John Wilkes Booth: el asesinato de Abraham Lincoln


“Ahora pertenece a la eternidad”.
Edwin Stanton, tras la muerte de Lincoln


John Wilkes Booth nació el 10 de mayo de 1838 en Estados Unidos. Fue el noveno de los diez hijos que tuvo Junius Brutus Booth, considerado el más grande actor estadounidense de su época, aunque también era un bebedor incorregible con frecuentes accesos de violencia. Toda la familia Booth era prominente en el teatro de la época.



Junius Brutus Booth

Su hermano Edwin Booth también era un histrión célebre. Por su parte, John Wilkes Booth era un actor de teatro que gozaba de cierto éxito y había recibido críticas elogiosas. Su talento histriónico nunca fue puesto en duda.



Junius Brutus y Edwin Booth

Comenzó a interesarse en los temas públicos desde 1855 y se unió a los Know Nothing, movimiento nativista que se oponía a la política de inmigración hacia los Estados Unidos. Booth también fue un ferviente partidario de la esclavitud.



La familia Booth

En 1858, Booth hizo el papel de Hamlet en la tragedia homónima de Shakespeare en Richmond (Virginia). Aunque los críticos lo censuraron por “dar brincos como un acróbata de circo", se hizo célebre de la noche a la mañana. Multitud de espectadoras chillaban al verlo aparecer cena y lo rodeaban en la calle para pedirle autógrafos y adularlo.


Permaneció en el Sur hasta febrero de 1861 y entonces, en el instante en que amenazaba estallar la Guerra de Secesión, decidió irse a actuar en teatros del Norte. No había nacido en "el auténtico Sur", sino en Maryland, y no le interesaba ni económica ni sentimentalmente la cuestión de la esclavitud.



John Wilkes Booth

Sin embargo, cuando los rebeldes hicieron fuego contra el Fuerte Sumter, precipitando la guerra de Secesión, declaró ante el público de un teatro de Albany (Nueva York), donde estaba actuando, que el ataque representaba "el hecho más heroico de la época moderna", lo que dio lugar a que una multitud amenazara con asaltar el teatro. Booth recibió la orden de abandonar la ciudad.


A pesar de sus simpatías, no se alistó en el ejército confederado. Mientras miles de sureños morían por su bandera, Booth continuó en el escenario, muriendo sólo como Hamlet, Macbeth y Otelo, a razón de $ 500 dólares por semana. Pero pronto desempeñó un papel más peligroso fuera del teatro y en 1863 se incorporó a la organización clandestina de los rebeldes.


El Servicio Secreto Confederado poseía una amplia red de espías distribuidos en todas las grandes ciudades de la Unión y la profesión de Booth le brindaba un disfraz perfecto. Cruzaba sin dificultades los límites de los Estados y las líneas de los ejércitos en lucha, y entre bastidores se entrevistaba con mensajeros y agentes del Sur. Se rumoró que estaba en comunicación con los rebeldes hasta en Canadá. Según ciertas fuentes, durante la Guerra de Secesión Booth incluso se reunió con dos de sus jefes: Jacob Thompson y Clement Claiborne Clay, en Montreal. Aunque no existe prueba alguna de esta participación.



Jacob Thompson y Clement Claiborne Clay


En 1859, Booth formó parte de una milicia de Virginia que participó en la captura del abolicionista John Brown, tras su incursión contra el arsenal federal de Harpers Ferry.



John Brown

Lincoln tenía demasiados enemigos. El 8 de agosto de 1864, mientras Lincoln cabalgaba solo desde el Departamento de Guerra hacia la Casa de los Soldados donde se hospedaba su familia durante los calurosos meses de verano, un disparo echó a su caballo a correr. El soldado John W. Nichols lo ayudó a controlarlo y más tarde descubrió algo realmente perturbador. La galera de Lincoln, que perdió en ese galope descontrolado, tenía un orificio de bala en la corona. Lincoln le rogó que mantuviera el asunto en secreto y le aseguró que había sido un simple accidente.



John W. Nichols

En octubre de 1864, Booth va a Philadelphia a visitar a su hermana Asia. Escribe varias cartas justificando su odio a Lincoln y le pide que las envíe después de que él actúe contra el presidente. El 1 de noviembre de 1864, un seminarista llamado Louis J. Weichmann se mudó a la casa de huéspedes que tenía Mary Elizabeth Jenkins Surratt, en Washington, en el número 541 de la calle H, a cuatro cuadras del Teatro Ford. Weichmann había sido compañero del hijo de la posadera, John Surratt Jr., quien jugaría un papel destacado en los acontecimientos que se aproximaban. Terminó siendo el posadero de aquella casa.



Louis J. Weichmann

Como una curiosidad macabra, el hermano de John Wilkes, Edwin Booth, salvó a Robert Todd Lincoln, hijo del presidente, de sufrir lesiones graves o incluso la muerte. El incidente ocurrió en una plataforma del tren en Nueva Jersey. La fecha exacta del incidente es incierta, pero se cree que tuvo lugar a finales de 1864 o principios de 1865. Edwin Booth sujetó a Robert cuando un tren estaba a punto de aplastarlo, consiguiendo alzarlo por el cuello de su abrigo.



Edwin Booth

Robert Lincoln recordó el incidente en una carta escrita en 1909 a Richard Watson Gilder, redactor de The Century Magazine: “Mi cuello del abrigo fue capturado vigorosamente y me fue rápidamente tirado hacia arriba y afuera, a una posición segura en la plataforma. Al darle las gracias a mi salvador vi que era Edwin Booth, cuyo rostro era, por supuesto, bien conocido por mí, y le expresé mi gratitud a él, y al hacerlo, lo llamé por su nombre”. De esa forma, un Booth salvó la vida de un Lincoln, meses antes de que otro Lincoln muriera a manos de otro Booth.



Robert Lincoln

John Wilkes Booth visitó Bryantown, Maryland, en noviembre y diciembre de 1864, alegando buscar inversiones en bienes raíces. Bryantown está a cuarenta kilómetros de Washington, D.C., y a cerca de ocho kilómetros de la granja de Mudd. La historia de bienes raíces no era más que una fachada; el verdadero plan de Booth era planear una ruta de escape como parte de su plan para secuestrar a Lincoln.


Booth conoció al médico Samuel Mudd en la Iglesia Católica St. Mary en Bryantown durante una de sus visitas, probablemente la de noviembre. Booth visitó a Mudd en su granja al día siguiente, y se quedó por la noche. Al día siguiente, Booth compró un caballo del vecino de Mudd y regresó a Washington. Booth solía visitar Bryantown para reclutar a Mudd en su plan de secuestro.


El 23 de diciembre de 1864, Samuel Mudd fue a Washington, donde se encontró con Booth de nuevo. Mudd presentó a John Surratt, Jr. con John Wilkes Booth, quien reclutó a John Surratt Jr. para la conspiración que comenzaba a fraguar. Los dos hombres, además de John Surratt y Louis J. Weichmann, tuvieron una conversación y bebieron juntos, primero en el hotel de Booth, y luego en casa de Mudd. Varios agentes de la Confederación, entre ellos algunos sacerdotes católicos romanos, comenzaron a visitar la pensión frecuentemente. Booth visitó la pensión muchas veces en los próximos meses, a veces a solicitud de Mary Surratt, quien lo veía con agrado.



Samuel Mudd

Otros conspiradores, como George Atzerodt y Lewis Powell, visitaron la casa de huéspedes e inclusive vivieron allí durante cortos períodos. David Herold también se quedó en la casa varias veces. Lewis Powell era un soldado confederado muy joven, quien fue herido en la Batalla de Gettysburg, capturado por el ejército del Norte y curado en un hospital militar. Logró escarparse a Virginia, donde integró un regimiento de caballería confederada; luego, fue reclutado por el Servicio Secreto Confederado. Powell se hizo pasar por un predicador bautista y se alojó en la pensión durante tres días en marzo de 1865. Constantemente utilizaba identidades falsas: "el Reverendo Lewis Payne", "Paine", "James Wood" o "Mosby".



Lewis Powell

George Atzerodt, un amigo de John Surratt Jr. y de Booth, visitó la pensión varias veces en los primeros dos meses de 1865. Se quedó hospedado en febrero de 1865 (no está claro si una o varias noches, ya que las fuentes difieren), pero resultó ser un bebedor empedernido y Mary Surratt lo expulsó después de unos días. De todos modos, continuó visitando la pensión frecuentemente.



George Atzerodt

El 5 de febrero de 1865, Lincoln visitó el estudio fotográfico de Alexander Gardner con su hijo Tad. Esas fotos serían el último retrato formal que se tomó del presidente.



Las fotos finales

En las primeras etapas del complot, los conspiradores tenían como objetivo secuestrar al presidente Abraham Lincoln y llevarlo a Richmond, Virginia. John Surratt Jr. declararía luego que “la audacia sin par del proyecto” lo horrorizó. Como concepto estratégico, el plan tenía cierta lógica. Se podía pensar que la captura del Presidente daría un terrible golpe moral a la causa del Norte y reanimaría a los desalentados sureños. Existía además la posibilidad de valerse de Lincoln como rehén para firmar un tratado o canjearlo por un gran número de prisioneros.


Los conspiradores pasaron varios meses dando forma a la idea del secuestro, pero desgraciadamente para ellos, los planes que sugería Booth eran muy descabellados. El primero consistía en apoderarse de Lincoln en su palco del Teatro Ford. A una señal, uno de los conspiradores cerraría la llave de paso del gas del alumbrado, hundiendo la sala en tinieblas; los raptores correrían al palco maniatando al Presidente, lo bajarían hasta el escenario (ubicado a unos tres metros más abajo) para empujarlo luego entre bastidores hasta un carruaje que estaría esperando para salir a la calle y tomar rumbo a Richmond. El segundo era tenderle una emboscada a Lincoln en el tortuoso camino arbolado que conducía al Hospital Militar, situado a cinco kilómetros de la ciudad y al que Lincoln hacía frecuentes visitas, anunciadas por la prensa.


Booth preparó todo para realizar la primera tentativa el 18 de enero. Los conspiradores tenían ya las órdenes secretas, las claves y señas; la línea clandestina de comunicación de los rebeldes estaba sobre aviso en Piscataway, en Pope's Creek, en Allen's Fresh y en Mathias Point (Virginia); a la puerta de los artistas aguardaba un coche con gruesas cortinas. Pero el atentado fracasó aun antes de iniciar, porque la noche era tormentosa y el Presidente no salió de su residencia.


El segundo conato se produjo exactamente dos meses más tarde, en el camino al Hospital Militar. Todos los conspiradores que se reunían en la pensión de Mary Surratt, tonificados con una buena dosis de cognac, esperaban a caballo junto a una pila de madera, lejos de los límites de la capital. Booth dio las últimas órdenes: John Surratt Jr. debía encargarse del cochero, mientras Lewis Powell y él mismo se apoderaban de Lincoln. A la hora esperada se avistó un elegante carruaje; los caballos se encabritaron, el conductor comenzó a dar latigazos... y Booth soltó una exclamación de rabia y de despecho. El hombre que iba en el coche no era Lincoln. Más tarde se supo que el Presidente pasaba en ese momento revista al veterano regimiento 140, de Indiana, que había llegado inesperadamente a la ciudad para entregarle una bandera tomada a los confederados.


Un tercer intento de secuestro fracasó cuando Lincoln suspendió otra vez a última hora su anunciada asistencia al Teatro Ford. El jefe de los conspiradores se mostró muy frustrado. ¡Tanta organización, tanta gente puesta en movimiento, para no atrapar sino aire! Sin duda, los guerrilleros rebeldes puestos sobre aviso, que esperaban al prisionero para conducirlo hacia el Sur, estarían resentidos con él. Era incapaz de afrontar el ridículo que le esperaba en vez de la fama nacional que se había prometido con su golpe maestro.


El 4 de marzo de 1865, Lincoln realizó su Segundo Discurso Inaugural en las escalinatas del Capitolio. Esta disertación es considerada por muchos como su segundo discurso más influyente, luego del de Gettysburg, que ahora adorna una de las paredes del Monumento a Lincoln. Booth asistió a la ceremonia de investidura del segundo mandato de Lincoln como invitado de Lucy Lambert Hale, con quien se comprometió en secreto. Lucy era la hija del senador John Parker Hale, quien se convirtió más tarde en embajador de Estados Unidos en España. Una fotografía muestra a Booth y a Lincoln en ese evento. Más abajo, los otros conspiradores están en un primer plano.



Booth y Lincoln juntos en Washington; más abajo, los demás conspiradores en la misma fotografía (click en las imágenes para ampliar)








Booth escribió luego: “Qué magnífica ocasión era, si hubiera querido matar al presidente al momento de su investidura”. Ese mismo día, como parte del plan para secuestrar a Lincoln, John Surratt Jr., Georges Atzerodt y David Herold escondieron dos carabinas Spencer, municiones, y algunos otros artículos en la taberna de Mary Surratt.



Lucy Hale, la prometida de Booth

El 17 de marzo, Booth informó a sus cómplices que Lincoln asistiría a una representación de la obra Still waters run deep en el Hospital Militar Campbell. Reunió al grupo de conspiradores en un restaurante. Los hombres tenían por consigna unirse a él a fin de tenderle una emboscada al Presidente en el camino de retorno del hospital. Booth se informó sobre el desarrollo de la actividad y regresó con la noticia de que Lincoln había cambiado de idea. Había ido al Hotel Nacional a una ceremonia organizada por varios oficiales. La ironía del caso radica en que Booth se alojaba entonces en ese mismo hotel. El 18 de marzo, Booth actúa por última vez en un escenario, en el Teatro Ford; interpreta al villano “Pescara” de la obra El apóstata. Su diálogo final lo dice mientras, blandiendo un cuchillo, mira hacia el palco presidencial, vacío en ese momento: “Esto lo conservo aún. Y lo empuño con una intensa y desesperada dicha. ¡Mirad! A pesar del Destino, he de triunfar sobre vos”. Pese a que el público lo aclama, Booth se niega a salir para recibir el que será su aplauso final sobre el escenario.


El 2 de abril, Lincoln iba a bordo del vapor River Queen rumbo al frente de batalla, donde el General Ulysses S. Grant estaba listo para apoderarse de la confederada capital de Richmond. Lincoln tuvo un sueño muy extraño: soñó que dormía en su alcoba de la Casa Blanca, cuando lo despertaron unos sollozos. Se levantó inquieto del lecho y, guiándose por el sonido del llanto, llegó hasta la Sala Oriental, donde unos soldados montaban guardia junto a un cadáver. En la sala había otras personas que rendían su postrer homenaje al difunto.



El sueño premonitorio de Lincoln

Aunque no pudo identificar al fallecido, Lincoln observó la profunda emoción que embargaba a los presentes. Por fin decidió interrogar a un soldado: “¿Quién ha muerto?”, inquirió. “Es el presidente”, respondió el militar. “Lo ha matado un asesino”. Ante la respuesta se renovaron los lamentos desgarradores entre los presentes y Lincoln despertó. El sueño le pareció tan perturbador a Lincoln, que de inmediato se lo contó a su esposa Mary y en los siguientes días se lo narró también a varios amigos.


El 4 de abril de 1865, tras recorrer Lincoln a pie las humeantes calles de Richmond, capital confederada que los rebeldes habían incendiado antes de retirarse, se escuchó un disparo proveniente de una ventana. Pero no se localizó al tirador. Lincoln se dirigió entonces hacia la casa del ya rendido presidente de la Confederación, Jefferson Davis, quien había abandonado la capital treinta y seis horas antes. Se sentó en su silla y le contó a su hijo Tad, que cumplía 12 años, que desde allí Davis había orquestado esa guerra. Mientras tanto, Thomas Harney, un experto en explosivos, viajaba rumbo a Washington enviado por los Confederados. Su misión era hacer estallar la Casa Blanca. Se reunió con Lewis Powell, esta vez bajo su identidad de "Mosby". Por diversas razones, Harney no logró infiltrarse y su objetivo no se consiguió. Booth estaba enterado de este plan, aunque le parecía descabellado.



Jefferson Davis

Las cosas tomaron entonces un giro inesperado. El 9 de abril, el general Lee se rindió ante el general Grant en Appomattox, terminando de ese modo la Guerra de Secesión. El Sur estaba vencido. Lincoln fue a visitar a su Secretario de Estado, Seward, quien estaba convaleciente, para comunicarle la noticia. Eran amigos desde muchos años atrás. Fue sin duda por entonces cuando Booth decidió renunciar al proyecto de secuestro, que sólo le había significado fracasos, y optar por un acto más violento. Comprendió que ya de nada les serviría a los sureños el secuestro de Lincoln. Había por tanto que matarlo.


Pero esta vez, el asesinato central debía ser acompañado por otros actos secundarios no menos criminales. Booth decidió que también debían morir el vicepresidente Andrew Johnson y el secretario de Estado, William Seward. De esa forma, los más prestigiosos dirigentes de la Unión desaparecerían de un solo golpe.


El 11 de abril de 1865, tras la rendición del General Robert E. Lee, Lincoln habló frente a una multitud agolpada en el Pórtico Norte de la Casa Blanca, sorprendiéndolos al detallar una política generosa y compasiva hacia el derrotado Sur. También menciona la posibilidad de que los negros puedan sufragar, lo que implica convertirlos en ciudadanos. Booth estaba presente, armado con una pistola, junto a varios de los conspiradores; el director del Teatro Ford le había invitado un trago minutos antes, mientras Booth le decía: "Así me quitaré la depresión". Al terminar el discurso, instigó a Powell a que le disparara al presidente en ese momento, pero él se negó porque había mucha gente presente. Booth se dirigió a ellos y les dijo: “¡Siempre hay gente! Juro que este será el último discurso que Lincoln dará en su vida”.



Booth en los días finales

Ese mismo día, Mary Surratt alquiló un coche y lo condujo hasta la taberna. Según diría después, hizo un viaje para cobrar una deuda de un antiguo vecino. Pero de acuerdo a su inquilino, John M. Lloyd, Surratt le dijo que tuviese "las armas de hierro" listas para ser recogidas.


En su despacho de la Casa Blanca, Lincoln tenía un sobre con ochenta cartas en que se amenazaba su vida; un balazo le había atravesado el sombrero y el atacante emboscado no había podido ser detenido; un comité de residentes de Virginia estaba reuniendo fondos para recompensar a quien lo asesinara. Pese a ello, Lincoln se mostraba confiado.


El 13 de abril de 1865, John Wilkes Booth visitó el Teatro Grovers y se enteró de que Lincoln asistiría a una presentación de Aladino y la lámpara maravillosa al día siguiente. Lo informó a los otros conspiradores y puso como fecha para concretar el plan ese 14 de abril: Lewis Powell mataría al Secretario de Estado, William Seward, y luego sería conducido a través del Navy Yard Bridge hacia Maryland por David Herold; George Atzerodt asesinaría al Vicepresidente Andrew Johnson; y él se encargaría de liquidar a Lincoln en el Teatro Grovers.


El día del crimen que cambiaría la historia de Estados Unidos finalmente llegó. El 14 de abril de 1865, Viernes Santo, Lincoln se levantó a las 07:00 horas en su habitación de la Casa Blanca. Escribió cuatro mensajes breves para miembros de su Gabinete. A las 08:00 desayunó con su familia. Su hijo Robert estuvo presente, recién llegado de Appomattox; el presidente lo instó a que finalizara sus estudios de Derecho y se convirtiera en abogado. A las 10:50, Lincoln se entrevistó con el secretario Stanton. Ante la insistencia de este para que se cuidase a causa de las amenazas que existían contra su vida, Lincoln le respondió una frase de Shakespeare: "Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte; los valientes gustan la muerte sólo una vez". Luego se fueron a la junta del Gabinete. Eran las 11:05 horas.


En otro sitio, Mary Surratt dijo que una vez más visitaría la taberna de la familia en Surrattsville para cobrar una deuda. Lloyd reparó un muelle roto en el vagón de Surratt antes que ella se fuera. Poco después de que dejase la ciudad, Booth visitó la pensión y habló en privado con ella. Él le dio un paquete (luego se descubrió que contenía unos prismáticos) para que Lloyd lo recogiera esa tarde. Surratt lo hizo y de nuevo le dijo a Lloyd que tuviese "las armas de hierro" listas para ser recogidas. John Wilkes Booth comenzó el día recibiendo la noticia de que Lincoln había cambiado de planes y no asistiría a la función programada en el Teatro Grovers. Antes del mediodía y muy frustrado, Booth entró con paso firme en el Teatro Ford para recoger su correspondencia. Al verlo aproximarse, el empresario Henry Ford, señaló a quienes le rodeaban la apuesta figura del joven y famoso actor y dijo: “¡Aquí llega el hombre más guapo de Washington!” Guiándolo a su despacho, le entregó varias cartas y en el momento en que Booth se volvía para retirarse, uno de los carpinteros le preguntó a Ford: “¿Qué hay para esta noche? ¿Quiere que preparemos el palco oficial?” Ford hizo un signo de asentimiento y añadió que había sido advertido de que el Presidente concurriría con algunos invitados. Booth alzó las cejas asombrado: “¿Lincoln va a venir?”, preguntó. “¿Para ver Nuestro primo americano?” Ford asintió con satisfacción, pensando que con la presencia del primer magistrado, la comedia atraería más público.



El cartel anunciando la función de Nuestro primo americano, con la presencia de Lincoln (click en la imagen para ampliar)

El actor hizo una observación sin importancia y salió de la sala, deteniéndose en la escalinata para leer las cartas. No podía creer su buena suerte. Los testigos que lo vieron declararían que nadie notó algo raro en su actitud. Era un buen actor. Para ese momento, Lincoln y su esposa conversaban en la Casa Blanca. Ella diría que por fin, después de mucho tiempo, lo había visto feliz. Le mencionó que, para él, la guerra había terminado por fin ese día. Recordaron la trágica muerte de su hijo William, ocurrida tiempo atrás, y planearon irse de viaje al extranjero cuando el periodo presidencial terminase. Lincoln quería volver a ejercer la abogacía. Luego, a las 15:30 horas, fueron juntos al Astillero Naval, donde el presidente vio al joven oficial William H. Flood. Este le mostró el barco Montauk, presente en muchas batallas. Unos días después, ese mismo barco trasladaría el cadáver del asesino del presidente.



El Teatro Ford

En el Teatro Ford, concluida la lectura de su correspondencia, Booth volvió a entrar en el lugar, subió al entresuelo y se deslizó por un corredor lateral hasta el palco presidencial vacío, desde el cual se dedicó a contemplar el ensayo de la comedia. En el tercer acto, la protagonista da una tunda a Asa Trenchard y se aleja, altiva como una reina. Trenchard, solo en la cena, exclama: "¿No conozco los principios de la buena sociedad? Bueno, sé lo bastante para darte cien vueltas a ti, ¡presuntuosa cazadora de viejos ricos!" Booth sabía que, con los gestos apropiados, era seguro que la frase provocaría una carcajada en el público. Comprendió inmediatamente que ese momento, en el que los espectadores se desternillarían de risa y el escenario estaría casi vacío, sería la oportunidad esperada. Salió con paso rápido de la sala y desde ese instante anduvo frenéticamente de una parte a otra de la ciudad, encontrándose con muchas personas que lo conocían o lo reconocieron. Se mostró amable, saludando a sus amigos, quitándose el sombrero ante las damas y aun llamando a algunos conocidos que no lo habían visto. Iba vestido impecablemente y llevaba unas botas y espuelas muy elegantes.


En ese momento, un carruaje con el general Grant y su esposa pasó por allí y se detuvo un momento. Booth se acercó al carro y se asomó al interior en dos ocasiones para observarlos. Ellos recordarían después el extraño incidente. Luego se fue a una caballeriza, donde alquiló una yegua muy veloz. De allí se dirigió a una pensión cercana al Teatro Ford, en la que se reunían siempre los conspiradores. Fue luego a una taberna, donde bebió una botella de cognac. A las 16:30 horas, mientras una cuerda de prisioneros confederados pasaba por el lugar, Booth se encontró en la calle con un compañero, el actor John Matthews; le entregó una carta pidiéndole que asegurase su publicación en la edición del periódico National Intelligencer del día siguiente. Esa tarde, Matthews tenía que actuar en el Teatro Ford. En el sobre iba la confesión de Booth.



John Matthews

Booth se detuvo en el Hotel Kirkwood y dejó un mensaje para el vicepresidente Andrew Johnson, quien se hospedaba allí: “No quiero alarmarle. ¿Se encuentra usted en casa? J. Wilkes Booth”. Este mensaje fue interpretado de numerosas maneras. Una de las teorías afirmaba que Booth, temeroso de que George Atzerodt fallase en su intento de matarlo o de que no tuviese el coraje de asesinarlo, había querido implicar al vicepresidente en la conspiración con este mensaje falso.


A las 18:00 horas, regresó al Teatro Ford, por entonces desierto, y se dirigió a la puerta del Palco Presidencial, abrió rápidamente un pequeño orificio en el panel superior con un cuchillo, algo más abajo de la altura del ojo, recogió las virutas y salió.



El Palco Presidencial

Después fue al Hotel Nacional, en el que se hospedaba, y en seguida de comer algo, tomó de su habitación una peluca, una barba postiza, un puñal, un par de revólveres y una pistola corta de bronce de un solo tiro, que disparaba una bala del tamaño de una canica.



La pistola utilizada por Booth


Alrededor de las 20:00 horas, abandonó el hotel y al salir le preguntó al recepcionista si pensaba ir esa noche al Teatro Ford. Como éste le respondiera que no, Booth añadió: “Pues debería ir. Esta noche se va a representar algo bueno”. Booth volvió a desaparecer por otra hora más o menos para celebrar una conferencia final con los demás conspiradores.


Esa tarde, Lincoln le dijo a su esposa Mary que deberían intentar recuperar lo bueno de su relación y rehacer sus vidas, ahora que la guerra había terminado. Era el momento de reconstruir. Con eso en mente, ambos decidieron ir juntos al Teatro Ford. A un amigo, Noah Brooks, Lincoln le dijo: "La farsa y la comedia hay que verlas en el teatro. La tragedia es mejor leerla en casa". Antes de marcharse, el presidente y la primera dama se retrasaron en la Casa Blanca debido al senador de Missouri, John B. Henderson, quien había ido a rogar por una gracia presidencial a favor de George Vaughn, acusado de espionaje a favor de los confederados y condenado a muerte. La concesión de esta gracia fue el último acto oficial de Lincoln.



George Vaughn

Contrariamente a las informaciones aparecidas en los periódicos, el general Grant y su esposa habían declinado la invitación de los Lincoln para ir al teatro. Habían sido invitadas varias otras personalidades y, finalmente, acudieron el mayor Henry Rathbone y su novia Clara Harris (hija del senador Ira Harris), quienes se unieron a la pareja presidencial. William H. Crook, guardaespaldas del presidente, vio partir a la pareja presidencial. "Buenas noches, señor Presidente", le dijo, a lo que Lincoln respondió: "Adiós, Crook". Según Crook, esta era la primera vez que le decía algo así. Lincoln siempre había dicho anteriormente: "Buenas noches, Crook". A las 20:30 horas arribaron al Teatro Ford cuando la representación ya había iniciado. Los esposos Lincoln entraron al palco presidencial y el espectáculo se interrumpió brevemente para marcar su llegada, que fue aplaudida por los espectadores. Robert Lincoln decidió no asistir al teatro con sus padres la noche del asesinato, y se quedó durmiendo en la Casa Blanca. Según diría tiempo después, si hubiese asistido, Booth tendría que haber pasado por encima de él. Pero nada le hacía pensar que, mientras dormía, su padre moriría. Lo lamentaría el resto de su vida. El hijo menor de Lincoln, Tad, se fue a ver la representación de Aladino y la lámpara maravillosa, que era más de su agrado.


A las 21:30 horas, Booth llegó frente a la puerta de los artistas, que daba al callejón Baptist, al otro lado de la entrada principal, y tomando después la Calle Décima, más allá del punto en que esperaba el coche presidencial, entró en el Peter Taltavul's Star Saloon, contiguo al Teatro Ford; ya eran las 21:40 horas. Estuvo un rato bebiendo. Junto a él se encontraban, algo ebrios, Francis Burke, el cochero de los Lincoln, y John Parker, el hombre asignado para proteger al presidente. Cuando Booth ya se iba, alguien le gritó con tono desafiante desde el otro extremo del mostrador: “¡Nunca llegarás a ser un actor como tu padre!” Booth giró sobre sus talones con gesto enfurecido, pero se calmó enseguida, sonrió despectivamente y exclamó: “¡Cuando yo me retire de la escena, seré el hombre más famoso del país!”


Booth llegó de nuevo al Teatro Ford a las 22:00 horas. No hizo el menor esfuerzo para ocultarse al entrar en el corredor que conducía al palco presidencial y varias personas advirtieron su llegada. No había centinela alguno a la entrada del palco. A pesar de las tentativas de secuestro y de que los partidarios fanáticos y los agentes secretos de los rebeldes pululaban en la capital, la silla que debía ocupar el guardia frente a la puerta estaba vacía. Pese a las amenazas contra la vida del presidente, no había a la entrada del palco ni un solo agente del Servicio Secreto, de la policía militar o de la civil. Un guardia de la Casa Blanca declaró durante la investigación que Lincoln le había pedido personalmente al Secretario de Guerra, Edwin Stanton, un hombre de escolta para esa noche, a raíz de haber sido amenazado esa misma tarde. Hasta pidió que le enviara a uno de sus ayudantes, un fornido Mayor llamado Eckert, pero Stanton dijo que necesitaba a éste para un trabajo importante precisamente esa noche y que no podía prescindir de él. Y sin embargo, el mayor Eckert se encontraba en su casa desde la hora de la comida y en el momento del crimen estaba afeitándose.


Había un agente de la policía local que debía ocupar la silla ante el palco presidencial; se llamaba John Frederick Parker y había sido encargado expresamente de esa misión. ¿Dónde estaba en el minuto decisivo? Los periódicos hicieron varios días seguidos esa pregunta. Parker había estado bebiendo en el bar junto al teatro, en la barra, parado a un lado de Booth. Al investigar la razón de su ausencia y su hoja de servicios, se reveló que Parker tenía pésimos antecedentes en la policía metropolitana, con toda una serie de deméritos y amonestaciones por insubordinación, comportamiento impropio, embriaguez en horas de servicio: una mala nota tras otra. Pero lo más extraño de todo era que Parker había sido destinado a la Casa Blanca por petición especial de la propia esposa de Lincoln, sin que se averiguara jamás la razón. Cuando el hecho salió a luz, se silenció el asunto de inmediato. Lo más sorprendente es que Parker, quien no estaba en su puesto en el momento decisivo, fue reintegrado a la guardia de la Casa Blanca poco después.



John Frederick Parker

Pasando sin hacer ruido junto a la silla vacía, Booth miró por el agujero que hiciera en la puerta pocas horas antes y vio al Presidente sentado en una mecedora, con un abrigo echado sobre los hombros. Booth cambió de posición y pudo ver de soslayo a la esposa de Lincoln junto a su marido. Su invitada, la señorita Clara Harris, ocupaba una butaca y en un diván que se apoyaba en la pared del palco estaba su acompañante, el joven mayor del ejército, Henry Rathbone.



Henry Rathbone y Clara Harris

Mary Todd Lincoln le tomó la mano a su esposo y le susurró: “¿Qué va a pensar la señorita Harris de que te tome así de la mano?” El presidente le respondió: “No pensará nada en absoluto”. Esas serían las últimas palabras que pronunciaría el presidente Abraham Lincoln.


Booth sacó la pistola y aguardó el momento propicio. Oía distantes, pero con claridad, las palabras de los actores, hasta que llegó por fin la frase esperada; el actor Harry Hawk espetó: “¡presuntuosa cazadora de viejos ricos!”



El atentado




Eran las 22:15 horas. En medio de las carcajadas que sacudieron la sala, Booth hizo girar el tirador con una vuelta rápida y silenciosa y se metió en el palco.






Lincoln se inclinó hacia delante y miró hacia abajo, a la izquierda de la audiencia, en la que pareció reconocer a alguien. Booth apuntó a la cabeza del Presidente y accionó el gatillo. Hubo un relámpago y una explosión ahogada. La bala impactó directamente. Lincoln dejó caer pesadamente la barbilla sobre el pecho y quedó inmóvil, como si se hubiera dormido de pronto.





El mayor Rathbone miró atónito a su alrededor. Estaba desconcertado y no entendía lo que ocurría. Vio entonces una sombra detrás del sillón del Presidente, sobre cuya cabeza se elevaba una nubecilla de humo. Rathbone entendió. Se levantó de su asiento, dio un salto hacia el atacante e intentó detenerlo. Sintió entonces que una hoja de acero le penetraba en el brazo hasta el hueso; retrocedió, volvió a arrojarse contra el intruso y se asió a él con todas sus fuerzas. Booth luchó por soltarse y ambos se enfrascaron en un breve forcejeo. Así llegaron ambos bregando hasta el antepecho del palco, donde el actor logró soltarse de Rathbone, empujarlo y pasar una pierna sobre la barandilla.



En el instante en que el militar se lanzaba de nuevo sobre él para apresado, Booth pasó la otra pierna afuera y saltó hacia el escenario. Al caer, se le enganchó una de las vistosas espuelas de acero en la bandera que adornaba el palco y aterrizó envuelto en una nube roja, blanca y azul, al tiempo que sentía un doloroso crujido algo más arriba del tobillo izquierdo: se había fracturado el peroné izquierdo. Se rompió además el pulgar derecho y al llegar al escenario, sufrió un corte en la ceja debido al puñal.




Se incorporó a pesar de la lesión y comenzó a cruzar el escenario, haciendo que el público creyera que él era parte de la obra. Los actores lo miraron con asombro, sin comprender lo que estaba ocurriendo. Muchos miraban hacia el palco presidencial y se escucharon algunos gritos. Booth se quedó mirando un momento hacia los asistentes y gritó: “¡Sic semper tyrannis!” (“¡Así siempre a los tiranos!”), una frase atribuida a Marco Junio Bruto, quien según la historia se lo dijo a Julio César, su padre adoptivo, en el momento de su asesinato. La frase se había declarado además el lema oficial de la Mancomunidad de Virginia desde 1776, a sugerencia de George Mason; de hecho, en el escudo de ese mismo estado se leía la frase, junto con una alegoría de la virtud que triunfa sobre la tiranía.


El llanto de Mary Lincoln y de Clara Harris, y el grito de Rathbone: “¡Detengan a ese hombre!”, le hicieron ver al público que la agitación no era parte del espectáculo. Con el puñal ensangrentado aún en la mano, Booth corrió tras los bastidores, entre los cuales una actriz aguardaba el momento de entrar en escena; la apartó de un empellón y desapareció como una sombra por el oscuro corredor que conducía a la puerta de los artistas. Al encontrar en el pasillo al director de orquesta, le lanzó dos puñaladas, una que le atravesó la chaqueta y otra que lo hirió en el cuello, y lo empujó a un lado. Desde la primera fila de plateas, un abogado de Washington llamado Stewart había vislumbrado fugazmente la breve lucha que se había desarrollado en el palco presidencial y, cuando vio a Booth dejarse caer al escenario, se puso de pie, saltó por encima de las candilejas y corrió en persecución del asesino. Pero en el momento en que llegó a la puerta de los artistas, ésta se cerró de un golpe. ¿La cerró alguien que estaba escondido allí en la oscuridad? ¿Algún tramoyista? Stewart forcejeó con el picaporte unos segundos y esa demora engendró un enigma más en el caso Lincoln.


En el callejón, el hombre encargado de cuidar del caballo alquilado por Booth lo aguardaba, pensando en la propina que recibiría, cuando lo vio llegar a la carrera. “Yo tenía agarrada la brida y el señor Booth me golpeó en el pecho con el mango de un cuchillo que llevaba en la mano, haciéndome caer, y en seguida me dio un puntapié”, declararía después. En ese momento, el abogado Stewart lograba abrir la puerta y salir gritando: “¡Deténganlo! ¡Deténganlo!” Logró asir la brida en el momento en que Booth hundía las espuelas en los ijares de su cabalgadura. La brida se le escapó a Stewart de las manos y la yegua se lanzó al galope por el callejón, desapareciendo en la oscuridad. Eran las 22:25 horas y se había logrado el objetivo principal de la conspiración.



La huida de Booth

Mientras tanto, en el interior del Teatro Ford, Charles Augustus Leale, joven cirujano militar que asistía a la función, atravesó la multitud en dirección al palco presidencial. La puerta no se abrió y Rathbone se dio cuenta que estaba bloqueada por un pedazo de madera. Retiró la tranca y le abrió a Leale. Este ingresó al palco y descubrió que Rathbone sangraba en abundancia por la herida profunda, a todo lo largo de su antebrazo. No se detuvo en él y avanzó directamente hacia Lincoln, desplomado en su asiento y sujeto por Mary. El Presidente estaba paralizado y casi sin respiración; lo recostó en el piso.



Charles Leale

Un segundo médico que también estaba entre el público, Charles Sabin Taft, llegó a la escena trepando por encima de la barandilla del palco. Taft y Leale le cortaron el cuello de la camisa a Lincoln y se la abrieron; luego, Leale lo palpó y descubrió la herida dejada en la parte posterior del cráneo, cerca de la oreja izquierda. Retiró un coágulo de la garganta, con lo cual el herido volvió a respirar. No obstante, Leale sabía que esta recuperación sólo era provisoria y exclamó: “Su herida es mortal. Será imposible de curar”.



Charles Sabin Taft

Leale, Taft y otro médico llamado Albert King se pusieron rápidamente de acuerdo y decidieron que el Presidente no podía ser llevado a la Casa Blanca debido a los tumbos de los carruajes. Después de considerar conducirlo al cercano saloon de Peter Taltavull, decidieron llevarlo a una casa en frente del teatro, conocida como la Pensión Petersen. Los tres médicos y algunos soldados que asistían al espectáculo llevaron al Presidente hasta la entrada. Alguien sugirió llevarlo a la taberna donde Booth había estado bebiendo, pero un militar espetó: "¡Nadie dirá que el presidente de los Estados Unidos murió en una cantina!" Del otro lado de la calle, un hombre sostenía una linterna y les dijo: “¡Tráiganlo aquí! ¡Tráiganlo aquí!” Se trataba de Henry Safford, residente de la casa de William Petersen.



Henry Safford

Los hombres lo colocaron sobre la cama de una habitación en el segundo piso. La vigilia del herido se llevó a cabo en la Pensión Petersen. Los tres médicos fueron acompañados por el cirujano general del Ejército de Estados Unidos, Joseph K. Barnes; el Dr. Charles Henry Crane; el Dr. Anderson Ruffin Abbott y el Dr. Robert K. Stone. Crane era el asistente de Barnes y Stone, el médico personal de Lincoln. Los hijos del Presidente, Robert y Thomas Lincoln, se unieron a ellos, al igual que el Secretario de la Armada Gideon Welles y el Secretario de Guerra, Edwin M. Stanton. Mientras tanto, el hijo menor del presidente, Tad, se enteraba del asesinato de su padre cuando un hombre interrumpió la función teatral de Aladino y la lámpara maravillosa y anunció que un hombre había disparado contra el presidente.



La cama donde acostaron a Lincoln


Lincoln era muy alto y no cupo en la cama, así que lo acostaron diagonalmente, con las piernas de fuera. En su antecámara, junto a la habitación en que agonizaba el Presidente, el Secretario de Guerra, Edwin Stanton, el mismo que había negado enviar a un mayor a cuidar a Lincoln, se apropiaba del poder supremo de la nación. Haciendo pupitre con un sombrero de copa apoyado en sus rodillas, garrapateaba una serie interminable de decretos y de instrucciones dirigidas al ejército, la marina y la Secretaría de Estado, entre ellos la de movilizar los ocho mil soldados del distrito para reforzar la guarnición de los fuertes.



Edwin Stanton


De tiempo en tiempo interrumpía la escritura y gritaba órdenes. Mandó que se concentraran la policía militar y la civil y se convocara a los detectives federales, los agentes del Servicio Secreto y todos los guardias disponibles, para proteger los edificios públicos y patrullar las calles.


Además, dispuso el embargo del Teatro Ford y el arresto de todos los artistas que participaban en la representación de Nuestro primo americano de Tom Taylor, y cuando Mary Lincoln dio muestras de histeria al ver agonizar a su esposo, ordenó que la alejaran del lecho del moribundo. Ella había gritado: "¡Yo conduje a mi esposo a su muerte!" Todo el tiempo, el médico Leale sujetó la mano de Lincoln.


Booth encargó a George Atzerodt asesinar al vicepresidente Andrew Johnson, quien se encontraba en el Hotel Kirkwood. Atzerodt debía presentarse en su habitación a las 22:15 horas y dispararle. Atzerodt reservó la habitación número 126, que se encontraba justo al lado de la de Johnson.



Andrew Johnson

Llegó al hotel y se dirigió al bar. Partió tras mantener una larga conversación con el barman, ebrio, errante por las calles de Washington. Nervioso, arrojó su cuchillo en la calle.


Llegó al Hotel Casa Pennsylvania dos horas después y allí alquiló una habitación, donde se quedó dormido, totalmente borracho.


De esta manera, quedó frustrada la tentativa de asesinar al vicepresidente y toda esperanza de desestabilizar el régimen.



George Atzerodt, el asesino borracho

En otra parte de la ciudad, David Herold, el más inteligente y seguro de los secuaces de Booth, daba vueltas por la ciudad, decidido a cumplir sus órdenes. Había ido al alojamiento de George Atzerodt para ocultar armas y demás elementos, luego al Hotel Nacional en busca de Booth, y a la caballeriza de Naylor para alquilar una montura.



David Herold

Mientras subía allí a una yegua roana, el mozo de cuadra le advirtió que debía devolverla a las 21:00 horas. Herold no lo hizo así. Eran las 22:10 horas cuando atravesaba la desierta plaza de Lafayette guiando a Powell, quien era demasiado torpe para recordar hasta las instrucciones más sencillas, y detenía su cabalgadura frente a la residencia de William Seward, el Secretario de Estado. Herold desmontó rápidamente y ató el caballo de Powell a un árbol, después volvió a montar de un salto en su yegua y se alejó.



William Seward

Seward, que habitaba una mansión en el Parque Lafayette, cerca de la Casa Blanca, vivía con su esposa y tres hijos: Frederick, August y Fanny. Esa noche, estaba acostado en su dormitorio del tercer piso. Pocos días antes había sido víctima de un accidente mientras iba en su carruaje y había sufrido la fractura de la mandíbula y del brazo derecho, desgarro de los tendones del pie y contusiones en todo el cuerpo. En un principio se temió que no pudiera salvarse, pero esa noche se encontraba algo mejor y estaba reclinado en varias almohadas, con el brazo derecho en un cabestrillo y el mentón metido en un soporte de cuero y acero. Su rostro anciano, coronado por la blanca cabellera, estaba pálido por la fatiga de los dolores físicos, tenía una mejilla inflamada y profundas ojeras.


Un veterano negro, el sargento George Robinson, actuaba como enfermero, y Fanny velaba junto al lecho, esperando oír la respiración tranquila que le indicaría que su padre se había quedado dormido. Éste se iba amodorrando poco a poco, aletargado también por el sufrimiento, cuando un vocerío rompió de pronto el silencio que reinaba en la casa.


Frederick W. Seward corrió en bata y zapatillas para averiguar el motivo del alboroto. Luego declararía: “Se presentó un hombre alto y bien vestido, y como insistiera en que llevaba un medicamento y un mensaje de parte del médico, el criado William Bell le permitió llegar hasta el tercer piso”. Frederick desconfió y lo despidió afirmando que su padre estaba dormido. En ese preciso momento, la hija de Seward, Fanny, habiendo escuchado su conversación, salió de la habitación de su padre y dijo: “Fred, nuestro padre está despierto ahora”; luego retornó, revelando así a Powell donde se encontraba Seward.



Frederick W. Seward

Powell descendió la escalera para volverla a subir enseguida, siempre a la carrera, blandiendo su revólver, mismo que apuntó a la cabeza de Frederick. Jaló el gatillo para matar a Frederick, pero el arma falló y entonces Lewis Powell se lanzó enfurecido con toda su fuerza hercúlea sobre Frederick Seward, antes de que el joven pudiera defenderse. Empezó a darle golpes tan terribles con la pistola que ésta se rompió. El criminal se la arrojó a la cabeza, retrocedió y sacó un cuchillo de monte; Frederick se desplomó con el rostro bañado en sangre. Powell se echó contra la puerta del dormitorio, con tanta fuerza que el empujón abrió violentamente la hoja hacia adentro, y llegó en dos saltos hasta la cama.



La pelea entre Powell y Frederick Seward

William Seward, medio adormecido, tuvo apenas tiempo para ver el cuchillo, y se hizo atrás encogiéndose para eludir el golpe, pero la hoja le abrió un gran tajo desde el pómulo hasta la barbilla. Con un grito ahogado, trató de levantarse y escapar del asesino, que ya estaba encima de él, obligándolo a arrodillarse y tirándole del cabello para echarle atrás la cabeza a fin de poder degollarlo. Una y otra vez Powell apuñaló terriblemente la mandíbula fracturada, pero advirtió con rabia y asombro que del cuchillo saltaban chispas y que casi se le escapaba de la mano; entonces vio que Seward llevaba puesto un collar ortopédico y comenzó a darle furiosos tajos. La sangre salpicó los hombros del herido que, sin saber cómo, logró arrojarse al suelo.



El ataque a William Seward

Powell sintió que unos brazos lo asían y lo separaban de su víctima y que una niña daba alaridos de terror; se volvió y encontró a dos hombres, uno blanco y otro negro, que luchaban contra él. Mediante un tremendo esfuerzo se desprendió del primero, lo arrojó contra una silla y le tiró una cuchillada; luego giró sobre sí mismo con rapidez e hirió al otro, apartó unas sillas a puntapiés y salió corriendo. A sus espaldas dejaba una de las escenas más sangrientas en el desarrollo de esos crímenes; Frederick Seward yacía desmayado en un charco de sangre; su hermano August estaba tambaleándose con las manos en la cabeza y una parte del cráneo al descubierto; George Robinson con el pecho y los hombros acuchillados, mientras Fanny era presa de un ataque de nervios y la esposa de Seward entraba aterrorizada en el dormitorio para ver qué le había pasado a su marido. Sobre la alfombra ensangrentada yacía postrado el Secretario de Estado, con el brazo fracturado torcido en una postura grotesca, la cabeza caída a un lado y la mandíbula dislocada.


Fanny Seward gritó: “¡Oh, por Dios, padre está muerto!” El sargento Robinson alzó al Secretario de Estado y lo colocó en su cama. Seward escupió sangre y dijo: “¡No estoy muerto; llamen a un médico y a la policía! ¡Cierren las puertas!” Sus heridas eran graves, pero los golpes no habían tocado ningún órgano vital. Mientras tanto Powell, con las manos y la chaqueta rojas de sangre, bajaba a saltos la escalera, gritando a voz en cuello: “¡Estoy loco! ¡Estoy loco!” De una de las habitaciones de la planta baja salió un hombre que comenzó a subir la escalera. Era un mensajero, Emerick Hansell, quien había llegado con un telegrama para Seward. Pero el criminal se arrojó sobre él y Ie hundió el cuchillo en el pecho hasta la empuñadura. El hombre se desplomó y Powell, ya sin obstáculos, llegó a la puerta de la calle.



Emerick Hansell

En un segundo advirtió que David Herold lo había dejado solo. Desde la ventana de la planta alta, se escuchó una voz femenina que gritaba: “¡Al asesino! ¡Al asesino!” Powell desató la yegua, montó y se dirigió calle arriba con su cabalgadura al paso, tranquilamente, sin ocuparse de los alaridos que sacudían la noche. No se le podría haber ocurrido una retirada más efectiva que esa. August Seward apareció en la entrada con un revólver, pero estaba demasiado aturdido para tomar puntería y la sangre que brotaba de su cabeza le caía sobre los ojos, cegándolo. Varias sombras empezaron a correr bajo la luz incierta de los faroles, resonó el empedrado con el ruido de botas, pero Powell seguía alejándose lentamente a caballo. Sin embargo, comprendió que se había equivocado de rumbo; aunque Herold le había explicado media docena de veces esa noche el camino que debía tomar para huir, no podía recordarlo bien. Frenó al animal y se detuvo un instante para secarse la boca y las mejillas. William Bell, el criado de Seward que le había abierto la puerta al atacante, corrió a la calle y señalando a Powell chilló: “¡Al asesino!” Powell hizo adelantar algo su cabalgadura. El criado volvió a gritar: “¡Al asesino!” Bell era un muchachito negro, pequeño y débil, pero siguió a Powell sin cesar, a unos doce pasos de distancia, mientras repetía las voces de alarma. El asesino volvió la mirada hacia su perseguidor, advirtió que era uno solo, vio su figura esmirriada, y con un gruñido de desprecio puso su caballo al trote. El mozo se dio por vencido.



Lewis Powell, el asesino sanguinario

En esos momentos eran tres los conspiradores que corrían por las calles oscuras y enlodadas de Washington: John Wilkes Booth, Lewis Powell y el asustado David Herold. Los más diversos y disparatados rumores empezaban a circular en torno a ellos. Que el Vicepresidente había sido asesinado, que el general Grant estaba muerto, que la rendición de Lee no había sido más que una treta para hacer deponer las armas a los norteños, que los rebeldes atacaban la capital. Por los barrios residenciales corrían los mensajeros militares, y los alarmados vecinos se aprestaban a defenderse con fusiles, pistolas y cuchillos.¿Qué era del vicepresidente Johnson, entre tanto? Según una versión, Edwin Stanton lo "despidió" después de una breve conversación. Sea como fuere, Johnson no tuvo intervención visible en los acontecimientos de esa noche. El Jefe de la Corte, David Kellogg Carter, comenzó a recibir la declaración de los testigos oculares del hecho.



David Kellogg Carter

Un pensionista de la casa aledaña, el cabo James Tanner de 21 años, un veterano de guerra y amputado doble, puso al servicio de la corte sus habilidades en taquigrafía para transcribir los testimonios de los testigos. Durante más de diez horas, Edwin Stanton fue juez supremo, jefe de policía y dictador de la Unión, todo en uno; ejerció todos los poderes del Presidente como si fuera una junta compuesta por un solo miembro, y algunas de las medidas que adoptó siguen siendo un enigma hasta el día de hoy.



James Tanner






Con el objeto de cerrar la huida a los asesinos, envió fuerzas policiales a las estaciones de ferrocarril y luego ordenó el bloqueo del río Potomac por la Armada, mandó al ejército que levantara barricadas en las salidas de los seis grandes caminos que conducían al este, nordeste, norte, noroeste, oeste y sur de la capital. Sin embargo, esto dejaba abiertas dos vías de escape que cualquier jinete podía alcanzar con sólo cruzar el Río Anacostia por un largo puente de madera llamado Arsenal Naval. Estos otros dos caminos llevaban al sur de Maryland, una región partidaria de los rebeldes y que servía de entrada a la línea de comunicación clandestina con Richmond, la capital confederada. No se comprende, pues, cómo pudo Stanton, que había cerrado todas las demás salidas, dejar bien abiertas esas rutas esenciales durante toda la noche del atentado. Entre las disposiciones en vigor con motivo de la guerra civil, figuraba el cierre a las 21:00 horas del portón que daba acceso al puente Arsenal Naval. Eran ya las 22:45 horas cuando el sargento Silas T. Cobb, que mandaba la guardia del puente, oyó el ruido de cascos que se acercaban a la carrera por el extremo en tinieblas de la calle; luego apareció una yegua baya, cuyo jinete la detuvo a tiempo para que un soldado le cogiera la brida. Era Booth, quien dijo su nombre y después añadió que se dirigía de regreso a su casa. Cobb lo tomó por un mozo que había ido a divertirse a Washington. Dio lentamente una vuelta en torno a él con mirada inquisidora para ver si advertía algo sospechoso en el animal o el jinete, y como no fue así, dio un paso atrás y lo dejó pasar. Booth picó espuelas y cruzó el puente al galope. La extraña conducta del sargento no fue motivo de investigación o reprimenda alguna, pues sus superiores la aceptaron como fruto de un error desafortunado, pero excusable. Cobb no tenía motivos para suponer que ese joven que andaba a caballo a una hora avanzada de la noche, acababa de asesinar al Presidente de los Estados Unidos.



Silas T. Cobb

Permitirle el paso a Booth no fue, empero, el único error cometido por Cobb aquella noche. Pocos minutos después, llegó un segundo jinete al galope. Era David Herold, y a la pregunta del sargento respondió de mal humor que se llamaba Thomas, que había ido a ver a una mujer y que regresaba a su casa.



David Herold, el acompañante de Booth

El hombre parecía bastante inofensivo, de forma que Cobb hizo una seña afirmativa a los centinelas, quienes abrieron el portón. Otros minutos trascurrieron y se aproximó un tercer jinete. Era el caballerango a quien alquilara Herold la yegua roana con el compromiso de devolverla a las 21:00 horas. Al huir de la casa de Seward, había pasado Herold frente a la caballeriza, y John Fletcher, el capataz, que estaba al acecho del animal no entregado, lo había visto.


Saltando a su caballo, se había lanzado en su persecución y llegado así hasta el puente. Explicó el caso al sargento e insistió en que tenía que cruzar. Pero esta vez, Cobb denegó el permiso, arguyendo que el puente estaba cerrado. Fletcher, furibundo, se dirigió al departamento central de policía a denunciar el robo, y el jefe, que relacionó en seguida el cruce de los jinetes hacia el sur con los atentados, pidió caballos al ejército para enviar un pelotón armado en su busca. Pero la única respuesta del mando militar a la petición de caballos para un destacamento policial, fue que no había monturas disponibles, y que dejaran al ejército ocuparse de la persecución. Sin embargo, los militares no hicieron nada al respecto hasta el día siguiente, muchas horas después de la huida de los asesinos. ¿Por qué? ¿Era consecuencia de un exceso de formalidades y de la simple torpeza burocrática? ¿O había acaso un método y una finalidad de carácter siniestro en la inexplicable actuación del secretario Stanton?


Herold alcanzó a Booth a cierta distancia, del otro lado del río Anacostia, y ambos continuaron juntos a rienda suelta hacia el sur. Al llegar la medianoche, Booth ya no podía soportar más los dolores ocasionados por la fractura de la tibia izquierda, sufrida al saltar del palco presidencial. Cada sacudida del estribo le producía mil torturas. Pensó que una bebida fuerte lo aliviaría y se detuvo al llegar a una taberna de Surrattsville, quince kilómetros al sur de Washington, donde los conspiradores habían escondido armas y equipo para una de sus anteriores tentativas de secuestro.


Los jinetes llamaron a la puerta y despertaron al tabernero John M. Lloyd, un ebrio consuetudinario, que medio dormido fue en busca de las armas ocultas, mientras Booth se bebía una botella de whisky. Lloyd diría después que no tenía la menor idea del uso al que se destinaban las armas. En seguida, los dos fugitivos reanudaron la marcha en dirección a Port Tobacco, donde les aguardaba un barco para hacerles cruzar el río Potomac. Pero Booth sintió que no podría resistir el dolor de la pierna inflamada, que la bota oprimía como un torno de hierro, y le dijo a Herold que era necesario encontrar un médico. El más próximo era Samuel Mudd, de Bryantown, al que había conocido en la casa de huéspedes de Mary Surratt. Decidieron correr el riesgo y desviarse quince kilómetros de la ruta de escape tan bien planeada. Esa decisión les fue fatal.



La taberna en Surrattsville

El jefe de policía de Washington, mayor A.C. Richards, que se encontraba en la sala del Teatro Ford la noche del asesinato, había reconocido inmediatamente a Booth. Buscó por todas partes al centinela que debía estar de guardia frente al palco presidencial, y al no hallado salió rápidamente para el departamento central. Richards era un funcionario competente y enérgico; a los pocos minutos había dado instrucciones al tercio de guardia, hecho llamar policías de reserva y enviado investigadores al teatro. A las 02:00 horas del sábado 15 de abril, después de haber interrogado a docenas de testigos, tenía tres nombres vinculados al crimen: John Wilkes Booth, David Herold y John Surratt Jr. También poseía una dirección de importancia fundamental: Calle H número 541. Inmediatamente ordenó al detective John Clarvoe que allanara la casa de huéspedes de Mary Surratt y arrestara a Booth y Surratt. Eran más o menos las 02:15 horas cuando se presentó Clarvoe con diez agentes vestidos de civil frente a la casa de la calle H. El recepcionista Louis J. Weichmann contestó la llamada y los policías se pusieron rápidamente a hacer pesquisas por la casa; al reunirse todos más tarde en el vestíbulo, aquel protestó: “Señores, ¿qué significa esto de registrar un domicilio a hora tan intempestiva?” El detective le clavó la mirada y repuso: “¿Es que nos va usted a decir que no sabe lo que sucedió?” El pensionista meneó la cabeza sin comprender. Entonces Clarvoe le mostró un trozo de corbata negra. “¿Ve o no ve sangre aquí? ¡Es sangre de Lincoln! John Wilkes Booth le ha disparado al Presidente”.



La casa de huéspedes

Cuando la señora Surratt, salió de su dormitorio, Weichmann le dio tartamudeando la noticia y aquélla alzó las manos en un ademán de asombro. “¡Dios mío! ¡No me diga semejante cosa, señor Weichmann!”, exclamó. Más tarde, Clarvoe recordó que su expresión de sorpresa y de horror le pareció sincera. Al ser interrogada, Mary Surratt admitió inmediatamente que conocía a Booth y dijo que lo había visto la tarde anterior, pero insistió en que hacía dos semanas que no veía a su hijo John.



Mary Surratt

Clarvoe se encontró en un atolladero: había recibido la orden de arrestar a Booth y Surratt, pero no estaban en la casa. Weichmann prometió presentarse a las 08:00 horas en el departamento de policía y con esta garantía los agentes se retiraron. Por cierto que Louis J. Weichmann informó a las autoridades sobre el plan de Booth de secuestrar a Lincoln y, no obstante, sólo reveló al parecer una parte del complot. ¿Era tal vez un informante a medias y quería quedar bien al mismo tiempo con los conspiradores y con las autoridades? Por lo menos, tal fue la acusación que se le hizo.


A las 04:00 horas del 15 de abril, David Herold y John Wilkes Booth llegaron a la puerta de la granja del Dr. Samuel Mudd, y el primero fue a tocar. Pasaron unos instantes hasta que el médico respondió. Supuestamente, Herold le dijo que Booth había caído de su caballo y sufría mucho.



La granja de Samuel Mudd

El médico salió y entre los dos desmontaron a Booth y lo llevaron al dormitorio del piso alto. Dando un tajo a la bota para abrirla, el médico entablilló provisionalmente la pierna y después de cubrir a Booth con una manta, salió a cumplir las primeras tareas campestres del día que empezaba.



El Dr. Samuel Mudd

A mediodía volvió a examinar la lesión de la pierna. Mudd arregló con un carpintero, John Best, fabricar un par de muletas para Booth. "No tenía pasta adecuada para hacer férulas. Entonces tomé un pedazo de caja de cartón y lo dividí por la mitad, lo doblé en ángulo recto, y tomé algo de pasta y lo coloqué en una férula", declararía después.


Booth y Herold pasaron entre doce y quince horas en la casa de Mudd. Durmieron en el cuarto del frente en el segundo piso. No está claro si Mudd ya había sido informado de que Booth había atentado contra el Presidente Lincoln.



La bota de Booth

Mientras tanto, en Washington, nada más se pudo hacer por el herido: tras una agonía que duró nueve horas, ya en la mañana del 15 de abril de 1865, a las 07:22 horas, Lincoln falleció a la edad de 56 años. Colocaron dos monedas sobre sus párpados. Todos se arrodillaron en torno a la cama y rezaron. Cuando se levantaron, Edwin Stanton declaró: “Ahora pertenece a la eternidad”. Según otras versiones, aseveró: "Ahora pertenece a los ángeles".



La muerte de Lincoln

Durante la mañana del 15 de abril y ante los eventos, el actor John Matthews quemó la misiva que le había dado Booth para entregar a un periódico. Al mismo tiempo, Samuel Mudd fue a Bryantown para comprar algunas cosas; si aún no conocía la noticia del asesinato de Lincoln, seguramente lo descubrió en el viaje. Regresó a su casa esa tarde, y los relatos difieren acerca de si Booth y Herold ya se habían ido, o si Mudd se encontró con ellos mientras se iban, o si se fueron a instancias de Mudd y con su ayuda. Cualquiera que sea la verdad, Mudd no dio cuenta inmediata a las autoridades. Cuando se le preguntó, dijo que no había querido dejar a su familia sola en la casa por si los asesinos volvían y lo encontraban ausente y a su familia desprotegida.


Mudd les dio a los fugitivos el nombre del coronel Samuel Cox, dueño de una embarcación en la que podrían atravesar el Potomac. Si Booth y Herold hubieran seguido las indicaciones de Mudd y encontrado a Cox sin demora, quizá podrían haber escapado, pero al cerrar la noche se extraviaron cerca de una iglesita perdida en los bosques. La senda que tomaron terminaba en un pantano por el cual debieron avanzar lentamente, y como Booth sufría mucho al rozársele la pierna con la montura, siguió a pie. Cada vez que las muletas se hundían en el cieno, el peso del cuerpo se recargaba sobre la pierna herida y una y otra vez Booth caía en el lodo. No fue sino hasta pasada la medianoche del sábado cuando lograron llegar a la granja de Cox, y ya era demasiado tarde para arriesgarse a cruzar el Potomac: las tropas federales pululaban en ese momento por todas partes. El coronel Cox ocultó y alimentó a los fugitivos durante seis días en un pantano existente a tres kilómetros de su casa, mientras miles de soldados y policías los buscaban.


El 16 de abril, Domingo de Pascua, el Dr. Samuel Mudd le pidió a su primo segundo, George Mudd (que vivía en Bryantown) que notificase a la Caballería de Nueva York Número 13 en Bryantown, bajo el mando del teniente David Dana. Esta demora en ponerse en contacto con las autoridades levantó sospechas y fue un factor importante en la vinculación de Samuel Mudd en la conspiración.


Booth llevó durante esa semana un diario. Allí asentó sus pensamientos, que giraban todos en torno a su persona. Se consideraba un héroe incomprendido por aquel pueblo "demasiado hundido en la decadencia" para apreciar su elevada misión y se lamentaba como un mártir: "Si el mundo hubiera conocido mi corazón, esta hazaña me habría dado eterna fama, aunque yo no buscaba la grandeza. Perseguido como un perro a través de bosques y pantanos, empapado, hambriento y con frío, teniendo a todos en mi contra, me encuentro aquí desesperado. ¿Y por qué? Nunca he odiado ni hecho mal a nadie. Mi alma es demasiado grande para que yo muera como un criminal".



La ruta de escape de Booth (click en la imagen para ampliar)

El 17 de abril de 1865, Lunes de Pascua, el comandante de las fuerzas militares bajo las cuales había sido puesta la capital, general Cristopher C. Augur, dispuso que fueran detenidos todos los moradores de la casa de huéspedes. Unos soldados esperaban en la sala mientras las señoras se vestían y otros permanecían escondidos afuera por si se encontraba algún nuevo indicio. A eso de las 11:20 horas se oyeron pasos en la acera; frente a la casa, un hombre que llevaba un pico al hombro se detuvo y tiró del llamador. A las preguntas de los policías contestó que esa mañana lo había mandado llamar Mary Surratt para cavar una zanja. En esos momentos la aludida entró en la habitación donde se realizaba el interrogatorio, alzó los brazos al cielo y dijo muy agitada: “¡Juro por Dios que nunca he visto a este hombre!” Arrinconado por una batería de revólveres y obligado a decir quién era, el visitante farfulló unas palabras y tendió un Juramento de Lealtad, documento indispensable en el Norte para no ser tomado por rebelde. El sospechoso firmó el certificado con su nombre: era Lewis Powell.



El arresto de Lewis Powell

El detenido persistió con gesto desafiante en su historia de la zanja hasta que, llevado al puesto de mando del general Augur, la policía lo puso frente a William Bell, y el criado negro de William Seward lo reconoció inmediatamente. Powell, maniatado con grilletes, fue metido en un calabozo del barco Saugus, anclado en el río Potomac, donde permaneció incomunicado, y la Secretaría de Guerra anunció que había sido capturado el atacante de Seward.



Cristopher C. Augur

Ese día fue memorable para las autoridades que investigaban el crimen. Fueron arrestados Mary Surratt, Lewis Powell, dos de los cómplices secundarios de Booth, llamados Michael O'Laughlin y Samuel Arnold, y un lacayo de aquél, Edward Spangler. Para entonces, la búsqueda de los asesinos se había convertido en una cacería de brujas con visos de histerismo colectivo. Se arrestaba a montones de personas que no sabían nada del asesinato y los cargos que se les formulaban iban desde la "complicidad" hasta la "conducta sospechosa". Los jefes militares regionales enviaban a Washington a lados los que se hallaban bajo la más mínima sospecha; pronto entraron a participar en la búsqueda las autoridades policiales de las ciudades del interior y los comisarios de campaña. Las cárceles comenzaron a desbordar de presos.


Los parientes de Booth fueron de los primeros en sufrir las consecuencias de esa reacción popular. Su hermana Asia Booth Clarke, encinta de cinco meses, estuvo a punto de sufrir una postración nerviosa cuando la policía invadió violentamente su casa y se llevó esposado a Washington a su marido, que era completamente ajeno al crimen. Pero la sombra de la sospecha cayó con más fuerza sobre Junius Brutus Booth Jr., hermano del asesino, que estaba en Cincinnati con una compañía teatral la noche del 14 de abril. Al llegar a esa ciudad la noticia, una turba enfurecida asaltó el hotel en que se alojaba; Junius Brutus huyó por una puerta lateral y logró viajar hacia el este sin ser reconocido, hasta que el día 26 fue detenido en Filadelfia. Cuando lo encerraron en la prisión del Viejo Capitolio estaba iracundo, pues durante toda la Guerra de Secesión había sido partidario del Norte.



Junius Brutus Booth Jr.

Joseph Booth, otro hermano de John, tuvo la sorpresa de verse arrestado al desembarcar en Nueva York de un vapor en que acababa de llegar de San Francisco, lo cual era prueba suficiente de que no podía haber tenido nada que ver con el atentado. Puesto en libertad después de un estrecho interrogatorio que duró varias horas, no olvidó nunca la prueba por la que pasó y durante muchos años se negó a considerar a John Wilkes Booth como hermano suyo. Sin duda los miembros de la familia Booth eran símbolos de culpa para Stanton y mientras no pudiera echar mano al verdadero responsable, creía muy apropiado encerrar en la cárcel a todo el que tuviera lazos de sangre con él.



Joseph Booth

Otro síntoma de la fiebre que hizo presa del país en los días que siguieron al asesinato, fue que se creyera ver al propio Booth en una docena de ciudades del Norte a un tiempo; en Washington había quienes juraban haberlo encontrado en la avenida Pensilvania y varios neoyorquinos se presentaron para comunicar que lo habían divisado nada menos que en Broadway. En Niagara Falls, Bastan y Chicago fueron denunciados varios "Booths". Aparte de eso, un ciudadano que tenía la desgracia de llamarse John Wilkes Booth fue detenido en Tamaqua (Pensilvania), y todavía otro del mismo nombre fue perseguido a través de la ciudad de Detroit y alcanzado en Montreal. Aunque todos esos esfuerzos por dar con el criminal fueran infructuosos, era casi inevitable que tarde o temprano se descubriera la verdadera pista. El lunes 17 de abril, había comenzado a toda marcha la operación de la búsqueda y pronto las tropas que recorrían al galope la región sur de Maryland y que alcanzaban la cifra de diez mil hombres, habían tendido una enorme red que cubría los distritos de Prince Georges y Charles. Curiosamente, las fotos que se incluyeron en el cartel de búsqueda de los asesinos habían sido tomadas por Alexander Gardner, el mismo fotógrafo que hizo las placas finales de Lincoln.



El cartel de búsqueda de los asesinos (click en la imagen para ampliar)

Los soldados no tuvieron grandes dificultades para encontrar las verdaderas huellas de Booth. En poblaciones como Allen's Fresh y Port Tobacco, la mitad de los vecinos parecían conocer bien a John Surratt Jr., David Herold y George Atzerodt. En Surrattsville, el tabernero Lloyd en lugar de echarse a temblar cuando un pelotón de caballería apareció por su local, se mostró tan locuaz y dispuesto a contestar a cuantas preguntas se le hicieron, que logró zafarse del nudo corredizo que sobre él se cernía y se convirtió, en cambio, en uno de los principales testigos de cargo. Lloyd juró que la señora Surratt lo había visitado la tarde del crimen para advertirle que unas armas escondidas en la taberna "serían recogidas esa noche", y esa declaración sirvió para condenar a aquélla a la horca. El tabernero confesó también que Booth había hecho alto allí durante su fuga, y así fue posible reconstruir la ruta seguida por éste.



Los titulares

El siguiente sospechoso de importancia que cayó en la red fue el Dr. Samuel Mudd. A raíz de un informe anónimo, el mismo teniente de caballería que arrestara a Lloyd se dirigió con su pelotón a la granja del médico y lo interrogó. En un principio, el Dr. Mudd se mostró poco comunicativo y solamente confesó que en la madrugada del 15 habían llegado a su casa dos jinetes, uno de ellos con la pierna fracturada por haber caído de su caballo, y que él se la había entablillado, pero sostenía que aquellos jinetes le eran completamente desconocidos. El teniente insistió, hasta que al fin el médico "reconoció que era Booth el hombre a quien había atendido, ayudándolo a pasar el pantano". En el acto fue detenido.


El miércoles 19 de abril era apresado otro de los principales conspiradores: George Atzerodt, totalmente borracho, quien se ocultaba en la granja de un primo suyo. Fue arrojado a la bodega del Saugus con los demás presos.



George Atzerodt bajo arresto

Los detenidos no habían sido sujetos a un sumario judicial en forma, sino meramente acusados y puestos en prisión a la espera de ser procesados, pero hasta los curtidos carceleros del barco monitor se quedaron espantados ante el cruel tratamiento al que se les sometió.


El asesinato tuvo un impacto duradero en Estados Unidos y Lincoln fue llorado en todo el país. Incluso hubo ataques en muchas ciudades contra aquellos que expresaron apoyo a Booth. Sus restos tuvieron un Funeral de Estado y una serie de guardias de honor velaron ante el ataúd, abierto para que fuera contemplado por última vez.



El cadáver de Lincoln

En el Domingo de Pascua posterior a la muerte de Lincoln, clérigos de todo el país elogiaron a Lincoln en sus sermones. Millones de personas acompañaron la procesión fúnebre en las calles de Washington D. C. el miércoles 19 de abril.



El funeral


El jueves 20 de abril, el secretario de Guerra Stanton dictó una severísima proclama: "Todas las personas que den asilo o escondite (a Booth o Herold) o los ayuden a ocultarse o escapar, serán tratadas como cómplices en el asesinato del Presidente, sometidas a proceso ante un tribunal militar y condenadas a muerte". La severidad del decreto, que hizo estremecer a los pobladores de esa región de Maryland donde Booth se hallaba escondido, probablemente tuvo consecuencias desfavorables al desanimar a los posibles informantes. Sin embargo, algunos datos se filtraron.



El oficial de la policía militar James Rowan O'Beirne, que llevaba un registro diario de las actividades de su destacamento, hizo el 20 de abril una anotación significativa: "El sirviente de Samuel Cox manifiesta que en los últimos días éste se ha dedicado a cocinar alimentos y llevarlos a unas personas que se encuentran en el pantano". Pero los detectives de O'Beirne no siguieron esa pista y el viernes o el sábado por la noche, una semana después del crimen, cuando las tropas federales llegaron al pantano que se extendía detrás de la casa de Cox, Booth y Herold ya habían cruzado el río Potomac en dirección a Virginia. Allí logró el segundo localizar a una tal señora Quesenbury, que formaba parte de la línea de comunicación clandestina de los rebeldes, y los fugitivos fueron pasados secretamente de mano en mano hasta dar en la choza que tenía en medio del bosque un negro liberto llamado Lucas.



James Rowan O'Beirne

He aquí lo que declaró éste en el proceso: “Uno de los hombres dijo: ‘Queremos descansar esta noche aquí’, y yo contesté: ‘No se puede, porque a los negros no se nos permite alojar a los blancos. Además, tengo sólo un cuarto y mi mujer está enferma’. El que andaba en muletas sacó un cuchillo de caza y gritó: ‘¿Te gustaría sentir el filo de este puñal?’ Mi esposa y yo nos acomodamos en los escalones de la entrada y nos quedamos allí toda la noche. Por la mañana los intrusos se apoderaron de mis caballos y partieron sin decir palabra”. A una hora indeterminada, los prófugos se encontraron con tres hombres que habían pertenecido a las fuerzas de los confederados, sondearon acerca de sus simpatías y como las encontraran favorables, dijeron quiénes eran y pidieron que los ayudaran.



El Funeral de Estado





Uno de los ex-combatientes, el capitán William Jett, de 18 años de edad, se ofreció a guiarlos hasta la finca tabacalera de Richard Garrett situada a cinco kilómetros al sur de Port Royal, en Virginia, y a 125 kilómetros de Washington. Allí presentó a Booth como su amigo "John William Boyd, antiguo soldado rebelde herido en las batallas libradas en torno a Richmond", y pidió a Garrett que lo atendiera hasta el miércoles por la mañana, en que él iría a buscarlo. A partir de este momento, no hay nada que pueda darse por seguro de lo que se escribió o declaró en el proceso acerca de lo sucedido posteriormente en la granja de Garrett. Tampoco se sabe exactamente qué dijo Booth a los Garrett y a Jett, ni aceptarse como totalmente veraces los informes de los agentes federales que recorrían por entonces el camino de Port Royal a Bowling Green.



William Jett

El 21 de abril, los restos del presidente asesinado fueron transportados en tren a lo largo de 2,700 kilómetros. El convoy se detuvo en Baltimore, Harrisburg, Filadelfia, Nueva York, Albany, Buffalo, Cleveland, Columbus, Indianápolis y Chicago antes de llegar, el 3 de mayo, a la ciudad natal de Abraham Lincoln: Springfield en Illinois.A lo largo del trayecto, el Tren Fúnebre fue visto por millones de estadounidenses que se reunieron a los lados de la ruta.



El Tren Fúnebre



El lunes 23 de abril, Stanton dictó una orden por la que disponía que se pusiese a los prisioneros "una bolsa de lona sobre la cabeza, atada alrededor del cuello"; eran bolsas sin agujeros a la altura de los ojos, para que no pudieran ver, y tenían sólo unos tajos pequeños cerca de la nariz y la boca, para que respirasen con dificultad, así como almohadillas de algodón bien apretadas contra los ojos y los oídos. Encerrados en esos cepos de tela, los prisioneros estaban ciegos, sordos y medio ahogados. El médico de la cárcel protestó ante Stanton y pidió que se aflojaran las capuchas para que no se asfixiaran, pero no se le hizo caso. Lewis Powell, el más robusto de todos, sufrió un ataque de locura y trató de suicidarse dándose de cabezazos contra los barrotes de hierro de su celda. En cuanto a los demás, aguardaban su suerte en las tinieblas, llenos de temor.



Lewis Powell, encadenado


El martes 24 de abril, a la hora de cenar, apareció Jett al galope frente al portón de la granja, y llamando a Booth le dijo que tropas federales estaban cruzando el río Rappahannock en balsa, en dirección a Port Royal. Booth se mostró muy agitado, y poco después se oyó el resonar de cascos, que fue aproximándose, hasta que en la penumbra crepuscular se vio pasar al galope frente a la casa un escuadrón de caballería de la Unión, con banderolas al viento y gran estruendo de sables. Iban en persecución del capitán Jett, según se supo después.



La granja de los Garrett

William, el joven hijo del dueño de casa, que estaba en la galería, exclamó: “¡Deben ir a Bowling Green!” Booth y Herold no aguardaron más y, con gran sorpresa de los Garrett, se lanzaron a la carrera hacia el pinar existente más allá de la plantación de tabaco, el primero dando grotescos saltos con sus muletas y el otro a toda velocidad. Se internaron en la espesura y se perdieron de vista, dejando a la familia recelosa e inquieta. Cuando desaparecieron los soldados, los fugitivos regresaron. Mientras tanto, en Washington aparecían fotografías de un falso cadáver de Lincoln, que se vendían como postales.



El falso cadáver de Lincoln



En la granja se encontraba pasando unos días la señorita L.K.B. Holloway, cuñada de Garrett, maestra de escuela y resuelta partidaria de los rebeldes, quien más tarde declaró que su sobrino William había resuelto investigar el extraño comportamiento de los dos huéspedes. El 25 de abril, como se enterase por unos vecinos de que las tropas federales buscaban a un hombre herido en la pierna y acompañado por otro, el jovencito dijo a Booth al volver a su casa: "Tienen que irse en cuanto aclare. No quiero que mi padre se vea en peligro por ustedes". Entonces se produjo el episodio más curioso de esa curiosa jornada. "Cuando llegó la hora de ir a dormir", añadió la señorita Holloway, "Booth se negó a subir a los dormitorios y declaró que prefería descansar en cualquier otro lugar. William llevó a aquél y a Herold al depósito de tabaco que había cerca de la casa y cuando entraron cerró la puerta con candado, cuya llave entregó a su tía, con la recomendación de que no se la diera a nadie, pues él creía que aquellos hombres tenían el propósito de robarles unos caballos y escapar". Sin duda, esto resulta fantasioso. ¿Cómo es posible qué Booth, por cuya captura se había ofrecido una recompensa de 100.000 dólares, conocida en todo el país, consintiera en que lo encerrasen bajo llave en un galpón? Tanto él como su cómplice estaban armados hasta los dientes y si hubiesen temido una celada, les habría bastado amenazar de muerte a los Garrett o hacer saltar el cerrojo de un tiro. O en todo caso podrían haber escapado calladamente. Sin embargo, parece que no esbozaron la menor protesta.



Lewis Powell bajo custodia


El 26 de abril pasada la medianoche, sucedió otra cosa extraña: un pelotón de caballería federal, mandado por el teniente Edward P. Doherty, entró a la carrera en Bowling Green y rodeó el hotel en que dormía, medio desvestido, William Jett. Alguien había dado la noticia a los norteños, tal vez el chico de los Garrett, tal vez uno de los muchos campesinos y aldeanos que pudieron haberlo visto en compañía de los fugitivos, pero en el informe que presentó luego el jefe del destacamento no se aclaraba nada de eso, limitándose a exponer: "Hicimos bajar a Jett, y le explicamos el motivo que nos llevaba, y añadimos que si no nos decía dónde se encontraban los hombres, sufriría las consecuencias". El joven oficial de los confederados había visto ya bastantes sufrimientos y confesó todo.



Edward P. Doherty

En la granja, la señorita Holloway se despertó sobresaltada y se incorporó en la cama (o por lo menos, eso fue lo que declaró). Había oído ruidos extraños afuera: algo que sacudía la maleza, el resonar de botas en el portal, el chirrido de vainas y espuelas, y en seguida una serie de fuertes golpes en la puerta de la cocina. Los soldados de Doherty acababan de llegar a la granja. “¡Abran en seguida!”, gritaron. La señorita Holloway oyó alzar la hoja de una ventana y la voz de Garrett preguntando: "¿Quién anda ahí?" Holloway corrió a la ventana y vio a muchos de los odiados soldados yanquis, que ya habían invadido el patio y se abrían paso por el jardín pisoteando las lilas. Relucía en la noche el metal de las carabinas, hebillas y espuelas. “¡Abran la puerta o la echamos abajo!”, sentenciaron. Al ir en dirección al vestíbulo, la señorita Holloway vio a Garrett, medio dormido, que bajaba a tumbos la escalera, en camisa de noche y pantuflas. Con mano nerviosa tanteó el picaporte y se hizo hacia atrás al abrirse la puerta de golpe. Dos soldados entraron bruscamente en la cocina. Tenían las botas llenas de lodo, guanteletes amarillos y las insignias del ejército de la Unión. Detrás llegó el oficial, quien reclamó con aspereza: “¿Dónde están esos hombres?” “¡Se han ido!”, respondió Garrett. El oficial tomó al viejo por la garganta con la mano izquierda, lo apretó contra el marco de la puerta y le puso un revólver en la sien. “¡Agarren a este rebelde, muchachos! ¡Tal vez si se le estira un poco el cogote aflojará la lengua!” A empujones lo hicieron bajar las escaleras del porche y lo arrastraron por el patio hasta un tajo de madera; apareció un rollo de cuerda y alguien preparó apresuradamente un nudo corredizo. El hombre tiritaba sobre el bloque y gemía desesperado en medio de ese grupo dispuesto a lincharlo. Divisó en el porche a su mujer y a sus hijas, aterrorizadas; la señorita Holloway lanzó un grito de horror al ver que un soldado lanzó el otro extremo de la cuerda por encima de la rama de un árbol. Por fortuna para Garrett, uno de sus hijos tuvo el buen sentido de adelantarse y decir: "Señores, yo les indicaré el lugar".


Un minuto después, se tendió un cordón de tropas en derredor del depósito de tabaco, y el teniente Doherty ordenó con voz estentórea: "¡Salgan de allí! ¿Me oyen?" Nadie respondió. Alguien sugirió: “Lo mejor será encender una hoguera y hacer salir a esos canallas como ratas. Vayan a buscar ramas y hojas secas”. Se escucharon idas y venidas detrás de la puerta del depósito y un murmullo de imprecaciones. Varios soldados apilaron cautelosamente un montón de maleza junto a la pared y le agregaron algunos tablones viejos. El teniente gritó: “¡Les doy a los dos la última oportunidad! ¡Cinco minutos para que se entreguen!” En medio de la noche, el silencio se hizo más pesado que nunca. Luego se escuchó la voz aguda de Booth: “¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren de nosotros?” “¡No tienen más que cinco minutos!”, respondió el militar.


En el porche, las siluetas de las mujeres abrigadas en sus chales se destacaban como estatuas. Holloway estaba llorando. Erguido sobre el tajo ante los revólveres con que lo amenazaban, Garrett, en su camisa de noche, parecía un monumento absurdo. “¡Terminaron los cinco minutos!”, anunció el teniente.


Desde el depósito convertido en una trampa llegó una súplica: “¡Deme la oportunidad de defender mi vida, teniente! Estoy imposibilitado, con una pierna inútil. Retire sus hombres a cien metros de la puerta, y yo saldré. Todo lo que le pido es una oportunidad de defenderme”.



La captura de Booth

Se oyó luego la voz de David Herold, por primera vez, en un diálogo confuso, dentro del galpón a oscuras, y de pronto una explosión de furia: “¡Eres un maldito cobarde! ¡Vete, vete! ¡No quiero que te quedes conmigo!” Hubo unos arañazos en la puerta y una voz exclamó: “¡Déjenme salir! ¡Quiero entregarme!” Acercándose a la entrada, el teniente Doherty le ordenó al hombre dispuesto a rendirse que enseñase primero las manos; la puerta se entreabrió un par de centímetros y apareció una mano.


De un violento tirón, el teniente sacó a su prisionero; inmediatamente la puerta se cerró de un golpe, y los soldados se lanzaron sobre éste. Como Doherty no llevaba esposas, hizo llevar al cautivo hasta un árbol para atarlo allí. Los soldados dieron gritos de alegría en torno a esa presa que representaba 25.000 dólares.


Booth, que se había quedado solo en el depósito, empezó a declamar histéricamente: desafió “a los yanquis" a singular combate, prometió “tumbarlos a tiros, uno tras otro” si aceptaban enfrentarse con él en duelo individual. Hartos del discurso y de esperar, los soldados prendieron fuego a la hojarasca y a la luz de las llamaradas pudo verse entre las tablas el interior del depósito y una sombra que se movía en él, dando saltitos con una muleta, como un cuervo herido en su jaula. Buscaba desesperadamente una salida y no la encontró.


De pronto se escuchó un disparo y la figura cayó tendida en tierra. El soldado Thomas “Boston” Corbett le había disparado a través de las tablas. Alguien gritó: "¡Se ha suicidado!", pero de inmediato los otros militares lo desmintieron. Los demás soldados entraron y lo sacaron arrastrando del galpón en llamas. "La Providencia guió mi mano", dijo Corbett. El tiro le cortó la médula espinal; por una extraña coincidencia, la bala de Corbett había atravesado a Booth en el mismo lugar en que éste le dio al presidente Lincoln. Cuando se enteró de esto, Corbett dijo: "¡Cuan temible es el Dios al que servimos!"



Thomas “Boston” Corbett, ejecutor de Booth

Booth entró en una agonía que rememoraba las escenas que había interpretado en el escenario. Le dieron agua para beber y murmuró: “Digan a mi madre que muero por la patria”. Pasaron varias horas, mientras los soldados, exhaustos de tanto andar a caballo sin dormir, no pensaban sino en comer y en cobrar el dinero prometido. Por fin, a las 07:22 horas, paralizado y entre estertores, Booth exhaló el último suspiro. Antes pidió que le mostraran sus propias manos; los soldados así lo hicieron. Al verlas ante sí, sus últimas palabras fueron: “¡Inútiles! ¡Inútiles!” Todos sabían que las órdenes eran capturarlo vivo para interrogarlo. Pero estaba muerto. El teniente Doherty y sus hombres estaban sin duda ansiosos de volver a Washington con su presa, pues todos debían recibir una parte de la recompensa. Doherty corrió hasta el portón, tomó la manta de un caballo y volvió en seguida. “Envuelvan el cadáver en esto y ciérrenlo con unas puntadas”, le ordenó a un subalterno.


Los restos del asesino fueron llevados en un carruaje, aunque no por respeto: con cuatro cautivos en sus manos, Doherty se encontraba corto de cabalgaduras y tuvo seguramente que desistir de llevar el cuerpo en albarda. La comarca se hallaba desprovista de vehículos a causa de la guerra, pero Ned Freeman, un negro que tenía una ambulancia vieja, accedió a alquilarla por dos dólares para ir hasta Belle Plain. Amarrado a una tabla, metieron el cadáver sin ceremonia en el vehículo. Desde el porche, la señorita Holloway presenció la formación del fúnebre cortejo en el camino. La última imagen que tuvo del famoso visitante fue la de sus pies, calzado uno en una bota, el otro en un zapato, al ponerse la desvencijada ambulancia en marcha en dirección a Washington.



El cadáver de John Wilkes Booth

Durante la madrugada del 27 de abril, la noticia se difundió por la capital: el cuerpo de John Wilkes Booth estaba a bordo del barco monitor Montauk, el mismo que Lincoln visitó el día de su asesinato. Los obreros abandonaron su desayuno y corrieron a los tranvías de caballos, los políticos ordenaron que se aprestaran sus carruajes. La población íntegra de Washington se encaminó al Arsenal Naval.


Sobre la cubierta del barco se había tendido un toldo de lona para ocultar el cuerpo a las miradas de los curiosos, y bajo esa tienda casi sin aire se realizó rápidamente, a media mañana, la primera indagación oficial. Ninguno de los que estaban a bordo había visto nunca a Booth en persona y surgió una dificultad extraña, porque el cadáver tenía poco o ningún parecido con las fotografías de John Wilkes Booth que se conocían. Esa figura retorcida, de cabellera desgreñada, ojos siniestros y dientes amenazadores, ¿podía en verdad ser la del ídolo de las jovencitas, el árbitro de la moda y el tan admirado artista de los escenarios? El médico Frederick May, que había atendido a Booth y le había hecho una cirugía, describió una cicatriz en su espalda. El cadáver tenía la misma marca, así que se consideró como una identificación positiva.


Puesto que parecía haber dudas sobre la identidad del muerto, cualquiera hubiera pensado que los funcionarios encargados de las diligencias iban a llamar a testigos para cerciorarse, amigos de Booth o miembros de su familia. En ese momento, su hermano Junius Brutus Jr. estaba en la cercana cárcel del Viejo Capitolio y, sin embargo, no fue llevado a reconocer el cadáver del supuesto asesino.


Para entonces, Alexander Gardner, el hombre que tomó las últimas fotos de Lincoln y las imágenes para el cartel de búsqueda de los asesinos, había hecho retratos de los asesinos capturados. Las placas se tomaron a bordo del barco Saugus, donde estaban recluidos. Ese mismo día, a solicitud expresa del secretario Stanton, Gardner tomó una fotografía del cadáver de Booth en el barco Montauk. Esa imagen desaparecería poco después; ya nunca fue encontrada. Luego, el cuerpo fue bajado con el mayor sigilo, puesto en una cureña y enterrado apresuradamente en un agujero, en un apartado rincón de una bóveda de municiones del Arsenal de Washington. Ese no sería, empero, su lugar de reposo final.



La autopsia del asesino

El 9 de mayo de 1865 se abrió el proceso de los cómplices de John Wilkes Booth, ante un Tribunal Militar formado especialmente para el caso, en una sala de la penitenciaría del Arsenal. Se extendió por más de siete semanas, durante las cuales desfilaron 366 testigos. El número de sospechosos procesados se limitó a ocho (siete hombres y una mujer): Samuel Arnold, George Atzerodt, David Herold, Samuel Mudd, Michael O'Laughlen, Lewis Powell, Edmund Spangler y Mary Surratt. Todos los acusados eran civiles, pero los juzgarían militares.



El Jurado

La elección de esta jurisdicción provocó las críticas del Secretario de la Armada, Gideon Welles y del ex Fiscal general de los Estados Unidos, Edward Bates, quienes pensaban que el caso correspondía a una corte civil. El fiscal general James Speed justificó dicha elección por la naturaleza militar de la conspiración y por el hecho de que el distrito de Columbia se encontraba entonces bajo ley marcial.






Lewis Powell en prisión

Otra razón aducida era que como el Presidente había sido asesinado "mientras ejercía el mando efectivo del Ejército en su carácter de Comandante en Jefe", el crimen era un delito militar. El jurado estaba compuesto por oficiales generales y superiores. El veredicto de culpabilidad requería mayoría simple y la condena a pena de muerte, la mayoría por dos tercios, lo que limitó las oportunidades de los acusados. Además, estos últimos no podían apelar la decisión del tribunal más que con el presidente Johnson. Los prisioneros debieron comprender que no tenían salvación.



David Herold en su celda

El 30 de junio, los ocho acusados fueron declarados culpables de haber participado en el complot que tuvo como consecuencia la muerte de Lincoln. Mary Surratt, Lewis Powell, David Herold y George Atzerodt fueron condenados a muerte por ahorcamiento. Samuel Mudd, Samuel Arnold y Michael O'Laughlen fueron sentenciados a cadena perpetua. Mudd escapó de la pena de muerte por poco, pues el jurado rechazó dicha sentencia por cinco votos contra cuatro. Edmund Spangler fue condenado a seis años de reclusión. Nadie creía, empero, que Mary Surratt sería ejecutada. Incluso circuló el rumor de que su condena había sido dictada merced a un engaño. Se afirmaba que, en un principio, cuatro de los nueve jueces militares se oponían a que se le aplicara la pena capital, pero al parecer por instigación de Stanton (y en todo caso con su asentimiento) el auditor general, Joseph Holt, hizo una componenda: si el Tribunal votaba por unanimidad condenar a muerte a la señora Surratt, se presentaría una petición de indulto al presidente Johnson. Cinco de los generales firmaron una solicitud recomendando que en el caso de la viuda fuera conmutada la pena de muerte por la de prisión perpetua y Holt prometió llevarla a Johnson, pero según éste, la petición no llegó nunca a sus manos.



Mary Surratt tras el juicio

El 6 de julio por la mañana, el presidente Andrew Johnson firmó las cuatro sentencias de muerte y la ejecución fue fijada para el día siguiente. En el desarrollo del proceso hubo otro detalle extraño. Las tropas habían sacado del bolsillo del moribundo Booth el diario que llevaba y que fue entregado a Stanton. “Lo examiné con gran detenimiento y leí todas las anotaciones que tenía”, recordaría después el Secretario de Guerra.



Máscara mortuoria de Abraham Lincoln


El caso fue que, a pesar de su evidente importancia, el diario no fue presentado entre las pruebas, y ni siquiera mencionado en la causa. ¿Tenía la lista de los jefes de la conspiración? ¿Mencionaba cómplices insospechados en las altas esferas del poder en Washington? Nadie lo supo, pues poco después de pasar a poder de Stanton, el diario se perdió de vista. No fue "descubierto" hasta 1867, en una caja olvidada de los archivos de la Secretaría de Guerra y le faltaban dieciocho páginas, correspondientes a los días que precedieron al asesinato: todas habían sido arrancadas.


En la mañana del 7 de julio, el patíbulo estaba preparado en el patio de la penitenciaría del Arsenal. Hacía un calor sofocante, que humedecía los rostros de los espectadores, los soldados y los periodistas que esperaban bajo el tórrido sol. Se abrió una puerta de la cárcel y la primera en salir fue Mary Surratt, casi desmayada, sostenida por dos sacerdotes; luego apareció George Atzerodt, tambaleándose entre sus cadenas; siguió David Herold, tembloroso y sollozante; y por último Lewis Powell, con los hombros y el mentón bien alzados, en la actitud desafiante de un espartano. La gente guardaba silencio y los observaba con espanto.



La ejecución





Los prisioneros fueron subidos al patíbulo. Se colocaron capuchones sobre la cabeza de los cuatro condenados, se ajustaron las cuerdas con los lazos en torno a sus cuellos y se les condujo hasta las trampillas. El diario World de Nueva York afirmó en su crónica: "Las trampas se bajaron de un golpe y los cuatro cuerpos cayeron como si fueran uno solo". Mary Surratt fue la primera mujer ejecutada por el gobierno estadounidense.





Uno de los conspiradores conocidos consiguió escapar de la justicia. Fue John Surratt Jr., quien siguió huyendo pese a que los militares le hicieron llegar el ofrecimiento de que, si se entregaba, le perdonarían la vida a su madre. Desde el principio, el Secretario de Guerra Stanton permitió deliberadamente que Surratt escapara. Se le informó que había huido al Canadá y, sin embargo, no envió ni un solo agente militar a seguirle la pista. Cuatro meses después del crimen fue visto en Inglaterra; el cónsul estadounidense lo comunicó inmediatamente a Washington y recibió la asombrosa respuesta de que "luego de una consulta con el Secretario de Guerra, no se consideraba prudente tomar medida alguna".



John Surratt Jr.

Más tarde Surratt fue reconocido por un amigo en Italia, a quien dijo confidencialmente que los conspiradores "habían actuado por orden de personas desconocidas". Se volvió a informar a Washington y en una nota a Stanton, Seward aconsejó que se enviara un agente especial para facilitar el arresto del prófugo. Stanton no contestó y varias cartas en que se insistía sobre ello quedaron sin respuesta, hasta que por último en diciembre de 1866, el Secretario de Marina, Welles, despachó a petición de Seward una corbeta a Egipto, para apresar a Surratt.


Dos veces fue procesado John Surrat Jr. La primera, Surratt fue juzgado por el asesinato de Lincoln, pero un testigo afirmó haberlo visto el día del atentado en Elmira, en el estado de Nueva York. El jurado no pudo alcanzar un veredicto. La segunda, la causa fue anulada por haberse operado la prescripción. Surratt fue absuelto y vivió en libertad hasta su muerte en 1916. Es lógico suponer que el arresto y el proceso de Surratt fueron demorados a propósito. Hasta hoy se ignora por qué.


O'Laughlen falleció en prisión de fiebre amarilla en 1867. Mudd, Arnold y Spangler recibieron un perdón presidencial por parte de Andrew Johnson en febrero de 1869. El grado de culpabilidad del Dr. Samuel Mudd fue objeto de debate desde su muerte. Algunos, incluyendo a su nieto Richard Mudd, afirman que era inocente de todo cargo y que había sido encarcelado por el solo hecho de haber prodigado auxilio a un hombre que llegó a altas horas de la noche a su casa con una fractura en la pierna. Más de un siglo después del asesinato, los presidentes Jimmy Carter y Ronald Reagan escribieron a Richard Mudd mostrando su convicción de que su abuelo era inocente.



La tumba de Mary Surratt

Sin embargo, ciertos escritores, como Edward Steers, Jr. y James Swanson, señalan que Samuel Mudd visitó a Booth tres veces en los meses previos al intento fallido de secuestro. Además, George Atzerodt testificó que Booth había enviado suministros a la casa de Mudd cuando preparaba el secuestro. Por último, Mudd mintió a las autoridades que fueron a su casa a interrogarlo sobre el asesinato, pues alegó que no había reconocido al hombre que se había presentado en la puerta de su casa en busca de tratamiento y dio información falsa sobre el lugar donde se dirigían Booth y Herold. Asimismo, Mudd escondió detrás de un panel en su granero el monograma de la bota de Booth que había tenido que cortar para colocarle una férula. Un cateo en su domicilio reveló pronto esta evidencia en su contra. Tales elementos llevaron a la hipótesis de que el Dr. Mudd había estado involucrado en el plan de secuestro, probablemente, como la persona a quien acudirían los conspiradores en caso de que Lincoln resultara herido y necesitara cuidados médicos.



Fragmentos de hueso del cráneo de Lincoln

El cadáver de John Wilkes Booth fue exhumado de su tumba provisional en febrero de 1869, a petición de su familia, para ser trasladado al cementerio de Baltimore. Por orden presidencial no se levantó ninguna losa funeraria sobre los restos. Al abrirse el féretro en la casa de pompas fúnebres de Baltimore donde fue llevado primero, se produjo otra controversia sobre la identificación del cuerpo. Los que habían quedado descontentos con la apresurada autopsia hecha a bordo del Montaub, señalaron que el resultado del examen de la dentadura estaba en contradicción con los registros del dentista de Washington que tratara a Booth.



La tumba de los Booth

Las pequeñas discrepancias existentes en los relatos de los que asistieron al sumario fueron analizadas, agrandadas, discutidas, y las cuestiones que se plantearon desde entonces han sido motivo de polémicas durante décadas. Historiadores prestigiosos consideran que el hecho de que la familia de Booth hubiera aceptado los restos decide definitivamente la cuestión. Pero en el caso del asesinato de Lincoln existe otro problema de mayor importancia: el de explicar la infinidad de faltas cometidas por altos funcionarios en el manejo del asunto y que indiscutiblemente lo convierten en un sombrío misterio.



Objetos pertenecientes a Lincoln

La tentativa de desestabilización del gobierno de la Unión fracasó. En las semanas que siguieron la muerte de Lincoln, los jefes principales del Sur se fueron rindiendo uno tras otro. El 26 de abril de 1865, el general Joseph E. Johnston se rindió al general William T. Sherman. Dos meses más tarde, el 23 de junio de 1865, tuvo lugar la última rendición: la del general de brigada Stand Watie. Por otra parte, el asesinato de Lincoln mostró la estabilidad de las instituciones de Estados Unidos, incluso en el caso de una crisis importante.


Poco después de la muerte de Lincoln, Andrew Johnson prestó juramento para convertirse en uno de los presidentes más impopulares de la historia de Estados Unidos. William Seward se recuperó de sus heridas y continuó su labor como Secretario de Estado durante toda la presidencia de Johnson. La historia de Estados Unidos lo recuerda como el hombre que negoció en 1867 la compra de Alaska con el Imperio ruso. Henry Rathbone y Clara Harris se casaron dos años después del asesinato y Rathbone fungió como cónsul en Hanover, Alemania; sin embargo, en 1883, Rathbone le disparó a Clara y la apuñaló hasta matarla. Pasó el resto de su vida en un asilo alemán para criminales dementes.



Cabellos de Lincoln

El dinero que recibió Thomas “Boston” Corbett como recompensa por matar a Booth fue de $1,653.84 dólares, la misma cantidad que cualquier otro hombre de su unidad. Corbett se hizo rápidamente famoso como "El Vengador de Lincoln". Le solicitaban autógrafos por todas partes y su aparición en cualquier lugar era celebrada con grandes aplausos de los ciudadanos. Pero la fama, poco a poco empezó a desaparecer. En los años siguientes, Corbett comenzó a sufrir de graves delirios e imaginaba que partidarios del asesino de Lincoln lo acechaban y que su vida corría serio peligro, por lo que decidió huir.



El sombrero que usaba Lincoln cuando fue asesinado

En 1887, consigue un trabajo como portero de la Cámara de Representantes de Kansas, pero un día apareció blandiendo un arma de fuego en una sesión; fue declarado loco e internado en un asilo. Corbett era un sombrerero de oficio y se piensa que el mercurio utilizado para curar pieles de castor había contribuido a su locura. Al año siguiente se escapó y nadie volvió a saber de él. Se cree que se asentó y pasó la parte final de su vida en los bosques de Hinckley, Minnesota. No hay ninguna prueba concluyente de esto, pero durante un gran incendio, en 1894, en Hinckley apareció un "Thomas Corbett" en la lista de los muertos o desaparecidos.



El traje de Lincoln manchado con su sangre

John Ford intentó reabrir su teatro un par de meses después del asesinato, pero una ola de indignación lo obligó a cancelar el proyecto. En 1866, el gobierno federal compró el edificio a Ford y reestructuró su interior para convertirlo en un edificio de oficinas. En 1893, la estructura interna se desplomó y causó la muerte de veintidós empleados. Posteriormente, fue empleado como depósito y luego permaneció desocupado hasta que fue restaurado a su apariencia de 1865. El Teatro Ford reabrió en 1968 como museo del asesinato; sin embargo, el palco presidencial no volvió a ser ocupado.



Placa en el sitio donde murió Booth

La Casa Petersen fue comprada en 1896 por el gobierno para convertirla en monumento. En la actualidad, tanto el Teatro Ford como la Casa Petersen son administrados por el Ford's Theatre Nacional Historic Site. El Museo Nacional de Salud y Medicina, entonces llamado Museo Médico del Ejército, ha retenido en su colección varios artefactos relativos al asesinato. Así, expone la bala que recibió Lincoln, la sonda usada por Barnes y los fragmentos del cráneo y pelo de Lincoln, así como el mango del cirujano manchado de sangre. La silla en donde Lincoln fue asesinado se encuentra albergada en el Museo Henry Ford en Detroit, Míchigan. La asociación del Lincoln Monument, cuyo objetivo era la creación de un monumento dedicado al presidente, fue autorizada por el Congreso de Estados Unidos en marzo de 1867. No fue hasta 1901 que se le dedicó un sitio en una parcela que, en ese entonces, se encontraba en una zona pantanosa de Washington D.C. y, hoy en día, se encuentra en el West Potomac Park. El Congreso concedió su aprobación formal a la construcción del monumento el 9 de febrero de 1911 y la primera piedra fue colocada el día de su nacimiento, el 12 de febrero de 1914; sin embargo, los trabajos fueron retrasados por la Primera Guerra Mundial y hasta el 30 de mayo de 1922 pudo ser inaugurado el Monumento a Lincoln, concebido por Henry Bacon. El rostro también fue plasmado en la roca, como parte del Monte Rushmore.



La inauguración del Monumento a Lincoln y el Monte Rushmore



La ciudad de Londres también alberga una torre en memoria de Abraham Lincoln, la Lincoln Memorial Tower. En el centenario de su nacimiento, Abraham Lincoln fue homenajeado cuando su retrato fue colocado en la moneda de un centavo en 1909.



Booth en caricaturas: The Brave and The Bold, American dadLos Simpson (click en las imágenes para ampliar)



Poco antes de morir, en 1926, Robert Todd Lincoln quemó una colección de papeles privados de su padre y como un amigo que lo visitaba se lo censurase, el hijo del Presidente replicó, según aquél, que "esos papeles contenían pruebas documentadas de la traición de uno de los ministros de Lincoln y era mejor para todos que esas pruebas fueran destruidas". Así pues, es probable que jamás se conozca la identidad del hombre que constituía el nudo central de la trama.




VIDEOGRAFÍA:

John Wilkes Booth en Asesinatos que cambiaron el mundo
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El asesinato de Lincoln en Conspiración
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John Wilkes Booth en Los Simpson
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Lincoln (trailer)
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Matando a Lincoln (trailer)
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El conspirador (trailer)
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BIBLIOGRAFÍA:





























FILMOGRAFÍA: