consideró que fuera un simple error de juicio, sino la política editorial del periódico. Cuando Sylvester Bolam se hizo cargo del Daily Mirror, declaró: “Soy el editor de un periódico sensacionalista y creo en ese periodismo, el sensacionalista”. La sesión se reanudó el 25 de marzo porque se pensó que el caso era tan grave que no era posible emitir juicio de forma inmediata. Y de hecho era muy serio. Conforme a lo dicho por un veterano reportero criminal, era el caso de desacato más importante al que él había asistido nunca. Toda la prensa, con sede en Fleet Street, estaba involucrada. El 25 de marzo, Bolam fue sentenciado a tres meses de cárcel y el periódico a una multa de 10,000 libras.



Los titulares sobre el Caso Bolam

Aparentemente, Fleet Street consideró que la sentencia fue justa y que el Daily Mirror nunca debió haber publicado nada respecto al Caso Haigh. Bolam, por su parte, escribió a sus padres diciendo que estaba asombrado ante la sentencia condenatoria. Después de este asunto, se produjo un cambio radical en la forma en que se publicaban este tipo de noticias: era una forma de autocensura nacida en Fleet Street, la calle de los periódicos ingleses. A partir de entonces, los diarios fueron muy cuidadosos al editar esas historias. Se trazó una delgada línea entre la posibilidad de incluir el máximo de detalles en la información y la permanencia dentro de la ley. Para no cruzar la línea, los reporteros se acostumbraron a mantener un estrecho contacto con la policía y con asesores jurídicos, de manera que tuvieran una idea clara de lo que se podía y no se podía publicar. En último término, era el redactor jefe quien respondía de lo publicado. Sylvester Bolam fue un recluso impopular en la prisión de Brixton. Los demás reclusos se quejaban de que recibía un tratamiento especial, y de que incluso se le permitía salir de noche en un automóvil con chofer. Su puesta en libertad fue considerada un hecho noticiable.



Nota sobre la liberación de Bolam

Mientras tanto, la prensa se deleitaba publicando detalles de la vida de Haigh. Pero no consiguió descubrir nada acerca de los seis años de relaciones amorosas que Haigh tuvo con Barbara Stephens, su amante de 21 años. A pesar de algunas generosas ofertas de los dominicales, ella se negó a revelar cualquier detalle.



Barbara Stephens

El juez del Caso Haigh, Sir Travers “Justice” Humphreys, era el más famoso de su tiempo. Nació el 4 de agosto de 1867; su mente despierta y su capacidad analítica le valieron notables éxitos en su etapa de abogado. En 1895 formó parte del equipo legal de Oscar Wilde para tres largos casos, y consideró al irlandés como un genio de la literatura. Como fiscal intervino en algunos de los casos más famosos de principio de siglo: el del Dr. Crippen en 1910; el del envenenador Frederick Seddon en 1912; de Elvira Barney, la esposa de un caballero de costumbres mundanas, que fue absuelta de la acusación de haber asesinado a su amante en 1932; de Alma Rattenbury, absuelta de la acusación de haber matado a su marido en 1935; y en 1948 condenó a muerte a un marinero, James Camb, por el asesinato de una persona cuyo cadáver jamás fue encontrado.



Travers Humphreys

Humphreys se convirtió en juez en 1928, y fue probablemente uno de los primeros en utilizar lápices de diferentes colores para anotar las declaraciones de los testigos. La fiscalía respetaba la noción intelectual que Humphreys tenía de un caso, aunque algunas veces pecaba de falta de imaginación respecto a las motivaciones humanas, especialmente cuando se trataba de mujeres. En la época del juicio de Haigh, Humphreys tenía un rasgo personal notable: un labio inferior saliente y colgante que intimidaba hasta a los más honestos testigos.


El juicio contra Haigh, acusado del asesinato de Olive Durand-Deacon, se inició ante el Tribunal de Lewes el 18 de julio de 1949. Duró dos días. Haigh le escribió a un amigo que el juicio “sería divertido”. También estaba obsesionado por ir correctamente vestido. Esta manía abarcaba también sus calcetines. Durante casi toda su vida, sólo se puso los calcetines que su madre le tejía. Mientras esperaba la celebración del juicio en la prisión de Brixton, se quejó amargamente al gobernador de la cárcel: en la lavandería habían perdido varios pares de calcetines tejidos a mano. Poco antes del proceso iniciaba así una carta a sus padres: “Queridos papá y mamá, les alegrará saber que he recuperado dos de los pares de calcetines que se me perdieron”. Al comenzar el proceso, se declaró inocente y pasó todo el tiempo haciendo crucigramas, otra muestra de lo poco preocupado que estaba al respecto. Durante todo el primer día la acusación, representada por el fiscal general Sir Harley Shawcross, presentó las pruebas en relación con el almacén de Crawley, con los bidones de ácido, con la desaparición de Olive Durand-Deacon y con las confesiones de Haigh.







Harley Shawcross

En todas las ocasiones el defensor, David Maxwell Fyfe, se levantó para decir: “No hay preguntas”. El caso se encontraba completamente subordinado a la prueba de si el acusado estaba loco o no. Los alegatos de demencia debían ser probados mediante la declaración de un psiquiatra experto en la materia. Las impresiones o la intuición del jurado no tenían relevancia jurídica, como tampoco la simple creencia de que alguien que asesina debe de estar loco. En la época del juicio de Haigh la psiquiatría ya había salido de su infancia. Pero el arte de ofrecer un testimonio plausible y coherente sobre las enfermedades mentales ante un jurado aún estaba en pañales. Para que su testimonio fuera convincente, el propio psiquiatra debía resultar creíble mientras declaraba como perito forense. Debía hablar de forma que un jurado le pudiera entender sin problemas, dando la impresión de que compartía sus juicios y valoraciones. Y sobre todo, nunca debía dejarse intimidar por la acusación.



David Maxwell Fyfe

Al Dr. Henry Yellowlees, el único perito forense de la defensa durante el juicio de Haigh, le faltaban todas y cada una de estas características. Profesor y especialista en activo en el hospital de St. Thomas de Londres, era un hombre introspectivo, con aspecto de sabio distraído, vestido con pantalones a rayas, chaleco y chaqueta negra. A sus 61 años había actuado como testigo en numerosos juicios, y estaba habituado a que su palabra no fuera puesta en duda en ningún caso. El caso de Haigh seguía el procedimiento establecido en la reglamentación del siglo XIX que hacía referencia a los delincuentes mentalmente incapacitados. Era necesario que el acusado supiese que su delito contravenía el Derecho, antes de ser considerado plenamente responsable del mismo.



Haigh durante su llegada al Tribunal

Yellowlees había pasado un período muy corto examinando a Haigh en su celda. El psiquiatra acabó admitiendo que Haigh sufría sueños traumáticos en los que veía bosques que giraban en medio de ríos de sangre, que a su vez bañaban un crucifijo. Yellowlees declaró ante el Tribunal que el acusado sufría de paranoia. El doctor consideró que la paranoia era una enfermedad, pero fue incapaz de convencer al jurado de que Haigh no había sido consciente de la naturaleza y calidad de sus delitos. Al contrario, lo que parecía bastante evidente era que sabía perfectamente que el asesinato, el robo, la falsificación y la destrucción de pruebas eran algo que contravenía la ley, y por lo tanto se trataba de acciones punibles. La impresión dentro y fuera del Tribunal era que Haigh se estaba inventando un montón de historias sobre vampirismo y sobre beber su propia orina para salvar el cuello. Pero la representación del loco no prosperó legalmente. No obstante, los psiquiatras nunca estuvieron del todo convencidos de que Haigh no fuese más que un insensible asesino que estaba intentando engañar a las autoridades. Un psiquiatra forense escribió que podía estar tan perturbado que hubiese llegado a desconectarse completamente de la realidad y de los sentimientos morales. Este estado podría ser la explicación para la completa falta de consideración por sus víctimas. La curiosa mente de Haigh generó también otras tenebrosas hipótesis sobre el particular. Algunos hablaron de una especie de “Complejo de Macbeth” según el cual Haigh intentaba mantener sus manos inmaculadamente limpias para evitar el sentimiento de culpa.


Durante el juicio, Haigh nunca pretendió estar loco por haber matado a nueve personas. En vez de ello aseguró ser un vampiro. Era fácil entender la forma de proceder de su mente: ¿qué persona normal mata a otras nueve a sangre fría, bebe su sangre y también su propia orina en prisión, tal como dijo haber hecho en el juicio, y permanece tan tranquilo mientras observa cómo se va cerrando en torno suyo el círculo trazado por la policía? Haigh se comparó a sí mismo con Adolf Hitler y con el filósofo chino, Confucio. Sus abogados reconocieron que buena parte de su comportamiento era extraño, quizá perverso, pero difícilmente le permitiría escapar de la horca. Las pruebas psiquiátricas del juicio se centraron en su pretensión de haber bebido la sangre de sus víctimas, en sus sueños y fantasías, y en las cicatrices dejadas en su mente por la fanática educación religiosa recibida de niño.


Maxwell Fyfe se levantó para dar comienzo a la defensa completamente consciente de que, hasta ese momento, no se había pronunciado una sola palabra en favor de su defendido. Abordó la cuestión clave sin rodeos. “La enfermedad mental que nosotros consideramos ha afectado la razón del acusado, es esa rara, pero bien conocida, forma de aberración mental denominada por la psicología como paranoia pura”. El abogado defensor se dedicó seguidamente a establecer una conexión entre la paranoia y la educación recibida que atenazó la vida de Haigh. “En el caso de la paranoia se desarrolla una convicción en la mente del afectado que llega, prácticamente, a convertirse en autoadoración. A su vez, ésta se manifiesta por la creencia de que está bajo el control místico de un espíritu que le guía, un espíritu que significa para el paciente la representación de una autoridad infinitamente más poderosa que las leyes o reglas sociales humanas”.


Yellowlees declaró que Haigh era un paranoico. Maxwell Fyfe le pidió que lo explicara con más detalle. “Generalmente se cree que la paranoia es debida a razones hereditarias, y parcialmente, o quizá incluso, dependa del entorno, y al decir entorno me refiero a los primeros momentos en la educación del sujeto, a su familia y a sus primeras experiencias”. Maxwell Fyfe le preguntó a su perito si creía lo que decía Haigh: que se había bebido la sangre de sus víctimas. “Es bastante seguro que efectivamente la probase. No sé si se la bebió o no. Desde un punto de vista médico no creo, en todo caso, que sea algo de importancia, puesto que el tema de la sangre reaparece constantemente en sus fantasías, desde que era un niño”. Continuó explicando cómo podía detectarse la paranoia en su afición por engañar a las personas, en su engreimiento y en su modo de fantasear. El psiquiatra, aunque algo nervioso por el acoso del abogado que le hacía preguntas, consiguió dominarse y dar su interpretación sobre diversas facetas de la vida de Haigh. Yellowlees dijo: “Hay una completa falta de actividad afectiva o de interés por este tema, y eso, desde luego, es algo en sí mismo anormal. Es una señal de la existencia de algún tipo de anormalidad muy grave. En textos especializados también se dice que esto es algo propio de un paranoico. El enfermo sublima sus energías amorosas transformándolas en la adoración de sí mismo y de sus fantasías místicas”.


Durante la declaración de Yellowlees, el juez había interrumpido al testigo en diversas ocasiones, pidiéndole que aclarara algunos puntos. Objetó, por ejemplo, que el psiquiatra interpretara algunas de las pretensiones de Haigh respecto a su infancia antes de que hubiesen sido establecidas en forma de prueba. Muchas de estas objeciones tenían que ver con cuestiones jurídicas e iban dirigidas a Maxwell Fyfe. Este se disculpó en varias ocasiones. Sin embargo, el efecto de las interrupciones del juez fue que Yellowlees, ante el jurado, dio la imagen de una persona irresponsable, de un niño con ideas ingenuas que necesitaba que un hombre maduro le llamase la atención. A pesar de la corrección procedimental de las objeciones del juez, su forma de hacerlas demostraba el claro desprecio que éste sentía hacia el testimonio del perito. La defensa luchó denodadamente para recomponer su imagen, y poco a poco consiguió que la idea de un criminal dominado por fuerzas insondables ganase terreno. Por un momento, Haigh fue una figura más digna de lástima que de odio.


El interrogatorio de la defensa concluyó. Pero sea cual sea la imagen que diese Yellowlees, el fiscal general se ocupó de destrozarla al primer golpe. “Ha dicho usted durante su declaración que examinó al prisionero en cinco ocasiones, ¿pero esto no es totalmente exacto, o sí lo es?” Yellowlees buscó con cierta confusión entre sus papeles y hubo de disculparse por el error. Después admitió que no tenía ningún apunte de las visitas que había hecho en la prisión, y que tampoco tenía una idea de lo que podrían haber durado sus encuentros. El fiscal aclaró este punto: la duración fue de 2 horas y 10 minutos. “¿Es esto correcto?”, preguntó. “No lo sé”. “¿Es aproximadamente correcto?” “No lo sé”. “¿Es aproximadamente correcto?”, repitió el Fiscal General. “¡No tengo idea!” Entonces Yellowlees hubo de contestar a la siguiente pregunta: dado que Haigh era un mentiroso compulsivo, ¿qué síntomas objetivos de demencia eran verdaderamente apreciables? “No existen síntomas que se puedan considerar objetivos”, contestó el psiquiatra y añadió que su testimonio estaba basado en una dilatada experiencia profesional sobre “síntomas acumulativos”. El Fiscal General le pidió que nombrara uno. “Me baso en su verborrea, su egocentrismo, en el hecho de que es incapaz de decir la verdad, en el hecho de que no tiene el más leve remordimiento ni vergüenza”, contestó Yellowlees. Poco después el fiscal enfrentó al doctor con la realidad del caso. Era necesario demostrar que Haigh sabía que estaba actuando mal. “Estoy pidiéndole que examine los hechos y que le diga al jurado si existe alguna duda de que el inculpado supiese con certeza que estaba cometiendo actos contra la ley británica, y por lo tanto, que supiese que lo que tenía intención de hacer estaba mal”. “Yo diría que sí, si usted está sustituyendo la palabra ‘mal’ por la expresión ‘legalmente punible’”, contestó Yellowlees. “¿Legalmente punible, y por lo tanto, mal según la ley de este Estado?” “Sí, creo que eso sí lo sabía”, dijo Yellowlees.



Henry Yellowlees

La defensa se hundía. Sin gran estruendo, tal como es habitual en los juicios ingleses, se había llegado al momento decisivo, y se había sobrepasado. El único testigo de la defensa, un hombre cualificado para atestiguar sobre la demencia de Haigh y que efectivamente creía que estaba loco, había testificado que el acusado sabía que sus crímenes eran actos incorrectos. Maxwell Fyfe recurrió con maestría a toda su elocuencia para llamar la atención sobre la incapacidad mental de su cliente. Pero como abogado sabía que el caso estaba perdido. Su alocución duró varias horas, y fue seguida de una respuesta despectivamente cortante y breve de la fiscalía. El juez, al realizar el resumen del caso, y a pesar de su manifiesta impaciencia con el Dr. Yellowlees, no omitió nada que tuviese valor para la defensa del acusado. Repasó la teoría de la paranoia, y revisó los actos y la personalidad de Haigh. Pero estaba obligado a probar la demencia, y hasta ese extremo no parecía haberse llegado. El jurado no necesitó más que un cuarto de hora para considerarle culpable de asesinato. Una vez sentenciado a muerte, unos oficiales de policía de aspecto huraño acompañaron a un Haigh que mostraba su mejor sonrisa fuera de la sala. Por consejo de su abogado, no había declarado como testigo. Su palabra bajo juramento no hubiese tenido ningún valor. Maxwell Fyfe también temía que la seguridad de Haigh en sí mismo pudiera irritar al jurado, como con seguridad lo hubiera hecho su descripción clínica y fría de la muerte de Olive Durand-Deacon. Curiosamente, fue el seco y académico Dr. Yellowlees quien irritó al jurado.



El juicio

La sorna de Haigh fue lo que le perdió. Si no se hubiese mofado de la policía presumiendo de que jamás encontrarían el cadáver de la anciana, si no hubiese faltado al respeto al Tribunal haciendo crucigramas durante el juicio y si no hubiese socavado su propia defensa inventándose los síntomas de una supuesta demencia, quizá su destino hubiera sido otro. Un funcionario del juzgado le colocó al juez el birrete negro y se pronunciaron las palabras finales: “La sentencia de este Tribunal es que sea trasladado desde aquí a una prisión del Estado, y desde ésta al lugar de la ejecución donde sufrirá la muerte por ahorcamiento; y que su cuerpo sea enterrado dentro del recinto de la prisión en la cual haya estado confinado antes de su ejecución; tenga el Señor piedad de su alma”. Tras escuchar que lo habían condenado a muerte, el veredicto dejó a Haigh totalmente indiferente. El funcionario del juzgado le preguntó: “Prisionero ante este Tribunal: ¿tiene algo que alegar por lo que no debiera cumplirse la sentencia de muerte de acuerdo con la ley?” Haigh estaba de puntillas, como si no quisiera perderse detalle del procedimiento, y mirándolo a los ojos, contestó: “Nada en absoluto”. Incluso mientras el juez estaba dictando su sentencia después de la ceremonia del birrete negro, Haigh observaba atentamente, con la cabeza algo ladeada, y con su inveterada sonrisa en los labios. Dos funcionarios médicos de la prisión, el Dr. Matheson de Brixton y el Dr. Nichols de Lewes, estaban de cuclillas detrás de Haigh, fuera de la vista del Tribunal. Se encontraban allí por si el prisionero enfermaba al recibir la noticia de su destino fatal, pero no se requirieron sus servicios. Todo lo que ocurrió fue que sus párpados temblaron levemente. Un guardia lo cogió por el codo y lo condujo tranquilamente a las celdas situadas bajo la sala del juicio, los calabozos del edificio del juzgado. Le preguntó si deseaba ver al capellán. Haigh tenía los pies apoyados sobre la mesa mientras fumaba un cigarrillo y le daba algunos sorbos a una taza de té. “Pues no creo que tenga mucho sentido, ¿no? ¿O a ti que te parece, viejo?”, fue su respuesta. Haigh se quedó fumando pensativo, con la cabeza inclinada hacia atrás, mirando al techo.



El juez pronuncia la sentencia de muerte

Cuando a Stafford Somerfield le encargaron que consiguiese la historia de Haigh, ya era un experimentado periodista del diario News of the World, en FIeet Street. En marzo de 1949, después del primer interrogatorio de Haigh tras su detención, se puso en contacto con él, y posteriormente le visitó en la prisión de Lewes. Era evidente que Haigh no podía permitirse pagar a un abogado defensor. Stafford le hizo una oferta: su periódico estaba dispuesto a pagar todo el costo del proceso, si él se comprometía a entregarles la historia de su vida en exclusiva. Haigh aceptó. El periodista había conseguido el mejor reportaje de la historia de FIeet Street. Y lo que era aún mejor, el asesino estaba dispuesto a escribir la historia de su puño y letra. Haigh puso manos a la obra con alegría y terminó por escribir 72 páginas, que abarcaban desde su infancia hasta el momento de su ejecución en la horca.



Los titulares sobre el juicio



La última dirección de Haigh fue la celda reservada para los prisioneros condenados a pena de muerte de la prisión de Wandsworth, en Londres. En la época en que la sentencia de muerte estaba en vigor, todas las cárceles disponían de una celda especial a la que se enviaba a los prisioneros tras haber sido sentenciados. Haigh se convirtió en el recluso nº 7663 de la prisión de Wandsworth, en South London. Tuvo que cambiar su elegante traje y sus siempre relucientes zapatos por el uniforme de la cárcel para los condenados a muerte: una camisa y zapatillas de suela blanda. No estaban autorizados ni cordones ni cinturones. La celda formaba parte de una de las alas de la prisión, pero el condenado permanecía separado de cualquier actividad que se realizase en la cárcel. Los ejercicios diarios los realizaba en completo aislamiento. Dos vigilantes guardaban al prisionero las 24 horas del día. La celda no era un lugar muy espacioso; consistía en una cama, una mesa, tres o cuatro sillas, un inodoro y un lavabo. La luz permanecía encendida las 24 horas. La comida se le preparaba en la cocina de la cárcel y se tomaba exclusivamente con cuchara. Aparte de esto, el condenado disfrutaba de ciertos privilegios que el resto de los reclusos no tenían. Se le facilitaban juegos como el ajedrez, las cartas o el dominó. El prisionero tenía derecho, dentro de ciertos límites, a pedir lo que se le antojase. También tenía derecho a una pinta de cerveza y diez cigarrillos al día, pudiéndoselos fumar dentro de la celda. El gobernador de la prisión, el oficial médico y oficial jefe tenían la obligación de visitar al condenado dos veces al día. El prisionero podía, además, solicitar en cualquier momento la presencia de un capellán. Se permitían visitas de amigos, conocidos y abogados, siempre que fueran aprobadas por la junta de visitantes y los comisarios encargados.



La prisión de Wandsworth

El 24 de julio, cinco días después de terminar el juicio, Haigh celebró su cuadragésimo cumpleaños en la celda de los condenados a muerte. Su madre le había enviado una felicitación, pero él descartó su sugerencia de visitarle, recomendándole que lo discutiera con su abogado. La cuestión nunca más se planteó. Llegado a este punto, sus esperanzas de ser enviado a Broadmoor se habían evaporado. El Ministro del Interior estaba obligado por ley a requerir un estudio psiquiátrico de todos los prisioneros condenados a muerte. Los tres psiquiatras que lo examinaron coincidieron en que estaba cuerdo. Haigh no volvió a mencionar los tres asesinatos que había confesado en la cárcel de Lewes. Nunca se pudo probar si los cometió o si solamente los inventó para reforzar su pretensión de demencia. Pero a pesar de todo parecía estar animado. Sin embargo, conforme pasaban los días, Haigh terminó por perder el control de que había hecho gala desde la desaparición de Olive Durand-Deacon. Después de una temporada de depresión e irritabilidad, empezó a recopilar sus notas sobre pesadillas, especialmente aquellas que tenían que ver con la sangre. No obstante, nunca comentó nada al respecto, y nunca hizo la más leve alusión a que sintiese remordimiento por los crímenes cometidos, ni en sus cartas, ni a los celadores. Desde la cárcel de Wandsworth, Haigh escribió muchas cartas. Una fue para el Dr. Yellowlees agradeciéndole su ayuda. “Todas las grandes figuras históricas han sido consideradas seres extraños. Confucio, Julio César, Jesucristo, Mahoma e incluso Hitler. La directora de la High School en la que estudié, y el director de la Escuela Grammar, dijeron que yo no era un chico del montón”. Otra fue para su amante, la joven Barbara Stephens.



La carta para Barbara Stephens

A pesar de estar visiblemente deprimido por haber perdido su celebridad después de que terminara el juicio, Haigh no perdió su sentido del comportamiento espectacular. La víspera de su ejecución, legó su traje favorito, incluidos los calcetines y la corbata, al museo de cera de Madame Tussaud, de forma que le sobreviviera la imagen de su histriónica elegancia, aunque fuera en la sala de la Cámara de los Horrores.



El legado y la figura de cera

“Para Madame Tussaud, mi traje verde y mi corbata roja”, especificó. Insistió mucho en que el modelo de cera que lo representara, debía estar vestido de manera que los puños de la camisa sobresaliesen al menos una pulgada por debajo de las mangas de la chaqueta. Su deseo fue cumplido y la figura puede observarse hasta la actualidad, elegantemente vestida.


Las cartas finales de Haigh para sus padres, desde la celda de los condenados a muerte, destilaban la resignada y pacífica aceptación de su destino. Les escribió con afecto, aunque algunos comentaristas creen que en realidad se estaba refocilando en secreto por la desgracia que había hecho caer sobre ellos. También llamó la atención el hecho de que el condenado sentía la misma falta de lástima por sí mismo que por sus víctimas. En las cartas hablaba de la cercana ejecución como un suceso molesto y aburrido. Nunca reprochó o justificó el comportamiento de nadie, y menos el suyo propio. Su última carta, en la víspera de su ejecución, empezaba así: “Queridos papá y mamá, muchas gracias por la afectuosa carta, la he recibido esta mañana y supongo que será la última vez que me escribirán”. Haigh seguía diciendo que, aunque algunas cosas de la Hermandad de Plymouth las encontró negativas para su educación, “hubo muchas otras que fueron encantadoras”. Escribió sobre una “pequeña y dulce nota” que alguien le había mandado una vez, y acto seguido se lanzó a emplear el estilo grandilocuente con el que su padre siempre se había expresado. “Nosotros no podemos modificar los inescrutables designios del Eterno. Yo, esto es, mi espíritu, permanecerá ligado a la Tierra aún durante algún tiempo, porque mi misión no está cumplida”. Haigh no mencionaba cuál era esa misión. Lo que sí seguía explicando era cómo sintonizar correctamente las bandas de su radio de onda corta, para oír sin interferencias los programas de las emisoras de América del Norte. Esta radio sería uno de los objetos personales que se enviarían a su familia tras la ejecución. La carta no contenía la más ligera alusión a una posible conexión entre esos días felices de su infancia y el salvajismo de su carrera criminal.



El anuncio sobre la ejecución de Haigh

Pronto volvió a recuperar el aplomo que durante un breve período lo había abandonado. Haigh no apeló la sentencia de muerte, y el Ministerio del Interior anunció que no sería indultado. Poco después el director de la prisión de Wandsworth, el Mayor Benke, recibió una petición de Haigh: quería ensayar su propia ejecución. “Mi peso es engañoso. Tengo un paso ágil y rápido y no desearía resultar un obstáculo en el momento clave”. El Mayor Benke le aseguró que no habría ningún problema y, a pesar de la insistencia, se rechazó la petición. El 9 de agosto de 1949 a las 16:00 horas, día anterior a la ejecución, llegaron el célebre verdugo Albert Pierrepoint y su ayudante. No se les permitía abandonar la prisión hasta haberse completado la ejecución. Pierrepoint observó a Haigh a través de la mirilla de la celda, para estimar su peso, altura y complexión. Posteriormente, probó la horca con un saco de arena que correspondía a las características físicas del prisionero. El saco se dejó colgando toda la noche para tensar adecuadamente la cuerda. Para los sujetos más débiles, con músculos poco desarrollados en la zona del cuello, se requería una cuerda más larga. Esa noche, el gobernador de la prisión visitó al condenado para preguntarle si deseaba expresar algo antes de morir. Haigh dijo que no. La mañana de la ejecución, el capellán pasó la última hora con el prisionero, quien se quedó todo el tiempo en silencio. Sin embargo, permaneció a su lado hasta el momento final.


El 10 de agosto de 1949, a las 08:59 horas, el verdugo Pierrepoint, su ayudante, el oficial jefe y un guarda de la prisión esperaban a Haigh ante la puerta de su celda. A Haigh le ofrecieron un poco de coñac para calmar los nervios, pero él estaba muy tranquilo; aún así, se lo bebió. Se le hizo una señal al verdugo, quien entró en la celda y ató los brazos del prisionero a su espalda. Era el último paseo. Se escoltó a Haigh hasta el cadalso, flanqueado por dos oficiales, a través de la otra puerta de la celda. Era la primera vez que se abría desde la llegada del condenado.



El verdugo Albert Pierrepoint

Una vez en el patíbulo, se situó a Haigh sobre la trampilla, con los pies apoyados uno sobre cada batiente, y lo ataron. El verdugo Albert Pierrepoint cubrió la cabeza de Haigh con una capucha blanca y le ajustó el lazo al cuello. Entonces accionó la palanca. Eran las 09:00 horas. Por tradición, los ahorcamientos siempre se celebraban a esa hora. Desde que se abandonó la celda hasta el momento final habían transcurrido dieciocho segundos. El médico comprobó que el ejecutado estaba efectivamente muerto. Entonces se aisló el lugar de la ejecución, dejando colgado el cadáver durante una hora.



Los avisos oficiales de la ejecución


John George Haigh fue ejecutado con una gran sonrisa en sus labios. A las puertas de la prisión de Wandsworth había cientos de personas cuando se colgaron los avisos oficiales. Como era costumbre en los casos de ejecuciones, se le enterró dentro del recinto de la prisión.



Cronología (click en la imagen para ampliar)

En su lecho de muerte, la madre de Haigh, abatida y destrozada, le dio las cartas de su hijo a un amigo, diciéndole: “Solíamos despreciar a la gente del pueblo porque creíamos ser los elegidos de Dios. Pero no lo éramos”.



BIBLIOGRAFÍA:





FILMOGRAFÍA: